Le hacía feliz sentir que allí, a su lado, bajo el sol o las estrellas, no le faltaba nada.

Estando con Hanji, volvió a escuchar los sollozos de una mujer, no podía entender por qué le dolía tanto escucharla llorar. Era un producto de sus alucinaciones auditivas, pero escucharla llorar tenía un efecto similar al de ver a su niño idiota con lágrimas cayendo por sus mejillas. Gruñó al recordarlo. El sentimiento de impotencia volvía a inundar su ser.

Los recuerdos son, a veces, como esas fotografías que se ponen amarillas con el paso del tiempo, cuyos detalles vuelven a destacar según la luz con que se las mire.

Sabía que algo estaba mal, no era idiota, pero quería creer que todo estaría bien. Que todo terminaría bien. Lo que menos quería era tener que separarse de su mocoso. Deseaba quedarse a su lado, ver sus sonrisa, escuchar su voz, sentir su calor. No quería dejarlo solo. Porque sí, su niño idiota se sentía solo. Él mismo se lo dijo cuando lo encontró, «Yo también sé lo que es sentirse solo» esas habían sido sus palabras. Entendió su significado cuando empezó a vivir con él, su mocoso prácticamente vivía solo. Limpiaba, cocinaba, hacia las compras, lavaba y tendía la ropa. Puede que no preparara cosas tan complicadas, pero sabía sobrevivir solo. Lo último que Levi desea es abandonar a su preciado mocoso.

Sin él se sentía perdido. Sin alma. Como si estuviera a la deriva, como si no tuviera un hogar. Como si fuera un pájaro solitario que no tenía lugar dónde aterrizar.

Se recostó un rato, estaba comenzando a ver borroso. Los pitidos habían cesado, pero el llanto era cada vez más intento, no solo eso, ahora podía escuchar como la misma mujer gritaba. No podía más, estaba cansado, muy cansado. Sintió que estaba a punto de morir. Estaba aterrado, no quería hacerlo. Si ni siquiera...

Ni siquiera pudo recordar su nombre.