¡Y luego de mucho tiempo he regresado!

Por fin he podido escribir esto. Ha sido mucho. Quiero, sin duda, acabar este pequeño escrito escondido.

¡No tengo mucho decir, solo que espero que disfruten el capítulo de hoy!


El corazón es cómo un pájaro nocturno. Espera algo en silencio y, cuando llega el momento, alza el vuelo dirigiéndose en línea recta hacia ello.

Durante aquella época el mejor regalo que podrías tener era despertar en un nuevo día, volver entero de una misión. Incluso sabiendo esto, y que, posiblemente, poner a alguien por encima suyo era una locura, un acto suicida. Lo hizo. Nadie quería morir, ni siquiera él, pero por Eren o Mikasa habría dado su vida sin pensarlo dos veces. Porque, al final, si ellos estaban bien a él no le importaba nada más. Sabía que si moría los lastimaría, pero si con ese acto podía garantizar su seguridad, su vida, su felicidad, lo haría. Estaba listo para sacrificarse por su bien, por el de la humanidad, por un futuro más sonriente.

Ellos eran su fuerza, su amor, su esperanza.

Lo fueron cuando estuvo en medio de aquella matanza.

Y siempre lo continuarán siendo.

Querido e ingenuo Armin, puede que tú seas el único con el poder de cambiar aquel final lleno de lágrimas que les esperaba en esta vida.

No te rindas…

porque tus sentimientos…

El mundo no era más que un maldito infierno en el que estaban condenados a vivir, les gustase o no, y eso es algo que él lo sabe. Tanto en esta vida como en la anterior. Esos días, en aquella época, eran días de mierda con peste a muerte y sueños. Sueños intactos. Sueños rotos. Sueños que casi nunca se cumplían. Días en donde el viento mecía los árboles e intentabas que no apagara la pequeña llama de esperanza que tenías en el hoyo que se había formado en tu pecho luego de tantas muertes y desesperación. Pero, a pesar de todo, entre tanto caos, dolor y lágrimas, hubo buenos tiempos. Momentos divertidos. Porque no estuvo solo. Incluso si los tiempos de felicidad era, relativamente escasos, había risas, tanto en días lluviosos como en días ventosos. El infierno fue mucho más fácil de manejar porque los tres estuvieron juntos. Incluso si él era un cobarde que nunca encontraba el valor para sacar lo que tenía en su pecho.

Y ahora, justo en ese momento, su mundo se rompió en mil pedazos a la par que Eren empezaba a desvanecerse entre sus brazos. Era apenas un desmayo, pero la sola idea de perderlo en esta vida también hizo que algo dentro de él explotara. Volviera a explotar. ¿Cuánto había estado quemando y atacando a su propio corazón? Con cuidado, dejó a Eren en las manos de Mikasa, no sin antes tranquilizarla (de la forma en que solo Armin Arlet podía hacerlo), y se marchó. Llevándose la mochila del castaño consigo. Sabía dónde guardaba las llaves de su casa, y, la verdad, es que en ese momento sentía sus manos temblar. Y al no querer mostrarle esa debilidad a al azabache se llevó toda la mochila con él. Pero lejos de su miedo, de sus manos temblorosas y de la preocupación de Mikasa… lo que más le importaba era llegar a la casa de su amigo. Porque ese mal presentimiento no se iba, porque dentro de él sabía… que Eren no era el único que estaba desvaneciéndose.

La asfixiante y desgarradora idea de un mundo donde ya no hay titanes, no hay murallas, pero Eren ha perdido su sonrisa…, aquella posibilidad le pareció mucho peor que el mismo infierno. El frío de la realidad golpeó su cuerpo cuando salió de la escuela, la calle desolada le recordaba su triste y agonizante pasado. Y el hecho más importante de todos: No había tiempo que perder. Respiró hondo y dejó que sus piernas comenzaran a correr. Tenía que llegar, tenía que hacerlo. No podía permitirle al mundo, al destino, a la vida volver a salirse con la suya. Esta vez cambiaría su final. No quería volver a cargar el dolor de no volver a verle. No quería que la vida de Eren terminara así de nuevo.

¿Qué somos si no una acumulación de nuestros, dolorosos, recuerdos?

son tan puros…

Para su desgracia, sin importar cuanto lo intentara, su fuerzo, rezos y sueños seguían transformándose y distorsionándose en terribles monstruos que lo atrapaban y hundían cada vez más en soledad. Era mucho más cobarde lo que las personas podían creer que era. ¿Cómo podía conseguir más valor? ¿Más fuerza? ¿Cómo podía liberarlos de todo su dolor? Su respiración irregular y el inmenso dolor que tenía en ese momento en su cuerpo, fue otro golpe que decidió darle la realidad. Nada ha cambiado desde aquel tiempo. Su habilidad física nunca ha sido la mejor, lo tuvo y tiene bastante claro. Pero incluso así no tiraría la toalla tan fácilmente. El viento que mecía los árboles con suavidad y el silencio de su entorno le pudo haber hecho creer que había vuelto aquellos días si no fuera por el sutil olor a café junto al murmullo de las personas que podía escuchar conforme seguía avanzando. El cielo estaba nublado, entregándoles tonalidades azules al mundo a su alrededor. El mundo olía a tristeza y esperanzas marchitas, con un sutil, y apenas perceptible aroma salado de las amargas lágrimas derramadas por la agonía de los corazones rotos. Tuvo que detenerse abruptamente para recobrar el aliento, se apoyó sobre sus rodillas sintiendo el peso de los arrepentimientos que tuvo en el pasado. Y que, al parecer, volvía a tener en esta vida. Fue enderezándose poco a poco, queriendo gritarle al mundo, su respiración se normalizaba mientras algo dentro de él se encendía. Y es que ese día tendría que renacer, dejaría que el fuego consumiera todo su ser. Se volvería uno con las llamas y quemaría todo a su paso para poder lograr su cometido. No le importaba si moría entre ellas. Porque sería como un fénix y volvería a renacer de sus cenizas. Estaba harto. Harto de ver cómo Eren sufría.

Su mirada se enfocó en el cielo, que apenas empezaba a despejarse, observando ese gris y azules recordó los ojos del capitán y sintió como su alma gritaba. ¿Era momento de entregar su corazón o de percatarse que, quizás, lo ha entregado desde el principio? Como en aquellos días, dejó que su puño golpeara su pecho, antes de gritar con todas sus fuerzas. Y es que podía jurarlo, con el corazón en mano, jamás dañarían a su mejor amigo. Su garganta ardía, pero no era lo que importaba en ese instante. Su prioridad era otra. Respiró hondo, tomando una de esas capsulas imaginarias. Invisibles. Inexistentes. Las que necesitaba para vivir, para avanzar. Eran su fuerza. Su mundo entero. Su pecho se llenaba de sentimientos cálidos cuando las tomaba. Las hermosas memorias inundabas su mente, recuerdos en donde aparecían los ojos hermosos ojos de Eren y la preciosa sonrisa de Mikasa. Los recuerdos y emociones eran como diminutas hadas bailarinas, preciosas y deslumbrantes, pero también traicioneras. Porque, al final, no todos los recuerdos eran buenos.

Detrás de lo exquisito del mundo se esconde una gran tragedia.

que nunca te importó…

Sus piernas volvieron a correr, esta vez mucho más rápidas que antes. Le regó al cielo, a su madre, a su padre y a su abuela, a todo ser existente o no, que por favor le permitiera llegar a tiempo. Porque el tiempo es un lujo que pocos pueden darse. Y el futuro no tiene que ser tan negro como lo están pintando sus peores miedos, lucharía. ¡Lucharía hasta el final! Luchará sin descansar para que todo tenga otra tonalidad. Porque él sabe que la tristeza no es de colores opacos ni la alegría de colores brillantes, pero es aterrador cuando todo es negro. Es escalofriante estar solo en medio de la oscuridad, miedos y tormentos creados por ti mismo. Porque él sabe… que, si se rinde ahora, no habrá quién los salve. ¡Y eso es algo que no permitirá! No puede hacerlo.

Quizás el tiempo que les quede juntos, le haga entender al mundo, al destino mismo, que cada uno era lo que el otro más amaba en esta vida.

Querido y dulce Armin, este mundo es tan despiadado… pero también es increíblemente hermoso, ¿sabes?

Sintió cómo el corazón quería, deseaba, escapársele por la boca, quería hacerlo, tal y como, de sus ojos, empezaron a escabullirse peñas lágrimas que acariciaban con delicadeza sus mejillas teñidas de un tenue rosa. Las mismas que desaparecían una vez que llegaban al suelo. Las mismas que llevaban más de un deseo en ellas. Su alma continuaba luchando, contra el mundo, contra sí mismo. Estaba cerca, ¡estaba tan endemoniadamente cerca! Sus piernas volvieron a correr. Quería creer que su espíritu se hacía más fuerte con cada paso que daba, con cada gota de sudor que aparecía en su piel. Para su desgracia, los transeúntes comenzaban a aparecer de la nada y a montón, por lo que se vio en la necesidad de esquivarlos conforme iba avanzando. Algunos no podían evitar darle una mirada de curiosidad, después de todo, parecía como si huyera de algo o alguien. Y, en cierto modo, sí estaba huyendo. Huía de un futuro con final trágico, corría detrás de la esperanza donde dos corazones serían felices de una vez y por todas. Donde podrían amarse con todo su ser una vez más. Porque… estar juntos, era mejor que no estarlo, ¿cierto?

—¡Eh, Rayito de sol! ¡Vámonos! —Decir que se sorprendió al sentir unos brazos rodearlos habría sido una vil y asquerosa mentira, incluso, por desgracia, había soltado un pequeño grito nada masculino por el susto. Cosa que generó que algunas personas voltearan a observar, aunque ninguna se preocupó por detenerse y ayudar. De alguna manera, esperaba que la policía no llegara y arrestaran a la señorita Hanji. Su voz le causó una sensación de alivio maravillosa, porque podrían ir a por Levi, por el capitán, y había más posibilidades de cambiar el destino. Eso es lo que le gustaría creer. A eso le gustaría aferrarse. Prácticamente fue arrestado y aventado dentro de un auto sin darle tiempo siquiera de responder. Observó cómo entraba del lado del conductor, mirándole con varios sentimientos encontrados. Acarició sus cabellos con suavidad, como si fuera a romperse ni bien le tocara. De alguna manera, algo dentro de él se removió, o quizás, ya se había removido hace mucho—. Lo hiciste bien, Armin. Lo has hecho muy bien, siempre… ahora, vamos con Levi. —Besó su frente, mientras colocaba un pañuelo entre sus manos, para después poner en marcha su auto.

Mirando detenidamente el pedazo de tela entre sus manos, por lo que parecieron años, apenas se percató que sus lágrimas no se habían detenido. Ellas seguían rodando por sus mejillas. Su corazón latía con fuerza y rapidez, causándole daño en el pecho con cada latido desesperado. Sollozó, percibiendo el inmenso dolor que su alma llevaba tiempo ocultando, cansado y harto de ser débil. De no poder hacer nada. No es como si hubiera olvidado que tenía sentimientos, que sufría, es solo que… los estaba ignorando. Quería pensar, por un minuto que era de acero. Que podría con todo. Quería hacerse de la vista gorda ante el miedo, el dolor y la impotencia por toda esa situación. No se quería rendir, no se iba a rendir. Lucharía hasta el final, por Eren.

romperte en mil pedazos…

Y como si de una extraña señal se tratara, aquello fue todo lo que necesitó Hanji para pisar el acelerador y saltarse varios semáforos en rojo. El auto se llenaba de sollozos e intentos desesperados de calmar los lamentos de un alma herida. Sonrió con cierta ternura, algo de lástima y, por sobre todo, tristeza y sorpresa. Porque, después de todo, ellos parecían haber cambiado tanto y a la vez nada. Puede recordarlo ahora. Puede recordar aquella noche tormentosa. La noche después de la desgarradora noticia de un mundo sin Eren Jaeger. Donde la esperanza había muerto. Aquella noche había encontrado a Armin en un rincón oscuro abrazando sus rodillas, llorando y suplicándole al mundo que todo fuera una pesadilla. Que despertaría encontraría a aquellos enamorados con vida para que pudieran ser felices. Eran recuerdos dolorosos llenos de felicidad, nostalgia y agonía. En ese momento, cuando lo observó, se había descolocado ante la sorpresa. Horas antes Armin había sido el pilar de apoyo de Mikasa. La había calmado y abrazo hasta que la joven se durmió. Incluso cuando había dejado de llorar, se mantuvieron en un abrazo fuerte y lleno de cariño. Pero, justo en ese preciso instante ese mismo joven estaba llorando con más fuerza y dolor de lo que ella lo hizo. Podía sentir y escuchar los gritos mudos de un alma desgarrada.

El corazón se le rompió por la imagen.

Por su llanto.

Por sus sentimientos desbordantes y cálidos que se empezaban a volver cada vez más fríos.

Y es que el petizo había aprovechado el ruido de la tormenta para llorar durante toda la noche. Anhelando el perdón por no haber podido hacer más por ellos, suplicando otra oportunidad y pidiendo deseos, un milagro, para cambiar el destino. Todo para un futuro lejano. Para una nueva vida. Más tranquila, más hermosa. Menos putrefacta y desgarradora. A pesar de haberlo encontrado, él no la había visto, y ella tampoco se había podido acercar. Solo se escondió. Y se mantuvo escuchándolo, siento el único testigo de su dolor. Incluso se permitió llorar en silencio con él. Porque con cada respiro que el joven daba podía probar y palpar la agonía que habitaba en su pecho.

Querido y dulce Armin, sé sincero contigo mismo, después de todo, ni siquiera un mar de milagros serían suficientes para calmar el llanto y dolor que te causaría su desaparición.

si con eso garantizabas su felicidad…

—Eren…

«Un mundo sin ti…, es realmente frío»