Lo despertó la sensación de algo húmedo en su rostro y sin abrir los ojos se dio la vuelta en el cómodo y amplio futón que le habían dejado a su disposición. De repente, el calor corporal en sus piernas aumentó, sintió algo suave y sedoso como si de un peluche se tratase. Abrió los ojos lentamente para descubrir que el culpable era el poodle color canela de la amable señora que le había dado techo durante el año anterior y el que comenzaba a transcurrir. Suspiró al ver la hora en su celular y darse cuenta que no tenía tiempo para volver a dormir si quería llegar a tiempo al primer día.
Ni siquiera se gastó en cepillar su larga cabellera plateada ni en prenderse bien los botones de su cárdigan. La corbata del uniforme le molestaba así que la dejó colgando de la silla de su escritorio y los pantalones le quedaban demasiado grandes ya que se los había prestado la señora de cabello castaño y sonrisa amistosa. Al entregárselo le había dicho que su hijo había ido a la misma escuela pero en ese entonces, el joven estaba bastante excedido de peso así que se disculpó varias veces. A Victor no le importaba como se veía, al contrario, disfrutaba sentirse tan suelto y flojo. Además, ¿quién le diría algo al mejor de la clase? Sería algo ilógico, se decía a si mismo, reprender a un alumno brillante sólo por su apariencia penosa.
—¿Estás ansioso? —le preguntó su tutora mientras le ofrecía un poco de té y un par de elaboradas tortitas que había aprendido a hacer sólo para alegrarle las mañanas al pequeño ruso— Debes de estarlo… Te has ganado renombre en poco tiempo —comentó con felicidad, como si fuera una madre orgullosa de sus logros. Victor pensó que quizás él servía como un parche, como reemplazo del hijo que había volado lejos a hacer su vida y la había dejado tan sola.
Negó con la cabeza. Había olvidado lo que era sentirse nervioso… Había cambiado más de tres veces de colegio por lo cual ya no sentía nada similar a los nervios. ¡Tantas veces había dicho su nombre frente a nuevos rostros! ¡Tantas veces había sido el mejor a lo largo del mundo! No estaba nervioso, al contrario, se sentía tan bien que nada ni nadie podría derribarlo. Sabía lo que quería, tenía fijo su objetivo y viviría persiguiéndolo. Quería seguir con su vida de esa manera, volando a todas partes con el cambio de estación como las golondrinas.
—¿Por qué Japón? ¿Por qué Hasetsu? No te lo pregunté antes y no sé por qué… —agregó mientras se sentaba a su lado.
—Tokio es demasiado grande y estaba cansado de lugares como Nueva York o San Petersburgo. Quería paz —le respondió. Bebió un poco del té rojo que le había servido. Al apoyar nuevamente su taza se concentró en los pequeños hilos de vapor que emanaba la bebida.
La dueña de casa lo miró fijamente mientras pensaba en lo maduro que era su inquilino. Apenas había cumplido los dieciséis años pero tenía en claro más cosas que algunos adultos de su edad, hablaba con tranquilidad y sabiduría, como si alguien de más de cien años hubiera reencarnado en ese frágil armazón de huesos y músculos que era Nikiforov. Sacudió su cabeza lentamente para dejar de lado todas esas ideas descabelladas que por tradición se habían hecho un lugar en su mente pero fue el ruido de las manecillas del reloj de pared lo que la sacó de su ensoñación.
—¡Victor! ¡Estás llegando tarde! —gritó desesperada mientras corría de un lado al otro buscando las cosas que el chico aún no tenía a mano. La miró como si fuera un extraterrestre y con parsimonia se levantó del suelo para estirarse antes de tomar su bolso.
—Cuando vuelva, ¿puedo sacar a pasear a Vicchan? —le preguntó tras bostezar.
—¡Claro que si! ¡Ahora vete! —le dijo, empujándolo hasta el descanso de la puerta principal donde lo esperaban sus zapatos negros de charol. Sonrió como nunca cuando lo escuchó saludarla en perfecto japonés y se quedó mirando como caminaba con las manos en los bolsillos del pantalón, los hombros hacia atrás y demasiada tranquilidad en su andar; pensando en lo gracioso que era que su hijo hubiera llamado Victor a un poodle canela y que seis años después, bajo su techo hubiera dos Victor…
El joven ruso llegó tarde al acto de presentación por lo que fue regañado, así como también por ir sin la estúpida corbata que para él, le quitaba el aire. Pero la profesora Minako le perdonó sus irresponsabilidades varias, haciendo énfasis en la parte dónde le decía que sería sólo sería por ese día… Aunque ambos sabían que ella era muy débil, que no podía ser innecesariamente estricta con sus alumnos, especialmente con él. Había sido la tutora de su clase el año anterior, cuando por primera vez pisó Hasetsu con un vocabulario muy reducido, una pronunciación bastante mala pero con una sonrisa que derritió a todo el plantel docente. Minako lo había ayudado a mejorar con la fonética, la caligrafía y hasta con la danza, pasión que ambos compartían en secreto.
Al llegar al aula correspondiente al curso 2-1 buscó algún banco libre. Adelante se sientan los nerds, atrás los ruidosos y a los costados los soñadores… Se había dicho el año anterior cuando tomó asiento a la izquierda de la pared del aula, pero ese año, sólo quedaban asientos al frente de la clase en la segunda línea después del escritorio. Bufó mientras arrastraba su bolso por el suelo y se sentó en el primero que encontró.
—¡Victor! —gritó una voz conocida pero no podía recordar cómo era su nombre… ¿Era extranjera también o era mitad japonesa? ¿Milena? ¿Melisa? ¿Michiru? Siguió divagando sobre la identidad de la colorada que lo miraba con entusiasmo al descubrir que compartirían clase otra vez— ¿Puedo sentarme a tu lado este año? —le preguntó y al escucharla con detenimiento, descubrió que tenía un marcado acento ruso. ¡Mila! Gritó la voz de su consciencia como si se quejara de lo olvidadizo y despistado que podía llegar a ser.
No fue hasta que la puerta delantera se abrió que Victor salió de uno de sus sueños diurnos. Había perdido la noción del tiempo mientras mantenía su mentón apoyado en la palma de su mano. Miró de reojo a su compañera al escucharla exclamar una maldición en ruso, sin darse cuenta que alguien estaba tratando de cerrar la puerta. Tratando y fallando en el intento.
—Ve a ayudarlo, Vitya —le susurró la compañera que se sentaba detrás de él. Es la chica que me hace trenzas siempre, recordó. Asintió con desgano para ir en rescate del pequeño muchacho que estaba intentando inútilmente de tirar de la puerta corrediza con las manos llenas de papeles.
Le parecía demasiado joven para ser el profesor pero demasiado bien vestido para ser alumno. No llevaba el uniforme característico del colegio ni cargaba un ridículo bolso como los que había visto en los mangas, un ridículo bolso como el que él tenía que llevar a todos lados. Le tocó suavemente el hombro con su dedo índice para que el chico volteara a verlo.
—¡Perdón! ¡Estoy llegando tarde! —musitó el joven de cabello oscuro mientras miraba por arriba a toda la clase y luego se enfocó en el desgarbado joven de ojos celestes que se le había acercado.
—¿Necesita ayuda, sensei? —le preguntó, rogando haber usado la fórmula de cortesía correcta. No lograba pensar con claridad tras ver las delicadas facciones del joven que tenía frente a él.
—¡Por favor! —exclamó con una tímida sonrisa— Llévame algunos de estos al escritorio, si no es mucha molestia… —Victor le devolvió la sonrisa, tomando la mitad de los papeles que cargaba para cumplir con el pedido.
El profesor lo siguió para comenzar a acomodar sus cosas sobre el escritorio sin haber cerrado la puerta por lo que el menor se acercó para deslizarla hasta que cerrara por completo y volvió a su asiento, tratando de mantenerse lo más sereno posible. Entrelazó sus dedos por encima del banco para dedicarse a jugar con ellos como hacía cada vez que algo –o en este caso, alguien– alteraba un poco su pacífica existencia.
—Voy a presentarme formalmente —exclamó tras apoyar la palma de sus manos sobre el escritorio de color marrón oscuro que daba la impresión de ser de una madera bastante cara— soy Yuuri Katsuki y a partir de hoy seré el tutor de esta clase además de ser su profesor de Historia. Espero que tengamos una convivencia armoniosa y que cada vez que surja un conflicto se sientan lo suficientemente cómodos como para acercarse y comentármelo. Les pido disculpas por haber llegado tan tarde así que sin más preámbulos les diré las fechas pautadas para los exámenes…
Todo lo que dijo después para Victor sonaba como si el profesor estuviera hablando dentro de una burbuja. Se perdió en la forma en que sostenía la tiza y cómo su muñeca se movía con agilidad al escribir sobre el pizarrón, se perdió en la manera que subía sus gafas azules por el puente de su nariz y en cómo se rascaba la nuca cada vez que se ponía nervioso. Había decidido que le gustaba porque le parecía algo digno de admirar.
A Victor no le importaba que fuera alguien de su mismo sexo o que fuera su profesor. A Victor sólo le gustaban las cosas y las personas que le parecían lindas, sin importar su forma, su color, su posición, su género o su procedencia. Si algo o alguien lograba alborotar cada ínfimo recoveco de su ser, todo lo demás le daba igual. ¿Cuál era la diferencia entre considerar hermoso a alguien como Yuuri y alguien cómo cada una de sus compañeras? Para él eso no era lo que importaba porque eran pocas las cosas que le gustaron tanto a simple vista a lo largo de su vida como le había gustado Yuuri Katsuki esa mañana.
