El primer día de clases había resultado toda una sorpresa para el joven extranjero. La aparición del profesor Katsuki lo había motivado a dar lo mejor de si ese año también, no sólo por la beca que lo mantenía tan lejos de lo que podía considerar su casa, sino porque creía fervientemente que la excelencia académica sería una buena manera de acercarse al tutor. Con todas esas emociones floreciendo en su interior, llegó hasta la casa que habitaba en Hasetsu, silbando una vieja canción que había conocido en sus años de intercambio en Canadá.
—¡Bienvenido Victor! —gritó Hiroko desde la cocina al escuchar el típico arrastre de pantuflas contra el suelo de parqué— ¡Tenemos visitas!
—¡Mari! —exclamó el joven al descubrir que la hija mayor de la dueña de casa estaba sentada en el living haciendo zapping, mirando la pantalla del televisor con cara de pocos amigos. Seguramente se debía a que aún no empezaba la transmisión de algún drama que sin dudas, seguía esa temporada. Sin importarle nada, lanzó su bolso contra el suelo y se le tiró encima haciendo que cayera del sofá al suelo, pero a pesar de la caída abrupta, la chica comenzó a reírse ante la efusividad que caracterizaba al chico.
—Mamá… ¿Estás segura que no es Vicchan que se transformó en un humano? Sólo le falta que empiece a jadear y ladrar cuando quiere atención— le dijo a su madre mientras revolvía el cabello sedoso y color plata del ruso, acariciándolo como si realmente fuera un perro.
Las mujeres llenaron de preguntas sobre el primer día de clases a Victor, quién respondió con alegría a cada una de ellas evitando hablar sobre la belleza deslumbrante del tutor de su curso. Mari, quién hacía varias semanas que no aparecía por su casa, aprovechó para ponerlos al corriente: contarles que había sido ascendida, que pronto se mudaría a algún departamento más amplio y que no lo haría sola, sino que iría con su hermano.
Cuando la chica arrancó con su monólogo, Victor estaba ensimismado, perdido nuevamente en algún sueño o pensando en alguna escena que le gustaría vivir en algún momento de su vida por lo que no prestó atención a la discusión que ambas estaban teniendo. Discusión que surgió a partir de la declaración de la joven sobre su decisión inmobiliaria. Volvió en si cuando escuchó a Hiroko, enojada y con lágrimas en los ojos, decirle a Mari que evitara hablar de esa persona bajo su techo hasta que él recapacitara y decidiera volver a verla. ¿Hablará de su hijo, el gordito? Se preguntó mientras miraba la escena como si todo le resultara demasiado lejano.
—¿Puedo llevarme a pasear a Vicchan? —preguntó dándole un corte al fuerte intercambio de palabras extrañas y dolorosas que aún llevaban a cabo las damas. Mari, desconcertada frente al accionar del chico, asintió e Hiroko la imitó.
—Me asombra tanto Victor... A veces habla como si tuviera más de cien años o con una sabiduría innata, como si lo hubiera visto todo pero a veces actúa como un niño de cuatro años, ya sabes, se abstrae, sueña despierto y hace este tipo de cosas, preguntar algo que no esperabas que preguntara en una situación así… —escuchó susurrar a la dueña de casa mientras él le colocaba el arnés a Vicchan. Se encogió de hombros y se encaminó a la puerta para volver a ponerse los incómodos zapatos del uniforme. Pensó que debería haberse puesto algo más cómodo pero estaba tan desesperado por pasar tiempo con el poodle que no perdería ni un segundo en buscar algo en su armario.
Se detuvo aproximadamente quince cuadras después. Tanto Vicchan como él estaban bastante cansados así que se sentaron a descansar debajo de un árbol en un pequeño parque. De repente le dieron ganas de llorar como si nunca lo hubiera hecho así que no se contuvo. Se aferró al pequeño perro hasta que comenzó a limpiarle las lágrimas que caían desde sus pestañas lo cual le robó una sonrisa y le impidió continuar llorando. No entendía a la perfección qué lo había impulsado a llevar a cabo semejante acto de debilidad pero en el fondo sabía que extrañaba lo que alguna vez había tenido.
Vicchan no era más que una versión más pequeña de su adorado Maccachin. El susodicho había llegado a su vida cuando todo estaba en calma aún, cuando tenía siete años, cuando mamá y papá aún estaban para él y cuando creía que Moscú era y sería para siempre su hogar. Ambos habían ido creciendo juntos, compartían tardes heladas al lado de una estufa así como también pasaban las noches acurrucados debajo de una frazada. Estar tirado bajo la sombra de un árbol tan alto, que se erigía glorioso contra el azul del cielo, le recordaba las tardes de primavera cuando corría por las veredas de su barrio con Maccachin a su lado o por detrás pisándole los talones.
No puede ser… Los perdí a los tres de la misma manera, se dijo a si mismo mientras veía como Vicchan interactuaba con un husky siberiano gris que acompañaba a un señor con facciones duras y mirada tenebrosa. Esperaba que dejara pronto de olfatearle el trasero al simpático lobito, el cual movía su rabo con alegría, contrastando con su dueño que bufaba cada vez que el perro se negaba a dejar a Vicchan sin una olfateada más.
La doctora Baranovskaya le había dicho en más de una ocasión que su mente, como mecanismo de defensa, le impedía recordar con detalles lo sucedido con Maccachin esa tarde de noviembre. A pesar de ser una señora con pocas pulgas, voz grave y de imponente presencia, Victor no podía evitar pasar a saludarla o quizás, pedirle una sesión cada vez que volvía a San Petersburgo. Deseó llamarla o comunicarse con ella para contarle como estaba yendo todo pero prefirió hablarle en persona cuando su estadía pacífica en Hasetsu se diera por finalizada.
El ruido de un auto frenando de golpe lo hizo paralizarse pero fue el húmedo hocico de Vicchan el que lo devolvió a la vida. Se aferró a él otra vez, le dio un par de besos y entre susurros, le pidió disculpas a Maccachin por no haber llegado a tiempo esa tarde.
Decidió levantarse y dar una última vuelta por esa zona antes de emprender el camino de regreso a casa. Vicchan estaba especialmente animado después de los amigos que había hecho y los cariños que había recibido.
—Perdón, Vicchan. Me pegó el lado sensible —comenzó a explicarle al can mientras esperaban que el semáforo cambiara de color— pero eso ahora no importa, ¿verdad? ¡Cuántos amigos hiciste! Apuesto que el trasero de ese husky olía muy rico, eh… —dijo entre pequeñas risas.
El semáforo cambió de color, permitiéndoles avanzar. El perro corrió desesperado, tirando del arnés y provocando que Victor tuviera que correr detrás de él. Había comenzado a transpirar cuando llegaron a mitad de cuadra, los cabellos de su frente estaban empezando a pegarse contra ella cuando vio a Yuuri agachado, acariciando al culpable de su estado tan deplorable. Vaya manera de cruzarse al profesor más hermoso que sus ojos habían visto. ¿Es que acaso el destino le estaba jugando una mala pasada o simplemente su vida era como la de los protagonistas de los dramas que veía con Mari cada vez que pasaban un fin de semana juntos?
—Eres muy simpático, señor… ¿No tienes identificación? —dialogaba con Vicchan mientras el ruso lo miraba anonado, incapaz de decir una sola palabra— Oh, tú eres… El chico.
Claro, como si fuera a recordar tu nombre, Victor Nikiforov, protestó su consciencia al mismo tiempo que le dedicaba una sonrisa y asentía.
—Victor. Lo ayudé hoy cuando llegó al aula —agregó. No quería seguir soportando esa mirada de indiferencia por mucho tiempo más, quería que lo reconociera cada vez que se cruzaran por la calle.
—Si, cierto… Victor, uno de los rusos de intercambio —agregó mientras se estiraba, haciendo sonar los huesos de su espalda— ¿Sabes algo? Tu cachorro vino a saludarme. Me recuerda al que teníamos con mi hermana.
—Lo siento mucho —murmuró. No, no quiero sentir otra vez esta opresión en el pecho. No quiero.
—No está muerto.
—Ahh…
El joven ruso no sabía que decir así que tomó a Vicchan entre sus brazos. Tenía que mantenerse en movimiento o con la mente en otra cosa. Estaba convencido de que no podía mirar fijamente a Yuuri como si de una escultura se tratase aunque se decía a si mismo que no había demasiadas diferencias entre las que había visto en museos y el hermoso muchacho que tenía frente a él. Sacudió su cabeza para acomodarse los cabellos detrás de su nuca y por qué no, para sacarse todo pensamiento referente a su interlocutor.
—Estoy distanciado de mi familia, en realidad, de mi madre y ella es quién tiene al niño —comentó como si estuviera charlando del clima con el panadero— así que todo lo que sé es que está vivo.
—Es lo que importa —le respondió mientras acariciaba una de las orejas del can, sin quitarle los ojos de encima al torpe docente que acomodaba sus gafas cada medio minuto.
—Supongo que si —susurró mientras se llevaba una mano a la nuca para rascársela de la manera más discreta posible— ¿Vives cerca?
—Estoy viviendo a ocho cuadras de aquí —murmuró, elevando levemente las comisuras de sus labios. Aunque fuera una pregunta común y corriente, que quizás se la haría a cualquier alumno, a Victor lo había emocionado muchísimo.
—Oh, linda zona… —agregó— Bueno, Victor, fue un placer haberte vuelto a ver —le dijo y se despidió con un rápido gesto con su mano derecha. Se fue caminando en sentido opuesto al que llevaban el ruso y el poodle, dejándolos a ambos extasiados por el breve encuentro.
—Vicchan, creo que huyó tan rápido porque no pudo soportar la belleza de dos Victor con cabello tan sedoso. ¿Qué opinas tú? —le dijo al perro que aún seguía entre sus brazos para luego darle un beso esquimal y reírse al sentir lo frío de su hocico haciéndole cosquillas contra su nariz.
