Jugaba con su nueva corbata, sonreía como si nunca antes hubiera sido feliz y tarareaba la canción de un drama que había visto con Mari. La música era pegadiza y no entendía qué quería decir la letra –demasiado lidiaba con el japonés como para lidiar por su propia cuenta con el coreano- pero lo hacía sentir vivo, con ganas de bailar frente al espejo y se apegaba al cien por ciento con el ánimo que tenía. Ver entrar a Yuuri al aula hizo que se sintiera un poco cohibido, reprimió sus ganas de cantar y se acomodó en su asiento, esperando que el profesor hiciera algún anuncio, pero para su sorpresa la primera clase del día fue Historia, y para ser sinceros a Victor le pareció demasiado aburrida.
Tenía sus ventajas, claro está. Contaba con la presencia de su nuevo profesor preferido, podía admirarlo hasta el hartazgo, contar cuantas veces la tiza se resbalaba de la mano o cuantas veces se había sorprendido olvidando algún dato importante sobre el período que estaba tratando de enseñar… Pero a pesar de todas sus ventajas, la clase había sido muy monótona, aburrida hasta el punto de dormir al estudiantado y tampoco conseguía nada relevante que rescatar porque habló sobre el período Kofun, un período que habían trabajado el año anterior y que ninguno de los presentes se atrevió a comentarle. Katsuki estaba demasiado nervioso y al parecer fue un pensamiento unánime el creer que seria una catástrofe para este decirle, sutilmente, que su clase era soporífera.
—¿Siempre será así de aburrido? —susurró Mila tras pegarle un codazo a Victor para que le prestara atención.
—Mantén silencio o nos sacarán a patadas —le respondió por lo bajo, incorporándose por vigésima vez en el asiento y reprimiendo un bostezo. Para su suerte, Katsuki juntó los papeles que tenía sobre el escritorio y con una sonrisa tímida dirigida al curso en general, dio por finalizada la tortura pero no sin antes darles varias consignas a seguir para un informe que deberían presentar esa misma semana. Se escuchó un murmullo que se fue extendiendo por todo el aula pero con un simple movimiento de su mano derecha logró acallarlo por unos minutos.
—Recuerden estudiar para los exámenes diagnósticos de la próxima semana y si tienen dudas sobre el trabajo que deben redactar para el viernes no duden en consultarme —informó y como acto reflejo, buscó su corbata para afianzar el nudo pero se sonrojó al descubrir que estaba tocando la camisa, que no había ninguna corbata allí. Para salir de la situación embarazosa, se desprendió el primer botón, como si eso fuera lo que en primer lugar quería hacer y Victor, que se había dado cuenta de lo que originalmente Katsuki había intentado hacer, tomó la punta de la corbata entre los dedos de su mano derecha para admirarla, perdido en su propio mundo, un mundo dónde ellos quizás podrían compartir más que una simple corbata.
Automáticamente, dejó de soñar despierto y se propuso dar por iniciado algún tipo de plan para acercarse a Yuuri Katsuki. Se dijo que el primer paso estaba servido en bandeja: sólo debía hacerle preguntas estúpidas sobre el informe para poder pasar un poco de tiempo a solas con él. ¿Quién le garantizaba que no daría resultados? Sonrió para si mismo aún admirando la corbata prestada en secreto.
—Ey, es cierto —murmuró Mila mirándolo con el rostro apoyado en su mano izquierda, se la veía algo desganada y debajo de sus llamativos ojos celestes alguien muy detallista podría notar unos pequeños manchones violáceos que indicaban que la muchacha no estaba durmiendo muy bien. A Victor lo intrigaba pero aún no se sentía lo suficientemente en confianza como para acosarla hasta saber la verdad detrás de sus ojeras… —Hoy llevas corbata. ¿Te amenazaron con quitarte la beca si no cumplías el código de vestimenta? —agregó con cierta preocupación en su voz. El ruso trató de ignorarla pero sus mejillas adquirieron un poco de color.
—Babicheva, espero que el lunes tenga la misma velocidad que tiene para cuchichear, para responder a los exámenes —la reprendió el profesor y todos se quedaron anonadados, provocando un silencio sumamente incómodo ya que nunca antes Mila había sido reprendida por un superior. Era demasiado evidente para los demás que los rusos estaban a otro nivel académico. Los dos siempre sabían que responder y aunque aún no lograsen dominar del todo el idioma, ellos lograrían hacerse entender a como diera lugar.
—Fue mi culpa, sensei —murmuró Victor, buscando la manera de ayudar a su compañera, al menos, desviando la atención hacia él. Al fin y al cabo, ella había cuchicheado porque él se había puesto a tontear con su corbata.
—Nikiforov, no quiera jugar al héroe intentando cubrir a sus compañeros. Tengo ojos y oídos, sé muy bien cómo suceden ciertas cosas —masculló, perdiendo la paciencia rápidamente. —Qué tengan un buen día —agregó, marchándose rápidamente del salón no sin antes acomodar sus gafas sobre el puente de su nariz.
Victor, con un regusto amargo en la garganta, soltó una disculpa en dirección a la colorada que estaba temblando, quizás por impotencia, quizás por culpa, pero lo destrozaba saber que no pudo hacer nada para evitarle el mal trago.
El período previo al almuerzo fue incómodo ya que durante el resto del cursado, Babicheva no había vuelto a hablar, estaba abstraída por completo y vaya a saber uno pensando en qué se encontraba cuando chocó contra la espalda triangular de un joven que Victor le pareció de aspecto atemorizante. Era apenas más alto que su amiga, usaba un corte de cabello a la moda rapado en la nuca y en los laterales, pero vestía con normalidad, como si le importara respetar el código de vestimenta. Seguro Gil Lee lo amenazó, pobre víctima, pensó mientras lo analizaba detenidamente.
—La próxima vez que camines, ¿vas a ver por dónde caminas o no? —masculló, mirando con desdén a Mila por encima del hombro. La chica, efectivamente no tenía un buen día. Primero el comentario ácido de Yuuri y ahora este imbécil la trata de esta manera como si fuera superior, pensó Victor. Se dio cuenta lo mucho que deseaba ser más corpulento, tener la suficiente fuerza para poder enfrentarse a él y por qué no, terminar a las trompadas fuera del establecimiento cuando el día hubiese terminado. Pero como no lo era sólo atinó a decir:
—Vete por donde has venido, cretino.
—Controla a tu amiga, pelirroja —agregó sin voltearse a ver y retomó su camino. El ruso maldijo en su idioma natal por haber sido confundido con una chica, esperando que su compañera lo secundara pero al verla, descubrió que en sus ojos había una mirada especial, una que la delataba frente a cualquiera que se detuviera a observarla.
—Mila, no —le advirtió, poniendo una de sus manos en la espalda de la chica.
—Mila, si —respondió con la típica voz que usaba cuando alguien se le metía en la cabeza. Si bien no habían compartido demasiado tiempo juntos, Victor había tenido la chance de verla varias veces corriendo detrás de idiotas que no eran para ella durante el pasado año.
Suspiró en señal de resignación antes de escoltarla hasta la máquina expendedora. Para su suerte, el incidente con el muchacho-misterioso-sin-nombre le había devuelto a Mila la alegría característica de siempre. No paraba de hablar de lo hermoso y casual que había sido ese primer encuentro, de la banda sonora que debía tener ese momento si fuera una película y no pudo evitar contarle las hipótesis que estaba formulando. Según ella, tendría que ser de una clase superior porque no había forma de que fuera menor que ellos; también creía que sería miembro de alguna pandilla y que tendría los brazos llenos de tatuajes. Victor alzó una ceja mostrándole el disgusto que sus palabras le producían.
—Me enseñaron que tatuaje es sinónimo de mafioso —le susurró, tratando de recordar lo que Hiroko le explicó tras su llegada, prácticamente implorando que el ruso no confiara en cualquier persona que se cruzara.
—Victor, la yakuza, la bratva… ¿Qué tienen en común? ¡Tipos ardientes! —refutó, colocándose por delante y tomándolo por los hombros. Le dio un pequeño sacudón, desestabilizándolo con facilidad. Se rió al descubrir que Vitya era un blandengue, que tranquilamente podría llevarlo cargado en sus hombros sin dificultad alguna.
El chico comenzaba a creer que hablar con una puerta le traería más satisfacciones, que quizás la puerta lo tomaría más en serio que la menuda colorada que lo acompañaba a todos lados. Alguien está viendo demasiadas películas, pensó con resignación. Mila no cambiaría de opinión al respecto, de eso estaba seguro. Ni siquiera sabía que era lo que había comprado para comer pero al verla demasiado alegre, le dedicó una sonrisa. Realmente se sentía muy culpable por el episodio con el tutor pero no había nada que pudiera hacer al respecto. Katsuki le daba la impresión de ser alguien muy terco, ese tipo de persona al que sería más fácil quitarle directamente la cabeza antes que una idea que tenía en ella.
Victor entrelazó su brazo con el de Mila, quién lo dobló ligeramente a la altura del pecho y siguieron su camino hasta una de las mesas más alejadas donde solían pasar el rato el año anterior cuando necesitaban hablar en su idioma natal, comentarse alguna noticia del país o simplemente sólo aislarse un rato del resto para poder cuchichear y por qué no, criticar a alguno con cara de pocos amigos, como al cejas anchas, Seung.
Sin embargo, se llevaron una sorpresa al descubrir que en su mesa había una persona con los pies estirados sobre ella, recostado en un asiento leyendo una revista, con la mitad de su rostro cubierto con un amplio flequillo dorado. Victor lo reconoció al instante por la ropa que llevaba puesta. Se trataba del joven que había estado con Katsuki esa mañana…
—¡Hola! —saludó Mila, prácticamente a los gritos, tirándose en la silla desocupada de la derecha, apoyando su comida sobre la mesa y dedicándole una sonrisa genuina, cargada de amabilidad. A la chica era evidente que la emocionaba muchísimo relacionarse con gente, tanto que el peliplateado realmente comenzaba a admirar su simpatía, y por qué no, quizás envidiarla un poco...
—¿Y tú eres…? —masculló el rubio tras hacer un chasquido con sus labios. Victor podía notar como un nudo en la garganta se le comenzaba a formar y sabía que era a raíz de los malos tratos que Mila estaba recibiendo. ¿Es que acaso no veían lo dulce y adorable que era? Si, quizás tuviera un fetiche con la mafia y con los idiotas pero eso no minimizaba lo buena amiga que estaba resultando ser.
—¡Soy Mila! ¿Eres nuevo? No eres de aquí. Tu acento te delata —continuó charlando con el chico, como si ni le importara la manera en que se dirigió a ella.
—Soy Yuri. Vengo de Moscú —respondió, cerrando la revista y bajando los pies de la mesa. —¿Ustedes? ¿Son nuevos? —interrogó, tratando de ocultar su interés mirando hacia todos lados y entreteniéndose con sus uñas pero fracasando en el intento. A simple vista, a Victor le caía mal. Había algo en él que le provocaba rechazo y buscaba convencerse, decirse a si mismo que no eran celos o algo parecido sólo porque había pasado mucho más tiempo con Katsuki esa mañana que él o porque estaba robándose toda la atención de su compañera de banco.
—Él es Victor, los dos venimos de San Petersburgo pero nos conocimos aquí. Fue genial... —le comentó, invadiendo su espacio personal y apoyando su mano sobre uno de sus hombros —¡Qué alegría, Victor, él es el ruso! ¡Alguien más para charlar en los descansos! —agregó emocionada, llevándose ambas manos al pecho, dándole una mirada adorable como la que Vicchan le dedicaba cada vez que quería pedirle algo.
Se obligó a sonreírles, intentando no dejar en evidencia el mal trago que estaba pasando. Tomó asiento frente a los dos para abrir el pequeño paquete que Hiroko le había dado para el almuerzo. Su bento no era nada del otro mundo, no incluía onigiris con forma de panda o conejos, sino que contaba sólo con un poco de arroz, pescado, algún que otro vegetal y un papelito de color rosado que le deseaba un buen día con una carita feliz. Cada día que pasaba lo convencía más la idea de Hiroko siendo su ángel guardián. Sonrió con nostalgia, pensando que, inevitablemente, algún día tendría que irse y reprimiendo las lágrimas, tomó los palillos entre sus dedos.
Sus compatriotas no dejaban de mirarlo con sorpresa por la gran destreza que demostró al utilizarlos. Alzó la vista para encontrarlos con la vista fija en él: Mila estaba a punto de morder un bollo de pan pero se había detenido milímetros antes de hincarle el diente. Yuri –que en su mente a partir de ese momento seria llamado Yurio, porque había solo un Yuuri para él- estaba por colocarle un sorbete a una caja de jugo pero no lograba dar en el blanco, presionando con la punta en toda la parte superior de dicha caja. El muchacho que estaba siendo observado, alzó una ceja mientras terminaba de masticar para poder preguntarles qué sucedía…
Pero fue necesaria solo una palabra dicha por cierta persona para interrumpirlo. No importaba de qué palabra se trataba. A Victor lo distrajo por completo escucharlo. Manteniendo la cordura, lo buscó con la vista en el inmenso comedor repleto de estudiantes pero no lograba verlo. ¿Dónde estaba? ¿Por qué sólo lo había escuchado él? ¿Lo habría imaginado? No creía estar tan perdido tan pronto…
—Me alegra ver que ya te has integrado, Yuri.
No. No lo había imaginado. Sintió como un escalofrío le recorría la parte posterior de su cuello, un escozor en las zonas dónde lo había rozado temprano cuando le colocó la corbata y un nudo en la garganta que le impedía seguir con el almuerzo en paz. ¿Por qué se preocupaba por ese rubio desabrido que ni siquiera era su alumno y no por él? ¿Es que no tenía que estar al pendiente del niñito ese la profesora Nishigori? Evitó poner los ojos en blanco al escuchar que Yurio le respondía de mala gana.
—Y me alegra que no hayas vuelto a incumplir el código de vestimenta, Victor —murmuró, apoyando su mano derecha en el hombro izquierdo del peliplateado, dedicándole una sonrisa dulce que al menor lo derritió por completo.
—Gracias, sensei… —respondió con la respiración apenas entrecortada y con los pómulos adquiriendo un poco de tinte carmesí. —Debo hacerle algunas preguntas sobre el informe que nos pidió, ¿puedo hacerlas ahora? —Interrogó, esperando que su plan estratégico elaborado de manera fugaz apenas horas atrás diera sus frutos.
—Para descansar el almuerzo hecho está, joven Nikiforov —bromeó utilizando un tono de voz similar al de los grandes sabios de las películas y corriendo de lugar las palabras al mejor estilo Yoda, sonriendo aún más y entrecerrando apenas los ojos. —Pero puedes pasar cuando las clases terminen. ¿Participas en algún club? —Victor negó efusivamente con un movimiento de cabeza, haciendo que su cabello se meciera detrás de su espalda —Entonces cuando termine la última clase, te espero en mi oficina para que puedas preguntarme lo que desees…
Katsuki se despidió del grupo y a Victor sólo le rondaba una pregunta por la cabeza: ¿Puedo darle un beso, sensei?
Se sintió un idiota por siquiera pensarlo y suspiró, llamando aún más la atención de sus compañeros de mesa, quienes no entendían qué estaría pasando por su mente…
