El profesor Katsuki movía su silla giratoria varias veces y apretaba con fuerza una pequeña pelotita antiestrés que Minako le había regalado en una ocasión tras encontrarlo masticando con saña la piel que rodeaba sus uñas. Nunca había reaccionado de esa manera cuando de una simple clase de consulta se trataba ya que se había enfrentado varias veces a alumnos indecisos, problemáticos y tímidos que no habían logrado entender al cien por ciento lo que él pedía. Había llegado a un punto de su vida en el que se preguntaba si el problema sería él... ¿Tanto podía costarles comprender una simple consigna?
—¿Qué lo tiene tan preocupado, professeur? —murmuró una voz aterciopelada a la que comenzaba a familiarizarse.
—Oh, no estoy preocupado, Christophe —respondió con nerviosismo, tratando de ocultar los estragos que la ansiedad estaba causando en él.
—Relájese, joven —agregó con un movimiento de su mano y haciendo un sonido con sus dedos, como si ese chasquido fuese mágico y borrase los problemas de Katsuki en un santiamén.
—No tengo que relajarme —bufó, un poco enojado por los comentarios del rubio de cabellos rizados. Tenía entendido que su interlocutor era originario de Suiza y que como el nivel del instituto era bastante alto, solían buscar profesores de Lengua Extranjera cuya lengua materna fuera la que iban a enseñar, por lo que no lo sorprendió demasiado el primer día que lo vio. —Sólo estoy esperando que vengan algunos alumnos a hacerme consultas —agregó, cruzándose de piernas y recostándose contra el respaldar de la silla, cerrando los ojos.
No escuchó cuando el suizo se despidió amablemente de él ni cuando alguien golpeó a la puerta con delicadeza. Estaba perdido en sus pensamientos. Sin darse cuenta, de un pequeño hilo había hecho una madeja de lana, enroscada más de una vez; había pasado de pensamientos sencillos como una autocrítica a su labor como docente a pensamientos más rebuscados como por ejemplo, descubrir si realmente había sido su culpa y por último, terminó durmiéndose por unos escasos minutos pero no se sentía como si hubiera dormido en absoluto.
—¿Sensei? —Una pequeña mano sobre su hombro lo obligó a abrir los ojos. Tenía ganas de llorar e incluso sentía sus ojos apenas húmedos, sin embargo se incorporó levemente en el asiento dedicándole una suave sonrisa al ruso que tenía frente a él, mirándolo como si fuera la primera vez que lo hacía.
Y en parte, era cierto. No había alcanzado a prestarle suficiente atención al menor anteriormente a pesar de los reiterados encuentros que habían tenido desde el comienzo de clases, pero en ese mismo momento se sintió extrañamente embelesado por el ruso de larga cabellera. Más tarde, otra vez consumido por completo por sus pensamientos, culparía a la luz blanca que colgaba del techo y que Victor tapaba con su cabeza levemente inclinada sobre él, a la forma en que este se sostenía el cabello con la mano que anteriormente había posado sobre él e incluso al pequeño descanso que había tomado.
—¿Se encuentra bien? ¿Está enfermo? —le preguntó con notable preocupación, tomando asiento en la silla libre que se encontraba a su lado sin esperar que se lo indicara.
—No pasa nada, Victor —apenas logró articular un par de palabras mientras se quitaba los lentes para limpiarlos con un pañuelo que sacó del bolsillo delantero de su saco. —Sólo estoy cansado, no estuve durmiendo como corresponde —mintió siendo consciente de ello.
—Debería descansar, sensei —agregó, llevándose al pecho y abrazando con fuerza su bolso. El mayor de los dos asintió con resignación mientras movía la silla hacia el escritorio buscando una copia del trabajo que les había encargado, luego se dirigió a Victor para saber cuáles eran sus dudas. El peliplateado, viendo que el docente estaba lo suficientemente bien como para responder -aunque no tuviera dudas o preguntas conscisas que realizar-, comezó a hablar sobre el período Kofun como si hubiera sido un habitante de Japón por mucho más tiempo.
El alumno se sintió cohíbido al ver que Katsuki apoyaba el hombro derecho sobre el escritorio y sostenía su propio mentón entre el dedo pulgar y el medio, tamborileando el índice contra su mejilla. Ese gesto en cualquier parte del mundo significaba aburrimiento por lo que cortó en seco su explicación, la cual había terminado siendo una breve demostración de lo que escribiría más tarde.
—Pensé que tenías algunas dudas —murmuró el docente, mirándolo con el ceño levemente fruncido. Estaba bastante ofuscado. No había parado de pensar en sus posibles errores en la consigna desde que habían hablando en el almuerzo... ¡Y ahora resultaba que no había problemas con ello! ¿Además era un tema que ya habían trabajado? ¿Por qué nadie le había avisado? ¿Qué le pasaba a ese chico? ¿Acaso tenía problemas de inseguridad? Yuuri negó para sus adentros. A simple vista parecía ser alguien con bastante seguridad y amor propio, con la confianza suficiente para redactar un simple informe sin preguntarle nada a nadie... Katsuki se acarició lentamente la frente buscando relajación en dicho movimiento pero sólo logró exasperarse un poco más. Suspiró antes de comentarle a su interlocutor: —Victor, si realmente no tienes ninguna duda puntual sobre la consigna o la forma en que debes presentar el trabajo, ya podrías redactarlo esta misma noche. Tienes los conocimientos afianzados del año anterior como me has comentado e incluso es como si me hubieras ahorrado el trabajo de leer lo que me entregues el viernes.
Victor se sintió pequeño e insignificante, como cuando sus padres solían regañarlo. Observó a Yuuri por detrás del flequillo que cubría a duras penas su ojo derecho, tratando de no perder la compostura. ¿Por qué? ¿Por qué todo lo que planeaba tenía que salirle mal siempre? Tomó aire, cerró los ojos y tras meditarlo unos segundos, se puso de pie.
—Lamento haberle hecho perder el tiempo, Katsuki-sensei. Me retiro. Que le vaya bien... —masculló con bronca, más como si hubiera escupido cada una de las palabras que salieron de sus rosados labios. Estaba enojado, claro, como cualquier persona que veía sus planes frustrados de manera tan sencilla.
Sin darle derecho a réplica al profesor, el ruso abandonó la sala de profesores. Había irrumpido en ella como un huracán y se había marchado de la misma manera, pensó de forma poética Katsuki y volvió a cerrar sus ojos, sintiendo como había llenado el pequeño ambiente el aroma que la ropa, el cabello o el mismo Victor emanaban. Había pensado en retenerlo unos minutos más, ya que era su tutor, para preguntarle si su monólogo tenía un motivo, una razón que quizás el no había logrado comprender a tiempo pero claramente, era tarde.
—Necesito un abrazo, Hiroko. —Se había acercado por detrás, arrastrando sus pies contra el suelo sin ganas de moverse más de la cuenta y le susurró apretando con suavidad el excedente de la yukata que llevaba puesta esa tarde. La señora no tardó en consentirlo, girando rápidamente sobre si misma para darle lo que reclamaba. Si Victor no accedía a contarle sus problemas, ella no lo presionaría, por lo que sólo estuvieron abrazados por largo rato sin decir ni una sola palabra.
Tras recargar fuerzas, el joven ruso se encerró en su habitación junto a Vicchan, quién descansaba recostado sobre sus largas piernas extendidas en el futón. Sobre su regazo tenía su computadora portátil y a sus costados, había desparramado hojas y libros con información que queria volcar en el maldito informe que tanto lo estaba exasperando.
En realidad, sabía a la perfección que no era el trabajo que debía entregar lo que lo sacaba de sus cabales, sino que se trataba sin dudas de algo distinto. ¿Cómo podía tratarlo con tanta frialdad luego de haberle dado esa maldita corbata y de haberle sonreído de esa forma en el almuerzo? No lograba comprenderlo, tampoco buscaba la forma de hacerlo ya que cada vez que Yuuri Katsuki rondaba sus pensamientos, volvía a meterse de lleno en algún texto.
Su hermana no paraba de hablar y él solo quería un poco de silencio. Al parecer, la joven había conocido a un pequeño ruso que estaba de intercambio, al cual su madre le daba alojamiento. Yuuri, sabiendo que Hasetsu se había vuelto un pueblo bastante atractivo para los extranjeros ya que tenía que lidiar con más de cuatro rusos en sus cursos, ignoró el resto del relato. Le indicó que siguiera contándole más aún cuando era obvio que evitaría escucharla yendo hasta su habitación para cambiar su ropa de trabajo por algo más cómodo. Se insultó por lo bajo al descubrirse por segunda vez en el día tratando de aflojar el nudo de una corbata que no tenía por motivos más que obvios y se tiró de cabeza en la cama sin siquiera haber desprendido un sólo botón de su camisa.
No entendía por qué no podía dejar de darle vueltas al asunto. Solamente había actuado como siempre. No tenía que ser diferente con él por el simple hecho de ser extranjero. Buscaba justificarse recordando que Victor era por lejos superior a sus demás compatriotas: era el que mejor dominaba el idioma, el que mejor entendía sobre las formas de dirigirse a los demás y a pesar de llevarse mal con el uniforme y el presidente del Consejo Estudiantil, siempre daba lo mejor de si.
Esa misma noche había cruzado la puerta de la escuela con el teléfono pegado al oído izquierdo, hablando con Minako como solía hacerlo cada vez que tenía un inconveniente de esa índole. Su confidente, su superior y también algo así como una tía sin lazos de sangre, había sido la tutora del ruso de larga y plateada cabellera el año anterior, por lo que podría ayudarlo a comprender qué era lo que había buscado esa tarde en su despacho si no eran respuestas que jamás le reclamó.
—Atención —murmuró sin pensar demasiado en su respuesta.
—¿Qué dices, Minako? ¿Atención? ¿Por qué? —preguntó mientras esperaba que cambiara de color el semáforo de la esquina. No se acercaba ningún automóvil por ninguna de las calles lindantes pero Yuuri jamás rompía una regla, ni siquiera cuando nadie lo estaba mirando.
—No lo sé, Yuuri, no soy su psicóloga. Sólo lo quiero más que al resto —confesó —y sé que si quiere tu atención, tarde o temprano tendrás que dársela.
—¿Lo sabes por experiencia? —preguntó, cruzando por fin.
—No. Al contrario, yo quería su atención —carcajeó Minako desde le otro lado y Yuuri miró la pantalla de su teléfono con intriga. Al final, la charla no había servido de mucho, sólo lo había ayudado a hacer más ameno el trayecto desde el instituto hasta su hogar.
Habían pasado un par de horas pero ahí estaba él, con la cara hundida en la almohada, haciendo de cuenta que Mari no estaba actuando como un verdadero loro del otro lado de la pared, recordando las palabras de Minako y pensando, sin encontrar respuesta, por qué tenía que estar tan presente en sus fosas nasales el floral aroma de Victor.
La noche anterior a la entrega del trabajo, Victor escuchó a Mari llegar para buscar algunas pertenencias que había dejado olvidadas en la casa de su madre, pero estaba tan preocupado en darle los últimos retoques que no salió a saludarla. Minutos después, escuchó un par de golpeteos que reconoció como el choque de los marcos de las puertas corredizas así como también un par de gritos. Esperaba que solucionaran cuanto antes cualquiera que fuera el problema que Hiroko tuviera con la muchacha y su hermano. Le dedicó una mueca cargada de tristeza e impotencia a Vicchan, quién movía apenas el rabo mirándolo como si Victor tuviera la solución.
—Vamos a lograr todo lo que nos propongámos, Vicchan —sonrió, tratando de ignorar el bullicio antes de darle la leída final antes de darle la orden de imprimir. Al ver que todo estaba en perfecto estado, dejó salir una pequeña risita y festejó con un movimiento exagerado de brazos y cadera. —Yuuri, voy a hacer que estés orgulloso de mi —murmuró, mordiéndose el labio inferior al mismo tiempo que presionaba el icono con una pequeña impresora. Escuchó el repiqueteó de los cabezales del aparato -pensaba encontrarse con algo más sofisticado en Japón, algo así como una impresora láser pero a Hiroko le iba más la onda vintage y mantenía una vieja impresora con cartuchos que lo hacía renegar más de lo que podía admitir- e ignoró por completo la felicidad que el poodle demostró al escuchar cierto nombre.
