El chico de cabello largo lo tenía cansado. Ese día no había hecho más que murmurar por lo bajo, protestar por cada movimiento que él o Mila realizaban en la mesa. Ni hablar de todas las veces que puso los ojos en blanco al ver a su profesor de Francés. El rubio le pidió disculpas a Mila antes de retirarse y dirigirse al patio para estar solo por un rato largo, o al menos hasta que su próxima clase comenzara.
La verdad era que nunca había querido irse de casa. ¿Por qué sus padres se habían empecinado en mandarlo a nada más y nada menos que un pueblo de Japón? Además, no sólo extrañaba el calor de su hogar, sino que nada le hacía más falta que su pequeña gata. Suspiró metiendo las manos en el bolsillo, caminando en dirección a la máquina expendedora para adquirir ese jugo del cual se estaba volviendo consumidor compulsivo.
Tomó asiento bajo un arbol que de a poco comenzaba a lucir pequeños brotes verdes. Se perdió en sus pensamientos durante unos minutos por lo que se sobresaltó muchísimo al descubrir que ya no estaba solo. Alguien estaba apoyado de costado contra el tronco del árbol, mirando hacia el cielo también y con una lata de gaseosa entre sus dedos. A Yuri le pareció extraño y cautivante al mismo tiempo. Quizás fuera por su corte de cabello, por la forma prolija en que llevaba su uniforme o quizás por ese porte elegante que lucía. Era todo lo que él deseaba ser.
—Oh, lo siento, no te vi —masculló tras darse cuenta que lo había estado mirando durante más de la cuenta. Se levantó rápidamente, limpió con sus manos la parte posterior de sus pantalones y extendió su mano derecha hacia el joven, para presentarse. —Soy Yuri Plisetsky, de la clase 1-B.
—Otabek Altin, de la clase 3-C —murmuró en respuesta, tomando la mano delicada del rubio y estrechándola con tanta fuerza que Yuri creyó haber sentido un crujido en sus dedos. Tenía la piel demasiado suave para el tamaño de estas, parecía determinado en todo lo que hacía incluso estrechar manos. —¿Sueles venir a menudo por aquí? —Le preguntó, tomando asiento en el suelo, apoyando su espalda contra el tronco y señalando un espacio libre a su lado, invitando con una pequeña sonrisa al rubio.
—Eh... No. Es la primera vez que vengo a esta área —respondió, un poco cohibido. Flexionó sus piernas lo suficiente como para sentarse con delicadeza junto al mayor. Algo en la presencia de este lo ponía tan nervioso como para guardar silencio y pensar con cuidado cada palabra que pudiera llegar a pronunciar. —No eres de aquí, ¿verdad? Aunque... —se mordió la lengua antes de decir algo sobre los rasgos marcados de Otabek, sobre todo en la parte externa de sus ojos. Se dijo que quizás le molestaría oírlo hablar sobre eso.
—No —se rió por lo bajo al notar el corte abrupto en su enunciado. —Nací en Kazajstán pero cuando tenía cinco años mis padres se mudaron a Corea y varios años después terminamos aquí... —comentó como si no le importara compartir su vida privada con cualquier persona y prosiguió, alzando una de sus piernas hasta dejar su rodilla cerca de su pecho. —Pero si te preguntabas por mis ojos... Mis abuelos eran coreanos —alzó sus hombros, quitándole importancia al asunto.
Yuri sonrió por cortesía y dejó de mirarlo por unos instantes. Pensaba en lo grandioso que sería pasearse por los pasillos con alguien de tercero o en lo genial que era estar hablando con alguien que no fuera de Rusia -aunque eso implicase utilizar una lengua que aún no dominaba-. No escuchó el primer timbre ni salió de su burbuja hasta que Altin lo empujó sutilmente con el lateral de su cuerpo.
—Hay que volver —le susurró y tras levantarse el mayor, estiró su brazo justo frente a Yuri para ayudarlo a ponerse en pie. —Espero volverte a encontrar —agregó, despidiéndose con un leve movimiento de su cabeza antes de adentrarse en el edificio.
El rubio tras estirarse un poco lo imitó, buscando su aula con parsimonia. El encuentro con el mayor lo había dejado perdido, en una nebulosa. Había pasado tan de repente que aún no sabía que pensar al respecto. Que le costaba socializar era una verdad reconocida por todos sus familiares e incluso por su terapeuta. Sabía que les soprendería de gran forma cuando les informara que había logrado establecer conversación con más de una persona.
—Plisetsky... ¿No estás llegando tarde a clases? —escuchó una voz dirigirse a él por lo que se obligó a alzar la vista. Se encontró con su tocayo, el profesor de Historia, ubicado justo delante suyo con los brazos cruzados contra el pecho y una mirada cargada de reprobación. —Vamos, apúrate —lo animó, dedicándole una sonrisa junto con un apretón en el hombro. El ruso alzó una ceja bastante incomodado por el contacto ajeno.
—No me digas que hacer —se zafó del agarre con desdén. —Además mi aula es al final de este pasillo y faltan quince minutos para el segundo timbre —concluyó, dedicándole una mirada soberbia, analizándolo de pies a cabeza y dejándolo parado en el medio el pasillo. Avanzó apenas unos metros cuando alguien pasó por delante atropellándolo. No tardó mucho en reconocer los cabellos largos y plateados que pasaban sin detenerse a ver el estado en que había quedado.
Mientras abría la puerta del aula pudo escuchar como Victor prácticamente le rogaba al profesor que le permitiera unos minutos de su tiempo para hablar sobre su monografía. El rubio negó lentamente con su cabeza, pensando en lo desesperado que parecía su compatriota. ¿Estaría enamorado del profesor? ¿O simplemente seria admiración? ¿Cómo podía rebajarse de tal forma con tal de pasar simplemente unos minutos con él? Eran preguntas que esperaba responderse sin tener que experimentarlo en carne propia...
