*Gracias a todos por tomaros la molestia de haber leído el primer capítulo de este fanfic. Lo he escrito - y sigo escribiéndolo, porque hay mucho que contar - con muchas ganas y espero que vosotros, poco a poco, lo leáis también con las mismas. Vuestros comentarios me animan a seguir escribiéndolo y me muestran si os va gustando o no, así que no os cortéis en decirme qué os está pareciendo.

UNA ACLARACIÓN: el apellido de Melinda, Cavanaugh, es totalmente una coincidencia. No tiene relación ninguna con Alicia ni con nadie de su familia.

ATENCIÓN: El fic se va a ir actualizando cada dos semanas. ¡Estad atentos!*

2

Persuasión es mi segundo nombre

- Venga, Steve, necesito esos papeles. Soy una colega de profesión buscando información, nada más – le dijo con ojos de cordero degollado como si lo tuviese delante. Estaba a punto de suplicar.

Cary había llamado diciendo que Kalinda, su investigadora, no había podido conseguir nada pero que si seguía así tiraría de algún método "poco recomendable" para conseguir su objetivo.

- No te preocupes, lo intentaré. Ya te dije que conozco a alguien que nos puede ayudar.

- ¿Estás segura? A Kalinda no le importa volver con métodos más persuasivos – le había respondido él con cierta diversión en su voz.

- Tranquilo, lo intentaré. Yo también puedo ser muy persuasiva – el tono chulesco no le podía faltar ante tal afirmación.

Le sonrió al teléfono mientras volvía a aparecer en su mente la imagen de Cary en traje azul marino y el abrigo negro, protegiéndole de la brisa fresca de la mañana.

- Vamos, Steve, no me hagas suplicar – su mente volvió al presente y a la conversación que estaba teniendo con su amigo por el hilo telefónico.

- Melinda, ¿de qué estás detrás? ¿Me vas a meter en un lío?

- ¡Qué va! Estoy ayudando en un caso legal. Uno de los vuestros ha metido la pata hasta el fondo: ha aceptado sangre contaminada con el virus del VIH y ahora hay un crío que ha sido infectado gracias a vuestro amigo con pocas luces – hizo hincapié en las últimas palabras. No había una cosa que más le repatease que la gente incompetente y que niños inocentes pagasen caras las consecuencias –. Necesito saber quién para que se haga justicia.

- Así que no me ibas a meter en problemas, ¿eh? ¡¿Pero tú estás loca?! ¿Vas a vender a uno de los nuestros? – Melinda no se lo podía creer. ¿"Vender" era hacer constancia de la inutilidad de cierta gente?

- No voy a vender a nadie, Steve, voy a hacer que ese cabrón pague por el gran error que ha cometido. ¡Es un crío que debería estar jugando sin pensar en problemas o enfermedades tan graves como el sida, no enfermo por culpa de la incompetencia de un gilipollas! ¡Tú harías lo mismo en mi lugar! – la voz iba en aumento y su cabreo también. No podía dejar este hecho, después de conocerlo, de forma impune. Tenía que hacer que el tipo que había cometido semejante error pagase por ello. Los niños eran su debilidad no sólo por su profesión, sino también desde que su sobrina Amelia había llegado a este mundo. Aún recordaba lo pequeña que era cuando nació y la emoción que sintió al tenerla en sus brazos. A veces la sentía como si fuera su propia hija, incluso su hermana se lo decía de vez en cuando. "Debería ser tuya, no mía. Os parecéis tanto, congeniáis tan bien". Como tía, le había dado a conocer ciertos temas que le gustaban. Todavía recordaba el día en que le dio un peluche de Wonder Woman y Amelia lo había abrazado hasta casi dejarlo sin respiración si este estuviese vivo. Luego llegó su propia fantasía: el peluche de Batman de su tía estaba casado con Wonder Woman, y estos habían adoptado al peluche de Bilbo, de El Hobbit. Así, la historia fue formándose, haciendo que ambas conectasen muy bien y pasando el tiempo jugando e imaginando.

- ¿Puedes pasarte luego? Ahora saco los papeles, los fotocopio y te los doy, pero no quiero que mi nombre salga en ningún sitio. Yo no he estado implicado de ninguna forma, ¿entendido? – dijo tras la que le pareció una larga pausa.

- Claro como el agua – y colgó el teléfono.

Un par de horas más tarde, Melinda se encontraba en un ascensor subiendo hasta la planta 28 a su encuentro con Cary. Después de pasar a por los papeles, le preguntó si podía ir a su despacho para dárselos y poder hablar sobre el caso. Parecía animado por las recientes noticias, ¿o era por su visita? Ella sentía unas pequeñas mariposas en el estómago, algo que le parecía lo más cursi e idiota que había sentido últimamente. "¿Pero qué te pasa? Sólo le estás ayudando con el caso, nada más. Luego sigues tu vida normal y punto". Se quedó esperando en la recepción. No había cambiado en nada después de su última visita, cuando Will Gardner la necesitó para otro caso anteriormente. Will le caía bien, era competitivo, ambicioso, y siempre quería ganar, un poco como ella, por lo que era comprensible que trabajasen bien. Aunque siempre solía tener una actitud inicial de no querer participar en estas situaciones, al final caía una y otra vez. Conocía el sistema legal, no tan bien como un abogado pero sí como para defenderse mínimamente. "La herencia de papá", pensaba ella. Richard Cavanaugh era uno de los más prestigiosos abogados de Nueva York, donde había nacido Melinda tres décadas atrás, y todo el mundo requería sus servicios ante complicados temas. Lo había mamado desde pequeña, desde ir a los tribunales a ver a su padre en acción hasta meterse en la carrera de Derecho sin ningún éxito, pasando por la lectura de diversos libros sobre ello. Richard quería que una de sus hijas siguiese su camino pero tuvo muy poco éxito en su misión y mucha frustración de por medio. Mientras su hija mayor se dedicaba a las finanzas para terminar como administrativa de una multinacional, su hija menor, Melinda, intentó contentar a su padre ignorando lo que realmente quería ella. Se esforzó, luchó por amar aquello a lo que su padre se había dedicado toda su vida, pero no pudo crear un vínculo con algo que jamás le había llamado la atención. Tras medio año en la universidad, dejó la carrera y se matriculó en Medicina, dejando atrás gritos, peleas y los sueños rotos de su padre. Este, finalmente, y tras ver los grandes resultados que cosechaba su hija en este nuevo camino, tuvo que aceptar su nuevo destino, aunque nunca dejó de mostrar la poca gracia que le hacía. Así, la relación entre ambos se fue haciendo cada vez más fría, siendo un pequeño glaciar en mitad de un vergel de éxitos para ella, y convirtiéndose en una especie de decepción para su padre, hiciese lo que hiciese y lo bien que llegase a sus objetivos. Un tira y afloja continuo, una lucha encarnecida, demasiada energía gastada en algo que no valía la pena; Melinda se dio cuenta de que era mejor mantener las distancias, hacer su vida y seguir hacia adelante, aunque en un principio le doliese en el alma. Luego, con el tiempo, el dolor desaparecía al ver lo feliz que era con lo que estaba haciendo y lo lejos que había llegado, teniendo incluso dos especialidades que podía combinar, la pediatría y la cardiología.

Cary llegó a los pocos minutos con cierto aire jovial pero manteniendo la seriedad de las circunstancias. Una sonrisa le dio la bienvenida a aquel agujero lleno de tiburones buscando sangre. Con mucha amabilidad la acompañó hasta su despacho. Era una pequeña habitación acristalada desde la que se podía ver los despachos de alrededor, con una alfombra de color gris y los muebles de color caoba, dándole un toque muy señorial a aquel lugar. Nada más entrar, enfrente, había un sofá de color verde pálido que combinaba con el estilo clásico pero profesional que había adoptado aquel sitio. Melinda optó por sentarse en una de las sillas mientras Cary imitaba su gesto pero en el sillón que tenía enfrente.

- Aquí tienes lo que he podido conseguir. Me ha costado un poco pero al menos tenemos un nombre, ¡y hasta una fotografía! – le dijo mientras le daba una carpeta muy parecida a la que él le había entregado la primera vez que se vieron –. Así le facilita las cosas a tu investigadora.

- Te lo agradezco de veras. Es genial – sonrió y ella volvió a quedar un poco más prendada de esa imagen –. ¿Has leído los papeles que te entregué?

- Oh, sí, y la verdad es que se le podría meter un gran puro, no sólo a este hombre, sino también al hospital. Podría ser una demanda millonaria, aunque el St. Mary's tiene un plantel de abogados bastante extenso, ¿sabes? Habría que ir con cuidado – ya los había conocido en otra ocasión. Todavía podía ver la cara de boba que se le quedó al contemplar el desfile de gente que entró en la sala –. A este "pobrecillo" se le puede acusar de negligencia médica y pedirle al juez que le retire su licencia médica para siempre; eso sería un buen castigo.

- ¿Ya lo tienes todo pensado? – otra vez esa sonrisa. Las mariposas estaba enloqueciendo en su interior, ¿o eran sus hormonas?

- Bueno, es un tema para ir pensándolo mientras conduces hasta aquí, ¿no? – le devolvió la sonrisa y se sintió cada vez más cómoda con él, como si dos amigos estuviesen charlando sobre sus problemas, contándose batallitas de vez en cuando, sintiendo una complicidad extraña para dos desconocidos.

Así pasaron un par de horas, detallando la estrategia que Cary iba a seguir y ella contándole un poco a grandes rasgos lo que iba a decir durante el juicio. La conversación, dentro de lo que cabía, fue bastante distendida, incluso hablaron sobre otros temas.

- ¿Trabajas con Alicia Florrick? – preguntó mientras se volvía en su asiento y miraba al despacho de enfrente.

- Sí, la conozco desde hace unos años. Llegamos al bufete al mismo tiempo pero, al final, la eligieron a ella y a mí me surgió un puesto de trabajo en la fiscalía del Estado – había un tono de orgullo en su voz, aunque no muy pronunciado. Estaba intentando mantener la humildad.

- ¿Con Peter Florrick?

- Primero con Glenn Childs, después vino Florrick. ¿Por qué lo preguntas? – tenía una sincera curiosidad aunque la disimulaba mirando los papeles que tenía en su escritorio.

- Oh, por nada. Es que los conozco. Me los presentaron en una de las fiestas a las que acompañé a mi padre. A veces me lleva como acompañante para que no vaya solo pero a mí me aburren soberanamente porque sólo hay abogados. Lo bueno es que me permite crear contactos para que luego estos contribuyan en las fiestas de recaudación que monto. Ya sabes, para comprar nuevos equipos, poder financiar tratamientos y operaciones a niños que no se lo pueden costear – se sintió orgullosa de sí misma. Muchas veces reprimía ese sentimiento ya que, si se le da rienda suelta, puede hacer volar el ego de forma significativa, algo que odiaba bastante.

- Es cierto, tu padre es Richard Cavanaugh. Ya me sonaba tu apellido de algo – Cary había caído en la cuenta y a lo mejor su actitud iba a cambiar radicalmente. No sería la primera vez que un tío al conocer su parentesco empezaba a tratarla de forma diferente para acercarse a su padre. Ya había empezado en la universidad y era algo que no iba a parar ahora. Incluso lo intentó Will Gardner en su momento, pero sin utilizar las artes amatorias de por medio, algo que ella agradeció muchísimo. Ya era bastante incómodo de por sí como para añadir eso a la ecuación.

- El mismo que viste y calza. ¿También era tu héroe mientras estabas en la facultad? – un tono de burla salió de sus labios. Ahora hacía un repaso mental de todos los hombres que se habían acercado a lo largo de su corta vida buscando tener contacto con el patriarca de la familia. Las primeras veces cayó en la trampa, pensó que estaban ahí por ella, pero cuando su corazón se rompió en mil pedazos al ver por qué era el imán preferido de aquellos hombres, no volvió a picar más, sino que los mandaba a paseo con sólo olerlos.

- ¡Claro! Es un gran ejemplo a seguir – "Si tú supieras", pensó para sí misma, recordando que su padre era un lobo con piel de cordero, una persona que llegaba a despreciar en ciertos momentos de su vida y que de ejemplo no tenía nada –. ¿Qué tal se encuentra? Oí la última vez que había tenido problemas de salud.

- Los achaques de la edad, pero por ahora nada grave. Parece que trabaja demasiado, pero nada más. Tendría que darse un descanso de vez en cuando. Como yo – dijo mirando la hora. Tendría que haber vuelto a casa hacía media hora –. Es muy tarde. ¿Cuándo es el juicio?

- En un par de días. Te llamaré para que ensayemos tu participación en el juicio – dijo mientras miraba el reloj.

- No hace falta. No tengo problemas con explicar las cosas como si fuesen niños de primaria, trato con muchos de ellos a diario – le sonrió y se despidió de él, echando un último vistazo hacia el despacho.

Cuando llegó a casa, sintió de forma imperiosa la necesidad de ponerse bajo el mando de la ducha y dejar correr el agua caliente por su espalda. Había sido un largo día y necesitaba relajarse. Sin embargo, a pesar de que quería ver algún episodio de alguna de sus series favoritas, el sueño la abrazó y la sumergió en un sitio cálido y agradable, la sonrisa de él.