*¡Hola a todos de nuevo! En este capítulo las cosas se van poniendo más serias entre nuestros protagonistas. Espero que la historia os vaya gustando poco a poco.

No sé si, durante estas navidades, seguir actualizando el fic o esperarme hasta que pasen estas fechas. Desde aquí os pido vuestra opinión al respecto ya que me ayudaría mucho a decidirme. Espero vuestros comentarios tanto sobre esta cuestión como sobre el capítulo. ¡Gracias!*

5

¿Y si este es nuestro momento?

Tras un par de días de reflexión, donde las hormonas volvieron a sus niveles normales, los calores se dejaron a cargo del verano que había llegado y la tensión en el ambiente se disipó casi por completo, Melinda recibió la llamada de Cary.

- ¿Estás ocupada esta noche? – necesitaba verla después de lo que había pasado en el recibidor de su apartamento. La cabeza le daba vueltas tan sólo de pensarlo.

- Acabo de empezar el turno de noche. En verano me gusta mucho más porque las cosas están calmadas y hay un silencio casi sepulcral – aunque el calor apretaba, la presencia del aire acondicionado en la planta hacía mucho más fácil el trabajo tanto durante el día como por la noche y les permitía olvidar la estación del año en la que se encontraban. Por las noches, la vida del hospital se ralentizaba y raramente había alguna operación o susto; las enfermeras estaban atentas a los monitores mientras leían algún libro romántico para matar las horas hasta el final de su turno.

- ¿Entonces no te importa que me pase? Creo que es necesario que hablemos – "Se ha puesto serio de veras", pensó para sí misma.

- Claro, claro, cuando quieras.

La llamada le había puesto nerviosa. Sabía lo que iba a pasar: se sentirían incómodos después de la naturalidad con la que se habían tratado, hablado de sus cosas íntimas y con la facilidad a la que habían llegado a la causa de aquella extrañeza entre ambos; tendrían que pasar por el trago de hablar sobre ello, dejar claras las cosas e intentar seguir adelante hasta restaurar el ambiente que tenían antes. Por una parte era necesario, como había dicho él, pero al mismo tiempo le daba una pereza tremenda tener que pasar por esa situación. Intentó mantener la mente despejada viendo un par de episodios que tenía pendientes mientras veía que el momento llegaba, centrándose en la historia y dejando sus problemas de lado. Podría tratarlos más adelante cuando Cary ya estuviese allí.

Jamás le había visto sin traje, por eso se quedó un poco perpleja al verle aparecer por la puerta con una camiseta de manga corta y unos vaqueros, un look de lo más informal tras verle todo arreglado. Le invitó a sentarse en el sofá que tenía en uno de los laterales de su pequeño despacho y le preguntó si quería algo de beber, a lo que él declinó la oferta amablemente.

- No sabía que tenías turno de noche – empezó él la conversación de forma casual mientras ella se sentaba a su lado.

- Es mucho mejor que el de mañana. Me permite ponerme al día con las series, leer, trabajar completamente a gusto. Es una gozada. Poca gente comprende que necesito silencio para hacer las cosas bien, sin distracciones y aprovechando el tiempo al máximo. Además, soy un búho, me encanta vivir de noche, ¿sabes? – le dedicó una tímida sonrisa para distender el ambiente. La tensión volvía otra vez pero no como la última vez que se vieron.

- Melinda, estoy aquí porque creo que tenemos que hablar sobre lo que pasó la última vez – se aventuró a decir él, pasando directamente a la acción.

- Lo sé – le interrumpió ella mirándole a los ojos, intentando averiguar lo que iba a decirle –. No te preocupes, lo que pasó, pasó, y no podemos cambiarlo.

- No tendría que haber actuado de aquella forma. Me sobrepasé – dijo con cierto tono de arrepentimiento que le llegó a molestar –. No digo que me arrepienta, sino que no eran las formas.

Se hizo un pequeño silencio que pareció una eternidad. Cary fue el encargado de romperlo.

- Me gustas, Melinda, pero tengo un "conflicto interno", por así decirlo – ella le miró extrañada, invitándole a continuar –. Ya te he hablado de Kalinda antes. Llevo desde que la conocí, hace cinco años, pillado por ella pero el sentimiento no es mutuo. Sé que tendría que seguir hacia adelante y superarlo, y a veces pienso que lo he hecho, pero no. Tampoco he tenido ningún motivo realmente de peso para pasar página, pero creo haberlo encontrado – él la miró a los ojos esperando alguna reacción por su parte.

- ¿Yo? Cary – tenía que pararle un poco los pies, tenía la sensación de que tenía que hacerlo –, no voy a negar que me halaga ser esa razón pero creo que sería mejor no seguir adelante – esto estaba siendo más serio de lo que se había imaginado, incluso más largo.

- ¿Por qué? No me digas que tú no lo sientes porque no se notaba en tu apartamento – estaba molesto y confundido.

- No es eso. He tenido malas experiencias con abogados antes, o con proyectos de abogados. Sabes quién es mi padre y el efecto que tiene en los estudiantes de Derecho. Todos le adoran, quieren acercarse a él y convertirse en sus pupilos, estar bajo su ala y aprender de él desde cerca – el dolor por el recuerdo de ser usada iba floreciendo poco a poco, como si lo estuviese viviendo en aquel instante, sintiendo dentro de ella cómo el corazón se le rompía otra vez por el engaño de un indeseable –, así que yo era el acceso más directo que tenían. No sabes cuántos estudiantes de Derecho llenos de planes y sueños han ligado conmigo, me han calentado la oreja con el objetivo de que les presentara a mi padre. Al principio piqué y les di todas las facilidades porque me sentía querida, o eso me hacían creer. Pero llegó un momento en el que me di cuenta del engaño y del error en el que estaba metida, así que fui apartándolos a todos. Después de tanto tiempo, sigue habiendo muchos abogados que me ven como el camino perfecto para llegar a su ídolo y conseguir un trabajo o tan sólo hablar con él. Por eso no pude seguir, Cary, porque no sé por qué te acercas a mí, si porque te interesa mi padre o soy yo. Y no me digas que es porque te sirvo de utilidad para ganar casos porque te mando a la mierda desde ya – le espetó muy seriamente. Se había sentido tan destrozada varias veces que no podía soportar la idea de que lo que sentía era producto de un engaño.

- Tu padre me da igual, Melinda, y es cierto que formamos un buen equipo en los tribunales pero no es por eso por lo que me acerco a ti. Hace tiempo que no me siento tan a gusto con una persona como lo estoy contigo. Puedo hablar de lo que sea y no sentirme bajo una careta o interpretando un papel. Puedo ser yo sin pensar en Kalinda ni un solo segundo, algo que a veces es un milagro porque la veo todos los días, trabajo con ella y es duro – Cary estaba destilando sinceridad por los cuatro costados y era algo que le hacía sentirse un poco más incómoda. No estaba acostumbrada a que un tipo como aquel se abriera de aquella manera ante ella, sin copas de por medio, sin bromas ni risas. Era una conversación adulta al cien por cien, honesta y sin tapujos –. Puede sonar precipitado porque nos conocemos desde hace poco tiempo pero quiero más, y lo del otro día fue una señal de lo que ambos queremos – hizo especial hincapié en meter a los dos en el mismo saco mientras la miraba con cautela, como si estuviese estudiando su expresión facial en busca de alguna pista.

- Necesito estar segura de tus intenciones, Cary. Sé que suena desconfiado e incluso absurdo después de lo mucho que hemos hablado, pero no voy a permitir que nadie me la juegue de nuevo. No sabes lo doloroso que es eso – la puerta estaba abierta, la oportunidad se presentaba delante de sus narices.

- Comprendo. Te demostraré que estoy ahí por ti, ¿te parece bien? – se dibujó una sonrisa cómplice en su rostro, con un aire juguetón que hacía que la conversación se relajase y pasase a otra fase distinta y necesaria.

Hablaron un poco de esto y de lo otro, de sus hobbies, las películas y series que veían, la música que escuchaban, los acontecimientos del mundo que ocupaban horas y horas en la televisión. Debatieron, se rieron, se besaron y se fueron enamorando un poco más del otro, dejando a un lado las posibles dudas que tuviesen. Melinda seguía teniendo cierta desconfianza ante las intenciones de Cary, pero dejaría que eso le preocupase más tarde, ahora quería disfrutar del momento. Sus labios eran cálidos y sus manos firmes y dulces cuando cogían su cara. Por un momento se teletransportó a otro lugar, muy lejano de Chicago, donde ella y él estaban solos y nadie los podía molestar. La ensoñación terminó cuando su busca vibró en el bolsillo de su bata, un paciente requería su atención.

A veces tenía que lidiar con algún niño que no podía dormir, que había tenido una mala pesadilla o que no quería tomarse su medicina correspondiente. Intentaba ponerse en su lugar y los trataba con la mayor delicadeza posible ya que sabía que para nadie es plato de buen gusto estar en un hospital por un cierto periodo de tiempo. Corey pertenecía al tercer grupo, a los enemigos de la medicina de las cuatro de la mañana.

- ¿Qué pasa esta vez? – preguntó con una voz suave para no despertarle del todo.

- No quiero tomarme la pastilla, Melinda. Sabe muy mal – tenía el rostro compungido y se hacía la víctima, como todos los niños que odiaban tener que tragar varias pastillas al día.

- Lo sé, corazón – se sentó en su cama –, pero tienes que tomártela para ponerte bueno y salir de aquí, ¿o no quieres volver a casa con tus padres y tu hermana pequeña? También volverás a ver a tus amigos, que te echan mucho de menos – Cary estaba en el quicio de la puerta viendo cómo Melinda se hacía cargo de la situación con facilidad. Se notaba que no era la primera vez que tenía que lidiar con este tipo de cosas.

Corey cogió la pastilla mirándola con desagrado y, con ayuda de un sorbo de agua, se la tragó. Melinda, con mucho cuidado, le arropó y le acarició el pelo hasta que se quedó dormido. Cuando fue a salir de la habitación, Cary estaba embobado viéndola, sonriendo como un niño. Ella no pudo más que devolverle el gesto, indicándole al mismo tiempo que volviesen al despacho, donde no despertarían a nadie.

- Parece que eres una experta en el tema, ¿eh? – la sonrisa seguía ahí intacta, mostrando la hilera de dientes blancos perfectos.

- Ay, si tú supieras – se rio pensando en la de peleas que había tenido con críos que no le llegaban ni a la cintura. Sin duda estaba preparada para una futura maternidad, más de lo que cualquiera lo estaría.