*¡El día ha llegado! Tenía muchas ganas de que leyeseis este capítulo ya que es un antes y después en la relación de estos dos tortolitos. Espero que os guste y que me dejéis vuestras impresiones al respecto.

¡Gracias por seguir leyendo!*

8

El sexo estupendo, gracias

Estaba durmiendo plácidamente junto a ella, con el rostro completamente relajado. Se moría por acariciarle la cara como si fuera un niño que destila amor con sólo su presencia, pero se cohibió ante la posibilidad de despertarle. Sentía una felicidad absoluta que le llenaba por dentro, una plenitud extraña; ya no era un simple encaprichamiento, las emociones estaban en un nivel muy superior y en cierto sentido tenía miedo. El pasado pesaba a veces demasiado pero sabía que tenía que hacer desaparecer aquello, Cary le había demostrado con creces que estaba ahí por ella y que lo que había pasado la noche anterior iba más allá de una sesión de sexo casual e improvisado. Melinda no se acostaba con cualquiera y se lo había demostrado al joven que dormía en su cama. Cuando ella se daba de esa forma era porque lo estaba haciendo de verdad, en su plenitud, honestamente, no porque le apetecía darse una alegría para el cuerpo. Para eso había otras formas solitarias de hacerlo y menos complicadas como las que podía resultar con un hombre de por medio. Melinda se entregaba al cien por cien en una relación, siempre lo había hecho; entregaba su corazón, su alma y su cuerpo, viviendo la experiencia en su manera más plena, sin limitaciones. Es por eso que luego la derrota era mucho más amarga y la tristeza más aguda que de costumbre. Para ella, todas sus relaciones amorosas podían ser la última. ¿Esta lo sería realmente? Al final no pudo aguantarse más y le acarició la mejilla con su mano derecha, atenta a la reacción que tuviese él. Este sonrió pero no abrió los ojos. Viendo que ya no podía dormir más, Melinda decidió que era hora de levantarse y darse una ducha. La mañana había despertado más calurosa de lo normal, por lo que el chorro de agua fría le iba a venir bien no sólo para refrescarse sino para despejarse. Lo que no sabía era que iba a ocurrir todo lo contrario.

Las imágenes de la noche anterior estaban muy vívidas en su memoria y todavía podía sentir cada una de las sensaciones que experimentó por todo su cuerpo. Cary había cerrado la puerta tras de sí y la acompañó hasta el salón, donde ella le sirvió un vaso de bourbon.

- Por tu nuevo bufete – había dicho ella mientras hacían sonar los vasos al brindar.

Fue bebiendo el contenido lentamente mientras no le quitaba los ojos a Cary de encima. Lo estaba estudiando, incluso provocando con la mirada. La tensión se hacía más palpable en el ambiente, a punto de explotar. El calor entre sus piernas estaba rebosando, las gotas de sudor corrían por su espalda, no podía más. Él dejó el vaso en la mesa del salón y se acercó a ella, cogiendo su cara entre sus manos y la besó apasionadamente mientras ella dejaba el recipiente a tientas en el mueble bar. Le acarició la mejilla y después le cogió con fuerza por la nuca atrayéndolo hacia sí. Le necesitaba más que nunca y esta vez no iba a parar, no podía parar. Sus manos fueron bajando por la curvatura de su cuerpo hasta parar en la cintura, la cual agarró con fuerza y la trajo para él, dando a entender que también la necesitaba. Las manos de ella bajaron por sus hombros y se posaron en su pecho acariciándolo hasta que no pudo más y empezó a desabrocharle la camisa. Cary la paró con suavidad, a lo que ella se mostró confusa pero manteniéndose en silencio. Se fue hasta el interruptor de la luz y dejó el salón a oscuras, iluminado únicamente por la ciudad de Chicago. Volvió hacia ella y comenzó a besarla otra vez, con mucha más fuerza, enredando su mano entre su pelo, a lo que ella reaccionó retomando su particular batalla con los botones. Mientras la iba besando, Cary la conducía hacia la cristalera. Ella pensó que era para ver en todo su esplendor la escena que se estaba produciendo, lo que no sabía era que iba a ser mucho mejor. Ya le había abierto la camisa cuando tocó el cristal con su espalda, sintiendo cómo se le pegaba todavía más el vestido al cuerpo. Cary le besaba el cuello y tenía las manos en sus caderas, bajando hasta su trasero, el cual agarró para sentirlo en toda la superficie de sus manos. Melinda no podía esperar más, así que desabrochó el cinturón y le abrió la bragueta de los pantalones. Podía sentir que él estaba tan preparado como ella. Él le subió la parte baja del vestido hasta la cintura, la aupó con sus brazos y ella le sintió dentro. Echó la cabeza para atrás hasta que la apoyó en el cristal, invitándole a que besara su cuello. Él respondió y bajó hasta sus pechos, los cuales no paró de besar mientras la embestía ante aquella superficie traslúcida. La sensación era más que placentera, se sentía en una nube de la que no quería bajar. Oleadas de placer envolvían su cuerpo nacidas de entre sus piernas, donde se unía en un solo ser con él. Las embestidas eran lentas pero con un ritmo constante, por lo que la sensación de dejarse llevar no terminaba nunca. De repente, el movimiento se hizo cada vez más rápido, sin tregua, sin tiempo para pensar, haciendo que la tensión se incrementase cada vez más, sin descanso, a punto de explotar. Rodeó su cuello con sus brazos lo más fuerte que pudo y se dejó llevar, liberando toda esa fuerza que sentía en la parte más profunda de su ser, aquella que le pedía el sentimiento animal más desbocado. Jadeando, sudando, en el salón, con Chicago siendo testigo de su pasión, Melinda llegó al clímax y Cary la recibió con deseo. Ella le besó apasionadamente, como si quisiera borrarle los labios para siempre.

- ¿Tu habitación? – preguntó él sin aliento, todavía manteniéndola en vilo apoyada en el cristal.

Melinda le dirigió por la estancia todavía en sus brazos sin salir de ella. La posó con cuidado en la cama preparándose para el siguiente asalto, sintiendo cómo la tensión volvía a aparecer en el ambiente y cómo las ganas de seguir el ejercicio incansable no desaparecían nunca. Se revolcaron en la cama sin poder dejarse de besar, sintiéndose como dos niños jugando a un juego muy peligroso, el de dos personas cruzando una línea difícil de volver a atrás. Melinda se puso encima de él cogiendo sus manos y dirigiéndolas hacia la cremallera de su vestido. Cary respondió y el vestido se abrió, mostrando el contenido oculto que tapaba. El sujetador negro se desabrochó con la misma facilidad que el vestido y dejó a la vista sus pechos turgentes, los cuales fueron recibidos por los labios calientes de su testigo. Ella le volvió a recibir de buena gana llevando ahora el control de la situación, cabalgándole de forma lenta, poniendo los cinco sentidos en la explosión de sensaciones que estaba experimentando en aquel momento privado, suyo. La habitación seguía en penumbra, iluminada tímidamente por el reflejo potente que subía de las farolas, lo que le permitía discernir la figura de su amante. El ritmo estaba siendo una tortura para ambos pero quería mantenerle a su implacable merced un poco más, casi suplicando que acelerase. Cary reacción poniéndose a su altura para besarla, agarrándola de la cintura una vez más y trayéndola hacia sí, sintiendo cómo la hacía suya. Melinda cabalgó más deprisa, sin descanso, moviendo las caderas para aumentar su placer mientras notaba cómo los dedos de él hacían más presión contra su piel como si quisiera arrancársela. La tensión iba en aumento, el placer le estaba quemando entre las piernas, no podía aguantar mucho más. Cary había tomado el control por un segundo, siguiendo el ritmo incansable que había impuesto ella, yendo incluso más allá; estaba más que listo. Melinda rompió los límites y dejó que la compuerta que estaba manteniendo toda esa tensión se abriese, haciendo que una oleada de calor se expandiese por todo su cuerpo. Las gotas de sudor le caían por la espalda refrescándola momentáneamente para luego parecer evaporarse. Cary dio las últimas embestidas y también se dejó llevar, agarrándola con más fuerza, besándola con más pasión, a lo que ella respondió de igual modo, agarrándole por el pelo de la nuca y mordiendo su labio inferior. Se quedaron así por un segundo mientras sus pechos iban retomando el movimiento normal de sus respiraciones, siendo por un instante conscientes de lo que acababa de pasar. Habían traspasado el estatus de amigos, habían llegado al siguiente nivel: novios.

Melinda ajustó el termostato de la ducha y lo puso en frío polar. "Nivel 'me voy al Muro con Jon Snow' quieres decir, ¿verdad?". Necesitaba quitarse esta calorina que había cogido con tanto recordar. ¿Realmente había pasado lo que había pasado? Se rio para sí como si fuese una adolescente que había visto una revista porno por primera vez. Se alegraba de no haberle parado los pies esta vez, no sentía ningún tipo de vergüenza o remordimiento por habérselo montado en el salón, donde cualquiera podía haberlos visto, es más, se sentía plena, liberada, más unida a aquel hombre con cara de niño que estaba durmiendo tan tranquilamente en su cama. Había pasado algo importante de lo cual no había sido muy consciente hasta ese momento: había comenzado su relación de verdad, una relación estable, eran novios, pareja de forma oficial y, aunque no lo hubiesen dicho en voz alta como si fuesen dos niños que se preguntan si quieren ser novios, lo sentía en el ambiente. El aire había cambiado en cierta forma, las cosas eran distintas pero no de una forma palpable, sino invisibles sobre todo para el resto. Ellos habían sido protagonistas de ese momento íntimo, dulce y a la vez salvaje, deseado, y en cierta manera, sagrado, como si fuese un ritual del que ambos eran partícipes. Era oficial y eso nadie podía cambiarlo, ninguno de los dos quería hacerlo. Estaba enjabonándose el cuerpo cuando sintió que alguien se había levantado contento.

- ¿Quieres el siguiente asalto? – preguntó sonriendo mientras él la abrazaba por detrás.

- ¿Preparada? – el tono juguetón encendió la chispa que echó por tierra todo propósito del chaparrón helado.

Se volvió a repetir lo de la anterior noche pero con un ambiente un poco más fresco por el agua que caída del monomando. El ritmo seguía siendo terriblemente lento en un principio haciendo que ambos jadearan y casi suplicaran, llevando la tensión más allá del límite; después se aceleró de forma incansable, constante, liberando las pocas endorfinas que les quedaban de los asaltos anteriores. Después de esto necesitaría una estancia en el Polo Norte para bajar su temperatura corporal.

- Necesito otra ducha – soltó mientras se reía en el oído de Cary, quien la imitó –. Creía que tendrías hambre pero no de este tipo – le miró a la cara mientras el chorro de agua caía por su espalda y se desviaba por sus hombros, por sus pechos hasta recorrer sus piernas.

- Me levanté con hambre de ti. No hay mejor apetito que ese – la besó con dulzura los labios y ella le rodeó el cuello con sus brazos, sintiendo cómo las mariposas en el estómago revoloteaban por doquier. Le quería y era un sentimiento que hacía tiempo que no sentía, o que se había olvidado de sentir.

- ¿Qué hora es? – dijo extrañada tras una breve pausa, repasando su agenda mental.

- Serán casi las diez. ¿Por qué? – como un fogonazo, la imagen de su sobrina le vino a la mente. Lo había olvidado por completo.

- ¡Mierda! – cerró la llave del agua y salió corriendo de la ducha para envolverse en una toalla.

- ¿Qué pasa, Mel? – Cary se mostró extrañado y hasta preocupado ante su reacción.

- Me olvidé de que hoy me quedo con mi sobrina todo el día – estaba aterrorizada. Jamás se había olvidado de las citas que tenía con Amelia desde que había nacido y esta se le había pasado por completo –. Me tengo que poner presentable, y tú también. ¡Y tengo que ver si la casa está decente! – ya había desaparecido por la puerta cuando estaba terminando la frase.

Cary se quedó un segundo en la ducha terminando de enjabonarse y aclararse para luego salir sólo con una toalla a la cintura. "Dios, no puedo ver esto. Piensa en otra cosa que no sea tirártelo ahora mismo, Melinda. ¡Amelia está a punto de llegar!". Parecía una adolescente en celo, lo que le ponía un poco nerviosa. ¿Este era el efecto que tenía Cary sobre ella? ¿Cuál sería al revés? ¿También estaría cachondo perdido todo el tiempo? Mientras inspeccionaba el salón y recogía la camisa, el cinturón y los pantalones de Cary, este apareció de repente a su lado cogiéndolos de su mano. Siguió mirando por debajo de los muebles hasta que encontró a un viejo amigo.

- ¿Cómo han llegado mis bragas hasta aquí? – dijo sosteniéndolas en un dedo mientras le miraba divertida. No recordaba cuándo se las había quitado.

Te las quité aquí – se estaba acercando a ella con esa sonrisa de pillín que tanto la hacía enloquecer. Le cogió el trasero y se lo manoseó, como si quisiese hacerse una imagen mental.

- Cary, Amelia va a llegar en cualquier momento y todavía me tengo que vestir – dijo mientras le acariciaba el pecho y le daba un beso dulce y breve –. Te agradezco de veras el masaje a mi culo pero necesito ponerme decente – la soltó pero le plantó otro beso antes.

Melinda se dirigió hacia su habitación y rebuscó en su armario hasta que encontró una camiseta y unos shorts de chándal de los Chicago Bulls, herencia temprana de su padre.

- ¿Dónde está el condón? – se notó el estado de alarma en su voz. Se estaba poniendo la camiseta cuando Cary entró en la estancia –. No quiero que se lo encuentre por ahí y tenga que explicarle a una niña de seis años qué es eso o qué estábamos haciendo anoche – estaba más seria que nunca, sin mucho humor para bromas.

- Mel, soy un caballero. Me deshice de él anoche, tranquila. Todo está controlado – intentó tranquilizarla mientras la cogía por los codos y le besaba la frente –. Todo está controlado – le repitió cuando sonó el timbre de la puerta.

- ¿Preparado para conocer a Amelia? – ahora sí que estaba aterrorizada. ¿Demasiado pronto para conocer a parte de la familia y más a un niño?

- ¡Claro! Venga, abre la puerta – le dijo entusiasmado. Ahora estaba más asustada. ¿Podía salir esto bien?

Se puso enfrente de la puerta y respiró hondo. Que pasase lo que tuviese pasar.

- ¡Tía Mel! – le dijo una voz dulce de niña cuando abrió la puerta. Se abalanzó y ella la cogió en sus brazos poniéndola a su misma altura.

- ¡Hola, amor! – y la abrazó mientras Elia se daba cuenta de que al lado de su hermana había un tipo al que no conocía.