*¡Volvemos con un nuevo capítulo! Tras el anterior que fue muy tórrido pasamos a uno mucho más dulce. ¡Cary va a conocer a una parte muy importante de la familia de Melinda! Espero que os guste y os animo a dejar vuestra opinión.
¡Gracias por seguir un capítulo más*
9
¿Tío Cary?
"¿Cuándo se ha puesto la ropa?", fue el pensamiento de Melinda cuando se dio cuenta de la cara de su hermana y miró hacia Cary. Llevaba la ropa de anoche pero no le quedaba igual, parecía algo casual. "Debe ser porque no tiene la americana puesta". Elia estaba sorprendida, procesando la estampa mientras intentaba buscar algo que soltar por la boca.
- Oh, este es Cary. Elia, mi hermana – dijo ella mientras sostenía en brazos a su sobrina –. Y esta princesa de aquí es Amelia. ¿Le dices hola a mi amigo Cary, corazón? – le susurró en el oído.
- Hola, Cary – Amelia era la niña más dulce del planeta Tierra. Le encantaba conocer a gente nueva aunque no se iba con cualquier extraño, tenía que ser alguien que alguno de sus familiares conocía de antes.
- Hola, Amelia. ¿Tienes ganar de jugar con tu tía? – el chico estaba intentando ponerse a la altura de una niña de seis años y no lo estaba haciendo nada mal. Se le veía una actitud positiva.
- ¡Sí! – la cría estaba más que entusiasmada. Cada vez que pasaba el día con su tía terminaba cansada pero feliz.
- Bueno, yo os dejo. Amelia – la niña giró la cabeza hacia su madre para prestarle atención –, pórtate bien con la tía y con Cary. No les des mucho la tabarra – Melinda puso los ojos en blanco mientras su hermana se dirigía al ascensor.
Amelia estaba como pez en el agua en el apartamento de su tía, parecía la dueña y señora del lugar. Cary se integró bastante bien a la rutina de juegos, intentando no robarle el protagonismo a su novia ni tampoco siendo un estorbo. Melinda comenzó a explicarle la historia que su sobrina y ella había creado para la familia de peluches que tenían en el sofá expuesta, aunque fue Amelia quien cogió rápidamente el testigo y terminó de ilustrárselo a aquel extraño que iba haciéndose más conocido con el paso de las horas. Sorprendentemente, Cary tenía muy buena mano con los niños, se los metía en el bolsillo con la gorra y estos caían rendidos a sus pies. Amelia estaba disfrutando de veras de su compañía, se sentía cómoda y eso no le pasaba con cualquiera, tenía que gustarle de verdad. En ese momento, viéndoles cómo jugaba con los juguetes en el suelo del salón, Melinda se dio cuenta que, el día de mañana, Cary sería un gran padre que se entregaría a sus hijos por completo, haciéndoles felices incluso con poco.
La pequeña de la casa cayó rendida en su cama después de comer, así que la arropó y le puso el peluche de turno en su regazo para que le acompañase en el dulce y profundo sueño que la albergaba. Melinda y Cary también necesitaban un momento de tranquilidad.
- No sabía que se te daban bien los niños, Agos. Me has sorprendido – le sonrió y él empezó a acariciarle la espalda mientras estaban sentados en el sofá. Melinda estaba girada hacia él con una pierna debajo de la otra, mientras él tenía la cabeza apoyaba en la mano izquierda, con el brazo en el respaldo del sofá.
- Bueno, no sabes todo sobre mí – se rio, sabiendo que todavía quedaban muchas cosas por descubrir acerca de los dos –. Tengo una sobrina de su misma edad, lo que pasa es que no la veo mucho. Mi hermana trabaja en una multinacional en Asia, aunque suelen venir de visita a Chicago de vez en cuando. A veces le suelen cambiar de destino pero lleva un par de años allí.
- Luego me quejo yo de que mi familia no es muy cercana, pero la tuya lo es menos – temió haberlo entristecido por aquel apunte, pero se lo tomó a bien a pesar de la triste realidad.
- Lo sé, pero creo que así trabajamos mejor como familia. No tengo que fingir nada, ni que nos llevamos bien ni que me conocen. Soy libre en ese sentido – otro momento de lo más sincero, otra razón para quererle aún más.
- Contrario a mi caso. Las reuniones familiares son todas un paripé, un momento en el que jugamos a las familias felices, a que no tenemos cuchillos clavados por la espalda. Menos mal que corté con todo eso hace años – se sintió un poco más cerca de él, se estaban comprendiendo bien, mejor de lo que siempre había imaginado.
Aunque fuesen chicos de Harvard, con estudios y supuestamente un futuro brillante, también había un dolor arraigado dentro de ellos. En el caso de Cary, su padre lo echó de casa cuando cumplió dieciocho años porque su padre hizo lo mismo con él; no entendió que los tiempos habían cambiado al igual que las generaciones venideras, las cuales eran, y son, muy diferentes a las anteriores. Ese gesto determinaría muchas cosas en la relación entre Cary y su padre, un vínculo que se retomaba muy de vez en cuando por el interés personal sobre todo de Jeffrey Agos. Cary tenía un dolor agudo por el poco apoyo de su padre y el silencio ante esto de su madre, de quien quería pensar que no había hecho nada porque no tenía otra opción. Ni llamadas por cumpleaños ni felicitaciones por llegar a ser el ayudante del fiscal del Estado más joven de Chicago, ni siquiera para saber si seguía vivo o no. Jeffrey Agos había sido un padre pésimo y no tenía miras de mejorar su papel como tal. En el caso de Melinda, defraudar a su padre por no haber seguido su mismo camino fue la gota que colmó un vaso muy lleno durante su adolescencia. Ella y Richard eran personas con caracteres muy iguales, por lo que era fácil que las chispas saltasen entre ellos; los gritos, portazos y las lágrimas en silencio por parte de ella habían sido parte de ese periodo de tiempo, donde los cambios se iban produciendo no sólo en su cuerpo sino también en su mente. Melinda tenía que lidiar con un padre protector, poco afectuoso, irascible pero, sobre todo, perfeccionista y exigente, por lo que la presión era mucho más alta que de costumbre, sobre todo cuando se acercaba el paso más grande de su vida, el de elegir una carrera. Ella no quería defraudarle sino todo lo contrario, que estuviese feliz y orgulloso por ella, pero parece que nunca lo logró, o al menos él no se lo demostró. Cuando dejó la carrera de Derecho era un tipo frío y serio que no preguntaba por sus progresos sino que se informaba por terceras personas, su madre o su hermana. Después, Melinda se enteró de que sí se mostraba orgulloso de sus hijas con los demás, pero no con ellas, algo que provocaba un dolor enorme cada vez que lo oía o recordaba. Siempre le faltó una palabra de aliento, un "estoy orgulloso de ti", una palmadita en la espalda. Se sintió sola en muchas ocasiones, perdida incluso. Poco a poco, fue perdiendo el poco respeto que le quedaba hacia él, no se lo merecía tras tantos desplantes, tras tantas decepciones y lágrimas derramadas en silencio. Así, con el paso de los meses y ver que estaba haciendo un buen trabajo con sus estudios, ella le fue dejando atrás, haciendo que pensase menos en él, en sus gritos y reproches, en su energía gastada en las discusiones cuando era una adolescente. Iba siendo feliz sin pensar en él y siendo ella misma, siguió hacia delante. Por eso entendía bien a Cary, porque compartían un dolor profundo, tenían una herida todavía abierta que, cuando pensaban que estaba más o menos cicatrizada, se volvía a abrir al volver sus padres a la palestra.
Richard tampoco tenía una buena relación con Elia aunque había intentado mejorarla cuando Amelia llegó a este mundo, algo que no le hizo mucha gracia a Melinda. Siempre pensó que le estaba vendiendo una idea de sí mismo magnífica para que su hermana la comprase y le diese vía libre, interpretase el papel de abuelo pero, cuando saliese por la puerta, fuese el mismo tipo despreciable que le parecía ahora. Sólo se mostraba cariñoso y atento durante un rato, después volvería a ser él, haciendo que a Melinda le hirviese un poco más la sangre cada vez que se enteraba de algo. Elia pensaba en su hija, en que no creciese sin su abuelo, pero a veces era imposible no tener alguna disputa con aquel hombre. Amelia, por su parte, no consideraba a Richard como parte imprescindible de su vida, como sí lo eran su abuela y su tía, a las que adoraba. Parecía que aquella niña de seis años había calado hondo al ídolo de masas de los estudiantes de Derecho, a aquellos que eran los únicos que vivían engañados en sus propios sueños.
- No es culpa nuestra, Mel – le acarició la pantorrilla en señal de ánimo –. Mejor vivir con los ojos bien abiertos que no engañados. Podría ser mucho peor.
- Lo sé – sentía cierta tristeza, decepción y frustración. Siempre le habían dado envidia las familias grandes muy unidas, donde todos se llevan bien y se ayudan en los difíciles momentos –, pero lo siento más por ella – señaló con la cabeza su habitación –, quien ya se ha dado cuenta de qué pasta es mi padre y que es mejor no fiarse de él.
- No pienses en eso – se acercó a ella y la miró a los ojos –, sino en lo afortunada que es de tener una tía que la adora y que se la llevaría hasta el fin del mundo con ella si eso le hiciese feliz. Tu padre no se merece ni un segundo más de tu pensamiento, ni tampoco el mío del mío. Es mejor dejarlos atrás y seguir – le estaba tocando la mejilla, siendo más mono que de costumbre, comprensivo.
- Tú sí que sabes consolar a una chica, ¿eh? – quería quitarle dramatismo al asunto. Se lo estaban pasando demasiado bien como para que esos dos desgraciados arruinasen el momento.
- Uno lo hace lo mejor posible – le sonrió, mostrándole una parte tierna de él.
La besó dulcemente, recreándose en sus labios por un momento. Rendidos por el cansancio del día, ambos se quedaron dormidos abrazados en el sofá, intentando relajarse un poco para después continuar con Amelia y su infinita energía. Melinda se sentía protegida, segura entre sus brazos, amada como antes no se había sentido. A veces pensaba que estaba viviendo el amor como tal por primera vez, como si las otras no cayeran en esa categoría. ¿No sería que lo que estaba viviendo era el amor de verdad, el más puro, el genuino? Amelia los encontró abrazando a su peluche, contemplándolos con curiosidad.
- ¿Vas a ser mi nuevo tío? – le preguntó a un Cary desperezándose, lo que le terminó de despertar del todo.
- ¡Amelia! – Melinda veía que esto se iba de madre. ¿De dónde había sacado esa idea esta niña? Cary se rio.
- Bueno, por ahora no, pero ya veremos – su voz sonó dulce al mismo tiempo que le dirigía una mirada cómplice a Melinda, la cual no sabía dónde meterse. Quería que la tierra la tragase y no la escupiese durante un rato.
- ¿No os vais a casar? – Amelia los ponía en un mayor compromiso. Su tía estaba roja como un tomate.
- Cariño, la gente no tiene por qué casarse para estar junta. Somos… – le daba miedo pronunciar la palabra. Eso lo haría formal de verdad, no habría marcha atrás.
- Novios – terminó Cary – Tu tía y yo nos estamos conociendo, salimos juntos. ¿Sabes que me ayuda en mi trabajo? – le preguntó con curiosidad y con un tono muy dulce ante la negativa que le estaba dando con la cabeza –. Tu tía sabe mucho sobre cómo curar a la gente y a veces necesito de alguien que me lo explique y que también lo cuente delante de un juez para que este decida qué castigo hay que darle al hombre malo – Cary estaba estudiando el gesto de aquella niña que estaba delante de él, viendo si comprendía lo que acababa de explicarle o no –. Hay veces que la gente no cura bien a otras personas y eso hay que castigarlo, ¿sabes?
- Pero mi tía cura bien a la gente, ¿verdad? – Melinda estaba tan callada que no movía un músculo siendo testigo de aquella conversación. Por un momento tuvo hasta miedo de lo que iba a pasar.
- Claro! Porque tu tía es la mejor doctora del mundo mundial – Cary la miró y le sonrió, intentando que se relajase un poco. Se podía ver lo tensa que estaba desde manzanas de allí.
El resto de la tarde fue mucho más relajado que aquel momento del que ambos salieron airosos gracias a Cary. Este se había mostrado mucho más cariñoso con ella delante de Amelia y esta se mostraba juguetona con las muestras de afecto de ese par de adolescentes entrados en la treintena. Un poco antes de las nueve, Elia llamó al timbre de la puerta.
- Así que este es el abogado, ¿eh? – estaba llamando al ascensor mientras Amelia se despedía de Cary.
- Sí, ¿por? – Melinda tenía una ligera de por dónde podía ir esta conversación.
- ¿Os he pillado en plena faena o algo esta mañana? – enarcó las cejas mostrándose pícara, ante lo que Melinda se hizo la escandalizada.
- ¡Elia! No digas eso que Amelia te puede oír – ya hablaría con su hermana de esto cuando el susodicho no estuviese a unos metros de ellas.
- Vale, vale, ya me callo. Pero me alegro por ti, ¿lo sabes, no? Hey, si te hace feliz, ve a por él, hermana. Amelia ya ha caído rendida – ambas se giraron para ver la estampa, la cría le estaba abrazando mientras él estaba acuclillado para estar a su nivel. Melinda no pudo más que sentir amor hacia aquella imagen.
Melinda cerró la puerta y se encaminó muy decidida a su habitación ante la extraña mirada de Cary, quien no sabía qué le estaba pasando por la cabeza. Cerró los ojos y saltó en la cama, recibiendo de vuelta un pequeño bote que le hizo sentir la frialdad de la superficie. Cary se puso a su lado, acoplándose a ella y la abrazó.
- Un día largo, ¿eh? – le besó la frente para que viese que estaba ahí con ella, sintiendo su cansancio, apoyándola.
- Larguísimo.
Y se quedaron dormidos.
