*Perdonad la tardanza pero la universidad no me ha dejado mucho tiempo. ¡Por fin hay nuevo capítulo! Espero que lo disfrutéis*
17
Robyn, tú eres nuestro Batman
Al cabo de los días, el reparto de tarjetas en la gala benéfica había dado sus frutos. El señor Anderson, junto con un pequeño grupo de otros interesados, eran bienvenidos al plantel de clientes de Florrick, Agos & Associates. No eran muchos, cinco en total, pero el nombre iba sonando poco a poco en aquellos círculos y las noticias corrían como la pólvora. Mientras, el bufete había encontrado un espacio para instalarse a un precio económico. Una antigua fábrica de camisetas con su espacio diáfano pero suficiente para aquel grupo de personas, todavía pequeño, al que daba la bienvenida. El problema podría ser el lugar en el que se encontraba, el área industrial, y rodeados de camellos en las esquinas. Pero eso era un asunto del que se preocuparían más adelante, lo importante ahora era conseguir muebles, equipos, adecentar el lugar y empezar a recibir a los clientes. Mientras Alicia y Cary se encargaban del primer nuevo cliente que tenían de la mano de Natalie Flores, una vieja conocida de ellos y actual integrante de un lobby importante de Nueva York, Melinda seguía buscando nuevos caminos para hacer conocido el nombre de la empresa al mismo tiempo que se dedicaba a las operaciones, principalmente, en estos días. Había aparcado las consultas al comprobar la lista de espera para los trasplantes cardíacos, la cual parecía no tener fin. Prefería echar una mano y ver cómo los nombres se iban borrando poco a poco.
- Hey, algún día deberías ir al hospital y verme en acción – le había dicho Melinda a Cary mientras este revisaba unos documentos sentado en el sofá y ella le apoyaba las manos en el pecho por detrás.
- Ya te he visto en acción, Mel – sonrió al recordar aquella noche en la que la visitó a la oficina y convenció al crío para que se tomase la medicina.
- No me refiero a con los niños, sino en el quirófano. Esa es la verdadera acción – había rodeado el sofá y se había sentado a su lado, con el brazo apoyado en el reposacabezas girada mirando hacia él –. ¿Crees que podrías aguantar un poco de sangre?
- ¿Un poco? – se rio. Ya había visto alguna operación en la televisión, en los documentales que a veces veía y no era "un poco" de sangre, sino bastante más.
- ¡Venga! Es para estar más o menos equilibrados. Yo te he visto en acción, tú me ves a mí. Es lo justo, Cary – le estaba poniendo ojitos de cordero degollado. Parecía que el plan había funcionado.
Una tarde, cuando todavía le faltaban unas tres horas para terminar el trasplante de corazón del señor Hopkins, Cary apareció en la galería donde los estudiantes y algunos curiosos observaban el trabajo que estaba realizando. Estar en el quirófano dos siempre añadía cierta presión, más de la que la operación conllevaba por sí sola. Uno estaba bajo la atenta mirada de otros compañeros de profesión, con ojo avizor a ver si las cosas salían mal o si se cometía algún error. No había que dejarse engañar por la palabra "compañero", todo el mundo era un rival al que derribar, al que desafiar si hacía falta. Aquí no había compañeros sino competidores que harían lo que fuese por lo que tú tienes, aprovechando la mínima ocasión para desbancarte de tu puesto. Melinda intentaba no pensar en aquellos que la estaban mirando; tenía la mente puesta por completo en su paciente, sus constantes vitales y en los conocimientos que albergaba en su cerebro. Sin embargo, la presencia de Cary la había animado, la había hecho caso y eso significaba mucho para ella. Él estuvo atento todo el tiempo, empapándose del ambiente y escuchando los comentarios del resto sobre su novia, todos alabando su trabajo. Eso le hizo sentirse afortunado por la persona que tenía al lado, trabajadora y dedicada a su trabajo como él, algo que le hacía acercarse a ella todavía más. Cuando terminó todo, y sin notar el estómago revuelto después de lo que acababa de presenciar, la esperó en la salida del quirófano pacientemente.
- ¿Mareado? – preguntó ella en cuanto le vio.
- Impresionado – le sonrió. Cada día admiraba más a la mujer que tenía enfrente, viendo lo lejos que había llegado para su corta edad.
- Me alegro – le devolvió el gesto –. Ya te dije que esto era la acción de verdad – se acercó a él y un ambiente ya conocido se apoderó de ellos, ese que los empujaba a su propia intimidad, a su propio mundo. Cary la agarró suavemente de la cintura –. Hola – sus labios se fueron acercaron hasta que se unieron en un beso cálido y tierno. Parecía como si el tiempo se hubiese detenido por un segundo.
- Hola a ti también – ella le acarició el rostro y él se dejó arrastrar por aquel gesto –. Te he echado de menos.
- ¿Tan mal van las cosas? – no podía ocultar su preocupación. No quería que lo pasara mal por este duro comienzo.
- No, sólo estoy cansado. Vámonos a casa.
Al día siguiente, Melinda decidió que era buena idea pasarse por el bufete para ver cómo iban las cosas y cuál era el aspecto de aquel antro al que llamaban oficinas. La palabra "antro" le arrancó una sonrisa de buena mañana. Cuando el ascensor iba subiendo, una parte de sí misma no podía creerse dónde se encontraba. "Esto es el culo del mundo, Mel. Esperemos que valga la pena". Salió de aquel cacharro y torció a mano izquierda para encontrarse en un espacio diáfano pero lleno de vida. La gente del bufete se encontraba en sus escritorios trabajando, al teléfono o consultando archivos en sus ordenadores. Aunque fuese algo precario, el ambiente se respiraba lleno de ilusión y con ganas, como si ese lugar no los fuese a parar nunca. No estaba allí sólo para comprobar cómo iba todo, sino también para comunicar ciertas novedades. Una de ellas llevaba gestándose desde la gala benéfica. Melinda ya había preparado algún que otro evento de ese tipo en el pasado para costear tratamientos que ciertas familias no podían permitirse debido a lo costosos que eran y, como siempre hay gente rica sintiéndose culpable por ser tan bien avenida, ¿por qué no aprovecharse de ese sentimiento? Así que, viendo que iba a necesitar otra gala como esa dentro de poco, podría colar a Florrick, Agos & Associates y que dejasen caer su nombre entre los asistentes.
- Así que estas son nuestras oficinas, ¿eh? Bonito antro – les dijo a Alicia y Cary, quienes estaban sentados en unas sillas de escritorio alrededor de una mesa que marcaba la sala de reuniones.
- Tenemos que adecentarlo un poco, pulir el suelo, pintar… – añadió Alicia, intentando que viese el lado positivo.
- Oh, no hace falta que me lo vendas. Con tal de tener un sitio donde traer a los clientes me doy por satisfecha. Y así dejamos de invadir tu casa; ya era hora de que nos fuésemos de allí – una risa tímida apareció en su voz. Una parte de ella se había sentido culpable últimamente por haber sido parte del grupo invasor.
- No te preocupes. Nunca la casa había estado tan… – la Primera Dama se cortó a sí misma buscando la palabra adecuada. Melinda le echó una mano mientras se sentaba.
- ¿Ajetreada?
- Viva. Iba a decir "viva" – Alicia sonrió.
- Bueno, he venido para varias cosas – empezó Melinda, intentando que no se le olvidase nada –. La primera de ellas era ver este lugar. Hecho – hizo como si lo tachara de una lista invisible que tenía en su mano –. La segunda era porque me ha llegado una noticia sobre el enemigo.
- ¿Lockhart & Gardner? – preguntó Cary.
- Mejor dicho, L.G. Ahora se hacen llamar así. No puede sonar más snob. Por casi vomito cuando me lo dijeron.
- ¿L.G.? – repitió Alicia. Melinda hizo como que le entraban arcadas.
- De verdad, es un horror. La gente no se los va a tomar en serio de esa forma. Pero como quieren parecerse a Nueva York, tener ese estilo…
- ¿A Nueva York? – Cary no podía esconder su extrañeza.
- ¿No habéis oído la noticia? Lockhart & Gardner quiere abrir sus oficinas en Nueva York. Se quieren expandir. De todas formas – intentó calmarlos al ver que se ponían nerviosos –, ni nos va ni nos viene. Somos nuevos en el negocio, ya tendremos tiempo para crecer y ponernos a su nivel. Que abran todas las oficinas que quieran pero en la jungla de cemento hay muchísimos bufetes por metro cuadrado, ¡y qué decir de abogados! Cabe la posibilidad, buena para nosotros, que no les salga bien la jugada. Si es así, será un mazazo para ellos, por lo que los ánimos estarán un poco bajos y nosotros podremos atacar más fuertes que nunca – Alicia y Cary la miraban con orgullo. Era una de ellos –. Otra cosa hecha – volvió a tachar la tarea de su lista invisible –. Una última cosa. Ya os lo había dicho antes pero os recuerdo que organizo eventos benéficos para recaudar fondos y así poder costear equipos nuevos y tratamientos para mis pacientes. Voy a organizar uno dentro de poco, muy probablemente para la semana que viene, y allí va a haber clientes que os pueden interesar, aunque ahora mismo hasta el pez más pequeño os interesa. Os puedo meter en la lista, seguimos la misma táctica que la anterior vez y vemos qué tal nos va.
- Suena bien. Podemos hacerlo, ¿verdad? – Cary miró a Alicia para ver si estaban en el mismo lado.
- Necesitamos hacerlo. Apúntanos – se pudo notar cierto entusiasmo en su voz –. Gracias, Melinda. No sé qué haríamos sin ti – Alicia se mostraba más como una amiga que como la Primera Dama de Illinois. Eso le gustaba, la sentía cercana, más humana y no como la superheroína que se mostraba en televisión.
- Oh, no es nada. Sobrevivirías sin mí, a lo mejor no tan bien, pero lo haríais – Melinda sonrió. Se despidió de todos y se dirigió al ascensor.
De repente, oyó cómo alguien le hacía una especie de señal, un sonido para llamarle la atención. Cuando dirigió su mirada hacia donde procedía, se encontró con Robyn.
- ¿Qué pasa? – estaba completamente desconcertada.
- ¿Puedo hablar contigo? – Robyn sonaba preocupada y alicaída. Esto tenía mala pinta.
- ¡Claro! Dime.
- Aquí no.
Robyn se dirigió al ascensor y pulsó el botón de llamada. Melinda la siguió hasta que cuando quiso darse cuenta vio que estaban en la calle.
- ¿Qué pasa, Robyn? – ya no podía más con la espera.
- Me quieren echar, Melinda – esta se quedó sorprendida. ¿Despedirla? ¿Por qué?
- ¿Cómo que te quieren echar? Nos haces falta, eres la única investigadora que tenemos – se estaba poniendo en plan mamá comprensiva. No quería ver cómo Robyn se marchaba del bufete.
- Carey estuvo hablando con Cary sobre quién era la última persona a la que contrataron y esa soy yo. Clarke ha dicho que hay que recortar personal – ¿Clarke? Él tendría que ser el primero en saber que no podían prescindir de Robyn.
- No te preocupes, hablaré con Cary sobre esto. Le convenceré de que ni se le ocurra… – Melinda no podía creérselo. Sin Robyn no habría forma de ganar casos. Ella le interrumpió.
- ¡No, no digas nada! – parecía que le estaba suplicando –. Si le dices algo se dará cuenta de que lo sé – se estaba sintiendo fatal por ella. No quería ver cómo se quedaba sin trabajo. Se hizo un pequeño silencio. El frío empezaba a notarse en el ambiente. Octubre no estaba dando ninguna tregua. Robyn decidió confesarse –. He hablado con Kalinda, para ver si habían contratado a alguien para reemplazarme – Melinda se lo tomó con escepticismo. Sabía que era un movimiento a la desesperada –. No puedo volver pero me ha dicho que me haga imprescindible – le pareció un buen consejo. Eso se lo tenía que reconocer a la investigadora con botas.
- Hazle caso. Pelea por cada caso que traigamos y verán que se equivocan sólo con pensarlo – le dijo mientras le cogía por los hombros –. Nos haces mucha falta, Robyn, métetelo en la cabeza. No te pueden echar – veía que iba cogiendo confianza en sí misma. Eso le hizo sonreír, contagiándoselo también a su interlocutora.
- Gracias, Melinda.
- No, no me lo agradezcas. Lucha por el caso que tienen Alicia y Cary entre manos, hazles ver que eres importante.
Con la agenda en la mano y acompañada de Silvia, su amiga y organizadora de eventos, Melinda se pasó gran parte de la mañana planeando la gala benéfica para la semana siguiente: banda, comida, bebida, invitados. Dado que no era la primera vez, terminaron pronto comparándolo con las anteriores veces que ya habían hecho lo mismo. La conversación con Robyn le había dejado un poco tocada. Dejando a un lado que era la única investigadora que el bufete tenía, Robyn era, junto con ella, el punto diferente de todo el grupo, y no sólo por su forma de vestir, lo cual resaltaba cuando todos se reunían, sino también por cómo era. Se entendían bien dentro de su extrañeza ya que Melinda se consideraba todo un bicho raro, algo de lo que estaba realmente orgullosa. Ser distinta al resto, a pesar de que en algún momento de su vida podía haberle resultado complicado y un quebradero de cabeza, le hacía sentirse especial, lo que llevaba con orgullo y no como una forma de avergonzarse de sí misma. No quería ser una más del montón, como tampoco quería ser otra más en la lista de amoríos de Cary, sino que quería destacar. En el caso de Cary, quería ser la definitiva. Nunca lo había dicho en voz alta, pero el pensamiento era claro. Su conexión con él era profunda, a lo mejor como nunca lo habían tenido ambos con nadie, por lo que resultaba más importante de lo que jamás ninguno de los dos había pensado. Sin embargo, a pesar de quererle más que a su vida, como le había dicho en alguna ocasión, sentía que ella estaba dando todo de sí misma pero, ¿lo estaría haciendo él? Y, aunque no estuviese haciéndolo, ¿se sentía feliz de todas formas? La sombra de Kalinda seguía acechándola, a pesar de que se enfrentase a ella y le comiese el territorio en el corazón de Cary.
Con el paso de los días, ciertas cosas se fueron resolviendo. Por un lado, Alicia y Cary consiguieron salvar el caso, ganarlo, por lo que el nombre de Robyn se borró por completo de la lista de los siguientes en salir del bufete. Ella había dado todo de sí misma, se había hecho indispensable como bien le había aconsejado Kalinda, y no sólo se sentía mejor por no estar en peligro, sino que le sirvió para darse cuenta de que podía ser toda una guerrera.
- En el caso nos tocó el juez Tolkin. ¡No paraba de citar a Bob Dylan cada vez que tenía ocasión! – Melinda y Cary estaban preparando la cena y este estaba amenizando el proceso contándole todo lo que le había pasado. Con un par de copas de vino y sus risas, el ambiente parecía más íntimo y distendido.
- ¿En serio? ¿Así que tenemos un juez hippie número dos? – preguntó ella con un toque divertido.
- Eso parece – Cary le dio un trago a su copa mientras ella estaba atenta a la sartén. Él había preparado la ensalada.
- Me niego a que haya otro juez hippie. Abernathy es el primero y el mejor de todos. Nunca deja de sorprenderme – él se estaba poniendo juguetón. Era como si esa sensación nunca se terminase, la de necesitarse mutuamente. La abrazó por detrás y ella echó la cabeza hacia su dirección, llenándose de ese cariño que le estaba dando.
- ¿Ya no está Robyn en la lista negra? – por un segundo se arrepintió de echar a perder el momento, pero Cary no dejó que eso pasase.
- ¿Lo sabía? – la estrechó un poco más entre sus brazos y se refugió en su cuello.
- Os oyó hablar a ti y a Zepps.
- Lo ha hecho muy bien. No parecía ella, sino… – Melinda sabía perfectamente la respuesta, el nombre de alguien que no quería ni oír.
- Lo sé. Estaba muy preocupada. Me alegro de que todo se haya arreglado – Cary se separó de ella y fue a por los platos.
- Y yo. Robyn es la única investigadora que tenemos.
- Es cierto que no es ella pero, ¿quién dice que no nos va a hacer ganar juicios, no? – Cary asintió tímidamente. Sabía que ella no quería ni pronunciar su nombre.
- Esta vez ha sido gracias a ella, aunque Alicia y yo hemos ido de un departamento a otro durante todo el día.
- ¡¿Así que habéis hecho un tour turístico por el sistema legal y yo me lo he perdido?! ¡Mierda! – ambos se rieron; no sería la última vez esa noche.
Después de días llenos de tensión por ultimar hasta el más mínimo detalle, la gala benéfica por fin se celebró. Algunas de las personas más importantes de la ciudad estarían allí junto con Peter Florrick. Melinda no dudó en invitarlo con el beneplácito de su mujer primero. Lo último que quería era algún tipo de altercado con Alicia. Llevaba ya un par de horas encerrada en el lugar de encuentro cuando vio a Cary aparecer por la puerta. Llevaba otra vez el esmoquin que le había visto la última vez. Ella, en cambio, llevaba puesto un vestido de estilo helénico de color rojo con una abertura en la pierna izquierda, lo que parecía un poco atrevido para la ocasión. "A lo mejor así se animan a dar más dinero", se dijo a sí misma. La cara de Cary lo decía todo; después de verla vestida tan informal, con su camiseta y sus vaqueros, el cambio siempre resultaba impresionante. El conjunto lo completaban unos zapatos de tacón negro y su cabello recogido en un moño a un lado, muy elegante, adornado con un pasador. Al verle, no dudó un segundo en ir hacia él y besarle en cuanto lo tuvo a mano. Estaba nerviosa ya que tenía que dar un pequeño discurso de bienvenida y necesitaba calmar sus nervios estando con alguien de confianza. Gracias a él pudo volver poco a poco en sí misma y regenerar su seguridad por completo. Puntualmente, a las diez de la noche, Melinda dio su discurso.
- Buenas noches a todos y gracias por estar hoy aquí compartiendo conmigo vuestro tiempo, aunque también será vuestro dinero, espero – los asistentes se rieron y Melinda empezó a sentirse más a gusto delante del micrófono –. Esta noche dejamos nuestros egos a un lado y pensamos en los menos afortunados. Algunos niños que trato en mi día a día no pueden costearse los tratamientos que necesitan para curarse y poder seguir con sus vidas. Sus cuerpos se van debilitando y, si no ocurre un milagro, terminan dejándonos. Hoy, delante de vosotros, os pido que luchéis conmigo para que eso no pase. Sed uno de esos milagros que esas familias rezan por que ocurran. Hagamos que, con vuestro dinero, el futuro de América no muera. ¡Disfrutad de la velada!
Esperaba que el mensaje calase hondo y al final de la noche fuese verdad, que el futuro de América no muriese en el intento. Alicia y Peter fueron los primeros en acercarse a saludarla.
- Así que también te has visto envuelta en esto, por lo que veo – le comentó el gobernador como nunca lo había visto, con un tono muy informal con ella. Alicia y Cary estaban haciendo funcionar su "magia" con algunos asistentes entre tanto.
- Más que verme envuelta me he metido yo. Creo que es importante tener grandes apoyos en una situación como esta, ¿no cree, señor gobernador? – Melinda le dio un trago a su copa de vino mientras Peter se reía.
- No, por favor, llámame Peter. Si eres una de las grandes ayudas para mi mujer te mereces ese privilegio – Melinda no pudo contenerse y sonrió al oír el comentario.
- Lo hago con gusto. Creo en lo que tu mujer y mi novio están haciendo. Pelear contra un gigante como Lockhart & Gardner, o L.G., como hacen llamarse ahora, es una gran guerra – no podía dejar los comentarios jocosos a un lado. ¡Le estaba pareciendo increíble que estuviese manteniendo una conversación con el mismísimo gobernador de Illinois!
- ¿L.G.? ¡Dios mío! ¿Por qué hacen eso? – ambos se rieron, compartiendo el mismo pensamiento.
- ¿Verdad que sí? Es horroroso – en ese momento, al ver cómo de distendidas eran las cosas, su curiosidad pudo más y no dudó en cambiar de tema –. ¿Te puedo preguntar una cosa?
- Adelante – Peter dio un trago a su bebida, una copa de whiskey.
- ¿Cómo era Cary en la oficina del fiscal del Estado? – su interlocutor sonrió.
- Bueno, muy trabajador, muy servicial, dispuesto a darlo todo. Le ascendí sobre otros que tenían más antigüedad porque vi mucho potencial en él, y veo que no lo está desperdiciando.
- Me da la sensación de que Cary siempre ha sido muy trabajador – ella sonrió con tan sólo pensarlo.
- Hey, de algo hay que morirse, ¿no? – de repente aparecieron Alicia y Cary a su lado, uniéndose brevemente a la conversación.
Durante un rato estuvieron dando vueltas por los corrillos que se habían formado en la sala y fueron saludando a la gente, consiguiendo Melinda más atención que Cary en esta ocasión. Fue ella quien le fue presentando a algunos de sus compañeros de profesión y amigos como el de los equipos médicos o la farmacéutica. Aunque este último podía ser un cliente muy potente, también podía traer sus quebraderos de cabeza ya que no estaban bien vistas. Esta había sido por un tiempo cliente de Louis Canning, uno de los abogados a los que tanto Alicia como Cary se había enfrentado en el pasado. Canning tenía una enfermedad, discinesia tardía, de la que no dudaba aprovecharse para causarle simpatía ya sea al juez o al jurado, si había, en un tribunal. De esta forma, intentaba ganar los casos, causando pena en la gente. Melinda conocía la táctica de Canning ya que se había enfrentado más de una vez a él por algún caso médico en el que habían coincidido y no le podía parecer más deplorable. Si ganaba sus casos tendría que ser por las buenas mañas que tuviese al manejar la ley, no porque utilizaba su enfermedad tan vilmente.
Después de ver cómo el contador de la recaudación iba por más de los ciento cincuenta mil dólares, decidió relajarse un poco. Con unas copas de bourbon corriendo por la sangre, se dejó llevar en los brazos de Cary mientras bailaban al son de la banda que Silvia había contratado. Se sentía como si flotase en una nube entre tempestades, sintiéndose viva como hacía mucho tiempo que no lo hacía. Los brazos de su novio eran su mejor refugio, sus besos su mejor cura para los días grises. El resto le importaba más bien poco en ese instante. ¿Quién se acordaba del enemigo? ¿Kalinda? ¿Kalinda quién?
