*¡Parece que Melinda tiene mucho más carácter del que nos había enseñado! Preparaos para un capítulo de lo más calentito donde la sangre puede acabar en el río.

Os invito una vez más a dejar vuestros comentarios sobre qué os está pareciendo la historia.*

18

¡Es Melinda, zorra!

"Doscientos mil dólares no está nada mal, ¿verdad?", se preguntó a sí misma al día siguiente. Ese dinero costearía todos los tratamientos que tenía en mente para sus pacientes, por lo que estaba más que satisfecha con el evento que había organizado, a pesar de que su dolor de pies la estuviese matando. Por otra parte, Florrick, Agos & Associates estaba viendo los resultados después del trabajo realizado: cuatro clientes más en el bolsillo donde hasta el pez más pequeño era más que bienvenido, uno que se iba a sentir como todo un rey en aquel lugar. Mientras el grupo lo celebraba en las nuevas oficinas, Melinda se quedó en la suya terminando el papeleo antes de comenzar el turno de noche que le tocaba, en esta ocasión empalmándolo con otro. Desde que comenzase el mes de octubre, había vuelto a los turnos diurnos pero esta vez veía que la situación estaba más revuelta de lo normal, por lo que prefirió ser precavida y hacer un turno doble. Vuelta a vivir por la noche, no tan descansada como otras veces, y vuelta al silencio. Sin embargo, no se vio sola por mucho tiempo. Cary decidió que era buena idea pasarse por el hospital y hacerle compañía un rato, una forma muy informal de agradecerle todo lo que estaba haciendo por el bufete y por él. Lo que no esperaba Melinda era que trajese noticias, unas que le pusieron un tanto nerviosa.

- ¡Hey! ¿Qué haces por aquí? – le preguntó al verle en la puerta de su oficina mientras la había estado contemplando leyendo el documento que acababa de redactar. Aunque le había dado pena, estaba segura de que iba a ir directo a su apartamento para dormir, ya que el día había sido bastante largo.

- Me he dicho, ¿por qué no ver a mi chica favorita? – se había acercado hasta ella y le había besado desde el otro lado del escritorio.

- Muy considerado por tu parte – le sonrió y le invitó a sentarse en el sofá, donde se unió a él dejando por un momento de lado su tarea.

Él la besó como si realmente hubiesen estado separados por mucho tiempo, necesitándola de verdad, para él solo, de una forma egoísta y apasionada. Ella se dejó llevar por esa sensación y por las repentinas preguntas que se estaba haciendo en ese momento. Su mano empezó a subir por su pierna derecha hasta llegar a su trasero, el cual cogió con fuerza pero sin hacerle daño. Era una invitación a perderse en un lugar donde cualquiera podía encontrarles así en algún momento. Melinda no podía decirle que no pero su incipiente preocupación le obligó a pararle suavemente, poniéndole una mano en el pecho y apartándole con delicadeza.

- ¿Qué pasa, Cary? – le miró a los ojos y él desvió la mirada. No se sentía a gusto sacando el tema del que realmente había venido a hablar. Cuando se llenó de valentía para hacerlo, le miró a los ojos con un toque de inocencia y pidiendo complicidad, que le entendiese y no juzgase.

- Mi padre ha llamado – Melinda quería interrumpirle pero, al darse cuenta, le hizo un ademán con la mano y siguió hablando –, lo cual también me parece un milagro a mí también. Está en la ciudad y quiere verme. Y a ti también – por un momento no pudo reaccionar, no sabía qué decir. ¿Verla a ella?

- ¿Cómo sabe de mi existencia? – Cary volvió a apartar la mirada y entonces ella ya supo la respuesta: él se lo había contado.

- Me preguntó qué tal me iba y le dije que estaba muy bien, que tenía una persona al lado que me estaba apoyando mucho, así que le conté que tengo novia y que eras tú, pero en ningún momento dije quién era tu padre – se excusó enseguida y ella le creyó –. Me lo preguntó él realmente, y le aclaré la duda. Quiere que vayamos a comer con él, algo informal.

- Una comida con el padre de tu novio nunca es informal, Cary, aunque te lo venda como tal. Es una prueba – por un momento volvió a pensar como una jugadora e intentó averiguar cuál sería la verdadera razón por la que Jeffrey Agos quería conocerla y quedar con su hijo –. ¿Crees que realmente quiere ver cómo estás o que esconde algo? ¿Algún que otro favor?

Cary le contó hace tiempo, cuando compartían sus tristezas y frustraciones familiares, la última vez que vio a su padre. Había vuelto a Chicago después de pedirle el favor de que le alabase delante de Diane Lockhart, quien era amiga de la senadora Byers y con quien realmente quería trabajar como su secretario de prensa. Sin embargo, después de muchos años intentando impresionar a su padre y conseguir un falso "Estoy orgulloso de ti, hijo" sólo para que le hiciese este favor, como más tarde sabría, Cary decidió que ya estaba cansado de jugar a ese juego y le plantó cara, diciéndole que no iba a ayudarle como él jamás le ayudó a él. Después de ese pequeño altercado, donde el hijo sintió que su padre había jugado con sus sentimientos, sobre todo si había puesto un tono de lo más dramático haciéndole pensar a este que se trataba más de una enfermedad que de un posible puesto de trabajo, se habían vuelto a encontrar otra vez, en esta ocasión con motivo de una cuenta, Farmacéuticas Emmonds. Jeffrey Agos pensó que quién mejor que el bufete en el que trabajaba su hijo, y este mismo, para llevarle unos asuntos de la empresa a la que representaba en aquellos momentos. Cary se mantuvo profesional durante todo el proceso pero a su padre no le gustó mucho cómo manejaba el asunto, por lo que decidió llevar a su empresa a otro bufete vendiéndolo como que era decisión del mandamás. Siendo más listo que su padre, el hijo interceptó al director general y habló con él, consiguiendo que la farmacéutica no se moviese de Lockhart & Gardner y tratando posteriormente con el jefazo de forma directa, sin Jeffrey de por medio. Desde aquel entonces, Cary no veía a su padre, una última vez donde también se llevó una de cal y otra de arena.

- No lo sé, la verdad – respondió él, totalmente serio, siguiendo el pensamiento de su novia –. Podría ser, no me sorprendería nada, pero ya debería saber que no voy a picar. Ya no – Melinda le cogió la mano y se la estrechó con fuerza.

- Bueno, al menos me vas a tener ahí, así que no te faltan apoyos – le sonrió tímidamente y él le respondió con un beso cálido, buscando un refugio donde no pensar en ese tema por un rato –. Así que tengo que ir vestida de novia modelo. Miraré si tengo algo para eso – Cary le sonrió al oír el comentario.

- Hey, si no ve así, con una camiseta y unos vaqueros. Yo te quiero así, así que él también tendría que hacerlo.

- Podría llevar mi camiseta de Firefly como mensaje de "aunque a ti no te guste, seguiré viva en la memoria de la gente" o algo así – ella se rio con el comentario pero vio que Cary no lo pillaba –. ¿En serio, Agos? ¿Tampoco has visto Firefly? ¿Joss Whedon? ¿Sabes que hay más vida más allá del trabajo? – le dijo en tono de broma, metiéndose un poco con él por la poca cultura televisiva que tenía.

Tampoco quería que se quedase toda la noche allí, ya mañana sería un día lo suficientemente difícil para él como para que estuviese agotado por no dormir, así que se forzó a mandarlo a casa y que descansase bien. Realmente una parte de sí misma quería tenerle ahí con ella, acurrucarse junto a él en el sofá, besarle y acariciarle, dejando totalmente de lado el papeleo que le esperaba a escasos centímetros, pero su obligación le tiró más y decidió ser toda una profesional. De todas formas, como se convenció luego a sí misma, seguramente necesitaría un momento para él y prepararse para lo que le venía encima. Nunca era fácil hacerle frente a las "inocentes" reuniones con sus progenitores, chupaban toda la energía de uno, le dejaban agotado y sin mucho humor de por medio. Había que estar física y mentalmente preparado para enfrentarse a ellos, algo que intentaría hacer ella durante su estancia en el hospital. Sin embargo, su segundo en el departamento le dijo que se haría cargo de la tropa y que se fuese a dormir, ya que veía cómo los párpados de Melinda se bajaban como dos persianas pesadas cada vez que se pasaba por su oficina. Esta se lo agradeció de todo corazón a Carl y se fue a casa, donde encontró a Cary plácidamente dormido.

En el fondo, le costó dormir bastante pensando en cómo debería comportarse con el padre de su novio. ¿Haría el papel de novia modelo, modosita pero inteligente y con cierto carácter, simpática y mínimamente dulce, o realmente se mostraría tal y como era, diciéndole lo que pensaba de él a la cara, sin censuras, y mostrando su completo apoyo hacia Cary? Sobre las seis y media de la mañana decidió no darle más vueltas y dejarlo en manos de la situación, pasando a contemplar a un Cary sumido por completo en el sueño, cómodo y relajado, algo que le estaba dando muchísima envidia. Tenía que despertarlo ya que veía que ninguna alarma podría realizar aquella labor, así que empezó a acariciarle el rostro suavemente y a darle pequeños besos en la mejilla. Él respondió y poco a poco fue abriendo los ojos hasta que se encontró con los de ella, mostrando esa sonrisa soñolienta. Melinda se sentía cada día un poco más enamorada, preguntándose si este sentimiento no tendría límites, si no se acabaría nunca. Conocer al padre de Cary era un gran paso en su relación, como lo fue de alguna manera que él conociese al suyo. Aunque ya lo había sentido antes, ahora la sensación de que esta relación iba en serio era más fuerte y no le daba miedo, sino todo lo contrario, una fortaleza y seguridad que pocas veces había sentido en su vida. Cary Agos podría ser su gran amor, el hombre de su vida, su futuro marido y el padre de sus hijos, el pack completo que siempre había querido.

Aunque Melinda se dejaba la piel por su carrera, también quería llevar una vida tradicional, tener una persona ahí al lado para el resto de su vida y convertirse en madre. A pesar del divorcio de sus padres, su idea del cuento de hadas no había desaparecido por completo de su vida, pero no creía tanto en él como entonces. Ya le habían hecho daño antes, sobre todo en la universidad con todos aquellos chicos que se le habían acercado por ser la hija de quien era, pero en especial hubo un chico que la hirió de verdad. Ryan era uno de los tíos más guapos de su clase, incluso de su carrera, y tuvo la suerte, o la desgracia, según se mire, de que sus ojos se posasen en ella. Al principio pensó que era por su padre pero, ¿qué estudiante de Medicina quería conocer a Richard Cavanaugh si no se iba a dedicar a la abogacía? Así que luego pensó que era simple casualidad, o un milagro. Poco a poco, Melinda, que ya tenía un cuelgue por él, se fue enamorando, cayendo en sus redes. Sin embargo, las cosas no fueron como ella pensaba que irían. A los pocos meses descubrió que él se había estado acostando con otras chicas y que ella era otra más de la lista, un simple número, una simple conquista. Habló con otras que habían pasado por lo mismo y se dijo a sí misma que "Nunca más", por lo que se vengó de él. En mitad del campus, a la hora más concurrida del día, se puso a gritarle como una loca, echándole en cara todo lo que había hecho, todo el daño que le había causado, lo que provocó los vítores de otras chicas que se habían parado a ver el espectáculo y que se sentían identificadas con ella. Ryan sólo aparecía en su vida cuando se lo encontraba en clase o en alguna fiesta a la que sus amigos la arrastraban. "Debí hacerle caso a Nick", pensó en aquel momento.

Revolviendo su armario, encontró un vestido con escote en estilo barco azul marino que le llegaba a la altura de las rodillas. Para acompañarlo, escogió un cinturón estrecho negro que le marcaría un poco la cintura, por lo que no le quedaría como un saco. Para completar, unos tacones negros muy simples y su bolso, aquel que sus amigos habían bautizado como "el bolsillo de Doraemon" ya que parecía que no tenía fin. Cary iría a recogerla a casa ya que él había ido a la oficina para ayudar a Alicia con un caso de inmigración que tenía entre manos.

- Espero que se comporte y muestre su mejor cara porque no sé si me podré controlar – le soltó Melinda en el coche, mientras se dirigían hacia allá.

- Espero que sí. No te preocupes, me puedo defender por mí mismo – le dedicó una breve mirada antes de volver a atender a la carretera.

- Lo sé, pero ya sabes que te cubro las espaldas. Espero que tu padre no sea como Joffrey Lannister. Ya sabes, por lo parecidos que son sus nombres – Melinda vio cómo la cara de su novio ni se inmutaba – ¿Tampoco Game Of Thrones, Agos? Dios mío, te tengo que enseñar un par de cosas – se hizo un pequeño silencio – ¿Tendrás una nueva madre? ¿Será eso lo que te quiere contar? – Cary sonrió pero sabía que no le hacía mucha gracia el asunto. La penúltima vez que habló ya le contó sobre su nueva pareja, quien trabajaba en un lobby como él. Los padres de Cary se habían divorciado hacía un par de años, algo en lo que él tampoco quiso inmiscuirse mucho pero apoyaba a su madre. Decidió cambiar de tema de conversación.

- Hey, ¿sabes que hay un nuevo jugador en Lockhart & Gardner? Damian Boyle – Cary miró a Melinda quien mostraba su extrañeza.

- ¿Damian Boyle? – su interlocutor asintió antes de volver a ponerse en marcha al cambiarse el semáforo a verde –. ¿Debería preocuparnos este "Damian Boyle"?

- Quería habértelo dicho después de la comida pero el otro día vino a nuestras oficinas y se llevó los muebles.

- ¡¿Qué cojones…?! – Melinda estaba notando cómo la temperatura se incrementaba por todo su cuerpo. Ahora sí que estaba lista para cualquier tipo de acción, sobre todo ante ese tal Damian.

- Nos dejó los teléfonos y los ordenadores.

- ¡Dios, qué considerado por su parte! Si se los hubiese llevado se los podría haber metido por el culo. Menudo cabrón. ¿Y qué vamos a hacer al respecto? – Melinda estaba perdiendo el control en el peor momento, estaba a punto de conocer a su "suegro".

- Por ahora nada. Vamos a pedir otros muebles y nos los traerán esta semana – Cary estaba viendo lo enfadada que se había puesto su novia y quería tranquilizarla como fuese –. Mel, no pasa nada. Solucionaremos el tema.

- ¿Pidiendo otros muebles? ¿Otro gasto más? ¡¿Y luego queremos recortar gastos despidiendo a la única investigadora que tenemos?! ¡Se acabó que Lockhart & Gardner nos tome por el pito del sereno! Estoy harta de que nos pisoteen. Tiene que parar, Cary.

Un poco más relajada, Melinda acompañó a Cary hasta la mesa donde estaba su padre. Se arregló por última vez el pelo y puso la mejor de las caras, aunque ni la situación ni las últimas noticias le animaban a hacerlo. El restaurante estaba elegantemente decorado en tonos plateados y grises, con las cortinas blancas tapando las ventanas pero permitiendo que la luz se colase en el local.

- ¡Oh, Cary! – Jeffrey abrazó a su hijo, cosa que descolocó a Melinda por completo.

- Señor – respondió él cuando terminó de abrazarlo –. Esta es Melinda, mi novia.

- Mucho gusto, señor Agos – le tendió la mano como muestra de buena voluntad, sin embargo una parte de ella quería empezar a reprocharle ciertas cosas por el comportamiento que tuvo en el pasado con su hijo. Aquel hombre que tenía delante de ella le dio un repaso de arriba a abajo, viendo con quién se juntaba su vástago estos días.

- Llámame Jeffrey, si no te importa – le aceptó el saludo y les invitó a tomar asiento.

Dorsia era uno de los restaurantes más elegantes que había en la ciudad, con una carta exquisita y un ambiente propicio no sólo para las reuniones familiares sino también las laborales. Cuando terminaron de pedir, parecía que el patriarca de los Agos quería hablar.

- ¿Qué tal te va en el nuevo bufete, hijo? – a Melinda ya todo le sonaba como una burda mentira a la que había que jugar.

- Bien, papá, con mucho trabajo por delante pero sobreviviendo por ahora. Seguimos incorporando gente nueva a nuestra cartera de clientes, sobre todo gracias a Melinda, nos está ayudando muchísimo con ello – ella sonrió tímidamente. No le gustaba ser el centro de atención en aquella comida con tintes familiares. Ella era una extraña, alguien que venía de fuera del círculo.

- ¿Ah, sí? – Jeffrey le dirigió una mirada de sorpresa, como si quisiese saber más con sólo verla –. Me han dicho que eres pediatra, ¿no es así, Melinda?

- También soy cardióloga, y si tengo tiempo opero – cada día le molestaba más hacer esa puntualización. Parecía como si la gente pensase que por ser pediatra fuese poca cosa cuando no era así. Era una especialidad muy sufrida con aquellos niños enfermos. Le hacía replantearse muchas cosas en su vida, reflexionar sobre su futuro.

- ¿De verdad? ¡Eso es fantástico! Veo que has encontrado a toda una mujer, Cary – este sonrió tímidamente pero se le notaba incómodo. Parecía que su novia le había picado el gusanillo de la duda. Se estaba cansando de que tantease las aguas.

- Papá, ¿por qué nos has invitado a comer? – estaba serio y decidido a descubrir lo que estaba pasando por aquí.

- Sólo quería ver cómo estabas, quién era esta preciosa dama que tienes al lado. Es algo inocente…

- Papá... – Jeffrey se vio sin escapatoria y decidió confesar.

- Está bien, está bien – hizo una pequeña pausa para aclarar sus ideas antes de comenzar a hablar –. Quería hablar contigo personalmente porque… no quiero que sea demasiado tarde para los dos, quiero decirte lo orgulloso que estoy de ti, hijo, por este nuevo camino que has emprendido con gran valentía – aunque en un principio podría engañarles, a Cary y Melinda esto les sonaba antiguo, como si estuviesen viviendo un deja vù –. ¿Conoces a Linda Thompson?

- Sí, trabajó durante una época para Glenn Childs y luego para Peter Florrick en la fiscalía del Estado – Cary se estaba temiendo lo peor.

- Quiero contactar con ella ya que la empresa que represento quiere su ayuda para una serie de reuniones decisivas y nos puede servir para la causa – Melinda podía ver perfectamente cómo se le tensaban los músculos de la cara a su novio –. Sé que Alicia Florrick es tu socia así que podía hablar con su marido y que te dé el teléfono, ¿no te parece?

- ¿Está de coña, verdad? – ya no se pudo reprimir más. Si Cary no explotaba lo iba a hacer ella y ya llevaba material suficiente en las espaldas como para no hacerlo.

- ¿Perdona?

- ¿Nos ha pedido que comamos con usted, yo aquí incluida, para pedirle otro favor laboral a su hijo? Usted tiene muy poca vergüenza – Melinda mantuvo el tono bajo, sin alterarse demasiado.

- Señorita…

- No, señor Agos, escúcheme. Sé perfectamente que su hijo se puede defender él solo pero le tiene demasiado respecto a usted como para enfrentársele de la manera que lo puedo hacer yo. Viene aquí, de buenas, con ese tono de padre orgulloso cuando es todo una burda actuación para conseguirle, ¿qué, un número de teléfono? Se le debería caer la cara de vergüenza. Creo que ya tiene una edad para salvarse su propio culo como para pedirle ayuda a su hijo quien, en ningún momento, le ha pedido nada a usted, saliendo él solo de cualquier apuro. Así que, si nos disculpa, tenemos trabajo que hacer. Creo que hemos perdido demasiado el tiempo haciendo el paripé aquí. ¿Vienes, cariño? – Melinda le miró con frialdad esperando que se viniese con ella y que la jugada no se quedase en un movimiento hueco –. Un "no placer", señor Agos – le soltó al levantarse de la silla, antes de irse hacia la salida. Cary miró a su padre por última vez y salió detrás de ella, intentando ponerse a su altura.

Al salir a la calle y respirar el aire frío que empezaba a instalarse en Chicago, Melinda se sintió útil por haberle puesto las pilas a aquel señor, y liberada porque llevaba guardándoselo hace tiempo. Sabía que tenía que haberse moderado un poco, controlado, pero no podía ver cómo se la jugaba otra vez a Cary cuando él había ido con buena voluntad y con el corazón abierto. En el fondo, sabía que Cary, a pesar de que había decidido no volver a intentar impresionar a su padre, sí quería tener una buena relación con él, llevarse como los padres y los hijos normalmente se llevaban a una cierta edad donde las hormonas habían dado paso a la sensatez y conciliación. Una parte de ella se arrepintió de inmediato, viniéndole la idea a la cabeza de quedar a solas con Jeffrey y disculparse, pero por otra se encontraba bien consigo misma, dejándole claro a ese hombre que defendería a su hijo con uñas y dientes ante quien fuese. Cuando se quiso dar cuenta, Cary estaba a su lado.

- Lo siento, no he podido reprimirme. ¡Me da tanta rabia que te intente tratar como a un pelele! – no podía ni mirarle a la cara. Tenía la sensación de que se había enfadado con ella, pero fue todo lo contrario.

- Ahora mismo te quiero más que nunca, Mel – le cogió el rostro entre sus manos y ella le miró a los ojos –. Gracias, por esto, por todo. Creo que no te lo puedo agradecer lo suficiente – sus labios eran cálidos al tacto contrarrestando el frío que sentía en el resto del cuerpo.

- Yo también te quiero, Cary – le devolvió el beso, con más pasión. Le daba igual si estaban en mitad de la calle, en aquel momento estaban solos en su pequeña burbuja disfrutando de la victoria.

Ya en casa, y después de que Cary volviese a la oficina, decidió terminar el papeleo que la noche anterior no pudo acompañada de una buena taza de café. Pero había algo que no se le iba de la cabeza. ¿Y si quedaba con Jeffrey sólo para hablar con él sobre su relación con Cary? En su fuero interno estaba segura de que la situación podía mejorar con unos pocos consejos y mucha intención por parte de él. Valía la pena intentarlo y no se iba a cansar hasta conseguir su objetivo, ¿o realmente llegaría un día en el que tiraría la toalla como su novio? Al terminar el último informe, puso en el buscador de Chumhum "Farmacéuticas Emmonds", el lugar en el que trabajaba Jeffrey y llamó al número que aparecía en pantalla. Tras pasar de una secretaria a otra, consiguió dar con la del padre de Cary y descubrir dónde estaba. Vistiéndose mucho más informal, una camiseta de Breaking Bad, unos vaqueros y unas zapatillas, salió apresurada hacia el restaurante en el que iba a cenar solo. "¡Eso sí que es triste!", se comentó a sí misma. Cuando llegó, le preguntó al metre dónde se encontraba y muy amablemente se lo indicó. Al verle a lo lejos, intentó amueblar sus ideas antes de soltarlas por la boca, crear un discurso lógico y sensato, pero no podía prometer nada. Se dirigió con paso decidido.

- Buenas noches, señor Agos – Jeffrey se quitó las gafas de leer y alzó la mirada hacia ella sorprendido por quien estaba delante de él –. ¿Le importa si me siento con usted? – le hizo un gesto para que se le uniera –. No estoy aquí para disculparme por lo que ha pasado en la comida, es más, me reafirmo en todo lo que he dicho. No voy a mentirle: no me cae bien. Cary me ha contado cómo ha sido su historia y me recuerda demasiado a mi padre que, como todo el mundo sabe, no me llevo bien con él. Sólo nos quieren como trofeos sobre los que alardear en sus fiestas o mientras juegan al golf. Cary se ha esforzado muchísimo hasta llegar a ser el hombre que es desde que le echó de casa. Ha trabajado duro, con mucho tesón y ver cómo su padre le menosprecia es la peor recompensa que puede obtener.

- Yo no le he menospreciado…

- ¿Ah, no? ¿Está seguro de eso, señor Agos? Fue el ayudante del fiscal del Estado más joven en obtener el cargo, ¿y le llamó para felicitarle? ¿Dónde estuvo en los últimos cumpleaños? Me da rabia lo que ha pasado hoy porque, a lo mejor usted no lo ve, pero a Cary, aunque no lo diga en voz alta, le encantaría tener una relación normal como los padres y los hijos tienen, y usted no hace más que llamar convenientemente cuando necesita un favor. Eso llega a ser hasta chantaje emocional, algo que su hijo no se merece en absoluto – hizo un pequeño descanso para que la idea fuese calando en su interlocutor, algo por lo que casi empezó a rezar. Se inclinó hacia él apoyando los brazos en la mesa –. Señor Agos, no estoy aquí para que le caiga bien, no soy ese tipo de mujer que haría cualquier cosa para encantarle a los padres de su novio, no soy actriz, sino una mujer muy enamorada de su hijo por quien devoraría a quien fuese que le hiciese daño. Lo quiero hasta matar, señor, y si me tengo que enfrentar a usted para hacerle ver lo que se está perdiendo lo voy a hacer. Tengo, muy dentro de mí, esperanzas en que la relación con su hijo mejore, porque sé que lo puede hacer. Estoy segura de ello. No deje que se eche a perder como me pasó a mí con mi padre porque luego lo lamentará; no le incluirá en ciertos aspectos de su vida que se perderá, y luego se acordará de este momento por el resto de su vida mientras su hijo, quien está listo para dar ese paso, le deje atrás en el camino para seguir su vida y ser feliz. Acuérdese de Cary no cuando necesite una mierda de número de teléfono, acuérdese de él siempre – Melinda había mantenido la calma en todo momento, sonando fría y pasional al mismo tiempo, sin levantar la voz pero con la mirada fría como el acero. Nadie iba a hacerle daño a su novio y menos su padre, de quien ya había recibido demasiado "amor del duro" –. Y ahora si me disculpa, tengo que irme. Tengo otra persona a la que enfrentarme esta noche.

Agarró el bolso y se marchó de allí teniendo muy claro quién era el próximo objetivo. Harta de que Florrick, Agos & Associates siempre quedase por el suelo ante Lockhart & Gardner, no iba a consentirlo una vez más. Aquella noche se sentía poderosa, como si nada ni nadie pudiesen derribarla a pesar de los golpes que pudiese recibir. Sentía que las cosas iban más deprisa de lo normal, empezando por su corazón y terminando por el viaje, pasando por el tiempo que pareció volar en aquel mismo instante. Al subir de nuevo a la planta 28, notó cómo los nervios la atacaban por todo el cuerpo, como si estuviese a punto de enfrentarse al examen de su vida. Nada más salir del ascensor y preguntar por Damian Boyle, la recepcionista se quedó con la boca abierta y ella no pudo más que sonreír internamente, mientras que por fuera era un témpano de hielo. Siguiendo las indicaciones de la muchacha, llegó hasta el despacho de Will, donde hacía relativamente poco tiempo se había encontrado trabajando en un caso médico junto con Diane.

- ¿Damian Boyle? – preguntó inocentemente justo en la puerta, mirando a aquel tipo sentando de cualquier manera en la silla de su jefe.

- ¿Quién lo pregunta? – se dibujó una sonrisa en su cara cuando la vio por primera vez. Tenía acento irlandés, por lo que pudo deducir.

- Tu peor pesadilla a partir de hoy. Soy una de las socias en Florrick, Agos & Associates y vengo a por nuestros muebles – seguía con el mismo tono férreo que había utilizado anteriormente con Jeffrey Agos. Podía seguir así el resto de la noche.

- Oh, querida, creo que eso no va a ser posible. Los hemos tirado en el primer contenedor de basura que hemos encontrado – se había levantado y acercado a ella. Le sacaba una cabeza y media, pero hoy no le intimidaba nadie por muy alto que fuese.

- Aquí la única basura que hay eres tú, Damian – dijo con un tono muy particular –. Quiero mis putos muebles ahora o voy a hacerme unos con tus dientes, ¿está claro?

- Uy, no hace falta ponerse agresiva, corazón. ¿Cuánto valían, unos pocos miles de dólares?

- ¿Te crees gracioso, capullo? No tengo el día para tonterías. ¿O te crees que por ser el chucho de Will Gardner te voy a tener algún tipo de respeto? Si queréis juego sucio lo vais a tener, no os preocupéis. Nosotros también sabemos cómo jugar, y vamos a patearos el culo. Y tú sentirás mi pesada bota en el tuyo, ¿te ha quedado claro?

- Como el agua, señorita.

- ¿Qué está pasando aquí? – esa voz era inconfundible. Estaba detrás de ella y podía notar sus ojos en el cogote. La temperatura de su cuerpo empezó a incrementarse exponencialmente. Por un segundo pensó que podía convertirse en la Antorcha Humana.

- Nada, Kalinda. Esta señorita está buscando sus muebles, los de Florrick/Agos – contestó Damian con ese acento irlandés que le estaba empezando a irritar sobremanera.

- Es mejor que te vayas, Melinda. No puedes hacer nada aquí – Melinda se giró hacia ella lentamente cuidando bien lo último que le iba a decir.

- Y es mejor que tú no digas nada, zorra – le soltó al pasar por su lado.

Después de aquel último enfrentamiento y ese "zorra" bien saboreado en su boca antes de soltarlo, Melinda se sintió pletórica, como si toda la fuerza del planeta se hubiese concentrado en ella. No podía dejar de sonreír mientras conducía su coche en dirección a las oficinas del nuevo bufete. Sin embargo, cuando llegó allí, recibió un jarro de agua fría. Will Gardner y Diane Lockhart estaban a punto de marcharse cuando se los encontró de frente, junto con Cary y Alicia a sus espaldas.

- Melinda – dijo sobriamente Will.

- Will, Diane – hizo un ademán con la cabeza en forma de saludo –. ¿Qué os trae por aquí?

- Negocios. No vendríamos aquí por placer – Will estaba tocándole la moral más de la cuenta, y ya llevaba un día repleto en ese aspecto.

- Oh, por supuesto que no, ¿verdad? A ver si te vamos a pegar una enfermedad.

- ¿Estáis seguros de que habéis desinfectado este sitio? A lo mejor ella lleva razón – dijo mientras se giraba para dirigirse a sus oponentes. Will se la estaba jugando en un territorio que no era el suyo sino del enemigo. "Tendría que pensar antes de hablar".

- Será mejor que te largues y ates a tu nuevo chucho en corto – Melinda seguía con su lengua viperina. Ya nada la podría parar.

- ¿Chucho? – Will parecía desconcertado, algo a lo que se unió Diane.

- Sí, Damian Boyle. Al parecer se ha tomado las reglas del juego por su mano y nos ha quitado los muebles – les miró a ambos, primero a uno y luego a otro. Mientras Will se mostraba altanero, Diane estaba en calma, estudiando todos los movimientos. Melinda se acercó un poco más a ellos inocentemente –. Si queréis jugar sucio, tendréis vuestro juego sucio. Pero os aviso, preparaos porque va a doler de verdad. Y ahora, por favor, marchaos de una maldita vez.

La tensión se respiraba en el ambiente. En aquel instante, Melinda se dio cuenta de que todo el mundo había parado de trabajar para mirar el altercado; no movían ni un músculo, como si se hubiesen olvidado hasta de respirar. Will y Diane, quitándose mentalmente el polvo del suelo en el que les acababan de tirar, se dirigieron al ascensor y se perdieron por el corazón de Chicago. Melinda estaba más que satisfecha con el día que había tenido.

- ¿Qué ha sido eso? – preguntó Zepps cuando se acercó a ellos tres.

- ¿Eso? Yo, que voy a capar al puto chucho – la mirada fría volvió y Zepps prefirió seguir trabajando, como el resto de los empleados.