*¡Hola de nuevo! A pesar de que nos encontremos en agosto, la Navidad está a punto de llegar en Chicago y, con ella, las fiestas de empresa. Florrick/Agos no va a ser menos, ¿verdad?

Os invito a que dejéis vuestra impresiones al respecto*

22

¿Quiere cocinar un poco de crystal meth, señorita Cavanaugh?

La fiesta estaba bastante animada, nadie hubiese dicho que horas antes muchas de aquellas personas habían estado trabajando en esos mismos escritorios que ahora estaban pegados a la pared para hacer sitio al resto de invitados. Las fiestas estaban cercan y parecía que se respiraba el ambiente navideño, aunque realmente el propósito de esa velada fuese hacer negocios. Melinda había llevado en su bolso los tacones y el vestido que iba a llevar puestos en la fiesta, uno corto de color rojo que le quedaba pegado al cuerpo. Se había cambiado en un baño que tenían en las oficinas antes de que la gente empezase a venir. Iba dando una vuelta con Cary, quien la llevaba cogida de la cintura mientras que con la otra tenía una cerveza celebrando el evento, y con Robyn, quien estaba más enérgica de lo habitual. Sin ninguna preocupación en su mente, decidió que era momento de darse cierta rienda suelta y atacar el champán, pero con moderación. No solía emborracharse ya que beber no era uno de sus aficiones, pero también porque sabía cuál era su límite, raramente lo sobrepasaba. En cuanto a los invitados, 835 no iban a caber en la oficina, por lo que se restringió en cierta manera la entrada a estos. Uno de los que no pudo venir fue Colin Sweeney, cuyo avión se había retrasado en San Francisco. En cuanto se enteró, Melinda pensó que a Alicia le iba a alegrar, o a Eli Gold que, por lo que le había dicho esta, estaba preocupadísimo por la clase tan variopinta de gente que había sido invitada. Julian Jenkins y los catorce nuevos clientes restantes, entre los que se encontraba el propietario de una de las discográficas más importantes de Chicago y el dueño de una pequeña cadena de restaurantes, habían llegado hace media hora con los ojos inquietos por ver cómo era el lugar. Al verlos, los tres fueron hacia allí y estuvieron enfrascados en una conversación por un rato. Sin embargo, parece que era a Alicia a quien le sorprendió la llegada de uno de los invitados al ver cómo llegaba hasta ellos.

- ¡Cary! – elevó la voz entre el barullo que se había formado. Este se disculpó con sus interlocutores y se giró hacia ella. Melinda puso la oreja mientras seguía hablando con otro de los amigos de su padre –. ¿Qué hace aquí Lemond Bishop? – al ver la compañía, Alicia prefirió hablarle lo más cerca posible para que los clientes no se enteraran.

- ¿Ha venido? ¡Es fantástico! ¿Dónde? – estaba sonriendo. Aunque para Peter Florrick podían ser "malas" noticias, para el bufete eran prometedoras.

- ¿Le invitaste? – tenía cara de preocupación. No quería sonar muy enfadada; sabía que tener a Bishop en el barco podía ser bueno.

- No, lo hice yo – saltó de repente Robyn intentando sonar inocente para que no fuese presa de la agitación de Alicia –. Pensé que lo querrías como cliente – como si fuese un visto y no visto, Alicia se dirigió a otra parte de la sala y Cary y Robyn volvieron a la conversación.

Lemond Bishop era el traficante de drogas más importante de Chicago, un hombre temido pero al mismo tiempo muy valorado por los bufetes de abogados. Ya había sido cliente de Lockhart & Gardner, pero con quien se llevaba mejor no era con los propietarios sino con Alicia. Todos se llevaban bien con Alicia porque sabía cómo tratar con la gente y eso era, al menos, un cincuenta por ciento del trabajo hecho. Todos querían tratar con Santa Alicia, salvadora hasta de las causas más pobres. Melinda conocía a Bishop brevemente debido a que su hijo Dylan era paciente suyo. Aparte de resfriados y alguna revisión que otra, no había visto mucho a aquel hombre. Sin embargo, cada vez que lo había hecho, una parte de sí temblaba. Alto, afroamericano, con los hombros anchos y una personalidad arrolladora, era intimidante y frío, pero al mismo tiempo podía ser un encanto de persona; una especie de diablo engatusador, pero no dejaba de ser el diablo. Esta vez, si tenía la oportunidad de hablar con él, podría hacerlo sobre algo que no fuese sobre su hijo.

Ya más tranquilos, dejando a los nuevos clientes a un lado y Robyn buscando otra copa que tomarse, Melinda y Cary se quedaron solos por unos minutos.

- Así que Lemond Bishop, el Heisenberg afroamericano, ha venido a nuestra fiesta – le dedicó una sonrisa picarona y le dio un sorbo a su copa.

- ¿Qué te propones, Mel? – él la imitó y ella volvió a sonreír.

- ¿Hablar con él? – sugirió mientras hacía un gesto muy raro con la cara. Por un momento le pidió a los cielos una manta para taparse, o que la tierra la tragase.

- ¿Con Lemond Bishop? – Cary le dio un trago a su cerveza mientras su novia le respondía.

- Sabes que le conozco, ¿no? Su hijo Dylan es mi paciente, pero sería interesante saber si estamos entre sus opciones para llevarle sus negocios – estudió sus gestos para intentar averiguar cuál iba a ser su respuesta.

- Deberías haber sido abogada – Melinda empezaba a reírse. No era la primera vez que oía el comentario y tampoco sería la última –. Hey, hey, te lo digo en serio – le puso la mano que tenía libre en un hombro, como si le quisiese dar un poco de solemnidad a lo que acababa de decir –. Serías una fantástica abogada, Mel.

- Ya, ya – le palmeó la mano que tenía en su hombro –, eso me dice todo el mundo. Vamos, Agos, que tenemos que tantear a un posible cliente.

De camino a donde estaba Lemond Bishop, se cruzaron con Peter Florrick y Eli Gold, quien no tenía muy buena cara. Peter los saludó y felicitó a Cary por la fiesta. Por lo que parecía, el gobernador de Illinois había sido interceptado por el traficante, lo que le venía bien para su imagen. "Y luego se preocupan por Sweeney", se dijo a sí misma.

- Señor Bishop – dijo Cary cuando llegaron hasta él, haciendo que este se diera la vuelta –. ¿Se acuerda de mí? Cary Agos – le tendió la mano y este se la estrechó –. Gracias por venir a nuestra fiesta, señor.

- El placer es mío. Cuando avisasteis en el email de que Peter Florrick iba a estar aquí, no podía perdérmelo – sonrió y su cara se iluminó por sus dientes tan blancos. De repente, sus ojos se posaron en Melinda y este pareció reaccionar –. Doctora Cavanaugh, un placer verla por aquí, aunque resulta un tanto extraño.

- Soy socia del bufete, señor Bishop – respondió con la mejor de sus sonrisas –. Es parte de mi deber estar aquí.

- Oh, interesante. ¿Y cómo ha llegado a ser una de las socias de Florrick/Agos? – por un momento, Cary se sintió apartado de la conversación siendo un simple testigo.

- Cary es mi novio y creí en lo que quería hacer desde el principio, así que le apoyé. Además, tengo contactos en el gremio por mi familia – a veces le daba una pena tremenda que conversaciones como esa diesen vueltas alrededor de ella y no de su novio, quien era el abogado.

- Su padre. Lo sé – Bishop le dio un sorbo a su copa de champán y Melinda decidió cambiar de tema momentáneamente.

- ¿Cómo está Dylan? Llevo tiempo sin verle pero supongo que está muy sano – quería ser simpática y relajar el ambiente; el tema de su padre nunca le gustaba.

- Está enorme. Tiene doce años, así que es normal. Le va muy bien en el colegio – sonrió tímidamente.

- Siempre se muestra muy entusiasta acerca de los estudios cada vez que le pregunto. Es un gran chico.

- ¡Ni que lo diga!

- Señor Bishop – se puso seria –, ¿podemos hablar de negocios? – él estudió sus gestos, como si se tratase de una pantera que estuviese acechando a su presa.

- Por supuesto. Adelante – Cary se mantenía al margen; sabía que su novia podía manejar la situación mejor que él incluso.

- ¿Ha pensado en traer sus negocios aquí, a Florrick, Agos & Associates? Ya conoce a Alicia y a Cary así que podría encontrar aquí un buen lugar para solucionar sus asuntos legales, ¿no le parece? – le dio otro sorbo a su copa de champán sin apartar sus ojos de los suyos, una pequeña lucha para ver quién aguantaría más tiempo la mirada.

- Lo estoy… considerando – se aventuró a decir cauteloso –. Lockhart & Gardner me ha estado tentando…

- Pero usted ha tratado más con Alicia, ¿no es así? Podríamos decir que en L.G., como se hacen llamar ahora, no le conocen tanto como aquí – Melinda se mostraba sin miedo, quitando todo tipo de temor de dentro de sí.

- Es cierto. De todas formas, es algo que hay que considerar bien, ¿no cree? Los negocios no pueden recaer en cualquiera – no daba ni un paso para atrás. Eso ya se lo esperaba ella.

- No somos "cualquiera" por muy nuevos que seamos. Como ha visto, tenemos conexiones con Peter Florrick teniendo a la Primera Dama como una de las socias fundadoras. Además, tenemos clientes como Chumhum o Editoriales Jenkins – ella tampoco se iba a echar atrás y había sacado la artillería pesada: los nombres importantes de la lista.

- Me lo seguiré pensando, pero tendré el nombre del bufete muy en cuenta. Si me disculpan – sacó el móvil de su abrigo –, tengo una llamada que atender.

Melinda y Cary intercambiaron gestos de asombro y decidieron seguir saludando a otros invitados que iban llegando. Por un momento, se sintió como si la Primera Dama fuese ella estrechando tantas manos como podía. Sin embargo, en un momento de la fiesta, decidió separarse de su novio y volver con Julian y el resto, con los que estuvo hablando animadamente sobre diversos temas, desde la caída en picado de su padre, sus respectivos negocios o la situación política del estado. Ya más tarde, la gente empezó a marcharse y sus interlocutores hicieron lo mismo, por lo que decidió darse una vuelta para ver lo que había quedado de comida; su estómago empezaba a rugir. Fue entonces cuando vio a Cary de nuevo, despidiendo a la gente mientras estaba hablando con los tipos de la banda, dos hombres con apariencia de pringados. En ese momento decidió satisfacer a su rugiente amigo y luego ver qué estaba pasando. Todavía quedaban algunos dulces y gominolas, los cuales acompañó con otra copa de champán. La fiesta, como conclusión, había salido bastante bien y el nombre de Florrick/Agos empezaba a resonar con más fuerza en los círculos legales de Chicago, lo que era uno de sus objetivos.

Aunque nunca se había sentido interesada en la ley, Cary le estaba descubriendo una parte de la misma fascinante y adictiva. Lo que nunca había conseguido su padre con todo el sudor de su frente, llevándola a los tribunales y poniéndole libros sobre Derecho encima de la mesa, lo había conseguido él. Al pensarlo, se sentía sorprendida por ello pero, al mismo tiempo, agradecida, ya que siempre había sentido curiosidad por la adrenalina que corría por las venas de su padre cada vez que ganaba un caso. Ahora lo sentía ella y eso que no había estudiado para ello. ¿Realmente podría haber sido una gran abogada? ¿Hizo lo correcto cuando se cambió de carrera para seguir lo que realmente quería o debería haber aguantado un poco más? Sentía curiosidad al pensarlo, al intentar imaginarse en un tribunal defendiendo a su cliente con uñas y dientes, pero ella hacía justicia de otra manera: salvando a la gente de las garras de la muerte. No era la pena de muerte, pero era algo significativo e importante. También defendía a sus pacientes con pasión cuando había overbooking de quirófanos y discutía con otros jefes de departamento, intentando ganar pequeñas batallas dialécticas de las que a veces salía ganadora. Tenía el gen, ese que podría hacer a una persona buena abogada, pero prefería trasladar las batallas a otro campo, con un bisturí en la mano si era posible.

Alicia, Cary y los chicos de la banda estaban sentados en una de las salas mientras hablaban. Melinda decidió apoyarse en una de las paredes acristaladas que tenían y escucharlos entre tanto. Al parecer, la banda había hecho una versión de la canción de Rebel Kane, Thicky Trick, un rapero conocido que había pasado tiempo en la cárcel. Mientras que la original era con un ritmo más movido, la versión era melódica, ayudándose de que había sido grabada en una bolera con el toque de las bolas golpeando los bolos en el fondo. Tenía cierto toque alternativo, como lo último que estaba saliendo en el género. Según el señor Canton, el cantante y compositor de la melodía, la idea surgió al imaginarse "a Rick Astley cantando un rap".

- Pobre Rick. Vale que era un pardillo pero siempre terminamos acordándonos de él. ¡Y el Never Gonna Give You Up es un hit en las salas de karaoke! Menudo maltrato al pobre Rick – le dijo Melinda a Cary cuando llegaron a su apartamento. Este se había empezado a reír.

- No me digas que la idea de ver a Rick Astley rapeando no es divertida, Mel – no podía dejar de sonreír. Melinda intentaba mantenerse seria, como si estuviese realmente indignada.

- No digo que no pero, ¿en serio? – no pudo aguantar más y le imitó, riéndose a carcajada limpia –. Él nunca te dejaría darte por vencido – y volvió a reírse.

Decidió que era mejor dejar las bromas aparte y empezar a desvestirse. Los pies le estaban matando y necesitaba darse una ducha inmediatamente.

- Así que vais a aceptar el caso… contra Drama Camp. ¡Dios, cuánto daño ha hecho Glee, no sólo a la televisión sino también a la música! Y a Ryan Murphy le siguen dando luz verde a sus series. Como se junte con Shonda Rhimes podrían dominar el mundo. Vale, me han dado ganas de hacerme el harakiri – Cary la había empezado a mirar raro, como si no comprendiese nada de lo que estaba diciendo, pero también había una chispa en su mirada porque estaba viéndola quitarse la ropa.

- ¿Amigos de la tele? – Melinda estaba distraída quitándose los tacones cuando Cary enarcó una ceja. Empezó a hacer lo mismo y se puso detrás de ella en la cama para besarle el cuello. La chispa seguía en su mirada.

- ¿Amigos? Depende del episodio que me pongas. Si es un bodrio no creo que podamos mantener nuestra "amistad" por mucho tiempo. Eh… ¿Cary? – pero este había bajado hasta los hombros y se había ido perdiendo por su cuerpo. Sin embargo, Melinda tenía otros planes –. Cariño, tengo que ducharme. Pero si quieres acompañarme…

Aunque el vapor del agua caliente desaparecía en el aire cargado y cubría las paredes de la ducha, nunca había sentido el agua tan fría como en aquel momento. Recorría sus cuerpos en busca de una salida pero el camino no era tan fácil. Una mano, otra, unas piernas alrededor de unas caderas, un circuito peculiar pero no desconocido para ellos dos. Casi no podía respirar entre el calor que inundaba el pequeño espacio y la tensión entre sus piernas que iba incrementándose poco a poco. Se sentía en conexión con él, como cada vez que la tenía así, casi a su merced, subiendo y bajando, haciendo que una sensación extraña, pero a la vez conocida, se expandiese por todo su cuerpo. Por muy cursi que pudiese sonar, era amor, uno profundo, puro y grande, como nunca antes había sentido, uno de esos que te hace emocionarte con tan sólo imaginarlo; inmenso, tanto que daba miedo. ¿Estaba perdiendo la cabeza? ¿No debería dejarse llevar tanto, cortarse un poco, poner ciertos límites? ¿Qué pasaría si todo esto estuviese yendo demasiado rápido, qué pasaría si algo destruyese todo lo que estaba sintiendo en ese preciso momento? ¿Por qué Kalinda aparecía en su mente otra vez? Decidió difuminar esa idea de su mente como quien difumina el humo en el viento y disfrutar. "Carpe diem, hermana". Él la alzó un poco más y fue incrementando el ritmo mientras ella no podía hacer otra cosa que agarrarse fuerte con los brazos entrelazados detrás de su cuello, besándole sin cesar. El cosquilleo fue aumentando, no podía aguantar más, así que se dejó llevar liberando toda la tensión acumulada e hincándole las uñas en la espalda.

Coger este caso suponía, como luego reflexionó ella, una prueba para el bufete ante uno de los nuevos clientes, la discográfica. Con esto podían hacerle ver lo bien preparados que estaban en cuanto a temas de derechos de autor y cómo salir al paso sobre ello. Mientras Cary iba trabajando junto con Alicia en ello, Melinda seguía con su plan intensivo de operaciones. Aquel día era un poco diferente ya que Amelia estaba jugando con sus pequeños pacientes en la sala de juegos, por lo que cada hora mandaba a uno de sus ayudantes en el quirófano para que la fuese a ver. Aunque le hubiese gustado hacerlo personalmente, ya que no le hacía mucha gracia el dejarla sola tanto tiempo, también tenía que trabajar, no sólo ser una niñera a tiempo parcial. Tras la operación, al salir del ascensor, vio cómo un torbellino con patas venía hacia ella a abrazarla.

- ¡Hey, ven aquí! – prefirió cogerla en brazos un segundo para que le diese un beso –. ¿Qué tal te lo has pasado, amor?

- Muy bien, tía. Mis amiguitos estaban muy contentos – llevaba un par de coletas que daban la sensación de que era más pequeña.

- Me alegro mucho. Vamos, tenemos que irnos a casa – la dejó en el suelo, la cogió de la mano y se la llevó hasta la oficina –. Vamos a recoger todo esto antes de que venga mamá a buscarte.

Sin embargo, sería otra madre la que vendría a buscar a Amelia, la suya propia. Hacía tiempo que Gloria no veía a su hija entre unas cosas y otras: que si el trabajo de una, que si el trabajo de la otra, y la nueva noticia, que Melinda era socia de un bufete de abogados. La madre de las Cavanaugh no vivía en Chicago, sino en Nueva York, donde había abierto su consulta tras el divorcio de Richard. A pesar de que no tenía a sus hijas allí, había visto que todos necesitaban espacio y que no estar en la misma ciudad tampoco era una mala idea. Siempre podía coger un avión y plantarse allí en un par de horas. Sin embargo, las últimas noticias sobre Melinda la tenían entre preocupada e intrigada, por lo que había decidido que era el momento perfecto para hacerle una visita.

- ¿Mamá? – Melinda se quedó congelada donde estaba, detrás del escritorio, mientras que Amelia reaccionó de forma totalmente contraria, corriendo hacia aquella mujer que había aparecido en la puerta.

- ¡Abuela! – Gloria cogió a la niña para darle un abrazo.

- ¡Hola, corazón, qué mayor estás! – empezó a darle besos mientras la niña se retorcía entre sus brazos riéndose.

- ¿Qué haces aquí, mamá? – seguía en shock intentando entender algo de lo que estaba pasando. No se sentía ni en sí misma.

- He venido a recoger a mi nieta, y ya de paso a verte. ¿Qué tal estás, cariño? – las dos se fundieron en un abrazo. Aunque hablaban una vez por semana, al menos, era cierto que hacía tiempo que no se veían en persona.

- Bien, trabajando mucho.

- En un bufete de abogados… – estaba demasiado cansada como para darle carrete a su madre.

- Mamá, no empecemos, ¿vale? – la cortó tajantemente. No es que fuese una borde, es que no quería hablar con ella sobre ese tema en ese momento, ni en aquel lugar.

- Vale, vale. No digo nada – hizo como si cerrara la cremallera invisible de su boca y tiró la llave –. ¿Te vas a casa ya?

- Sí, ya he terminado mi turno. Necesito recuperar horas de sueño – se pasó la mano por la nuca intentando mostrarse cansada.

- ¿Ese abogado te mantiene despierta, Mel? – había un tono pícaro en su voz.

- ¡Mamá! – se rio dentro de sí pero se mostró escandalizada. Amelia seguía ahí.

- Que vale, que vale. Nos podríamos tomar un café uno de estos días. Estoy en casa de tu hermana, ¿vale? – "Peligro, peligro", se dijo a sí misma. La cita con la psicóloga estaba a punto de concertarse.

- Ya te llamaré, mamá. Tengo la agenda apretada.

Nada más llegar a casa, se quitó las zapatillas y se echó en el sofá, donde se quedó dormida casi al instante. Por un segundo se sintió en una nube, flotando, descansando, sintiendo cómo el cansancio salía de su cuerpo. A pesar de que intentaba dormir lo máximo posible, nunca parecía suficiente. Siempre había sido una marmota pero, con el invierno que se avecinaba, veía que esa característica suya iba a acentuarse. El sueño no le duró mucho, desafortunadamente, ya que se despertó cuando sintió cómo la manta la arropaba.

- No quería despertarte – dijo Cary mientras se acuclillaba a su lado –. Te has quedado totalmente dormida.

- He tenido un día aterrador: operación de seis horas, Amelia estaba en el hospital y mi madre ha venido a por ella.

- ¿Tu madre? – la miró extrañado pero ella prefirió cortar el tema.

- Ya te lo contaré cuando esté más despierta – le sonrió con su cara soñolienta –. ¿Cómo va el caso? ¿Le habéis metido ya un puro a Drama Camp? Dios, cuánto daño a hecho Glee, joder – Cary se rio. Al mismo tiempo, le dio ternura verla tan dormida y no pudo reprimirse a acariciarle la cara, a lo que ella respondió cogiéndole la mano.

- Todavía no pero estamos en ello. Hemos intentado utilizar otro enfoque, que la versión sea una sátira – se sentó a su lado –. Ya veremos si nos lo rebaten o tenemos suerte. Por cierto, ¿sabes a quién tenemos en el otro bando? – ella se estaba imaginando ya la respuesta.

- No me lo digas: a Lockhart & Gardner – continuaba intentando abrir los ojos pero le parecía la tarea más ardua del planeta.

- Efectivamente. Will Gardner, para ser más exactos. La está tomando con Alicia – ella le hizo sitio y él aceptó tumbarse con ella.

- ¡Ugh! ¿Por qué no se muere y nos deja tranquilos? Parece que nos persiguen – se tapó la cabeza con la manta y decidió no salir durante un rato. Todavía no estaba totalmente despierta.

- Se ha juntado con Burl Preston, que es quien lleva a Drama Camp

- Puto Glee – dijo debajo de la manta pero pronto se asomó por ella.

Cary estaba mirándola en silencio tapado también con la manta. Ella empezó a acariciarle la cara, como si fuese una invitación a que se relajase con ella tras un día duro de trabajo. A veces se olvidaban de ellos mismos con todo lo que había que hacer. El bufete llevaba unos cuantos meses puesto en marcha pero parecía que no había fin, que habría que seguir esforzándose durante mucho tiempo, como si fuese una carrera de fondo. Dejándose llevar por las suaves caricias, el silencio de la estancia y la noche en Chicago, Cary se quedó dormido y Melinda se sintió como una madre meciendo a su hijo en los brazos del sueño.