*Ya andamos por aquí con un nuevo capítulo. Disculpad la demora; se debe a que he estado bastante liada últimamente. Nos adentramos en Navidad, una época muy especial y familiar. ¿Cómo la vivirá Melinda? Os dejo que lo descubráis por vosotros mismos.

¡Nos vemos en dos semanas!*

24

Oh, blanca Navidad

El frío ya apretaba en la ciudad de Chicago, conocida por sus noches heladas y sus mañanas nevadas. Aunque estuviese al lado del lago Michigan, eso no los protegía de que la ciudad no se convirtiese en un témpano de hielo andante, ni de que el propio lago se convirtiese en una pista de patinaje algo peligrosa. Diciembre no sólo traía las bajas temperaturas, sino también sus fiestas pertinentes, las mismas que las familias preparaban con esmero para que todo fuese perfecto y los integrantes pudiesen pasar un gran momento juntos. Nada de eso pasaba en el ático de Melinda, ni se sentía frío, más bien como un organismo caliente en el que la caldera bombeaba la "sangre" casi hirviendo, ni tampoco había un espíritu festivo en él. Estaban sentados en el sofá viendo el béisbol mientras ambos se tapaban con una manta. Melinda no podía dejar de beber Mountain Dew, un refresco de color amarillo que le recordaba al Slurm, la bebida de idéntico aspecto de la serie Futurama. Si tenía que elegir algo en la vida sin lo que podría vivir, en la lista estaría sin ninguna duda el Mountain Dew. No se mostraban muy entusiasmados con el partido ya que, aunque era a Cary a quien le gustaban más los deportes, el día encapotado que los tragaba en una oscuridad mayor les producía una bajada de ánimos evidente. Melinda, sumida en una tranquilidad intranquila, se hizo eco de las preocupaciones de su madre y comenzó a dejarse llevar por el juego de preguntas y respuestas que tenía ante sí. ¿Qué quería hacer con su vida? ¿Dónde estaba el límite? ¿Lo habría? ¿Qué pasaría después? ¿Se quedaría en algún momento sin plan? Siempre había tenido claros sus objetivos desde que fuera plenamente consciente de qué camino quería elegir, el de la Medicina. Quería conseguir la mayor cantidad de conocimiento posible, no dejar recovecos en su especialización, trabajar duro hasta conseguir un puesto estable, tener reconocimiento, investigar en campos donde los demás no habían llegado o no habían conquistado finalmente, conseguir el gran premio. Sin embargo, ¿qué pasaría cuando llegase el momento de poner sus manos sobre ese "gran premio"? ¿Qué había después? "Seguir trabajando", se respondió ella misma, "conseguir la mayor cantidad de conocimiento, trabajar duro, investigar, volver a conseguir el premio". Un ciclo, volver a repetirlo hasta la saciedad. Y en ese circuito lleno de estaciones, ¿dónde quedaba su vida privada? Había obviado esa parte durante mucho tiempo por diversas razones, una concatenación de desilusiones frente al encontrar al hombre de su vida o experiencias previas fallidas, pero, ahora, las cosas habían cambiado, había una luz al final del túnel, a pesar de que en ocasiones la viese más lejana. Así que llegó a la pregunta del millón: ¿qué quería hacer Cary? ¿Qué planes tenía para su futuro? ¿Hasta dónde quería llegar, cuál era el límite? Cambió su cabeza por su mano derecha en su hombro y se arrimó un poco más a él.

- Cary – le dijo suavemente, intentando sonar casual. Él la miró un poco dormido esperando a que ella continuase –, ¿has pensado alguna vez hasta dónde quieres llegar en tu carrera profesional, cuál es el límite, el objetivo final? – intentó despertarse un poco más y volvió a mirarla.

- ¿Mel…? – no hacía falta que le preguntase más, ella había captado lo que quería decirle.

- Estuve hablando con mi madre y ella sacó el tema de que tenía grandes planes que, según ella, he dejado aparcados, pero no es así, sino que se necesita tiempo para que se hagan realidad. Es una carrera de fondo, no un sprint. Y me pregunté si lo habías pensado, qué quieres hacer en tu futuro – él giró su cuerpo en el sofá hacia su dirección y apoyó su codo en el reposacabezas.

- Bueno… siempre he querido ser abogado, trabajar duro para conseguir la posición necesaria para coger los casos que yo quería, ayudar a la gente que yo quería, tener mi propio bufete con mis propias reglas. Creo que eso es lo que quiero hacer en el futuro, convertir Florrick/Agos en uno de los tres mejores bufetes de la ciudad – le dedicó una sonrisa de medio lado.

- ¿Nada de llegar a la fiscalía del Estado? – seguía seria aunque con el tono casual. Sentía curiosidad y quería saber el camino que les esperaba para poder apoyarlo en todo.

- ¿Me ves como fiscal del Estado, Mel? – hizo un gesto raro con la cara; por un momento se sintió extrañado por la pregunta.

- No me digas que nunca lo has pensado, ni siquiera en tus años como asistente de Florrick – dejó la seriedad a un lado y le sonrió. Por un segundo se lo imaginó detrás de un escritorio mandando a la gente, animándoles con los casos difíciles, siendo el dueño y señor de aquella oficina tan importante.

- A veces… – no parecía muy entusiasmado con la idea –. Es un puesto de gran envergadura, queda muy bien en el currículum pero, ¿realmente quiero estar ahí? – ladeó la cabeza de un lado para el otro como si quisiese hacerle sopesar la idea a su novia, pero ella ya tenía un imagen mental del futuro de su interlocutor.

- No te veo detrás de una mesa, Cary. Eres un guerrero, te gusta estar en el campo de batalla; terminarías aborreciendo el trabajo de fiscal del Estado. Estoy segura – le miró por encima de las gafas que no llevaba en ese momento. Era un gesto que había repetido durante toda su vida y que no había dejado de hacer por mucho que llevase puestas las lentillas. Se creó un pequeño silencio que rompió rápidamente Cary.

- ¿Y tú? ¿Has pensado dónde está el límite; ser, por ejemplo, la presidenta de la junta? – Melinda se rio con la idea; Cary se mostró extrañado –. ¿Qué? ¿Qué he dicho? – mostró sus dientes blancos en una sonrisa sincera.

¿Más papeleo? ¿Nada de operaciones? ¡Puff, para nada! Creo que antes prefiero estar muerta que condenarme de esa forma – intentó quitarle el halo serio sonriéndole tímidamente –. Ya tengo suficiente con las reuniones, repasar los documentos ordinarios, los informes médicos… No necesito sepultarme más.

A unos pocos días de la Navidad, el bufete empezaba a disminuir su ritmo y a meterse en un periodo corto de hibernación. Las fiestas eran un momento del año para pasarlo en familia y no en una oficina, algo que todos sabían, por lo que el descanso era generalizado, tanto para los bufetes como para sus clientes. También era necesario después de meses llenos de tensión ya fuese fuera o dentro de aquella vieja fábrica de camisetas convertida en una moderna oficina legal. Mientras Melinda pasaría aquel día especial en Nueva York, con su madre y los padres de esta, su hermana, su cuñado y su sobrina, sin rastro de su padre, Cary lo haría con la suya en Washington, aunque la idea no le entusiasmaba demasiado. Sentirse más querido por parte de la familia de su novia que por la suya propia le hacía darse cuenta de lo miserable que podía ser su situación pero, aun así, estaba agradecido de que alguien lo quisiera. Sin embargo, lo que podría salvar la época del año más mágica sería pasar la Nochevieja con ella, quien era la única que le daba luz y calor a las oscuras y frías noches de invierno. Por ahora tendría que ser paciente y esperar a que su hermana y su sobrina estuviesen ahí, el único día del año en que las veía. Melinda hizo una pequeña maleta, echó un último vistazo al apartamento y cerró la puerta sintiendo cómo poco a poco se le cerraba la garganta. En el fondo, muy en el fondo, no quería marcharse de su casa. Era una sensación que siempre había tenido, la añoranza por su hogar, donde estaba a gusto y no le faltaba de nada, siguiendo sus propios planes sin tener que contar con el resto. A veces era una persona demasiado independiente a la que le gustaba estar sola, periodos de reconciliación consigo misma, de reflexión o simplemente de puro silencio; otras, era una persona extremadamente dependiente, necesitando el cálido abrazo de alguien o unas manos firmes por su cuerpo. Ahora se encontraba en una balanza perfectamente equilibrada donde tenía sus momentos de soledad y en los que apreciaba la buena compañía. Se dirigieron al aeropuerto en silencio, acompañados de la melodía de la lluvia que estaba cayendo, como si la ciudad de Chicago se sintiese triste por verlos partir durante unos días. "Te estás poniendo melodramática, Mel. Esto no es una novela de Danielle Steele, amiga mía", se criticó a sí misma con gracia. Tenía razón, eran unos cuantos días fuera de la ciudad, para recargar las pilas, pero era la primera vez que estaría separada de Cary y eso no le hacía mucha gracia. Intentando no hacer de ello un mundo y reprimiendo unas lágrimas tontas en la garganta, se despidió de él no sin antes desearle suerte ante lo que le esperaba y besándole para darle algo de fuerza. Los ojos se le llenaron de lágrimas al verle irse por los detectores de metales y seguir su camino. Ella tenía que seguir el suyo momentáneamente.

Hacía tiempo que no iba a Nueva York, la ciudad donde nació pero no la vio crecer. Llena de rascacielos, miles de diferentes tiendas y una diversidad cultural pasmosa, Nueva York siempre le resultó una jungla maravillosa por la que dejarse perder, con colores y sonidos que la distinguían de cualquier otro punto en el planeta. El taxi le hizo el pequeño recorrido desde el aeropuerto JFK hasta el Upper East Side, donde tenía su apartamento cerca de uno de los mejores hospitales de la ciudad, el Mount Sinai Medical Center, donde un día imaginó que pasaría años de su vida entre sus paredes. Taxis por doquier, pequeños puntos amarillos que destacaban entre la multitud de coches diferentes que se podían ver por la autopista, intentando llegar a sus destinos. Le gente solía reflexionar sobre la levedad del ser cuando miraba al cielo de noche, a los puntos titilantes de la órbita celeste allí a lo lejos, pensando que, a lo mejor, muchos de ellos ya habían sido apagados por el destino. Sin embargo, la reflexión de Melinda llegaba cuando se daba cuenta de que, a su alrededor, había decenas, centenas de personas que tenían sus propias vidas, sus propios sentimientos, días buenos y malos, miedos, alegrías, y que esos centenares de personas estaban rodeados a su vez de otros centenares, y así una y otra vez. No había que mirar al cielo para sentirse pequeño, sólo alrededor de uno para ver que éramos una gota de agua en un océano inmenso. El conductor la dejó en la puerta del bloque de apartamentos y tuvo la amabilidad de sacar la pequeña maleta del maletero, la misma que contenía un trocito de Chicago dentro de ella. El ático que tenía era un regalo de sus padres de hace tiempo, cuando terminó la carrera; una forma de instigarla a que se quedase en la Gran Manzana y pasase más tiempo con ellos. Sin embargo, Melinda no consiguió la plaza en el hospital que había querido y, junto con que su hermana se mudaba a Chicago, esta se convirtió en su nuevo hogar. Comparando ambos apartamentos, los estilos eran muy similares, donde el blanco, el negro y el rojo eran los anfitriones, perfectamente combinados y sin sobrecargar las estancias. Era un poco más pequeño, con las habitaciones justas para una familia de cuatro personas y, en vez de tener el salón acristalado, tenía una gran terraza con una mesa y unas sillas de color chocolate. Al fondo, se podía vislumbrar Central Park en el horizonte con su lago, un lugar especial para pasear un rato bajo la lluvia y respirar el aire puro.

Dejó la maleta encima de la cama y se quitó el abrigo, yendo después a dar un pequeño paseo por las diferentes estancias, quitando los plásticos que cubrían los muebles. Se dio una ducha de agua caliente para quitarse la sensación de humedad del cuerpo que la había perseguido durante todo el vuelo, dejando correr el chorro por su espalda. Al salir, puso la televisión en el salón para que la hiciese compañía mientras se preparaba un sándwich, aunque no tenía mucha hambre, como normalmente le pasaba cuando viajaba. Aburrida, se dejó caer en la cama en albornoz y se quedó un rato dormida. Tras pasar un par de horas sumida en un sueño reparador, le mandó un mensaje a su hermana para ver si se encontraba en el apartamento de su madre, no muy lejos de allí. Al ver que estaba toda la familia reunida ya, cuando ni siquiera eran las ocho de la tarde, decidió prepararse rápidamente y salir hacia el apartamento. Como estaba cerca, prefirió dar un paseo bajo un cielo encapotado pero no con vistas a que imitara el tiempo de Chicago. Con un vestido negro largo, unas bailarinas rojas y un abrigo largo color avellana, se dirigió hacia el hogar de divorciada que se había comprado su madre. Gloria había optado por algo menos moderno que su ático y con una tonalidad de colores diferente, con tonos claros plasmados en los muebles de madera que adornaban su casa. Fue su hermana Elia, con Amelia entre sus piernas, quien la abrió, dándole un gran abrazo. Dan, su marido, estaba ejerciendo de pinche de cocina de su madre mientras sus abuelos estaban en el salón tomándose una copa de vino.

Elia había conocido a Dan en un bar hace unos años, cuando se lo presentó una de sus mejores amigas. Era alto, con el pelo corto y moreno, ojos marrones con una pizca de verde en ellos. Fue amor casi a primera vista. Este estaba estudiando Administración y Dirección de Empresas cuando se conocieron; ahora era representante de una de las empresas de seguros más importantes del país, por lo que a veces tenía que viajar a otras ciudades para asistir a congresos. Dan echó mano a su sentido del humor y esa forma de reírse de sí mismo para enamorarla mientras se tomaban unas cervezas en aquel lugar. A los tres años de salir juntos, se casaron y al cabo del año, ya estaban aumentando la familia. Melinda se encontraba en ese punto de elegir la especialidad y la llegada de Amelia le hizo decantarse por la pediatría, aparte de la cardiología. Sus abuelos, por su parte, gozaban de buena salud aunque tenían los achaques propios de la edad.

Rafael y Virginia siempre habían sido unos abuelos afectuosos con un espíritu joven, dispuestos a correr detrás de sus nietos. Melinda recordaba su infancia con mucha felicidad y gran parte era por ellos, quienes la habían ayudado con los deberes, pasado algunos fines de semana y dado su amor incondicional. Fueron un gran apoyo para su madre durante el divorcio, a quien no juzgaron por su decisión en ningún momento, sino que asintieron ante ello y estuvieron ahí cuando los necesitó. Claramente, Richard se ganó dos enemigos más tras enterarse del motivo de la separación definitiva. No querían saber de él, ni él de ellos. Rafael seguía invirtiendo en bolsa, como le había dicho una vez a Cary, y todavía seguía teniendo el toque mágico para ello. Melinda veía crecer, junto con su hermana, su cuenta corriente, por lo que podía llevar una vida holgada que poca gente de su edad podría.

- ¡Melinda, qué guapa estás, cariño! – le dijo su abuela, quien fue hacia ella con los brazos abiertos y la copa de vino en una de sus manos.

- Gracias, abuela. Tú que me miras con buenos ojos – le respondió mientras la abrazaba. Virginia era más baja que ella y muy delgada; le daba una ternura tremenda cada vez que la veía –. ¡Abuelo! – le abrazó y él le respondió con fuerza.

- Cariño, por fin nos vemos. Trabajas demasiado, ¿eh? – le sonrió tímidamente.

- No paran de venir niños hacia a mí. ¡No les puedo decir que no! – se rio y su abuelo respondió de la misma forma.

- Calla, Rafa, que no es por el trabajo, sino por el novio ese que tiene. ¿Cary, no? – Virginia ya empezaba a tocar el tema de las parejas. Nunca había sido una abuela cotilla que hostigaba a sus nietos con conseguir pareja, por lo que esto era un poco nuevo para ella.

- Abuela…

- Nos lo tendrás que presentar, Mel. Me ha dicho tu madre que es muy guapo…

- ¡Y muy majo! – dijo Elia desde el otro lado del salón, donde estaba contemplando con su hija el gran árbol de Navidad que decoraba la estancia. Melinda puso los ojos en blanco dando el asunto por perdido.

- ¿Tienes fotos, cariño? – le preguntó cariñosamente su abuela. Mientras, su abuelo, se mantenía al margen estando en la cocina, yéndose al ver por dónde iban los tiros de la conversación. Su nieta sacó el móvil y buscó alguna foto en la que salían los dos. Encontró una de la fiesta del bufete en la que estaban especialmente guapos, muy arrimados con el brazo de él alrededor de su cintura mientras bebían un par de copas de champán. Se puso al lado de su abuela y le mostró la foto, la cual miró detenidamente.

- Esa sonrisa enamora, ¿eh? – le dio un codazo de colegueo y Melinda se quedó paralizada por la sorpresa, riéndose por dentro al mismo tiempo –. Se le ve majo, sí. ¿Qué tal le va con el bufete?

- Bien, aunque los comienzos son siempre duros, pero en el fondo está entusiasmado. Se encuentra bastante a gusto.

- Y tú estás trabajando allí, ¿no? – su abuelo acababa de llegar desde la cocina.

- Les ayudo económicamente y les apoyo, principalmente. Soy socia. Trabajar, trabajar, tampoco es – su abuelo la escuchó atentamente. Se notaba que la máquina estaba funcionando –. No me ha pedido ayuda en ningún momento, abuelo, lo he hecho yo porque he querido, ¿eh?

Vale, vale. Si yo no digo nada – la miró a los ojos –. Si tú eres feliz, Mel, sigue adelante. Nosotros queremos que estés bien y seas feliz – su abuela le agarró el brazo a su marido mientras sonreía a su nieta, quien le imitó el gesto.

A los pocos minutos se sirvió la cena, una con un toque muy español. A Melinda le costó darse cuenta de que estaba hablando en español con su familia y no en inglés como siempre hacía con el resto. Dan también lo hablaba y de forma fluida; primero por querer aprender un idioma hablado por millones de personas alrededor del mundo y, segundo, para que entendiese a su hija cuando le hablaba en él. La cena estaba compuesta de pulpo a la gallega, embutido variado, queso y unos langostinos cocidos que presidían la mesa, bañado todo con vino tinto. Todos cenaron animadamente charlando de sus cosas, pero la verdadera princesa era Amelia, quien no paraba de hablar de sus amigos y de lo que hacía en el colegio. En el fondo, estaba nerviosa porque Santa vendría aquella noche a dejarle los regalos que le había pedido.

Melinda llevaba increíblemente bien aquella época del año, aunque no le gustaba en absoluto. Ver a Amelia tan nerviosa y animada le recordaba a ella de pequeña cuando veía la cabalgata de los Reyes Magos en enero cuando tenía su misma edad, y todo era mágico y especial. Sin embargo, esa mentira piadosa que hacía que los niños creyesen la había marcado para siempre, haciendo que esa ilusión se rompiese cuando supo la verdad. Ahora se conformaba con trabajar mucho, intentar no ser el Grinch delante de todo el mundo y disfrutar si podía al ver a su sobrina así, más charlatana que de costumbre por sus nervios. Su hermana, su cuñado y la pequeña se quedaban en su apartamento mientras que sus abuelos se quedaban con su madre. Antes de medianoche, los cuatro se marcharon y Amelia no esperó mucho tiempo a dormirse junto con su tía, una pequeña tradición que tenían ambas. Antes de cerrar los ojos le mandó un mensaje a Cary para saber cómo iba todo.

- ¿Qué tal la cena? ¿Has tenido que tener mucha paciencia?

- No ha estado mal. Mi hermana, su marido y mi sobrina han estado por aquí. Han preguntado por ti.

- Igual por aquí. Causas sensación. ¿Tu padre se ha portado?

- Sí. El ambiente ha estado tranquilo.

- Me alegro. Te echo de menos.

- Y yo a ti. ¿Qué llevas puesto? – Melinda se rio.

- ¿De verdad me estás preguntando eso?

- ¿No te apetece?

- Tengo a Amelia por aquí. Ahora mismo es lo que menos me apetece – aunque no le veía, podía imaginarse a Cary sonriendo al teléfono.

- Entonces me aguantaré las ganas. Pasado mañana te veo, ¿no?

- Sí. No te pongas a trabajar ahora que te conozco. Descansa que te queda el día de mañana.

- Tú tampoco.

En la casa de Melinda, Santa había parado. A pesar de que no había árbol de Navidad, los regalos estaban en el salón esperando a ser abiertos. Sin embargo, aunque Amelia se moría por ello, tendría que esperar a que fuesen al apartamento de la abuela y allí abrir todos. Melinda ya tenía preparado su propio capricho, un poco de merchandising seriéfilo variado: otra camiseta de Breaking Bad, unas figuras de Sons Of Anarchy, Hannibal y el pack de la serie completa de The Sopranos. Aunque su madre y su hermana pensaban que parecía que tenía una enfermedad grave con las series de televisión, lo que no sabían es que eran su compañía perfecta tras un día de duro trabajo, o para pasar simplemente el tiempo. La implicación que sentía con sus series era comparable con la que tenía con algunas personas de su vida, una relación de amor-odio, con risas y llantos de por medio que hacía que fuese muy real, imposible de negar. Los turnos de noche se pasaban más deprisa con un buen maratón de varios episodios seguidos, de varias series o de una única, adentrándose una poco a poco en la historia y forjando relaciones con sus personajes. Melinda ya imaginaba lo que iban a pensar su madre y su hermana de sus regalos, pero para una vez que se daba un buen capricho, no iba a dejar que ellas se lo amargasen.

Mientras Gloria, Virginia y Dan iban preparando la comida para dejarla calentándose, Amelia devoraba los regalos, formando una montañera de papel de regalo por donde pasaba. Un coche para las muñecas, varios libros adecuados para su edad, unos pendientes y un collar de Minnie Mouse y un peluche de Superman, que se uniría al grupo formado por Wonder Woman y el Batman y Bilbo de su tía. El superhéroe tomaría el papel de amigo de la pareja, que había adoptado al hobbit. El resto abriría sus regalos después de la comida. Para cambiar, esta se componía de una pierna de cordero con patatas asadas con opción a completarlo con lo que había quedado de la cena anterior. "Muy español, como debe ser", se dijo a sí misma con tono jocoso. Y es que, al fin y al cabo, seguía viviendo entre dos mundos muy distintos separados sólo por el océano Atlántico.