*¡Bienvenidos una semana más! Este capítulo es un poco más reflexivo dado que la fecha lo requiere: el cumpleaños de Melinda. Atentos a la metareferencia que guarda.

Os animo a marcar este fanfic como favorito, a seguirlo para que no os perdáis los dos últimos capítulos que le faltan a esta primera parte, y a comentar lo que os está pareciendo*

28

Cua, cua

- Dele el jarabe para la tos cada seis horas, señor Wiley. El resto es lo mismo que en catarros anteriores – dijo Melinda con una media sonrisa.

Andrew Wiley había ido con toda la tropa hasta su consulta para que viese a la mediana de sus hijos. Ya llevaba un tiempo tratándolos y, aunque le parecían un poco trasto, les podía soportar de cuando en cuando.

- Gracias, Melinda – se mostraba dubitativo pero finalmente pareció armarse de valor –. También venía a traerte esto – sacó de la mochila un pequeño león y se lo entregó.

- Te lo agradezco. Un regalo adelantado de cumpleaños – se asomó una sonrisa en su gesto.

- Una apuesta es una apuesta – Melinda todavía se acordaba de las palabras de Wiley hacía tan sólo un par de semanas. La amenaza de que Kalinda estaba pululando alrededor de Cary la habían desanimado un poco y había activado todos sus sentidos hasta el extremo. No quería que su novio cayese ante la piedra que ya le había hecho perder el equilibrio más de una vez.

- ¿Papá? – la hija mayor de Andrew empezó a tirarle de la manga.

- ¿Qué pasa, cariño?

- ¿Por qué le has dado el león a la doctora Cavanaugh? – al ver que Andrew se quedaba un poco paralizado, Melinda decidió entrar en acción. Se acuclilló frente a la niña para tenerla a la misma altura.

- Tu padre me ha dado la misión de cuidar al león durante un tiempo. Él ya tiene que cuidar de vosotros y yo me puedo hacer cargo de él. ¿Qué te parece? ¿Quieres que lo cuide? – la niña asintió con la cabeza. Melinda le sonrió como respuesta.

Ella ya pensaba en el día más especial de febrero, su cumpleaños, dejando de lado la otra cita del mes: san Valentín. Cary había estado bromeando sobre ello días antes, sobre lo que podrían hacer para conmemorar el día del amor universal, pero ella prefirió pararle los pies. Jamás había celebrado el catorce de febrero y no apostaba por que eso fuese a cambiar. Para ella, aquel día tenía un significado muy diferente: era el segundo cumpleaños de su padre. Richard Cavanaugh tenía dos cumpleaños: el natural y el que se ganó con el primer infarto. Melinda tenía diez años cuando presenció cómo su padre adquiría un color pálido en su rostro sudoroso. La noche se presentaba con normalidad hasta que Richard le dijo a su mujer Gloria que se encontraba mal, como si hubiese pillado la gripe, y que se iba momentáneamente a la cama. Sin embargo, no era la gripe sino un infarto en toda regla: sudores fríos, dolor en la parte derecha del cuerpo... Melinda todavía se acordaba de cómo se rio del comentario que hizo su madre sobre la blancura de la piel de su progenitor. Elia se dedicó a cuidar de su hermana el resto de la noche en el salón viendo la televisión, siendo testigos al mismo tiempo de cómo los servicios de emergencia recorrían el pasillo de la casa que comunicaba la entrada con la parte posterior de la vivienda, donde se encontraban las habitaciones. Melinda también recordaba de forma vívida en su cabeza cómo su madre mantuvo la compostura, llamó a la familia para contarles lo ocurrido y a un familiar cercano para que se hiciese cargo de ellas el resto de la noche; el nombre del programa que estaban viendo en la televisión, incluso el comentario de uno de los ATS diciendo que, tras lo ocurrido, su padre debería regalarle un ramo de flores a su madre, ese que nunca pasó por casa. Para Melinda fue un trago duro que tuvo que pasar, una experiencia que le hizo madurar a pasos agigantados junto con los problemas familiares en los que se vio envuelta más tarde. Todavía llevaba la culpa de haberse reído del comentario de su madre comparando la tez blanca de su padre con la pared, el miedo que sintió por si pasaba algo mucho más grave, el recuerdo de su padre llorando al verlas llegar a casa tras el colegio y que él recibiese el alta médica. Por eso se convirtió en cardióloga, porque no quería ver cómo ningún niño sentía aquel pánico que sintió ella con diez años. Ahora, con el tiempo, prefiere no pensar en esa culpa ni ese miedo que se han visto equilibrados con el dolor, la frustración y la desesperanza por la relación con su padre. A veces se sentía libre de ellos cuando intentaba convencerse de que ya no valía la pena sentir nada por él. Cary aceptó sus razones y añadió alguna más:

- Tampoco necesito un día al año para decirte lo mucho que te quiero, ¿verdad? Para eso ya tengo los 365 días al completo – la besó dulcemente en los labios y ella se dejó llevar por la magia del encuentro. "No puede ser más mono, ¿verdad?".

Faltaban pocos días para su cumpleaños y no podía importarle menos. Su relación con el día de su nacimiento era, por así decirlo, no muy distinto al de otra gente. "Hacerse mayor es una mierda", respondía su subconsciente cada vez que pensaba sobre ello. Por ahora, cumplir años no suponía un gran esfuerzo ni tenía consecuencias catastróficas en su piel con las temidas patas de gallo, las arrugas y otros matices que le traían más bien al pairo, sino que significaba que, cada año que pasaba, su niña interior se iba empequeñeciendo. Aún recordaba cuando era una mocosa e imaginaba que algún día sería mayor, teniendo todos los requisitos para coger el coche de su padre, ese que ahora mismo tenía, y conducir, uno de sus grandes sueños. Luego llegó el día, tener dieciocho años, ser una adulta para lo sociedad – por lo menos en España, en Estados Unidos tendría que esperar tres años más –, consiguió el carnet de conducir y tampoco le pareció la mayor de las hazañas. "Bueno, me hizo ilusión en un primer momento…", se defendió a sí misma. En ese instante de su vida, en la más tierna infancia cuando parece que las nubes nunca tapan al sol, cuando el colegio no es una carga pesada y las vacaciones parecen eternas, uno no se da cuenta de las grandes responsabilidades que conlleva hacerse mayor, ganar años, crecer y convertirse en un adulto. A veces, cuando estaba con su sobrina, el único deseo que se le pasaba por la cabeza es que no creciese jamás, que se quedase en esa etapa de la vida donde la felicidad se consigue con simples gestos, sin esfuerzo de algún tipo. Era una niña despreocupada que el único problema que podría encontrar es que no sabía cómo continuar la historia que estaba escribiendo con su tía y sus juguetes. Melinda echaba de menos esa etapa, una muy feliz hasta que todo cambia y uno se da cuenta de lo que realmente ocurre. La mente de uno va cambiando, las relaciones no se ven igual, los amigos te pueden dejar de lado, la familia no sólo la forma la sangre, sino que de repente, por muy tuya que sea, te puede dar una patada en el trasero y hacer perder el equilibrio. Ves a tu madre llorar, no entiendes lo que pasa y te lo explican, te hacen partícipe de una historia que, aunque ya te habías dado cuenta de algo, ahora se abría ante ti como un libro. Los sucesos evolucionan y te golpean en la cara, estás dentro de esa historia y lo ves todo mucho más claro; la gente no es realmente cómo se muestra, sino cómo se oculta. Empiezas a ver la maldad en las personas, la falsedad, el interés, la ambición que se torna oscura siendo víctima de sí misma, contemplas el engaño y cómo la gente, a pesar de los años, puede ser más ciega que un topo. Ves que es tu propia sangre la que te hace desplantes y luego carga la responsabilidad de las consecuencias de sus actos a otras personas. Poco a poco te vas haciendo un adulto, ganas en responsabilidad e independencia. Más cargas no sólo en tu vida personal sino también en la escolar: trabajos, ejercicios, presentaciones, exámenes… En esa vorágine de cambios llamada adolescencia no sólo tienes el peso de tu día a día como ser humano, sino que también tienes el de tu futuro, un plan ideal compuesto en tu mente, una historia de fantasía que esperas que se cumpla. Nadie te considera una persona madura y tienes semejante misión ante tus ojos. "Demasiado pronto, demasiadas inseguridades y miedos", te repites más de una vez. Pronto llegará el sufrimiento y la decepción, no sólo a ti mismo sino también a los tuyos, a los que te rodean. Ese es la decepción más dura, la más oscura que uno pueda experimentar. La decepción a uno mismo se puede sobrellevar hasta cierto punto, se puede asumir en el silencio y en la oscuridad de tu habitación, callando el llanto por las noches, pero ver la decepción y el dolor en otros es imperdonable y terriblemente doloroso. Melinda se había preguntado millones de veces a lo largo de su vida por qué la gente tenía tanta fe en ella, en que elegiría el buen camino, en que sabría lo que hacer. Había sido una niña modelo, el mejor de los trofeos para sus padres junto con su hermana, pero ella no tenía fe en sí misma. Hubo algún tiempo en que Melinda era extrovertida, no tenía miedo a decir lo que se le pasaba por la cabeza, pero eso cambió y se encerró en su propia concha, teniendo como compañera a la timidez y la inseguridad. Durante su época escolar tenía como lema que nunca se confiase, que estuviese siempre alerta, preparada para la batalla. Eso le llevó a pensar que esa era la razón por la cual todo el mundo tenía esa confianza en ella que Melinda misma no tenía. Cuando por fin dio el paso de contarles a sus padres que no se dedicaría a la abogacía después de estar cuatro meses cursando el primer año de carrera, vio la decepción en los ojos de su padre, hecho que le marcó para siempre. Había dejado a mucha gente atrás: amigos que no lo eran realmente, otros que le dieron de lado, otros a los que se la dio ella, personas que la defraudaron, pero nunca pensó que, a lo mejor, dejaría a su propio padre en el pasado, en algún momento de su vida. Hacerse mayor suponía enfrentarse a los problemas, a la decepción, a las malas decisiones, a los gastos, a las responsabilidades; era hacerse esclavo de la vida en vez de cogerla por los cuernos y disfrutarla. ¿Cuánto hacía que no se sentía plena como persona, que había dejado las preocupaciones a un lado y se había marchado a la playa, a algún sitio apartado, y había gritado a los cuatro vientos liberándose? Crecer no es el marco ideal que una vez se imaginó, no había llevado a cabo el plan que tenía mente. Sí que había llegado a ser doctora, sí que tenía un puesto importante, pero había dejado su vida personal a un lado. Sí tenía un novio al que adoraba, que la hacía feliz pero, ¿por cuánto tiempo? ¿Realmente estaba en peligro por el pasado de Cary, todavía presente? ¿Volvería a ver la decepción en los ojos de los suyos, su madre, su hermana, si llegase la terrible noticia de una ruptura? ¿Podría soportarlo acaso? Y no, no se había convertido en madre, un sueño al que tenía mucho miedo pero, si tuviese a una persona al lado que la acompañase, sabía que podría hacerle frente. ¿No se había imaginado con Cary en esa situación? ¿Lo habría hecho él?

Se vio sola en su habitación, en la más absoluta penumbra, llorando sentada en la cama. "Hacerse mayor es una mierda", se repitió otra vez; "te deja así, pensando sobre tu vida, sobre lo mucho que posiblemente la habrás malgastado, en el tiempo que no vas a recuperar y que el final puede estar más próximo de lo que te piensas". No quería pensar que había tirado todos estos años por la borda, que lo que había hecho resultaba en vano, que no valía nada. Encontrar ahora la felicidad suponía un mayor esfuerzo, ya no servía cualquier cosa para arrancarle a uno una sonrisa o un pensamiento alegre. Se había vuelto compleja y exigente, en ocasiones demasiado, preguntándose si se había pasado, si no le hacía más mal que bien; luego llegó a la conclusión que eso la convertía en un tesoro entre tanta basura, es un jeroglífico que pocos podrían descifrar y llegar hasta el verdadero misterio que albergaba, ella misma.

Se quedó dormida en su cama durante un buen rato, tanto que perdió un poco la noción del tiempo. Al abrir los ojos vio que había luz al final del pasillo. Cary ya estaría en casa. Decidió hacerse la remolona y estar simplemente en la cama, tumbada, tocando con sus pies la fría pero placentera colcha. De repente se volvió a dormir sin darse cuenta. Sacaría esa conclusión más tarde, cuando encontrase unos brazos abrazándola por detrás con fuerza, como si no quisiese que se escapase. Cary se dio cuenta de que alguien volvía al mundo de los vivos.

- Creía que no te despertarías hasta mañana – enterró su cabeza en el cuello de ella donde le dio un beso.

- Necesitaba esta siesta. Demasiado trabajo – dijo mientras se daba la vuelta para mirarle. Por un momento cerró los ojos y ella misma se hundió en su pecho. Él la recibió con gusto.

- Ya he visto que tienes un novio amigo. Cada vez te los buscas más fieros, ¿eh? – ella no lo vio pero sabía que había puesto esa sonrisa de niño bueno.

- Tu amigo Andrew me lo debía. Al final era una conspiración contra Bellamy.

- Y ganamos el caso – hizo una pequeña pausa –. Tómatelo como un inesperado regalo de cumpleaños.

- Eso mismo dije yo – esta vez ella le sonrió a él.

- ¿Preparada para hacerte un año mayor? – Melinda soltó un gruñido y se tapó la cara en la almohada –. ¿Qué? – Cary estaba extrañado.

- No me gusta cumplir años – respondió cuando se decidió a dar la cara –. Los días antes me vengo abajo y me acuerdo de que ser adulto es más bien un grano en el culo que tengo que soportar. Ojalá volviese a los tiempos en los que pintaba con los dedos. Todo era mucho mejor, más sencillo – volvió a enterrar su cara en la almohada.

- Venga, Mel, que tampoco es para tanto. Piensa en toda la gente que va a celebrar tu cumpleaños, que va a estar ahí. Al menos te llamarán o te enviarán un mensaje. Yo todavía sigo esperando en el caso de algunos… – tenía razón, al menos tenía a su familia que se alegraba de su existencia, no como Jeffrey Agos, quien pasaba de su hijo excepto si se le presentaba la oportunidad profesional para la que necesitaba su ayuda.

- ¿Ya estás utilizando tus miserias familiares para hacerme sentir mejor, Agos? – se rio en cuanto vio su cara. Él respondió de la misma manera tomándoselo a bien. Realmente ella llevaba razón, sacaba su propia porquería para que viese la suerte que tenía.

El veintidós de febrero, los dos patitos como siempre se había referido su madre, fue el día en que nació. Todos los años, de una forma u otra, acababa escuchando cómo llegó a este mundo de boca de su progenitora. Cuando era pequeña, de su padre también. Después, con el tiempo, su cumpleaños se convirtió en el momento en que su padre prometía no fallarle nunca más, que tendría paciencia y la apoyaría en todo. Eran promesas falsas que provenían de un hombre que lo había tenido todo y que, poco a poco, se iba convirtiendo en un perdedor. Ya no esperaba que la llamase y, una parte de ella, tampoco lo quería, aunque sabía que la otra se iba a sentir terriblemente defraudada. No había forma de arreglar algo que ya llevaba muchos años roto y en donde ninguna de las partes estaba dispuesta a ello, uno por su cabezonería, su orgullo y su ego, la otra porque pensaba que era un fraude, el dolor era demasiado grande y el cansancio profundo y asfixiante. Esta vez, con novedades en su vida como el bufete y la presencia de Cary, había decidido tomarse su cumpleaños de la mejor manera posible, centrándose en lo positivo y dejando lo negativo para el resto del año. Ese día era el suyo y nadie se lo podría amargar. Caía en domingo, por lo que no tenía que trabajar y lo podía pasar con la familia. Su novio se encargó de que el comienzo de su día fuese perfecto con un buen desayuno compuesto por tostadas, mermelada y un buen zumo de frutas en la cama.

- Todo para mi cumpleañera – le había dicho antes de darle un beso en la frente y ella atacase las apetitosas tostadas que tenía enfrente.

Era raro no estar en su cama, en su casa, el día de su cumpleaños. Hacía tiempo que no pisaba el apartamento de Cary ya que, casi de improviso, él se había ido a vivir con ella. No era una cosa definitiva sino que pasaba más tiempo allí con ella que en su propio domicilio, por lo que decidió llevar algunos de sus enseres para no ir cargando con ellos todos los días. Pensándolo bien, su relación con Cary se había desarrollado con mucha naturalidad, haciendo el tránsito de vivir por separado a vivir juntos de una manera en la que no se habían dado cuenta. Simplemente pasó, lo vieron razonable y casi ni lo discutieron. Él se quedó a dormir una noche, esa una se convirtieron en dos y así se quedó el asunto. Estar de vuelta a aquel lugar le permitía al menos recordarlo ya que su imagen se iba borrando con el paso de los meses. Era un sitio recogido pero al mismo tiempo daba una sensación de amplitud. Melinda se lo achacaba al suelo de madera de color claro, lo que aportaba también un toque juvenil. Era un lugar típico para un soltero, lo que hacía que su mente se desviase hacia otros temas, pero prefirió borrarlo de su mente. En su día no había cabida para Kalindas ni para Richards, ni para cualquiera que quisiera hacerle daño. El invierno abrazaba Chicago por lo que evitaron salir del apartamento a toda costa. Melinda ni siquiera salió de la cama, donde se encontraba de lo más a gusto. Simplemente se dedicó a mirar el correo y a responder a los mensajes de felicitación que poco a poco iba recibiendo. Cary se encontraba junto a ella descansando y permitiéndose un día de desconexión, aunque a veces miraba el móvil por si recibía algún mensaje también.

Ya por la tarde el plan cambió y decidieron ir a ver a la familia de ella, quienes los estaban esperando en la casa de Elia. O eso al menos creía Melinda. A mitad de trayecto en coche, Cary le vendó los ojos y ella se dejó llevar por la sorpresa. Sin embargo, no le costó mucho reconocer dónde estaban cuando subió en un ascensor, era su propio apartamento. "¡Por eso esta noche has dormido en su cama! ¡Sorpresa al canto!", se dijo. Tras abrir la puerta y quitarse la venda, pudo ver a su madre, hermana, cuñado y sobrina en primera fila gritando "¡Feliz cumpleaños!" y soplando los matasuegras. Lo que no se esperaba en absoluto es que gran parte de Florrick, Agos & Associates estuviese en su salón metido, el cual estaba decorado con globos y una gran pancarta que decía "Felicidades" en gran tamaño. Melinda se quería morir de la vergüenza pero, al mismo tiempo, se sentía una de las mujeres más afortunadas del mundo. Ya no recordaba cuál fue la última vez que tuvo una fiesta de cumpleaños; se inclinaba por su infancia aunque era un dato que tendría que consultarlo más bien con su madre. Robyn fue la primera que se la acercó del grupo del bufete, siempre pizpireta y con una dosis extra de energía. Estaba más que encantada de estar allí y poder felicitarla en persona. Clarke Hayden se encontraba tras ella, siendo mucho más reservado que la investigadora. Carey también había ido; a Melinda no le terminaba de caer bien pero agradecía el gesto. De parte del grupo recibió un taco de tarjetas de visita para que pudiese dárselas a los clientes que fuese encontrando en fiestas u otros eventos. Era un buen detalle ya que no se había parado a pensar que las necesitaría en algún momento. En ese mismo instante, leyendo su nombre en el trozo de papel, se acordó de la escena de las tarjetas de American Psycho. ¿Qué pensaría el señor Patrick Bateman de la suya? Su familia optó por algo más práctico como un juego de pendientes y gargantilla de plata, de estilo sencillo pero que le iba a la perfección a Melinda. Era muy acorde para alguna de los eventos de recaudación a los que asistía o incluso para alguna reunión muy formal. Cary, en cambio, encaminó su regalo hacia su vena más friki y le regaló el pack de la serie completa de las Gilmore Girls. Ella no pudo más que abrazarlo y besarlo. Tras los regalos, ya era hora de soplar las velas y comerse la tarta que todo el mundo estaba esperando. Desde que era bien pequeña, la tarta había sido de chocolate y ya era demasiado tarde para cambiar la tradición.

- Pide un deseo, Mel – le recordó Cary.

Todos los años pedía siempre lo mismo. Al ser su cumpleaños, ese deseo se limitaba a ser egoísta y se lo dedicaba a sí misma, una labor que no resultaba fácil en los tiempos que corrían preocupándose por todo el mundo. Lo dijo mentalmente, cogió aire y sopló las velas. Los invitados empezaron a aplaudir y ella empezó a cortar la tarta y a repartir entre los asistentes.

- Espero que tu deseo se haga realidad, Mel. Te lo mereces – la besó su novio en la mejilla.

- Eso espero yo también – y no dudó un segundo en atacar su trozo de tarta.