*¡Bienvenidos una semana más! Estamos en el penúltimo capítulo de la primera parte y las cosas se van complicando por momentos. ¿Estáis preparados para la traca final? En dos semanas sin falta.

Si os está gustando la historia, no dudéis en agregarla entre vuestros favoritos, seguirla para nuevos capítulos (así no os perderéis el final) y dejar algún comentario con vuestra opinión sobre la historia.*

29

Trampas e ¿infidelidades?

Hacía tiempo que Melinda no se daba un momento para quedar con sus amigos y poder ponerse al día. En el fondo, con las nuevas tecnologías y la instantaneidad de estas, era imposible que no supiesen qué pensaban o que no se contase cualquier chascarrillo, pero eso no quitaba la importancia que tenía verse en persona, compartir una comida o un café y reírse hasta las lágrimas o estrujar los corazones hasta el llano mientras se contaban las últimas novedades. Hacía años que contaba con un grupo de amigos de lo más reducido pero fuerte y estable. Se habían conocido en el instituto y, con el paso del tiempo, de los vaivenes emocionales de cada uno de ellos, su amistad se fue fortaleciendo hasta el día de hoy. Se conocían demasiado aunque eso no quitaba que le sorprendiesen las ocurrencias que tenían. Era un grupo de lo más sano, con unas bases fuertes forjadas por la experiencia, y de lo más variopinto. Tenían puntos en común, unos más que con otros, pero eran diferentes, habían evolucionado de distintas maneras y eso convertía el viaje en algo mucho más interesante y especial. Melinda era la única mujer de los cuatro componentes de aquella pequeña familia y la mayor de todos, por lo que a veces se sentía un poco la madre de "sus chicos". No se lo tomaba a mal, al contrario, con el tiempo se convirtió en una gran responsabilidad pero sin perder el tono cómico que presentaba la situación. Por un tiempo fue la organizadora de las quedadas que montaban, trazaba el itinerario; quería tener todo bajo control, cosa que le encantaba. Luego, prefirió que todo el mundo se involucrase en la tarea, aunque lo dificultaba más, por lo que quedar no se convirtió en algo sencillo. De todas formas, cada vez que se reunían lo pasaban bien. No fue así durante una temporada, cuando Melinda, al llegar a casa, sentía que la reunión distendida con ellos no le había llenado como otras lo habían hecho anteriormente. Fue entonces cuando se propusieron quedar no porque querían ir a algún lado a comprar, sino porque tenían la necesidad de quedar. Era un momento no sólo para hablar de ciertos temas que requerían verse en persona, sino también como un momento de desconexión de la facultad, los padres o posteriormente el trabajo.

Melinda andaba enfrascada en la conversación de grupo que tenía con ellos, intentando poner de acuerdo a todo el mundo.

- ¿Podemos simplemente quedar, por favor? Esto se está convirtiendo en algo más difícil de lo que es aparentemente – dijo ella.

- ¿Y a dónde vamos? – escribió Néstor rápidamente.

- A donde sea. Venga chicos, hace tiempo que no os veo y tenemos pendiente la celebración de mi cumpleaños.

- ¿Vamos a comer a aquel restaurante de la última vez? Tenía unas buenas hamburguesas y dijimos de volver – respondió John.

- ¡Por mí perfecto! – tecleó de inmediato Melinda.

- ¿Pasado mañana podéis? ¿Qué os parece? – sugirió Mike.

- ¡Vale! – respondieron todos.

Al cerrar, más o menos, la quedada con sus amigos, empezó a contemplar a su alrededor, a aquellos abogados que no paraban de ir de un sitio a otro con carpetas en la mano. A veces le daba la impresión de que simplemente se paseaban y que realmente no trabajan. Al ir a comprobar una cosa en su móvil oyó sus voces. Alicia y Cary habían vuelto.

- ¿Doble jurado? ¿Es eso posible? – se encontraban en la oficina de Alicia, con esta sentada en su asiento mientras la pareja estaba de pie.

- Sí, y en la misma sala – se notaba un tono de resignación en la voz de ella.

- No me parecería extraño si esto no lo han utilizado en una sitcom para tener más gags. ¿Y qué vais a hacer? ¿Trabajar con Lockhart & Gardner o contra ellos? – preguntó Melinda.

- Estamos seguros de que van a ir en nuestra contra, por lo que ya hemos puesto a Robyn a investigar al cliente, a ver si podemos dejarle en una mejor posición – respondió Cary –. También hemos visto que el Grupo Paisley podría estar pensando en abandonar el barco de Lockhart & Gardner.

- ¿En serio? – preguntó intrigada Melinda –. Nos vendría estupendo atraerlos hacia el nuestro.

- Estamos viendo cómo acercarnos a ellos. Si tienes alguna sugerencia es bienvenida – Melinda hizo un gesto de aprobación. Cary prefirió dar el asunto por zanjado y volver al caso –. Sería mejor que fuese el abogado principal, Alicia. Ya sabes, para que las cosas no se pongan emocionales – la mirada de ella fue todo un poema. Se mantenía tranquila pero hubo algo en la oferta de Agos que no le gustó a Florrick.

- No voy a volverme emocional. Estamos en el mismo bando.

- No me refiero a ti, sino a Will. Intentemos dejar lo emocional fuera – Cary estaba siendo compresivo e iba con tiento para que Alicia no saltase de alguna forma.

- Vale. Sé el abogado principal.

- ¿Soy yo o parece que le ha molestado un poco que seas abogado principal? – le soltó Melinda cuando se fueron de su oficina.

- Para nada. No te preocupes, Mel – le agarró de los hombros gentilmente –, no pasa nada.

- Te mereces ser abogado principal, Cary. Ya has chupado demasiado banquillo. Es tu momento para brillar – le sonrió y él la besó.

- ¿Qué haría sin mi animadora favorita, eh?

- ¿Quieres que lleve unos pompones al juzgado y coree tu nombre? Tendría que comprarlos pero lo puedo hacer – ambos se rieron ante la idea –. Antes de que se me olvide. He quedado pasado mañana con mis amigos para, ya sabes, celebrar mi cumpleaños. No pudieron ir el día de la fiesta por trabajo y me vendría bien ponerme al día con ellos.

- ¡Claro, ve! Tendré que trabajar de todas formas. Por si se me olvida, salúdalos de mi parte. Son unos tíos geniales.

Después de salir del hospital tras un duro día de trabajo, se metió en el coche y se dirigió al lugar del encuentro. El restaurante tenía un estilo rústico debido a la madera que inundaba el local, de tamaño considerable pero acogedor. Sus vistas al lago Michigan eran una de las atracciones de los clientes, además de la comida, la cual estaba buenísima. Repitieron la misma comanda que la anterior vez: cuatro hamburguesas hechas a la parrilla acompañadas por sus correspondientes patatas fritas y unas cervezas. En momentos de clarividencia, Melinda se daba cuenta de lo mucho que había crecido su amistad y de lo cambiados que estaban en comparación con la época del instituto. Unas fotografías salidas del baúl de los recuerdos tenían gran parte de culpa de aquella reflexión. Néstor había sido el único abogado al que le abrió su corazón, siempre como amigo. Se llevaban a las mil maravillas y podía decir que, si se tenía que quedar con una persona del grupo, sería él al que elegiría como su mejor amigo. Su relación era especial. Sus padres los habían criado de forma muy similar, sus problemas familiares habían sido un gran lazo de unión entre ellos y que fuese tan abierto mentalmente le había dado un remanso de paz interior. Comprendía hasta la postura más extrema que pudiese adoptar sin ningún tipo de sermón en la recámara. Podía hablar de cualquier cosa con él y ambos lo sabían perfectamente. Néstor era bisexual, un descubrimiento que cogió por sorpresa a Melinda pero que, con el tiempo, fue aceptando perfectamente. Fue un shock al principio pero luego era comodísimo hablar de hombres con él. Por su parte, John era todo lo contrario a Néstor. Venía de una gran familia de tradición católica, un aspecto que difería por completo de Melinda. Esta le envidiaba por la gran cantidad de primos, hermanos, tíos, que tenía. Todos se apoyaban los unos a los otros, algo que Melinda no había experimentado. Sin embargo, una de las cosas sobre las que no podía hablar tan abiertamente era sobre la religión, un tema que los ponía en bandos totalmente opuestos pero se respetaban mutuamente. John aceptó la bisexualidad de Néstor y eso le permitió abrir un poco más su mente de católico. Era un apasionado de las matemáticas desde que lo conoció, por lo que no le resultó extraño a ninguno que continuase su formación en la universidad. Trabajaba actualmente en una consultoría, aunque no descartaba la posibilidad de sacarse un doctorado y ejercer como profesor universitario algún día. Por último, Mike era enfermero y trabajaba en el mismo hospital que Melinda. Al principio de su amistad era un tío de lo más reservado, no se soltaba con ellos y, particularmente, Melinda pensaba que no lo conocía para nada. Sin embargo, eso fue cambiando y Mike fue saliendo de su caparazón poco a poco. En su época académica, Mike era un magnífico estudiante, ambicioso y trabajador, cualidades que había trasladado a su trabajo hospitalario. Aunque trabajaban en distintos departamentos, era la persona a la que más veía en su día a día.

- Melinda, te tenemos que decir que no tenemos tu regalo todavía pero… lo tendremos pronto – dijo John después de darle un sorbo a su cerveza.

- Lo habéis pedido por Internet y se ha demorado más de la cuenta, ¿verdad? – les dedicó una media sonrisa y John bajó la cabeza como señal de culpable.

- Sí, pero la próxima vez que nos reunamos te lo damos sin falta.

- No os preocupéis, en serio. Necesitaba quedar con vosotros y que se nos fuese la pinza un rato. He tenido una serie de reuniones para conseguir fondos para el hospital y estoy exhausta.

- Estar en la junta es una mierda. Menos mal que a mí esas cosas no me tocarán nunca – Mike cogió una patata frita y se la comió.

- Eres un afortunado y lo sabes.

- Hey, te mereces el puesto. Has trabajado muchísimo para llegar hasta ello. Y ten en cuenta una cosa – hizo una pequeña pausa para masticar otra patata –, si consigues pasta para el hospital te tratarán como a una heroína y, ¿quién no quiere ser un héroe estos días, eh?

- Bueno, basta de hablar de trabajo, ¿vale? Sí, somos gente muy ocupada, con cargos muy guays y trabajamos un montón – Néstor dio por terminada la sección de quejas –. Vayamos a lo interesante. Melinda – hizo una pequeña pausa para darle emoción a lo que venía a continuación –, ¿qué tal tu vida sexual con Cary? – esta se quedó atónita pero empezó a reírse después del impacto inicial –. Recuerda una cosa, amiga: vivimos nuestra vida sexual a través de la tuya.

- ¡Eso no es cierto! Tú te has acostado con más gente que yo los últimos dos años, ¿o no te acuerdas?

- Ya pero era sólo eso, sexo. Tú tienes el santo grial que estamos buscando todos: una relación.

- Hey, que yo tengo pareja – soltó Mike.

- "Concubino" no nos sirve, Mike. Además, hace tiempo que estás con él. Necesitamos sangre fresca – respondió Néstor –. Bueno, ¿cómo va la cosa?

- Bastante bien. Me organizó una fiesta por mi cumpleaños, como bien sabéis, y le sigo ayudando con el bufete. Nuestra relación se va estabilizando, algo muy normal después de estar varios meses saliendo.

- ¡Casi ocho, querida! – apuntó Néstor.

- Creo que has prestado demasiada atención a mi vida sentimental, Néstor – todos se rieron. Melinda optó por beberse un cuarto de su cerveza.

- Me alegra que os vaya tan bien, Mel. Es un tío estupendo. Podíamos haber sido más duros con él cuando nos lo presentaste pero le dimos un poco de boleto. Conocer a los amigos de tu novia es una cita importante en toda relación – John le sonrió y Melinda le agradeció sus palabras.

- ¿Ha habido algún problema con la tipa esa que nos dijiste? ¿Cómo se llamaba? – Mike chasqueó los dedos intentando acordarse del nombre.

- ¿Kalinda? No… – la duda se notó en su voz y sus amigos lo captaron enseguida. Andrew Wiley le había abierto los ojos ante la posibilidad de que Kalinda se estuviese acercando demasiado a su novio, un hombre con un profundo sentimiento hacia ella. Ilusa de sí, pensó que podía borrar aquel amor, "cuelgue" o lo que fuese que Cary sintiese por ella, pero ahora había empezado a pensar que a lo mejor su sueño solamente se había quedado en eso.

- ¿Qué pasa, Mel? No suenas muy segura de ello – apostilló Mike.

- Un antiguo amigo de Cary me dijo que Kalinda había hablado con él hace algunas semanas. Me preocupa que pueda caer en sus redes – la conversación adquirió un tono mucho más serio. Sus amigos se acercaron un poco más entre ellos para mantener la intimidad.

- ¿Crees que puede pasar algo? – preguntó Néstor. Se mostraba preocupado por su amiga. Nunca la había visto tan ilusionada con una relación antes, por lo que sabía de primera mano que su noviazgo con Cary era muy importante para ella.

- No lo sé, pero ahora ando con un poco más de precaución. No quiero que esta relación se vaya a la mierda, ni tampoco quiero increpar a Cary sobre todo por mis celos enfermizos.

- Es compresible. Sabes lo que siente por esa mujer; sentir celos es lo normal – Mike intentaba ponerse en su situación, como siempre solía hacer con todos. Se hizo un pequeño silencio que John rompió.

- Hey, Mel, sabes que nos tienes aquí para lo que necesites. ¿Que quieres despejarte un poco? Nos lo dices. ¿Que quieres que le peguemos una paliza? Bueno, no somos los mejores matones del mundo, pero por ti hacemos el esfuerzo – Néstor lo animó diciendo "¡Eso, eso!". Ella no pudo más que sonreír y agradecérselo de todo corazón.

- Bueno, yo siempre puedo patearle el culo en un juzgado, ¿sabéis? – Melinda contagió su risa al resto del grupo. Ahora se encontraba mucho mejor, un poco más segura pero, sobre todo, querida por aquellas tres personas que habían crecido con ella.

Mientras tanto, en otra parte de la ciudad, Cary se encontraba en la barra de un bar tomándose una copa mientras miraba su móvil tras un largo día en los juzgados. Melinda no se creería con quién había quedado en aquel sitio. Tras unos minutos, Kalinda Sharma se sentaba a su lado. Cary no despegó su vista de su móvil hasta que notó su mirada sobre él.

- ¿Puedo invitarte a una copa? – le preguntó seriamente. Cary la miró igual de serio, con el teléfono en la mano.

- Ya tengo una copa.

- Te invito a otra – respondió inmediatamente la investigadora. Cary resopló al ver cómo le decía a la camarera que quería dos copas más. Tenía la corbata ligeramente desanudada y el brazo sobre el respaldo del taburete, por lo que se encontraba de lado.

- ¿Me estás siguiendo? – preguntó volviendo a mirar el móvil.

- No, estoy tomando una copa – Cary le echó una mirada de esas que matan, aunque realmente el universo no era tan estúpido como para caer en la idea. Dejó el móvil de mala gana y cogió la copa de Martini.

- Kalinda, te dije que te daría cinco minutos. No los malgastes – se bebió de un trago lo que le quedaba de bebida.

- Vale – hizo una pequeña pausa, preparándose para decir lo que había ido a decirle –. Te echo de menos – Cary volvió a mirarla y no pudo más que reírse. Empezó a negar con la cabeza incluso antes de soltar la frase que se le había cruzado por la mente.

- Fingiste que te ibas con Florrick/Agos para poder contarles nuestros secretos a Lockhart & Gardner.

- Son mis jefes, Cary.

- Y yo era tu amigo.

- Sí, por eso guardé tu secreto durante tres meses.

- ¿Qué secreto? – preguntó extrañado.

- Que os ibais. Oye, Will estaba dispuesto a despedirme por eso. Yo no soy tu enemiga, Cary, pero no puedo poner en peligro mi trabajo por ti.

- Fantástico, ya has dicho tu discurso… – de repente la camarera tiró las dos copas de Martini que traía sobre de Cary, quien se levantó de repente para ver el estropicio. La bebida quedó derramada por la barra.

Cary se fue rápidamente al lavabo mientras Kalinda intentaba poner a buen recaudo el móvil de Agos, el cual empezó a vibrar por una notificación. La investigadora echó un pequeño vistazo. Se trataba de un email de Robyn sobre el Grupo Paisley. Tras darle la vuelta al teléfono y pensárselo un par de veces, decidió leerlo. El email decía que su presidente había sido arrestado por solicitar prostitutas y que se les presentaba una buena oportunidad para robar otro cliente. Ahora quedaba por conocer qué haría Kalinda con aquella información. Su postura estaba bastante clara: informar a Will y ponerle remedio a esta posible fuga de clientes.

- ¿Sabes quién llamó? – Cary había ido a visitarla a la oficina en su descanso para comer.

- Sorpréndeme, Agos – le dijo ella antes de darle un bocado a su sándwich.

- El señor Paisley. Quiere una reunión con nosotros – se notaba el entusiasmo en la voz, lo cual era contagioso.

- ¡¿En serio?! ¿Cómo? – vio que le estaba siendo imposible comer y hablar al mismo tiempo, por lo que dejó el sándwich en el tupper.

- Pagué a una camarera para que me tirase una copa encima – se rio con sólo pensarlo. Melinda se vio perdidísima de repente en aquella conversación.

- ¿Qué? – puso cara de extrañada.

- Les tendí una trampa a Lockhart & Gardner. Les hice creer que Paisley había sido acusado de solicitar prostitutas, una en particular, Haley, quien realmente es su nieta, la cual tiene una enfermedad que la tiene postrada en una silla de ruedas – Melinda se quedó sorprendida. No pensó que el bufete rival caería en la mentira.

- ¡Mírate, Cary, jugándosela al enemigo! Esto añade más leña al fuego a la contienda.

- Estoy preparado para todo, Mel – le dedicó una media sonrisa llena de confianza y seguridad en sí mismo.

Más tarde, aquel día, Cary decidió irse al apartamento de Melinda, donde llevaba un tiempo viviendo con ella, antes de tiempo. Le apetecía quitarse el traje y trabajar lo más cómodo posible. Por su parte, Melinda seguía en el hospital practicándole una operación a corazón abierto a un niño de ocho años. De repente sonó la puerta y él abrió rápidamente. Ahí se encontraba ella ante él, con un abrigo largo color fucsia, mirándole como sólo lo hacía ella, entre misteriosa y cautelosa, como un gato que espera a atacar al enemigo.

- Bien jugado, Cary – este rio al comprobar que le había descubierto.

- ¿Cuándo descubriste que Haley Elliot era su nieta? – se puso momentáneamente serio.

- Después de que lo acusáramos de ir con prostitutas – Kalinda cambió su rostro serio por una pequeña risa. Cary la imitó –. ¿Pagaste a la camarera para que tirara las bebidas y te mandaste un mensaje a tu propio teléfono? – antes de que acabase la pregunta Cary ya estaba afirmando con la cabeza.

- Sí.

- ¿Cuándo pensaste en hacer eso? – ¿qué había detrás de tanta pregunta? El daño ya estaba hecho. Con Kalinda nunca se sabía.

- No mucho antes de que tú llegaras – Kalinda le sonrió como una madre que sonríe orgullosa a su hijo. Cary le sonrió y soltó un pequeño suspiro.

- Cuídate, Kalinda – dijo mientras la puerta se cerraba. Sin embargo, ella lo impidió poniendo el pie en el momento justo. Cary volvió a prestarle atención.

- Entonces, ¿estamos en paz? – Cary se tomó unos segundos para pensar su respuesta. Se encontraba inclinado ligeramente hacia ella, sujetándose con las manos en el marco de la puerta.

- Sí. ¿Por qué?

- Entonces, vamos a tomar una copa – estaba poniendo esa mirada misteriosa otra vez, como si le estuviese invitando a algo más allá de una copa, algo prohibido.

- ¿Para que puedas volver a ponerte por delante? – parecía que no había causado efecto en su interlocutor.

- No – contestó ella tajante –. Porque quiero una copa – volvió a intentarlo. Cary volvió a suspirar.

- Esto no es una buena idea, Kalinda – se mostraba serio.

- Lo sé – respondió ella de inmediato –. ¿Y bien? – sonrió y él puso esa sonrisa de niño bueno que traía loca a Melinda. ¿Estaría pasando por su mente lo que le diría su novia si se enterase de que Kalinda había estado ante su puerta?

Tragó saliva y cerró la puerta tras de sí. Sin embargo, a los pocos segundos volvió a abrirse. Cary salió del apartamento y se puso la cazadora de piel marrón mientras se dirigía al ascensor. Kalinda sonrió y le siguió. Había ganado la batalla.