*¡Bienvenidos una semana más y, sobre todo, felices fiestas a todos! Como regalo de Navidad, he decidido publicar el último capítulo de la primera parte del fanfic. ¡Agarraos porque es muy fuerte todo lo que ocurre!

Dejaré pasar un par de meses, seguramente, antes de publicar la segunda parte, la cual estará en este mismo relato. Quiero escribir un poco más y que haya margen para que, en caso de que no pueda escribir durante un tiempo, vosotros tengáis material para leer.

Os animo una "última" vez a comentar si os está gustando o no, a seguir la historia y ponerla entre vuestros favoritos. Melinda y Cary volverán pronto*

30

¡Boom! Y explotó

Después de que Lemond Bishop volviese a su vida, reincidente en el tema de las drogas y sus problemas con la DEA, y el interrogatorio que le había preparado Charles Lester, el representante de Bishop y otro de sus abogados, junto con Alicia, Cary necesitaba disipar los problemas de su mente. Se encontraba sentado en la barra del bar saboreando su copa, relajado y con el nudo de la corbata un poco más flojo que hace unas horas. Había pensado que, más tarde, podría encontrarse con Melinda, acurrucarse junto a ella en el sofá y disfrutar de su presencia antes de irse a dormir. Sin embargo, había encontrado un plan mejor, o al menos eso le pareció a él en aquel momento. Kalinda estaba mirándolo, indecisa sobre si hablar o no. Él, simplemente, estaba disfrutando de la compañía, de tenerla cerca, más de lo que la había tenido durante los meses anteriores. Estaba dolido con ella, su traición, él cayendo en la trampa una vez más a pesar de que su novia le avisase, pero el alcohol dejaba aquello de lado y disfrutaba del ambiente, la noche y ella. Él la sonrió y bebió un poco más.

- ¿Qué pasa, Cary? – se había decidido a preguntarle, seria pero al mismo tiempo misteriosa, su actitud habitual.

- Estoy bebiendo – le respondió con la misma actitud.

- ¿Es algún tipo de castigo?

- No. Me pediste que tomásemos algo y bebo – le dedicó una pequeña sonrisa, de esas que arrebatan.

- Gracioso – pareció que se lo tomó a bien aunque con Kalinda nunca se sabía. Era imposible de descifrar. Terminó su bebida y se bajó del taburete. Cary la miró impasible mientras se dirigía hacia la puerta. Algo la detuvo. Regresó hasta él más decidida que nunca –. Si quieres que hablemos, sólo di "hablemos". No juegues.

Realmente le había molestado perder su preciado tiempo en niñerías. Kalinda se marchó y él la vio hacerlo con otra sonrisa en los labios. ¿Estaría ganando algún tipo de partida que tuviesen entre ambos? La anterior vez lo habían pasado bien, habían vuelto a hablar y la química que había entre ellos volvió a surgir. En el fondo, Cary sabía que jamás había desaparecido, incluso cuando no se dirigían la palabra y él estaba con otra persona. Esa otra persona. ¿Estaría haciendo algo malo por quedar con Kalinda sólo para beber? ¿Le importaría a su novia? La relación entre Melinda y la investigadora no era de las mejores, es más, ella la odiaba a muerte. Se había posicionado a su favor después de que él le contase cómo había sido su "amistad" con ella en estos últimos años, un tira y afloja donde el que salía perdiendo era él. Ahora tenía una relación estable, feliz y con miras de futuro pero, ¿qué le faltaba para ser perfecta? ¿Por qué tenía dentro este cosquilleo cada vez que veía a Kalinda o quedaba con ella? ¿Se trataba del misterio, de la aventura, o qué era verdaderamente?

Melinda, en cambio, había decidido quedarse en casa inflándose poco a poco a cafeína. Le esperaba una noche larga si quería terminar los informes y preparar una serie de reuniones a la mañana siguiente. El ocupar un cargo en la junta directiva la había convertido en una parte fundamental del hospital y eso, consecuentemente, implicaba un incremento de las responsabilidades. Papeles, más y más documentos, un montón de números, era lo que se había convertido para ella aquella noche que, en un primer instante, pintaba sosegada. Hubo un punto de la velada en la que no pudo más y decidió ducharse, dejando correr el agua caliente por su espalda, entregándose a su sonido y al vapor que generaba. Al estar sola en casa, aprovechó la ocasión para encender una pequeña radio que tenía cerca de su ducha y ponerse a cantar a los cuatro vientos los últimos éxitos que estaban de moda. Necesitaba descargar el estrés y la frustración de varios acontecimientos: algunas reuniones que habían sido un verdadero quebradero de cabeza; un par de rencillas con los padres de los pacientes, los cuales pensaban que eran ellos los doctores y no ella; la gran cagada de uno de los médicos de otro departamento diferente al suyo pero que, como parte de la junta, también se debía encargar de ello. Y luego estaba eso, un asunto que la reconcomía desde hacía semanas por culpa de Andrew Wiley, quien había abierto una puerta que creía cerrada. Quería confiar en Cary, en cierta parte lo hacía, pero otra tenía que andarse con cuidado, siempre alerta ante cualquier señal, cualquier indicio, de que su novio podía caer en las garras de ella. Había hablado con Kalinda y no se lo había comentado. ¿Por qué no hacerlo? Era cierto que, en un principio, podría molestarle pero si le contaba la verdad, que sólo habían conversado, lo dejaría ahí, encadenando sus celos. Melinda jamás lo había negado: era una persona celosa, mucho en algunas ocasiones.

Todo provenía de una tremenda inseguridad en sí misma. "Creo que jamás he estado segura de algo", se dijo a sí. Creía haber estado segura sobre el matrimonio de sus padres, de su amor por su familia, de sus estudios, del futuro que le esperaba, y todo eso, en algún momento de su vida, se derrumbó como un castillo de naipes. Ciertas cosas habían desaparecido, otras tomaron un giro inesperado, y de todas ellas se repuso. Tampoco pensaba que fuese a estar con alguien bastante tiempo. Su relación con Cary era la más duradera que había tenido y, sin embargo, la sombra de la sospecha, el monstruo acechando a la felicidad, continuaban ahí, esperando el instante más débil para atacar. ¿Qué era lo que pasaba? ¿No se sentía digna de tener a alguien a su lado, no tenía derecho a ser feliz después de todo por lo que había pasado? Todas sus relaciones pasadas habían sido por interés. ¿Por qué dudaba de todo precisamente ahora? Wiley no sólo había abierto una puerta, sino que había desatado a la bestia, una que llevaba un largo periodo dormida y que, por culpa de los celos y sus inseguridades, lo iba a echar todo por la borda. Melinda prefirió mostrarse cauta y ver cómo se desarrollaban los acontecimientos. La bomba estaba a punto de estallar y ella sólo estaba esperando el impacto.

- ¡Volvemos a los teléfonos de prepago! Utilizadlos para las llamadas de negocios. No podemos exponernos más – gritó Alicia debido a la marabunta de voces que no paraban de hablar. Se encontraba en la sala de juntas con todos los socios reunidos.

- ¿Y esto a qué se debe? – preguntó Melinda. Se encontraba más perdida de lo normal al no haberse pasado por la oficina en los últimos dos días.

- Creemos que la DEA está escuchando nuestras llamadas y por eso pararon a Lemond Bishop ayer – contestó Cary mientras le acariciaba el antebrazo izquierdo disimuladamente.

- ¡Vaya, veo que me he perdido toda la fiesta! ¿La DEA? – su cara de asombro hablaba por sí misma –. Veo que nuestro Walter White afroamericano sigue cabreándolos – el comentario provocó un murmullo de risas entre el resto de los asociados.

- Charles Lester nos estuvo interrogando ayer a Robyn, Clarke y a mí – continuó Cary –. Pensó que alguno de nosotros le había dado el chivatazo.

- ¿Todavía no se ha enterado de que haríamos lo que fuese por mantenerlo como cliente? Y cuando digo "lo que sea" me refiero a "casi lo que sea". Yo me apunto a cocinar un poco de crystal meth azul – se rio para sí.

- ¿Vas a convertirte en Jesse Pinkman, Mel? – le susurró su novio al oído.

- ¡Hey, has pillado la referencia! Estoy muy orgullosa de ti, Agos – le pellizcó ligeramente el moflete mostrándole su entusiasmo.

Después de la corta reunión, Melinda se dirigió al ascensor para irse al hospital. Tenía que dejar todo en orden ya que aquella noche no estaría en su apartamento, sino en la casa de su hermana. Llevaba unos días sin ver a Amelia y quería compensarle el distanciamiento que había tenido con ella. Además, le serviría para cambiar de aires y, ya de paso, poder charlar con su hermana. Necesitaba una noche de chicas aprovechando que Dan, su marido, se encontraba fuera de la ciudad por un viaje de negocios.

- Espero que te lo pases bien. Ya nos veremos a la mañana siguiente, ¿de acuerdo? – le propuso Cary antes de despedirse con un beso.

- Sería estupendo – hizo una pequeña pausa y fue al grano –. ¿Vas a decirles algo a Will y a Diane sobre la DEA?

- Creo que sería lo mejor. Así ven que somos legales y que no queremos que les pase lo mismo que a nosotros.

- ¿Estás seguro? ¿No quieres vengarte aunque sea un poco? – se mostró juguetona aunque realmente lo estaba fingiendo. Había una parte de ella que la retenía en la seriedad.

- Estamos hablando de la DEA, de conversaciones privadas. Es mejor avisarles y que se pongan a cubierto – estaba serio aunque, de pronto, una sonrisa asomó en su rostro.

- Como quieras. Tú eres el jefe, Agos – se despidió con un beso y se fue.

Tras ir a las oficinas de Lockhart & Gardner, aquella que fue su casa de la que le echaron dos veces, lo cual provocó un fogonazo directo del pasado a cuando le echó su padre de su hogar, se le presentó una oportunidad de oro, la que había estado esperando durante tanto tiempo. La misma que le dio fuerzas durante una temporada de su vida, un objetivo que cumplir, aunque era mucho más que eso, era un deseo potente, arraigado dentro de sí; la misma que le llevó por un camino de cierta tristeza, frustración y humillación. Kalinda había llamado y quería verle. Él quería verla. Había llegado su oportunidad de que el juego llegara a su fin, o de que comenzase. Al abrir la puerta de su apartamento, ella estaba ahí, con su chaqueta de cuero negra y esas botas inconfundibles. Tenía un vestido de color morado que le llegaba a mitad de pantorrilla. Empezó a sentir un calor fuera de sí en su interior, sólo con verla se había encendido un motor que creía dormido durante los últimos meses. ¿De verdad iba a lanzarse? ¿De verdad iba a traicionar los principios que se había marcado desde que salió del bufete rival? La trajo para sí con su mano agarrada gentilmente por su nuca y la besó apasionadamente. Kalinda cerró la puerta y le agarró la cara con las dos manos, continuando el beso. La ropa empezó a volar por la habitación: su camisa aterrizó a los pies de la cama, el vestido terminó en un extremo de la habitación, los pantalones acabaron colgando de una lámpara. Las sábanas de su cama les cubrían por completo, como si creasen una pequeña burbuja para ellos solos donde nada ni nadie los pudiese molestar. Kalinda se encontraba encima de él, moviendo las caderas sin cesar, sintiendo los embistes de Cary, quien jadeaba de vez en cuando. Kalinda se mostraba disfrutando de aquel viaje por las rutas del placer aunque realmente nadie sabía si todo era una careta para atrapar al enemigo más en sus redes o si lo sentía de verdad. Diane le había encomendado la tarea de enterarse de si lo que decía Cary, si la DEA estaba también investigando a Lockhart & Gardner, era cierto. Y ella, por supuesto, tenía la manera perfecta de enterarse de este tipo de cosas. Quizás no lo quería reconocer pero se estaba aprovechando de la parte más vulnerable de Cary, la que le correspondía a ella, la misma que había respetado durante todos estos años. Cary aumentó la velocidad y ambos se dejaron llevar por el deseo. Kalinda seguía encima de él cuando su teléfono sonó. Cary hizo ademán de cogerlo pero ella, con un simple toque en su antebrazo le paró.

- No.

- ¿Y si es importante? – le preguntó suavemente.

- Pues no atenderás una llamada importante – continuó con su tono, haciéndose la interesante. Le miró a los ojos como nunca antes lo había hecho y le hizo la pregunta –. ¿Por qué no me hablabas?

- No puedo confiar en ti.

- ¿Por qué no? – él se rio –. Bueno, yo tampoco puedo confiar en ti.

- Eso es cierto – se puso un poco más serio. Parecía que la conversación les estaba cortando el rollo.

- Destrucción mutua asegurada – respondió ella acercándose a él. Cary se rio ante el comentario.

- Sí – ella le besó y él se dejó llevar temporalmente. Era algo que deseaba desde hacía muchos años, tenerla así, con él, en su cama, haciéndola suya. No importaban las intenciones, la historia entre ellos o las consecuencias de sus actos. Sólo estaban ella y él.

- ¿Estás diciendo la verdad sobre las escuchas? – Cary dio un pequeño suspiro y, cogiéndole gentilmente de la cara le respondió.

- ¿Que Lockhart & Gardner está siendo interceptado? Sí – se encontraban muy cerca. Podían sentir la respiración del otro.

- ¿Qué vas a hacer al respecto? – Kalinda estaba trabajando. Si en algún momento había tenido un periodo de placer se había terminado.

- Comprar teléfonos de prepago – le contestó mientras intentaba besarla. Ella no se dejaba. Quería su información antes.

- ¿Alertaste a los clientes? – había vuelto a su actitud juguetona. Le besó brevemente.

- Ya hablamos de esto.

- Pero no lo has hecho todavía.

- Estamos poniendo nuestra casa en orden y vosotros deberíais hacerlo también – seguía con su mano izquierda en el rostro de ella. Le dedicó una pequeña sonrisa. Kalinda tenía el semblante un poco más serio –. Kalinda, te estoy diciendo la verdad – le volvió a sonreír y ella le respondió con un beso.

Paralelamente, lejos de allí, Melinda se encontraba leyéndole una historia a Amelia mientras disfrutaba de una copa de vino. Estaban en el sofá, la pequeña encima de su tía mientras tenía el libro delante de ella. Elia se encontraba en el otro extremo viendo cómo tía y sobrina disfrutaban de la lectura.

- ¿Tía? – preguntó Amelia al terminar el libro.

- Dime, cariño.

- ¿Dónde está tío Cary? – eso le pilló totalmente de sorpresa a Melinda.

- ¿Tío Cary? ¿Desde cuándo le llamas así? – le sonrió con ternura.

- No sé. ¿Va a ser mi tío, no? – la inocencia se podía ver reflejada en sus ojos.

- No lo sé, pequeña, pero te mantendré al tanto, ¿vale? – ella empezó a asentir con la cabeza.

Melinda había soñado despierta de vez en cuando. Siguió momentáneamente el pensamiento de su sobrina, una niña llena de inocencia que no conocía la palabra "complicación". Era lo típico de aquella edad temprana, vivir sin preocupaciones, fácilmente. Aquella noche decidió no decirle nada a su hermana sobre sus celos, sus preocupaciones y las inseguridades que rondaban por su cabeza. Quería pasar una velada de lo más tranquila, estar acurrucada junto a Amelia y quedarse dormida abrazándola. No necesitaba nada más para sentirse mejor, pese a que eso fuese una tarea ardua.

A la mañana siguiente, bajó al piso de abajo para tomarse un rápido desayuno y se dirigió directamente al hospital, donde le esperaba un paciente para ser operado. Nunca había agradecido más la idea de llevarse ropa limpia para así no pasar por su casa. Dejó el coche en el garaje como siempre. Algo andaba mal. El ascensor no funcionaba aquel día y tendría que salir por la puerta del parking para luego entrar por la puerta principal del edificio. Fue en ese momento cuando sintió que algo seguía sin ir bien, algo no encajaba del todo. Desde una distancia prudencial vio a Cary y Kalinda cerca de por donde tenía que pasar. Se encontraban muy próximos el uno del otro, creando una intimidad no antes vista por ella. Se quedó mirando, como si de un voyeur se tratase, agarrada al paraguas que la mantenía seca de la tormenta con la que había despertado la ciudad de Chicago. Desde pequeña, pensaba que la lluvia significaba que los ángeles del cielo se encontraban tristes y que lloraban. En ese preciso instante, pensó que ella iba a hacer lo mismo. Cary besó a Kalinda apasionadamente aunque, de forma obvia, se estaba conteniendo. ¿Cómo podía hacerle esto a ella, quien era su novia desde hace ocho meses, quien había estado en los momentos bajos ofreciéndole su apoyo? Se estaba poniendo enferma con sólo ver el espectáculo y, al mismo tiempo, se encontraba en shock, a punto de vomitar y empezar a temblar. "Lárgate de ahí. No tienes por qué ver esto".

- Sí tengo que verlo – se dijo a sí mismo en voz baja –. Necesito una razón para odiarle de ahora en adelante.

Tras el beso, decidió que ya había aguantado suficiente chaparrón y que tenía que seguir con sus labores. Dio toda la vuelta al edificio y entró por la cafetería, donde había una entrada secundaria. El viaje en el ascensor no le hizo ningún bien. Su mente empezó a funcionar a toda máquina, preguntándose si cada paso del camino había sido una farsa, una fantasía montada en su cabeza. ¿No había sido consciente de que cabía la posibilidad de que Cary no sintiese lo mismo por ella? ¿Había algo más detrás de ese beso? Melinda se encontraba al borde de las lágrimas y a punto de gritarle a alguien a la vez. Tenía que parar de pensar en lo que había presenciado, debía ponerse a trabajar. Había gente que la necesitaba más que Cary Agos, gente que se merecía más su pensamiento que él. Sin embargo, cuando ya estaba poniéndose la bata y cogiendo el historial del paciente, él apareció por la puerta.

- Hey, hola, cariño – le saludó él mientras se acercaba a ella. Le dio un beso en los labios. Melinda todavía podía saborear el calor que Kalinda había dejado impregnado en ellos, su aroma.

- Perdona, Cary, pero tengo que irme. Tengo una operación muy importante programada – respondió zafándose de él. No le quería cerca, no podía tenerle cerca. No sabía cómo iba a reaccionar y ahora mismo estaba muy alterada para hacerle frente.

- Oh, claro. No te preocupes – Melinda estaba saliendo ya de su oficina cuando le preguntó –. ¿Nos vemos luego en tu apartamento, vale?

No obtuvo respuesta. Melinda había huido presa de la rabia y el miedo a montar una escena delante de personas que no tenían que ver tal espectáculo. Esto tenía que quedar en privado el mayor tiempo posible. Hizo de tripas corazón y se puso a trabajar. Era la única manera que tenía de despejarse de aquel lío, de no pensar en ello. Sin embargo, no lo hizo por completo. Una parte de su cerebro seguía cuestionándose si había sido una estúpida por no ver lo evidente. Se martirizó poco a poco a preguntas sin una respuesta aparente, a un silencio que le estaba comiendo por dentro. Llegó un momento en que le pidió a una enfermera que pusiese su lista de reproducción para poder continuar con su labor. La operación resultó un éxito tras 10 horas metida en el quirófano, una tortura física y psicológica en el mismo día. Se excusó ante el equipo y se fue a casa llevando un terrible pesar sobre sus hombros. Seguía lloviendo en la ciudad de Chicago y el sentimiento era mutuo. Melinda se sentía calada hasta los huesos por la traición, el dolor, la rabia y la pesadumbre originados por el encontronazo de esa mañana. Era momento de afrontar la realidad, de terminar de romper una pieza de su interior.

Cary llegó a casa sobre las ocho de la tarde, una hora y media más tarde que ella. Se había cambiado de ropa y llevaba un conjunto más cómodo para estar por casa. Se encontraba delante de la televisión mientras él se estaba quitando el abrigo y lo dejaba en el perchero.

- ¡Hola! Creía que no te encontraría por aquí – dio la vuelta al sofá para darle un beso –. ¿Qué tal el día?

- Bien… – se mostraba ida, sin energías. Realmente las estaba salvando para el gran momento –. Cansadísima, pero ya estoy en casa.

- ¿Te fue bien con Amelia y con tu hermana? – se había sentado a su lado y tenía apoyada su mano en su muslo derecho. Le estaba poniendo enferma poco a poco, imaginándose dónde habría puesto sus manos en Kalinda antes.

- ¡Sí! Fue estupendo. Necesitaba estar un rato con ella. Se lo merece, ¿sabes? – no podía verle la cara. Mantuvo la mirada en la pantalla pero sin ver nada.

De repente, Cary se levantó del sofá y se dirigió a la cocina. Cogió un vaso de agua y empezó a beber de espaldas a ella. Melinda vio que era su oportunidad y que, ahora que la rabia iba poco a poco liberándose por todo su torrente sanguíneo, tenía que aprovecharla.

- Oye, Cary, ¿no me tienes que contar nada? – él siguió como si nada. Ni siquiera se atragantó ante la pregunta. ¿Qué estaría pasando por su cabeza? Melinda sentía verdadera curiosidad.

- ¿A qué te refieres? – preguntó a su vez antes de dar otro sorbo a su vaso. Continuaba sin darle la cara.

- No sé, algo importante que te haya pasado. Algo "excitante" tal vez… – decidió darse la vuelta para tenerla enfrente.

- No. Nada. Todo muy normal – Melinda no iba a esperar para que la bomba explotara. Ya había esperado todo el día y la tortura había sido suficiente.

- ¿No? ¿Tampoco ese beso con Kalinda delante del hospital donde trabajo? – mantuvo la calma. "Sé un témpano de hielo, Mel. Sé una zorra sin sangre en las venas".

- ¡¿Qué?! – Cary dejó el vaso en la encimera –. No sé de qué estás hablando, Mel.

- Deja de tratarme como si fuera gilipollas, Cary. Os he visto esta mañana. Tú besándola a ella. ¿Qué cojones no me estás contando, ah? – hizo una pequeña pausa mientras se acercaba a él –. ¿Te has acostado con ella, Cary? ¿Te la has tirado por fin, ah? ¿Has tachado tu mayor deseo de la lista? – seguía acercándose a él, mostrándose cada vez más amenazante.

- Mel, lo puedo explicar… – quería explicarse, decirle que todo había sido un terrible error. ¿Estaba seguro de eso?

- Así que te la has follado, ¿no? – el tono iba en aumento.

- Mel, lo siento mucho…

- ¡Cierra la puta boca, Agos, o te juro que no sé qué voy a hacer! – por un segundo intentó tranquilizarse pero resultaba inútil –. ¡¿De verdad lo sientes?! ¿Lo sentías igual cuando te la estabas tirando? ¿Te pesa siquiera en la conciencia lo que me has hecho? – se alejó de él por miedo a lo que pudiese hacerle. No quería ponerse agresiva –. ¡Hemos estado ocho meses juntos, Cary! ¡¿Qué coño ha pasado?! ¡¿Cada vez que venga pavoneándose ante ti vas a caer como el capullo que eres?! ¡¿En serio te vas a dejar manipular por esa zorra?! ¿No te vas a dar cuenta de que sólo quiere la información que la puedas dar, que no te quiere de verdad? ¡¿Alguna vez te darás cuenta?!

- Melinda, por favor, tranquilízate – intentó cogerla de los hombros pero ella se echó para atrás.

- ¡¿Que me tranquilice?! No tengas la puta poca jodida vergüenza de decirme que me tranquilice cuando me has puesto los cuernos con esa zorra. ¡Qué hijo de puta que eres, Cary, y qué estúpida he sido por caer en esto! – Melinda no pudo contenerse más, sus ojos se empezaron a poner vidriosos y las primeras lágrimas caía por su rostro –. Joder, Cary, me he dado completamente a ti, ¿no lo entiendes? He estado ahí en lo bueno y en lo malo, ¿y tú vuelves a ella? ¡¿Qué ha sido esta relación para ti?! ¡¿Un juego?! – le empujó aunque apenas se movió del sitio.

- Mel, no, por favor. No hagas esto.

- ¡¿Qué?! ¡¿Que no haga qué?! ¿Decirte la verdad, ser honesta, cosa que no has sido tú conmigo? Si tenías algún problema conmigo podías habérmelo dicho. Podíamos haberlo solucionado – se había abierto la compuerta. Ahora no podía parar.

- Creo que hemos ido demasiado rápido y que necesitamos bajar la velocidad – Melinda se quedó petrificada. La rabia seguía incrementando –. Tú ves un futuro lejano entre nosotros y ahora mismo yo no lo veo. Estoy centrado en el bufete…

- En un bufete que he financiado en parte con mi dinero, al que he llevado clientes de mi padre. ¡De mi padre, Cary! He traicionado a mi propio padre, joder. ¿No te das cuenta lo que he hecho por ti? ¡¿No te das cuenta de que te quiero tanto como para traicionar a mi puto padre?!

- No te lo pedí, Mel. No te pedí que lo hicieras – se encontraba totalmente serio y en estado de alerta.

- Me gustaría verte si no tuvieras los clientes de mi padre, Cary – sonó fría como el hielo. Su parte oscura, aquella que no quería revelar, había salido a flote –. Es probable que estuvieras muerto de hambre, sin un puto centavo en tu bolsillo y suplicándoles a los empresarios que te contratasen como su abogado. No todo en este negocio es el apellido Florrick, Cary, y tú has visto muy bien cómo puede abrir y cerrar puertas. Puedo cortarte las alas que esos clientes te están dando cuando quiera – el tono amenazante, la postura inclinada hacia él, el dedo acusador. Melinda había dejado salir a otra Melinda, una que todavía Cary no había conocido.

- Tenemos a Chumhum, a Lemond Bishop ahora…

- Como han venido se pueden ir de vuelta – era calculadora y fría, muy fría. Las lágrimas ya no brotaban más de sus ojos.

- Mel, arreglemos esto, por favor. Te quiero. Lo que he hecho ha sido una estupidez – quería sonar convincente pero, en verdad, sonaba como si tuviese miedo.

- No te puedo perdonar que te hayas acostado con mi némesis, Cary. No puedo – hizo una pequeña pausa –. Te hubiese perdonado si hubiese sido con cualquier otra mujer, ni hubiese dudado un segundo, ¿me oyes? ¿Pero con ella? ¡Jamás!

- Mel, por favor…

- Quiero que cojas tus cosas y que salgas de mi casa – dijo lo más relajadamente posible.

Él no se movió. Quería creer que el miedo, el dolor o lo que estuviese sintiendo le impedían dar un solo paso, pero Melinda no podía más. Su cabeza estaba a punto de explotar. La otra parte, aquella que estaba enloqueciendo por momentos, se lo tomó como un insulto. Sin pensarlo, se fue hasta su dormitorio ante la atenta y petrificada mirada de Cary, quien no pudo seguirla al estar todavía en shock. Abrió el cajón de su mesilla y sacó la Beretta que contenía en su interior.

- ¡He dicho que quiero que cojas tus putas cosas y que salgas de mi puta casa ahora mismo! – le gritó apuntándole con el arma. Cary alzó las manos a la altura de su pecho en señal de son de paz.

- ¡Wow, wow! Mel, baja el arma, por favor. No querrás que alguien resulte herido – intentó tranquilizarla pero se quedó en eso, en un mero intento.

- Oh, Cary, no sabes lo que quiero. Realmente no me conoces en absoluto. Deberías haber prestado atención en estos ocho meses – sonaba como una lunática –. Empieza a recoger tus cosas o las tiraré por la puta ventana. ¡Que le jodan a Calvin Klein!

- Está bien, está bien. Pero baja eso, por Dios.

Melinda le siguió atenta con la mirada, viendo cómo metía todo en una pequeña maleta que había traído la última vez, como si presupusiera cuál iba a ser el final del trayecto. Hubo un momento en el que se dio por vencida y se fue al salón, a sentarse en el sofá. A los diez minutos, Cary la encontró sentada, inclinada hacia delante, con la cabeza entre las manos y los codos apoyados en sus rodillas. No vio el arma por ninguna parte. Se sintió observada y giró la cabeza. Era la estampa de la ruptura, del adiós más doloroso que había experimentado en la última década. Se levantó y dio la vuelta al sofá para dirigirse a la entrada. Cary ya había abierto la puerta y se encontraba justo delante con la maleta en la mano. Se puso frente a ella. Quería verla por última vez, una imagen que le perseguiría durante una gran temporada. Tenía la cara roja, los ojos llorosos y un semblante completamente impertérrito. Parecía un robot.

- Melinda, yo…

La puerta se cerró de un portazo en sus narices. No había nada que hacer, no había forma de salvar la relación que había mantenido con ella los últimos meses. ¿Por qué lo hizo? ¿Por qué se dejó engatusar de esa manera? ¿Había merecido la pena? Llamó al ascensor y esperó pacientemente. No sabía lo que sentía, estaba hecho un lío. Todo había pasado tan rápido que no le había dado tiempo de procesarlo. Abrió el coche y tiró la maleta a la parte trasera del vehículo. Necesitaba sentarse, le temblaban las piernas. Tras ver la oscuridad de su alrededor no pudo más que dejarse llevar por el llanto.

Melinda se quedó parada nada más oír el portazo. Ahora era ella quien no podía moverse. Demasiado dolor dentro, demasiada adrenalina. ¿Le había apuntado con una pistola? "¡¿En qué cojones estabas pensando, Mel?! ¡Es Cary! ¡No puedes hacer eso!". Pero ya era demasiado tarde para arrepentirse; lo hecho, hecho estaba y nadie podía cambiar aquello. Nunca pensó que esta iba a ser la forma en la que acabarían las cosas. Como un destello, volvieron a su cabeza las palabras de su sobrina Amelia.

- ¿Va a ser mi tío, no?

La compuerta se abrió de par en par y ahí, justo en la entrada, donde una vez, hace muchos, muchos meses, empezaría todo con un beso apasionado, empezó a llorar desconsoladamente. La pieza se había roto por completo, algo a lo que una vez había llamado corazón.

Continuará...