*¡Hola a todos de nuevo! Siento mucho este silencio durante tanto tiempo pero no he tenido tiempo para nada más que trabajar, que era lo que tocaba. Ahora que estoy de vacaciones, aprovecharé para seguir escribiendo y subiendo capítulos cada dos semanas, la misma dinámica de antes. Espero que estéis preparados para esta nueva etapa que ya adelantaba con el prólogo de la misma.
¡Disfrutad!*
1
La chica del corazón roto
No sabía cómo había llegado hasta la cama pero cuando abrió los ojos se encontró allí, arropada por el edredón blanco que solía aguardar en una de las esquinas de aquel blandito lugar. Se encontraba con la ropa de estar por casa, unos pantalones cómodos y un poco gruesos para salvarse del frío de la ciudad y su camiseta de Breaking Bad, una de las siete que tenía dentro de su armario. Se notaba los ojos hinchados, la cabeza le daba vueltas y las ganas de salir del cálido refugio que se había montado sin saber muy bien cómo eran nulas. Por un momento pensó que tenía que ponerse en marcha e irse a trabajar, pero cayó en la cuenta de que era sábado, por lo que estaba en todo su derecho a quedarse el tiempo que hiciese falta con la cabeza tapada por el edredón.
Un extraño cansancio se apoderó de su cuerpo e hizo que se convirtiese en un ovillo. La sofoquina de la pasada noche hacía estragos al día siguiente. Sólo se acordaba de cómo se había sentado en el suelo tras cerrarle la puerta en la cara y ponerse a llorar sin descanso. Su cuerpo daba latigazos intentando sacar la decepción, el dolor y la rabia que estaba sintiendo en aquellos momentos. Hubo un instante en el que incluso paró, se cortó como un grifo que deja de darle paso al agua, y pensó en levantarse, darse una ducha y acostarse. No tenía ánimo para absolutamente nada. Sin embargo, un recuerdo le vino a la mente y dio paso a otra ronda de lágrimas. Recreó el día que le conoció, cómo insistió en verla, la ropa que llevaba, la sonrisa que le había cautivado desde aquel momento, cómo dijo su nombre, la tarjeta que le dio. También volvió a sentir las mariposas en el estómago, el cómo la hizo sentir viva tras varios casos trabajando juntos, la forma en la que ella se iba volviendo adicta a él. Pero no podía pensar en ello justo en ese instante, por lo que se castigó por ello. La pelea se reproducía una y otra vez en su cabeza, cómo la sangre le hervía en las venas, la determinación con la que fue a la habitación a coger la pistola sin ni siquiera darse cuenta. Estaba totalmente ida, enajenada por el dolor que estaba sintiendo. Sabía que no tenía que haberlo hecho, que no tenía que haberse dejado llevar, pero nada podría cambiar lo que había ocurrido.
El teléfono comenzó a sonar y su reacción instintiva fue simplemente esconderse bajo el edredón una vez más dejándolo sonar como un loco. No quería saber ni quién era, simplemente deseaba que se olvidase de ella por un rato. Pero no fue así. Tras cinco minutos, el teléfono volvió a sonar. Después fueron veinte, treinta, pero ella ya se había quedado dormida de nuevo diciéndole el mundo que se podía ir al infierno. Hoy no se iba a levantar, no hasta que ella misma lo decidiese. Tras tres horas durmiendo, la duda de qué hora sería se apoderó de ella. Haciendo un hueco sólo para que sus ojos se topasen con su alrededor dio con el despertador de su mesilla, el cual marcaba las cinco y veinte de la tarde. Sopesó lo que realmente quería hacer, si seguir durmiendo hasta el infinito, cosa que verdaderamente se planteaba, o intentar salir de su habitación y comportarse más como una persona que como un oso hibernando. Tras veinte minutos mirando el techo y dando vueltas en la cama mitad fría y mitad caliente, salió del edredón poco a poco, se sentó en la cama un segundo, con la cabeza dándole vueltas y, tras ver que ya sentía que todo estaba en su sitio, se levantó. Lo primero que debía hacer era darse una ducha, dejar que el malestar desapareciese por el desagüe y que el agua caliente le devolviese la vida amigablemente. Se fue quitando los pantalones y la camiseta y abrió la clavija del agua mientras hacía lo propio con su ropa interior. La ducha le sentó de maravilla, lavándose incluso el pelo para sentirse nueva, renovada. Sabía que era una falsa sensación pero no le dio muchas más vueltas. Su móvil comenzó a sonar de nuevo. ¿Quién era el pesado que no podía dejarla en paz? Cuando lo vio no se lo podía creer. Puso los ojos en blanco y tiró el móvil en la cama.
En otra cama de la ciudad de Chicago estaba la persona que llamaba. Cary estaba mirando el móvil con la esperanza de saber algo de ella, de que al menos se encontraba bien. Todavía estaba en cierto estado de shock tras lo que había pasado. Jamás la había visto tan alterada, perdiendo los papeles y apuntándole con una pistola. En el fondo lo comprendía pero no podía salir de su asombro. Tras meterse en el coche y derrumbarse por todo lo que había ocurrido, decidió conducir sin un rumbo fijo. Sólo quería no ir a su casa en ese momento, despejar su mente por un rato. No supo muy bien cómo pero llegó a su puerta.
- ¿Puedo pasar? – le preguntó él.
- ¿Qué ha pasado? – le respondió Kalinda al ver su estado. Tenía la cara demacrada, los ojos un poco hinchados y el ánimo por los suelos. No quería que las cosas hubiesen terminado de aquella manera, tan abrupta, tan violenta.
- Melinda y yo hemos roto – Cary le miró a los ojos y ella no pudo más que cogerle la mano como gesto de apoyo –. Ha sido tan desorbitado, tan inesperado…
- ¿A qué te refieres? – ¿Kalinda estaba trabajando o realmente se estaba preocupando por su amigo? ¿Qué lado de la investigadora estaba hablando?
- Me apuntó con una pistola, Kalinda. Cuando me dijo que cogiera mis cosas y me marchase de su casa me quedé paralizado. No supe qué hacer. Ella perdió la paciencia o no sé el qué, se fue a su habitación y volvió hasta donde estaba apuntándome con ella. ¿Qué coño ha pasado, en serio?
- Cary, no lo entiendo. ¿Por qué iba a hacer eso?
- Sabe que nos acostamos. Sabe que hemos hablado, que nos besamos frente al hospital donde trabaja. ¡Nos vio! Yo… no supe qué hacer, me pilló de improviso. Le conté que era cierto y que…
- ¿Que qué? – Kalinda estaba muy interesada en lo que tenía que decir Cary. Si ya no estaba con Melinda, significaba que tenía acceso libre a la información que Lockhart & Gardner pudiese necesitar.
- Que lo hice porque me estaba viendo presionado por la relación que teníamos, que íbamos demasiado deprisa.
- ¿Y eso es cierto?
- En parte sí. Creo.
Kalinda descansaba en su pecho desnudo mientras él no paraba de poner un gesto de preocupación con su cara. A veces, un impulso corría por sus venas, cogía el teléfono y volvía a llamarla. Sin embargo seguía sin obtener respuesta.
- ¿Otra vez? – le preguntó Kalinda –. Cary, es mejor que dejes de pensar en ello. Se acabó.
- Tengo que saber que está bien, que no ha cometido ninguna locura.
- ¿Crees que podría haberlo hecho? – se apoyó en su pecho mientras le miraba seriamente.
- No lo sé. Parecía fuera de sí.
- Está bien, Cary. Sólo que no quiere hablar contigo – intentó tranquilizarle dándole un beso.
Parecía que la preocupación de Cary se iba disipando poco a poco con aquel beso, dejándose llevar otra vez a la tierra del placer y abandonando el planeta de la preocupación. Realmente no quería que las cosas hubiesen terminado así. ¿Es posible que se hubiese equivocado, que pudiesen haber hablado sobre su relación y hacerla funcionar de una manera mejor? Él era un adicto a Kalinda, siempre lo había sido y siempre lo sería. Su relación con Melinda había sido fantástica. Por primera vez en mucho tiempo se había sentido querido, apreciado y respetado, tanto como persona como profesional, algo por lo que no podía estar más agradecido. Pero el embrujo al que estaba sometido por Kalinda, a pesar de todo lo que hubiese pasado entre ellos, era demasiado fuerte como romperlo. La conclusión a la que había llegado tras mucho tiempo sopesándolo es que quería a ambas, de diferente manera, pero no podía quedarse con las dos. Melinda había sido todo lo que había soñado en una mujer, sí, posiblemente en una futura esposa, pero Kalinda había estado ahí antes, ayudándole y desafiándole, lo que le daba interés al juego que mantenían. No sabía si eso podía trasladarse a Melinda. Es más, sabía que no podría haber funcionado por mucho que quisiera.
Tras ponerse el pijama y notar que el estómago le rugía más de la cuenta, Melinda preparó una de las cenas más simples que conocía: unos cereales con leche. Mientras intentaba llenarse el buche, comprobaba los últimos emails que había recibido en las últimas horas, se dedicaba a hablar con sus amigos quienes, como siempre, se mostraban al pie del cañón con ella.
- Menudo hijo de puta, Mel – escribió Néstor por el grupo que tenían. Ella había mandado una serie de mensajes de audio interminables para ponerles al corriente de la situación –. ¿Quieres que se la cortemos? Así no podrá tirarse a la zorra esa.
- Lo siento mucho, Mel – añadió John.
- ¿Quieres que quedemos? ¿Un abrazo? – preguntó Michael.
- Os lo agradezco, chicos, pero por ahora prefiero quedarme en casa intentando no pensar mucho en ello. Ya sabéis, tengo muchas series con las que ponerme al día. El fin de semana que viene, si os viene bien, quedamos.
- ¡Por mí perfecto! – Michael siempre quería quedar y hacía lo imposible por que fuera así.
- Cuando puedas. Si necesitas algo, avisa – dijo John.
- Os lo agradezco mucho, en serio.
- Intenta despejarte la mente. Y, cuando te vayas a dormir, intenta soñar con que se la cortas. Al menos tendrás tu venganza en sueños – le respondió Néstor.
- Tú lo que quieres es cortarle el pene a alguien, ¿no? – Melinda se lo tomó con humor. Era la primera vez que reía en todo aquel sábado tan gris.
- ¿Tanto se me nota? – se rio al leer el mensaje.
Sin embargo, por mucho que quisiera, Grey's Anatomy no iba a ayudarla en absoluto a no pensar en lo que había pasado la noche anterior. Viendo a Meredith y Derek siendo felices de una vez por todas le hizo sentirse como un despojo humano. Ella quería eso con todas sus fuerzas, quería el pack completo, como le había dicho en alguna ocasión a Cary, pero él no parecía estar en el mismo punto que ella, ni siquiera seguramente lo había pensado. Era culpa suya por dejar volar su imaginación con tanta facilidad, por hacerse ilusiones, pero era algo que no podía refrenar. Cuando algo te va bien en la vida, sobre todo una relación, es normal que te imagines cierto futuro con esa persona, que intentes visualizar lo que podría ser el día de mañana. Es una forma, si se quiere pensar así, de ver si existe una compatibilidad de caminos o no, si hay algo real ahí o es una simple relación más que acabará en el cubo de la basura. Viendo el episodio de la serie de Shonda Rhimes pensó que la anterior noche parecía sacada de su propia pluma, con grandes dosis de drama y hasta el factor sorpresa de la pistola. ¿En serio había hecho eso? ¿Por qué? ¿En qué momento le pareció una buena idea a alguna parte de su mente que apuntar al que era hasta en aquel instante su novio? Se había dejado llevar como nunca lo había hecho y se sentía terriblemente mal por ello. Pero, por otra parte, tampoco tenía grandes remordimientos hacia ello. Se había sentido bien, con el control de la situación. Quería hacerle sufrir, que sintiera lo mismo que estaba sintiendo ella, ¿pero cómo? Vio miedo en sus ojos y lo había disfrutado. ¿Se estaba volviendo loca? Pero otra vez vinieron las lágrimas a visitarla. Ella no pudo contenerse y las dejó salir. El camino de vuelta a ser la Melinda soltera iba a ser más duro de lo que creía.
