*¡Hola a todos de nuevo! Después del gran palo que se ha llevado Melinda, su vida va poco a poco enderezándose. Es un camino duro (para todos) pero pienso que va a merecer mucho la pena ver por dónde va la cosa.
Espero que os guste y que me dejéis algún comentario al respecto. Se agradecen mucho. ¡Hasta dentro de dos semanas!*
2
El porqué más difícil
- Ven aquí – dijo Néstor con los brazos abiertos en cuanto la vio.
Melinda agradecía enormemente los gestos de apoyo y consuelo de sus amigos. Los necesitaba aunque no quería llenarles la cabeza con sus problemas. Melinda era de las personas que se iba tragando poco a poco todo lo malo que le iba pasando, la rabia, la frustración, el cabreo, y luego, al llegar al punto de no retorno en el que no podía seguir tragando más, lo escupía todo de una sentada. Eso le había acarreado varios encontronazos con sus amigos pero estos ya habían calado a su amiga perfectamente, sabiendo cuándo dejarle su espacio y que ella, en el momento en que se sintiese cómoda y preparada, les contase lo que le estaba rondando la mente y el corazón. Tras estar toda la semana dedicada al trabajo, pensó que era buena idea despejarse un poco contando batallitas y escuchando las de sus amigos. Sin embargo, había un tema estrella en esta ocasión y tocaba muy de cerca a Melinda. Su ruptura con Cary se había convertido en el bombazo, en algo inesperado, y sus amigos querían saber qué había pasado, con pelos y señales.
- Ya os lo conté por teléfono. No hay nada más que decir – intentó mostrarse lo más amable posible aunque no era lo que le apetecía. Por una parte, no quería hablar sobre el asunto y, por otra, sólo le salían malas palabras para el que había sido su novio.
- Venga, Mel, habrá algo que se te haya olvidado – le dijo Michael.
- Le apuntaste con una pistola. ¿Podemos hablar de eso? – preguntó John en un murmullo –. ¿En qué cojones estabas pensando?
- El problema es que no estaba pensando para nada, John. Se me fue la olla.
- Y tanto que se te fue, amiga. ¿Has sabido algo de él? – preguntó por su parte Néstor.
- Me llamó al móvil varias veces al día siguiente pero no estaba de humor para contestarle – vio que sus amigos iban a intervenir pero decidió cortarles –. ¿Qué? ¿Vosotros le cogeríais el teléfono a la persona que os ha puesto los cuernos con una zorra que no soportáis?
- La verdad es que no – contestó Michael –, pero al menos ha mostrado interés por ti, ¿no?
- Por mí se podría meter el interés por el culo y soplar, no te jode. No quiero saber nada de él.
- Eso va a ser complicado con el tema del bufete de por medio – apuntó John.
- Buah, esa va a ser otra… – soltó ella.
- ¿Sabes qué vas a hacer? – preguntó Néstor –. Ya sabes, si necesitas enfrentarte en los tribunales por que te devuelvan el dinero o por lo que quieras luchar, yo puedo ser tu abogado.
- Y lo aprecio de veras, Néstor – hizo una pequeña pausa –. Por ahora no me he parado a pensar en ello. Simplemente no quiero verle la cara durante algunos días más y, por tanto, no voy a ir al bufete para nada. Si alguien quiere algo, que llame. Y mejor que no sea él o voy a su casa y le corto los huevos.
- ¡Esa es mi chica! – exclamó Néstor y el resto no pudo más que reírse.
Reunirse con sus amigos le había otorgado cierta paz mental, un instante de relajación, de dejar que los problemas se los llevase el viento y escuchar otros que no fuesen los suyos. Lo necesitaba de veras. Sin embargo, algo que no quería experimentar era la conversación que le aguardaba con su hermana. Tras unos días de no cogerle el teléfono a nadie, Elia le mandó una serie de mensajes en los que expresaba su profunda preocupación al no saber nada de ella durante esos días. Entonces fue cuando vino el momento de la verdad y le contó lo sucedido. Como no es lo mismo contarlo por teléfono que en persona, se citaron un día de ese mismo, uno que le viniese bien a ambas entre tanto ajetreo. A Melinda le resultaba difícil últimamente reconocer en qué día de la semana se encontraba. Estos pasaban o muy rápido o muy lento, de forma difusa. Una operación tras otra, una reunión tras otra, una consulta tras otra, y ninguna se diferenciaba de la anterior. Se sentía como una autómata que hacía aquello que le ordenaban. Reconocía que era muy triste vivir así pero tampoco tenía las ganas o la autoestima suficientes como para cambiar aquello. Tampoco sabía cómo había llegado hasta la puerta de la casa de su hermana.
Oh, Mel – le dijo al verla y la abrazó de inmediato. Melinda agradecía el gesto pero, al mismo tiempo, se sentía como una pobre desgraciada a la que le tenían pena, cosa que no quería. Las parejas se separaban muy a menudo, lo suyo no era extraño –. Lo siento mucho.
No pasa nada, Elia. Estoy bien – contestó mientras se sentaba en el sofá situado en el salón.
No, no lo estás. ¿Te has mirado últimamente en el espejo? Tienes la cara demacrada, los ojos hinchados, se te nota que no estás bien, así que no me mientas. A mí no, Melinda – esta se encontraba reprimiendo las lágrimas. Por una parte no quería seguir llorando, no quería encontrarse en esa situación tan incómoda, pero por otra necesitaba sacarlo todo fuera, mas no delante de su hermana. No le gustaba que le viesen llorar, en un estado tan lamentable y débil como el que se encontraba.
Recordaba perfectamente cómo la habían mirado sus amigas las enfermeras nada más aterrizar en la planta donde se encontraba su departamento. Sus caras reflejaban una combinación de sorpresa con pena, compasión y algún chascarrillo que otro.
- No tenía ganas ni de levantarme de la cama. Llevo días así, a decir verdad, y me cuesta un mundo hacerlo. No me reconozco, es como si no estuviese ni en mi propia piel – estaba en una posición de derrota sobre el sofá, casi espatarrada, dándose por vencida –. No debería afectarme tanto…
- Es normal que te afecte, cariño. Le quieres y te sientes traicionada por él. Lo que pasa es que hace mucho tiempo que no te han herido de esta manera, tan profundamente, sin esperarlo.
- Le di todo, Elia, le di todo mi ser y me lo paga así, acostándose con ella. Y seguramente que ahora lo seguirá haciendo mientras yo estoy aquí, con un chándal, renegando del mundo. Soy un cliché andante…
- Y te lo puedes permitir – hizo una pequeña pausa –. No seas tan dura contigo misma, no es el momento para ello sino para intentar salir de este bache, recomponerte y seguir adelante – Melinda estaba a punto de decirle cuatro cosas pero Elia fue más rápida –. Ya, ya sé que es más fácil decirlo que hacerlo pero Mel, tienes tanto por lo que luchar. Lo primer de todo, tu carrera. ¿Vas a echar todo por lo que has trabajado por la borda simplemente por un tío? ¡No! Concéntrate en eso, márcate objetivos pequeños e intenta cumplirlos. Así, poco a poco, saldrás de esto. Ya verás cómo sí.
A Melinda no le sonaba raro nada de lo que le estaba diciendo su hermana. Ya lo había escuchado en otra parte, una muy cercana.
- Has aprendido bien de mamá, ¿lo sabes, no? – eso la hizo sonreír mientras que su hermana soltó una pequeña carcajada.
- Bueno, fui la primera a la que intentó persuadir para que se metiese en el "fabuloso mundo de la psicología", ¿recuerdas?
- Oh, sí, lo recuerdo bastante bien – eran ese tipo de cosas las que la sacaban de su miseria momentánea y la invitaban a pensar en otra cosa.
- ¿Qué vas a hacer con el bufete? ¿Has pensado en ello? – le preguntó Elia. En el fondo, su cabeza no había parado de dar vueltas sobre el tema.
- Había pensado en renunciar a ello, vender mi parte y largarme pero, tampoco quiero hacerlo.
- Esa no sería la Melinda que conozco. Tú no te das por vencida nunca, hermana. No deberías hacerlo tampoco en este caso.
- Le voy a ver allí, todos los días, y cada vez que lo pienso se me revuelve todo – podía notar cómo las ganas de gritar se juntaban con las de vomitar. Era una sensación extraña.
- Esto te tiene que hacer más fuerte, Mel, no debilitarte. Lo sabes. Piénsalo bien, todavía tienes tiempo.
Después de un rato de estar allí, en la casa de su hermana, la princesa de la misma bajó por las escaleras para saludar efusivamente a su tía preferida. Amelia había estado echándose la siesta y Melinda, por su parte, no podía envidiarla más. Tras una tarde de relajación con manicura y pedicura para las tres, llegó el momento del baño y el de la cena. Amelia quería pasar el mayor tiempo posible con su tía, por lo que era ella quien se hacía cargo de que la niña quedase reluciente mientras su hermana preparaba la cena. Viendo a Amelia jugando con sus muñecos, Melinda recordó cómo era ser un niño pequeño, sin preocupaciones, sin esos dolores de corazón que te dejan sin respiración. Todo era más sencillo, fácil, alegre. Ahora la vida se había convertido en una novela negra donde el sol no parecía brillar más.
- Tía, ¿va a venir algún día el tío Cary? – le preguntó inocentemente Amelia al meterse en la cama. La hora de dormir había llegado.
- No lo creo, mi amor. El tío Cary y yo ya no estamos juntos – intentó decirlo de forma pausada, sin venirse mucho abajo, que ella lo comprendiese hasta donde pudiese.
- ¿Por qué? – esa era una pregunta difícil y más contestarla al nivel de una niña de seis años. Melinda dudó pero lo intentó lo mejor posible.
- Bueno, hemos visto que la relación no funciona y que es mejor no seguir siendo novios, cariño.
Amelia se quedó pensativa, como si intentase seguir un esquema con su cabeza pero algo no terminaba de funcionar. Melinda intentó prepararse para lo que venía, lo cual no iba a ser fácil en ningún caso.
- No lo entiendo.
- ¿Qué no entiendes, corazón? – le preguntó dulcemente su tía.
- Si tú quieres a tío Cary y él te quiere a ti, ¿por qué no seguís siendo novios? ¿La gente que se quiere no tiene que estar junta? – una lágrima cayó por la mejilla de Melinda. En el fondo, ella tampoco comprendía nada y no quería ponerse a pensar en ello. Era demasiado doloroso.
- Así es – dijo mientras se sacaba la lágrima rebelde –, pero las cosas no son tan sencillas.
- ¡A mí sí me lo parecen, tía!
Abrazó a la cría por la espalda y se acurrucó junto a ella en la cama. "Ojalá las cosas fuesen tan simples como las ves, Amelia". No quería que esa inocencia se perdiese jamás y rogó con fuerza que así fuese, que su corazón se mantuviese puro y que no tuviese que sufrir lo que estaba sufriendo ella. Pero sabía que el periodo de duelo tenía que parar. No iba a conseguir absolutamente teniéndose pena de sí misma y que el resto respondiese de la misma manera. Ella era fuerte, no este ser débil en el que se había convertido. Ahora tocaba subir la cabeza y encajar los golpes. Lo que vendría a continuación no sería placentero, verle todos los días en el bufete, en el mismo que se quedaría para probarse a sí misma cuánto estaría dispuesta a aguantar, hasta qué límite podría llegar, si podría demostrarle a Cary que nada ni nadie la tiraría a la lona. La Melinda llorona tenía que acabar aquí y dar paso a otra que pocos habían visto antes. El resurgir había comenzado.
