*¡Bienvenidos de nuevo! Siento el silencio pero llevo meses sin escribir el fanfic -con una gran carga de frustración entremedias- y temo que, si sigo así, me quede sin capítulos por subir. Espero que la inspiración vuelva a mi vida pronto porque hay mucho, mucho que escribir.

Voy a intentar seriamente subir capítulo cada dos semanas como hacía antes y no dejaros sin nada que leer.

Espero que os guste y que me hagáis llegar un poco de feedback*

4

No hace falta ser ciego para no ver

Después de declarar en el juicio, durante el cual sorteó de la mejor manera posible las preguntas capciosas de Lockhart & Gardner, optó por volver al hospital en vez de quedarse hasta el final, como había hecho siempre. Ya nada la retenía allí. Anteriormente lo hacía por Cary, a quien quería ver en su salsa y al cual se le iluminaba la cara al notar que los resultados eran los esperados o mejores de lo que había imaginado. Se hinchaba de orgullo al verla allí sentada viendo su actuación en el tribunal. Pero ya no era así. Melinda fue recibida por una de sus enfermeras, quien le puso al corriente de sus pacientes y de cómo habían evolucionado mientras se encontraba fuera. Estas le habían mostrado su apoyo y le ayudaban a concentrarse lo máximo posible, aunque también le daban su espacio pues, si la agobiaban, Melinda acabaría saltando enfadada por el más mínimo detalle. Resultaba normal pues, si ya trabajar bajo presión es agobiante y estresante, añadirle la presión de tu vida personal convertía a la bomba que estaba a punto de estallar en un artefacto de lo más peligroso.

Por el momento, Melinda se encontraba volcada con un paciente en particular, Daniel, un niño de siete años con una grave enfermedad. Sus padres habían viajado desde Minnesota con la esperanza de que la doctora Cavanaugh pudiese obrar un milagro pero, como les había dicho, ella no hacía esas cosas, sino más bien tratar la enfermedad de la mejor manera posible con paciencia y esperanza, depositando su confianza no sólo en sus conocimientos médicos y en los medicamentos, sino en todo el equipo humano que la ayudaba con los pequeños que se encontraban en aquella planta. Daniel experimentaba una montaña rusa de estados: desde el peor de todos, a punto de que ocurriese lo peor, hasta el mejor de todos, no totalmente curado pero sí lleno de energía y con el espíritu recargado. Luego sufría una recaída que le mantenía en cama durante días para luego dar paso a una ligera mejora. Así había estado durante el último mes y Melinda ya no sabía qué hacer para sacar a aquel muchacho adelante. Últimamente se había dedicado en sus ratos libres a investigar sobre programas experimentales que le pudiesen ayudar en cualquier aspecto, llamar a colegas médicos, preguntar por nuevos medicamentos, etc. Lo último que le quedaría sería una cirugía bastante agresiva y que no prometía resultados, algo a lo que no estaba dispuesta a llegar.

Unas horas más tarde, lejos de aquel hospital, se encontraba Alicia Florrick en su nuevo bufete, contemplándolo, apoyada en una de las vigas, con una taza de café en las manos. Se acababa de dar cuenta de cómo la evolución de los acontecimientos en los últimos meses había dado a luz a un grupo de personas trabajando en aquella instancia con un mismo propósito: mantener en funcionamiento a Florrick, Agos & Associates. Cary apareció a su lado.

- ¿Va todo bien? – sonaba dulce aunque firme en su pregunta. Alicia se tomó un par de segundos antes de responder.

- Estaba pensando que nada de esto existía hace seis meses – ambos volvieron a mirar a lo que habían construido juntos.

- Sí, es un bufete de verdad – contestó Cary.

- Gracias – dijo Alicia de repente mirándole a los ojos. Cary no ocultó su extrañeza.

- ¿Por?

- Por impulsarme a hacer esto – emprendió su camino de vuelta a su escritorio pero su socio le interrumpió.

- ¿Alicia? – ella se dio la vuelta y Cary se acercó hasta el punto donde se encontraba –. Estoy viendo a Kalinda – ahora la que no pudo ocultar su cara de sorpresa fue la propia Alicia. En un primer momento no cayó en la cuenta pero, posteriormente, supo con claridad qué podría haber hecho que la relación entre su socio y Melinda se hubiese terminado.

- ¿Qué estás…?

- Sí – contestó él.

- Vale…

- Bueno, ella está indagando en los asuntos de nuestro bufete… – le soltó él –. Así que, creía que debía ser claro contigo.

- Vale – Alicia seguía sin salir de su sorpresa. No sabía muy bien cómo tomarse todo esto –. Pero… ¿no le estás dando nada, verdad?

- No. No, no – dijo Cary mientras ladeaba la cabeza de un lado para otro.

- Bien – Alicia no sonó muy convencida.

- Pareces preocupada – Cary no estaba muy seguro de por qué seguía con esta actitud reticente.

- No, es que pensaba… – hizo una pequeña pausa –. ¿Cuando dices que la estás viendo…? – su socio volvió a mover la cabeza pero esta vez hacia su dirección, como gesto de que había captado lo que quería preguntarle –. Pensaba que era gay.

- Bi… o algo – Cary se lo tomó con bastante naturalidad. Alicia, por su parte, emitió un gran suspiro.

- Bien. No es asunto mío – retomó su camino hacia su escritorio, pero Cary le hizo una pregunta que la desestabilizó por un momento.

- ¿Crees que Will y Diane hablan así? – lo hizo con un tono jocoso aunque manteniendo cierta seriedad.

- Sólo necesitamos un chupito de bourbon – contestó tras una breve risa y con una sonrisa en los labios, siguiéndole el tono.

- Conseguiré algo de bourbon – Cary también le sonrió.

- Más tarde, cuando hayamos terminado con este juicio – se apresuró a rebajar un poco los ánimos y plantar los pies en la tierra.

- ¿Da igual cuál sea el resultado? – preguntó él con el tono de broma.

- Da igual cuál sea – y le volvió a sonreír.

A pesar de haber cumplido su parte, Melinda recibió la llamada de Cary diciéndole que tenía que volver a presentarse ante el juez para una nueva ronda de preguntas. Al ver su nombre en la pantalla del teléfono dudó en si cogerlo o no pero, haciendo uso de su profesionalidad, como le había dicho en una conversación anterior, terminó por hacerlo. Volvió a la sala que les habían asignado y contestó de nuevo a las preguntas que ambas partes le hacían. No tardó más de diez minutos en arreglarse el asunto. Al ver la hora que era, prefirió no volver al hospital ya que era demasiado tarde pero muy temprano para volver a casa. Cruzó la calle y fue al bar donde suelen ir los abogados a tomarse una copa. Ella necesitaba una más que nunca. Tener a Cary delante la crispaba ya que recordaba todo lo que había pasado desde la ruptura y, por si fuera poco, su imaginación no hacía más que torturarla con imágenes mentales de él con Kalinda en la cama, en la suya, para ser más concretos. La broma era de bastante mal gusto y ella, en ocasiones, no podía hacer gran cosa para no pasar por ello. Por un lado no paraba de decirse que era una masoca y, en el fondo lo era, pero, por otro lado, lo hacía para curtir ese punto débil, convertirlo en un callo y que no pudiese dolerle más en un futuro. Pidió un vaso de bourbon sin hielo y su mente pasó a darle más vueltas al caso que atraía toda su atención, Daniel. Cogió el móvil, buscó la página web de un programa experimental y empezó a leerlo como si la vida le fuese en ello. Todavía le quedaban deberes que hacer y no quería perder mucho más el tiempo.

Un rato más tarde, ni siquiera sabía cuánto, alguien se sentó a su lado y pidió dos copas de bourbon, una para ella y otra para él. No levantó la cabeza para averiguar la identidad de aquella persona pero sabía, simplemente por su colonia, quién era. Ella misma se la había regalado en las pasadas navidades. Cary estaba a su lado mirando su copa, con actitud de espera. Ella no sabía de qué, así que continuó con su lectura.

- Has estado hoy muy bien en el juzgado. Quería felicitarte por ello – le dio un sorbo a su copa y ella siguió a lo suyo. Él hizo una pausa –. Sé que no es fácil…

- ¿A qué coño estás jugando, eh, Cary? – dijo por fin tras dejar a medias su lectura y mirarle a los ojos –. ¿A qué viene esto de sentarte a mi lado, pedirme otra copa y felicitarme por algo que ya he hecho decenas de veces?

- ¿Por qué piensas que todo tiene un propósito? – le preguntó con el semblante serio sin dejar de mirarla directamente –. No todo tiene un objetivo, Melinda. Simplemente me apetece felicitarte por tu esfuerzo.

- ¿Ah, sí? ¿Y qué coño voy a saber yo? A lo mejor se te pegan las maneras de esa zorra – era consciente de la palabra que acababa de usar y, aunque en un primer momento le dio reparo, seguidamente se llenó de una seguridad que no sabía de dónde venía.

- No la llames así – respondió él fríamente.

- ¿En serio? ¿Cómo quieres que llame a una persona que se dedica a tentar al que era mi novio, eh? ¡Y además sabiendo que tenía pareja! Por favor, Cary, no puedes ni disculparla, joder – iba notando cómo se le iba calentando la sangre. ¿En serio estaba intentado defenderla? Era lo último que la faltaba.

- No lo hago, ni tampoco me disculpo a mí mismo – hizo una pequeña pausa y soltó un suspiro –. Sé que lo que hice está mal, Mel, pero no puedo negar que quiero que las cosas sean como antes – sabía en qué terreno se había metido y lo que estaba pidiendo.

- Sabes perfectamente, Cary, que las cosas jamás volverán a ser como eran antes, así que ya puedes ir salvando tu aliento que no vas a conseguirlo – le dio un trago a su copa e intentó calmarse.

Por un momento, trató de ver la situación desde la postura de alguno de los presentes en el bar. Le daba pena ver cómo habían terminado después de los últimos ocho meses juntos, construyendo algo que pensaba que era seguro pero que, de repente, se había desmoronado como un castillo de naipes. En el fondo, ella también quería que las cosas fuesen como antes pero no podía permitirlo. No podía consentir que pisoteara su honor de la forma en la que lo había hecho, que la dejase como si nada de lo vivido hubiese importado. Lo hacía por su orgullo y por su honor. Melinda Cavanaugh era una mujer hecha y derecha que amaba con pasión y que se entregaba al cien por cien, pero eso no significaba que podría tratársela casi como un despojo. Tras una pausa en la que terminó su copa y pidió otra, logró decir:

- Parece que eres el único que no se da cuenta de las artimañas de Kalinda – su tono era reposado, como si dejase por un momento la venganza a un lado y le tratase de nuevo como una amiga. Quería hacerle ver a Cary lo que todo el mundo podía ver excepto él.

- ¿Crees que no lo sé? Me la jugó. Tú misma me advertiste sobre ello y fíjate lo bien que nos fue. Por mi cagada con quedamos sin oficinas.

- Y tú te callaste como una puta al respecto – volvió el "amor duro" por un segundo –. Te la va a volver a jugar, Cary, y esta vez no va a haber nadie que te avise.

- Está investigando al bufete. Quiere encontrar algún trapo sucio que tengamos.

- ¡Wow! Demasiado pronto para eso, ¿no crees? – contestó Melinda con sorna. Le miró con una mirada inquisitiva. Cary captó el mensaje.

- No le estoy dando nada, Mel. Sé cuidarme las espaldas.

- Permíteme que dude sobre ello, Agos – le dio un trago a su copa y él sonrió. Hacía tiempo que no le llamaba por su apellido –. ¿Estás seguro sobre esa afirmación? ¿No se te habrá escapado algo después de uno de vuestros polvos vespertinos? – parecía divertirse con sólo decirlo. Por un segundo se olvidó de lo cabreada que estaba con él y le trató como a uno más. Él se dio cuenta de ello.

- Estoy seguro – dijo con una pequeña sonrisa en los labios. A él le tentaba tocarle el antebrazo, como si quisiera reafirmarse con un gesto, pero prefirió no liberar a la bestia como había hecho antes.

- Si estás tan seguro… – le dio otro trago a su copa –. Te diré una última cosa, Cary: no seas idiota. No lo eres, así que no bajes la guardia en ningún momento. Intentará por todos los medios sacarte información y, si lo consigue, no sólo conseguirás quedar como un gilipollas, sino que todos los del bufete quedamos como tales y, permíteme recordártelo, cariño, pero no soy ninguna gilipollas – terminó su copa –. Ya no más.

Pagó la cuenta, le dedicó una última mirada, cogió su móvil y se fue por donde había venido hacía una hora y media. Aunque no iba a cejar en su cruzada de abrirle los ojos a Cary, sabía que poco iba a hacer aquello cuando estaba tan pillado por ella, y más ahora cuando le había dado lo que había anhelado por tanto tiempo: intimidad. "No puedes abrirle los ojos a un hombre que no quiere ver", se dijo a sí misma, quedándose tranquila momentáneamente. Sin embargo, por ahora, tenía asuntos más importantes que atender.