*¡Hola a todos y todas! Hoy hace 2 años que empecé a subir este fanfic y, para celebrarlo, nada mejor que un nuevo capítulo. Este, en concreto, es bastante especial puesto que trata uno de los momentos más tristes e inesperados de la serie. Sin embargo, está contado desde la perspectiva de Cary y Melinda, por lo que tiene ese punto de novedad.

Espero que os guste y nos volvemos a leer en dos semanas*

5

Rabia y lágrimas

Unos días más tarde, Cary apareció en la oficina como si se tratase de un día cualquiera. Tras llegar a un acuerdo con Lockhart & Gardner, había recuperado cierta energía que había dejado por el camino. Aunque su relación con Kalinda había prosperado a una velocidad nunca antes vista, su ruptura con Melinda le había dolido y seguía escociendo. No quería que las cosas hubiesen terminado así, y sabía que podía haberlas hecho de diferente modo, pero tampoco podía engañarse a sí mismo y menos a ella. La quería, pero su asunto con Kalinda venía de mucho antes. Era posible que se hubiese dejado engañar pero sentaba tan bien a pesar de todo. Se dirigió a su escritorio y repasó en su agenda lo que le esperaba durante la jornada. Tenía la declaración de Candace, una antigua clienta que había venido con ellos desde Lockhart & Gardner y cuyo caso tuvieron que retrasar para poder instalarse y ofrecerle sus servicios apropiadamente. Al ver que Alicia no se encontraba allí y que Candace ya llevaba esperando varios minutos, decidió llamar a su socia.

- Hola – respondió ella al otro lado de la línea. Le costó unos segundos más de lo normal contestarle. Sonaba apagada.

- ¿Dónde estás? – Cary sonaba serio. Se estaba empezando a poner nervioso.

- En Lockhart & Gardner…

- Alicia, ¿qué haces? – le increpó Cary interrumpiéndola y adquiriendo un tono de voz mucho más duro y serio. No le gustaba un pelo que Alicia estuviese en la base del enemigo –. La declaración es ahora. Prometimos darle a Candace toda nuestra atención. No podemos… – se cortó a sí mismo. No le encajaba en la cabeza por qué estaba en Lockhart & Gardner. Habían llegado a un acuerdo con ellos y, actualmente, no tenían ningún pleito –. ¿Qué estás…? ¿Qué haces en Lockhart & Gardner?

- Cary… – le dijo muy seria Alicia, de forma solemne –. Will ha muerto.

- ¿Qué quieres decir? – se tomó un par de segundos antes de preguntarle.

- Le dispararon durante su juicio. Ha muerto.

Al otro lado de la línea, Cary recibió la noticia como un jarro de agua fría. Will Gardner había muerto. Nunca se había llevado bien con él pero eso no quería decir que no reconociese que era un buen abogado. Hasta él se había referido a sí mismo como el "nuevo Will" cuando animó a Alicia a que se viniese con él al nuevo bufete. No podía creer que el hombre al que había visto unos días atrás ahora no estuviese.

- Tenemos que retrasar la declaración, Cary – dijo Alicia despertándole de su ensoñación.

- Yo… estoy… yo… – todavía no podía creerlo; le costaba pensar.

- Tengo que irme.

- ¿Alicia? ¿Estás bien? – él sabía que no, pero necesitaba saber en qué estado estaba su amiga y si podía hacer algo para ayudarla.

- Te llamaré.

Le costó reaccionar ante lo que le había dicho Alicia. Sin soltar el teléfono, miró hacia Candace, quien se encontraba sentada en la salita de espera que tenían montada, totalmente despreocupada. Cary sabía que tendrían que dejar la declaración para otro momento en el cual Florrick pudiese estar ahí ya que era realmente su cliente. Colgó el teléfono y se dirigió hacia ella todavía incrédulo ante la noticia.

- ¿Va a venir? – le preguntó Candace con una pequeña sonrisa. Había tenido demasiada paciencia –. ¿Dónde está?

- Yo… – Cary intentó pensar rápido pero le costaba de veras. ¿Will Gardner había muerto? ¿Qué tipo de pesadilla era esta? –. Tenemos que retrasar esto, Candace – dijo con una falsa sonrisa. No quería preocuparla.

- ¿Qué? – la pobre no se lo podía creer. Tendría que esperar otros seis meses hasta volver al punto exacto donde se encontraban ahora mismo.

Intentó explicarle a su cliente que a Alicia le había ocurrido una emergencia personal y que no podía estar presente. Ella lo tomó con resignación pero Cary la calmó al no pintarle el panorama tan mal como ella se imaginaba. Mientras esperaba, Melinda le vino a la mente. Tenía que llamarla para darle la noticia. A pesar de que no formaba parte de la comunidad legal, sí que había hecho méritos para considerarla una parte de ella. Tenía que enterarse de la terrible noticia al menos. Sin embargo, ella no cogía el teléfono. Tampoco sería la última vez que la llamaría aquel día. Cuando llegó la otra parte, Cary intentó ser lo más profesional que pudo y anteponerse ante las circunstancias.

- Sólo pedimos un retraso de cuarenta y ocho horas – anunció Cary en la sala de juntas.

- ¿Un retraso en la declaración? – preguntó el abogado contrario con cierto escepticismo.

- Sí, ha habido una emergencia.

- ¿La declaración que ya se retrasó? – la pobre Candace no lo estaba pasando muy bien, pero se mantuvo firme junto a su abogado.

- Sí, pero por otro bufete de abogados – señaló Cary. El tipo le estaba poniendo un poco de los nervios –. Alicia Florrick ha tenido que afrontar la muerte de alguien muy cercano a ella.

- Bueno, lo siento, pero no vamos a darle cuarenta y ocho horas – si antes le había parecido un capullo, ahora Cary estaba seguro de que el tipo que tenía enfrente de él lo era –. Ahora hay un hueco. Cójalo o espere otros seis meses para declarar.

- No sea imbécil – le dijo seriamente. Le parecía una absoluta falta de respeto hacia Alicia y lo que estaba pasando. Sinceramente quería pegarle un puñetazo en la cara.

- La cosa es que soy un imbécil. Dígale que si quiere ir al funeral, que vaya, pero hay un precio. Esperar otros seis meses para declarar o, Candace, puede hacerlo ahora mismo – respondió mientras dejaba su maletín encima de la mesa. La susodicha le miró con cierto desafío –. ¿Qué quiere hacer? – le preguntó a Cary. Este le miró seriamente, con cierto coraje, preparándose para lo que venía a continuación.

- Hagámoslo ahora mismo.

A unos kilómetros de allí se encontraba Melinda, quien estaba pasando consulta. Al revés que Cary, para ella seguía siendo un día normal con mucho trabajo y, en algunos momentos, con ganas de mandarlo todo al carajo. Continuaba atascada con el caso de Daniel y, a pesar de que se encontraba mucho mejor, tenía una corazonada de que volvería a recaer, aunque no sabía con qué dureza. Al despedir al último paciente del día, comprobó si tenía algún mensaje importante en su teléfono móvil. Le resultó bastante extraño que Cary la hubiese llamado varias veces. ¿Seguiría pensando que las cosas podrían volver como antes? ¿Por algún casual le pesaría en la conciencia lo que le había hecho? Decidió poner el móvil en silencio y proseguir con su investigación, haciendo llamadas e informándose con un poco más de profundidad sobre los nuevos programas y medicamentos en el mercado. Estaba dispuesta a todo con salvar a aquel niño.

- Fue un desafortunado malentendido. ¿Dr. Levine? – dijo el otro abogado.

Cary no estaba presente en la sala. No mentalmente al menos. En aquel momento, todo le parecía una terrible locura mezclada con una pesadilla. Will Gardner había muerto, una persona con la que se había enfrentado en los últimos años y de la cual no tenía muchos recuerdos agradables. En los últimos meses, la situación se habría recrudecido debido a la apertura del nuevo bufete. Aún recordaba cómo salieron pitando de la planta 28 tras ser descubiertos por Diane, cómo perdieron sus oficinas. En ese mismo instante, en aquella salita, en esa reunión, nada tenía sentido. Un hombre había perdido la vida mientras realizaba su trabajo. Era una frase que sonaba más acertada cuando se hablaba de un policía caído durante su deber como tal, o un bombero, pero no de un defensor de la ley. Podría haber sido cualquiera. Podría haber sido incluso él. Aparte de la incredulidad por la noticia, se añadía a la ecuación que seguía aguantando al capullo que tenía al otro lado de la mesa. El tipo se había mostrado completamente frío ante el dolor que toda persona siente al perder a un conocido o ser querido. A él mismo le dolía la muerte de Will y el hombre que se encontraba enfrente de él ni siquiera se había inmutado. ¿Por qué no otorgarles un receso de cuarenta y ocho horas? No estaba pidiendo nada del otro mundo, sino un poco de tiempo para que Alicia se pudiese recuperar mínimamente y volviese al trabajo. Se imaginaba el gran esfuerzo que le supondría, por lo que él estaría a su lado ayudándola en todo lo que pudiese, pero el otro abogado ni siquiera lo había pensado.

- Sí – contestó el cliente –. Despedí a Candace por su conducta. Eso es todo – Candace asentía intentando encajar el golpe aunque se mostraba a la defensiva por su cruce de brazos debajo del pecho. Cary continuaba mostrándose impasible, pero poco a poco iba perdiendo la compostura. No sabía cuánto tiempo podría aguantar más.

- Gracias, doctor – respondió el abogado –. ¿Algo, Cary? – pero él no contestó. Alguien, o algo, había presionado un botón no tan desconocido para él, pero no habitual –. ¿Señor Agos? – por fin reaccionó, pero nadie se imaginaba que lo hiciese de aquella forma.

- ¿Cuándo fue la última vez que se acostó con su mujer? – se mostraba impasible, ido, pero fuerte al mismo tiempo, seguro de sí mismo, duro.

- Venga, Cary, relevancia – replicó el abogado contrario.

- El honorable doctor ha dicho que estaba felizmente casado y por eso no despidió a mi cliente por ser muy guapa – notaba cómo la sangre se iba caldeando. La tontería se había acabado en aquel preciso momento –. Sólo estoy examinando la verdad de su argumento – Candace mostró su satisfacción por la actitud de su abogado al iluminársele un poco la cara con una tímida sonrisa.

- No, esto es acoso puro – el abogado contrincante se había puesto a la defensiva.

- ¿Cuándo fue la última vez que se acostó con su masajista? – Cary se inclinó hacia adelante para presionarle. Sonaba mucho más agresivo que antes. Parecía que la bestia se había despertado.

- Vale, esto es excesivo – respondió el abogado.

- ¿Va en serio? – logró decir su cliente.

- Totalmente irrelevante para el caso – dijo el abogado.

- Aquí está una declaración jurada de Beverly Jensen admitiendo que se acostaron en cinco diferentes ocasiones – Cary le entregó el papel al doctor sin perder un ápice de su dureza. Estaba cansado y no podía parar de darle vueltas a lo que Alicia le había contado.

- Esta declaración ha terminado – dijo el abogado con cierto tono chulesco a Cary y comenzó a levantarse de su asiento.

- Vamos a llamar al juez – Cary vio cómo incrementaba su enfado y no dudó en mostrarlo en su voz.

- El doctor Levine tiene un paciente así que tenemos que retrasar esto de todas formas – esa fue la gota que colmó el vaso de Agos y lo hizo rebosar. Después de no otorgarle una simple petición, más que justificada, ¿ahora quería retrasarlo porque no tenía argumentos con los cuales defender a su cliente?

- ¡Usted fue el que fue al juez insistiendo que la declaración sólo podía ser hoy! – Cary levantó la voz, cosa que no iba para nada con su carácter. El abogado apacible se había quedado por el camino y hoy, que no tenía el día para tonterías, le había tocado el payaso por abogado contrincante. No iba a dejar títere con cabeza si tenía la oportunidad y ahora se le había abierto el cielo –. ¡Así que llamemos al juez, pero no creo que esté de muy buen humor! – una parte de los presentes necesitaba un cambio urgente de ropa interior. Eso sí que había sido una sorpresa. Nadie se hubiese esperado que Cary Agos se pusiese el mundo por montera y le cantase las cuarenta al tipo que tenía delante de él.

- ¿Qué quiere? – el otro abogado se puso serio y, en cierto sentido, hasta conciliador. Cary no dio su brazo a torcer y le respondió con la mayor de las honestidades.

- Quiero sacar mi hostilidad y mi enfado destruyendo a su cliente – se calmó un poco pero cambió su actitud a algo más fría y distante, sintiendo que tenía las riendas de la situación. Ni siquiera se había movido de su asiento, simplemente había llenado la estancia con su presencia dejando las cosas muy claras –. Ahora siéntese – volvió a bajar un poco más el tono y se mostró más autoritario que nunca –. He dicho que se sienten, joder – miró fijamente a sus contrincantes y estos no pudieron más que quedarse helados ante lo que habían presenciado.

Melinda estaba apoyada en el cerco de la puerta de la habitación de Daniel tras su visita al resto de sus pacientes. Se encontraba apaciblemente dormido y ella no podía más que sentir pena por aquel pobre chaval que tenía más de perder que de ganar. Daniel se sintió observado y empezó a abrir los ojos poco a poco. Melinda le saludó con una gran sonrisa.

- Vuélvete a dormir, Daniel. Tienes que descansar, ¿de acuerdo? – se acercó a él y le acarició la mejilla.

- Vale – respondió con un hilo de voz.

Tenía la cara un poco pálida debido al mal trago que estaba pasando. Melinda le arropó y abandonó la habitación. Decidió que lo mejor era volver a casa, darse una ducha rápida e irse a dormir. Ni siquiera tenía hambre a pesar del duro trabajo que había tenido aquel día, lo cual siempre abría su apetito. Al llegar a la oficina para recoger sus pertenencias y emprender el rumbo hacia el parking del hospital, echó un vistazo a su teléfono móvil. Cary había llamado ocho veces. Sin embargo, no había dejado mensaje en ninguna de ellas. Con cierta preocupación y curiosidad, se metió en el ascensor sin antes despedirse de sus enfermeras y desearles una buena noche.

Durante el trayecto, a pesar de tener la música encendida, lo cual era una perfecta distracción, dejó volar su imaginación sobre el asunto por el que había llamado su exnovio. "Exnovio" era una palabra que todavía le provocaba cierto escozor debido a que no podía todavía creerse, aunque ya hubiesen pasado un par de meses desde su ruptura, que Cary y ella no estuviesen más juntos. Unido a eso, el camino por el que optó su imaginación fue más parecido a una novela de Danielle Steel: Cary había abierto finalmente los ojos ante las mentiras y artimañas de Kalinda y se había dado cuenta de que era a ella a quien quería y con la que pasaría el resto de su vida. "Mira que eres boba", se dijo a sí misma. "Cary no va a volver contigo porque ya tiene a Kalinda, su chochito favorito. Así que, por favor te lo pido, termina con la fantasía de que en algún momento volverá porque no lo hará. Es mejor ahorrarnos este sufrimiento absurdo". Al llegar a casa, dejó caer las llaves en el cuenco del recibidor y se fue quitando los zapatos de camino a su habitación. Le daba una tremenda pereza desnudarse y meterse en la ducha pero, por otra parte, lo necesitaba. Para rematar la noche, la cabeza se había convertido en su bombo particular, por lo que decidió que pronto se iría a la cama.

Un poco antes de medianoche, ya con el pijama puesto y dispuesta a dar por terminado el día, alguien llamó al timbre de la puerta. Dio un pequeño respingo al escucharlo y se quedó quieta en el sitio, totalmente callada. Aunque esperaba que la otra persona se fuese y pudiese irse a la cama tranquilamente, el timbre volvió a sonar. Decidida, abrió la puerta y se encontró a Cary con la mano apoyada en el cerco de su puerta. Lucía demacrado, como si hubiese tenido el peor día de su vida.

- ¿Qué haces aquí? – preguntó ella en voz baja. Su tono era autoritario, queriendo mostrar que seguía enfadada con él, pero al mismo tiempo no podía ocultar su sorpresa.

- ¿Puedo pasar? – logró decir él, mirándola con ojos de cordero degollado. Esta vez no parecía una jugada sacada del libro de Kalinda, sino que lo estaba pidiendo honestamente –. ¿Por favor?

Le dejó pasar. Él se quedó en el recibidor mirando al suelo. Parecía que no sabía muy bien qué decir, así que habló ella.

- Cary, estaba a punto de irme a dormir. ¿Qué quieres?

- Tengo que contarte algo importante – estaba apenado, como nunca antes le había visto. El corazón de Melinda empezó a acelerarse sin remedio.

- Dime – Cary no parecía muy convencido. Tardó más de lo normal en responderle.

- Es mejor que nos sentemos.

Cary la cogió del brazo con cuidado ya que no quería que le gritase en toda la cara. Ya había tenido un mal día como para lidiar con su gran temperamento. La llevó hasta el sofá y se sentó a su lado. No sabía muy bien cómo decirle lo que había pasado.

- Melinda… – ella le miró con expectación. Ya se esperaba cualquier cosa. Cary la miró a los ojos –. Will Gardner ha muerto.

Se quedó paralizada. ¿Cómo que Will Gardner había muerto? Le había visto unos días atrás en el tribunal. No parecía enfermo, así que no podía explicarse cómo había pasado. Las imágenes de Will empezaron a pasar por su mente: las veces que le había visto en los juzgados, en su despacho, riéndose por algún comentario, serio e impasible… No podía creer lo que estaba escuchando.

- ¿Cómo…? Pero si hace unos días que le vimos… – no lograba encontrar las palabras para expresarse. Jamás se hubiese imaginado una noticia como esta.

- Alicia me ha dicho que lo dispararon durante un juicio – los ojos de Cary se empezaron a humedecer pero mantuvo la compostura.

Sin embargo, Melinda empezaba a perderla. Su mente se había convertido en una máquina que no podía parar de trabajar. Había trabajado con Will, le había caído bien hasta que se posicionó a favor de Florrick, Agos & Associates. Había tomado alguna copa con él tanto dentro como fuera de su despacho, sabía lo buen abogado que era y ahora…, ahora ya nada parecía tener sentido. "¿De verdad, Will, por qué no te mueres y nos dejas en paz?", era la frase que se le había quedado grabada en la cabeza y la cual no podía dejar de repetir. Por un momento, le había deseado la muerte, que se alejase de ellos y les dejase trabajar. Gardner había sido un rival a la altura, tanto que ella misma pronunció esa frase delante de él. ¿En qué estaba pensando? Al mismo tiempo, por arte de magia, se imaginó a Cary cayendo abatido en la sala donde se celebraría uno de sus casos, rodeado de un charco de sangre donde perdería la vida. Los ojos de Melinda empezaron a humedecerse y la primera lágrima cayó por su mejilla. Cary lo vio y la abrazó intentando reconfortarla.

- Ssshh… Tranquila – le susurró al oído mientras le acariciaba la espalda. Melinda empezaba a llorar desconsoladamente.

- Le dije que se muriera, Cary. ¡Le dije que se muriera y nos dejara en paz! – logró a decir entre sollozos.

- No pasa nada, Mel. No lo decías en serio – la abrazó un poco más fuerte.

- ¡Lo decía en serio, Cary! – respondió ella deshaciéndose del abrazo. Sus mejillas estaban empapadas por las lágrimas y sus ojos estaban rojos –. ¡En ese momento lo decía en serio! Quería que nos dejase en paz. ¡¿Cuántas veces nos hemos enfrentado a Lockhart & Gardner desde que nos fuimos de allí?! Parece no tener fin – se calmó un poco pero con otro pensamiento, el de Cary siendo abatido a tiros en el tribunal, las lágrimas volvieron a brotar en sus ojos –. Joder, Cary, podrías haber sido tú – ese pensamiento no le era desconocido para él pero, al oír a Melinda decirlo en voz alta, sonó mucho más real que antes –. Podrías haber sido tú, Cary.

La volvió a abrazar como nunca lo había hecho anteriormente y dejó que se desahogara. Él ya lo había hecho con el otro abogado haciendo pedazos a su cliente. Ahora le tocaba el turno a ella. Le rompía el corazón verla así. ¿De esa manera fue como la dejó al irse de su apartamento la última vez, llorando como una magdalena? ¿Tan rotos habían estado por dentro que no se habían dado cuenta del dolor que sentía el otro? Todavía recordaba cómo lloró sentado en el coche después de irse de allí con sus cosas bajo el brazo y con un "lo siento" más en los labios. Él corrió a los brazos de Kalinda como si fuese un acto reflejo pero, ¿a dónde fue ella si era él a quien quería? Sintió cada vez más pena por ella y eso se tradujo en un poco más de fuerza en el abrazo. Necesitaba reconfortarla de algún modo. Las últimas veces la había visto tan entera, tan desafiante. ¿Era una forma de ocultar su dolor o simplemente se había recompuesto tan pronto? ¿Su rabia hacia él había tapado el dolor que estuviese sintiendo? Un sentimiento para nada desconocido empezó a abrirse hueco dentro de sí. Enterró sus dedos en su pelo mientras continuaba abrazándola. Ella no quería ceder ante lo que estaba sintiendo. Seguía amándolo a pesar de todo pero no pretendía dejarse llevar por el momento. Se encontraba en un momento delicado con la noticia de la muerte de Will pero, qué demonios, hacía un par de meses que no había estado así con Cary, como si fuesen dos viejos amigos que buscan comprensión y confort el uno en el otro.

Ella se despegó un poco de él y le miró a los ojos. Él le respondió de la misma forma y la besó con dulzura, mojando sus propias mejillas con sus lágrimas. Ella se dejó besar, cerró los ojos y se sumergió en el momento. Sintió cómo sus tiernos labios seguían a los suyos. Melinda, sin dejar de besarle, se colocó encima de él y le cogió suavemente de la nuca. La fuerza de sus labios iba en aumento, progresivamente. El deseo volvió a sus cuerpos; algo primitivo estaba llamando a sus puertas y esta vez, como muchas otras, era difícil de ignorar. Sin pensárselo dos veces, Cary la cogió en vilo y se la llevó a la habitación. Melinda seguía derramando alguna lágrima que otra que mojaba las mejillas de ambos. Cary la posó en la cama con delicadeza y se puso encima de ella. No paraba de besarla. Ella ya había cedido del todo. Acalló la cabeza y le dio un megáfono al corazón. Cary paró un segundo con cuidado, la miró a los ojos, cogió su cara con las manos y empezó a besarle las mejillas retirando las lágrimas. Como si alguien hubiese tocado un botón, el ambiente cambió de repente. La dulzura dejó paso a la rudeza, al desenfreno de la pasión que sentían. Melinda empezó a quitarle la chaqueta del traje a Cary y este le empezó a desabrochar la parte superior del pijama para dejar paso a la visión de sus pechos desnudos a la luz de la luna que entraba por la ventana. Melinda hizo lo propio con la camisa de él y, en un movimiento inesperado, ella estaba encima de él desabrochando su cinturón y abriéndole el pantalón sin poder parar de besarle. Cary estaba más que preparado para recibirla. Melinda no podía aguantarse más. Él le bajó el pantalón y ella le sintió dentro en toda su plenitud. Dejándose llevar por la rabia, el dolor, el deseo, el amor, empezó a cabalgarle en la oscuridad de su habitación iluminados por el único testigo que tenían, la luna. La tensión se podía cortar en el aire. Estar tanto tiempo separados había creado cierta ansia del otro. Kalinda pasó por la mente de Melinda durante un segundo, un momento perfecto para llenarse de rabia y demostrarle a Cary lo que su "amorcito" no podía hacerle. Le cogió de las manos y se las puso detrás de la cabeza de él para que no pudiese tocarla, incrementando un poco más la tensión que había entre ellos y la velocidad. A los pocos minutos, Cary no podía aguantarse más y decidió cogerla en volandas sin salir de ella y ponerla con la espalda contra la pared mientras seguía penetrándola. El calor en la habitación había subido varios grados y sus cuerpos jadeantes no paraban de sudar. Melinda le besó y sintió su lengua dentro de su boca. Al sentir cómo llegaba al clímax le mordió un poco el labio y dejó escapar un pequeño grito. Un chispazo de placer recorrió todo su cuerpo desde entre sus piernas. Cary la dejó en la cama con cuidado y, sin poder aguantar más, se dejó llevar por el momento. Hacía tanto calor en la habitación que Melinda se estaba mareando, así que optó por quedarse tumbada intentando recuperar el aliento. Cary cayó a su lado. Ladeó la cabeza para mirarla pero ella no movió un músculo. Se concentró en su respiración durante un instante hasta que volvió a la normalidad. En ese momento se puso de lado para mirarle. Era como si los dos últimos meses no hubiesen ocurrido y fuesen una pesadilla de la que había conseguido despertarse. Estaba ahí, junto a ella, en su cama. Él la miró y le acarició la mejilla izquierda. Melinda cerró los ojos y se dejó llevar por esa caricia mientras ponía su mano sobre la de él. Su mano empezó a bajar por el cuerpo de ella, dibujando su forma. Ella se acercó a él y le besó en los labios con la dulzura del principio. Había empezado el segundo asalto.