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Capítulo tres: Por el río
Luego de que Crash Bandicoot pasara por un camino en el cual no podía protegerse de las fuertes lluvias y otro en donde el frío polar fue algo más que problemas, él logró reencontrarse con su mejor amigo, la máscara mágica Aku Aku. Luego de que el chico dejara de abrazar a su compañero, este último le tenía noticias.
—Sé que Cortex te pidió buscar fuentes de energía; no recuerdo bien qué era, así que te traje una gema —dicho esto apareció de la nada una gema de color azul.
"Gracias, Aku Aku", agradeció sonriendo, "pero… ¿de dónde la conseguiste?", pensó el de los ojos verdes rascándose la cabeza en señal de confusión.
—Entré por la primera puerta tratando de buscarte pero lo único bueno que encontré fue esa piedra.
"Pero Cortex me pidió cristales; no gemas". Había "dicho" el bandicut.
—¿En serio? Bueno… servirá para algo y… ¿Cuántos cristales has reunido?
"Sólo dos", comunicó con desánimo. "Este…", mientras señalaba al reciente, "…y el que está guardado allí", indicando ahora el locker.
—Creo que, de ahora en adelante, yo guardaré los cristales… No confío en todo lo que dice ese científico.
El de pelaje anaranjado asintió conforme a la sugerencia del ser mágico y le acercó los objetos brillantes que, en un abrir y cerrar de ojos, estos desaparecieron. El chico se asombró por ese truco y quedó un poco más tranquilo al tener bien guardado esas piedras. Quien no aprobó la idea de este ser, era el doctor Cortex quien los miraba a través de las cámaras ocultas.
—¡Otra vez esa máscara entrometida! Le diría lo que pienso de no ser porque estos hologramas no funcionan bien… ¡N. Gin! ¡¿Por qué esto no funciona?! —gritó furioso.
—… Pues… es que… aquí no hay buena recepción de señal —respondió algo nervioso.
—¡Pues arréglalo ya! ¡Esa madera flotante no debería estar ayudándole!
—Sí, doctor Cortex —dijo en voz baja y se retiró de esa habitación.
El científico del misil en la cabeza se dirigió a su cuarto para informar las nuevas buenas al enemigo del líder del N Team, el doctor Brio. Para eso, él envió un mail, el cual expresaba: "Doctor Brio: recuerdo que su rayo necesitaba gemas para activarse, pero no tiene por qué buscarlas; Crash Bandicoot encontró una, así que puede decirle que lo ayude. Puede indicarle cuando instale el programa que le voy a enviar y lo conecte a la señal."
Luego de este correo electrónico, envió también el programa para hacer posible que el calvo pueda dar su mensaje a través del holograma y llegar así al marsupial. Afortunadamente, el envío llegó a destino así como la respuesta: "Programa instalado y ejecutado." Al enterarse de que el hombre de los tornillos ya había abierto el archivo, N. Gin fue a la habitación central para conectarlo a la señal. Una vez hecho, diciendo a Neo la excusa de que estaba reparando las máquinas, ambos miraron hacia los monitores y vieron el holograma del rostro del científico calvo hablando con el bandicut.
—Así que ayudas a Cortex a reunir cristales y de paso has encontrado una gema de color. Interesante. Bien, Crash, que sepas que mientras estés aliado a Cortex serás mi enemigo y haré lo que sea para detenerte. Si tanto te preocupa el destino del mundo, debes reunir las gemas y no los cristales. Si consigues las cinco, las usaré para apuntar con un rayo láser que destrozará a Cortex y la estación espacial que ha construido.
Al terminar de hablar, el de los ojos verdes se mostró nuevamente confundido: ¿A cuál de los dos hombres tenía que escuchar? No sabía qué hacer, tampoco su protector, así que optó por buscar tanto cristales como gemas y luego ver a cuál de los dos doctores dárselos. Quiso continuar su viaje pero decidió quedarse para poder recuperarse un poco de aquel clima extremo.
Quien estaba más que furioso era, por supuesto, el de la marca en la frente, el cual no paraba de gritarle al joven de cabello anaranjado.
—¡¿Cómo fue que ese calvo apareció allí y cómo sabía lo de los cristales, de que ese marsupial está ayudando y lo de la estación espacial?! ¡¿Cómo fue que esto pasó?!
—… No lo sé, doctor, Cortex. Tal vez nos esté espiando —dijo fingiendo preocupación.
—¡¿Cómo se supone que dejaras que esto pasara?! ¿No era que te graduaste con notas altas en la Academia? ¡Deberías saber qué ocurrió!
—Pues sí y no. Tal vez el doctor Brio contrató a un experto en informática… Además, el accidente que tuve me afectó a tal punto que no recuerdo bien todo lo aprendido.
—Simplemente eres un torpe. Y ahora… ¿Qué más va a suceder?
N. Gin no respondió y salió de ese lugar para ir a su habitación. Tenía que "hablar" con la chica bandicut para avisarle esto: "Coco: si ya tienes preparada la ayuda para tu hermano, colócala en la plataforma así podré enviársela." Y envió el mail. Por su parte, ella no respondió pero el Cyborg pudo ver que cumplió con el pedido. Cuando la rubia puso esa herramienta en el lugar, esta desapareció en un instante.
Cuando Crash se sentía listo para continuar, apareció en el centro de la cámara, la ayuda: un deslizador para el agua, de color rojo, con flamas amarillas pintadas y con turbinas. No sabía por qué estaba allí, sin embargo la tomó y se la llevó para ir a la próxima puerta de búsqueda. Menos mal que lo había llevado; la nueva zona se trataba de un lugar algo conocido: el río, y sabía bien que no siempre había un camino que impidiera mojarse.
Al principio sí había lugares donde pisar: se trataban de grandes baldosas de piedra tallada, algunas con diseños indígenas. El río era profundo; podía saberse esto porque no se lograba ver el fondo. Con algo de miedo por si se caía al agua, el marsupial recorrió el camino de piedra y, durante el mismo, se encontró con peces saltarines y con las peligrosas plantas carnívoras.
Luego de pasar varios obstáculos, el mutante y la máscara mágica llegaron al final del trayecto ya que no había más camino que seguir sino que solamente estaba esa agua profunda. A lo lejos, podía divisarse que había más camino y, para llegar allá había que cruzar el río con la patineta de agua.
—Ten cuidado —avisó Aku Aku al ver que Crash se aproximaba al agua para dejar el artefacto en su lugar.
Luchando contra la corriente, el anaranjado se subió al deslizador y podía controlarlo a través de unos botones que pisaba. Él levantó un poco sus brazos para mantener el equilibrio y, por supuesto, el ex nativo lo acompañó flotando sobre el agua. Al principio todo estaba bien: el agua era algo tranquila y podía manejar sin problemas. Crash se mostró algo intranquilo cuando vio una especie de remolino en el agua y no sólo uno; había varios.
Con algo de dificultad, logró seguir el camino acelerando el motor del deslizador para evitar que fuera tragado por estas correntadas circulares.
Por otro lado, Cortex se enfadaba al ver las capacidades y la suerte que tenía su enemigo y, por otra parte, quería que se mantuviera bien, así podía seguir recolectando cristales. Aún así, perseguía obstaculizar su búsqueda y, por eso, le volvió a gritar a su colega-asistente.
—¡N. Gin! ¿Recordaste colocar las minas en el río o ni eso puedes hacer?
—Sí que los puse, doctor Cortex —respondió algo desanimado.
—Bien. Ese torpe marsupial se llevará una sorpresa si llega a tocarlos —dijo siniestramente con una breve risa al final.
El Cyborg siguió manteniendo su expresión de seriedad y continuó trabajando con las máquinas que había a su alrededor. Aquella risa desaparecerá; sólo era cuestión de esperar.
Tal como lo había dicho el del misil en la cabeza, Crash se encontró más adelante con esas minas, aunque al principio no sabía de qué se trataba. Aquellas se avistaban como objetos flotantes, de color oscuro, con grandes púas a su alrededor. Por esa apariencia, el bandicut no intentó tocarlas pero, como había una moderada cantidad de estos explosivos, también le fue algo difícil esquivarlas. Sin embargo, lo logró.
El próximo lugar firme se trataba de un puente de madera con un pequeño muelle que unía los dos costados del río. Al llegar allá, el chico se alivió un poco pero aún tenía mucho camino que recorrer, así que sacudió su deslizador para sacarle el agua, lo llevó bajo el brazo y siguió caminado. Luego de ese puente de madera, reaparecieron las baldosas de piedra así como las plantas carnívoras.
Prosiguió así marchando junto con su amigo-guardián y saltando de un lado a otro, porque las baldosas no siempre estaban en línea recta. Subió por unas piedras que hacían de escalones ya que había una cascada, hasta que fue necesario utilizar de nuevo la patineta de agua. Otra vez se topó con esos remolinos y minas flotantes que, estas últimas, eran difíciles pero no imposibles de eludir debido a que se movían por la corriente. A pesar de esto, consiguió llegar al otro lado.
Luego de unos pasos más logró encontrar una de las piezas que buscaba: un cristal. Este se localizaba flotando sobre un bloque de piedra alejado del camino principal con lo que se debía saltar para llegar hasta allá. Cuando Crash se preparaba para hacerlo, aunque tenía algo de temor porque tal vez podía caerse, su compañero lo interrumpió.
—Iré yo a buscarlo; no quiero que te caigas al agua —decidió obteniendo como respuesta un "sí" con la cabeza por parte del mutante.
Fue así que flotando, Aku Aku llegó a absorber el cristal haciéndolo desaparecer y, una vez hecho, regresó al lado de su amigo. Ambos continuaron su viaje y, de la misma manera en que hallaron la piedra rosada, encontraron una gema de color amarillo. La máscara flotante también fue tras ella perdiéndola de la vista del evolucionado. Ya habían logrado sus objetivos; ahora sólo resta regresar a la máquina transportadora.
Ellos no tenían ni idea de alguien estaba cerca, precisamente alguien no muy amistoso…
Ambos siguieron con la marcha, esperando encontrarse con la plataforma que los llevaría de nuevo a la sala de las puertas; no la encontraron y llegaron a un lugar extraño para ellos. Era precisamente una ruina de gran tamaño y, al ingresar y ver que esta era atravesada por una cascada, ese lugar les pareció familiar. Luego centraron la mirada alrededor de la enorme sala: había un piso hecho con baldosas de piedra y, en torno a este, estaban los surcos de agua.
A los costados del lugar, había unos estantes con una gran cantidad de libros y, en el fondo de la habitación, junto a la cortina de agua cayendo, estaba el dueño de esos objetos: se trataba de Ripper Roo, quien se encontraba leyendo muy concentrado. Ahora sí el bandicut recordó por qué ese lugar le resultó familiar: allí tuvo su enfrentamiento con ese canguro enloquecido. Al darse cuenta de esto, y de acordarse de las quemaduras que le dejaron los explosivos, trató de irse de allí, sin embargo, ya era tarde.
El canguro azulado levantó la vista y pudo observar que no estaba solo en ese lugar; se había reencontrado con su enemigo. Por esta razón, se incorporó abruptamente mostrando una cara de pocos amigos. Acto seguido, llegó al centro de la habitación de un solo salto. Ripper Roo se veía cambiado desde la última vez que lo vio: llevaba puesto un sombrero elegante de color negro y unos anteojos de grueso cristal circular con marcos negros.
Quiso gritarle pero lo único que salía de su hocico con dientes puntiagudos fue una especie de gruñidos o sonidos extraños. El anaranjado se mostraba confundido; no entendía lo que el canguro de chaleco de fuerza le decía. Al ver la incomprensión, Aku Aku intervino.
—Él dice: "¿Cómo te atreves a venir hasta acá, Crash Bandicoot?".
Por su parte, el de los ojos verdes se asombró por eso hasta que recordó que su amigo era capaz de tener esa habilidad. Al dejar de pensar en esto, se dio cuenta que debía responder la pregunta. El saltarín se aproximaba de a poco con furia en su expresión pero la máscara mágica se lo impidió.
—Espera. Llegamos aquí por accidente. Nos iremos… —dijo haciendo una pausa porque no conocía el nombre del azulado.
El canguro gruñó aún más enfadado, y Crash esperaba la traducción.
—Dijo: "soy el doctor Richard Roo, y recuerdo muy bien aquella pelea que tuvimos hace un año".
El bandicut se veía algo temeroso ya que ese insano parecía más peligroso y nunca lo vio tan enojado. En cuanto a este último, él siguió "comunicándose".
—Dice que esperaba el momento para poder tener una revancha y por eso, luego de terminar sus estudios de psicología, regresó a esta isla para poder encontrarte —explicó la máscara y el de pelaje azul claro prosiguió "hablando"—. Expuso que si queremos irnos, tendrás que pelear con él. Si tú ganas, nos marcharemos pero, si él te vence… es porque tu vida se acabó.
El chico se sorprendió por ese trato tan siniestro pero no tenía otra opción que aceptar la propuesta. Ni bien el anaranjado asintió, Ripper Roo saltó hacia el asiento de donde estaba antes y volvió al mismo lugar sosteniendo un bastón elegante con una de sus patas. El marsupial color naranja no le pareció una amenaza ese objeto, pero cambió de opinión cuando el psicólogo lo usó para saltar y activar los explosivos que estaban camuflados en el suelo de piedra.
Crash se dio cuenta de que estaba en medio de un campo minado y no sabía hacia dónde moverse. El doctor Roo saltaba con velocidad hacia todos lados, activando bombas parecidas a las cajas de TNT, ya que, a los tres segundos, estas explotaban. Durante los constantes estallidos, uno de estos explosivos estuvo a punto de quemar al bandicut pero, al esquivarlo se lastimó parte de uno de sus brazos; tuvo que quitarse uno de sus guantes de motociclista porque se estaba incendiando.
Al de los ojos verdes se le ocurrió una idea, un tanto arriesgada, para contraatacar: cuando el canguro se acerque lo más posible a él, lo haría caer del bastón y, una vez en el suelo, empujarlo hacia donde estaba la bomba a punto de explotar. Esperó el momento adecuado, esquivando y tratando de no lastimarse tanto, hasta que logró su objetivo. Roo recibió el impacto de la bomba pero, en lugar de quejarse por el dolor, comenzó a reírse con locura. Se veía que el explosivo le quemó el pelaje, sin embargo, se levantó de inmediato y continuó con su ataque.
El chico volvió a contraatacar: el doctor se chamuscó de nuevo y volvió a estallar de risa pero ahora, parecía un poco agotado. De todas formas, el canguro estudioso regresó al combate. Otra vez cayó y, cuando Crash esperaba a que apareciera esa estrepitosa risa, Ripper Roo movió la cabeza en señal de desorientación y se desmayó desplomándose en el suelo. El bandicut venció, aunque de nuevo, salió del campo de batalla con varias quemaduras.
—Ya vámonos, Crash —pidió Aku Aku tratando de curar las heridas del chico—. ¡Mira eso!
Lo que señalaba el ser mágico era la plataforma de viaje, y así volvieron a la cámara.
