Hola. Perdón por tardar en actualizar. :'(
¡Gracias por sus reviews!
Gracias chreisthewolf07, KICOLOVERS239, Yuna-Tidus-Love, Mr. NBA, y... Siletek.
Qué bueno que les guste; qué mal que no les guste los niveles de ruinas...
Con esto de la escuela, llegué a donde no quería llegar: a escribir sobre la marcha. Pero trataré de cumplir con el tiempo establecido.
¡Gracias por leer! ^_^
PD: Siempre quise poner un capítulo en partes (como el de ahora). No sé si está bien.
Capítulo nueve: Desde las alturas (segunda parte)
Después de un momento de ausencia por la sala principal de la estación espacial, N. Gin fue hacia allí y se encontró con lo acostumbrado, o con lo que sabía que iba a pasar: con el líder del N Team, Neo Cortex, observando fijamente la pantalla con una expresión de furia en su rostro. Al parecer, su nuevo plan no iba muy bien, pese al misterio que le había dado, pero para evitar que se enoje aún más, el Cyborg decidió alejarse de él y ponerse a trabajar revisando las máquinas que había por todas partes.
—¡No puede ser! ¡No es posible! —exclamó Cortex después de gruñir tanto—. ¡Esos animales no pueden hacer nada contra ese estúpido marsupial!
—¿Animales? —dijo para si el experto en robótica en voz baja—. Otra vez utilizándolos —comentó esto último con fastidio.
—¡Esas ratas no sirven para nada!
—¿Ratas de nuevo? Cientos de experimentos realizados con estas resultando un verdadero fracaso. Nunca aprende —expresó negando con la cabeza.
—¡Ni esos monos ni esas lagartijas pudieron detenerlo!
—¿Monos y lagartijas? ¿De dónde los habrá conseguido tan rápidamente? —musitó y fue acercándose con lentitud hacia los monitores.
—¡Pero por lo menos aún quedan esos gorilas! —anunció y se rió con malicia.
"Esos animales se me hacen conocidos…", pensó el almirante y cuando observó las pantallas, observó que los animales de su refugio fueron las víctimas de los planes del hombre amarillento.
—Ahora ya veo el porqué del misterio… —dijo N. Gin, tratando de no verse enfadado ya que aparecerían sus horribles dolores de cabeza.
—Bueno, de todos modos, esos animales jamás volverán a la normalidad —habló sin ningún remordimiento por lo que había hecho.
Para no comenzar una discusión, que podría ponerse peor, el Cyborg se alejó de Cortex para volver a fijarse en los aparatos, pensando en el trabajo que hizo tratando de ayudar a esos animales. Cuando él estaba a punto de abandonar esa sala, el desconsiderado fue quien interrumpió la huida, llamándolo a gritos. Lo único que podía hacer fue ir hacia él para saber por qué lo había llamado.
"Seguramente es por uno de esos planes que siempre terminan mal", pensó N. Gin mientras regresaba al sector de los monitores. "¿Ahora con qué idea saldrá esta vez?"
—¿Qué es lo que necesita, doctor Cortex? —trató de no verse tan agobiado.
—Creo que es hora de que un mutante se encargue de ese bandicut, ¿no es así?
—Sí. Pero el único que quedó disponible es Tiny Tiger y no creo que él…
—¡Es cierto! ¡Tiny Tiger! —pronunció con voz siniestra—. Tal vez la fuerza bruta funcione para detenerlo.
—¿Detenerlo? ¿Acaso no era simplemente hacer más difícil su camino?
—Parece que no estás al tanto de la situación… Si ese animalejo consigue el cristal en la zona de las ruinas nativas, esos cristales que reunió anteriormente ya son suficientes para hacer funcionar el Cortex Vortex, con lo que el tigre solamente debe quitárselos.
—Es cierto… Porque ya teníamos dos de estos y están aquí, en la estación espacial. Quiere decir que el plan ya está casi completo —dijo con algo de temor en su voz.
—Así es… —anunció con una risa siniestra—. Es por eso que quiero que vayas a la isla y le avises a ese tigre que venga hacia aquí para que se prepare.
—¿Aquí? ¿Por qué? ¿Eso quiere decir que Crash…
—Sí, lo transportaremos hasta aquí. Será más fácil para Tiny si el ambiente de la batalla es totalmente desconocido para ese marsupial.
—¿Y no será difícil para Tiny también?
—¡No! ¡Porque tú le ayudarás! ¡Vamos! ¡Deja de perder el tiempo y ve a avisarle!
N. Gin no respondió a esa orden y con una cara de pocos amigos se fue de la sala principal de la estación espacial para ir hacia la plataforma transportadora. Cruzado de brazos y con la misma expresión de antes, apareció frente al experto en tiempo y espacio, quien nuevamente se sorprendió por la visita repentina.
—¡N. Gin! Lo siento por tus animales. Quise detenerlo pero…
—Bueno; eso ya no importa… —lo interrumpió sin ánimos—. Tengo que ir a la isla del gran árbol… ¿Puede ingresar las coordenadas?
—Por supuesto —respondió y se volvió hacia la consola para ingresar los datos—. Listo. ¿No quieres que te acompañe?
—… No hace falta —dijo con una leve sonrisa y desapareció de la sala.
El lugar donde apareció el Cyborg del misil en la cabeza era cerca de la playa, y al ver el océano le recordó a su acorazado, el cual está siendo cuidado por los asistentes de laboratorio. Ya faltaba poco para que este plan de conquista se termine y así regresar donde pertenecía. Mirando hacia el otro lado, él pudo observar la cabaña de los mutantes y hacia allí se dirigió.
Sólo era un tramo corto de sendero en medio de la selva para recorrer antes de llegar a aquella vivienda de madera. A lo lejos podía verse a los mutantes aprovechando el día de sol: el tigre de Tasmania estaba cortando madera con un hacha, Ripper Roo leyendo libros y los hermanos Komodo sentados en el suelo. Cuando se acercó lo suficiente para que ellos pudieran darse cuenta de la presencia del científico, los cuatro se sorprendieron por la visita inesperada, que los llevó a quedarse quietos en donde estaban.
—¡Hola! —saludó N. Gin apenas sonriendo—. ¿Cómo están?
El canguro y el tigre respondieron pero ese no fue el caso de los reptiles que parecían deprimidos. El Cyborg estaba a punto de preguntarles qué les pasaba hasta que recordó la batalla de que tuvieron contra Crash. Repentinamente, Komodo Joe se largó a llorar y su hermano le daba torpes golpecitos en uno de sus hombros en señal de consolarlo. Ahora era el joven de cabello anaranjado el sorprendido.
—¡Fracasamos! —gritó el dragón y volvió a llorar.
El único humano en ese grupo no sabía qué hacer. No podía creer que alguien tan bestial como un mutante experto en armas blancas reaccionara de esa manera sólo por haber perdido una pelea. Al parecer, a los demás no les molestaba esa escena; tal vez ya estaban acostumbrados. Como no iba a ser tan insensible y tratar el tema que iba a notificar, que lo llevaría a ignorar al reptil, él hizo lo único que se le ocurrió en ese instante.
—Pero no es para tanto —trató de calmarlo pero fue inútil.
El dragón siguió llorando y en ese momento el almirante pensó en que menos mal que Cortex no estaba allí para ver ese acto. Tiny y Roo tampoco sabían qué hacer y detuvieron sus actividades. Por eso, N. Gin tuvo que intervenir de nuevo.
—Puede ser que hayan perdido esta batalla, pero la guerra aún continúa. Tendrán otra oportunidad más adelante.
—¿De verdad? —dijo entrecortado Komodo Joe, limpiándose las lágrimas.
—Pues claro. Esto no se terminó aquí —contestó con confianza—. No más miren a Roo: él perdió dos veces y parece que no le importara.
A eso, el de pelaje azulado lo miró con enfado y le mostró su anotador que tenía escrito "Muchas gracias por recordármelo". Luego de esto, el psicólogo siguió escribiendo mientras que los demás mutantes reprimieron sus ganas de estallar en risas.
—Sólo fue una broma, Roo —se disculpó el Cyborg con una sonrisa nerviosa.
Afortunadamente, el canguro se lo tomó bien y ahora sí se dio lugar a las risas, mejorando así el humor del afligido dragón. Ahora que todo estaba relativamente bien, por fin N. Gin pudo comunicar lo que tenía que decir hace rato. Fue allí donde se dirigió hacia el mutante anaranjado para avisarle que él era el próximo en enfrentarse al bandicut y que tenía que hacerlo en la estación espacial.
Por su parte, Tiny se sentía con ánimos para luchar y luego de que el científico le explicara con calma cómo era estar en el espacio o ser teletransportado, los dos se encaminaron hacia la plataforma, no sin antes de despedirse de los demás. En el momento de la despedida, fue donde Ripper Roo enseñó lo que escribió: "Puede ser que me haya vencido pero estoy preparando nuevos planes para ese bandicut", con lo que el almirante estuvo de acuerdo con él aunque no creyó que podía lograrlo.
Finalmente, Tiny Tiger y N. Gin llegaron a la plataforma transportadora, que los llevó a la sala de controles de la cámara de tiempo y de allí a la estación espacial. Una vez allí, Neo los esperaba con impaciencia y con su típico mal humor.
—¡¿Se puede saber por qué tardaron tanto en llegar?! —vociferó regañándolos.
Por supuesto que el Cyborg no iba a decirle la verdad, en el que actuó como terapeuta para el dragón flacucho a pesar de que allí estaba el mutante psicólogo, y tampoco le iba a echar la culpa al tigre fortachón por no estar acostumbrado a los viajes. Lo único que pudo hacer fue quedarse en silencio pero, por suerte, el anaranjado fue quien respondió a la pregunta.
—Tiny asustarse por viajes extraños.
—Bueno, sólo espero que se te quite el miedo y lo más pronto posible —gruñó y se volvió a su colega-asistente—. N. Gin, ya sabes lo que tienes que hacer así que ayúdalo con su plan de ataque —ordenó y se alejó de ellos.
En ese momento, el experto en robótica estaba carente de ideas y, además, tenía que adecuarlo a la capacidad del tigre. Sabía muy bien que el mutante no tenía una gran capacidad intelectual y por eso el plan debía ser sencillo, como una especie de juego. También debía tener en cuenta las habilidades del animal de un poco más de dos metros: la de la gran fuerza y el salto de altura.
En todo esto pensaba el Cyborg mientras le enseñaba el lugar al "tigrecito", quien se quedó embobado mirando el espacio exterior por una de tantas ventanas que había allí. Era algo extraño cuidar a semejante bestia, el cual se comportaba como un niño pero, después de pensar tanto, a N. Gin se le ocurrió una idea…
Por otro lado, el cielo nocturno, ahora cubierto por nubes oscuras, comenzaba a desmejorarse. Aquellas nubes comenzaron a emitir ciertas luces que, para Crash Bandicoot, la máscara Aku Aku y el cachorro Polar, ya sabían bien lo que iba a suceder en cuestión de unos momentos. Las luces, que resultaban ser los relámpagos, empezaban a acrecentarse a gran velocidad con lo que los tres buscadores de piedras decidieron apresurar su viaje y así evitar que la lluvia les cayera encima.
Por el camino, los tres se encontraron con una especie de tótem alejado del camino aunque este lanzaba fuego en ocasiones, con lo que debían tener cuidado de no achicharrarse. El bandicut fue el primero en cruzar a partir de la señal del ser mágico. Él pasó bien hacia el otro lado, sin embargo, pudo sentir que por poco se quemaba. No fue el caso del osito, quien corrió a toda velocidad y llegó junto a sus amigos sin ningún problema.
Había más de estos seres de piedra lanzadores de fuego pero, afortunadamente, estos obstáculos fueron superados. Lo siguiente que sucedió fue que empezaron a caer las primeras gotas de lluvia. Estas no eran precisamente de una leve llovizna sino que eran gruesas, con indicios que se iba a poner peor. Ellos tenían que seguir adelante a pesar de esto, aprovechando que aún se podía continuar.
Luego de recorrer un largo tramo con obstáculos conocidos, Crash, Aku Aku y Polar descubrieron un sonido que no sabían bien de qué se trataba. Era difícil ver con claridad en plena noche pero a veces ayudaba las luces de los relámpagos. Al aproximarse aún más, concluyeron a ese era el sonido de troncos de árboles rodando y golpeándose con el suelo de piedra. Aún desconocían quién era el que arrojaba esos troncos.
Al bajar una especie de escalera de piedra, la cual estaba a salvo del camino de los objetos rodantes, los tres pudieron observar, gracias a luz de un relámpago, que era un gorila quien los estaba atacando. Los animales no sabían qué hacer y, lo peor de todo, era que comenzó a llover más fuerte. Mientras pensaban en algo, el hechicero se les adelantó.
—Será mejor que pasen de a uno. Yo les ayudaré. Crash, ¿quieres ir tú primero?
El marsupial, algo acobardado por la tormenta, pensó en: "¿por qué tengo que ser yo el primero?", pero no tuvo otra opción que aceptar. Con algo de temor, saltó hacia la próxima baldosa y, ante la señal del nativo, fue avanzando de a poco, evitando ser golpeado por los troncos dando saltos precisos. Ellos siguieron así por algunas baldosas más hasta que estuvieron cara a cara con ese gorila, el cual era ayudado por otro quien le pasaba los objetos desde abajo.
El de los ojos verdes no lo dudó ni un instante y golpeó al simio con su giro tornado. Como el camino estaba ahora despejado, Aku Aku regresó por donde vino para acompañar al osezno y así reunir al grupo. Una vez los tres juntos, tuvieron que seguir adelante y, como la lluvia caía con más fuerza, decidieron buscar un refugio. Por suerte, divisaron una de las ruinas techadas y, cuando se acercaban más, vieron que en su interior había una luz tenue de color rosado.
Cuando llegaron allí, encontraron el responsable de esa luz: un cristal, y también aprovecharon el lugar para esperar a que el diluvio cese un poco su intensidad. Los dos animales se sacaron parte del agua sacudiéndose como perro, mientras que el hechicero logró observar que a los costados de la ruina había dos antorchas, las cuales fueron encendidas gracias a sus poderes.
Como la lluvia no cesaba, los tres acordaron en quedarse allí para descansar por un rato, aunque eso costaba ya que los fuertes ruidos de los truenos los despertaban de golpe. Luego de un tiempo, el aguacero disminuyó pero la noche aún seguía allí. Por esta razón, Aku Aku tuvo que despertarlos y Crash y Polar se levantaron sin ánimos. La llovizna los despertó del todo y cuando siguieron su viaje, encontraron un nuevo peligro.
Al observar mejor lo que había más adelante, los buscadores de piedras descubrieron que había sectores de camino movedizo, que oscilaba en diferentes direcciones. En esta ocasión, fue el de pelaje blanco quien pasó primero por ese lugar inestable. De un salto, llegó a la primera baldosa octogonal, el cual se movía de manera circular. Aferrado con sus garras, logró estabilizarse y saltó al otro, que se desplazaba de izquierda a derecha. Polar esperó el momento y brincó hacia el último, que se trasladaba como el primero, hasta que finalmente llegó a un lugar seguro.
Crash también logró atravesar ese difícil camino, aunque casi se cayó por culpa de un aterrizaje no muy bien calculado. Con la respiración agitada, el marsupial llegó al lado de Polar y, más adelante, por fin los tres pudieron dar con la plataforma transportadora.
