—La competidora número cinco está en posición. Ésta es la última prueba si es que desea hacerse con el campeonato y pasar a la historia. El viento tiene una fuerza de diez nudos hacia el oeste. Sabe que toda su carrera depende de éste momento—.

Ella lleva observando esa calle toda la semana, sabe con exactitud con cuántos segundos podía llegar hasta su meta. El andador de la costera, que está después de aquel semáforo que da el paso a través de una avenida, la espera impaciente. Se saca la goma de mascar de la boca y la pega en el lado derecho de su casco. Toma un respiro, retiene el aire y el semáforo frente a ella se pone en verde.

Pedalea tanto como se lo permiten sus pequeñas piernas. Su vista fija en la meta, viene la parte difícil, aquella pendiente que tantos problemas le ha causado en las ultimas semanas, siente cómo el corazón sube tanto que podría ya estar en su cuello.

Una, dos, tres... Las cuadras se van quedando atrás una a una. Le quedan un par de segundos. La luz verde del semáforo comienza a parpadear, es amarilla, y cruza la avenida en cámara lenta. Pasa frente a los autos de ambos sentidos que esperan ansiosos. Jamás había sentido tanta adrenalina en su corta vida.

Y llega al andador de la costera. No tiene ni un rasguño.

De un brinco abandona su triciclo violeta y tira su casco al suelo a modo de festejo, no sin antes recuperar su adorada goma de mascar y colocarla de nuevo en el interior de su boca.

—La gente aplaude efusivamente. ¡Ethel Leiko Tanaka lo ha logrado una vez más! *

Ella era muy pequeña en aquel entonces. Acostumbraba adornar su cabello con un pequeño broche que su madre le había regalado, pero era fastidioso por la forma en la que siempre se movía de su lugar. Usaba faldas cortas, aunque prefería los shorts para poder arrastrarse por el suelo sin arruinarlas y que eso le ameritara un buen regaño, aunque siempre recibía uno diciéndole que "las niñas no se arrastran por el suelo". Le gustaba la goma de mascar porque era el dulce más divertido de todos, ¡podía hacer enormes bombas con ella!

Así era ella cuando su padre le dio la noticia que cambiaría su vida.

Ahora se dirigía a una ciudad completamente extraña. No es que conociera mucho del mundo para ser sinceros, pero a sus cinco de edad, cambiar de ciudad era algo muy grande considerando las circunstancias.

Su madre había fallecido hacía tres meses en un accidente en la planta donde trabajaba. Aquel día su padre estaba en la ciudad vecina presentando un nuevo invento, mientras que ella estaba en la calle jugando con su triciclo luego de que sus clases en el kinder terminaran.

Esa misma tarde se sorprendió al ver a su padre llegar temprano. Lo normal era que él llegara al anochecer, y luego salieran juntos a cenar para celebrar lo bien que le había ido. Pero en lugar de ello, su padre llegó a casa con una mirada sombría.

Ella no era tonta, entendió perfectamente que su vida cambiaría drásticamente en cuanto escuchó su explicación sobre aquella explosión, pero jamás se imaginó que las cenizas se quedarían en su vida para siempre.

Al principio, su padre andaba por la vida con un rostro deprimido, no podía culparlo, ella también extrañaba a su mami. Nadie la entendía mejor que ella, ella le contaba historias sobre inventos asombrosos que habían mejorado la vida de todos, no historias tontas sobre princesas que esperan a ser salvadas por un príncipe. Ella la dejaba jugar con los demás niños, no como el resto de las mamás, que quieren que sus hijas solo jueguen con otras niñas.

Ella comprendió todas esas libertades el día que llegó a la famosa ciudad de San Fransokyo, y la señorita Natsuki Aizawa entró en su vida.

La señorita Tsuki, como ella prefería que le llamaran, era una joven muy hermosa, parecía la protagonista de las películas románticas que sus papás veían los sábados por la tarde. También era muy simpática, aunque no le quisiera mostrar abiertamente que le causaban gracia sus chistes simples y rosas. Cocinaba muy bien, eso nunca lo podría negar, en especial aquellos fideos con carne, sin duda eran su especialidad.

Pero había algo que no podía soportar de ella, su obsesión por convertirla en una muñeca de porcelana.

Su madre siempre le compraba faldas y le gustaban aunque se negara a usarlas. Pero la señorita Tsuki la obligaba a usar vestidos largos con muchos volantes y listones que eran súper incómodos. La tela picaba, eran estorbosos y no la dejaban hacer nada más que sentarse y estarse callada para no arruinar el vestido.

Ella tenía cinco años, ella sólo quería jugar a las atrapadas con los niños de su salón y usar pasteles de lodo como municiones durante el tiempo del recreo.

Su padre conocía a mucha gente, así que era de lo mas normal el tener que salir a comidas y reuniones. Las detestaba por el hecho de que tenía que usar vestido en esas ocasiones.

—Te ves hermosa con ese vestido, Ethel —le dijo la señorita Tsuki mientras la contemplaba embelesada.

Debía admitir que ese era el único vestido que en verdad le gustaba de todos aquellos a los que había sido obligada a vestir. No tenía volantes, ni brillos. Era un vestido blanco, simple y le llegaba arriba de las rodillas. Su única decoración era un listón azul grueso que simulaba un cinturón.

Ella estaba pensando en una forma de llevarle la contraria a su nana, no podría permitirle ganar una batalla por más que le gustara ese vestido. Pero en ese momento su padre entró a ver si ya estaba lista para que salieran.

Se tuvo que morder el labio para no hablar cuando vio el rostro iluminado de su padre. No había visto tanta calidez reflejada en sus ojos desde la mañana misma en que se despidió de su mamá por ultima vez.

Sintió un vuelco en su estómago. A ella no le gustaba darle la razón a la señorita Tsuki, pero esta ocasión cedería con tal de seguir viendo esa sonrisa en su padre. Sería fuerte por el bien de ambos, eso le hubiera gustado a su madre. Aquel momento fue inmortalizado con una fotografía de ella entre sus brazos.

Afortunadamente, el soportar a la señorita Tsuki de lunes a viernes y el usar vestidos de vez en cuando traía una jugosa recompensa, pasar el sábado y el domingo a solas con su padre.

—Hoy daremos un paseo, Ethel —le dijo éste al momento de mostrarle una motocicleta en el garaje.

Ella sintió mariposas en su estómago, no se había sentido tan emocionada en mucho tiempo y admiró el vehículo mientras lo recorría con sus pequeños dedos. La motocicleta era negra con un gris oscuro, podía notar como la pintura brillaba y en el reflejo de ésta, vio el rostro orgulloso y satisfecho de su padre.

—A tu madre y a mí nos gustaba salir a pasear cuando éramos más jóvenes —Explicó su padre mientras caminaba hacia uno de los anaqueles en donde solía acomodar sus cajas de herramientas.

—¿Cuándo empezamos el paseo?— preguntó ella mientras lo seguía curiosa por el lugar.

Su padre sonrió enternecido y le extendió una caja morada con un enorme moño plateado.

—Tu mamá lo eligió exclusivamente para ti.

Ethel abrió la caja conteniendo el aliento. Ahí había un casco color gris oxford con decorados en morado. Ese fue su primer casco de verdad, no como el que incluía su triciclo.

—Es hermoso — agregó ella contemplando el preciado objeto.

Se subieron a la motocicleta, ella al frente para poder observar todo en su recorrido. Sabía que su madre era originaria de ésta ciudad, pero nunca había tenido la oportunidad de visitarla con ella. Había escuchado de sus labios que San Fransokyo era un lugar muy hermoso, pero fue hasta ese momento en el que recorrían una colina a mas de ochenta kilómetros por hora que comprendió a lo que se refería aquella belleza. El sol le daba un brillo dorado al mar mientras coloreaba las nubes con tonos anaranjados y rosados, el cielo parecía estar lleno de algodón de azúcar y la brisa era cálida y refrescante, se sentía libre y ligera, sin preocupaciones, sin temores. Se sentía especial y amada.

Su padre se detuvo en el mirador mas cercano y ambos bajaron de la motocicleta.

—Aquí fue donde tu madre y yo nos dimos nuestro primer beso —explicó su padre. Ella siempre era reservada al preguntarle sobre el pasado, pero ésta era una oportunidad única en la vida.

—¿Y cómo fue? —Su padre la observó sorprendido, quizá no esperaba esa pregunta de su parte.

—Increíble.

Después de ello, fueron a un restaurante a cenar y a comprar golosinas para ver películas hasta tarde. No había nada más genial que comer palomitas acarameladas entre los brazos de su padre. Simplemente, era la vida perfecta.


* En el cómic original, el nombre de Go Go Tomago es Leiko Tanaka, pero de acuerdo con su actriz de doblaje, en la película su nombre es Ethel. En lo personal ambos nombres me gustan mucho. Leiko significa "arrogante" en japonés, mientras Ethel significa "que pertenece a la nobleza" o "noble", de origen germano. Curiosamente, ambos nombres tienen algo en común, que se trata de mujeres fuertes a las que no les gusta depender de otros, pero que son muy leales a sus familiares y amigos, además de denotar inteligencia y un gusto por lo metódico. Por todo ello es que decidí juntar ambos nombres. Después de todo, ambos entran dentro de lo que es canon.

La imagen es un fanart que hice hace un tiempo, pueden descargar la imagen completa en mi cuenta de deviantart.

Éste fanfic surgió de mis intentos por comprender mejor la personalidad de éste personaje, ya que es un personaje mucho más complejo de lo que deja ver la película. Así que tendremos más de mis headcanons sobre su vida y relación con otros personajes.

Se aceptan sugerencias, ideas y sus preciosos reviews, favs y follows :D