Hola, muchas gracias a los que se han tomado el tiempo en leer y también en comentar la historia. Quiero aclarar que en la pagina de AY mi seudónimo es solamente Aurora Execution, pero al parecer aquí ya lo tenían en uso, así que tuve que agregarle el 87 ¿Por qué? Es mi numero de la suerte :) Aclaro esto por si alguien ya ha leído las historias antes, piensen que puede llegar a ser un plagio.
Espero disfruten de la lectura.
Como siempre advertir que Saint Seiya NO me pertenece.
Observó como esos dos desconocidos discutían cual era la mejor manera de llevarlo hacia el Santuario, sea cual sea, ese lugar. Hablaban de su padre de tal manera, que parecía lo conocían muy bien, aunque él nunca los haya visto, le decían bicho, alacrán y otras cosas que no comprendió, también lo nombraban como Escorpio ¿Qué tenía que ver su signo? Bueno en realidad no estaba seguro sí lo fuera, no prestaba demasiada atención a esas cosas, su madre era la fanática en esos asuntos. A su corta edad tenía otras preocupaciones, como el siguiente capítulo de su caricatura favorita, el dibujo a medio pintar, el siguiente libro en leer con su madre y los modelos a escala de monumentos históricos que armaba con su padre.
El pequeño Camus sólo podía pensar en sus padres, si se encontraban bien, si estaban preocupados. Seguramente lo estarían buscando, como él a ellos, pensó en su papá, en el barrilete, el hermoso parque y el largo cabello de su madre, que parecía danzar al son de su sonrisa. Quería verlos, abrazarlos. Sus ojos se poblaron de lágrimas, mientras sus finos labios temblaban por el miedo.
- Mamá… – Camus comenzó a llorar, llanto que frenó ipso facto, la discusión de ambos Santos.
- No te preocupes Camus, encontraremos a tus padres, confía en nosotros – Aioros, que era él que más calmo estaba con el asunto, tranquilizó al pequeño, y lo tomó en sus brazos.
El pequeño Camus se aferró a la su camisa y hundió su carita en el hombro, dando pequeños espasmos sollozos.
Saga observó la escena y fue como tener un déjà vu de los, por aquella época, pequeños aprendices. Milo solía aferrarse de la misma manera con él, hasta el mismo Camus tuvo sus momentos…
- Vamos Aioros, cuanto antes, será mejor.
- ¡Espera un momento Saga! – Aioros lo tomó del brazo cuando el de Géminis se disponía a ir por explicaciones.
- ¿Qué sucede?
- No ves que no podemos ir por las Doce Casas exponiendo al niño ante todos, sí en verdad Milo es su padre y no hemos conocido de su existencia hasta ahora, es porque no quiere que sepamos que tiene un hijo…
- ¿Y crees que eso me importa? Bien merecido lo tiene, que todos se enteren lo desnaturalizado y desvergonzado que es, no quiero imaginarme la cara de Camus…
- ¿Mi cara? – El niño levantó su rostro y enfrentó al geminiano, ya lo había escuchado hablar de él como si lo conocieran, como si fuera otra persona.
- No, tú no, otro Camus – Saga contestó de mala gana, ganándose la mirada de reproche de su compañero.
- ¿Otro Camus? Mi mamá me dijo que yo era el único Camus, porque soy único y especial – Dijo altanero, digno hijo de Milo.
- Pero tu mamá está equivocada, no eres el único.
- ¡Saga! – Aioros ya le parecía infantil el comportamiento del gemelo – ¿Cómo le hablas así? No ves que está asustado – Lo dejó un momento en el suelo, mientras se acercaba a su compañero y hablaba bajito – Si en verdad es hijo de Milo, tendrá que dar explicaciones, pero no podemos exponer al niño Saga, es injusto para el pequeño Camus… No entiendo por qué lo oculto…
- Ustedes están equivocados, mi papá no me oculta, él me lleva al kinder y siempre me relata historias fantásticas antes de dormir, me lleva al parque ¡Mi papá no me esconde! Así que llévenme con él – El pequeño había oído todo.
- Camus, no estamos seguros de que estemos hablando del mismo Milo, te haré una pregunta ¿Cómo es tu padre? – Preguntó Aioros, aunque los rasgos saltaban a la vista, debía asegurarse antes de llevarlo con ellos al Santuario.
- ¿Cómo es? Bueno es alto, mamá dice que tiene el cuerpo de un guerrero espartano, tiene los ojos como los míos, pero él es rubio…
Era Milo definitivamente… Faltaba un detalle más.
- ¿Y qué edad tienen tus padres? – Esta vez preguntó Saga.
El niño se quedó pensando, la verdad no lo recordaba.
- No me acuerdo… ¿Me llevaran con él? – Terminó por decir.
- Creo que no tenemos opción…
La reciente pareja había estado un buen rato regalándose una sesión de besos húmedos y caricias picaras. Lejos de pensar en los tantos días y tantas noches perdidas, disfrutaban del ahora, conscientes de que se amaban y que estarían juntos a partir de ahora y para siempre. Era por eso mismo que no se molestaban en llevar las cosas a otro nivel.
A pesar de ello, el contacto de la piel gala le estaba quemando, incendiando su interior, haciendo bullir la sangre, estaba claro que quería poseerlo, había soñado con ese encuentro, incluso y sin vergüenza, se había tocado saciando la necesidad de hacerle el amor a Camus. Pero estaba el detalle y del que Milo estaba enterado, que su amado francés era virgen, completamente virgen.
Las manos de Camus viajaron de su cuello a su pecho, acariciando con sus finos y largos dedos todo el contorno de sus pectorales sobre la tela de su playera, eso le sorprendió, pero se dejó hacer, dejo que experimentara con su cuerpo y que se acostumbrara al contacto con su piel. Claro que Milo no se quedaba atrás y acariciaba de arriba abajo toda la superficie de su espalda. Coló una mano por debajo de la túnica sintiendo lo increíblemente suave de esa piel cremosa.
Camus sintió un escalofrió al contacto de la mano ardiente con su piel, apartó sus labios de los de Milo para largar un suspiro, al tiempo que Milo soltaba un gemido de disconformidad, renuente a abandonar los besos.
- Milo… yo…
El griego tomó su rostro entre sus manos, acariciándolo con las yemas de sus pulgares.
- Lo sé – Apoyó su frente contra la de Camus – Será cuando te sientas listo, solo cuando tú lo decidas – Y lo besó.
- Gracias…
- ¡¿Pero que ven mis ojos?!
La pareja dio un respingo, asustados por la voz. En el umbral de la puerta estaba apoyado Aioria, con una enorme sonrisa. Milo lo fulminó con la mirada, Camus la desvío completamente rojo, mientras disimuladamente acomodaba su túnica.
- ¿No te enseñaron a llamar, gato estúpido? – Milo estaba furioso por la intromisión del León, cortando con su momento a solas con su, ahora novio.
- Lo hice bicho ponzoñoso, pero por lo visto nadie me escuchó, ahora veo por qué – Volvió a reír socarrón.
- ¿Qué deseabas Aioria? – Habló Camus después de recobrar la compostura.
- No quise importunar, me disculpo Camus, pero como no me respondías vine hasta aquí seguro de que te encontraría, vengo de la Sala del Patriarca, por una misión el mes próximo, pero no es ese el asunto, sólo vengo con el recado de que solicita tu presencia – Hizo una pausa observando a su compatriota impaciente – Shion iba a mandar a un soldado, pero como yo venía de paso me ofrecí – Terminó de decir.
- Muchas gracias Aioria, iré de inmediato – Camus desapareció un momento, para instantes después regresar portando su Armadura. Observó a Milo – No tardaré…
- Te espero aquí – Se apuró a decir el rubio.
Luego enfrentó la mirada con Aioria, quiso decir algo por lo que vio, pero las palabras, o por lo menos esa clase de explicaciones no se le daban muy bien, así que dejó eso en manos de Milo, hizo un movimiento de cabeza y se retiró rumbo a la Sala Patriarcal.
Ambos griegos vieron desaparecer la esbelta figura del acuariano. Cuando sintieron que abandonaba el Templo Aioria se volvió hacia Milo sonriendo desfachatadamente.
- Así que… Tú y Camus…
Pero Milo estaba demasiado feliz como para permitir que Aioria le arruine el momento, lejos de eso estaba el León, genuinamente feliz por sus dos mejores amigos.
- Así es, Camus y yo – No pudo ocultar su sonrisa enamorada y el brillar de sus ojos.
- Me alegro, sé que se quieren, de verdad me disculpo por interrumpir algo importante.
- No te apures, tendremos todo el tiempo para eso – Dijo con cierta sagacidad.
Aunque Milo no sabía que de camino venía un gran problema.
Habían decidido tomar el rumbo oculto entre las Doce Casas, que solo los Dorados conocían, era lo mejor, aunque estaban confundidos con el problema, no querían que el pequeño sufriera con los comentarios y las miradas que seguro se ganaría, si iban por el camino habitual.
Camus observaba esos pasadizos, con escaleras interminables, estaban un poco oscuros, alumbrados solos con farolas de fuego. Se estaba cansando y eso lo notó Saga.
- Todavía falta para llegar ¿Quieres que te cargue? – Le preguntó, el pequeño asintió enseguida y estiró los brazos para que el de ojos verdes lo cargara.
Aioros sabía cuánto le gustaban los niños a su novio, siempre había sido paciente y cariñoso con todos, incluso más que él, que solía sacarse de quicio con su hermano.
Caminaron en silencio, no sabiendo muy bien que decir cuando tuvieran al Escorpión en frente, las escaleras hacia el octavo Templo ya estaban cerca, unos minutos después se encontraban enfrente del Templo del Escorpión Celeste.
- ¿Qué es este lugar? – Preguntó el pequeño, ambos se miraron, siendo hijo de Milo debía estar enterado del Santuario y su Templo ¿no es así? Saga dejó al niño otra vez en el suelo.
- Ésta es la casa de tu padre, el Octavo Templo dentro del Santuario, el de Escorpio ¿No lo sabías? – Le preguntó el arquero.
Camus no entendió ni jota de todo lo que le dijo.
- Yo no vivo aquí, esa no es mi casa…
- Dijimos que es la casa de tu padre por eso…
- Mi papá vive conmigo y mi mamá ¡Y no vivimos aquí! – Le interrumpió el pequeño, ya comenzaba a desconfiar de esos dos, tal vez eran malas personas y querían secuestrarlo, llevándolo a ese raro lugar.
Saga, astuto, adivinó los pensamientos del niño y se apresuró a hablarle antes de que saliera huyendo.
- Aquí vive el Milo que conocemos, Aioros vive una casa más adelante, mientras que yo vivo cinco casas más abajo – Pero eso no lo convencía al pequeño Camus.
- Eso a mí no me importa ¡Quiero ir a mi casa con mis padres!
Saga se fregó el rostro y suspiró notablemente agotado, quería que Milo apareciera y confesara, dejarle al niño y que él arreglase el lio que provocó. Tomó de la mano al menor he ingresó al Templo, buscó, rastreó cada rincón, pero el dueño no estaba allí.
- Maldición… ¿Dónde rayos se habrá metido Milo? – Aioros lo miró como si hubiera preguntado algo tonto.
- Sí no está aquí… Sólo puede estar con una persona… Milo debe estar en Acuario, con Camus – El pequeño los observó, a pesar de toda la confusión y el miedo que sentía, debía reconocer que sentía curiosidad por conocer a ese que se llamaba igual que él.
- Esto va a estar jodido, pero ya qué más da, que se enfrenten de una vez…
Salieron de Escorpio, rumbo al onceavo Templo.
Aioria se había quedado en la biblioteca de Acuario conversando con su amigo, de todo lo que vendría a partir de ahora para la flamante pareja.
- No quiero enterarme que lo hagas sufrir bicho, Camus es una persona demasiado especial, a decir verdad es increíble que se abriera a revelar sus sentimientos, pero sí lo hizo es porque realmente te ama.
- Sí, sí, lo que tú digas gato, es que nos tienes envidia – Y se echaron a reír.
¿Cuántas noches habían pasado entre cerveza y charlas, lamentándose por querer a Santos tan complicados? Porque si Camus era frío y parco, Shaka era un completo caso perdido.
El agradable ambiente se vio interrumpido por ciertos cosmos que ingresaban al Templo de la Vasija…
- Esos son mi hermano y Saga.
- Sabes Aioria, si Aioros pudo por fin ablandar a Saga, creo que nada es imposible…
- ¡Eros te escuche y me ayude!… Iré a ver que quieren, parece que andan buscando a Camus.
Aioria salió de la biblioteca rumbo al salón, como ahí no los encontró fue hasta el recibidor. Nada lo hubiera preparado para lo que iba a ver. Llamó a su hermano y a su cuñado que estaba de espaldas a él, Saga se tensó de pies a cabeza, Aioros lo miró, encontrar a su hermano no estaba en sus planes. El primero en voltear y enfrentarlo fue el arquero, Aioria avanzó unos pasos para saludarlo, pero se quedó inmóvil al ver la mirada de horror en su hermano, iba a preguntar, pero la respuesta llegó en cuanto Saga se giró, y dejó a su vista el pequeño niño en brazos.
Al principio no entendía que sucedía, ni quien era el pequeño, pero algo debía pasar, porque ninguno de los dos hablaba y se miraban entre ellos. El pequeño Camus notó la tensión y giró su rostro hacia Aioria, que abrió los ojos enormes al reconocer a cierto Santo en el rostro infantil.
- ¿Qué…? ¿Qué es esto? ¿Quién es ese niño? – Habló por fin saliendo de la estupefacción.
- ¿Milo está aquí? – A Saga ya le dolía la cabeza.
- …
- Aioria responde por favor – Le pidió su hermano, el menor salió del trance que la mirada del niño le había producido.
- Sí, esta… Está en la biblioteca – Respondió.
- ¿Camus esta con él?
- No fue hasta la Sala del Patriarca, Shion lo solicitaba.
Saga no esperó y caminó rumbo a la famosa biblioteca de Acuario, regada de libros de moradores antiguos.
- Aioros ¿Qué está pasando aquí? – Le preguntó su hermano.
- No lo sé, pero vamos a averiguarlo – Y caminó siguiendo los pasos de su gemelo. Aioria se tomó unos incrédulos minutos antes de avanzar, sea lo que sea que estaba sucediendo, quería saber.
Milo se había levantado, hojeado unos libros, aburrido los colocó de nuevo en los estantes y caminó en círculos por la biblioteca, impaciente, quería que Camus regresara, quería sentirlo de nuevo. Tuvo que sonreír ante la idea, con unos cuantos besos se había hecho adicto al francés, pero ¿Cómo no serlo? Si ese tempano de hielo, era puro fuego, paradójicamente. Y él ansiaba quemarse en ese fuego, quería quemarse una y otra y otra vez.
Sacudió su cabeza, apartando esos acalorados pensamientos o algo comenzaría a manifestarse en su cuerpo.
Tan ensimismado estaba en sus pensamientos que no notó cuando tres Santos y un niño entraron a la biblioteca. Giró a verlos y parpadeó un momento. Porque luego todo, absolutamente todo fue confuso.
- ¡Papáaaaaaa!
El pequeño Camus había saltado de los brazos de Saga directo a los de Milo, nunca notó las diferencias hasta que fue tarde para todos.
- Lo sabía – Dijo dolido y resignado el gemelo. Aioros agachó su cabeza, y a Aioria se le cayó la mandíbula al suelo.
- ¡Papá que bueno que estas bien! ¿Dónde está mamá? Vámonos a casa, estaba muy asustado, pensé que nunca los vería de nuevo – Camus lloraba, las lágrimas eran muchas, y a su nublada vista le fue imposible ver atentamente el turbio y espantado rostro del rubio.
Milo estaba petrificado de pie junto al escritorio, tenía un niño colgado de los brazos, diciéndole papá y a tres compañeros observándolo de manera indescifrable. No atinó a nada, ni a sacarse al niño, ni a preguntar quién era, de donde lo sacaron y lo más importante ¿Por qué carajos lo llamaba papá? Solamente estaba parado, vacío y sin fuerzas.
- ¿No vas a decir nada? Tu sucio secreto se reveló Milo – Saga le hablaba totalmente decepcionado, y en su interior, suspiro aliviado de que Camus no estuviera allí.
- ¿Papá? ¿Qué sucede? – La voz del pequeño lo atrajo, bajó su mirada y lo observó, esta vez más espantado, pálido y a punto de desmayarse.
Se asió del escritorio, porque las piernas le temblaban… Ojos turquesas, con la inocente picardía en su mirada, los rasgos marcados, pero finos, característicos de su herencia helénica… Y el cabello, hebras de fuego, lacias, que le llegaban a los pequeños hombros, ese característico color que solo una persona portaba… Su…
- Camus…
- Sí papá, soy yo ¿Por qué actúas tan raro?
Aioria giró y observó a su hermano y a Saga.
- El niño se llama Camus – Le respondió seco y serio el arquero. El León Dorado no daba crédito a lo que veía y oía.
El raciocinio de Milo salió a flote de la espesa niebla donde se encontraba. Apartó al pequeño con algo de brusquedad, y lo observó completamente serio, luego a los tres que también seguían allí.
- ¿Qué es esto? ¿Es una broma? ¿Se creen graciosos? – Milo afiló más su mirada, con la sangre ardiendo, pero esta vez de ira – Involucran a un niño para sus estupideces, ¿de dónde salió esta criatura?
Muchos interrogantes se acumulaban.
- Eso quisiéramos saber nosotros, Aioros y yo encontramos a este niño cerca de lago, dice ser tu hijo, y por lo visto lo es, ¿te has fijado bien? ¿Dónde conseguiríamos a alguien tan parecido a ti?
- ¡Este niño no es mi hijo!
El pequeño Camus le tomó de la mano, y con el rostro y el alma partida en mil pedazos…
- ¿Es que ya no me quieres papá?
Milo no respondió, porque su rostro pasó del bronceado natural de su piel a uno casi fantasmagórico. En la entrada estaba Camus.
Los tres Santos se voltearon a verlo y el niño abrió desmesuradamente sus ojos al observarlo.
Camus contra Camus se observaron.
Bueno hasta aquí el segundo capitulo. Espero haya sido de su agrado.
No me queda más que decir, gracias por leer.
