¡Hola! Aquí les traigo el siguiente capitulo, gracias por los comentarios, son muy lindos.

Espero disfruten de la lectura!


Milo se sentía entre la espada y la pared, y había demasiados espectadores, atentos a cualquier movimiento. Nadie decía nada, y el aire cortaba como navaja, el heleno no apartaba la mirada de los ojos de Camus, tratando de descifrar esos enigmáticos zafiros, que observaban todo severamente, analizando y sacando conclusiones. Tenía que decir algo.

- Camus…

Tanto pequeño como adulto lo observaron. Saga, Aioros y Aioria también, esperando una explicación.

- Déjenos solos, con el niño – Pidió el dueño de casa.

- Camus, no sé qué está ocurriendo, no conozco a este niño – Las palabras herían en profundidad al menor, y Camus lo notó.

- Pero él parece conocerte, media tus palabras porque lo lastimas, se nota confundido.

- Camus, el niño…

- Escuché todo Aioros, llevo un buen rato aquí, ahora les pido por favor que se retiren – El timbre de voz era calmo y profundo, como siempre, imperturbable.

- Está bien, Milo tiene mucho que explicar – Dijo Saga al tiempo que le lanzaba una mirada fúrica y se encaminaba a la salida, junto con los hermanos.

- Ellos dos se veían como…

- Acababan de aclarar sus sentimientos, y habían comenzado una relación – Les dijo Aioria, mientras descendían las escaleras. Ambos mayores suspiraron.

Camus cerró la puerta, se apoyó sobre ésta, apartó unos flequillos de la cara y observó al niño, que seguía fijo con la mirada hacia él. Milo seguía sintiéndose mareado, por lo que se ubicó en el sofá, tenía el rostro descompuesto, apoyó sus codos en sus muslos y se tomó el rostro, frustrado con toda la situación. Era increíble y una tremenda y jodida broma, que un niño haya salido de la nada reclamándolo como padre, el mismo día que por fin habían declarado su amor mutuo. Lo más retorcido era el parecido del niño con él, y ese cabello tan de Camus…

Nadie decía nada aún, pero fue el niño quien rompió la tregua del silencio acercándose a Camus.

- Yo también me llamo Camus – Le dijo, no sabía que ganaría con esa confesión, pero algo tenía que decir, además ese hombre…

- Que curioso, nunca conocí a otro Camus, mucho gusto – Y le tendió su mano, el pequeño la estrechó confiado.

- Te pareces a mi mamá – Aquello fue demasiado para el rubio.

Milo se incorporó del sofá desencajado, Camus se irguió y lo enfrentó, pero los ojos del griego le bastaron, se hizo a un lado y Milo salió de esa endiablada biblioteca, en busca de aire, se sentía asfixiado e impotente.

Corrió hasta llegar a la entrada donde tomó unas bocanadas de aire, mientras se sujetaba el pecho que se expandía y contraía con efusividad. Cuando su corazón pudo calmarse un poco, salió literalmente a la velocidad de la luz, lejos del Santuario.

El par de Camus se habían quedado mirando hacia la puerta, el mayor dejó de sentir el cosmos de su novio cerca, por lo que volvió la mirada al pequeño, este lloraba.

- Él no es mi papá – Terminó por confesarse y convencerse el pequeño, ya lo había sentido así, pero no quería reconocerlo.

- Al parecer no lo es, aunque se parezca mucho – Camus se sentó en el sofá donde había estado Milo e invitó al pequeño a sentarse a su lado.

- Mi papá es más grande, y no tiene el cabello largo, y tú… Mi mamá se parece a ti, tus ojos y tus cabellos, son como los de ella.

- ¿Cuántos años tienes Camus? – Internamente se sintió raro pronunciando su nombre en otra persona.

- Cinco.

- Eres muy inteligente para tu edad, me recuerdas a mí – Le acarició los cabellos, para transmitirle un poco de serenidad – ¿Cómo se llama tu madre?

- Camille… ¿Qué es este lugar Camus? No entiendo nada, tú y ese Milo se parecen a mis padres, pero no lo son, ¿Dónde están ellos?

- Hay muchas cosas que a tu edad no entenderás, o por lo menos no del todo. El que tú estés en este lugar no sucedió por algo normal, por eso te voy a pedir que me cuentes como es que llegaste hasta aquí, así teniendo una idea, podremos ayudarte.

El niño sonrió por primera vez y a Camus le recordó enormemente al Milo de la niñez, el que conoció allí y el que se quedó en su corazón.

- Eres bueno como mi mamá, pero ese señor no es como mi papá. Mi papá es la persona más amable y buena del mundo – Dijo con voz quebrada.

- Milo es bueno y muy cariñoso, sólo está asustado, pero ya comprenderá.

- Mi mamá me dijo un día que a veces los niños eligen amar a otros niños, y que eso está bien, porque cada persona merece respeto con sus sentimientos… me lo dijo porque en el parque había dos hombres de la mano – Si el niño era inteligente como suponía Camus, sabía a donde llegaría su pregunta, por lo que no vio a mal, adelantar su respuesta.

- Tu madre tiene razón, es por ello que Milo y yo nos hemos elegido para compartir la vida juntos.

- Es como si ustedes fueran mis padres aquí…

- Mientras todo se solucione, nosotros te cuidaremos ¿Tienes hambre? – El pequeño Camus asintió – Vamos, no tengo mucho en la nevera, pero seguro algo encontraremos.

Y juntos se perdieron por los pasillos del Templo.


Había llegado a Cabo Sunion, se sentó en el césped, apoyando su espalda en unas columnas en ruinas que yacían en el suelo, y observó el horizonte. Siempre le había gustado ese lugar, el Egeo golpeando contra las rocas le daba tranquilidad y los ocasos eran mágicos.

Perdió la vista al anaranjado atardecer, sintiéndose un tonto por todo lo ocurrido, por huir, por dejar a Camus solo con el problema, curiosamente llamado Camus también… ¿Quién era ese niño? Era innegable su parecido con él, pero era imposible que sea su hijo, él era…

Lo sintió ubicarse a su lado, observando al horizonte también, permanecieron en silencio un largo rato, sólo escuchando el viento, que mecía sus cabelleras, y el sol, que daba tonalidades más claras y más oscuras a sus cabellos.

Milo suspiró.

- ¿Vienes a terminar conmigo…?

- ¿Por qué huiste? – Camus lo había interrumpido y por fin girado su cabeza para enfrentar sus miradas.

- No lo sé, me aterré, supongo – Confesó.

- Te creo… y también le creo al niño – Milo parpadeó, no entendiendo muy bien.

- Él es tu hijo, no aquí, no en nuestro presente, pero lo es, en algún lado tú lo eres… – Camus esbozó una sonrisa, misma que embelesó al griego – Y también es mi hijo al parecer, creo que es correcto sentirse confundido y asustado, no todos los días se presenta una criatura diciendo ser tu hijo, pero Milo – Camus le acarició el cabello y el rostro suavemente – No por eso debemos hacer como si nada ha sucedido, más allá de todo, es sólo un pequeño asustado en un mundo que no conoce.

Milo se sintió por demás avergonzado ante la serenidad de la persona que amaba, cualquiera en su lugar lo habría mandado al demonio sin pedir explicaciones, pero Camus no. Milo sabía que su novio jamás montaría una escena, porque no era su esencia, Camus solía utilizar un arma más letal, las palabras, que herían y te dejaban vacío y sin replica. Pero esta vez había sido analítico, y se había dado cuenta de toda la confusión.

Camus estiró sus piernas y Milo se dejó caer en ellas, acurrucándose contra su cuerpo.

- Eres maravilloso, te amo tanto Camus – Le dijo mientras besaba su bajo vientre, en donde sus labios tenían acceso. El galo se dejó mimar mientras acariciaba con cariño el cabello de su amado – ¿Qué vamos a hacer?

- Debemos hablar con el Patriarca, creo que esto tiene que ver con lo que me comentó.

- ¿Qué cosa?

- Me llamó para consultar un raro movimiento en las estrellas, que le era difícil descifrar, era una extraña obrita alrededor de Saturno... Creo que esto tiene relación con Camus… Vamos, es necesario solucionar esto cuanto antes, además no quiero dejar solo al pequeño, en estos momentos está durmiendo, pero se asustará si despierta y se encuentra solo.

Milo sonrió.

- Eres una buena mamá – Le dijo socarrón. Camus arrugó su nariz, pero no se ofendió, a él le gustaban los niños.

- Más que tú como papá, seguro.

Caminaban por las escaleras, iban llegando al Templo de Sagitario, y Milo suspiró sabiendo a quienes encontraría allí, Camus le tomó la mano, y lo miró.

- No quiero tener que darle explicaciones a todos, el que tú me creas me basta.

- Lo sé – Le dijo e ingresaron al Templo del Centauro.

Camus fue el que encendió su cosmos pidiendo permiso para pasar, y en cuanto lo sintieron tanto Aioros como Saga llegaron a su encuentro, sorprendiéndose de verlos juntos y de la mano.

- ¿Y el niño? – Preguntó Saga.

- Esta en mi Templo, descansando, iremos donde el Patriarca, debemos ayudar al pequeño.

Aioros hizo una mueca confundido, pero Saga suavizó sus facciones comprendiendo al fin todo el asunto.

- Un mundo paralelo – Les dijo.

- Es una posibilidad, no quiero ser grosero, pero nos retiramos – Avanzaron unos pasos pero Camus se volvió a mirar a la pareja – Saga, es probable que necesitemos de tu ayuda, si lo que pienso es cierto.

- Cuentas conmigo – El gemelo observó a Milo – Te pido disculpas por acusarte injustamente.

- Cualquiera lo hubiera hecho – Le dijo y ambos se retiraron.


La tierra había temblado ante el impresionante haz de luz que se formó cuando el agujero había estallado, convirtiéndose en un pequeño punto negro después, desapareció. Aunque las nubes no se disiparon y de ellas comenzó a caer agua ferozmente.

Aún estaba de rodillas con las palmas apoyadas en el suelo, mirando el cielo, incrédulo, inmóvil, con el horror reflejado en su rostro. La lluvia mojaba, pero él no sentía nada… Alguien se arrodilló a su lado, y lo sacudía, pero solo oía murmullos, no entendía nada.

- Milo, Milo reacciona, amor, por favor… – Pedía la bella Camille.

Su mujer tampoco creía lo que había ocurrido, su hijo desapareció en el firmamento como arte de magia, cosas que se ven solo en las películas, y ahora lo estaban sufriendo en carne propia.

- Camus… – Giró y encontró el rostro de su mujer – Camus se ha ido…

Incapaz de seguir hablando, producto del nudo asfixiante en su garganta, abrazó a su hombre, llorando desconsolada.

Observó la lluvia por el ventanal de su vivienda, mientras las luces de la patrulla se perdían por las calles. Su marido estaba sentado en uno de los sillones.

- No nos creyeron…

- La policía no nos ayudara ¿Viste sus caras? Les faltó reírse en nuestras narices, desgraciados… Pero es que es increíble, un agujero negro se tragó a nuestro hijo…

- Camus…

Camille lloraba igual que el cielo en ese momento…

Se removió en la cama, Milo notó que por fin reaccionaba y se ubicó a su lado.

- Camille, amor, despierta ¿Te encuentras bien?

- Camus, Milo mi hijo ¿Dónde está Camus? – Decía entre sueños.

- Amor, por favor reacciona – Le besaba la frente y le acariciaba su rostro. La mujer abrió de golpe sus ojos y se incorporó en el lecho.

- ¡Camus! ¡Milo debemos buscar a Camus! – Su esposo la observó completamente confundido.

- Cálmate Camille, recién te recuperas, llevas el día entero con fiebre y alucinaciones.

- ¡No! Debemos buscar a Camus – Le gritaba tratando de incorporarse, Milo la sujetó viéndola preocupado.

- No sé de qué hablas – Ella lo observó anonadada – ¿Quién es Camus?


Llegaron a su Templo, el Pequeño Camus aun dormía, Milo se acercó sentándose a su lado en la cama.

- Me veo bien de pelirrojo – Bromeó mientras acariciaba la cabellera del menor.

- Es igual a ti, sí, pero es inteligente como yo.

- ¡Oye! – Se ofendió el heleno – Yo soy inteligente… No seré tanto como tú, pero…

Los labios del francés lo callaron, las blanquísimas manos se posaron una a cada lado de su rostro, mientras profundizaba el beso, e invitaba a la lengua contraria a batallar juntas. Milo lo tomó de la cintura y gustoso recibió el beso, mordisqueando de cuando en cuando los finos labios, dándole a entender su fogosidad.

- Sé que eres inteligente, jamás me habría fijado en ti si no lo fueras, un rostro bonito no siempre alcanza – Le dijo el pelirrojo cuando terminó el beso, luego notó que un par de ojitos curiosos los observaban.

Se incorporó y carraspeó un poco, sonrojado, Milo lo miró extrañado, y Camus le hizo un gesto hacia su costado, allí estaba sentado el niño.

- Ya despertaste, ¿descansaste bien? – Le preguntó el griego.

- Si, siento haberte causado problemas, Camus grande me dijo que a pesar de que eres parecido no eres mi papá… o algo así, no entendí bien – Dijo rascándose la cabeza, Milo sonrió ante ese gesto que él mismo solía usar antes, cuando Camus le hablaba de cosas que no entendía.

Era increíble que a pesar de las distantes dimensiones, los rasgos y características esenciales se mantuvieran.

- Camus debes acompañarnos a un lugar, conocerás a personas muy importantes y de las cuales seguramente has oído hablar – El niño inclinó su cabeza curioso – Veremos al Patriarca y a la Diosa Athena.


¿Que les pareció? Sé que quedó un poco confuso, pero en el próximo capitulo, se aclararan las dudas.

Será hasta el próximo capitulo, nos leemos.

Gracias por leer.