Nombre: Amigos.| Pecado: Avaricia|Personajes: Sméagol/Déagol.

Palabras: 498| Rating: T para adolescentes.

disclaimer: se atribuyen todos los derechos a Tolkien / Este fic participa en el reto 2# Pecados Capitales del mes de diciembre del foro El Poney Pisador.


¿Cómo podría describirse Sméagol a sí mismo? Codicioso.

En toda la comarca, todos conocían a Sméagol y a su familia. De la raza de los fuertes, él era el más conocido de toda la familia. Era muy emotivo, amigable y charlatán. Le gustaba socializar, pero no hacía amigos. Prefería tener "conocidos".

Su primo Déagol siempre se preguntaba cómo un sujeto de esa calaña era tan retraído a las relaciones sociales. Y Sméagol sólo respondía, cada vez que se le preguntaba: -Prefiero tener "conocidos", ya que cuando necesitas algo, ellos estarán ahí, pero no te molestaran con sus problemas ni vendrán a pedirte tú ayuda. Pero sí estarán en tu cumpleaños, con sus regalos para ti. Es una cuestión de respeto.

Y del hecho a la práctica, su primo siempre se sorprendía al ver lo real que era eso. Sobre todo durante su cumpleaños. Sméagol amaba su cumpleaños. Cada vez que llegaba, invitaba a todos los conocidos a su casa para que lo llenaran de regalos, como los hobbits están acostumbrados a hacer. Y a él no le molestaba aprovecharse de la amabilidad natural de esos seres. Es más, le parecía provechoso. Para qué está, si no se utiliza como se debe, solía decirse.

Esa noche, Déagol encontró a Sméagol pensando, sentado en una piedra en las afueras de su agujero-hobbit. Era el cumpleaños de Déagol, y no le gustaba que su mejor amigo quedase desconectado de la felicidad que él estaba viviendo.

Entonces, su primo se levantó en silencio y lo miró a los ojos.

-Siento no haberte traído un regalo hoy. No tuve tiempo de hallar el indicado para ti.

Déagol sabía de las mentiras de Sméagol.

Al entrar a la casa, su primo miraba cómo Sméagol le echaba su mirada celosa y furtiva a las cosas que él tenía. Desde los relojes más antiguos e invaluables, hasta la mesa de regalos. Recorrió toda la casa, saboreando con sus ojos toda cosa material que él no tenía. Déagol se preguntaba si su querido amigo se comportaba así en cada agujero que visitaba.

Apuró en llevarlo a un lugar más tranquilo. Ambos tomaron asiento, mirando al oriente.

—Algún día, querido primo, cruzaremos las fronteras de la Comarca, viajaremos por debajo de la luna, que será nuestra sombra, y llegaremos a los lugares que ningún hobbit ha visto antes.

—Cierto.- mencionó, perdido en sus pensamientos.—Y llegaremos hasta los castillos de los Hombres. De seguro están bañados en oro, y deben tener lugares con riquezas que no llegamos a imaginar. Imagina— tomó a su primo de los hombros y comenzó a presionarlos con fuerza— nadar entre toneladas de monedas, coronas, piedras preciosas, y que todo sea nuestro.

—Me lastimas…

—... a ti no te interesa. Lo tienes todo. No me sorprendería encontrar los suelos bañados en plata la próxima vez que regrese.

Sus ojos pintaban odio, sus dedos dibujaban la avaricia en los hombros de Déagol. Las manos subían hasta su cuello.

—Lo que daría por tener lo que tienes…