Nota de la autora: Lázaro es mencionado en el nuevo testamento. Su leyenda surge a raíz de la resurrección que tuvo gracias a la gracia de Jesucristo. De ahí surge la frase popular "Levántate y anda", parte del poema de Gustavo Adolfo Bécquer, "El arpa".
Disclaimer: El universo de Hellsing, así como sus respectivos personajes son propiedad intelectual del gran mangaka Kōta Hirano y son empleados sin fines de lucro.
Helena y Lázaro
"Él realmente es mucho más que estos humanos. Ese día, hace 100 años, pelee con todo mi poder, con toda mi alma y aun así fui vencido. Es como un sueño, los humanos son increíbles… ¡Quiero verte de pie, entre las entrañas de mi corazón!"
— ¡Mírenlos correr hacía su muerte! Ellos no derramarán una sola lágrima. ¿Saben por qué? Porque sus corazones están llenos de gozo. Juntos comparten la misma voluntad, miles de vidas han terminado por causa de una sola vida. Mientras más sangre se derrame, más sangre se desea. Apenas continua y se repite exponencialmente… ¡Esta batalla durará por siempre! Los católicos están peleando para restaurar la fe en su dios, los nazis están pelando por ganar la guerra, después está Alucard. Si lo piensan detenidamente, todos están peleando por la misma cosa, la restauración de un sueño.
Tomó la taza de blanca porcelana y bebió del dulce chocolate que humeaba, degustó con deleite cada sorbo y se relamió los labios mientras disfrutaba de la vista que las varias pantallas le mostraban: la sección XIII se volvió un grupo kamikaze y sin dudar se arrojaron al rey de los no muertos, con la ingenua ilusión de acabar con él. Bombas, balas, armas blancas, todo era inútil cuando se trataba del soberano de Valaquia. Vidas perdidas, entregadas como sacrificio ante el altar del diablo para que Max Montana pudiese conseguir la única ambición en la vida que le daba sentido a su existencia.
— Que desafortunado.
…
Detuvo sus ataques. La vista de sus camaradas sacrificándose en vano fue demasiado para él, ya había perdido a Enrico, no quería perder a nadie más. Anderson cerró los ojos y buscó en su mente el motivo más fuerte que lo mantenía en pie, ¿acaso vivía para acabar con ese maldito monstruo? No, él vivía por sus niños, las almas más puras que podrían pisar esta tierra de pecadores y herejes. Los niños eran la esperanza del mundo y si Alucard permanecía de pie, imponiendo su voluntad bajo las condiciones de la iglesia protestante, ellos no estarían seguros jamás. No más muerte, no más perdidas, solo un monstruo es capaz de derrotar a otro monstruo.
— ¡Ustedes no son los únicos capaces de hacer muertes masivas!
Todos callaron. El grito del paladín se impuso entre la sinfonía de agonía, muerte y destrucción. Caminó decidido hacia enfrente, todo aquel que se encontraba cerca solo pudo apartarse, intimidado por la grandeza y determinación que mostraba en aquel rostro surcado por añejas cicatrices.
— Tú has desafiado y fracturado toda mi fuerza. ¿Puede ser éste el final, estando de pie frente a mí? ¡Bien hecho! ¡Bravo, Iscariote! No esperaba menos del gran Alexander Anderson.
Un extraño sentimiento se cimentó en el pecho del conde, tan humano y ajeno a él: incertidumbre. Algo no iba bien, lo supo en el momento que el padre sacó de su gabardina un paquete envuelto en vendas, el olor de la cristiandad impregnó el aire, conocía la respuesta, pero aun así se atrevió a preguntar en voz alta.
— ¿Qué tienes ahí, tu carta del triunfo?
Sección tres, "Matthew" *. Altamente secreto. Reliquias sagradas, administración de Bureau. Regalo de dios. *
No obtuvo respuesta, pero leyó sin problema la leyenda grabada en ese empaque de metal. Confirmó sus sospechas. Aquella incertidumbre comenzó a devorarlo, su temple de acero cedió y dio paso a una creciente desesperación. Por primera vez en siglos Alucard compartió un sentimiento con los humanos que tanta fascinación le producían: miedo.
— ¿El clavo? El sudario, el grial, Longinus… ¡Artefactos sagrados perdidos de Roma!
— Eres rápido.
— La esencia del milagro prolongado. El clavo de Helena.
…
Él tenía miedo, pudo sentirlo como si fuese propio. Era consciente de la fascinación que sentía su maestro por aquel sacerdote y ella misma se sabía incapaz de enfrentarlo, pero algo iba a pasar y tenía que estar ahí, verlo de cerca e intervenir si era necesario, aunque eso significara ganarse el repudio del conde. Integra estaba en un lugar seguro, tan expectante como ella misma; todos tenían la vista en los enormes pilares que peleaban a muerte, nadie prestaba atención a la sir y la sirvienta del nosferatu, como si ya no existieran y eso era perfecto.
— Sir Integra, espere aquí. Algo no está bien, tengo que ir con mi maestro.
— Él es capaz de cuidarse solo, Seras.
— Lo sé, pero tengo un mal presentimiento. Tengo que asegurarme de que nada malo pasará, ya no quiero perder a nadie.
Sonó indiferente, pero Integra fue capaz de percibir el tono de tristeza en su última frase. Era una locura permitir que interviniera en el encuentro entre Alucard y Anderson, pero si con eso daba algo de tranquilidad a la pobre chica, lo haría. Buscó en uno de los bolsillos de su gabardina su preciada cigarrera y extrajo un puro que encendió mientras asentía. Seras dio un salto y se perdió rápidamente de vista, convirtiendo su figura en una estela de luz que iba en dirección al abismo.
…
— ¡No lo hagas, Anderson! ¿De verdad planeas transformar tu alma en un monstruo de dios? ¿Te atreves a convertirte en un juguete de la divina providencia? ¡Evítame la misma mierda! El monstruo que negó a dios, el monstruo que reconoció a dios, ¡ellos son uno y son lo mismo! Además, ¿tienes idea de lo que significaría si los restos de ese milagro fueran usados? ¿Honestamente crees estar listo para morir y convertirte en el mismo tipo del milagro del cual estás tan embriagado? Tú y yo, nuestro conflicto se ha precipitado al borde del río Estix. Para ser un monstruo como yo… para dejar tu humanidad, debes de mostrar tu debilidad en la espada. Si no lo puedes hacer como humano, no tienes que inclinarte a ser un monstruo. Una criatura que está destinada a ser derribada por la humanidad. ¡Detente, humano! ¡No te conviertas en el monstruo que yo soy! Luchaste hasta aquí por ti mismo y en el fondo sabes que mis palabras son verdad. Estoy satisfecho de librar con tus propias bayonetas, ¡úsalas en el nombre del castigo divino!
— Deseo nacer en una tempestad benévola, en una amenaza venerada, en un torrente explosivo de piedad. Deseo que se convierta en una tormenta encantadoramente terrible, uno que son dos sin corazón y sin lágrimas. Si la única manera de cumplir ese deseo es apuñalándonos, entonces que así sea… ¡Amen!
…
Pip caminó lentamente, incapaz de apartar la vista del lejano espectáculo que podía apreciar gracias a su vista de vampiro. Anderson clavó algo en su pecho, cubriendo su cuerpo de espinas; Alucard atacó, pero esta vez era distinto. Pudo distinguir la rabia en sus ataques, ya no era tan preciso, tiraba del gatillo de forma errática y desenfrenada. No entendía nada de lo que sucedía, pero una vorágine de emociones lo abrumaban al ver esa escena, ¿sería el miedo de Seras el que lo dominaba? ¿La ira de Alucard era la misma que amenazaba con llevarse su cordura? Necesitaba respuestas. Se dejó guiar por la fragancia de la draculina, pero en su lugar Integra yacía de pie, con una ligera mueca de sorpresa ante aquel singular enfrentamiento de su siervo. Se acercó a ella por la espalda y justo en el momento que iba a tocar su hombro esa diestra mujer desenvainó la espada que pendía de su cintura a la vez que se giraba para encararlo. Tuvo que alzar las manos en señal de rendición, la afilada punta de la espada rozaba su manzana de Adán.
— ¿Ber-nadotte?
El asombro la paralizó unos segundos. Seras le dijo que bebió la sangre del mercenario, ¿cómo era posible que estuviera vivo? La observaba fijamente, con las manos a la vista y su característica sonrisa despreocupada. Prestó atención a sus labios, de ellos resaltaba la punta de sus caninos, tan afilados como los de Alucard o la chica policía, Pip era un vampiro.
— ¿Pero, cómo?
— Esperaba que pudiera explicármelo.
— ¿Acaso es virgen, capitán Bernadotte?
— Soy tan virgen como el culo de su sirviente vampiro. ¿Podría bajar la espada, jefa? No es necesaria tanta tensión entre nosotros.
— No lo haré hasta cerciorarme de que no es una amenaza.
No cedió en su postura ni un solo milímetro, pese a la gran impresión que se llevó. Pip suspiró y bajó las manos; su aspecto era más desaliñado de lo usual, el verde olivo del uniforme estaba manchado por tintes de color carmín e iba rasgado de varios lados, el largo y castaño cabello que siempre iba sujeto en una trenza ahora cubría su espalda, dándole un aspecto salvaje y más antinatural del que ya tenía. Aún conservaba su parche, pero su ojo visible ya no era del mismo tono esmeralda que recordaba, el iris fundía verde y rojo, igual que los ojos de Seras antes de terminar su transformación. A sus ojos lucía como un muerto, alguien que regresó de la otra vida, resucitando como en los viejos pasajes bíblicos.
— Lázaro.
— ¿Qué?
— "El muerto salió con los pies y las manos atadas con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: desátenlo para que pueda caminar. Levántate y anda".
— ¿Se supone que debo retorcerme en dolor o algo así?
— ¿Conoce la leyenda de Lázaro, capitán?
— Un tipo muerto que resucitó. ¿Cuál es el punto?
— Las hermanas de Lázaro lloraron por su muerte, conmoviendo a Jesucristo, así que lo trajo entre los muertos, gracias al amor de su familia y la bondad de dios.
— ¿Y eso que tiene que ver conmigo?
— ¿Qué siente por Seras, Bernadotte?
Atracción brutal y desenfrenada fue lo primero que se le vino a la mente, pero estaba seguro de que esa respuesta le valdría una espada atravesándole la garganta. Tuvo que desviar la mirada o le sería imposible ofuscar su duda, ¿qué sentía por Seras? Algo más que atracción física, un sentimiento más fuerte, al grado de dar su vida por ella sin siquiera pensarlo. ¿Sería amor? Jamás amó a alguien que no fuese él mismo, todas las mujeres en su vida no fueron más que aventuras pasajeras y desfogues casuales, pero la draculina era especial, lo supo desde la primera vez que casi lo mata. Se sentía incapaz de responder esa pregunta, decir la palabra amor en voz alta lo agobiaría y confundiría más.
— ¿Sabe que es lo que pasó, Integra? Hasta donde yo sabía para que una persona se convierta en un vampiro tiene que ser virgen. Llevo la mitad de mi vida fornicando con mujeres y no entiendo que es lo que hago aquí, amenazado por su espada y con un par de colmillos asomando de mi boca. ¿Dónde está Seras?
La afilada punta de acero se clavó en la piel, dejando que un hilillo de sangre corriera por su cuello por unos segundos antes de comenzar a regenerarse.
— Le aconsejo que cuide su tono, capitán Bernadotte, aunque sea un vampiro sigue estando bajo mis órdenes. En cuanto a su condición solo puedo hacer conjeturas, desconozco alguna referencia de una situación como esta. Seras está donde Alucard, y si ella bebió de su sangre eso lo convierte en su sirviente. Ella finalizó su transformación gracias a usted, ahora están más unidos que antes, atados por un vínculo que de alguna forma lo trajo de entre los muertos, yendo contra todo lo que creía saber sobre la conversión.
Sirviente. Esa palabra comenzaba a enloquecerlo, él era más que solo el esclavo de Seras. Abrió la boca, listo para protestar, pero el sonido de las detonaciones y el acero desviaron la atención de ambos. Integra se giró de nuevo al horizonte, ya sin pensar en el posible peligro que representaba Pip en ese momento. La voz de Alucard resonó en sus tímpanos como nunca creyó escucharla, tan llena de dolor e impotencia.
…
— ¡Tú, maldito estúpido!
Separó los brazos y con ágiles movimientos manipuló sus bayonetas, cercenando la cabeza del vampiro como en los cuentos del folclore. Más eso no era suficiente para acabar con él, lo supo la primera noche que se vieron, cortarle la cabeza era un juego de niños que podría llevarlos a un enfrentamiento eterno si no cambiaba de estrategia. El cuerpo degollado levantó su brazo y tiró del gatillo, dando un tiro certero y mortal en otras circunstancias. Dos pilares permanecen de frente, como viejas estatuas incompletas por la erosión del tiempo; ninguno cae, todos miran con asombro e incertidumbre. En medio del coliseo las sombras envolvieron al matorral de espinas, mezclándose con la firme intención de desaparecer al otro.
— Y los soldados torcieron una corona de espinas. Anderson ya no es Anderson. No tenemos opción, solo pasar por esto, aunque tengamos que morir y caer despedazados.
Los gritos de Iscariote cesan, silencio nuevamente. Cuatro armas al frente, dos de ellas representando la gracia divina de un crucifijo, dos de ellas blasfemando esa imagen con una cruz invertida. Ambos cuerpos se regeneran sin césar ni un segundo en su ofensiva. Alucard pierde terreno, el hechizo del clavo ha cegado la cordura de Anderson, ya no teme nada. Se arroja directamente sobre el rey demonio antes de que pueda defenderse, esta vez fue atravesado por una bayoneta bendecida y envuelta en las espinas que sangraron la frente de cristo, no hubo estacas de madera.
"Este que no es humano ni demonio… este que no es el amanecer ni el anochecer. Su mundo se aferra al fuego, su mundo está acabado y en llamas. Debe ser sacrificado."
Aquella silueta distante, envuelta por las llamas del infierno, ¿quién es? Él, el monstruo, el hombre, el niño. Un infante que mira al cielo de forma suplicante, sosteniendo un crucifijo con todo el fervor que puede sentir un paria como él.
"¡Oh, dios, querido dios! Mi dios, yo nunca te pedí nada."
Arrastrado como un bulto, tratado con la misma cortesía que se le daría a un animal en el matadero. Tiembla, tiene miedo al sentirse despojado de sus ropajes, pero encara ese destino porque es el designio del señor.
"Oh, señor, mi divino padre, ni una sola vez rogué por tu misericordia."
Enfermo de poder, hambriento de sacrificio. Monta un garañón negro, trotando en la inmensidad de su hermoso bosque. La madera se impregna de la lluvia carmesí y adquiere un tono contrastante, cada estaca destaca por un colorido distinto, acorde al cuerpo que atraviesa.
"Peleen, todos deben pelear en el nombre de dios. Dios no ayuda a aquellos que piden ayuda y no tiene misericordia para aquellos que se la piden. Tampoco hay oraciones a dios, solo pequeñas peticiones. Si súplicas, solo morirás. Luchar es orar, orar es luchar. Después de la gran cantidad de oraciones, dios caerá ante nosotros y con él la nueva Jerusalén. Uno debe de morir para salvar a cientos, diez vidas deben ser sacrificadas para salvar mil y se necesitan mil muertes para salvar a diez mil. Incluso si mi pequeño mundo se quema y cae antes que yo, dios al fin bajará a la tierra. Ese es el nuevo Jerusalén que mis oraciones traerán."
Cientos de cuerpos se aglomeran frente a sus ojos, cuencas vacías en inexpresivos rostros. Ese es el mundo que hizo, la forma de desafiar a dios. Pero jamás bajó a encararlo y el tiempo se agotó.
"¿Qué pasa? Responde, desquiciado rey. Todos están muertos, ellos murieron por ti y tus creencias. Por la ejecución de tu divinidad, en el nombre de tu dios. Por causa de tus oraciones todos los cuerpos quedaron demacrados y muertos. Ya no eres un rey ni un sirviente de dios… ya ni siquiera eres humano. Matando amigos y enemigos, tu pueblo, aquel que juraste proteger. Hombres y mujeres, ancianos y niños, e incluso a ti mismo. Eres un monstruo incorregible, ¿verdad, conde?"
Ningún rey gobierna para siempre, ni siquiera el temido empalador de Rumania… ¡No! Su tiempo no ha terminado. Se le dio una segunda oportunidad, ofrecida por el mismo diablo, ¿qué mejor forma para desafiar a su dios?
"Indiferente a todo… si quieres seguir adelante y nunca rendirte"
Gloria en esa ambrosía. Un poco, su lengua apenas rozó el pequeño lago de sangre que estaba a su alcance, antes de que su cabeza rodara por aquella tierra erosionada y marchita que por derecho le pertenecía. Condenado por su obsesión, maldito entre los vivos por ir en contra del deseo divino. Desafió a su dios y su penitencia sería la destrucción. El crucifijo cayó junto a su deseo de ponerse en pie.
— ¡Maestro!
"Una voz, alguien me llama. Oh, solo eres tú."
Abrió los ojos. La draculina detuvo la bayoneta del sacerdote, evitando que atravesase su cráneo totalmente, arriesgando su propia existencia. Las espinas se enroscaron en su brazo y con presura se extendieron a todo su cuerpo. Los gritos de dolor y desesperación eran tan nostálgicos, idénticos a los de aquella noche en Cheddar. La salvó una vez mientras la condenaba, lo haría de nuevo.
— ¡Maestro, maestro!
— ¿Por qué gritas tanto, chica policía? Tu voz suena un poco indiferente, como los fragmentos de una melodía destrozada. Irreconocible para tu mercenario, aquel que se levantó de entre los muertos.
Nota final de la autora:
¡Otro capítulo con mucho copy/paste! Lo siento, pero es que adoro esa parte y de alguna manera es crucial para el fic... bueno no, pero si es crucial para el canon en sí. Respondiendo a tu review, Ryu, actualizo cada mes. Debo confesar que no tengo bien planeado el rumbo que tomará la historia, así como escribo fluyen las ideas y va tomando su camino (me siento como el maestro Miyazaki), actualizando a ese paso tengo tiempo de sobra para meditar varias posibilidades. ¡Mil gracias a todos por leer! Nos vemos el siguiente mes, si la vida lo permite.
