¡Hey! Sé que me he retrasado esta vez; ¡una semana entera! Espero que esto no vuelva a pasar, y es que en verdad no tengo ni siquiera una buena excusa para mi ausencia -_-. De todas formas intentaré ser constante de ahora en adelante. Como "compensación" este capítulo es más largo que los anteriores, espero que eso compense lo de la semana pasada :D
Y pues nada, ¡a leer!
IV.
La reina de corazones.
Lo primero que Allen vio tras abrir los ojos fue… Nada. En el sentido más literal. La oscuridad más absoluta lo acunaba.
"Debo haberme quedado dormido y habrá oscurecido." Era una respuesta lógica. Si hubiera sido así el chico hubiera podido respirar tranquilamente, pero su sexto sentido lo alertaba de que esa hipótesis no podía ser correcta.
Su sexto sentido, literalmente: el sentido del equilibrio. No estaba acostado, sino sentado sobre una silla, con los brazos atados tras la espalda, y una venda sobre los ojos. Abrió la boca para comprobar que al menos no le habían colocado una mordaza, aunque cuando intentó mover las piernas comprobó que no era capaz; le habían atado los tobillos a las patas de la silla. También sentía un sabor extraño en los labios.
No era la peculiaridad de la situación lo que hizo que un escalofrío le recorriera la columna, ni tampoco que ya conociera aquel tipo de circunstancias de haberlas leído en alguna que otra ocasión en algún que otro libro. Lo que verdaderamente le preocupaba era en qué clase de libros las había leído, y es que Lavi era pésimo escondiendo aquellos libros que no quería que Bookman encontrase en su habitación de la sede, los cuales no estaban especialmente enfocados a su futuro como sucesor a su abuelo.
En aquel momento Allen hizo un ejercicio mental que llevaba practicando y poniendo en marcha desde su encuentro con el general Cross (culpable de que tuviera que practicar tal ejercicio). Respiró hondo por la nariz y ordenó a su corazón calmarse. Enfrió la cabeza y pensó en el contexto más inocente y agradable para la situación que estaba viviendo.
"Serénate, Allen. No está sucediendo nada raro. Probablemente algún exorcista o buscador se haya extrañado al no verte en el cuartel general y haya salido a buscarte, o quizá simplemente hayan bajado y al verte dormido han pensado que te ha pasado algo y te han llevado de vuelta. Eso es. Kanda suele decir que tengo un sueño muy pesado y no paro de moverme y dar patadas cuando duermo, así que no han tenido otro remedio que inmovilizarme.
O puede que, al igual que en mis primeros días me hayan hecho alguna sorpresa y me hayan traído a cuestas. ¡O puede que esta sea sólo una broma más de Lavi! ¡Nunca se sabe qué tan lejos puede llegar ese chico, ¿verdad?! ¿Verdad?"
Una gota de sudor frío se deslizó por los contornos de la cara del exorcista. El ejercicio no estaba funcionando. En vez de enfriar su cabeza y calmar el ritmo de su corazón era como si se hubiera vestido con una minifalda y cargase con unos pompones, animándolos a que le partieran el pecho y la mente.
Pero esa era otra cosa que había aprendido con Marian Cross: vivir en su propia mentira hasta que la realidad le pegase un puñetazo en la cara.
Se imaginó a sí mismo en medio del comedor de la sede, vendado e inmovilizado, y Lavi tratando de aguantar las carcajadas mientras Lenalee le regañaba y trataba de avisar a Bookman.
—¿Lavi? Lavi, amigo por favor, desátame. Quizá esto te parezca divertido, pero tienes un sentido del humor extraño. Tan extraño como tus gustos por las mujeres. Quítame las cuerdas antes de que le de una patada a tu soberano trasero, ¿vale?
Allen oyó un ligero murmullo a su alrededor, pero el eco le impedía saber de dónde provenía con seguridad. Escuchó unas pisadas dirigiéndose hacia él, demasiado suaves y livianas para ser las de un hombre. Allen dedujo, por el sonido y algún séptimo sentido extraño que la chica se había detenido justo delante de él.
—¡Lenalee! —suspiró aliviado, aún viviendo en su mundo imaginario donde todo seguía su contexto inocente e irreal—. Lenalee, ayúdame por favor. Lavi vuelve a hacer cosas raras. Dile que no está bien amarrar a las personas a muebles antes de que se le ocurra algo peor.
Se detuvo al notar que la chica apoyaba la mano sobre su hombro derecho, dejando caer parte de su peso sobre el cuerpo de Allen.
—… ¿Lenalee? Oye, qué…
Y, sin embargo, sus palabras fueron ahogadas repentinamente por una boca ajena que se pegó a la suya. Fue en ese mismo instante en el que Allen se vio obligado a salir de su fantasía idealizada, muy a su pesar, pues, aunque siendo sinceros no le desagradaba para nada la idea de Lenalee Lee uniendo los labios con los suyos, supo inmediatamente que aquella ferocidad, aquella urgencia y agresividad, más como si intentase devorarlo y no besarlo, como si tratara de reclamar lo que es suyo y de nadie más, no eran en lo absoluto rasgos propios de su amiga.
Por supuesto sus sospechas fueron reforzadas cuando, aprovechando que lo había atacado en mitad de una frase, una húmeda y traviesa lengua trató de divertirse con la suya.
Allen trató de apartarse, sellar los labios herméticamente, pero ya era demasiado tarde. Pensó en ello como una especie de virus: ya había entrado; hacerlo salir era casi imposible.
Cuando ya lo daba todo por perdido, aquellos labios se apartaron bruscamente, movidos por un resorte. La separación fue tan brusca que, en un intento por volverse a agarrar a él, aquellos labios habían intentado aferrarse a los suyos, mordiéndolos. A causa de ello podía sentir un delgado hilo de sangre cayendo por la comisura de su boca, mezclado con una saliva que no era la suya.
—Me voy un momento y ya estas abalanzándote sobre el chico —una voz grave resonó, al parecer hablándole a su atacante—. Demonios, ¿no me habías dicho que te controlarías?
Una cosa buena respecto al inesperado y agresivo beso era que, debido a su intensidad y la resistencia que Allen había tratado de manifestar, la venda se había aflojado considerablemente, permitiéndole la vista.
Road hizo un puchero en brazos de Tyki Mikk, quien la sujetaba por las axilas como si no pesase más que una pluma.
—Él me ha seducido —se justificó la chica. Allen se preguntó qué demonios había hecho él para provocarla. Road clavó sus ojos en los del chico, frunciendo el ceño, fingiendo sentirse profundamente traicionada—. Llamando el nombre de otra mujer en mi presencia… ¿Acaso no tienes modales, Walker?
"¿Acaso no los tienes tú?" era lo que en verdad quería preguntar el exorcista. "Ojalá te pudiera denunciar por agresión sexual." Sin embargo, el chico sacudió la cabeza, apartando esos pensamientos. Había prioridades más urgentes que tratar, al menos en aquel momento.
—Por lo menos el chico ya se ha despertado. Chaval, duermes como si hubieras tenido insomnio durante cuatro meses.
Road le guiñó un ojo juguetonamente.
—No le hagas caso, Allen. Eres adorable cuando duermes.
Allen respiró hondo y se serenó. No podía perder la paciencia con aquellos dos. No por ahora. No aún.
—¿Por qué me habéis traído? Me habéis raptado a traición y me habéis arrastrado hacia territorio enemigo completamente solo. Esto es injusto, dos contra uno. ¿Acaso no tenéis honor?
Se alegró de no visualizar akumas a sus alrededores. Eso significaba que no iban a pelear… Por el momento. Se había cuidado de no mencionar el precario funcionamiento de su brazo. En bastante desventaja se encontraba ya.
—Admito que tu sola existencia aún me provoca quebraderos de cabeza, chico, pero por una vez no hemos venido a luchar —Tyki Mikk sacó un cigarro del bolsillo y se lo colocó entre los dientes aún sin encenderlo—. Antes has preguntado por honor. Bueno, podrías decir que esto es una cuestión de honor— sacó un mechero y prendió el extremo del cigarrillo. Con pasos tranquilos y serenos caminó hacia Allen, y colocándose en cuclillas para encontrarse a la misma altura que el chico le soltó el humo del cigarro en la cara—. No te mataremos. No hoy. Como has dicho, los Noah tenemos demasiado honor como para un duelo tan deshonesto. Nos gusta el trabajo fácil como a cualquiera, pero no somos tan rastreros como voso…
Road Kamelot se cruzó de brazos.
—Tyki —canturreó con impaciencia—. Si no tienes intención de ir al grano, no estaría mal que me dejases volver a jugar con Allen.
—Resumiendo, chico —el hombre inspiró, guardando el aire en sus pulmones—: NO PERMITO QUE NADIE ME GANE A LAS CARTAS.
Allen pestañeó. Deseó tener las manos libres para limpiarse las orejas.
—Espera, ¿qué?
—Lo que has oído.
Esta vez fue el exorcista quien respiró profundamente. La situación era irreal, las circunstancias absurdas y sus labios habían tenido que sufrir una violación para…
—¿ME ESTÁS DICIENDO QUE TODO ESTO ES POR AQUELLA ESTÚPIDA PARTIDA DE PÓKER?
Inverosímil. Simplemente inverosímil.
—¡Vamos, admítelo! ¡Admite que hiciste trampas!
—¡POR SUPUESTO QUE LAS HICE! ¿ACASO CONOCES ALGÚN OTRO MÉTODO POR EL CUAL GANAR UNA PARTIDA DE PÓKER? ¡TU TAMBIÉN HICISTE TRAMPAS!
—Demuéstralo.
—¡Que lo demues…! —bufó. Si no fuera por su cabello albino, hubiera jurado que le habían salido canas del estrés—. ¡Es obvio! ¡Un tramposo sabe identificar a otro tramposo! —alzó la barbilla con arrogancia. Cuando se trataba de juegos de cartas se transformaba en una persona completamente diferente—. ¿Qué pasa? ¿Acaso quieres la revancha?
Tyki Mikk hizo rechinar los dientes, forzando una sonrisa desagradable ante la actitud descarada del chico. Se retiró el cigarro de la boca y lo presionó contra el suelo de la habitación, aunque en su imaginación lo trasformaba en una lanza gigante con la que atravesaba el corazón del albino. Por su parte, Allen le hubiera propinado de buena gana una patada en la mandíbula de no haber sido por las ataduras.
—Pues la verdad es que sí, mira por dónde… Nunca acabamos de jugar esa ronda, ¿no quieres seguir con la apuesta? Ver qué tan lejos puedes llegar.
Allen alzó una ceja con una media sonrisa.
—Por mí estupendo, ¿pero estás seguro de que quieres que te vuelva a desnudar?
—La verdad —Road interrumpió la discusión de los dos hombres acercándose con pasos danzantes hacia el asiento. Su voz era pícara y descarada; disfrutaba de la situación y se notaba—, a mí no me molestaría en lo más mínimo, pero me temo que más bien se dará el caso contrario. No jugarás contra Tyki— su sonrisa se ensanchó—; hoy tu oponente seré yo.
Por un momento, un segundo apenas, Tyki Mikk pudo ver cómo la máscara de soberbia y arrogancia se le caía al chico, sustituida por una expresión de desconcierto y contrariedad. También podía leer algo de temor y vergüenza en el rostro del chaval.
—¿Qué pasa? —Road se cruzó de brazos, apoyando su peso sobre una de sus piernas—. No me digas que te da cosa jugar al póker contra una chica, Allen.
El susodicho tragó saliva y tartamudeó una respuesta que sonó poco convincente.
—N-no es eso. Es sólo que este es un asunto entre Tyki Mikk y yo mismo. No sería justo si tú lo cubrieras en la segunda ronda…
Road bufó suavemente e interrumpió al chico extendiendo sus brazos hacia él, sujetándole el rostro con ambas manos y acercándoselo lentamente a la cara. Debió de leer el pánico en la expresión del chico, porque retrocedió.
—Vaya —musitó algo decepcionada—. ¿Tanto te desagradó el beso de antes? Mira que cuando estabas dormido no te quejabas…
Allen palideció. El sabor extraño de antes. ¿Acaso la obsesión de aquella chica por él no conocía límites?
Una mesa que no recordaba haber visto durante toda aquella escena hizo acto de presencia en aquel mismo momento, sobre la cual se hallaba una baraja de cartas perfectamente ordenadas. En un abrir y cerrar de ojos la habitación de los sueños se había convertido en la perfecta copia de un casino clandestino.
Road se sentó en el otro extremo de la mesa, cruzando una pierna sobre otra mientras un hombre sin voz ni cara, vestido con una camisa blanca y pantalones negros cortaba la baraja para repartirla.
—¿No vais a desatarme las manos ni siquiera para poder jugar? —su tono era dulce e inocente.
Tyki bufó, encendiéndose un tercer cigarro en aquel día. De igual modo, no es como si lo fueran a matar.
—Chico, no hagas como si no te hubieras deshecho de los nudos desde el primer momento.
—¿Q-Qué pasa si me niego a jugar?
Road observó las cartas que le había dado el repartidor, y con dedos ágiles levantó los extremos lo suficiente para ver de qué palo eran. Con la otra mano hizo girar entre sus dedos una afilada vela en forma de cono.
—¿Acaso te hemos dado esa opción?
Allen tragó saliva, llevándose una mano al ojo izquierdo. Desde el incidente en Alemania, aquellas peculiares velas le infundían infinito respeto. Resignado, alargó el brazo para recoger las cartas y volvió a colocarse la máscara de confianza infinita.
"No puede ser tan duro. Es sólo una cría. Puede que no haya tenido oportunidad de cortar la baraja, pero lo mires por donde lo mires juego con años de ventaja."
—Por cierto —Road interrumpió sus pensamientos con una sonrisa que hizo que a Allen se le helase la sangre—. Por supuesto, las trampas no están autorizadas. Puede que no lo sepas, pero soy una gran jugadora en este juego. Ni siquiera Tyki ha podido vencerme una sola vez. Considérame… —clavó su mirada en los ojos de su contrincante, lamiéndose los labios, observando no solo el iris del exorcista, sino su alma entera—. La reina de corazones. De hecho, esta misma noche robaré el tuyo.
Allen Walker echó un vistazo a las cartas en su mano, notando el peso de la baraja de reserva que siempre llevaba consigo en un muy bien escondido bolsillo.
La partida acababa de comenzar.
Espero no haberme pasado con el OoC... Creo que me he salido un poco de la personalidad natural de los personajes, ¿vosotros qué creéis?
