El paisaje había pasado de la abundancia de chabolas grises con pingajos por cubierta al verde intenso de los campos infinitos moteados por múltiples puntos de colores, que no eran otra cosa que los ropajes de las campesinas que trabajaban en los llanos de trigo. Había comenzado a llover otra vez, a cada momento con mayor intensidad, arreciando sobre el techo del vagón y repiqueteando en el cristal de la ventana. Un adolescente indio entró en el compartimento con dos cubos pendiendo de sus brazos, generando ruido al arrastrar la hoja de la puerta. Anunciaba atropelladamente su contenido.

—¿Quieren algo? —repitió, en hindi y en inglés, al ver a los dos ocupantes blancos.

El chaval mostraba un cubo con una variedad de bebidas de colores con etiquetas indescifrables, botellas de agua precintadas y alguna que otra lata de refresco a imitación de las marcas occidentales. En el otro, una multitud de empanadillas picantes, verduras fritas en harina de garbanzo y fruta para vender. La familia india pidió cuatro de cada y una botella de agua de litro.

—Disculpa, dame dos botellas de agua grandes, dos samosas y dos pakoras, por favor —pidió el hombre de ojos azules regulando el tono para no despertar a la muchacha—. ¿Tienes mangos o plátanos?

—Ambos.

—Pues dame dos de cada, por favor.

El chaval sacó todo lo que le había pedido, lo envolvió en papel de periódico y se lo intercambió por el precio estipulado.

—Gracias. Namasté.

El indio, tras inclinar la cabeza para agradecérselo, desapareció de nuevo. Él dispuso la comida sobre la mesilla con una sola mano y pidió permiso al señor grueso con la mirada para poder ocupar enteramente el soporte, que en realidad era para uso común. No hubo problema en ello.

Al cabo del rato, la muchacha abrió lentamente sus párpados, despertando del sueño. Notó su posición acolchada sobre la fina tela que cubría la firme musculatura del brazo de alguien a quien no recordaba, así que, algo aturdida, guió sus pestañas hacia arriba con su rostro aún pegado a ese hombro desconocido. Descubrió la línea del mentón del hombre de ojos azules y barba rala al que hacía un rato había reprochado su ayuda, quien miraba por la ventana sin percatarse de ella. Súbitamente, dio un respingo y separó su cabeza, sin cejar todavía en su agarre.

—Perdona, no sé que ha pasado —se disculpó avergonzada.

Él giró lentamente la cabeza para atenderla.

—Te quedaste dormida y te echaste sobre mí. No quise despertarte.

—Lo siento —insistió.

—¿Me devuelves mi brazo? —alzó las cejas, condescendiente.

—Oh —se quedó estática, ni siquiera se había dado cuenta de su proximidad, ni de cómo sus uñas esmaltadas apretaban su antebrazo y se hendían en su camisa formando surcos de tela—. Sí, sí, claro. Perdona, estoy un poco somnolienta aún, no me doy cuenta de lo que hago —se ruborizó y lo soltó, apartándose también de él unos centímetros.

—No tiene importancia. ¿Tienes hambre? —sugirió con amabilidad.

—Mucho —y se echó la mano sobre el estómago—. No como desde esta mañana, lo del tren ha sido un lío. Me ha sentado bien, estaba realmente cansada e irritada. Ni siquiera sé cuánto tiempo he estado dormida.

—Eso es cierto, hace un rato no había quien te hablara, no hacías más que escupir improperios —apuntó—. Has estado sobre mí cerca de hora y media. No está mal. Ya no sabía cómo ponerme para sostenerte sin molestarte. Se me estaba durmiendo el brazo y me apretabas con fuerza a intervalos. Supongo que mi hombro es cómodo, ¿no?

La muchacha agachó la cabeza; de alguna manera etendía que su exceso de confianza al dormirse sobre él no había sido justo tras su inicial trato displicente.

—He comprado samosas, pakoras y fruta. Elige lo que quieras —ofreció, trocando la conversación. No pretendía seguir incomodándola.

—No, no voy a comerme tu comida. Voy al vagón comedor —y se puso de pie, con la intención de salir del compartimento.

—No hay vagón comedor.

—¿Cómo que no hay vagón comedor? —se volteó para hablarle de frente—. ¿Y cómo se supone que comen los pasajeros?

—Como éste es un vagón de tercera clase, no hay tal servicio. Un chaval pasa cada par de horas ofreciendo comida y bebida: frutas y preparos locales. O cuando paras en una estación, puedes descender rápidamente del vagón, y, si tienes suerte, comprar algo en las paraditas del andén. Así funciona este país —se encogió de hombros.

—Vaya... —puso las manos en jarra y ausentó la mirada, pensativa.

—¿Y bien? —él volvió a mostrarle la comida que había comprado.

—¿Qué hay? —la muchacha se volvió a sentar a su lado con rapidez y asomó la cabeza sobre la mesa, tentativa, totalmente hambrienta, invadiendo su espacio y perfumando la nariz de él con el reguero de pelo ondulado que caía sobre su hombro derecho y que rozaba el cuello de su camisa.

—Pues... —necesitó parpadear un par de veces para enfocar su atención en la comida y olvidarse de su cercanía— hay samosas, que son unas empanadillas de hojaldre rellenas con especias, que pican muchísimo, verduras fritas en harina de garbanzo, que también pican, y, por si no te gustaran, he comprado fruta: plátanos y mangos. Están riquísimos.

—¿Has comprado esto pensando en mí? —frunció el ceño.

—¿Acaso no te presté mi hombro? ¿Por qué diablos no iba a comprar comida para ti? Tú te tomaste primero el privilegio de elegir por mí al tomarme por tu almohada. ¿Me preguntaste antes? —le devolvió simpáticamente, con una mueca cómica. Se estaba divirtiendo de nuevo con el temperamento de aquella preciosa muchacha, que estaba casi encima de él y disparaba sus sentidos.

—Está bien, está bien. Voy a probar eso —señaló con el índice el papel de periódico—. ¿De verdad pica mucho?

—¿Me permites? —le pidió espacio con el cuerpo para desenvolver una de las samosas—. Toma —y se la cedió, elevándola delante de su cara—. Cuidado, porque, efectivamente, pica mucho. No te la comas de golpe.

—Veamos.

La muchacha la cogió de su propia mano, haciendo contacto en el proceso, e hincó los dientes en la masa. Comenzó a masticar con parsimonia, pero, al cabo de unos segundos, estalló.

—Joder, joder. Madre... de... Dios... ¡Cómo pica esto! —entrecortada y acalorada, se aventó el rostro con la palma de la mano y acumuló la comida en un moflete.

El hombre rió sonoramente. Los indios del compartimento lo acompañaban en su gracia con una sonrisa al ver a la atolondrada muchacha en un aprieto.

—Necesito agua, ¡no me lo puedo tragar! —echó la comida sobre el periódico, lo envolvió y lo arrojó sobre la mesa—. Agua, agua, agua —dio un salto de la litera y se encaramó al portaequipajes, donde tenía la bolsa, intentando alcanzarla sin éxito.

—¿Qué haces?

—¡Buscar agua! ¡Me arde la boca! ¿Qué narices llevaba eso?

El hombre extendió su brazo y la sujetó por la muñeca. Con el otro le facilitó una de las botellas que había comprado junto a la comida y que estaba en el suelo, junto a sus pies. Él tiró de ella suavemente y la sentó otra vez a su lado.

—Toma, cálmate y bebe.

No contestó. Sólo asió la botella de un arrebato y comenzó a pelearse con el tapón, mordiendo el plástico protector sin conseguir desembarazarse de él.

—Anda, dame. Te peleas hasta con la botella de agua —se la arrebató ahora él, y, con total facilidad, la abrió con una mano y se la entregó.

La muchacha dio un trago a morro sobre la boquilla, buscando aliviar su lengua. La separó de sus labios y una gota de agua se desprendió de la comisura, descendiendo hacia la barbilla.

—Todavía me pica. ¿Qué llevaba eso? Es incomestible —mostró desagrado en su expresión.

—No seas exagerada —tendió su mano hacia la mandíbula de la muchacha y limpió el agua con su dedo pulgar a la vez que indagaba en sus pupilas. Ella no lo impidió, tan sólo se le encendieron las mejillas levemente y le clavó la mirada—. Están hechas con cebolla, guisantes, patata y especias. Pica bastante, pero no es para tanto. Exageras.

Ella apenas había escuchado su explicación. Simplemente se había fijado en su acción atrevida.

—¿Por qué me metes mano? —su mirada estaba cargada de desafío.

—Porque me da la gana —le respondió ligeramente áspero, imitando su inconformismo—. ¿Por qué te molesta tanto que se preocupen por ti?

—Idiota.

—¡Hey!, deja de insultarme. Es la segunda vez en una tarde que me llamas así —se ofendió.

—Yo no te insulto, tú no dejas de mirarme el culo, y, ahora, me metes mano —se cruzó de brazos y de piernas y se recostó sobre la pared—. ¿Quién te crees que eres?

—Come fruta, te sentará bien. Y deja de enfadarte como si fueras una niña pequeña. ¿Piensas ir así durante todo el trayecto? —le tendió un plátano—. Toma, te refrescará.

—Calla y déjame en paz —le sacó la lengua, fingiendo estar enfadada, y le quitó la pieza de fruta de la mano. Comenzó a pelarlo y paró un instante para echarle una mirada de reojo—. ¿Vas a dejar de inspeccionar todo lo que hago? — finalmente mordió la fruta con fruición.

—No sé, quizá es que llamas poderosamente mi atención. Eres... digámoslo de alguna manera... diferente —definió al fin con calidez y amabilidad—. Vamos, no seas peleona. Perdona, no quise hacerte enfadar.

—Está bien. Pero, la próxima vez que vayas a tocarme, pídeme permiso.

—Pues yo no voy a requerirte lo mismo. Mientras compartamos cubículo, échate sobre mi hombro cuantas veces quieras, tiquismiquis —contestó con simulada ironía. En realidad no le molestaba su carácter, era más bien un reto.

—Así lo haré —y alzó el rostro en suficiencia, evidentemente ahora jugando con él.

—¿Qué estás leyendo? —el hombre se inclinó raudo, pasando por encima de ella, y agarró el libro, que estaba al lado de la muchacha. Lo abrió por la mitad. Sabía que la molestaría.

—¡Hey! ¡Deja de una vez de tomarte licencias! —se lo arrancó de las manos de un tirón—. Al menos, podrías pedir permiso.

—Bueno, ¿y cómo te llamas? ¿Esos ojos verdes tienen nombre o voy a seguir peleándome con doña desconocida? Te advierto que, hasta la próxima parada, queda toda la noche. Eso es lo mínimo que vamos a tener que aguantarnos.

—No te importa mi nombre —ella seguía masticando el plátano, con los brazos y las piernas cruzadas en posición defensiva, respaldada contra la pared.

—Dios, qué dificultosa eres. Está bien —el hombre extendió su antebrazo hacia ella y le ofreció su mano—. Me llamo Rick.

La muchacha suspiró cansinamente, y, tras pensárselo unos segundos, le devolvió el saludo, estrechándosela en reciprocidad.

—Kate.

—Bonito nombre —le guiñó un ojo con afabilidad.

—¿Ésa es tu única apreciación? —puso los ojos en blanco.

—Tan bonito como la dueña.

Aquello arrancó una sonrisa de la muchacha.

—Veo que insistes en hacer que me caigas bien. Y te diré que tú tampoco estás nada mal —correspondió al fin, mordiéndose el labio, y le echó una mirada pícara de arriba abajo.

—Vaya con la señorita. Y parecía indefensa. Espera, espera —gesticuló con las palmas de las manos, poniéndolas por delante para detenerla—, ahora entiendo, finges estar enfadada para protegerte; sin embargo, en el fondo, estás deseando saber quién soy, conocerme.

La muchacha soltó una carcajada.

—Ni en tus sueños. No finjo nada. Realmente puedes ser molesto, eh —arrugó la nariz, burlona.

—Desde que estuviste esperando en el andén, sólo he pretendido ayudarte, y mira cómo me lo agradeces —su tono era casi teatral.

—Gracias. Pero puedo cuidarme sola —movió una mano negándole la mayor y se incorporó para desechar la cáscara de plátano sobre el papel de periódico.

Él resiguió la figura de sus piernas, que quedaban a la altura de sus ojos, disimulando el efecto que producía el esbozo de aquella muchacha en él. Su belleza le sobrecogía.

—¿Y qué haces en India? —cambió de posición y se sentó de espaldas a la ventana, con una pierna sobre la tarima y la otra sujeta al suelo, sin dejar de estudiar sus movimientos.

—Bien, dar una vuelta, conocer mundo. Lo que cualquier occidental puede hacer aquí. ¿Y tú?

—Soy escritor.

—¿Y? —elevó los hombros con indiferencia y se volvió a sentar.

—¿Cómo que "¿y?"?

—Que qué tiene que ver que seas escritor con estar en un tren que se dirige hacia el norte de India.

—Estoy aquí para recabar información para un nuevo texto. Además de estar interesado en el país, claro. Estilo Agatha Christie en el Orient Express.

—Suena bien. A mí me encanta leer.

—Ya lo he visto, no te despegas de ese libro. ¿Qué lees?

—Es un libro sobre un detective que va por ahí resolviendo casos y ayudando a la CIA. Me tiene muy enganchada, me encanta cómo escribe este tipo.

—¿Un detective? —abrió los ojos, sorprendido. Intentó echarle un vistazo a las tapas del libro pero se dio cuenta por segunda vez de que éstas estaban envueltas en papel de estraza.

—Sí.

—¿Por qué envuelves las tapas?

—Es más cómodo y limpio para viajar. Me irrita que se me doblen las puntas de los libros. Les tengo mucho cariño, así que procuro que no se estropeen.

—Oportuna decisión —se pausó—. Así que te gusta la novela negra...

—Sí. Y, además, va relacionado con a qué me quiero dedicar.

—¿Y a qué te quieres dedicar?

—Policía.

—¡Wow! Ya decía yo que no te andabas con rodeos. Me impresionas —su cara se distendió.

—Me lo tomaré como un cumplido —sonrió con sinceridad.

La puerta se abrió de golpe y entró el revisor que hacía un rato estaba un par de vagones atrás.

—Los billetes, señores. Y les recordamos que hasta mañana no llegaremos a Jodhpur —explicó, nuevamente con un inglés imposible.

—La zona desértica. Tiene que ser precioso —apreció él.

—Sí, tienes razón. Estoy deseando verlo —a ella se le iluminó la mirada.

Ambos se levantaron para sellar sus billetes y volvieron a sentarse. El revisor desapareció por el pasillo.

—¿Hacia dónde vas? —preguntó con cautela.

—Hacia el norte, a donde quiera que sea, a donde me conduzca el camino. Indefinido.

—¿Empezaste el viaje aquí?

—Llegué a Mumbai hace un par de días. Pensaba estar algunos más, pero no inicié el viaje con buen pie. El calor sofocante, la lluvia pertinaz y la humedad mezclada con la sal del mar Arábigo me empezaban a agobiar. A eso, añádele las miradas intensas de los hombres por la calle, los niños que acechan y las mujeres que piden. Esta tarde estaba bastante molesta, cabreada. Entiendo la situación del país, puedo comprender que les parezca exótica o que represente un dólar andante para ellos, pero no puedo más, me ahogo. Hay una parte de este país que me parece maravillosa; otra, odiosa. Y tan sólo en un par de días. Veamos qué hay más allá de una gran ciudad —se hizo un silencio—. ¿Sabes qué dicen?

—Dime —la escuchaba con atención.

—Que, en India, si estás casada, te dejan en paz. En estos momentos desearía estarlo. Lo que más me incomoda es que se me coman con los ojos de manera tan descarada, o que me importunen en cualquier contexto para pedirme sexo o algo similar. ¿Qué demonios se han creído que soy estos tipos?

—No puedo culparlos —soltó aire, resignado—. Aunque es cierto que pueden ser pesados. Yo no tengo ese problema —sonrió totalmente comprensivo para con ella—. ¿Estás soltera?

—¿Tú qué crees? —le mostró sus dedos afilados, despojados de cualquier alhaja.

—Que a una mujer como tú no pueden faltarle pretendientes.

Ella lo miró con algo de reproche por ser tan insistente en halagarla.

—¿Tan bonita te parezco? Soy una chica del montón —tras una mueca de incredulidad, inspiró profundamente.

—Muchísimo, es normal que todos te miren: alta y esbelta, tez blanca, con el pelo frondoso e irisado, los ojos verde esmeralda, la ropa occidental ajustada sobre un una línea curva perfecta... ¿Has probado a colocarte un anillo? —sugirió con obviedad.

—¿Cómo? —ella puso su atención en sus palabras.

—Digo, que si has probado ponerte un anillo. No te va a evitar los problemas, pero puede que los amortigüe si demuestras que estás casada. Aunque, te advierto, la única manera de que te dejen en paz por estos lares es viajando con un hombre.

La muchacha ladeó la cabeza y se fijó en sus ojos celestes, entornando los suyos con recelo.

—¿Por qué sabes tú todo eso? No tendrás una segunda o tercera intención con esta advertencia, ¿no? —ella se apartó de él, corriendo su cuerpo hacia el lado opuesto.

—Kate —acercó su mano a la suya y la asió en un caluroso apretón que pretendía transmitirle cercanía—, si quisiera acostarme contigo, cosa que llevo contemplando desde hace una tres horas, pero, oye, creo que es lógico y podrás perdonarme por sentirme atraído involuntariamente por una mujer así —elevó sus manos para indicar lo evidente sin señalarla—, y disculpa también mi sinceridad, te lo diría. Sólo te lo cuento porque llevo dos semanas en esta ciudad, así que he visto cómo funcionan, ¿de acuerdo? Como mujer, ésas son tus opciones: viajas sola y te atienes a las consecuencias, te haces la casada, cosa que sigue siendo difícil al ser occidental, o decides viajar con un hombre —soltó el agarre y giró su cuerpo para sentarse nuevamente de espaldas a la pared, dirigiendo la mirada al ocaso emborronado por las gotas de lluvia.

Tenía razón. Ella no pudo más que observarlo en silencio.

—Discúlpame. En ocasiones, tengo la sensación de que todo el mundo quiere algo de mí. Y no es sólo por esta situación: todos tenemos un pasado que pesa y determina. Entiendo lo que me dices. Así que... Gracias por la advertencia.

La muchacha se puso de pie y salió por la puerta del compartimento sin decir nada más.