Al volver al compartimento, la ausencia de luz sólo le permitía vislumbrar el contorno de las figuras opacas en la oscuridad. El sol se había puesto y las luces del cubículo se habían marchitado con la llegada de la noche. El silencio inundaba la estancia, roto cadenciosamente por el traqueteo de las ruedas metálicas del tren que se impulsaba a través de unas vías que se perdían en el horizonte. Se acercó a la escalera y tanteó con las manos para no estorbar el sueño de sus ocupantes, dispuesta a trepar hacia su incómodo refugio.
—Kate —un susurro la reclamó—. Cuando vuelvas a ausentarte de un compartimento, no te olvides de encadenar tu bolsa al portaequipajes, o incluso encima de tu litera a las barras de soporte. Especialmente en vagones de tercera clase. Cualquiera te lo podía haber sustraído. Y no dejes nada de valor.
Se detuvo en su ascenso, con un tacón sobre uno de los endebles peldaños. Miró hacia la esquina sin poder definir su cara.
—Está bien, perdona. Gracias por vigilar mi equipaje —devolvió.
—De nada. Buenas noches.
—Buenas noches.
Hincó las yemas de los dedos en la tarima azul que se suponía que iba a hacer de colchón durante toda la noche y, de un empujón, se encaramó con cierta dificultad. Una vez sobre la litera, se desató las botas y las olvidó junto a la pared donde daban sus pies. Se desabrochó el pantalón para aflojar la cintura, ya que era imposible cambiarse la ropa en aquella estrechez, acomodó su bolso a modo de almohada y se estiró para poder conciliar el sueño; pero era complicado. La rigidez de la tarima, la aspereza de la funda de plástico que la cubría y su bolso lleno de objetos poco maleables no permitían una mínima comodidad. Al menos no para ella, que era el primer tren destartalado que cogía y estaba acostumbrada a la frescura de su cama acolchada, a las sábanas blancas de algodón de su modesto piso de Nueva York. Al poco empezó a cambiar de posición cada pocos segundos con evidente molestia, intentando averiguar qué parte de su cuerpo podría amoldar para que fuera menos doloroso para su espalda. Ni siquiera había reparado en que, para un largo viaje, hubiera sido oportuno traerse una manta y un cojín: claro que tampoco sabía qué le iba a deparar aquel periplo, así que se ajustaría a las sorpresas del camino. Finalmente se acurrucó junto a la pared, con las piernas ligramente flexionadas y la larga cabellera desparramada sobre la tarima, cayendo ésta en cascada por el filo debido a la escasez del soporte.
De súbito, se le erizó el vello del brazo ante el tacto frío de una piel suave, pasando del encogimiento a la tranquilidad tras oír una voz remisa ya conocida tras su cuello desnudo.
—Kate, perdona.
Ante su persistencia en acercarse, ella cerró los párpados con mansedumbre y ahondó la respiración. No se había percatado hasta entonces, cuando el silencio y la negritud de la estancia le empujaron a conectar los adormecidos sentidos, pero la masculinidad envolvente de los afeites de aquel tipo la embargaban agradablemente. Se estimulaba incluso al recoger el aroma de su proximidad: era una mezcla a limpieza masculina con notas especiadas. Abrió los ojos y giró su cuerpo para mirarlo, apartó el bolso y sujetó la cabeza con el brazo anclado por el codo contra la superficie.
—¿Qué quieres ahora? Intentaba dormir —respondió casual.
Ambos rostros conectaron, y sus miradas iluminadas destellaban ante la escasa claridad de las luces apostadas en los flancos de las vías que, esporádicamente, bañaban la estancia al atravesar cada estación muerta.
—No mientas: no puedes dormir. Te oigo dar vueltas todo el rato —él agrandó los ojos, dilatando las pupilas para evocar las líneas de su cara.
—Procuro. Esto está bastante duro, así que mañana seguro que me dolerá todo.
—Lo sé. Por eso era... Mira, yo tengo una manta, y también una almohada pequeña. Las llevo siempre en mis viajes. ¿Quieres?
—¡No! —espetó queda—. Cómo crees que iba a dormir contigo allá abajo, si apenas quepo aquí. Además, intentarías aprovecharte de mí.
—No seas tonta, no te estoy diciendo que te vengas conmigo— apoyó sus codos en la arista de la litera y surcó con los dedos su pelo con evidente frustración—. Te estoy ofreciendo mis cosas para que puedas conciliar el sueño, yo ya... me estoy acostumbrando —mintió.
—No, gracias.
—Vamos, que de verdad no me importa.
—No, en serio: son tus cosas. No vas a quitarte tu comodidad para dármela a mí. No sería justo. Y, ahora, me voy a dormir. Si no, mañana no habrá quien visite nada —se volvió a dar la vuelta contra la pared y apretó los labios amagando una sonrisa. Encontraba cierto gusto en que el atractivo escritor se preocupara de ella. Aunque mantenía su dureza para con él, sabía intuitivamente que él insistiría.
—¡Qué cabezona eres! —masculló.
Bajó a su catre y atrapó la manta y la pequeña almohada con las dos manos, más bien molesto; se aupó otra vez y colocó ambas piezas encima de la tarima, por detrás de ella. No se daba por vencido.
—Bien, tú eliges. Yo me quedaré una y, tú, la otra. Te tapas, te acolchas la cabeza o haces lo que quieras, pero te la quedas, y no se hable más —su mirada estaba fija en el hombro de ella, en la curva del cuello. A pesar de estar cansado de la resistencia de la muchacha, esperó pacientemente su reacción.
Y ella correspondió; se volteó.
—Está bien —escondió una risita—, me quedo tu manta.
La muchacha colocó su mano encima de la de él y la deslizó con suavidad hasta llegar a la punta de sus falanges, tanteándolo. Tras una pausa, se guió hasta la manta, la asió y tiró de ella para esconderla tras su espalda: jugaba con él, divertida. Él clavó sus ojos indginados en los suyos y frunció el ceño.
—¿Te estás burlando de mí? ¡Sabías que insistiría! Te estás aprovechando de las buenas intenciones de un... —inició entre dientes.
—Sí, sabía que insistirías —Kate acercó sus dedos afilados, le atrapó el mentón con descaro y lo atrajo hacia ella—. Gracias, eres todo un caballero —se aproximó cautivadora a su mejilla hirsuta y la acarició con sus labios carnosos. Se separó y buscó su mirada, perfilando una sonrisa traviesa—. Realmente estás muy bueno, Rick.
Tras la evidente provocación, ella recuperó su posición inicial con lentitud, recreándose en sus movimientos: mostró la exuberancia de su cadera, la tenue concavidad de su cintura, para finalmente ofrecerle la espalda y abrazar la manta con las piernas. El escritor se quedó confuso, sin saber qué decir o si quizá meterle mano allí mismo. No tenía forma de identificar un patrón de comportamiento en ella, aunque tenía claro que le había cogido la medida en tan sólo una tarde. La muchacha sabía que él se sentía atraído hasta el extremo de importarle lo que le ocurriera, de querer protegerla, y parecía tomar ventaja de ello.
Tras unos segundos observándola, entre enfadado por su posición vulnerable y enajenado por la pulsión sexual, guió sus ojos desde la base de su espalda, cuyo pantalón aflojado dejaba entrever el borde de su ropa interior, hasta la culminación de su espina en su frágil nuca. Se echó lentamente sobre su angular hombro despojado de ropa, posó sus labios con ternura y la besó durante unos instantes, recorriendo la curvatura con cálido aliento hasta llegar a su oído.
—Estás perdonada, pero no vuelvas a hacerme algo así, te lo ruego. Yo tamién soy un hombre, así que no voy a poder contenerme siempre.
Ella se aferró a la manta, protegiéndose de su propia exaltación. Apretó los párpados, extasiada, intentando contenerse, y esperó a que él se tumbara finalmente en su litera, a que la tensión sucumbiera ante el sueño, hasta la mañana siguiente.
