Traficantes de Sexo

Advertencias

Esta novela corta pertenece a la Lorie O'Clare, solo lo adapto a los personajes de Twilight. Twilight pertenece a S. Meyer, por tanto el nombre de los personajes en esta adaptación también. NADA DE ESTO ME PERTENECE, POR TANTO NO HABRAN CONTINUACIONES.

(Si alguien más lleva o llevo la adaptación de esta novela, le pido encarecidamente que no arme una trifulca y mejor me envíe un correo)

[Si no les gusta, no es mi problema no armen líos, me estreso fácil]

{Contenido adulto, ¡es M de por dios!, si no son lo suficiente maduras como para llevar algo así, no lean, no es de mi interés su madurez mental y no estoy para soportar dramas}

La cuenta de GN, las reglas de GN…

-Sean bienvenidas, espero hayan leído lo anterior-

- Empieza la Historia -

Capítulo 1

— ¡Date prisa! —Las llamas saltaron desde el edificio. No saldrían a tiempo—. Haz que los niños bajen hasta el río. Síguelos hasta el pueblo.

Los esclavos de su padre no tenían ninguna habilidad. Creados para el placer, hijos bastardos, Bella sabía que sus posibilidades de supervivencia eran escasas. Pero iban a tener una muerte peor ahí. La última de las mujeres corrió, los niños escapaban a su lado, mientras la estructura una vez hermosa que había sido el santuario de su padre se quemaba hasta los cimientos.

— ¡Bella! ¡Rápido! ¡Ha cubierto! —Jacob, el guardia personal de su padre, apenas gritó la advertencia antes de que una bola de fuego le quemara por la espalda.

Carne quemada llenó el aire con su hedor insoportable. Su estómago se resintió, la amarga bilis subiendo por su garganta.

Apretó la mano contra su boca, rezando por no vomitar. Cada minuto contaba si ella trataba de seguir con vida a través de esta pesadilla.

Corrió hacia la casa, decidida a encontrar el cuerpo de su padre. Humo negro llenó sus pulmones, sus ojos se llenaron de lágrimas. Su capa negra, la que siempre había llevado con orgullo y que la marcaba como hija de la casa de Charles, ahora sólo servía para cubrir su rostro.

Una aeronave Bortan zumbaba por encima de su cabeza. Jacob le había dicho a su padre que ellos atacarían las estructuras. Pero Charles era un maldito y testarudo viejo. Se había negado a salir de su casa, y ahora estaba muerto.

—Déjanos en paz —gritó hacia la aeronave Bortan negra con un único piloto—. Ya nos has destruido—. No se vendría abajo ahora. El nudo en su garganta amenazaba con convertirse en lágrimas—. Déjame enterrar a mis muertos en paz.

La aeronave Bortan desapareció en las nubes formadas a partir de la quema del campo, pero luego reapareció antes de que ella cruzara por el patio. Su corazón se aceleró, con el miedo deslizándose por la espalda, cuando el artefacto negro bajó su tren de aterrizaje. Había oído las amenazas que el Bortan hizo hacia su padre, de descuartizarle y arrojar las partes del cuerpo a través de los cuatro pueblos más grandes.

—El fin del Imperio Charles. —Ella se había reído del comerciante que le había contado las historias—. Van a profanar su cuerpo, extendiendo sus miembros para que todos vean que le han eliminado con éxito del mercado de esclavos sexuales.

—Lo único que quieren es acaparar el mercado para ellos solos. —No se preocupaba para nada acerca de los Bortan en ese momento. Pero el mercader había movido su dedo con conocimiento hacia ella.

—No seas tonta. Los Bortan controlan la mayoría del Sistema Solar. No van a vender sexo sin su impuesto aplicado.

—La familia Charles criará esclavos sexuales para las generaciones venideras —le había asegurado—. Libres de impuestos. Los Bortan no tienen jurisdicción aquí.

Lo que quedaba de su herencia se había quemado descontroladamente.

El Bortan abrió la puerta de su aeronave, su armadura de metal lo cubría de pies a cabeza, visible incluso en el humo espeso. Todas las armas estaban en la casa. Sólo tenía su cuchillo, inútil contra este guerrero de metal fundido. El horror se apoderó de ella mientras lo veía acercarse, con su armadura tintineando a cada paso. Si no la mataba inmediatamente, la violaría. Peor aún, la llevaría con él, probablemente vendiéndola como una esclava para torturas en uno de los puestos fronterizos de Bortan.

Se dio la vuelta, sabiendo que era inútil correr, pero no estaba dispuesta a quedarse y aceptar su destino. El terror la asfixió, con la falta de respiración haciendo imposible el movimiento. Detrás de ella había una persona, alta, oscura, con expresión melancólica. La última persona que esperaba ver en su propio patio estaba a sólo unos metros de distancia. Se le secó la boca, mientras que su corazón empezaba a golpear con tanta fuerza que dolía.

Edward de Carlisle, hijo de Carlisle, el peor enemigo de su padre, se acercó a ella con el láser en la mano. Habían pasado años desde que le había visto por última vez, y entonces ella le había pateado el culo. El adolescente flacucho había desaparecido, siendo reemplazado por un hombre musculoso. Sus ojos grises, casi lavanda parecían determinados en su misión.

Respirar en ese humo espeso era bastante difícil, pero mirar a la cara al hombre a quien había negado años atrás, se convertía en casi imposible.

Sus ropas se pegaban al torso musculoso, y estaban cubiertas de hollín. Al parecer, el Bortan había atacado el territorio de Carlisle, también. Eso tendría sentido. Dudaba que Edward se ensuciara si no estuviera defendiendo sus tierras. Pero incluso manchado con barro y cenizas, lo primero que le llamo la atención fue lo jodidamente sexy que parecía ahí de pie, con su láser dirigido hacia ella. Sus tripas se tensaron, con el deseo ondulando a través de ella, mientras miraba fijamente los intrigantes ojos de color gris lavanda.

Este hombre, su enemigo jurado de toda la vida, le afectaba como nadie más lo hacía. Estaba allí, parada en medio de su jardín mientras todo lo que conocía se quemaba en manos de sus enemigos, cuando algo que no supo identificar se encendió en su interior. Ella no debería sentirse así. Su casa se incendiaba a su alrededor y todos sus conocidos estaban muertos. Su reacción hacia él tenía que ser resultado del shock. ¿Por qué sino de repente se sentía tan condenadamente caliente bajo su penetrante mirada sensual?

— ¿Qué quieres? —apenas susurró ella, con la boca seca de tanto inhalar humo.

—A ti. —Sus ojos se escurecieron, con el gris ganando a la lavanda. El humo y la oscuridad sólo se añadían al misterio de su presencia allí.

Algo en su mirada se apoderó de ella. No era miedo, al menos no el miedo que a ella le transmitía el Bortan. Su mirada era casi depredadora... posesiva. Él se acercó un paso, pareciendo listo para devorarla.

Tenía sentido que la quisiera para poder matarla. Sus familias habían sido enemigas desde siempre.

Pero la forma en que la miraba ahora, con su penetrante mirada devorándola, no se veía como si quisiera matarla. Ese era el aspecto de un hombre que quería follarla.

Estaba más allá del shock. Se estaba volviendo loca.

El tintineo de una armadura trajo de vuelta a sus sentidos. El Bortan caminó hacia ella por su espalda. Estaba atrapada entre dos enemigos. Lo último que quería hacer era elegir cuál de estos dos hombres sería el que la matara... o la follara. Sus posibilidades eran escasas, pero iba a luchar hasta el final.

—No moriré hoy. —Se apartó de los hombres, rezando para que los dioses estuvieran de su lado. El terreno irregular y su larga capa hacían que correr fuera un reto, pero no se rendiría. La casa médica era su última oportunidad.

El fuego de un láser silbaba detrás de ella. Si Edward le había apuntado, era peor tirador que ella. La capa ondeaba detrás suyo mientras se tiraba por la colina hacia los cuartos médicos.

—Hay armas aquí. Piensa. —Sus manos temblaban mientras aseguraba la puerta cerrada.

No había estado dentro de la pequeña casa que se usaba para los exámenes físicos, abortos o cualquier otra atención que los esclavos necesitaran, desde hacía bastante tiempo.

— ¿Hay alguien ahí? —La sala de exámenes parecía vacía.

Tiró abriendo cajones, buscando armas, temblando tanto que casi sacó los cajones del todo.

— ¡No! —Gritó cuando una gran explosión junto a la puerta de la oficina casi le hizo saltar de su piel.

—Vete mientras puedas. —Ella gritó a la puerta cerrada—. Estoy armada.

Necesitaba encontrar un arma. Un arma de cualquier tipo serviría. Corrió a la siguiente sala de examen, resbalando en el suelo, quemándose la rodilla al caerse. No había nada aquí para defenderse.

—Dioses. —Gritó al oír romperse la madera, dándose cuenta de inmediato de que había revelado su paradero.

Menuda guerrera estaba hecha.

No había escapatoria. El guerrero Bortan tintineaba mientras caminaba, raspando el metal contra el suelo de baldosas blancas. Había salas de exploración a cada lado, pero por lo demás ella estaba atrapada, en el estrecho pasillo que conducía a la sala de la entrada principal.

—Por el amor de los dioses, Bortan. —Ella odiaba lo patética que sonaba—. Déjame enterrar a mis muertos en paz. Ya has hecho bastante daño.

Se tragó el nudo de su garganta mientras lo miraba deslizar su arma de nuevo en su cinturón. No había consuelo en la certeza de que no tenía la intención de matarla inmediatamente.

El Bortan levantó su casco, sus ojos rojos brillando en su pálida piel humanoide. Se quitó los guantes, con el movimiento mecánico de sus dedos recordándole que estaba tratando con una máquina, así como con una persona. Ella se lamió sus resecos labios, dando un paso hacia atrás.

Le había atrapado, su presencia llenaba el final del corto pasillo. No había manera de que pudiera pasar más allá de él. Él, obviamente, se dio cuenta de esto, ya que se tomó su tiempo para quitarse los guantes.

—No tengo la intención de hacer más daño. —Su voz vibraba. Posiblemente sus cuerdas vocales hechas por el hombre se habían dañado en la batalla—. De hecho, sé que una puta como tú disfrutará de lo que tengo.

Ella se estremeció, apartándose de él.

—No soy una puta.

—Oh, es verdad. —Su risa le heló la sangre, con la horrible vibración revolviéndole el estómago—. Tú sólo crías y vendes putas—. Él se encogió de hombros—. Lo que sea. Todavía voy a follarte.