Traficantes de Sexo

Advertencias

Esta novela corta pertenece a la Lorie O'Clare, solo lo adapto a los personajes de Twilight. Twilight pertenece a S. Meyer, por tanto el nombre de los personajes en esta adaptación también. NADA DE ESTO ME PERTENECE, POR TANTO NO HABRAN CONTINUACIONES.

(Si alguien más lleva o llevo la adaptación de esta novela, le pido encarecidamente que no arme una trifulca y mejor me envíe un correo)

[Si no les gusta, no es mi problema no armen líos, me estreso fácil]

{Contenido adulto, ¡es M de por dios!, si no son lo suficiente maduras como para llevar algo así, no lean, no es de mi interés su madurez mental y no estoy para soportar dramas}

La cuenta de GN, las reglas de GN…

-Sean bienvenidas, espero hayan leído lo anterior-

- Empieza la Historia -

Capítulo 4

Bella nunca había estado en una posición tan vulnerable en su vida. Ella había visto esclavos restringidos antes, disfrutando al ver cómo les incitaban y follaban mientras estaban atados, sin poder moverse. Pero era una experiencia completamente diferente el ser la persona atada.

Sus músculos le dolían, estirados y atrapados. Se había centrado en su malestar, lo que le permitía apartar su mente de lo que le estaba pasando. Pero no había esperado que Edward de Carlisle intentara seducirla.

—Eres Edward de Carlisle. —No entendía por qué le seguía preguntando eso. Él sabía que no era repulsivo. No había un hombre en este planeta que fuera tan hermoso como él.

Ella no se sometería a sus juegos mentales. Tal vez no la estaba torturando como pensó que lo haría. Pero esto podría ser considerado como un método de ataque. Era obvio que sabía que sus habilidades estaban muy afinadas, probablemente se había follado a suficientes mujeres como para saber exactamente cómo tocarlas, acariciarlas, a fin de obtener su sumisión.

—Carlisle ya no existe, Bella. —Él presionó su boca sobre su coño, con sus labios bañando su clítoris con calmante y húmedo calor.

La agitación creció en su interior, un fuego furioso, presionando hirviente en la búsqueda de la liberación. Su boca le acariciaba el coño, lo besaba y lamía con una ternura que debilitaba sus defensas.

—Tú existes. —Los movimientos suaves que daba con su lengua hacían que su coño se ondulara a través de ella.

— ¡Oh! —Gritó ella, incapaz de controlar el orgasmo que palpitaba a través suyo.

Las ataduras alrededor de sus muñecas y tobillos la anclaban sobre su piel, restringiendo su deseo de girar para permitir que el orgasmo corriera en toda su extensión, abrumándola. Pero no podía moverse, excepto para girar las caderas, lo que simplemente alentaría las acciones de Edward. Era difícil hablar.

—Carlisle está vivo en ti. —Acertó a decir con voz entrecortada. Si pudiera mantener sus pensamientos centrados, sería capaz de evitar que Edward pusiera a su cuerpo en contra de su mente.

Y su mente sabía que Edward era el enemigo. Nada de lo que pudiera hacerle, haría que ella alguna vez lo desease o borrara el hecho de que no eran compatibles. Sus padres habían luchado entre sí, y sus padres antes que ellos. Las guerras por los derechos de los esclavos sexuales, las negociaciones justas, la cría adecuada, habían existido entre las dos familias por generaciones. El odiarse entre sí corría por su sangre. Eso no podía ser cambiado.

Por el momento, sin embargo, deseaba que se pudiera. Ningún hombre la había atraído para entregar su virginidad. Todos los hombres que visitaban la casa de su padre, disfrutaban de las orgías, y ella nunca había conocido a alguien que la hubiera encendido... no como esto. Edward de Carlisle la tenía al borde de mendigar para que la follara.

Edward se enderezó, abandonando su coño vibrando y frío sin el calor de su boca. Sus ojos gris lavanda la estudiaron, buscando en sus pensamientos más profundos. Quería saber cómo le había afectado, si su seducción estaba funcionando. Ella le devolvió la mirada. Atada o no, la conocería como su igual, no como una zorra a la que podía manipular. No importa cómo la hiciera sentir, no se lo rogaría. Aunque maldito fuera, seguro como el infierno que quería hacerlo.

—Soy Edward. No hay más Carlisle. Todo está destruido. —Bajó la mirada hacia sus pechos, con los dedos trazando un camino alrededor de los pezones—. ¿Estás diciendo que me desprecias?

Él puso sus pezones entre sus dedos, apretando la piel sensible y enviando un rayo de palpitante electricidad hacia su coño.

—Eres mi enemigo. —Cerró los ojos, necesitando encontrar algo en lo que concentrarse más que en lo que él estaba haciéndole. Sus entrañas se derretían por el calor, su resistencia desaparecía lejos—. Oh. ¡Maldita sea!

Él pellizcaba y soltaba, pellizcando de nuevo y relajando su agarre, haciendo que los pezones quemaran en un fuego que fue directamente a su coño.

—No soy tu enemigo, Bella. —Podía oler sus jugos en su aliento—. ¿Alguna vez he hecho algo para ofenderte, o lastimarte?

Que los dioses le ayudaran. No. Edward de Carlisle nunca le había dañado. En todo caso, su buena apariencia había sido una distracción cada vez que le había visto. La forma en que siempre le había mirado, en silencio haciéndole saber que la quería, sólo había logrado hacerle pensar en él cuando no debería haberlo hecho.

—Sabes que no lo has hecho. —Gritó ella cuando él chupó uno de sus pezones en su boca—. Que los dioses me ayuden—. La piel de debajo de las ataduras se había quemado, con las muñecas y tobillos tirando contra sus restricciones, mientras se arqueaba hacia él.

Sus dientes rasparon sobre su pezón, torturando la carne arrugada, saqueando su mente con el impulso increíble para rogar que la follara. Su coño vibraba con necesidad, su succión enviando calor directamente a su vientre.

Él se enderezó de nuevo. —No creo que tú y yo seamos enemigos.

Su voz no era más que un áspero susurro. Abrió los ojos, tenía que verle, permitiéndose pasar un momento para luego poder centrarse. Cada centímetro de su cuerpo se estremeció de necesidad. ¿Qué estaba mal con ella, cuya vida estaba llena de sexo, para que el único hombre por el que tenía ganas de renunciar a su virginidad fuera el único que no podía tener?

Rizos castaños claro caían en torno a los duros rasgos de su cara. Sus ojos gris lavanda penetraban en ella, su mirada suave y cristalina rompiendo sus defensas.

Pero él no sabía la magnitud de la destrucción de los Bortan. Ninguno de ellos lo hacía. El pensamiento racional se mezclaba con las ansias que tenía su cuerpo por él. Un breve lapso de lujuria, mientras estaba atada y era seducida, podía perseguirla una vez que este horrible ataque contra su pueblo hubiera pasado. Ella era Bella de Charles, no una esclava o la hija de un comerciante.

—Sé lo que estás tratando de hacer, Edward. —Luchó para parar su respiración, obligando a su cuerpo a enfriarse—. Aprovecharte y follar conmigo no va a cambiar nada.

Él debió haber visto como construía sus defensas. La determinación se veía en su rostro, sus labios formaban una línea apretada, mientras que sus ojos se estrechaban en ella, como un halcón dispuesto a atacar a su presa.

—Entonces dime que soy tu enemigo. —Apretó su cuerpo contra ella, permitiéndole sentir cómo de dura estaba su polla—. Dime cuánto me odias.

Su aliento le hizo cosquillas en el cuello, quemando la piel de su sensible nuca. Piel de gallina la cubrió cuando sus dedos trazaron senderos en sus brazos, buscando los dedos de ella. Ella se apoderó de sus manos, sosteniéndolo extendido en contra suya.

Sí. Su padre, ya fallecido, siempre había despreciado a Carlisle. Y no importa lo mucho que aceptara eso, no podía encontrar el odio hacia él en su corazón. Ni mucho menos cuando... cada centímetro de ella lo quería.

—Dime que te deje en paz, Bella — susurró él, con sus labios quemando un camino a lo largo de su mandíbula, hasta que su boca cubrió la de ella.

La tela de su camisa rozó su piel, su sólido pecho presionó los suyos angustiados, frotando sus pezones. La maravillosa tortura la puso ansiosa por envolver brazos y piernas a su alrededor, tirando de él aún más.

Su polla empujó hacia su coño, simple tela le impedía penetrar en ella. Y malditos sean todos los infiernos, quería su polla enterrada en su interior. El dolor que él había creado en su cuerpo creció, mientras que su boca se movía sobre la de ella, con su lengua rozando sus labios.

—Edward. —Murmuró, abriendo la boca, permitiendo a su lengua darle la bienvenida a la suya.

No podía negarle su beso. Quería que ella le declarara su enemigo, pero su corazón no encontró a ningún enemigo en él. Su lengua se arremolinó alrededor de su boca, explorando, reclamando, indicando con hechos lo que ella se negaba a admitir con palabras.

Bella juntó las manos fuertemente con las suyas, agarrándose a él como si se fuera a caer si le dejaba ir.

—Dime que nunca has querido hacer esto —le susurró en su boca, dejándola sin aliento cuando trasladó la boca a su oído.

Recuerdos de haberle visto en las subastas, mirándole mientras su padre maldecía el nombre de Carlisle, le inundaron, creando incluso más deseos de sostenerlo junto a ella. Había estado tan alto, con su ropa extendida sobre los músculos bien desarrollados y se había movido con un paso tan perezoso, confiado, y casual que había captado la atención de todas las jóvenes. Más de una vez había luchado contra el de deseo de hablar con él, coquetear con él, hacerle ver que ella podía ofrecerle más que cualquier otra golfa que se le colgara. Pero eso habría provocado más de un escándalo.

Edward pasó los dientes por su lóbulo de la oreja.

— ¡Oh, dioses! —exclamó ella antes de que pudiera evitarlo, la acción enviando un hormigueo de deseo corriendo por su cuerpo.

Él liberó sus manos de ella, rozando por encima de su piel con un toque que la marcaba, haciéndole más difícil el respirar, con el fuego furioso de su interior ya fuera de control. Sus manos se apoderaron de su pecho, tirando, apretando, haciendo crecer la presión dolorosa dentro de su coño. Empujó su polla contra su coño, con las piernas temblando, incapaz de envolverlas alrededor de él, tensa, mientras las ataduras quemaban sus tobillos.

— ¿Qué quieres de mí? —no pudo aguantar más.

Ella arqueó su cuello, apretando cerrados sus ojos, mientras el flujo de necesidad reprimida, de los antojos por un hombre al que había sido criada para odiar, rompía a través de su maldita resistencia. El orgasmo arrasó atravesándola, con su coño empapado de sus jugos, apretando sus músculos y relajándolos.

—Sólo quiero que reconozcas la verdad. —Metió las manos por detrás de ella, sosteniendo su culo, la fuerza de su agarre sujetándola con él.

Se dejó caer cuando su orgasmo disminuyó, lo que le permitió sostenerla contra él. Las ataduras alrededor de sus muñecas y tobillos quemando menos cuando se relajó, cada pedacito de su pasado, de su resistencia, se lavó con el flujo de sus jugos.

—Desátame, Edward. —No tenía energía para decir nada más.