Traficantes de Sexo

Advertencias

Esta novela corta pertenece a la Lorie O'Clare, solo lo adapto a los personajes de Twilight. Twilight pertenece a S. Meyer, por tanto el nombre de los personajes en esta adaptación también. NADA DE ESTO ME PERTENECE, POR TANTO NO HABRAN CONTINUACIONES.

(Si alguien más lleva o llevo la adaptación de esta novela, le pido encarecidamente que no arme una trifulca y mejor me envíe un correo)

[Si no les gusta, no es mi problema no armen líos, me estreso fácil]

{Contenido adulto, ¡es M de por dios!, si no son lo suficiente maduras como para llevar algo así, no lean, no es de mi interés su madurez mental y no estoy para soportar dramas}

La cuenta de GN, las reglas de GN…

-Sean bienvenidas, espero hayan leído lo anterior-

- Empieza la Historia -

Capítulo 5

— ¿Qué harás si te desato? —le chupó un pezón, sus manos acariciando sus caderas.

No tenía ni idea de lo que iba a hacer. La réplica del orgasmo todavía ondulaba a través suyo. Decidir qué hacer a continuación era demasiado trabajo.

—Las ataduras están rozándome. —Más que nada, quería tocarlo, pasar sus dedos por el pelo de su pecho.

La presión comenzó su lento camino tortuoso, de nuevo, inflamando su coño, mientras que de repente su boca parecía demasiado seca.

La expresión de Edward se puso seria, su mirada centrándose en las muñecas, y luego en los tobillos. Era como si de repente se hubiera dado cuenta de que estar estirada contra la pared, atada para que no pudiera moverse, pudiera ser un poco incómodo.

Se arrodilló delante de ella, sus grandes manos rodeándole uno de sus tobillos. Rizos castaño claro cubrían su frente, impidiéndole ver su expresión. Él masajeó su tobillo, con las manos subiendo por su pierna antes de que ella se diera cuenta de que la había liberado.

Una vez que sus piernas estuvieron libres, colgando desatadas, con los dedos de sus pies casi tocando el frío y duro suelo, la necesidad de envolver las piernas alrededor de su cuello, tirando de su cara hacia su coño, la consumió.

Se dio cuenta de que podía utilizar sus piernas, envueltas alrededor de su cuello, para tratar de lisiarle, inhabilitando a su enemigo. Pero no quería hacerle daño.

Esa comprensión hizo que se parara. Toda su vida había aceptado a Edward como su enemigo. Sin embargo, no podía detenerle. Una vez, ella le había pateado el culo y se sintió jodidamente bien con eso. Pero su seducción la había dejado débil, con la cabeza loca, tan loca por la necesidad de él que le abrumaba la intensidad.

Le tomó más esfuerzo del que creía el poder doblar las piernas. Juró mientras pinchazos y calambres torturaban sus piernas. Edward las cogió, doblándolas y llevando las rodillas hacia su pecho, moviéndose lentamente con el cuidado suave de un padre cariñoso.

Esos pensamientos de ternura sobre su enemigo, le tenían desconcertada. Debería observar a Edward, no darle nunca la espalda. Su seducción había dejado a su cerebro tan flojo como sus piernas.

—La circulación regresará en un momento. —Él parecía muy seguro de sí mismo.

—Suena como si supieras algo sobre el tema. —Ella se preguntaba si sería capaz de levantarse una vez que le desatara los brazos. Si no fuera así, seguiría a merced de su enemigo.

Pero él no se sentía como su enemigo.

—Se una o dos cosas. —Su sonrisa causó que su corazón se saltara un latido, con el brillo travieso de sus ojos casi cubriendo su expresión cautelosa—. No me digas que nunca has estado atada.

No podía creer que pensara eso de ella.

—No, no lo he estado.

Sus rodillas se apretaron en su pecho, dejando al descubierto su coño y su culo. Él la sostuvo contra la pared con su cuerpo, sus dedos haciéndole cosquillas en el culo. Si sólo la acariciara para quitarle el dolor que sentía en su coño.

—Por supuesto que no. —Pasó las manos por la parte trasera de sus piernas, haciendo que se retorciera contra él.

— ¿Quién se atrevería a atar a Bella de Charles?

Eso le hizo sonar muy inaccesible. Casi iba a decirle que eso no había pasado nunca porque ningún hombre le había encendido lo suficiente como para que ella considerara hacerlo con alguien. Pero la agarró por el culo, tirando de ella hacia él, alejando su culo de la pared mientras ponía su coño contra su boca. Sus dedos rozaron por encima de su pequeño y apretado ano. Dio un salto, con su cuerpo convulsionando mientras una ola de placer se precipitaba por ella al ser tocada en esa área tan sensible. Sus jugos goteaban, empapando su culo.

—Tú te atreverías. —Las ataduras de las muñecas rozaban su piel, mientras que su cuerpo se extendía desde la pared.

Edward no había dudado en ponerla en una situación en la que ningún hombre siquiera lo había intentado. No tenían ni idea de lo que había fuera de esas puertas. Su mundo podría estar destruido, todas las reglas invalidadas. O el ataque podía haber sido aislado, dejando su estatus y rango intactos. Nada de eso parecía importarle.

Su lengua le infligía una perversa tortura a su coño, deslizándose por su clítoris, lamiendo los jugos de su coño. Explotó, con su orgasmo corriendo a través de ella con tanta fuerza que pensaba que iba a desmayarse.

—Sí, lo haría. —Una vez más se detuvo, dejándola montar en su orgasmo sola.

Estuvo a punto de no tener la energía necesaria para levantar la cabeza. Su cuerpo se extendía desde la pared, con Edward agarrando sus caderas, su boca brillante de sus jugos, mientras él la observaba recuperar sus sentidos.

—Rompería cada ley, cada tratado, por ayudarte a ver lo que has estado negando todos estos años. —Sus palabras le sorprendieron. Pero inmediatamente supo lo que quería decir.

Desde que eran adolescentes, lanzados al mundo de los negocios del comercio sexual, aprendiendo cómo manejar el comercio que un día sería para cada uno de ellos, ella se había dado cuenta de él. Su peor enemigo. La única persona a la que no podía darle la espalda, Edward de Carlisle era su némesis.

Su padre había muerto. Los esclavos habían corrido por sus vidas, dejándoles libres, aunque lo más probable es que eso les asegurara su muerte. Todo lo que tenía se había ido.

Y allí estaba aquel hombre, ofreciéndole algo que pensó que nunca podría tener. Todo lo que tenía que hacer era extender la mano y cogerlo. Es decir, si él desataba sus manos.

Un ruido sordo capturó la atención de ambos, al mismo tiempo. Edward miró hacia la puerta, y luego bajó suavemente sus piernas. Desató sus brazos, lentamente, estando lo suficientemente cerca para poder apoyarse en él.

Sus brazos querían salir volando, llevándola con ellos. Libre de ataduras, finalmente desatada, encontró con que apenas podía moverse.

—Los Bortan han regresado. —Él dijo su mayor miedo, pero el ruido de la aeronave se acercaba en el exterior.

—Mi ropa. —Se quedó mirando el montón de material triturado, dándose cuenta de que no podría ponérselo de nuevo—. Todo lo que tengo es mi capa.

—Envuélvete con ella. —Edward la cogió, cubriendo sus hombros con cuidado con el material negro.

Antes de que pudiera intentar caminar, la cogió en sus brazos, acunándola como a un bebé.

—Tenemos una buena oportunidad si somos capaces de llegar a mi Moto voladora.

Su cuerpo aun cosquilleaba por la necesidad sexual. Se acurrucó contra su fuerte pecho, finalmente, sintiendo el calor de su cuerpo apretado contra el suyo, pero no como lo había imaginado hace unos minutos.

—Es como si fuera de noche aquí. —Bella estiró el cuello, mirando hacia el cielo gris oscuro.

—El humo de los incendios ha bloqueado los soles. —Edward la sostuvo fuera de la puerta de entrada de la casa médica, la casa donde ella se había visto obligada a admitir su amor por su enemigo.

Y ahora, ellos corrían por sus vidas... juntos.

Dio gracias a los dioses porque su Moto voladora no estaba demasiado lejos. Los Bortan estaban apenas sobre las nubes. Podía oír sus aeronaves. Pero debido a su propia destrucción, no podían verles a través del humo.

Edward se sentó a horcajadas en su Moto voladora, sin dejarla a ella en primer lugar. Ella se movió de un lado a otro, por delante de él, en busca de una posición cómoda, cuando la agarró.

—Deja de moverte. —Su voz sonaba feroz. El gris de sus ojos se había profundizado, pasando a ser casi lavanda. La vista de eso hizo que su útero se apretara.

No había tiempo. Pero ella no podía dejar de tocarlo, acariciando su mejilla manchada con tierra.

—Gracias por salvarme la vida. —Su piel era suave, sus dedos hormiguearon mientras le tocaba.

—El precio es alto. —Su agarre alrededor de ella se apretó, aplastándola junto a él.

Esta vez ella podía devolverle el beso. Y más que nada, eso es lo que quería hacer. Él bajó la boca hacia la suya, su cuerpo tocando el suyo por todas partes.

La sensación de estar siendo traviesa, de que los podían atrapar si no tenían cuidado, se apoderó de ella. El calor de su boca quemó sus labios, mientras que los recuerdos de su padre maldiciendo el nombre de los Carlisle inundaban sus pensamientos.

Su pelo era grueso, abundante entre sus dedos. Enredó sus manos en su pelo, tirando de su cabeza más cerca, deseando probar cada centímetro de su boca. ¿Qué había hecho Carlisle para merecer la ira de su padre? No estaba segura. Pero este hombre nunca le había hecho daño a ella.

—Bella. —Su nombre en su aliento, puso su interior a hervir, su coño deseando alivio—. Bella—. Dijo una vez más, terminando el beso—. Tenemos que salir de aquí.

Ella no estaba segura de querer saber cómo se veía el resto de su mundo, saber si los pueblos cercanos existían o no. Edward había hecho magia en ella, le hizo darse cuenta de lo desesperadamente que le deseaba. Si el mundo exterior seguía siendo el mismo, ¿iba a darle la espalda? ¿Qué haría ella entonces?