Traficantes de Sexo

Advertencias

Esta novela corta pertenece a la Lorie O'Clare, solo lo adapto a los personajes de Twilight. Twilight pertenece a S. Meyer, por tanto el nombre de los personajes en esta adaptación también. NADA DE ESTO ME PERTENECE, POR TANTO NO HABRAN CONTINUACIONES.

(Si alguien más lleva o llevo la adaptación de esta novela, le pido encarecidamente que no arme una trifulca y mejor me envíe un correo)

[Si no les gusta, no es mi problema no armen líos, me estreso fácil]

{Contenido adulto, ¡es M de por dios!, si no son lo suficiente maduras como para llevar algo así, no lean, no es de mi interés su madurez mental y no estoy para soportar dramas}

La cuenta de GN, las reglas de GN…

-Sean bienvenidas, espero hayan leído lo anterior-

- Empieza la Historia -

Capítulo 8

Bella se dio la vuelta, con la dura superficie por debajo de ella haciéndola sentir incomoda inmediatamente.

Sentarse le tomó más esfuerzo de lo que pensaba, sentía dolor en los músculos de todo su cuerpo como represalia. Tocó su hombro, trabajando los músculos mientras los tejidos internos de sus muslos se estremecían y su coño y el culo le hormigueaban.

—No estoy seguro de que tengamos tiempo para comer antes de salir hacia la lanzadera. —Edward se encontraba justo fuera de la cueva, mirándola con la expresión sombría y preocupada.

Se apartó de ella antes de que pudiera responder. Bella se estaba peinando los enredos que se habían formado en su pelo con los dedos. Estudió la parte trasera de Edward mientras se vestía, preguntándose cuáles eran sus pensamientos.

—Si te arrepientes de lo que pasó ayer por la noche, Edward de Carlisle, te juro que te descuartizo. —La amenaza le hizo darse la vuelta.

Cogió su capa, sosteniéndola para que pudiera deslizarla a través de sus brazos cuando terminara de vestirse.

—Tú y qué ejército, querida.

Su comentario triste pero cierto le dio ganas de sentarse a llorar, de tener una muy buena rabieta. Ella no tenía ni ejército, ni esclavos, no tenía a nadie en el mundo. Su padre había muerto. Todo en Charles se habían ido. Esos pensamientos la llenaron, alzándose como una bilis amarga en su garganta.

—Si te arrepientes —dijo, poniéndose la capa, una vez segura en su ropa lo miró fijamente a los ojos, no estando dispuesta a mostrar su dolor— está bien.

Podemos trabajar juntos para encontrar un refugio seguro y luego ir por caminos separados.

Edward la estudió por un momento, con la boca formando una delgada línea.

—Trata de escapar de mí, y te prometo que te persigo hasta el final del universo.

Ella no pudo evitar sonreír con lágrimas en sus ojos, a pesar de su esfuerzo por ser fuerte.

—Eso podría ser divertido.

Su expresión se relajó de inmediato y le agarró los brazos, guiándola hacia la salida de la pequeña cueva. Cuando llegaron a su Moto voladora él se giró, tirándola hacia sus brazos.

—No tengas miedo —le susurró contra su pelo.

Bella se relajó contra su pecho, necesitando su fuerza. Sus brazos se apretaron alrededor suyo, su olor, una mezcla de la cueva y los restos de algo dulce, persistente en su ropa, la envolvió. Más que nada quería que él la sostuviera así. Quería escapar hacia la seguridad y comodidad de su cuerpo, sentirlo dentro de ella otra vez. Pero ahora no era el momento y no estaba segura de cuándo podrían volver a tener tiempo a solas.

Suspirando, se apartó, mirando para arriba, hacia su expresión melancólica.

—No tengo miedo. No puede pasar nada peor.

Edward no contestó, pero la ayudó a subir al Moto voladora. A los pocos minutos se elevaban sobre Grok, o lo que quedaba de ella. El humo aún se filtraba en el aire en algunos sitios, y se veían muy pocas personas.

— ¿Crees que la mayoría están muertos? —preguntó buscando en las calles a los supervivientes.

—Por su bien, espero que sí. No queda nada aquí.

Ella se estremeció con remordimientos por su mundo de origen, sintiendo un vacío en su interior que apenas podía soportar.

Más gente de la que había visto desde los ataques esperaba ansiosa alrededor de varias lanzaderas. Personas de todas las condiciones sociales estaban reunidas, hablando en susurros. Ella no les hizo caso, a sabiendas de que estaban todos aquí por la misma razón y caminó junto a Edward hacia el hombre que parecía estar a cargo.

—Necesitamos billetes para el satélite Molten. —Edward hablaba con la tranquila autoridad de quien estaba acostumbrado a que su palabra no fuera cuestionada.

— ¿Y no lo hacemos todos? —Alguien al lado de ellos tomó la palabra, un hombre de pelo oscuro con su mujer aferrándose a él, y un niño pequeño en sus brazos.

—Los transbordadores solo tienen veinte asientos. —El hombre que parecía estar a cargo levantó un saco de dinero en sus manos, mirando a su alrededor hacia la gente reunida—. Llevaremos a quien podamos hoy, y volveremos mañana para ver quién más se quiere ir.

—Todo el mundo quiere irse. —Gritó una mujer desde detrás de Bella—. Te llevarás a los que tienen dinero y dejarás al resto de nosotros atrás.

El hombre a cargo se encogió de hombros, dándoles la espalda a todos ellos para decirle algo a otro hombre, que parecía estar pilotando uno de los transbordadores.

Bella miró al grupo de su alrededor. Muy pocos por aquí parecían tener mucho dinero. Eran los afortunados, si así querían llamarlo, que habían logrado escapar de la ira de los Bortan.

Vio comerciantes, esclavos, gente del pueblo, todos ellos sucios, y todos reunidos con sus seres queridos.

Había tres transbordadores, y fácilmente más de sesenta personas. Y la mujer de detrás de ella estaba en lo cierto, los pilotos del transbordador permitirían a los mejores postores el transporte y dejarían atrás al resto sin pensarlo.

—Bella de Charles. —Un hombre junto a ella le tocó el brazo, diciendo su nombre en voz baja.

Edward la atrajo hacia sí, sus acciones mostrándole al hombre rápidamente que tenía protección. El hombre sonrió, asintiendo con la cabeza hacia Edward, comprendiendo la silenciosa declaración de propiedad.

—Conocí a tu padre. ¿No está Charles contigo? —El hombre miró a su alrededor, con la ropa bien sucia y rota.

—Charlie está muerto. —Ella logró decir las palabras sin atragantarse, a pesar de que le dejaron un mal sabor de boca.

La sensación de pesadez en su estómago era demasiado fuerte. ¿Cuántas veces tendría que decir esas palabras?

El hombre bajó la cabeza, guardando un luto silencioso por su amigo.

— ¿A dónde te diriges?

—Al satélite Molten ¿a dónde si no? —preguntó.

—Ven a Benox. —El hombre a Edward—. Viajar allí tiene que ser barato y sería la mejor opción para empezar de nuevo. No hay nada en ese satélite, salvo atracciones turísticas y precios elevados. Pero para ustedes, su vida está por delante, emprendan el camino y hagan algo de ustedes mismos. Benox tiene un gobierno pequeño. El Rey gobierna solo una pequeña porción del planeta. Estarán bien allí.

Alguien le dijo algo al hombre y se dio la vuelta, mirando sobre su hombro mientras salía.

—Buena suerte, Bella de Charles. Que los dioses te acompañen.

La gente empezó a empujar su camino hacia el transbordador más cercano y Edward sacó a Bella a un lado.

—Ven conmigo. —Él la llevó pasando el primer transbordador, dejando de lado el segundo, hasta llegar al tercero, estacionado en el lado opuesto del campo.

El calor de los soles de la mañana ya hacía que el aire delante de ellos los desplazara en gran medida. Bella tuvo que entrecerrar los ojos cuando miró hacia la brillante nave.

— ¿Quién posee este transbordador? —Edward captó la atención del único hombre a la vista, que parecía estar haciendo algunos ajustes en el motor.

—Somos transportistas privados, todos nosotros. —El hombre se puso de pie, era más alto que Edward, con una mirada penetrante que se centró primero en Edward y luego en ella.

— ¿Así que eres el dueño? —Edward miró más allá del hombre, mirando el transbordador como si se tratara de mercancía de la plaza del mercado.

—No está a la venta. —El hombre cruzó los largos y finos brazos a través de su constitución de alambre, extendiendo su posición ensanchando los hombros.

—Todo está a la venta, mi hombre. —Edward agitó su mano en el aire con desdén por el comentario del hombre, y pasó junto a él hacia la entrada del transbordador—. ¿Cuantos asientos tiene?

—Veinte asientos, igual que el resto de ellos. ¿De qué vas? —Ahora el hombre parecía irritado.

Bella llamó su atención.

— ¿Tienes alguna idea de quiénes somos? —Preguntó al hombre—. Yo soy Bella de Charles, hija del criadero más grande de esclavos sexuales de Poltar.

Sabía que Edward podía discutir sobre qué criadero era en realidad el más grande, pero no la desafió de momento.

—Necesitamos transporte, pero no queremos ir al satélite. —Sus palabras atrajeron la atención del hombre.

— ¿Y a donde quieren ir? —preguntó.

Edward se acercó a su lado, poniendo la mano sobre su hombro.

—Queremos ir a Benox. Necesitamos un servicio de transporte, con un conductor experimentado. —Él asintió con la cabeza hacia la creciente multitud apenas visible más allá de los otros dos transbordadores—. Se dice que eres el mejor de por aquí.

Su pequeña mentira piadosa les ganó al hombre. El piloto sacó su delgado pecho, con una sonrisa sin dientes.

—He estado volando desde que era un niño. Pero ir a Benox te costará.

—Me doy cuenta de eso. —Edward desestimo una vez más con la mano las palabras del hombre, como si fueran algo trivial—. Pero mi precio incluye tus servicios por un tiempo. Este trabajo requiere más que dejarnos allí. Si vamos a reconstruirnos, necesitaremos transporte.

—No es barato. —El hombre miró de arriba abajo a Edward ahora, probablemente determinando la cantidad de dinero que sería capaz de tener encima.

Bella volvió a mirar a la multitud. Edward y ella podrían hacer este trabajo, si Benox era lo que el hombre que había conocido a su padre decía que era. Ambos sabían cómo dirigir un criadero, pero necesitaban ayuda.

—Necesitamos trabajadores. —Ella continuó estudiando a la multitud.

Edward pareció leer sus pensamientos.

—Ve hacia ellos. Elige con cuidado. Encuentra aquellos con habilidades para hacer una gran variedad de tareas.

Bella asintió con la cabeza, cómoda con la tarea. Contratar trabajadores y asignarles puestos de trabajo era algo que había hecho toda su vida.

En el momento en que los soles quemaban a mitad del cielo, un pequeño grupo de personas estaba de pie alrededor del transbordador, ahora perteneciente a Edward de Carlisle, hablando con más entusiasmo del que tenían al llegar. Esperanza llenó el aire por primera vez, con la posibilidad de la existencia de algo mejor para la mayoría de ellos.

Bella había encontrado a algunos de sus esclavos y les había asegurado que tendrían su libertad y un trabajo para mantenerse. Sabía que los que había elegido no tenían ni idea de cómo trabajar, su único medio de vida había sido simplemente complacer a los demás con sus cuerpos, pero no sobrevivirían por su cuenta. Y mostraron voluntad para trabajar.

Ella había hecho su cuota propia de trabajo, por el momento se había encargado del transporte de los suministros y el embalaje dentro del transbordador para el viaje. Volviendo al sol brillante, se limpió la frente y miró a través de la pista, dándose cuenta de que estaba mirando, posiblemente, Poltar por última vez.

El duro cuerpo de Edward se apretó contra su trasero, con su agarre firme deslizándose hacia arriba por sus brazos hasta que le apretó los hombros.

—Me preguntaste si tenía algún remordimiento, pero nunca dijiste si tú lo tenías. —Sus palabras rozaron su mejilla en un aliento cálido.

Ella entrecerró los ojos ante los soles, recostándose contra él.

—Y tú nunca me contestaste, no realmente.

—No me arrepiento. Ya te dije que eres la que he querido desde que era un muchacho. —Cruzó sus brazos sobre su pecho, sólidos músculos presionando contra sus pechos.

Por primera vez en el último par de horas, su cuerpo volvió a la vida, con un dolor creciendo rápidamente en su interior por este hombre a quien amaba.

—Todo esto es demasiado, Edward. —Dejo que su mirada viajara por las colinas. En algún lugar de por ahí estaba la cueva donde habían pasado la noche—. Lamento la muerte de mi padre. Lamento la pérdida de la Finca Charles. Pero no estaría contigo si todo eso todavía existiera.

—Cierto. —Le dio la vuelta entonces, rozando su áspera mano contra su mejilla mientras la miraba fijamente con sus suaves ojos gris lavanda—. Pero, ¿quién puede decir que no nos hubiéramos encontrado el uno al otro sin la pérdida de Poltar?

—No fue así, sin embargo. —Ella se apoyó en su mano, sintiendo su poder y sabiendo que su fuerza física era sólo una parte de lo que le gustaba de él—. Los dioses nos han dado el uno al otro para que podamos empezar juntos de nuevo.

—Entonces, ¿te quedarás a mi lado? ¿Te aparearás conmigo?

Algo en su interior se rompió, la tristeza parecía irse sin problemas, como un río, llevándose su miseria.

— ¿Me estás pidiendo que me vincule contigo? ¿Qué sea tu compañera de por vida? —Su corazón golpeó, lleno de una felicidad que nunca antes había experimentado, aparte de en sus brazos la noche anterior.

—Sí, lo estoy haciendo. —Él le tomó las mejillas, por lo que lo único que veía era su rostro—. Tenemos un reto por delante de nosotros. Nuestro futuro es incierto. Pero juntos, tú y yo, crearemos un éxito de todo lo que hagamos. Y Bella, yo sabía en el momento que perdí la Finca Carlisle que tú estarías para mí. No tuve dudas al irme de casa para buscarte. Tú eres mi compañera. Digamos que soy tuyo.

—Sí. —Y sabía en su corazón que lo había sido durante muchos años—. Eres mi compañero.

Llegó hacia él, pasando sus dedos por el pelo, tirándole hacia ella. Y él fue obligado de buen grado, la besó con tanta pasión que lavó sus miedos, todas sus preocupaciones. Cualquiera que fuera su futuro hogar, sería un éxito, porque caminaría por él con Edward de Carlisle a su lado.

Fin