-La historia es de mi completa autoria más esta ligeramente basada en la segunda temporada de la serie "Kósem La Sultana" producida por Timur Savci y ahora protagonizada por Nurgül Yeşilçay (Sultana Kösem) y Metin Akdülger (Sultan Murad IV). Los personajes son propiedad de Masashi Kishimoto, más su distribución y/o utilización corre absolutamente por mi cuenta para la dramatización de la historia
Capitulo 5
Un nuevo día inicial en el Palacio tras haber permitiéndole hospedaje de la Princesa Koyuki que ahora se encontraba en los aposentos de la mansión perla, apartada de los aposentos y sección privilegiada que caracterizaba a la familia Imperial, esas distancia debían establecerse de manera inmediata puesto que el resto del mundo globalizado no era como el Imperio Uchiha, no tenía las mismas costumbres y tal diferencia debía mantenerse, eso los había hecho poderosos por años.
Nadie tenía ni la más remota idea de quien había iniciado el atentado y la Sultana Sakura, antes de retirarse a sus aposentos, había tenido la carga de tranquilizar a la Sultana Midoriko que había temido mucho por la seguridad de Daisuke, ella había visto a la Princesa aquel día y la consideraba un peligro inminente, pero no que pudiera arriesgar la vida de Daisuke, si se cruzaba esa línea, Midoriko era capaz de ensuciarse las manos con tal de deshacerse de la Princesa Húngara.
La cocina era lugar rumores nuevo producto de todo aquel que entrara y tuviera la delicadez de compartir información. Atareada, Karui coloco unos dulces de fresas y crema, esforzándose a su máximo para alagar a la Princesa húngara que si bien estaría poco tiempo en el palacio debía llevarse una magnifica primera impresión. Ino entro en la cocina atavía en unas modestas galas turquesa bordadas en hilo cobrizo acentuadas a su figura, contemplando interesada lo que estaba sobre las bandejas. Karui sin duda alguna era una artista culinaria.
-No sé si la Princesa comerá esto, Ino—comento Karui con sincera duda.
No tenía una lista minuciosamente detallada con respecto a cómo vivían y comían los parientes del resto de los continentes y eso le preocupaba a la hora de complacer las papilas gustativas de la Princesa Koyuki Kasahana. Se arrepintió de mencionar aquello al ver la ira apoderarse de los ojos de Ino quien coloco portentosamente las manos en su cadera, observándola como una instigadora.
-Por Kami, no puede haber secretos aquí—acusó Ino, haciéndola bajar la mirada con vergüenza. Era un deber de todos en el Palacio escuchar lo que pasaba y aprender o sencillamente no se sobrevivía, ella solo intentaba poder anticiparse a las cosas para ayudar a quienes servían al Sultan Sasuke y la Sultana Sakura. -¿Cómo te enteraste de la Princesa?
Girándose ligeramente para seguir trabajando, eludiendo a la temperamental encargada del Harem, Karui se encogió de hombros ganándose una mirada reprobatoria de parte de la Yamanaka que intentaba que ese lugar del palacio fuera objeto de la intriga, pero al parecer tal idea era sencillamente imposible.
Era mejor así.
Sakura vio a Tenten retirarse con la mirada baja, llevándose la bandeja vacía que anteriormente había contenido su desayuno. La pelirosa ya le había pedido perdón a su amiga pero Tenten insistía en parecer afectada.
Negando para sí misma, Sakura termino de vestirse frente al espejo, acomodando el cuello de su vestido hecho de seda y gasa azul oscuro bordado en oro que emulaba unas mangas superiores hasta los codos, laterales establecidos y una larga cola, hechas en gasa azul oscuro ligeramente transparente se encontraban una largas mangas de tipo gitana. En el frente del corpiño, cuyo escote formaba un corte en V que se establecía hasta los hombros, era recto y ajustado a su cuerpo, decorado por seis botones de oro. Por sobre su largo cabello rosado que caía libremente tras su espalda se encontraba la característica corona de tipo torre de los Uchiha, su antiguo regalo de bodas hecha de oro y decorada con joyas que sostenía un velo a juego con su vestido que cubría su cabello. Alrededor de su cuello se encontraba el emblema de los Uchiha a juego con un par de pendientes de diamantes y cristal en forma de lágrima, discretos. En su dedo anular, el característico anillo de las Sultanas, un rubí en forma de lágrima obre una cuna de diamantes como marco.
Sasuke se había marchado a sus aposentos para prepararse para una reunión con el consejo real en la madrugada, no sin antes pedirle que se encargara por completo del orden del Harem y de que la Princesa húngara no se entrometiera donde no era bienvenida. Ahora se preparaba para abandonar el palacio y visitar el monasterio del difundo Hiruzen Sarutobi Pasha, donde el pueblo se reunía y esperaba que ella tuviera la nobleza de escuchar sus peticiones y atender cualquiera de sus necesidades materiales y financieras. Ella se guiaba con el corazón a la hora de actuar, pocas veces con la cabeza, sabía que muchos no pensaban como ella pero era prioritario para su ser ayudar a otros, sentía que los más necesitados merecían aun más la riqueza que ella poseía y que nunca había pedido. Durante la noche se celebraría una fiesta en el Harem para "recibir" a la Princesa, lo haría para demostrar el poderío del Imperio, no por cordialidad, Sasuke y ella lo habían acordado.
Las puertas de sus aposentos se abrieron con un chirrido, pero algo le dio a entender que no se trataba de Sasuke. Sujetándose la falda, Sakura se levantó del diván donde se había encontrado, girándose y contemplando a su hija Sarada que, al parecer, por fin se había determinado a abandonar un luto que no tenía sentido ya que su antiguo esposo había sido un traidor al Imperio, aliándose con los traidores que habían organizado y llevado a cabo las revueltas.
La pelinegra portaba un halagador vestido de satín turquesa brillante, de escote levemente rebajado y de caída en V, ligeramente redondeado en forma de corazón en base a las medidas de su busto, de mangas abiertas a la altura del codo con dos botones de diamante cerca del borde del escote y con un cuello tras la nuca, ligeramente corto que aportaba elegancia. Por sobre el vestido una larga chaqueta de tafetán azul grisácea adornada por encaje de oro y bordada en hilo cobrizo, de mangas holgadas y abiertas desde los hombros para exponer el vestido inferior, adornado en el corpiño ligeramente más rebajado que el escote del vestido con cuatro botones de cuna de oro con un diamante en el centro hasta la altura del vientre. Alrededor de su cuello e encontraba una cadena de oro de la que colgaban ciento de diamantes y cristales en forma de lagrima juego con unos pequeños pendientes en forma de lagrima que estaba usando. Su cabello, formando una trenza mariposa que permitía que su largo cabello plagado de rizos relucía todavía más, se encontraba adornado por una pequeña corona de oro que emulaba capullos de rosas decorados con diamantes engarzados.
Una triste sonrisa se plasmó en el rostro de Sakura al verla, su hija estaba intentando seguir a delante y eso merecía ser celebrado por más que la tristeza aun embargar sus hermosas facciones. Un primer paso era un primer paso, un primer paso hacia la calma y la felicidad de días pasados.
-Madre—saludo Sarada a su progenitora con una respetuosa reverencia, no pudiendo evitar sonreírle escasamente. Su madre siempre estaba de su lado sin importar lo que pasara, ambas se parecían y ello contribuía a su relación. –Si lo permites, me gustaría ir a mi Palacio—pidió con voz cortes.
Adelantándose hacia su hija, sosteniendo sus manos en las de ella, Sakura contemplo a su hija con tristeza. No deseaba que volviera a su antiguo hogar que ahora habría de estar cargado de recuerdos dolorosos, ahora que era viuda y debía velar por su hijo, sola. No creía que eso fuera algo positivo para la estabilidad emocional de su hija que aún estaba muy afectada. Sarada le sostuvo la mirada a su madre al ver el miedo en sus ojos, pero debía hacerlo, debía dejar todo lo sucedido atrás y ser fuerte por el bien de su hijo.
-Quiero buscar algunas cosas personales para mí—acoto Sarada viendo como su madre parecía ya menos preocupa, pero igualmente pensativa con respecto a su bienestar emocional, algo que apreciaba enormemente. –Ese palacio fue mi hogar, madre…viví feliz allí con mi esposo y mi hijo. No pude despedirme—pronuncio notando la comprensión indeleble en los ojos de su madre, algo que solo podía encontrar en ella,-quiero olvidarme de todo y volver a empezar.
Con una triste sonrisa en su rostro, Sakura acaricio el rostro de su hija antes de besarle la frente y abrazarla contra su pecho. Sarada muchas veces era vulnerable, se dejaba llevar por las emociones que más podían afectarla, la ira y la tristeza, pero en el fondo era la más fuerte de sus hijas, ella podía actuar sin que nadie se diera cuenta, contaba con un apoyo político incuestionable por todos. Era una verdadera Sultana.
-Puedes ir—aseguro Sakura, rompiendo el abrazo y viendo asentir a su hija, -pero Ino ira contigo—sentencio, no recibiendo negativa de parte de su hija.
Koyuki no sabía dónde se encontraba pero no quería despertar en lo absoluto pese a sentir la luz del sol sobre su rostro, una suave brisa se colaba por alguna de la ventanas, aclimatando la habitación en que estaba de un modo incuestionablemente relajante, la almohada bajo su cabeza era infinitamente suave y las sabanas eran más sedosas que cualquier seda que hubiera tocado. Se sentía estar en el cielo…más sabio que debía de abrir los ojos.
Parpadeo ligeramente, entreabriendo lo ojos y casi saltando de golpe al ver a alguien de pie junto a su cama, alguien que la estaba contemplando y velando su sueño y a quien no tardo en reconocer por su indiscutible atractivo y sonrisa ladina dedicada a ella. El Príncipe Daisuke. Antes de que ella misma pudiera reparar en su persona, en que quizás se encontraba despeinada o algo, se dio cuenta que estaba usando un camisón cuyo desconocía, hecho de sea y encaje jade claro, de escote alto y en forma de corazón, manga abullonadas desde los hombros y ajustadas desde el codo. Se sentía más cómoda de lo que pudiera recordar. De no ser por ese escaso camisón habría de encontrarse desnuda a ojos del Príncipe Uchiha, más no sentía incomoda, eso era lo más extraño y familiar a la vez.
No había podido evitarlo, las demandas de su padre habían sido tremendamente claras…pero no había conseguido sacarla de su mente en toda la noche y, viéndola dormir, se encandilaba de ella todavía más, luciendo apacible mientras respiraba de forma acompasada, abriendo sus ojos a él con su despertar y saludándolo con una sonrisa magnifica. Sabía que estaba mal, más allá del hecho de que violara su privacidad, se trataba del hecho de que era un príncipe con un hijo y una hija, una Sultana que le proveía de calma y paz, no era correcto que se fijara de la nada en otras mujeres, menos en una Princesa extranjera que nada tenía que ver con el Imperio, pero estaba sucumbiendo ante ella como jamás hubiera imaginado. La vio sentarse apresuradamente sobre la cama, acomodándose el cabello en un intento por lucir más digna, creyéndose despeinada o desaliñada, más no lo estaba. Lady Yugito contempla sonriente la escena, del otro lado de la cama, velando de igual modo el sueño de su Princesa, agradecida por la atención prodigada de parte del Príncipe mientras dos concubinas del Harem acomodaban vestidos y joyas otorgados por la Sultana Sakura para la "comodidad" de la Princesa.
-Fue una noche difícil—menciono Daisuke aludiendo a lo sucedido el día de ayer, -¿Dormiste bien?—pidió saber, curioso y preocupado al mismo tiempo.
Koyuki sonrió, agradecida por su interés y atención, no quería admitirlo pero estaba más que feliz de verlo, extrañamente se encontraba penando y soñando con él, rememorando su rostro sin saber que evocaba tales pensamientos y recuerdos. No le molestaba ese sentir, en lo absoluto, pero la intrigaba.
-Gracias a usted—respondió Koyuki, asintiendo ante su pregunta y luciendo preocupada, observándolo de arriba abajo y suspirando tranquila al no verlo herido ni lastimado, -si le hubiera sucedido algo por mi culpa…nunca me lo perdonaría—reconoció, sinceramente.
Daisuke sonrió ladinamente ante esto.
-Y si a usted le sucedía algo, yo tampoco me lo hubiera perdonado—reconoció sin notar la sonrisa en el rostro de lady Yugito que se sentía sobrando en la escena, -su vida está a mi cargo y no permitiré que le suceda nada.
Ambos entrelazaron sus miradas, sin importarles quien estuviera presentes o pudiera cuestionar su actuar, no entendía del todo que sentían pero no quería detener ese espiral de emocione nuevas.
Portando un elegante abrigo de piel negra por sobre su vestido y siendo seguida por Tenten y Kin, Sakura cruzaba los pasillos hacia las puertas del Palacio donde se encontraba el carruaje esperándola. Aminoro su andar al ver a Naruto Uzumaki de pie junto a las puertas de su carruaje, no entendía el porqué de su presencia. Debía de tener alguna noticia que transmitirle o de lo contrario no tendría porque hallarse allí.
-Naruto Uzumaki—el rubio reverencio a la hermosa Sultana que se detuvo ante él, claramente confundida ante su presencia. -¿Sucede algo?—indago la pelirosa.
Escuchando su propio corazón latir desesperadamente desbocado, Naruto se tranquilizó y observo a la Sultana que, como siempre, era la imagen más clara y absoluta del Imperio, del poderío de los Uchiha y la representante más clara de la belleza terrena, una diosa entre los mortales por no decir menos.
-Sultana, su majestad me ha designado como su escolta—inicio el Uzumaki, viendo como la Sultan fruncía el ceño y apartaba la mirada de él en el acto. -Debido a lo ocurrido teme que algo pueda pasarle—se apresuró a explicar el rubio.
No sabiendo si sentirse ofendida o agradecida, Sakura bufo por lo bajo sin poder protestar más. No le convenía tampoco oponerse, era mejor guardar silencio por ahora y evaluar la situación con respecto a lo que fuera a suceder en el futuro.
-Si no puedo negarme—murmuro Sakura con desdén mientras el Uzumaki le abría la puerta del carruaje y le sostenía la mano para ayudarla a subir.
Aborrecía ser considerada como la mayoría de las mujeres, podía defenderse sola sin que nadie pudiera discutirlo y aunque agradeciera las intenciones de Sasuke, ella hubiera preferido que el encargado de tal labor no fuera el Uzumaki. Su pasado con Naruto era turbulento, aun recordando su antigua declaración de amor sincero que el ratificaba no había cambiado. No sentía nada por él más que una amistad cualquiera, pero temía que alguien se aprovechara de la situación para dañar su reputación y la del Uzumaki.
Era una cuestión moral.
Sarada termino de guardar sus antiguas joyas por cuenta propia mientras sus doncellas y lady Ino se encargaban de sus vestidos más ceremoniosos y que había insistido en no llevar al palacio anteriormente, pero que ahora sentía necesitaba tener en su poder. También sus libros y mapas, sus planos, por más que pareciera solo una mujer, se había criado en el mundo bélico y entendía de guerra y cultura. Manejaba nueve idiomas; francés, alemán, ruso, griego, italiano, castellano, croata, húngaro y bohemio, y sabía leer las estrellas. Era una persona que no se contentaba con lo que existía sino que deseaba saber más, por ello estaba aún desconforme con la decisión tomada por su padre con respecto a ejecutar a Inojin.
Necesitaba saber el porqué de esa decisión, entender el porqué para que su padre creyera que la había traicionado a ella.
La Uchiha se giró hacia lady Ino que, por ahora, se encargaba de vaciar el antiguo armario de su esposo, quería que quemaran todas esas pertenecían menores y que las de mayor valor monetario fueran donadas a la caridad para ayudar a los más necesitados. Ella no necesitaba quedarse con nada de él. Entre el actuar de lady Ino, Sarada vio como un delgado rollo de papel cayo de uno de los bolsillos del abrigo. Extrañada, Sarada se arrodillo y tomo el papel entre sus manos ante la atenta mirada de lady Ino, abriéndolo y analizando lo que allí yacía escrito.
No era una prueba de que su padre hubiera obrado bien…era la propiedad de una casa a nombre de su esposo. Cosa que la hizo fruncir el ceño, ¿Qué necesidad tenía Inojin para efectuar algo así sin consultarle nada? Algo no le cuadraba en lo más mínimo.
-¿Dónde queda esto?—pidió saber Sarada a lady Ino que tomo el papel entregado por ella, leyendo la dirección.
Sabía que Inojin era adinerado, claro, ahora ella tenía en su poder tal fortuna y todas sus propiedades anteriores, sabiendo de toda clase de lugares…pero no del que aparecía redactado y señalado en la carta. ¿Por qué él le ocultaría algo? Tenía que saber que estaba pasando y rápido, o se quitaba la duda de encima o no podría seguir viviendo tranquila. Si más que desear hacer allí, Sarada se encamino hacia su cama de donde tomo su capa de seda y encaje color que crema que coloco sobre su vestido, siendo ayudada por lady Ino.
Tenía que saber la verdad.
Boruto bajo de su caballo, justo junto al carruaje de la Sultana Sarada que debía encontrarse dentro palacio. El había intentado hablar con ella, enterándose rápidamente de donde estaba, ella aun lo odiaba, pero él quería limpiar su nombre y dejar de ser alguien miserablemente despreciable a ojos de ella, quería dejar de ser su enemigo y era mejor que hiciera eso pronto.
Teniendo todo permiso necesario, el Uzumaki entro la palacio encontrándose con la Sultana que ya estaba lista para irse en compañía de lady Ino y sus doncellas, pero la aparente serenidad de la Sultana se transformó en ira apenas lo vio. Se encontraba doblemente hermosa de lo que él recordaba con aquel favorecedor visto y abrigo turquesa bajo la capa color crema, destacando aún más su indiscutible belleza.
-¿Qué haces tú aquí?—demando saber Sarada sin ser cortes con él en lo absoluto.
Reverenciándola debidamente, Boruto guardo sepulcral silencio, sintiéndose indigno de estar ante aquella mujer que seguía odiándolo como hacía días atrás y él no conseguía saber qué hacer para que lo perdonara. Solo había cumplido su deber para con el Imperio y el Sultan, había sido honesto. Si eso era un error y la dañaba en el proceso, pues lo sentía infinitamente.
-Soy su escolta, Sultana—inicio el Uzumaki, viéndola fruncir el ceño todavía más ante sus palabras, -debido al atentado de ayer, el Sultan teme que algo pueda sucederle.
Sin contestar anda, más bufando por lo bajo, Sarda se sostuvo la falda y lo evadió sin cortesía o respeto alguno, avanzando hacia su carruaje a toda prisa, cuyas puertas le fueron abiertas a la mayor brevedad posible, siendo seguida por lady Ino y sus doncellas. Al menos no lo había golpeado, el cual era su temor, con eso Boruto sentía que al menos ella no lo odiaba tanto.
Algo es algo, se dijo Boruto, conforme aunque fuera un poco.
Acompañada por hija Mikoto en todo momento, que estaba a su lado repartiendo juguetes entre los niños, Sakura escuchó atentamente las suplicas de las madres y mujeres que debían hacerse cargo de sus familias por su cuenta con lo que escasamente podía ganar por su condición de mujeres en una sociedad tan machista, asegurando que las ayudaría de todo corazón y obsequiándoles bolsas con monedas de oro para ayudarlas económicamente. La Uchiha se encontraba ataviada con una capa de seda y encaje rosa grisáceo a juego con la corona de tipo torre sobre su cabeza que no aminoraba su belleza de ya veintiséis años, con su cabello peinado para forma una trenza mariposa que hacia caer su risos como una cascada tras su espalda.
Desde la distancia, Naruto contemplo enternecido la escena, corroborando que la belleza de la Sultana Sakura iba más allá de su físico, era su alma y su ser noble que no hacia distinción a la hora de ayudar a los más necesitados que en respuesta la llamaban "La Sultana del Pueblo". Ella no solo ayudaba mediante la caridad al pueblo, había abierto escuelas y orfanatos, hogares de ancianos y centros de ayuda comunitaria, el pueblo estaba comenzando a ser una clase social que pudiera defenderse sola gracia su esfuerzo y ayuda.
-Madre—llamo Mikoto a Sakura quien la observo a modo de respuesta de que tenía su atención, la Sultana levanto su mirada hacia el Uzumaki que estaba cerca de las puertas, observándolas, -¿Qué hace Naruto Uzumaki aquí?
Mikoto era, por lejos, la más adinerada de sus hermanas, su fortuna triplicaba la de su hermana Sarada, siendo la esposa del Gran Visir Kakashi Hatake Pasha, el hombre de confianza del Sultan. Se inmiscuía en política tanto como era posible y encima de todo dirigía las finanzas y fortuna de su madre, siendo su tesorera por voluntad propia. Incomoda, Mikoto hubiera deseado que quien estuviera vigilando no fuera otro que Boruto a quien veía como un hermano.
Sakura entorno los ojos ante la pregunta de su hija.
-Ni preguntes—hablo entre dientes sonriendo en todo momento para no romper con la imagen de Sultana y mujer correcta. Mikoto asintió, actuando d igual modo, -tu padre teme por mi vida.
La hija de la Sultana se abstuvo de reír ante aquello, si había alguien más fuerte, capaz e independiente de su madre, ella no la conocía ni deseaba conocerla. Su madre podía defenderse sola y su padre muchas veces parecía olvidarlo o bien lo superaba su instinto protector al no desear que nada ni nadie pudiera dañarla. Mikoto tenía muy en claro que su madre era capaz de sobrevivir y defenderse in ayuda d nadie, ella misma le había enseñado a usar la espada, desde luego, dando clara prueba de ello.
Sonriéndose de manera cómplice, ambas se giraron para dirigirse a la planta superior del monasterio donde la esperaba el Gran Visir. Mikoto se giró levemente hacia el Uzumaki, ligeramente desconfiada por su presencia. No sabía si confiar en él o no.
Las puertas del carruaje fueron abiertas y, de mala gana, Sarada tuvo que permitir que Boruto le sujetara la mano para bajar del carruaje, evitando la mirada de él y observando confusa la calle que era uno de los tantos barrios de clase baja donde vivía la gente común del Imperio, los pobres. No entendida porque su esposo habría de tener una propiedad en un lugar así. Al menos, para ella, no tenía sentido alguno. El Uzumaki, adelantándose a sus órdenes y sabiendo que la verdad no le podía ser oculta por más tiempo, toco la puerta de la casa en cuestión, esperando que quien vivía allí apareciera.
La Sultana tenía que saber la verdad, ocultarle las cosas no resultaría mejor para ella.
La puertas se abrió por obra de una bella mujer de largos cabellos almendra vistiendo un sencillo vestido azul bajo una chaqueta aguamarina abrochada a la altura del vientre, con su largo cabello peinado en una trenza que caía tras su espalda. Sarada observo confundida a la mujer que la reverencio apenas la vio, como si la conociera más la Uchiha no recordaba haberla visto jamás. Boruto evadió observar a la mujer, centrando en la Sultana Sarada.
-¿Quién eres tú?—demando saber Sarada.
Aquella mujer tembló únicamente con solo escucharla.
-Sultana, se lo ruego—clamo la mujer, aun sin responder a la pregunta de la Sultana y sin haberse presentado, -tenga misericordia, yo no tengo la culpa—Sarada se sintió más confundida todavía ante sus palabras, -el difunto Inojin Pasha me trajo aquí y me dio esta casa…por su hijo.
Sarada se quedó sin aliento a escuchar aquello, recordando las palabras de su padre al momento de intentar explicarle el porqué de su decisión. Ahora lo entendida todo, su padre no había asesinado a Inojin por haber sido un traidor el Imperio sino porque la había engañado y ultrajado de la peor forma en que una esposa podía ser humillada, siendo reemplazada en la intimidad por otra mujer no era sino una mera baratija. Boruto bajo la mirada en cuanto ella se giró a observarlo. Ya no sentía ese odio hacia Boruto, pero tampoco se sentía agradecida con él ni nada, él había descubierto el secreto e informado a su padre.
Inojin la había traicionado.
-¿Cuántos años tiene tu hijo?—demando saber Sarada, viendo titubear a la mujer que no quería involucrarse más, -respóndeme—ordeno.
Un repentino eco de pasos llamo la atención de Sarada viendo a un niño emerger desde la sala de la casa, abrazando a la mujer, su madre. El parecido con Inojin era incuestionable, desencadenando la ira de Sarada que apenas y supo cómo estaba guardando la compostura en un momento como ese. Fui una estúpida, se gritó la Uchiha así misma mentalmente, ese niño tenía casi la misma edad que su hijo Izuna. ¡La habían estado engañando por años!
Con el corazón latiendo a mil por hora, Sarada les dio la espalda a aquella mujer y su hijo, girándose hacia su carruaje y subiendo a él nuevamente con ayuda de Chouchou que cerró las puertas. Quería salir de allí de una vez y para siempre para nunca más volver a ver ese cuadro que le había hecho añicos el corazón en un solo instante. Se sentía miserable como jamás había imaginado, su matrimonio había sido una mentira.
Inojin había merecido la muerte.
-Los jenízaros permanecen leales, Sultana—garantizo Kakashi, fiel como siempre a la Sultana que lo había dejado en el cargo de Gran Visir del Imperio, -han recibido el dinero destinado por usted y no hacen más que alabarla.
Sakura asintió agradecida ante esto.
-No solo han de alabarme a mí, Pasha—recordó la pelirosa, ligeramente divertida pero sería al mismo tiempo, -antes que nada han de alabar al Sultan, sin él nada de esto sería posible—se expresó Sakura tocando distraídamente el dije de los Uchiha alrededor de su cuello.
Disimuladamente, Mikoto sostuvo de unas de las manos de su esposo entre las suyas, quien le correspondió con una ligera sonrisa. Sakura, observándolo sonriente, se levantó del diván sobre el que se había encontrado, indicándoles que no se levantaran.
-Me retiro—se pronunció Sakura indicándole a su hija que actuara con familiaridad ante ella, sin problema alguno. –Kakashi…—el nombrado asintió, -encárgate que todos confíen en que mientras viva no se cometerá injusticia alguna en el Imperio—determino la pelirosa.
Ese era su mayor deber.
El gran momento había llegado, la noche se cernía sobre el colosal Palacio Imperial que era recorrido por la Princesa Koyuki, vistiendo unas modestas galas celeste de corpiño decorado con seis botones de oro, costados del corpiño y la falda bordados en oro, patrón repetido en las mangas ajustadas hasta los codos, holgadas y abiertas en forma de lienzos celeste, con marcadas hombreras. Sobre su cabello, peinado en un recogido ladino, una fina diadema de tipo cintillo hecha de oro y un medallón que se perdía en el escote cuadrado del vestido. Koyuki era fielmente seguida por Yugito que observaba igual de embobada todo rincón del palacio, no habiendo tenido la oportunidad de salir de sus aposentos durante el día, ambas eran guiadas por un hombre llamado Shikamaru que era el encargado del personal del palacio.
Se detuvieron ante unas portentosas puertas de madera tallada que no conseguían opacar la música de lo que sea que estuviera gestándose en el interior. Koyuki sintió como su corazón latía apresuradamente, ese lugar debía ser el Harem, el lugar del que tanto había oído. Dos guardias abrieron lentamente las puertas exponiendo aquel mítico lugar a ojos de la Princesa húngara.
Avanzando lentamente, incrédula por lo que veía, Koyuki contemplo a las mujeres vestidas de todos los colores que pudiera conocer y más, portando joyas, danzando o tocando instrumentos para matizar el ambiente más soberbio y maravilloso que hubiera escuchado, verdaderamente parecía un lugar de cuentos de hadas, decorado con oro en las paredes y donde reinaba la paz más absoluta que hubiera conseguido imaginar.
Al final del pasillo se hallaban cuatro mujeres elegantemente vestidas, destacando por encima de cualquiera de las presentes, reconoció a la Sultana Izumi ya que esta la había visitado durante el día, más desconoció a las otras tres. La más poderosa de todas, sentada en un sofá o trono color crema decorado con oro, destacando por su belleza y temblé soberano debía ser la Sultana Sakura quien no aparentaba más de treinta años luciendo una belleza extraordinaria. Sentada a sus pies, a su izquierda se encontraba una mujer de cabellos borgoña que la contemplaba con disgusto, pero tan hermosa que tal cosa paso desapercibido, frente a ella, a la derecha de la Sultana y junto a Izumi una mujer de cabellos rosados y orbes ónix casi tan hermosa como la Sultana Sakura.
La Sultana Izumi vestía unas galas doradas de mangas ajustadas al brazo y ligeramente acampanadas a la altura de las muñecas, abiertas en los costados exponiendo unas mangas inferiores, igualmente ajustadas, escote redondo, broches en vez de botones en caída vertical hasta la altura del vientre y hombreras marcadas. Su largo cabello castaño, adornado por una diadema que emulaba rosas y jazmines echa de oro y diamantes, se encontraba recogido tras su nuca, haciendo destacar el collar de oro del que colgaban cuentas de citrino en forma de lágrima a juego con un par de pendiente de cuna de oro del que colgaban dos cristales en forma de lágrima.
Junto a la Sultana Izumi se encontraba la Sultana Mikoto portando un vestido azul de cuello en V, cuello ligeramente alto tras la nuca y escote bajo, mangas ajustadas hasta los codos, holgadas y abierta en el frente para exponer sus brazos. Por sobre el vestido una chaqueta azul brillante bordada en encaje ónix engarzado con diamantes, hombreras marcadas y en punta sin mangas, cerrada poco más arriba del busto, de escote bajo y redondo con falda abierta para exponer el vestido. Su largo cabello rosado caía libremente tras su espalda, adornado por una discreta corona de oro y zafiros decorados con diamantes y perlas a juego con un par de pendientes de cuna de oro con un enorme diamante en el centro y una cadena de oro de la que colgaban perlas y diamantes en forma de lágrima.
A la derecha de estas se encontraba Midoriko vestida en unas elegantes galas rosadas de mangas ajustadas y muñequeras de gasa rosa suave, y escote en forma de corazón decorado por tres botones de diamante. Por sobre el vestido una chaqueta de transparente bordada en hilo de múltiples colores que hacia parecer la tela un arcoíris de joyas, cerrada a la altura del vientre y que formaba unas marcadas sobreras. Sobre su largo cabello borgoña que formaba una trenza mariposa se encontraba una portentosa corona de oro , cristales y diamantes que emulaba flores de jazmín de forma ascendente, un collar que emulaba la forma del emblema Uchiha se encontraba alrededor de su cuello a juego con un par de pendientes en forma de lagrima.
La Sultana Sakura sin duda alguna aclamaba todas las miradas por su incomparable belleza todavía mayor gracias a las galas que ostentaba. Se trataba de un vestido granate claro, hecho en Satín, de escote cuadrado revestido en diamantes, oro y rubíes en el centro del corpiño y la falda formando el emblema de los Uchiha. Mangas ajustadas hasta las muñecas ribeteadas en hombreras caídas, unidas a holanes a los costados del corpiño, adornadas por diamantes en forma de lágrimas y repleta de escamas de oro decoradas con rubíes y diamantes engarzados y unidos mediante brillantes hilos de plata. Alrededor de su cuello se encontraba un collar de plata con seis broches de cuna de diamante con granate en el centro, y uno levemente más grande enseñando un rubí que formaba el dije Imperial de los Uchiha con un par de pendientes a juego. Su largo cabello se encontraba recogido tras su nuca, adornado por una hermosa corona de oro emulando rosas floreciendo, realizadas por pequeños rubíes.
Más complacida con aquella imagen soberbia del Imperio Uchiha, Koyuki reverencio sonriente a la que era la mujer más poderosa del Palacio, estaba maravillada con cada instante que pasaba en el Harem. Sakura fingió una sonrisa, ocultando a la perfección sus sentimientos.
-Sultana Sakura—saludo Koyuki, sonriendo agradecida, –muchas gracias por esta amable invitación.
Sakura inclino su cabeza con falso agradecimiento al tener a la Princesa allí siendo que lo único que deseaba hacer era verla partir del Imperio, del Palacio y de la vida de sus hijos e hijas, así como de Sasuke y de ella. La pelirosa le indico a la Princesa que tomara asiento junto a Izumi, en un lugar ya dispuesto. Sonriente y más cómoda de lo que se hubiera sentido, Koyuki tomo asiento junto a Izumi que le sonrió en todo momento. Sakura, de la forma más discreta que le fue posible se giró hacia Midoriko que asintió al verla, mostrándose digna e indiferente como le había dicho que actuara. No le convenía parecer alcanzable en ese momento.
Izumi se giró hacia Koyuki al sentir que esta le tocara el hombro, inclinándose hacia ella.
-¿Quién es ella, Sultana?—pidió saber señalando a la Sultana Midoriko con su mirada.
Midoriko lucia inalcanzable con esa imagen altiva y distante, portando una corona considerable, ligeramente más pequeña que la de la Sultana Sakura, obsequio de esta que deseaba que se viera insuperable para la ocasión. Quería que alguien mas estuviera en la cama de su hijo, pero no esa Princesa, no ella que no sería sino una amenaza para el Imperio.
-Ella es la Sultana Midoriko—nombro Izumi en un susurro para que nadie la escuchara, más la mirada de Mikoto sobre ella la incomodo ligeramente, -es la mujer principal de mi hermano Daisuke, le dio un Príncipe y una Sultana.
Koyuki asintió, sopesando a aquella mujer y comparándose con ella. Midoriko…
La fiesta transcurría sin mayor exceso, trayendo no solo alegría a Koyuki y Yugito que contemplaban aquel lugar por primera vez, sino también a las jóvenes concubinas que se divertían bailando entre risas mientras otras tocaban instrumentos y otras comían descuidadamente, disfrutando plenamente del espectáculo.
-Lo ves, Koyuki. El Harem no es como dicen—comento Izumi viendo a la húngara abrumada y maravillada por la escena y la paz que reinaba en aquel lugar.
La princesa asintió, sonriente, incapaz de apartar sus ojos de cada rincón del palacio había y por haber. Todo era aún más hermoso de lo que hubiera podido imaginar, era la experiencia más magnifica de su vida hasta ese momento, un auténtico sueño hecho realidad que nunca podría olvidar.
-No, es muy extraño—comento la húngara, no aludiendo algo malo sino mucho mejor de lo esperado por su parte.
Más Koyuki no reparo en que sus palabras fueran oídas por la Sultana Sakura que frunció el ceño ante aquellas palabras. El Harem que ella había conocido al momento de su llegada y que le había provocado periodos de profundo temor por su propia vida, el Harem que ella dirigía era pacifico comparado con lo que ella recordaba que había sido el Harem en su día, su Sultanato se encargaba de mantener la paz y grandes habían sido sus sacrificios para llegar a ello.
-¿Extraño?—cuestiono Sakura, llamando la atención de Koyuki e Izumi.
Midoriko observo a Koyuki, interesada por la idea que ella tenía del Harem. Cuando ella había llegado al Harem, siendo traída desde Circasia, todo le había parecido maravilloso y lo era pero se tenía que pelear para sobrevivir en la sociedad impartida por el palacio, todo impulsaba a una persona a llegar más y más lejos para vivir con la comodidad que otra posición social no permitía. El Harem era una especie de prisión de oro que o era vista como tal o como como un paraíso terreno y era aconsejable tener esta última visión.
-El Harem, Sultana—respondió Koyuki a la Sultana Sakura como si aquello fuera lo más obvio del mundo, -jamás lo soñé así—reconoció la Princesa, -escuche muchas coas que lo hacían parecer un lugar de cuentos de hadas.
Mikoto sonrió ladinamente ante esto, levantando su mirada hacia su madre que pareció divertida por aquellas palabras. El Harem y la vida del palacio eran más bien una especie de infierno, un campo de batalla continuo donde predominaban las mujeres que o eran Sultanas o aspiraban a serlo, derrocándose entre sí, enfrentándose sin importar lo que destruyeran a su paso, esa era la verdad el Imperio.
-No crea todo lo que oye, Princesa—recomendó Mikoto, divertida.
-La mayoría son mentiras—añadió Sakura de igual modo viendo asentir a Koyuki a modo de respuesta, -pero eso de que es un "lugar de cuentos de hadas"…quizá sea cierto—reconoció para sorpresa de Mikoto que no creía que su madre tuviera tal perspectiva con respecto a la vida del Palacio. –Este es el único lugar del mundo donde se llega como esclava y puedes convertirte en una Sultana que gobierne el mundo.
Esa era su verdad. Ella, nacida como una plebeya griega había llegado como una esclava al Palacio, convirtiéndose en Sultana al alumbrar a su difunto hijo Baru, hecha dueña del mundo al ser la esposa del Sultan que gobernaba cada continente y fracción de la tierra. Había pasado de ser una esclava a ser la más poderosa de las Sultanas.
La fiesta seguía celebrándose en el Harem, pero Sakura no había podido quedarse allí por más tiempo, estaba preocupada por Sarada que no había asistido a la velada, encerrada en sus aposentos. Deprimida, según Midoriko le había dicho y que la había visitado en son de amistad desinteresada. Las puertas de los aposentos de su hija le fueron abiertas, encontrándose con la triste imagen de su hija, tumbada sobre la cama, llorando desconsolada con el rostro enterrado a la almohada.
Sintiendo su propio corazón desmoronarse, Sakura se sentó sobre la cama, tocando el hombro de su hija que solo entonces se dio cuenta de su presencia, intentando levantarse, pero la mano de su madre sobre su hombro se lo impidió, no pudiendo evitar que dejara de llorar. Sarada se sentía más perdida que nunca, sentía que toda su vida hasta ese momento no había sido sino una maldita mentira. Con toda libertad, sentada frente a su madre, Sarada sollozo libremente, sintiéndose una completamente tonta por haber creído que su padre era un monstruo cruel siendo que lo único que había hecho era evitarle vivir más tiempo en aquel engaño.
-Sarada—pronuncio Sakura, acariciando el rostro de su hija, limpiando sus lágrimas en el proceso, más viendo como aparecían nuevas a cada segundo, -verte así me rompe el corazón—aseguro Sakura con voz quebrada. –Inojin fue un traidor, no merece tus lágrimas.
Para su sorpresa, Sarada no hizo otra que verla, asintiendo con la ira bailando en sus ojos de solo escuchar el nombre del difundo Pasha. Sakura frunció ligeramente el ceño ante esto. No recordaba haber vito tanta ira en los ojos de su hija desde hace años, cuando se había enterado que Mei había intentado asesinar a sus hermanos, desde entonces jamás se había dejado llevar por la ira ni los sentimientos negativos.
-No lloro por él madre—contesto Sarada con veneno en su voz, -lloro por mi estupidez—se insultó la Uchiha a sí misma. –Ese traidor me engaño desde el principio…se revolcaba con su amante—lloro Sarada viendo la sorpresa en los ojos de su madre que aparentemente no sabía nada de aquello, -tenía un hijo con ella, madre, nunca sintió nada por mí—chillo Sarada, abrazando a su madre.
Sakura únicamente pudo abrazar a su hija para intentar transmitirle calma y apoyo. Ahora entendía completamente las razones que Sasuke había tenido. Todos amaban y alababan a Sarada, su belleza y su magnífica personalidad…pero él traidor de Inojin nunca había llegado a amarla.
Sarada había vivido lo más horrible que podía sentir una mujer; no ser correspondida estando casada.
PD: por fin he dado a conocer la traición de Inojin, resolviendo la duda de Adrit126 :3 respecto a la duda de DULCECITO311 cuyos comentarios adoro, eso tendrá que verse más adelante, avanzara de manera lenta y dará señales de que se trata, seria malo de mi parte adelantar la historia :3 no se si actualice este fin de semana o la próxima semana por ello he actualizado pronto para compensarlos :3 para los que estén interesados, intentare actualizar mi fic "El Sentir de un Uchiha" de hoy a mañana :3 gracia y hasta la próxima.
