-La historia es de mi completa autoria más esta ligeramente basada en la segunda temporada de la serie "Kósem La Sultana" producida por Timur Savci y ahora protagonizada por Nurgül Yeşilçay (Sultana Kösem) y Metin Akdülger (Sultan Murad IV). Los personajes son propiedad de Masashi Kishimoto, más su distribución y/o utilización corre absolutamente por mi cuenta para la dramatización de la historia.
Capítulo 9
Siempre le había dado incuestionable poder a Sakura respecto a la política Imperial, una autoridad que podía imponer ante otros como si se tratara de sí mismo, era como si ella pudiera encarnar su propia autoridad un cuando él no se encontrase presente, por ello incluso le había permitido participar en las reuniones del Consejo Real, pero de manera clandestina. En el pasillo que se encontraba a la izquierda de la sala del consejo se encontraba un pasadizo secreto, activado mediante una de las muchas piezas de mármol que pasaban inadvertida, en el interior del pasadizo se encontraba una estancia restrictiva y poco espaciosa pero que se encontraba comunicada a la sala del consejo, permitiendo que todo lo que allí tuviera lugar fuera visto y oído, pero pasando inadvertida mediante un tapiz ligeramente transparente que ocultaba el enrejado que cubría el rango d visión para no ser detectado por nadie.
Los días habían pasado hasta casi cumplirse un mes y la información sobre lo que la Princesa Koyuki había hecho solo se había dado a conocer una vez que se cuestionara un porque. Siguiendo a su padre de forma silente y humilde, con la mirada baja, Daisuke entro en aquella estancia que permitía ser oyente incuestionable de lo que habría de tener lugar en la sala del Consejo. Sasuke observo de sola sayo a su hijo, más no emitió palabra alguna, menos cuando las puertas fueron abiertas permitiendo el ingreso de la Princesa Koyuki. Aun vistiendo el mismo camisón, con su cabello ligeramente despeinado y de aspecto pajoso, con una capa negra sobre sus hombros, la Princesa se desplazó en la sala con el máxime decoro posible ante la atenta mirada de Boruto que la había estado esperando para actuar como intermediario y obtener la respuesta que el Sultan necesitaba.
La Princesa observo con palpable desconcierto a Boruto, aparentemente no era a él a quien tenía en mente ver en ese momento, parecía seguir creyendo que merecía tener la oportunidad de defenderse. Claro, legalmente Sasuke no podía emitir un veredicto de ejecución, estaba prohibido matar a alguien de sangre real adrede solo porque resultase una amenaza. La ley dictaba que esas personas fueran tratadas de manera especial, por decirlo así.
-Yo…- intento hablar, Koyuki, presa de la incertidumbre ante lo que estaba viviendo. Esperaba poder pelear por su vida cuando menos, -creí que estaría ante el Sultan Sasuke—se aventuró a conjeturar.
El Uzumaki se mantuvo imperturbable ante aquellas palabras, guiado por su deber y su propia moral para con el Imperio y la lealtad que le debía voluntariamente al Sultan que observaba y escuchada todo lo que sucedía en ese momento.
-Es mejor que no se haga ilusiones—advirtió Boruto con voz dura e intransigente, -no volverá a ver a nadie de este Palacio, ni al Sultan ni mucho menos al Príncipe Daisuke—dicto el Uzumaki para desilusión de la Princesa. –Es obvio para todos que eres una espía.
Desde su lugar, de pie junto a su padre Daisuke suspiro sonoramente, bajando la cabeza. No sabía que decir o pensar respecto a lo que Koyuki había hecho, su familia estaba primero, el Imperio loe estaba y siempre lo estaría pero era realmente difícil para alguien como él actuar de forma imperturbable, ser callado y no impulsivo ni arrogante lo que era su tendencia. ¿Cómo lo había hecho su padre? En persona era alguien muy diferente al soberano autócrata, orgulloso y hasta cruel que hacía todo cuanto fuera posible por el bienestar del pueblo.
¿Cómo ser el Sultan que se esperaba que fuera?, ¿Cómo cambiar de aquella forma tan drástica?
Koyuki negó afanosamente ante aquella deducción totalmente errónea.
-Jamás—debatió la húngara con voz clara, -yo siempre fui sincera con el Príncipe Daisuke—garantizo Koyuki.
-¿Y cómo explicas lo que hiciste?—arremetió Boruto de manera inmediata, exigiendo una respuesta.
La Princesa no pudo evitar apretarse las manos con nerviosismo hasta que sus nudillos se hubieron vuelto blancos a causa de la fuerza de su propio agarre, bufando por lo bajo. No le servía de nada defenderse, no la salvarían si excusa por la forma tremendamente infantil en que había actuado.
No iba a salvarse.
Sakura desayuno amenamente en compañía de sus hijas Sarada e Izumi, teniendo además como invitada a Midoriko que intentaba ocultar su felicidad por no ver a la Princesa deambulando por ninguna parte. En el centro de la mesa se encontraba una pequeña fuente de porcelana que albergaba frutas de todos tipo para degustar y alrededor de esta dulces, pasteles y galletas con que acompañar el té que estaban bebiendo.
Sentada sobre su diván, Sakura vestía unas femeninas galas turquesa claro con bordado roa brillante que, junto a la tela que conformaba el vestido, hacia parecer al atuendo metal sólido. El escote era cuadrado y decorado ligeramente por encaje gris perla con diamantes engarzados, seis botones en caía vertical hasta llegar al vientre, por sobre el vestido un marcado borde color rosa que bordaba un cuello ligeramente alto tras la nuca y que dividía el centro del corpiño de los costados y la falda inferior de la superior. Las mangas eran ajustadas hasta el codo y abiertas en lienzos rosados que flotaban como plumas ante el movimiento. Alrededor de su cuello se encontraba el emblema de los Uchiha a juego con un par de pendientes de cristal y diamante en forma de lagrima que resaltaban con la corona de oro, topacios y diamantes sobre el cabello de la Sultana, recogido de lado para caer como una cascada de rizos sobre su hombro derecho.
Sentada a los pies de su madre, a su derecha, se encontraba Sarada con su larga melena de rizos azabaches cayendo perfectamente sobre sus hombros y tras su espalda, adornado por una elegante corona de plata y zafiros engarzados con diamantes a juego con un par de pendientes largos en forma de broche, hechos de palta, con un gran zafiro en el centro. Usaba un sencillo vestido azul oscuro de escote corazón decorado por dos botones de diamante en el escote, mangas ajustadas y casi muy sencillo, por sobre el vestido una chaqueta superior—bordada en plata e hilo cobrizo que formaba líneas entrecruzadas en el corpiño y el emblema de lo Uchiha y flores de cerezo a lo largo de las mangas y la falda—de escote redondo y bajo que exponía el vestido, decorado en el corpiño cerrado por seis botones de diamante, mangas holgadas y abiertas desde los hombros y falda abierta en el frente.
Sentada junto a Sarada y poco concentrada en la conversación se encontraba Izumi. La pelicastaña usaba un sencillo e inocente vestido celeste claro, casi blanco, hecho de gasa y seda bordada en hilo de oro para emular flores a lo largo de la chaqueta superior que, de cola larga pero corta en el frente, exponiendo la falda completamente lisa, —poco más debajo de las cadera—conformaba el vestido, mangas ajustadas, abullonadas coderas de gasa, escote cuadrado y decorado en el corpiño seis botones de oro. El largo cabello castaño de la Sultana se encontraba recogido tras su nuca, pero elegantemente decorado por una diadema similar a un cintillo de la que colgaban cristales turquesa y piezas de oro en forma de lágrima decorados por diamantes a juego con un par de largos pendientes y una guirnalda de oro alrededor de su cuello.
Finalmente, sentada a la izquierda de la Sultana se encontraba la Sultana Midoriko cuyo cabello borgoña, adornado por una digna corona de plata con amatistas y cristales morado engarzados con diamantes, relucía con las galas malva que usaba, de escote corazón, mangas ajustadas y calce perfecto a su figura con una chaqueta superior de igual color borda en encaje e hilo violeta brillante, cerrada a la altura del vientre. Juego con el collar de plata con un dije de flor de cerezo alrededor de su cuello se encontraban un par de pendientes de diamante en forma de flor, de menor tamaño.
-Kami mediante…- inicio Sarada bebiendo de su té y observando a su madre, -nuestro padre ordenara su muerte como la de todos los traidores—s expreso sin interés por la vida de la Princesa.
Sakura tenía que admitir que Sarada se tomaba muy enserio su rol de Sultana del imperio, participando activamente en la política y siendo extremadamente dura con aquellos que traicionaban la confianza del Imperio y del Sultan, su padre. Parecía haber olvidado y dejado atrás todo lo referente hacia Inojin, únicamente volcada hacia la lealtad debida al Imperio y el amor que le daba constantemente a su hijo Izuna. Ojala eso sucediera con Izumi que, con la mirada baja, se encontraba incrédula e incapaz de aceptar lo hecho por la Princesa Koyuki. Entre más pronto muriera Koyuki, más pronto regresaría la paz, de eso se podía estar seguro cuando menos.
-La interrogaran y luego se decidirá su muerte—contesto Sakura ante la aparente duda de Sarada que asintió agradecida.
In poder evitarlo Midoriko sonrió plenamente tranquila. Ahora todo habría de volver a su antiguo orden, ella como la mujer y Sultana del Príncipe Daisuke, madre de sus hijos y alguien a quien nadie pudiera atreverse a desafiar. Koyuki en realidad no era nadie, debían olvidarse de ella y volver a la vida que habían tenido anteriormente, esperando que aquello fuera relativamente fácil.
Koyuki tenía que morir para que todo volviera ser lo había sido antes.
Luego de tanto ajetreo y estando presentes en el interrogatorio que había tenido lugar para con la Princesa, Sasuke cruzo los pasillos hacia sus aposentos siendo diligentemente seguido por Boruto dos pasos tras suyo y por Daisuke que casi caminaba a la par con él, con la cabeza baja y su orgullo por los suelos al ver que Koyuki no había intentado justificar su actuar.
-Espero que todo haya quedado claro para ti ahora—menciono Sasuke deteniéndose ante las puertas de sus aposentos y girándose parcialmente hacia su hijo.
Tener la razón era algo que causaba provecho, pero no cuando un hijo se encontraba implicado y sufriendo a causa de un error, Daisuke en el fondo era leal al Imperio pero demasiado humano y vano como para entender que no había mayor sacrificio que el que Sakura y él hacían cada día por el Imperio y por todo el pueblo y ellos mismos, sin esperar recibir nada a cambio salvo causar la felicidad de sus súbditos. Pero olvidar los sentimientos como hombre y padre era demasiado difícil y Sasuke ni siquiera alcanzaba a entender cómo podía hacerlo, solo sucedía.
-Majestad…- asintió el Príncipe antes de levantar la mirada hacia el Sultan que lo observo, esperando que hablara de una vez por todas. -¿Y si ella no es culpable?, ¿Y si algo le impide hablar para confesar sus motivos?—intento dudar para que su padre entendiera los pensamientos que llenaban su mente.
Sasuke no pudo evitar fruncir el ceño ante aquello, girándose por completo hacia su hijo que lucio como su igual, recuperando la compostura perdida anteriormente. Aparentemente su idea de que Daisuke entrara en razón estaba totalmente errada, en efecto tendrían que usar la táctica que Sakura había propuesto: Aratani….pero todo eso tomaría tiempo, tiempo que debían ganar por ahora para aminorar las repercusiones que la afición de Daisuke tendría con toda seguridad.
-¿Cree que no el tendremos un mísero grado de consideración?—cuestiono Sasuke sobre la Princesa. Si pensaba así entonces ella sola estaba firmando su propia sentencia de muerte. Claro, si ella e explicaba quizá entendieran sus razones pero ni siquiera estaba abogando por eso. -Si lo cree es su problema, no es nuestro—zanjo, evadiendo la mirada de su hijo.
-Pero…- intento debatir, Daisuke.
Aquella sola palabra crispo los nervios de Sasuke cuya paciencia parecía estar a punto de quebrarse a causa de las dudas de Daisuke que, a su entender como mínimo, no debería sino acatar sus órdenes como hacían Kagami y Shisui.
-Escúchame Daisuke—ordeno Sasuke, tomando a su hijo por la nuca y pegando su frente a la de él de tal modo que entendiera lo complejo de la situación y de cómo estaba errando por culpa de esa Princesa que no daba boto de confianza a nadie. -Quieres ser Sultan, ¿o me equivoco?—cuestiono en voz alta, viendo la duda en los ojos de Daisuke que, en cuestión de segundos, asintió vehemente ante su pregunta. -Entonces compórtate como el Príncipe que debes ser, no como un tonto enamorado—ordeno insultándolo en el proceso, sin reparar en lo que Daisuke llegara a sentir por sus palabras, soltando el agarre que había mantenido sobre su nuca y serpeándose de él que bajo la mirada, avergonzado. -El deber del Sultanato es mantener la paz y si no lo entiendes acabare nombrando a cualquiera de tus hermanos como mi sucesor, incluso a Shisui—advirtió más consciente de lo que significaba aquello pero siendo muy serio. Kagami y Shisui daban claras señales de ser pacifistas absolutos, quizá ellos, cualquier de ambos pudiera sucederlo en el futuro. -No puedes olvidar esto, demuéstrame que no me equivoco al depositar mi confianza en ti—espeto Sasuke esperando que Daisuke dijera algo.
Boruto, quieto e imperturbable, observo y escucho todo atentamente flanqueando la entrada del pasillo junto a los aposentos del Sultan, consiguiendo mantenerse estoico pese al agresivo intercambio de palabras entre padre e hijo. Cualquiera que conociera al Príncipe Daisuke no podría inferir que u pares fueran el Sultan Sasuke y la Sultana Sakura o que tuviera por hermanos al Príncipe Kagami, la Sultana Sarada o la Sultana Mikoto, era demasiado fácil de provocar, demasiado impulsivo para lograr ejercer como Sultan algún día.
-Lo lamento, majestad—reconoció el Príncipe, levantado ligeramente su mirada, de forma casi imperceptible. Solo quiero saber si…¿Ella morirá?—oso preguntar, temiendo por la vida de Koyuki.
El ceño fruncido del Sultan se marcó todavía más a la vez que se giraba hacia sus aposentos, indicándoles a los dos guardias jenízaros que abrieran las puertas, coa que acataron de manera inmediata. No quería seguir discutiendo un tema tan latoso para su persona en un momento como ese, solo quería olvidar todos los problemas que estaban teniendo lugar. Quería estar a solas con sus propios pensamientos aunque fuera por un mísero segundo.
-Retírate—ordeno Sasuke sin más.
Ya harto de tanta cháchara sin sentido, Sasuke entro a sus aposentos in voltear a ver a Daisuke que, derrotado, se retiró de igual modo. Aparentemente tendría que esperar para ver el resultado de todo lo que estaba sucediendo. Izumi evadió a su hermano que se cruzó en el rango de su andar, enfurecido como un león según podía ver. La atención de la Sultana prontamente se trasladó hacia Boruto que se encamino hacia sus aposentos, haciendo que ella se apresurara para alcanzarlo.
-Boruto.
La voz de la Sultana Izumi lo hizo detenerse, entornando ligeramente los ojos antes de girarse hacia ella, reverenciándola debidamente y cuestionando que decirle. No podía quitarse a de encima, lastimar sus sentimiento seria como agredirla físicamente y eso ya de por si haría que le quitaran la cabeza por culpa de su osadía y desacato.
-Lo siento, Sultana—se disculpó el Uzumaki, señalando sus aposentos con la mirada, -he de investigar el caso de la Princesa Koyuki, no tengo mucho tiempo—confeso siendo que, en efecto, era así.
Izumi asintió, compresiva, tomando una de las manos de él entre las suyas sin darse cuenta de la aparición de Sarada en el pasillo, quien observo intrigada la escena y el intercambio de miradas de parte de su hermanita hacia el Uzumaki. A sus ojos Boruto parecía distante del romántico sentir que reflejaban los ojos de Izumi
-Solo ve al jardín más tarde—pidió Izumi con voz suplicante y una sonrisa en su rostro, -hay muchas cosas que quiero decirte.
Sarada observo asentir a Boruto antes de que este se retirara, reverenciando a Izumi. Sin ver necesidad alguna de estar ahí, Sarada se retiró por donde había venido sin voltear ni una sola vez: al parecer Izumi tenía sus propios secretos…
Kagami entro en los aposentos de su madre, en espera de poder hablar con ella sobre los recientes acontecimientos pero olvidando todo pensamiento que hubiera tenido lugar en su mente responsable en cuanto se giró hacia las puertas, encontrando a una hermosa doncella de largos y rizados cabellos almendra que lo observaba ligeramente sonriente, acercándosele con una bandeja en las manos la cual albergaba una copa de jugo para el Príncipe. Usaba un favorecedor vestido azul de mangas largas y holgadas que casi cubrían sus manos, ajustado a su figura absolutamente perfecta y decorado con encaje a juego en un inocente escote corazón decorado por tres perlas a modo de botones con un broche de oro en forma de mariposa sobre su largo cabello.
Eri había recibido órdenes de la Sultana Sakura, ser cordial y atenta con el Príncipe Kagami en espera de que él la volviera su favorita, claro que le atraía el Príncipe, era tremendamente guapo y lo había visto en infinidad de ocasiones….pero él nunca se había fijado en ella. En ese momento y sintiendo la mirada del Príncipe sobre su persona, Eri no pudo evitar sonrojarse mientras lo reverenciaba y le ofrecía la copa que traía en la bandeja.
-¿Cómo te llamas?—pidió saber Kagami, embriagado por la belleza de aquella mujer tan sublime, la más hermosa que hubiera visto en el Palacio.
El Príncipe no acepto la copa sino que solo se dedicó a observarla atentamente de arriba abajo, haciendo que la joven temblara de forma imperceptible, ansiosa y nerviosa al mismo tiempo. Era un Príncipe, pero más allá de eso un hombre tremendamente respetado y amado por todos, era imposible no sentirse atraída por alguien como él a quien llevaba viendo desde la distancia por ya un año, sintiéndose poca cosa. Solo saber que la observaba la hacía sentir valorada en cierto modo.
-Eri, alteza—respondió la joven, bajando la mirada con ligera vergüenza.
Eri, significaba literalmente Premio Bendito y eso era a ojos de Kagami que se sentía completamente incapaz de quitarle los ojos de encima a ella que era solo inocencia y belleza pura, observándolo con aquella mirada tan ingenua y devota. Era la primera vez que sentía eso con solo ver a una mujer, no era una sensación desagradable sino que despertaba un calor en su pecho que no alcanzaba a comprender y que no quería que desapareciera.
Sin poder evitarlo, Kagami levanto su mano y sujeto cuidadosamente el mentón de la joven que lo observo sorprendida producto de su repentina acción y lo que ambos sintieron con aquel tacto de la piel del otro.
-Creí que no podía existir nadie tan hermosa como su propio nombre—adulo con sincero interés, haciéndola sonreír a ella.
El repentino y suave eco de pasos dese el nivel superior los hicieron girar hacia la escalera, separándose antes, desde luego, y reverenciando a la Sultana Sakura que sonrió ligeramente al ver que su idea había resultado, el mayor testimonio era el sonrojo en las mejillas de Eri y la forma en que, de manera casi imperceptible, Kagami dirigía su mirada hacia ella con genuino interés.
Todo estaba tomando el curso que ella tenía planeado.
Con una capa de satín y seda azul sobre su vestido, para evitar el fresco aire otoñal, Sarada paseo por el jardín siendo seguida por sus doncellas Chouchou y Nora, perdida en sus pensamientos, sintiendo la tibia sensación del sol sobre su rostro, obstruido ligeramente por culpa de las ramas de los árboles que aun sostenían sus hojas color ámbar que se desprendían y caían suavemente al suelo en un bamboleo cadencioso.
Sarada volvió su vista al frente, topándose con Rai y Shisui que charlaban distraídamente hasta encontrarse con ella, saludándola con una sonrisa que Sarada solo le devolvió a Shisui. Sin importar el pasar de los años y el trato cordial, le resultaba imposible confiar en Rai porque no era su hermano, jamás estaría probado, y por ello Sarada no podía llamarlo hermano, no podía darle el voto de la duda y decir que apreciaba a la Sultana Naoko que, en su opinión, ni siquiera merecía ser una Sultana.
-Kagami dijo que tu madre vendría—hablo Sarada finalmente, observando con escasa desconfianza a Rai que asintió, ligeramente ofendido más sin ser capaz de demostrarlo. –Entiendo tus sentimientos, es tu madre y llevas años sin verla—admitió Sarada con falsa empatía, -pero por tu bien ni siquiera deberías escribirle.
Naoko no era diferente del resto de mujeres que habían intentado ganar poder, se rumoraba que inclusive había pretendido orquestar un complot contra el Sultan para reemplazarlo por Rai, permitiendo que ella fuera regente. Ridículo. Su madre, como medida prioritaria luego de informar al Sultan había dictaminado que Naoko fuera exiliada, veredicto que su padre igualmente compartía. Naoko no tenía por qué volver a pisar el palacio, no era sino una amenaza.
-No te compete a ti decir quien es traidor o no—debatió Rai luego de escucharla.
Apretando los labios y los puños, molesta, Sakura avanzo otro paso hasta quedar casia a la altura de Rai que parecía creerse igual a ella pese a no ser sino un hombre cualquier que, tal vez, ni siquiera era realmente un Príncipe del Imperio Uchiha. Claro, Inojin había sido un traidor pero ella jamás había sido realmente consiente de lo que pasaba, de ser así ella misma le hubiera cortado la cabeza. No iba a permitir que nadie creyera saber todo de ella para hablar con insultos majaderos.
-¿Quién te crees que eres para hablarme así?—demando saber Sarada con la voz dura a causa de la ira que sentía y empezaba a exteriorizar, no era para nada una buena señal. -No te atrevas a compararte conmigo.—advirtió la Uchiha.
Sujetándose la falda y observando a Shisui una última vez, Sarada se retiró de manera inmediata. Muchos creían que no era más que una tonta e insulsa mujer que había sido ninguneada por culpa de Inojin. Tenía que demostrarles a todos que ya no era la misma Sultana joven e inexperta que había dejado el Palacio hacía ya nueve años.
Tenía que demostrar quién era realmente.
El sol cruzo el cielo haciendo cumplir el ansiado atardecer y continuando su habitual curso hasta ensombrecer el cielo en las penumbras de la noche, iluminada por el orbe nocturno cuyo resplandor superaba a las complementarias estrellas. Todos en el palacio, para aquella hora, aun debían seguir plenamente despierto y aun en sus labores pero cierta Sultana, cenando a solas con su esposo, prefería sentiré más cómoda.
Con su largo cabello rosado cayendo libremente tras su espalda y su figura cubierta por un muy favorecedor camisón burdeo de escote bajo en V con encaje negro en los tirantes, en borde del escote y el costado izquierdo de la falda que exponía una de sus piernas a causa de la abertura. Luego de un ajetreado día de trabajo y labores, ella y su esposo Kakashi no preferían sino cambiarse de ropa y cenar para luego únicamente retirarse a dormir en la intimidad de ese amor y cariño tan grande que se tenían. Mikoto, estando a solas con su esposo, se dispuso a llenar la copa de su esposo con algo de sake pero apenas llevo la mitad Kakashi le indico que era suficiente.
-Basta, Mikoto—pidió Kakashi, viéndola hacer un infantil puchero ante su suplica, -debo despertar temprano, no puedo embriagar.
Encogiéndose de hombros, Mikoto dejo la botella sobre la mesa, bebiendo lo poco de sake que quedaba en su copa ante la atenta mirada de su muy atractivo su esposo que no le quitaba los ojos de encima.
-Está bien—se resignó, dejando la copa sobre la mesa antes de girar su completa atención hacia su esposo, el orgullosamente y bien llamado Gran Visir del Imperio, uno de los hombres más adinerados del país, -si algunos te necesitan más que yo…- divago, jugando distraídamente con la tela de su camisón, -solo asegúrate de no abandonarme.
Sonriendo ante aquella mención, Kakashi no pudo evitar sino acariciar cuidadosamente el rostro de su esposa y Sultana que sin lugar a dudas era la esposa más envidiable que cualquiera pudiera tener, una mujer insólitamente correcta y perfecta como no podía existir otra.
Su Sultana.
Un nuevo día inicio sin más dilación con el astro rey iluminando al mundo y cada fracción de los territorios Imperiales así como un modesto carruaje que se detuvo a las puertas del Palacio donde el Príncipe Rai se encontraba esperando la inminente aparición de quien era su madre.
Las puertas del carruaje se abrieron mediante Binam, el sirviente personal de la Sultana Naoko, que bajo del carruaje y ofreció su mano a la Sultana. Naoko, a sus 35 años, pasaba por una belleza normal aparentando casi cuarenta años. Contraria a la Sultana Sakura, no gozaba de una belleza avasalladoramente bien conservada y cuyo ser permitiese engendrar otro hijo, pero con su único hijo era más que suficiente.
Con una capa por sobre su cuerpo para evitar que el taciturno aire otoñal, Naoko usaba un modesto vestido rosa suave de escote alto y cuadrado, ligeramente redondeado, mangas ajustadas hasta el codo y holgadas en forma de lienzos, por sobre el vestido una chaqueta superior granate—bordada en hilo cobrizo para emular hojas de otoño—que formaba un cuello en V cerrado a la altura del pecho y abierto bajo el vientre para exponer la falda. Su largo cabello negro se encontraba recogido en un moño y sobre su cabeza una corona de oro bastante sencilla que emulaba ramas y hojas hechas con citrinos y diamantes amarillos a juego con un par de largos pendientes en forma de lagrima.
Naoko no pudo evitar observar con sincera añoranza aquel magnifico palacio del cual se había visto apartada por diez largos años, todo por intentar garantizar un futuro seguro y feliz para su hijo. La pelinegra negó para sí misma tales pensamientos, ahora debía reparar todo lo hecho y conseguir que su hijo llegara a la cúspide más alta que cualquier hombre podría alcanzar: el Sultanato.
Un joven detuvo su andar frente a ella, haciendo que Naoko levantara la vita y lo observara ligeramente intrigada, observándolo de arriba abajo, Naoko sintió que lo conocía pero no podía esclarecer de donde, era una sensación realmente extraña y que la hizo parpadear repetidas veces. Rai observo a su madre con una sonrisa, incapaz de expresar claramente la felicidad que lo embargaba, no recordaba mucho de ella a causa de los largos años en que habían estado separados pero era su madre y lo que mejor recordaba de ella no eran sino sus palabras de amor filial y como siempre velaba por sus estudios y formación.
-Madre—saludo Rai, finalmente, sosteniendo una de las manos de su madre entre las suyas y viendo la sorpresa en sus ojos.
La Sultana sintió las lagrima latir en sus ojos de solo escuchar a aquel maravilloso guapo Príncipe llamarla madre….era su Rai, su Príncipe a quien había añorado tanto volver a ver y que indudablemente había cambiado pero para mejor. Sin poder emitir palabra alguna, Naoko no hizo sino abrazar eufóricamente a su hijo que le correspondió de manera inmediata.
-Hijo—lloro Naoko contra su hombro.
Uno de los pasillos Principales que comunicaban con los aposentos de su esposa se encontraba conectado con un distinguido balcón desde donde, atentamente Sasuke y Sakura observaron a Naoko y Rai entrar al Palacio, sonriéndose entre i y hablando animosamente. Para Sakura no pasó inadvertido, en lo absoluto, el ceño fruncido de su esposo que, además del veredicto de la Princesa Koyuki, igualmente habría de encargarse de cualquier clase de locura que Naoko pensara siquiera en cometer, bueno y ella también tenía que hacerse cargo como directora absoluta del Harem y la sociedad del Palacio.
Sasuke estaba ataviado en una larga chaqueta terciopelo negro finamente borda en oro en los costados del pecho y mangas de la tela, ajustadas al brazo—hasta los codos—siendo el centro del pecho el único punto que rebelaba la tela original sin diseño alguno, decorado por una serie de siete botones, desde el cuello cerrado en caída vertical, engarzados con cadenas de oro. La chaqueta le llegaba más allá de las rodillas y ocultaba los pantalones del mismo negro aterciopelado y unas clásicas botas de cuero a usanza militar.
-Como si no tuviéramos ya suficientes problemas—hablo Sasuke finalmente.
Sakura, a su lado, usaba un vestido esmeralda de cuello en V con cinco botones en caída vertical hasta al altura del vientre, bordados de oro en las mangas superiores—holgadas y abiertas desde los hombros—en los costados del corpiño y la falda superior. Había las mangas superiores se encontraban un par de ajustadas manga al brazo igualmente lisa que el centro del corpiño y la falda inferior. Su largo cabello rosado caía libremente tras su espalda y adornado por una corona en forma de capullos de rosa hecha solamente de oro y engarzada con diamantes a juego con un par de largos pendientes de cuna de oro que sostenían un diamante amarillo del cual colgaban tres cristales en forma de lagrima, complementando el emblema de los Uchiha alrededor de su cuello.
Claramente las palabras del Uchiha hacían referencia a Naoko y a su llegada que era un peligro para ambos, nunca habían existido pruebas de este dichoso complot, pero ambos preferían pecar de prevenidos y no de insulsos, no querían que situaciones como las sucedidas en el pasado tuvieran que repetirse nuevamente para recordar que tan lejos podían llegar las intrigas, traiciones y engaños. Los nombres de Mito, Mei y Rin seguían gravados en su mente producto de todo lo perdido y sufrido por causa de ellas y sus planes.
Nada de lo sucedido en el pasado podía repetirse, ninguno de los dos aguantaría que eso sucediera.
-Descuida, me encargue de que la vigilen en todo momento, con quien habla, que hace, que come, donde esta—garantizo Sakura, tranquilizando la mente de Sasuke que observo sin demasiado interés la desaparición de Naoko siendo guiada por Rai a sus aposentos.
Sasuke asintió ligeramente más tranquilo, sosteniendo una de las manos de ella entre la suya, de no ser por la continua prevención de Sakura ante cualquier acontecimiento, con toda seguridad el Palacio habría de ser un caos y lo que Sasuke menos deseaba es que los días pasados volvieran a tener lugar. Los féretros de Mito, Mei y Rin descansaban en la cripta familiar por una razón y eso no podía olvidarse, solo esperaba que Rai no fuera lo bastante tonto como para creer todo lo que su madre, Naoko, fuera a decirle.
Porque si eso llegaba a tener lugar, Sasuke sabía que tendría que firmar la sentencia de muerte del que, posiblemente, fuera su propio hijo. Ya tenía suficientes cargas en su conciencia; el enclaustramiento de Yosuke y Neji, las muertes de su hijo Baru e Itachi cuando él no había estado en el Palacio…no quería tener que lamentar otra perdida por culpa de la tozudez e impaciencia de quienes lo rodeaban, no era tiempo para eso.
-Algo es algo—admitió siendo que ninguno de los dos creía que Naoko fuera a ser pasiva y guardar silencio. –Todo depende que nosotros no le permitamos hacer nada—recordó el Uchha.
Ya no teniendo nada más que hacer allí, ambos se retiraron a sus aposentos, Sasuke debía prepararse para una reunión con el Consejo Real y Sakura debía preparar el "ameno" recibimiento para Naoko, pero ambos no iban a olvidar la situación en cuestión a tratar de ahora en más: Naoko había sido, era y sería una amenaza para el Imperio hasta que desapareciera por completo.
PD: a petición de Adrit126, DULCECITO311 y Miara Makisan he actualizado rápidamente ya que eran palpables sus ansias de este capitulo en espera de ver y/o aclarar sus dudas. con respecto aMiara Makisan (Koyuki asesino a los guardias que custodian los aposentos del Sultan espera de dar una pista falsa). Como siempre adoro que comenten este fic, significa mucho para mi. Ya que la segunda temporada de "Kösem La Sultana" aun no termina, quizá me retrase en algún punto de la historia (actualizar) producto de la transmisión de la serie, pero en cuanto eso suceda publicare el nuevo fic que estoy produciendo "El Emperador Sasuke" basado en el dorama coreano "Empress Ki" :3 gracias a todos, saludos, abrazos, besos y hasta la próxima.
