-La historia es de mi completa autoria más esta ligeramente basada en la segunda temporada de la serie "Kósem La Sultana" producida por Timur Savci y ahora protagonizada por Nurgül Yeşilçay (Sultana Kösem) y Metin Akdülger (Sultan Murad IV). Los personajes son propiedad de Masashi Kishimoto, más su distribución y/o utilización corre absolutamente por mi cuenta para la dramatización de la historia.


Capítulo 11

Sasuke contemplo en silencio aquella mujer arrodillada a sus pies, una mujer que pese a su aparente fragilidad no era sino una amenaza, pero ya no lo sería más. La mantendría en el Palacio, la trataría como habría de hacer con una huésped ilustre…pero ella nunca ganaría nada del Imperio Uchiha, ni aunque manipulara a Daisuke. Ella nunca engendraría a un Príncipe y por ello jamás formaría parte del Imperio.

Ella nunca podría hacer nada contra él.

El Sultan, con una sola mirada, hizo entender a su escolta jenízara que debían retirarse, acción que fue cumplida al pie de la letra ante la distracción de Koyuki que solo esperaba que el Sultan ordenara algo, que le quitaran la vida o la liberaran…dudando bastante de esto último.

-Tu provocaste esto, da igual la razón—sentencio Sasuke con una mirada absolutamente fría, dirigida hacia la Princesa, -dame una buena razón para perdonarte la vida—ordeno, apartando sus ojos de ella.

La Princesa, ante aquella interrogante, bajo la mirada por un momento, provocando en uno de sus mechones cayera parcialmente sobre su rostro. Tenía una respuesta que dar pero…no sabía si sería suficiente para el Sultan que era un hombre sumamente estricto y frio, pero era preferible aquello a no responder nada, si solo pensaba en eso último seguramente se condenaría a sí misma y jamás podría volver a ver a Daisuke. Con aquella idea en la mente, Koyuki levanto su mirada hacia el Sultan que le indico que hablara con libertad.

-No sé si sea suficiente—admitió con voz humilde como pocas veces se atrevía a hablar, -pero amo a su hijo, el Príncipe Daisuke, y si he de enfrentarme a usted para quedarme en el Palacio…lo haré—juro, sosteniendo osadamente la mirada al Sultan.

El Uchiha entrecerró ligeramente su mirada en un gesto menos que cortes, claro, no apreciaba ni valoraba la promesa hecha por la Princesa, mucho menos la creía, pero era preferible fingir paz antes que iniciar una guerra interina a causa de una insulsa y atrevida mujer extranjera. Sasuke desenfundo su espada ante la asustada expresión de la Princesa que bajo la cabeza en el acto, enalteciendo todavía más el ego del Uchiha que la rodeo como un león ante su presa, teniendo máxime cuidado de ubicar el filo de la espada contra las cuerdas que ataban las manos de ella, cortándolas en seco para sorpresa de Koyuki que se giró rápidamente a observarlo, sumamente confundida.

-Te perdono la vida—confeso Sasuke, un tanto divertido ante la inconfundible sorpresa de parte de la Princesa, -pero a cambio—amenazo Sasuke inclinándose de tal modo que su rostro quedara unos centímetros por encima del de ella que tembló ante aquel tono de voz sumamente intimidante, -no harás nada contra mis hijos o el Imperio, solo así te ayudare.

Sin necesitar respuesta, Sasuke la sujeto bruscamente del brazo haciendo que—por voluntad u obligación—Koyuki se pusiera de pie en son de él y lo siguiera de regreso hacia el campamento donde estaba el resto de la escolta del Sultan. No sabía si llorar de felicidad o reír: Le habían perdonado la vida.


Las noticias llegaban rápidamente para ciertas personas de la alta alcurnia elíptica del Imperio y que uno de los Príncipes llegara al ya casi abandonado Monasterio de Hiruzen Sarutobi que ahora solo era resguardado por las tropas jenízaras que siempre escoltaban al carruaje de la esposa del Sultan, ahora atestado contra la entrada del sagrado lugar. Descendiendo de su caballo a toda prisa, corriendo hacia la entrada, Rai evadió a todos a sus alrededor, únicamente concentrado en encontrar a la Sultana Sakura co la mirada mientras entraba afanosamente.

De rodillas sobre el suelo, llorando desconsolada y agitadamente, Tenten sostenía entre sus manos la corona que había estado usando la Sultana Sakura, siendo abrazada a medias por la Sultana Mikoto que parecía ligeramente menos afectada. La pelicastaña parecía shockeada por lo que sea que hubiera tenido lugar, viendo—a sus pies—un charco de sangre de tamaño mediano que aterro a Rai en cuanto este se detuvo tras ambas mujeres, ¿Dónde estaba la Sultana Sakura?

-Rai…- se giró Mikoto con una expresión completamente desconsoladora, luciendo al borde de las lágrimas.

Por inercia, el Príncipe rodeo el hombro de su hermana con su brazo, abrazándola contra su pecho mientras la sentía temblar incesantemente. Era la primera vez que veía a Mikoto tan afectada por algo. Rai desvió su atención hacia Tenten que no aprecia salir de aquel ensordecedor trance, pero ella y Mikoto eran las únicas testigos seguras que habían presenciado lo que hubiera tenido lugar. El Príncipe coloco una de sus manos sobre el hombro de la pelicastaña que levanto escasamente la mirada, con sus mejillas bañadas en lágrimas.

-¿Qué sucedió?—exigió saber Rai pero la pelicastaña solo pudo negar, bajando la cabeza, derrotada y sollozando silenciosamente, provocando la ira del Príncipe que la zarandeo bruscamente, era necesario saber dónde estaba la Sultana. -¡Tenten!, ¿Dónde está la Sultana Sakura?—exigió el Uchiha.

Pero ni ante aquellas exhaustivas órdenes y contradictorias preguntas, Tenten no cedió en lo absoluto sino que continúo llorando, abrazando contra su pecho la corona de la Sultana que aun sostenía aquel largo velo. El corazón de Tenten se rompía más a cada minuto en que recordaba el como la había visto desmayarse sin poder hacer nada y como Naruto Uzumaki había entrado, encargándose de llevarla a un lugar seguro…un lugar que ella no había donde estaba.

-No puede hablar, está demasiado shockeada—explico Mikoto mientras se soltaba del abrazo de su hermano, intentando levantarse pero cayendo de rodillas estrepitosamente. -Naruto Uzumaki entro en medio del tumulto…pero no se a donde la llevo…- sollozo Mikoto, incapaz de emitir un juicio claro.

Su dolor emocional, sus nervios y miedos eran lo que la hacían débil y provocaban que sus piernas no tuvieran la fuerza suficiente para elevar su peso mientras rodeaba a Tenten en un abrazo protector, no quería ni siquiera imaginar que había sucedido con su madre ni si Naruto había conseguido salvarla o no. La espera y la exasperación la estaban matando por dentro con solo no saber dónde se encontraba su madre y el charco de sangre sobre el suelo no la tranquilizaba en lo absoluto…puede que su madre ni siquiera estuviera viva o de ser así no por mucho tiempo, no habiendo perdido tanta sangre y sin un médico cerca que pudiera atenderla.

Kami, protege a mi madre, oro Mikoto sin parar de llorar


Trayendo entre sus brazos la carga más importante de todo aquel soberbio imperio, Naruto pensaba más en la herida que sangraba copiosamente en el costado de ella que en la herida en su pecho que, debido a la flecha anteriormente clavada en él, llegaba hasta uno de sus pulmones.

Asegurándose de abrir la puerta de aquella simple vivienda de madera—que habitualmente usaba en su tiempo de civil—y no soltarla en lo más mínimo. El Uzumaki cerró la puerta de un golpe, con la suela de sus botas, ingresando con la Sultana Sakura en sus brazos. Una joven doncella llamada Fū, que casualmente realizaba muchos de los empleos socialmente rentables en aquel barrio, se encargaba de la mantención de aquel lugar si es que él lo necesitaba. Cuidadosamente deposito a la Sultana sobre la cama escuchando como un suave gemido de dolor escapaba de sus labios producto de la posición de su tórax y abdomen, lo que hacía más fácil la pérdida de sangre. La hizo tumbarse por completo sobre la cama para que, involuntariamente, su cuerpo no hiciera más difícil su recuperación, más sabia que eso no ayudaría si él no tenía los implementos necesarios para esterilizar la herida.

-Tranquila, todo estará bien—le dijo, separándose de ella y buscando algo en la habitación que le permitiera asistirla dignamente.

Casi corriendo hacia la sala, abrió un baúl de madera tallada donde se encontraban los suministros médicos, más su ausencia había hecho que escasearan muchos de los implementos tan necesarios. Solo contaba con alcohol y gasa con la que mantener la herida libre de una posible infección. Molesto por su incompetencia, regreso a pleno trote con aquello que rudimentariamente poseía. Tomando una botella con agua fresca que estaba junto a la cama, se lavó las manos, no poseía aquello que le aseguraría una recuperación completa, pero tenía lo suficiente como para mantenerla con vida hasta el próximo día, cuando podría buscar ayuda.

Con el ajetreo exterior, producto de lo ocurrido, sabía que resultaría imposible encontrar a alguien que lo ayudara. Sacándola del monasterio donde habían atentado contra su preciada vida, Naruto no había reparado en extraer la daga que se clavaba peligrosamente en el espacio bajo sus costillas, afortunadamente no en las proximidades de su vientre como para hacer peligrar la vida del bebé que esperaba.

Más ahora tendría que lastimarla para extraer aquella daga. Sujeto firmemente la empuñadora de la daga sabiendo que, para vendar la herida, tendría que producirle a ella un dolor que no deseaba siquiera evocar.

-Perdóname—pidió de todo corazón, cerrando los ojos fuertemente.

De un solo intento extrajo la daga, manchada con la sangre de la que era la más hermosa y fuerte de los seres vivientes, de cuyos labios salió un grito de dolor que, de haber estado del todo consiente, no se le hubiera ocurrido liberar siquiera. Rápidamente el Uzumaki volvió a lavarse las manos y uso un poco de agua, empapada en un trozo de gasa para limpiar delicadamente la herida

-Naruto…- lo nombró ella recuperando escasamente la conciencia como para verlo y reconocerlo en ese momento. Sus ojos esmeralda estaban absolutamente fijos en él, como si aquello fuera un mudo, gracias…

Tirando el trozo de gasa manchado de sangre y repitiendo el proceso con uno nuevo, ahora le levanto levemente el vientre para vendar firmemente la herida, evitando que hubiera espacio para que surgiera una infección. Además del hecho de que no cesaba de sangrar. Tenía que detener la hemorragia y pronto antes de que la vida de ella corriera peligro, por ahora las vendas habrían de crear la presión necesaria sobre la herida para frenar el sangrado.

-Tranquila, Sakura—le respondió, evadiendo su mirada y haciendo un nudo con la tela blanca que ahora vendaba la herida en su costado. -Estás a salvo, no te alteres, por favor—pidió viendo como la tela, lentamente, no tardaba en mancharse de un poco de sangre.

Tomando una colcha que estaba tendida a medias sobre la cama, la cubrió hermanablemente, presto a sus reacciones y a la respuesta que ella estuviera dando mientras aún estaba consiente.

-Por favor, déjame morir—le pidió ella cerrando levemente los ojos.

Ni para Naruto, ni para el resto del mundo, era un secreto que la Sultana Sakura deseaba encontrar su propia muerte. Su estado anímico pese a aparentar ser bueno, decaía constantemente debido a la melancolía que le producía recordar a aquellos que habían partido de su vida, sus padres y hermana, sus hijos Baru e Itachi a los que no había podido decirles una última vez; te amo. Ella lidiaba con el sufrimiento del Imperio entero sobre sus hombros, y sin embargo nadie era absolutamente capaz de entenderla.

-No lo haré—se negó él rotundamente viendo la expresión triste y lastimera en el rostro de ella, -no dejare que mueras de esta manera tan absurda.

Era una Sultana, no tenía por qué morir así. Su deber era morir en la gloria del Palacio Imperial, sin herida alguna, dispuesta a la voluntad que Kami tuviera a bien imponer. ¿Pero qué estaba diciendo?, ¿Quién era él para cuestionar lo que Kami tuviera o no tuviera en bien decidir? Solo él decidiría cuando era el momento de la Sultana Sakura, nadie más, ni el Sultan Sasuke ni ningún ser terreno del mundo.

-Llévame al palacio—le rogó Sakura sujetando con todas sus fuerzas, muy débilmente, una de las manos de él. -Quiero ver a Sasuke una última…vez—murmuro en un jadeo suave y entrecortado.

Naruto no entendía cómo es que, pese a todo el poder que exhibía asiduamente, ella podía ser un alma tan sufrida y trágica, llena de dolor y lágrimas que nunca desaparecerían. El Sultan era tan opuesto a ella, siempre correcto, siempre frio y distante de todos, siempre ejemplificando el poder del Imperio Uchiha y el protocolo de los Sultanes.

-Sakura, no te dejaré morir—juró el Uzumaki.

Le removió el hombro al verla cerrar los ojos, pero se dio cuenta de que el simple hecho de hablar le había resultado un esfuerzo tremendo en su condición y que por ello ahora se encontraba desmayada. Con una débil sonrisa tranquila revoloteando en sus labios, le beso la frente a ella y se recostó sobre el sofá junto a la cama de donde vigilaría su sueño…


-Me detuviste muy pronto, ese corzo tenía mi nombre—aclaro Naka, incapaz de creer lo sucedido.

El Sultan se encontraba charlando con Boruto, teniendo presente a la Princesa que, ahora, debidamente vestida con un atuendo de caza negro borrados en pieles bordadas en hilo púrpura, se daba el placer egoísta de contemplar aquel bosque y el admirable silencio que provenía del paraje, semejante calma. Mientras tanto Naka y Metal Lee discutían por ser este último quien había disparado su fecha al corzo que habían intentado cazar, causando la furia del pelicastaño.

-Discúlpame por ser un mal perdedor, Naka—se excusó Metal Lee, sin ser el todo sincero para disgusto de su amigo que notaba esto con toda claridad, -pero no deseaba que nadie, salvo yo, lo persiguiera.

-Veremos…la próxima vez.—ironizo Naka, no dándose por vencido, hecho ratificado por la sonrisa de su amigo y fiel compañero de parrandas y excursiones. Pero, tal y como había aparecido, la sonrisa ne el rostro del pelinegro no tardo en desaparecer. -¿Qué pasa?

Naka coloco su mano sobre el hombro de su amigo quien sin embargo no aparto su mirada del frente, con el ceño ligeramente fruncido dándole un aspecto confundido que el pelicastaño no supo identificar.

-¿No es ese Kakashi?—cuestiono Metal Lee.

El pelicastaño giro su atención hacia donde señalaba los ojos de su amigo, encontrándose co la imagen del Gran Visir Kakashi Hatake Pasha que, bajando de su caballo a toda prisa, avanzo hacia el Sultan que lo observo intrigado a causa de su aparición, reverenciándolo debidamente. Sasuke se giró a ver a Boruto que, igual de sorprendido que él, solo atino a encogerse de hombros. Kakashi se levantó la mirada hacia el Sultan que parecía sumamente confundido por su repentina llegada.

-Kakashi, ¿Qué haces aquí?—inquirió Sasuke.

El Pasha no pudo evitar suspirar profundamente ante aquella pregunta, ¿Cómo decirle al Sultan que su esposa estaba desaparecida?, ¿Cómo ser sincero sin ser cruel al mismo tiempo?

-Vine urgentemente—inicio Kakashi, esperando poder divagar pero dándose cuenta de que la inquisitiva mirada del Sultan no permitiría divagación alguna. El Sultan quería saber que estaba pasando, -tuvo lugar un atentado.

Con solo aquella palabra, Koyuki observo preocupada al Sultan, creyendo que la víctima no era otra que Daisuke y Boruto pensó igual solo que con respecto a la Sultana Sarada. Sasuke no supo que decir ante eso, ¿Se trataba de sus hijos o su esposa?, ¿De alguno de sus nietos?, ¿De quién? El Uchiha le indico a Kakashi que prosiguiera pues—y pese al extremo cuidado emocional que estaba teniendo—sentía que su ímpetu iba a llevar a cometer una completa locura.

-Contra la Sultana Sakura—informó Kakashi.

Con solo aquella mención, Sasuke sintió como si su corazón se hubiera detenido en ese instante…


Las noticias no habían tardado en llegar al Palacio Imperial donde—reunidos en los aposentos del Sultan—los Príncipes y Sultanas oraban con lágrimas en los ojos y el corazón en vilo, temiendo no volver a ver a su madre y sufriendo ante la ausencia de su padre. El encargado de informar a la familia Imperial de tal suceso no era otro que el siempre servicial amigo y sirviente de la Sultana Sakura, Shikamaru Nara.

La Sultana Sarada se encontraba sentada sobre el portentoso diván sobre el cual siempre se encontraba su padre, dando una imagen de absoluta confianza y poderío Imperial, ataviada en un vestido jade de marcadas hombreras, ribeteado en oro en el corpiño de escote cuadrado, y repetido en la falda, era esplendido puesto que resaltaba su piel y su larga melena de rizos azabache. Las mangas eran abiertas a la altura del codo, siendo anteriormente ajustadas, y en los bordes de la caída la tela estaba bordada en oro al igual en el borde central del corpiño y la falda que dividía la tela lisa del bordado de oro que imitaba hojas de otoño. Una soberbia corona de oro que formaba diminutas figuras relucía sobre su cabeza, decoradas con esmeraldas al igual que los largos pendientes de oro que se entreveían en su cabello que caía sobre sus hombros.

De pie y abrazando a su mellizo, la Sultana Izumi lucía un vestido de satín teal claro con una chaqueta superpuesta turquesa claro, empapada en flores violeta bordadas en hilo de oro hasta las caderas en el frente y hasta los muslos tras la espalda, escote cuadrado y bajo exponiendo el margen de oro del vestido inferior, mangas ajustadas hasta el codo que finalizaban en una ligera formación abullonada como parte del vestido inferior. Un grueso de seda jade se ajustaba a su figura, ciñendo el vestido, decorado superficialmente por cinco botones de oro. Su largo cabello castaño, como siempre recogido tras su nuca, era adornado por un broche a juego con los pendientes de cristal en forma de lágrima.

Por otro lado y a los pies de la Sultana Sarada se encontraba la Sultana Midoriko, inocentemente ataviada en un vestido blanco de escote corazón, decorado por cinco botones de diamante en caída vertical hasta su vientre, mangas ajustadas hasta los codos y abiertas en el frente, cayendo en lienzos. Por sobre el vestido una chaqueta de encaje bordada en hilo celeste brillante e hilo de plata a juego con la corona de plata y cristales azules que emulaba flores de cerezo por sobre su largo cabello borgoña, con un par de pendientes a juego en forma de lagrima.

Los Príncipes Kagami y Daisuke, en espera de que sucediera algo, usaban cerrados abrigos de piel azul y negro respectivamente, preparados para lo que sea que fuera a pasar, muy por el contrario del Príncipe Shisui que relucía unas sencillas galas plateadas grisáceas bordadas en hilo cobrizo, con marcadas hombreras y cadenas de plata en el centro del pecho.

-Esto es culpa nuestra, Kagami—acuso Daisuke sin ser capaz de creer otra cosa, odiándose así mismo por no poder estar junto a su madre para haberla protegido como debía haberlo hecho, -debimos acompañarla.

El Príncipe Uchiha no pudo evitar entornar los ojos ante ello, claro, ahora que Daisuke no tenía a su Princesa no hacía nada sino desquitarse con todo el mundo, pero Kagami no permitiría que le recordaran coas que él ya sabía de por sí, su deber era mantener el orden ante la ausencia de su padre como el único Príncipe que manejaba el protocolo al pie de la letra.

-Nuestro padre no está en el palacio, Daisuke—recordó Kagami con voz molesta ante semejante acusación de parte de su hermano. El protocolo era claro y nadie pretendería desobedecer el dictamen del Sultan en un momento como ese. -Nadie, salvo nuestra madre y los Pashas, puede abandonar este lugar sin su autorización a menos que ocupe o realice un cargo importante—cito alzando la voz al final para remarcarle a Daisuke que sus pensamientos eran errados.

-¡Eso ya lo sé!—grito Daisuke.

-Entonces no me hagas recordártelo—ordeno Kagami, apretando sus manos tras su espalda, -no quiero parecer el mayor cuando quien lo es no es otro que tú—ironizo esto, dándole la espalda a su hermano.

Sopesando aquellas palabras, Daisuke avanzo tras Kagami que se giró levemente a observarlo, sin dejarse intimidar ante la mirada de su hermano mayor. Sarada entorno los ojos desde su lugar ante semejante espectáculo, murmurando una oración hacia su madre, intentando mantener la calma. Estos dos están acaban con mi paciencia, menciono Sarada para si misma.

-¿Qué insinúas?, ¿Por qué no me lo dices a la cara?—contrataco Daisuke, ya harto de la palabrería y recordatorios de parte de su hermano menor.

Dieciséis años nada más y ya creía que podía lanzarle las cosas a la cara como si él fuera un infante insulso, pero ese era el peor de sus errores porque algún día heredaría el Sultanato que tanto merecía, sería el Sultan tras su padre y nada ni nadie lo impediría, la ley dictaba eso y nadie se atrevería a contradecir a las antiguas leyes formadas por los Sultanes anteriores.

-¡Basta los dos!—grito Sarada, levantándose del diván e interponiéndose entre ambos para evitar un seguro enfrentamiento, fastidiada con tantos gritos mientras oraba con la seguridad y aparición de su madre. -¿Se escuchan siquiera?—acuso viendo a Kagami bajar la vista y a Daisuke darle la espalda. -Nuestra madre no desearía vernos así en este momento.

Midoriko levanto su mirada hacia Daisuke, esperando poder tranquilizarlo de algún modo, pero él evadía su mirada continuamente sin darse cuenta de cómo y cuánto podía herirla de aquella forma, esa Princesa era la responsable de todo lo que estaba pasando. Percibiendo aquello, Sarada volteo a ver a Midoriko con una sutil sonrisa en su rostro, indicándole que por ahora esperara la oportunidad…ya podrían planear como hacer a Daisuke entrar en razón, en ese momento no era lo mejor.

-Sarada tiene razón, debemos mantener la calma—intento pacificar la situación Shisui, viendo asentir a su melliza, completamente de acuerdo con él.

-Sería más fácil si estuviéramos todos juntos—acoto Izumi, cruzando sus brazos por sobre su pecho.

La conversación y conflictos emocionales se vieron interrumpidos en cuanto toaron repentinamente a la puerta provocando que todos los presentes observaran a Sarada que, como la mayor de los presentes y la más poderosa, debía fiscalizar que su voluntad se cumpliera como si fuera l Sultana Sakura. Carraspeando ligeramente y endureciendo su mirada y cruzando sus manos por sobre su vientre en una apariencia más que digna, Sarada se mantuvo frente en alto, contemplando las puertas.

-Adelante—índico Sarada.

Las puertas, ante la orden de la Sultana, se abrieron con un ligero chirrido permitiendo el ingreso de la Sultana Naoko que, debidamente, reverencio a las Sultanas y Príncipes presentes. Para Sarada no paso desapercibido el falso y conformista vestir de Naoko que, de haber rehusado varios de sus viejos vestidos, ahora resplandecía en un vestido aguamarina oscuro de cuello y escote en V, mangas ajustadas bajo una chaqueta superior con seis botones de perla en caída vertical, —enseñando do del vestido inferior—abierta a la altura del vientre para exponer la falda y con su cabello recogido y adornado por una corona de oro, diamantes y esmeraldas a juego con un par de pendientes.

-Príncipes, Sultanas—saludo Naoko con un falso tono preocupado, -vine tan pronto me entere. ¿Es cierto?—indago, ocultando eficientemente su alegría por la desaparición de Sakura.

-Desafortunadamente sí—admitió Izumi con la mirada baja.

Sarada deseo que Izumi hubiera guardado silencio pues la aparente victoria en los ojos de Naoko era palpable, y ella no permitiría que nadie olvidara quien era su madre y como, con toda seguridad, habría de volver a la mayor brevedad posible. Su madre era y siempre sería la única esposa legal del Sultan Sasuke, y nadie podía ni debía dudar de su poder y atentar contra su vida.

-Pero no estamos preocupados—aclaro Sarada con voz clara y fuerte para que nadie dudara de aquello en lo que ella creía, -nuestra madre volverá, nuestro padre se asegurara de ello—garantizo la Uchiha, depositando completamente su fe en su padre.

Naoko asintió, aparentemente conforme, ante las palabras de la Sultana Sarada en quien—claramente—podía verse reflejada la ausente Sultana Sakura. Daisuke se giró hacia las puertas, sintiendo su propia paciencia quebrarse, tenía que salir de allí y hacer algo o no podría encontrar paz, a cada momento que pasaba no cesaba de pensar en su madre y como estaría, si estaría viva o muerta siquiera. Temía no volver a ver a su madre sin haber hecho las paces con ella, sin haber podido pedirle perdón.

-No puedo seguir aquí—profirió Daisuke.

Sin más que decir y siendo seguido por Kagami, Daisuke avanzo a paso escueto y veloz hacia las puertas, que abrió por su cuenta, abandonando los aposentos del Sultan con su hermano tras él, determinado en salir del Palacio y encontrar a su madre por su cuenta si hacía falta, ignorando los gritos de Sarada ordenándoles que regresaran. Viéndose capaz de hacer lo mismo que sus hermanos, Shisui se encamino hacia la puerta, solo para ser detenido por Izumi y Sarada.

-No, Shisui—espeto Izumi al verlo igual de impetuoso por salir del Palacio. -Tú te quedas con nosotras.

Bufando y aceptando que en el fondo seguía siendo un niño, Shisui se sentó sobre el diván, incapaz de hacer lo mismo que sus hermanos…incapaz de ir en busca de su madre.


Las horas habían comenzado a transcurrir luego tantas diatribas y conversaciones absurdas, investigaciones e interrogatorios impuestos a todos quienes hubiera podido haber visto a la Sultana Sakura…pero nada. Rai le indico a otra de las tropas jenízaras que siguieran buscando asiduamente, la Sultana Sakura lo había criado, era como su madre…no se perdonaría el que le sucediera algo sin que él hubiera hecho todo en su poder para evitarlo.

-¿Qué haces tú aquí?

La repentina voz de alguien a su espalda lo hizo girarse encontrándose con Daisuke y Kagami que descendían de sus caballos, siendo el primero quien parecía más desconfiado a causa de su aparición. A Rai le dificultaba entender como ellos dos, sin el permiso del Sultan, abandonaban el Palacio solo porque sí, claro, la vida de la Sultana Sakura era importante pero ellos estaban sometidos a una ley todavía mayor, él se perdonaría el errar y arriesgarse, pero quizá sus dos hermanos no fueran perdonados con tanta facilidad.

-Kagami…- intento debatir Rai, sabiendo que era mejor hablar con el pelicastaño a con Daisuke.

-Ella es nuestra madre, no la tuya—recordó Daisuke venenosamente, impidiendo que Kagami contestara. El pelicastaño entorno los ojos ante el exabrupto de su hermano, como si ya no tuviera suficiente, se dijo el Príncipe incapaz de creer en la inmadurez de su hermano mayor. -¿Cómo sabemos que la Sultana Naoko no planeo esto?

Pero aquella pregunta hizo pensar a Kagami, ¿Y si la idea de Daisuke no era del todo errónea? Para Kagami estaba claro que su madre y la Sultana Naoko no se llevaban bien, era la oportunidad perfecta para deshacerse de ella si se estudiaba bien, su madre nunca sufría un atentado de tal magnitud solo porque si, ella era muy amada por la gente y el pueblo, nadie jamás tenía motivos para ofenderla de ninguna forma, muchos menos herirla. ¿Era posible? Claro que sí y quizá Naoko efectivamente lo hubiera hecho, pero ese no era el momento más adecuado para comenzar a debatir conjeturas y nada probado.

-Estás loco, Daisuke—insulto Rai, incapaz de contener su furia ante esa mísera mención. Su madre nunca habría algo como eso, ella no tenía nada contra la Sultan Sakura, ella misma se lo había prometido y Rai lo creía, no tenía por qué dudar de su madre. -¿Por qué mi madre haría algo así?

Antes de que Daisuke pudiera atreverse a rebatir la absurda pregunta de parte de su hermano, el eco de los cascos de un caballo los hizo dirigir su mirada tras ellos, reconociendo aquel portentoso eco proveniente del caballo de su padre que se detuvo a sus espaldas. Los tres Príncipes bajaron la mirada por respeto mientras el Sultan, claramente molesto por la osadía que habían tenido, bajaba de su caballo en compañía de la Princesa Koyuki que venía en otro caballo tras él, como la escolta jenízara. El Uchiha se detuvo frente a sus tres hijos, observándolos en espera de una respuesta, pero ninguno emitía palabra alguna.

-¿Qué hacen aquí?—demando saber Sasuke, con escasa paciencia luego de la noticia dada por Kakashi y habiendo regresado a la ciudad tan pronto como le había resultado posible. -No les di mi permiso—recordó.

Olvidando su rencilla anterior, Rai y Daisuke—profundamente feliz al ver a Koyuki allí-se observaron entre sí con ligero nerviosismo, sin saber quién de ellos debía hablar con su padre para convencerlo del porque estaban allí, pero Kagami—sin lugar a dudas—se les adelanto, dando un paso al frente y reverenciando debidamente a su padre y Sultan más que nada.

-Padre, no podíamos quedarnos en el Palacio, es nuestra madre—justifico Kagami, sabiendo que padre confiaría en su criterio tanto como confiaba en el de su madre porque ambos tenían una mentalidad casi idéntica por así decirlo. -Si tú te preocupas por ella, nosotros igual—comparo viendo a su padre cerrar los ojos, sabiéndose derrotado, era imposible lidiar con Kagami, eso era como discutir con Sakura e intentando salir victorioso de ello. Lo más imposible que podía existir. -Por favor, permítenos quedarnos—rogo el Príncipe, bajando la cabeza.

Kagami se ceñía al protocolo, seguía la reglas, obedecía todo cuanto él considerara prudente…¿Cómo negarse ante este primer acto remotamente cuestionable si era en son de su madre? Sasuke no podía negarse, por aquella vez no podía negarse.

-Está bien—accedió viendo asentir vehementes y agradecidos a sus tres hijos, sobre todo a Kagami, -pero no se alejen—demando sabiendo muy bien que los peores enemigos, del Imperio y la familia Uchha en general, aprovecharían una oportunidad así para volver a atacar, -no sabemos que pueda pasar—recordó.

Asintiendo, Kagami y Rai siguieron diligentemente a su padre con Daisuke y la Princesa Koyuki tras ellos quienes no pudieron evitar observarse fugazmente, entrelazando una de sus manos entre sí con aquel tacto que tanto habían necesitado del otro. El perdón había llegado para ambos: podían volver a darse la oportunidad…


Las horas habían pasado y el atardecer no tardo en tomar parte en el cielo anaranjado y en el Palacio Imperial donde seguía reinando la incertidumbre más grande jamás imaginable.

Sarada abrazo a Midoriko que no pudo evitar buscar refugio en su cálida y hermanable presencia que le recordaba tanto a la Sultana Sakura quien siempre había sido como su madre. Para ella era dolorosísimo pensar que la Sultana no volviera a aparecer, ella era la guía de todos y quien administraba cada institución de carácter menor en la jerarquía Imperial, el orden solo existía gracias a ella…todo se vendría abajo si ella desaparecía para siempre.

La Sultana Uchiha levanto la mirada hacia la puerta en cuanto esta resonó ante un incesante repiqueteo de golpes respetuosos y constantes.

-Adelante—índico Sarada.

La puerta, en el acto, se abrió con un ligero chirrido permitiendo el ingreso de Boruto que reverencio debidamente a las Sultanas Sarada, Izumi y Midoriko, así como al Príncipe Shisui. La Sultana Naoko se había retirado hacia horas luego del displicente comportamiento de parte de la joven Sultana Sarada que, sin titubeo alguno, hacia valer su autoridad por encima de la de cualquier persona en el Palacio como la digna hija de la Sultana Sakura.

-Boruto, gracias a Kami estas aquí—saludo Izumi sin conseguir ocultar la sonrisa que hubiera deseado lucir solo para él. Pero había cosas mucho más importantes en las que pensar. -¿Y mi padre?

-No le sucedió algo malo, ¿o sí?—se aventuró a preguntar Midoriko, temiendo lo peor.

La Sultana Midoriko no pudo evitar preocuparse de igual modo, el Imperio ya estaba pendiendo de un hilo ante la ausencia de la Sultana Sakura, ¿Qué sucedería si ahora le ocurría algo al Sultan Sasuke? Daisuke ya no parecía estar capacitado para atender los asuntos de estado, el Príncipe Rai no era plenamente legítimo, el Príncipe Kagami no tenía descendencia y el Príncipe Shisui era demasiado joven.

-Descuide, Sultana—tranquilizo Boruto sin poder evitar clavar su mirada en la Sultana Sarada que, pese a su temblé aguerrido, le suplicaba respuestas con aquellos orbes ónix cargados de fuego, emociones y temores, -su Majestad se quedó en el pueblo, espera poder dar con la Sultana antes de que sea tarde—explico para tranquilizar a las Sultanas.

La imagen de fortaleza y perfección, emitida por la Sultana Sarada, no era sino una pantalla para ocultar cuanto miedo albergaba en su corazón, cuan grandes eran sus preocupaciones ni cuanto sufría de solo temer que su madre pasara lo indeseable. Temía y sufría más que cualquiera de los miembros de su familia y todo porque su madre era tanto para ella. Sin necesitar estar presente, Sarada se levantó del diván ante la preocupada mirada de Midoriko e Izumi, y cruzo la habitación hacia la terraza.

Necesitaba estar sola y sentirse vulnerable con plena libertad.


El Harem estaba más vulnerable que nunca, las concubinas se deshacían en lágrimas, sollozos incontenibles y oraciones devota en espera de que la Sultana Sakura regresara, ella que había impuesto la paz, ella que había devuelto al Imperio a sus antiguos días de gloria y que había sacrificado su libertad y pasado para engendrar a cada uno de los Príncipes y Sultanas que ahora sostenían al Imperio y le daban forma, ella que había cedido, ella que había permitido mayores libertades para todos, ella que era amada por el pueblo y su gente.

Ella que era la dulzura del mundo a ojos del Imperio, ella que era llorada y añorada.


Sarada reposo sus brazos en el borde del balcón, contemplando con tristeza como el sol desaparecía en el horizonte, cerrando ese lapsus del tiempo que había transcurrido desde la desaparición de su madre y dando por sentado que no la encontrarían—quizá—hasta al el día siguiente, sin darse cuenta de cómo la preocupación hacia mella en ella provocando que, silenciosamente, una solitaria lagrima se deslizara por su mejilla hasta caer sobre el mármol del balcón.

Boruto entro en la terraza dándose cuenta de manera casi inmediata de las lágrimas que se deslizaban por el hermoso rostro de la Sultana. Sin poder evitarlo, Boruto rebusco en uno de los bolsillos de su chaqueta, encontrando un fino pañuelo de seda bordado en oro que no tardo en tenderle desinteresadamente a la Sultana Sarada que parecía estar completamente sumida en sus propios pensamientos.

-Sultana—llamo Boruto, haciéndose presente.

Saliendo de su ensueño, Sarada se giró hacia Boruto que diligentemente le ofreció un pañuelo, cosa que la extraño hasta que corroboro que, de hecho, estaba llorando, aceptado más que agradecida la atención de parte del Uzumaki que estaba ahí cuando ella más lo necesitaba.

-Gracias, Boruto—acepto el pañuelo, secando con él sus lágrimas y sosteniéndolo cariñosamente entre sus manos, gesto que enterneció al Uzumaki.

Romper ese extraño pero acogedor silencio que se formaba entre ambos era un gran reto, pero un reto que Boruto disfrutaba de vivir y sentir a cada momento, el saber que ella lo consideraba su amigo era un avance que el Uzumaki jamás hubiera podido concebir siquiera y—pese a que su corazón y ser exigieran más—se conformaba con ello y con el aprecio que la Sultana tenia por él.

-Admiro su coraje, Sultana—confeso al verla tan decaía y cabizbaja pese a ahora lucía un tanto más correcta al no saberse sola. Sarada se giró extraña al oírlo decir eso, -nadie podría hacer lo que usted.

La Sultana no pudo evitar arquear una ceja ante los halagos del Uzumaki, distaban mucho de los que sus doncellas y aliados solían darle, eran sinceros pero muy diferentes al mismo tiempo, sentía como si las fuerzas volvieran a ella con solo escucharlo, como si el tuviera un poder sobre ella que no tenían los demás.

-¿El qué?—cuestiono Sarada sin demasiado interés, para preocupación de Boruto. -Solo intento mantener la calma en este Palacio, como desearía mi madre—añadió esto para puntualizar el porqué de esa imagen de Sultana o mujer de hierro, algo que distaba mucho de ella, -en el fondo no soy como ella, no puedo ser como ella—se expresó, bajando la mirada, -yo no soy tan fuerte.

-Claro que lo es Sultana—refuto Boruto, preocupado al verla tan decaída producto de la desaparición de la Sultana Sakura, -usted es su viva imagen, estoy seguro de que si usted se hiciera cargo de todo…nadie se opondría a usted—prometió, tratando a la Sultana con el debido respeto. El Uzumaki observo ligeramente confundido a la Sultana en cuanto esta pareció encandilarse con algo de su físico, haciéndolo sentir nervioso, ¿Estaba siendo demasiado obvio?. -¿Sucede algo, Sultana?—indago Boruto, ocultando eficientemente sus nervios.

Sarada negó rápidamente ante la preocupación del Uzumaki, más no apartando sus ojos del rostro de él, notando su nerviosismo. Nunca había reparado en él de esa manera, pero gracia a ello ahora podía darse cuenta de algo útil pero maravillosamente llamativo de él, algo que ni siquiera Naruto Uzumaki poseía…

-¿Nunca te dijeron que tienes unos ojos muy bellos?—se atrevió a indagar al Sultana, cautivada con los brillantes orbes topacio de él, más brillantes que cualquier zafiro y más claros que cualquier mar azul que hubiera podido ver. -Más azules que el mar circasiano- adulo, habiendo contemplado aquel mar en su infancia, -deslumbrantes, son el reflejo de tu alma; honestos, sinceros y amables—admitió, sintiéndose más plena y mucho más calmada con solo hablar con él.

Adulado profundamente por aquellas palabras, Boruto tuvo la osadía de hacer lo mismo que ella y perderse en aquellos hermoso orbes ónix como no existían otros, brillantes e inocentes y que cargaban una pasión claramente incomparable, majestuosa, esplendida, increíble y casi divina, ella era como una diosa retratada por la mitología griega romana, la Venus, la belleza hecha mujer.

-Como sus ojos Sultana—se atrevió a adular a la Sultana Sarada, viéndola sonrojarse por primera vez desde que habían comenzado a interactuar entre sí, -profundos, intensos, oscuros e inalcanzables—admitió eso último pues eso era ella a su entender, la mujer más inalcanzable que hubiera podido imaginar o tener tan cerca y tan lejos a la vez. -Usted hace que todo hombre se sienta vasallo—añadió esto para sí, provocando que ella sonriera radiante como la luna misma que ahora iluminaba el firmemente. -Eso es. Si usted sonríe, soy victorioso.

Sarada se mordió el labio inferior, profundamente agradecida por la atención del Uzumaki...él podía hacer que olvidara su dolor, tristeza y penas, él era na luz en su vida.


Las calles eran exhaustivamente vigiladas y toda casa que se encontraba sospechosamente en silencio era registrada, hasta esa hora de la noche seguía sin haber rastro alguno de la Sultana Sakura para impaciencia del Sultan que no conseguía siquiera sospechar donde pudiera encontrarse. Uno de los escoltas del Sultan y miembro de la elite jenízara; Kiba Inuzuka, abrió la puerta de una de las viviendas que, hasta entonces, había permanecido cerrada, ingresando sin dilación alguna y encontrando lo tan ansiadamente perseguido:

-¡Majestad!, ¡Majestad, es aquí!

Sasuke se giró hacia el origen de aquella joven, siguiéndola a toda prisa al igual que sus hijos y su escolta. El Uchiha entro en la casa, sintiendo como su alma y corazón volvían a unirse con solo verla allí, tumbada sobre la cama. Ni siquiera se dio cuenta de cuan pronto se encontró a su lado, temiendo que aquella imagen no fuera sino una triste ilusión pues la palidez de ella eso parecía indicar.

-¿Sakura?—llamó el Uchiha, zarandeándole ligeramente el hombro y no obteniendo respuesta para su pesar, -mírame, Sakura—volvió a repetir el gesto pero nada sucedió.

-Majestad, no la mueva—sugirió Naka que, junto a Metal Lee, comprobaban el estado del Uzumaki que yacía igualmente inconsciente y pálido con una mancha de sangre en e pecho producto de la herida de la flecha.

O fue hasta que Naka lo advirtió que Sasuke reparo en la herid que la pelirosa tenía en el costado y que, pese a ya no sangrar, había machado casi por completo la tela afianzada como un torniquete fijo para evitar que continuara la hemorragia. ¿Cuánta sangre había perdido?, ¿Era demasiado tarde? Esas malditas preguntas no cesaban de retumbar en la cabeza del Uchiha que temía haber llegado demasiado tarde.

-Madre, abre los ojos por favor—rogo Daisuke a su lado, incapaz de moverse siquiera.

No quería aceptarlo, no podía ser una posibilidad siquiera, ella no podía morir, ella era mucho más fuerte que eso como para permitir el rendirse tan fácilmente. Negandose completamente a aquella idea, Sasuke volvió a zarandearle ligeramente el hombro, sin volver a recibir respuesta.

-Sakura, por favor—rogo, incapaz de aceptar esa posibilidad, -solo abre los ojos, di algo por favor—suplico hasta que una idea vino a su mente. Tal vez ella no pudiera responderle, tal vez estuviera demasiado débil para despertar siquiera…pero había una forma de saberlo. Sasuke se inclinó tan cerca como le fue posible al rostro de ella, sintiendo lo escasa, suave y nimia que era su respiración, muy débil, pero aun latente. - Respira, gracias a Kami—tranquilizo Sasuke, viendo sonreír a Daisuke, Rai y Kagami.

Incluso la Princesa Koyuki, de pie tras Daisuke, sonrió al ver que la búsqueda, en efecto, había dado su tan anhelado fruto. Daisuke e giro hacia Koyuki que sonrió, entrelazando fuertemente su mano con la de él, brindándole ese apoyo y tranquilidad que él necesitaba en ese momento en específico.

-Tenemos que llevarla al palacio—planeo Daisuke inmediatamente.

-Y lo haremos—secundo Kagami inmediatamente, observando a su madre con lágrimas en los ojos, sintiéndose más feliz que nunca con saberla a salvo, -pero debemos pensar como, en su estado no es conveniente moverla demasiado—recordó viendo asentir vehemente a Daisuke.

Pero la mente de Sasuke no podría haber estado más lejos de la realidad mientras contemplaba el palio rostro de ella, sereno a pesar de todo y combativa como solo ella podía ser, no se había rendido a pesar de las adversidades ni cuan grandes fueran los problemas, ella seguía allí y como si lo sintiera—por primera vez—envió ligeramente su cabeza hacia el tacto de él.

-Sakura—murmuro Sasuke.

Ella seguía peleando.


A medida que avanzaba la noche, Sarada, Boruto, Izumi y Shisui no hacían sino sentirse cada vez más nerviosos y desesperados. La Sultana había hecho que Midoriko se retirara a dormir, para cuidar además de sus hijos, pidiéndole además que velara el sueño de Izuna si le era posible puesto que, en ese momento, su deber era emular el ejemplo de su madre y mantenerse firme ante todas las adversidades, pero solo en apariencia porque jamás podría siquiera intentar ser tan segura como ella que, pese a sentir dolor solo lo…aceptaba.

-¡Abran las puertas!

La repentina orden de su padre, del otro lado de la puerta, los sobresalto antes de que las puertas fueran abiertas permitiendo la entrada del Sultan que cargaba en sus brazos a su inconsciente esposa. Sarada observo boquiabierta a su madre que fue cuidadosamente depositada sobre la cama, incapaz de creer que una visión tan frágil de ella fuera posible siquiera, era como un interludio entre la vida y la muerte, hermoso pero extrañamente triste y desoladoramente desgarrador

-Papá, ¿ella está bien?—indagó Izumi, en voz alta, clavando su mirada en su madre.

La pregunta de la Sultana Izumi no recibió respuesta ante la distracción del Sultan cuyos pensamientos solo estaban reservados para la Sultana Sakura. Boruto se retiró velozmente para ir en busca del doctor C, el único individuo en el Palacio que podía tratar y curar a la Sultana. Sin poder evitarlo, y completamente preocupada, Sarada apoyo una de sus manos sobre el hombro de su padre, igual de atenta ante las reacciones de su madre que no dabas señales de despertar ante aquella preocupante e inequívoca palidez.

-No lo sabemos—respondió Kagami en vez de su padre, asintiendo ante la preocupación de Izumi y la propia.

Ambos, hermano y hermana, así como Shisui, no pudieron evitar acercarse a las cercanías de la cama tanto como les fue posible, sumamente preocupado y más que capaces de imaginar lo peor en ese momento, temiendo que su madre les fuera arrebatada pese a ser aún muy joven. Rai avanzo entre Izumi y Kagami, pidiéndole que retrocedieran, cosa que los extraño antes de darse cuenta de la postura que estaban tomando respecto a la situación.

-No se amontonen, dejémosla respirar—pidió el pelicastaño, igualmente preocupado por la Sultana.

Sarada, de pie tras su padre, agradeció silenciosamente el poder ver a su madre siquiera, habiéndose hecho a la idea—anteriormente—de que quizá jamás tuviera la oportunidad de verla otra vez, temiendo no haber sido todo cuanto ella, quizá, hubiera deseado que fuera como Sultana, pero ahora Sarada no hacía sino rezar porque se recuperara tan pronto como fuera posible, sopesando el comentarle a su padre su teoría con respecto a la posible responsabilidad de la Sultana Naoko en el atentado, ella tenía motivos más que suficientes.

-¡Traigan un médico ahora mismo!—grito Sasuke a los guardias jenízaros en la puerta que se hubieron retirado de forma inmediata.

Sakura tenía que sobrevivir.


Con lágrimas en los ojos y una sonrisa de plena alegría, Lady Ino entro en el Harem recibiendo como saludo la mirada de todas las jóvenes concubinas presentes que esperaron alguna repuesta o palabra, algo que les dijera que la Sultana Sakura habría de volver, algo que le diera esa esperanza que tanto necesitaban, creyendo que ella volvería al Palacio como siempre.

-Señoritas, todas reúnanse—pidió Ino viendo como todas, lentamente y meditativas, avanzaban hacia ella, manteniendo una distancia prudente. -Más cerca—pidió Ino sin poder evitar sonreír, causando la extrañeza de todas que estaban impacientes por una respuesta, -Kami es misericordioso y ha permitido que la Sultana vuelva a estar con nosotros—todas las presentes chillaron ante aquellas palabras, abrazándose eufóricamente entre sí o agradeciendo al altísimo en una silenciosa oración. -El Sultan llego con ella hace unos momentos—anuncio antes de entristecer nuevamente su mirada para preocupación de las jóvenes que vieron obstaculizada su alegría. -No se tranquilicen aun…su estado es delicado y debemos rezar por su pronta recuperación.

Asintiendo, todas regresaron a sus anteriores lugares, volviendo a orar de todo corazón por la recuperación de la Sultana Sakura, si había vuelto, tenía que sobrevivir, el Imperio no sería lo mismo sin ella.


PD: en verdad lamento la demora pero me están lanzando muchos exámenes y deberes, pero como los deje atragantados y con el alma pendiendo de un hilo, hice esta actualización más larga en espera de satisfacer sus expectativas, dedicada como siempre a: melilove, Adrit126 (pidiéndole paciencia con lo del NaruHina, recordando además que Hinata esta muerta pero viva en la mente de Naruto), DULCECITO311 (cuyos comentarios adoro como siempre :3) Miara Makisan (a quien pido perdón por la demora, como a todos). Quizá actualice nuevamente este fin de semana, pero todo depende porque estoy escribiendo los próximos capítulos de dos de mis otros fic "El Sentir de un Uchiha" y "El Emperador Sasuke" por si se interesan en leer. Gracias a todos, mis queridos lectores :3 besos, abrazos y hasta la próxima.