¡Hola a todos! Por fin publico, diréis: ya la tocaba a la pesada esta jeje pero tengo que decir que la semana pasada ya tenía casi todo escrito cuando mi inspiración se fue por un acontecimiento bastante doloroso para mi: murió mi perro, mi niño Salem... en fin, llevaba 9 años conmigo, pero aún me parece poco el tiempo que pude pasar con él. Le echo de menos :( Así que disculpadme por mis días de luto que he tenido. Además, de pura casualidad, en este capítulo sale un gato llamado Salem y la escena... en fin, odio las casualidades, y más teniendo en cuenta que esa escena la escribí días antes de su muerte, cuando la leáis sabréis por qué me siento tan culpable...

¡En fin, fuera tristeza! Os dejo el capítulo a toda leche porque en unas dos horas tengo que coger un avión que me voy de vacaciones a ver a la familia. ¡No os alarméis! Llevo el Internet conmigo, por lo que iré escribiendo el siguiente y le publicaré en cuanto lo tenga, haya vuelto a casa o no ;)

Os contesto rápidamente a los reviews anónimos:

Kittymariposa: Me alegro que te gustara el capítulo! también es uno de mis favoritos ;) un besazo!

Andy: ¡Hola perra! Madre mía si has sido rápida en este capítulo jeje en este no creo que lo seas porque no me ha dado tiempo avisarte, y yo creo que ni tú te fías de mi memoria :P disfruta del veranito wapi!TQQ!!

Bueno, ya está... Este capítulo es uno de mis favoritos por trama, pero creo que no me ha salido como quería por todo esto... si véis algún fallo (soy capaz ¬¬) decídmelo! A leer...

Disclamer: Haber... rubia sí soy, millonaria? JA! más quisiera... Inglesa? Aún ando peleándome por ir a Londres, así que no... por consiguiente, quién creería que yo gano dinero con esto?

El capítulo está dedicado a mi perruco, mi mascota, mi compañía y mi amigo... porque donde esté sé que estará bien, y porque nunca lo voy a olvidar nunca. Por Salem ;)

AVISO: Hay alguna escena que, aunque está pasada por encima, puede herir la sensibilidad, por lo que aviso... OoO Escena desagradable OoO

"JURO SOLEMNEMENTE QUE MIS INTENCIONES NO SON BUENAS"

O-oOOo-O

Capítulo 24: La verdad de Sadie y Jeff

Seguramente hacía muchos años que ese despacho no estaba tan concurrido. Dumbledore ni siquiera había tenido tiempo de terminar de comer el primer plato, cuando recibió el primer aviso de Fawkes. De camino a su despacho, recibió otros dos avisos, y al llegar se encontró a más de quince padres y madres congregados en la estancia, hablando unos con otros ruidosamente.

- Buenas tardes, señores. Me puedo imaginar lo que les ha traído aquí.

Intentó que su tono fuera tranquilizador, pero de igual forma se vio abordado por varias personas a la vez, que hablaban en un tono más alto del normal para una conversación razonable.

- ¡Queremos explicaciones, Dumbledore!

- ¿Qué hacen esos chicos en Hogwarts?

- ¡O soluciona esto en el acto, o saco a mis hijos del colegio esta misma tarde!

El profesor suspiró, y se abrió paso hasta el centro de su despacho.

- Les ruego que me escuchen.

- ¿Es cierto lo que dice El Profeta? –le interrumpió Martie Wayman, madre de una alumna de séptimo curso de Ravenclaw y de un alumno de tercero de Gryffindor-.

- Me temo que sí. Bernard Duncker ha escapado de Nurmengard y...

- ¡Queremos saber si es cierto lo de que sus hijos están matriculados en este colegio, al lado de nuestros hijos! –volvieron a interrumpirle, en esta ocasión Joseph Bennett, el padre de Mark-.

Dumbledore suspiró, notando la impaciencia y la incomprensión de los padres.

- Tengo que explicarles la situación como es debido.

- ¡Entonces es cierto! –exclamó Francis Yexter, padre de una chica de séptimo de Slytherin-.

- Sí, pero déjenme que les explique.

El murmullo que creció al confirmarse la noticia, y las palabras del director quedaron opacadas. Había padres que parecían capaces de llegar a las manos contra el anciano. Realmente el asesinato de los Johnson había sido un episodio que había afectado enormemente a la comunidad mágica, y nadie estaba dispuesto a tolerar siquiera a la familia del mortífago.

Al comprender que la situación se le estaba yendo de las manos, Dumbledore miró hacia Fawkes que estaba colgado de su percha observándolo todo con su característica elegancia, y le hizo un gesto. El ave inmediatamente comenzó a cantar una melodiosa voz, que consiguió hacer callar a la multitud que le miraban entre sorprendidos y emocionados. De inmediato el canto del fénix cumplió su cometido, que era calmar los ánimos de las personas allí reunidas.

Dumbledore suspiró, agradeciendo mentalmente a su viejo amigo. Alzó la varita y convocó más de veinte sillas plegables que se acumularon en una de las paredes del despacho.

- Les ruego que me escuchen primero lo que tengo que decirles. Después pueden preguntarme lo que quieran, o hacer lo que crean conveniente –les dijo invitándolos a sentarse-.

La mayoría aún parecía reticente.

- ¿Dónde están esos chicos ahora? ¿Y nuestros hijos? –Marian Bennett, la madre de Mark-.

- Sus hijos están todos comiendo en el Gran Comedor, custodiados por el resto del profesorado. Si quieren verlos, después puedo hacerles llamar. Los muchachos no se encuentran allí.

Eso tranquilizó a los padres, aunque Dumbledore se cuidó de mostrar que eso era exactamente lo que le preocupaba. Ni esos dos ni el resto de los Gryffindor del último curso habían ido al comedor durante el almuerzo, y eso le creaba una gran ansiedad. Ese grupo en concreto era el que más le preocupaba, y que desparecieran todos a la vez, solo conseguía que sus sospechas crecieran. De todas formas, intentó evitar esos pensamientos, ya había pedido a la profesora McGonagall que les buscara por el castillo.

- Si son tan amables...

La gente comenzó a coger las sillas, sentándose en ellas ruidosamente, cuando la chimenea se volvió a prender y de ella salieron dos figuras. Dumbledore se giró a tiempo de ver salir por ella a Tomás y Cora Mendes. Mantuvo la expresión firme, pese a que sabía que el hecho de que la hija de ellos fuera uno de los desparecidos complicaba el asunto, y más tratándose de ellos. Se dirigió a recibirles con una sonrisa amable, aunque ninguno de los dos se la devolvió.

- Tomás, Cora, me alegro que estéis aquí.

- Albus, queremos...

- Ahora iba a explicar la situación al resto de los padres- dijo el director cortando la frase de la mujer, que se veía ansiosa-. Por favor, tomad asiento.

- Antes queremos ver a Gisele –contestó Tomás con seriedad-.

Albus suspiró. Eso iba a ser más complicado.

- He quedado con los demás en llamar a los muchachos al acabar la explicación. Dejad que los chicos terminen de comer tranquilamente. Están bien custodiados.

Le pareció mejor fingir que la muchacha y sus amigos estaban con el resto del alumnado hasta que les hubiera convencido de que no había peligro con esos dos mellizos. Notó la desconfianza del matrimonio, especialmente en la mujer que se veía cada vez más ansiosa por comprobar que su hija estaba perfectamente.

- Solo serán unos minutos –aseguró mirando seriamente a Tomás, intentando utilizar la confianza adquirida en la misión que estaban llevando últimamente-.

Este asintió, y tomó de la mano a su esposa para evitar que perdiera los nervios. Gisele había sacado la impulsividad de su madre. Ambos tomaron asiento junto a Natalie Hagman, la madre de Kate, a quien no habían visto hasta entonces.

Dumbledore suspiró, antes de apoyarse en su escritorio y encarar a la veintena de padres que le observaban exigiendo una explicación. Por suerte, había tenido tiempo suficiente para pensar la versión que les contaría. Desde luego no podía contar lo que Elizabeth le había revelado, pues aún había muchas cosas que no comprendía. Si aquello era cierto, realmente sería mucho más alarmante que el hecho de que Bernard Duncker resultara ser un simple mortífago asesino.

Así pues, había acordado con Elizabeth dar una explicación parecida a la que le había dado la mujer en un primer momento. Solo esperaba que los padres fueran tan confiados como lo había sido él.

OO—OO

Cuando Jeff entró con una confusa Nicole en la habitación, el ambiente no había mejorado mucho. Al menos entre Remus y Lily habían conseguido que los demás no atacaran a Sadie, y el hecho de que su hermana estuviera notablemente más tranquila colaboraba en ello. Sin embargo, todos se negaban a estar cerca de ella, cosa que tampoco parecía molestarla.

Jeff le cedió el paso a Nicole, que entró más insegura que nunca a la estancia. Después entro él, y cerró la puerta tras de si. No se atrevía a tocarla, pero le dolía verla así. Era como un animal enjaulado, encogida, temblorosa, y mirando a todas partes con sus expresivos ojos marrones. No se parecía a la Nicole extrovertida y alocada que conocía. De pronto se dio cuenta que todos les miraban.

- Ella también merece una explicación... –musitó para justificarse-.

Se adelantó para invitarla a sentarse junto a él, pero para sorpresa tanto de él como de Nicole, Grace se levantó, la cogió del brazo, y la hizo sentarse a su lado, pasando un brazo por su hombro de forma protectora. Nicole la miraba extrañada. Hasta entonces, Grace la había ignorado por completo. No la caía bien, y la rubia no hacía nada para disimularlo, pese a que tampoco había sido desagradable con ella. Sin embargo, en ese momento, pareció considerar que la pequeña del equipo de quidditch necesitaba apoyo, y se propuso dárselo. Nicole no se negó a ello. En esos momentos prefería estar junto a Grace que junto a Jeff. Que hubiera accedido a escucharle, no significaba que ya hubiera decidido creerle.

- Bien, solo os pido que me escuchéis un momento –pidió Sadie armándose de paciencia-.

Mientras se sentaba a su lado, Jeff pensó que nunca la había visto usar un tono tan amable, con nadie que no fuese su padre o Emil. Era evidente que pretendía ganárselos.

Alrededor, se oyeron bufidos de disconformidad. Rachel, otra vez con su imagen y a quien aún no habían quitado el hechizo silenciador, y Gis y Kate la abrazaban para evitar que saltara sobre ellos, se tuvo que limitar a mandarles miradas envenenadas. Lily tenía a James firmemente agarrado de la mano, intentando evitar que se dejara llevar por algún impulso. Remus vigilaba a Sirius, sentado al lado de él, y con Peter al otro lado mirándoles a ellos y a James alternativamente, indeciso de a quien hacer caso si las cosas se salían de madre.

- Quiero empezar aclarando que mi padre no es ningún asesino.

No fue un buen comienzo, pues todos comenzaron a hablar a la vez, ofendidos por la afirmación. Ni siquiera Remus y Lily intentaron calmar los ánimos, pues eso les enfurecía también a ellos. Las únicas que se mantenían calladas eran Rachel y Nicole. Una porque no podía hablar, pero que se revolvía para soltarse, y la otra porque no se sentía con fuerzas para replicar. Se limitó a mirar a Jeff con esceptismo y dolor, y él, que solo se había fijado en su reacción, tuvo que bajar la cabeza porque no fue capaz de sostener su mirada.

- ¿Si me comprometo a contaros todos los detalles, me escucharéis? –preguntó Sadie sin perder la calma-.

Jeff levantó la cabeza alarmado.

- ¿Todos? –preguntó incrédulo-.

- Todos –confirmó Sadie dirigiéndole una mirada dura-.

Jeff no estaba tan seguro de eso. Había pensado que les darían la misma versión que Dumbledore diría al resto del colegio: que aunque su padre hubiera matado a esa familia, ellos no lo apoyaban, ni tenían culpa de sus actos. Sabía que no era una decisión muy valiente, y sin embargo muy egoísta, pero se escudaba en que eso habían decidido todos, y que le daba demasiado pánico que se supiera su secreto. Más aún delante de Nicole.

Con el ataque de pánico, se levantó de golpe y agarró de un brazo a su hermana, arrastrándola con fuerza hacia un rincón, bajo la mirada atónita de los demás. Ninguno había esperando esa reacción precisamente de él.

- ¡¿Estás loca?! ¿Piensas contarles toda la verdad? –susurró Jeff a su hermana-.

- Pues sí. No se van a contentar con la versión oficial, y no voy a estarme todo el curso temiendo que me ataquen por la espalda. Además, deberías estar agradecido. A ti te tocará dormir con esos sádicos en la misma habitación.

- ¡Pero es mi secreto, no el tuyo! –susurró alterado. Si hubiera podido, la habría gritado-. Para explicarles la verdad tendrás que contar lo de mis visiones y...

- ¿Y qué más da? –le preguntó fulminándole con la mirada-. Al fin y al cabo, a ella ya tendrías que habérselo contado algún día –añadió señalando a Nicole con la mirada-.

Jeff bajó la cabeza, sin estar seguro. Era muy fácil que Nicole le rechazase, y que los demás le trataran de fenómeno, como ya había ocurrido en Geisterhaus. Sadie le dedicó una sonrisa burlona, y una mirada escéptica.

- ¿Pensabas ocultárselo? ¿Cómo? ¿Cómo pensabas explicarle tus reacciones ante una visión? –le preguntó muy deprisa-.

Jeff la miró extrañado. Sadie chasqueó la lengua impaciente, mirando de reojo a sus compañeros que hablaban en susurros furiosos. Nicole seguía en su mundo, pero Grace la seguía sujetando firmemente del hombro. Volvió a mirar a Jeff, perdiendo la poca paciencia que siempre destinaba para él.

- ¡Oh, vamos! No somos unos hermanos ejemplares, pero sigo conociéndote mucho. He visto cómo la miras, y tú jamás te habías atrevido a pedir salir a una chica, o lo que sea que hayas hecho. Se ve que ella es importante, así que mejor que conozca toda la historia.

Jeff no estaba seguro. Comenzó a temblar, inseguro, nervioso, y cada vez miraba a Nicole con más insistencia. En ese momento, Sadie comprendió su temor. Le miró más comprensivamente, mientras puso una mano sobre su hombro, para sorpresa de su hermano.

- Ella no te juzgara –le aseguró-. Sabrá comprender que es un don que tú no puedes controlar y que no es peligroso en absoluto.

- ¿Cómo voy a fiarme si ni mi propia hermana pudo entenderme? –preguntó Jeff. Era evidente que hacía años que había querido formular esa pregunta-.

Sadie sonrió tristemente, y le dio un golpe en el brazo. Aunque no quisiera o se negara a ello, comprendía a Jeff en muchos aspectos.

- No me lo hagas decir, anda. Sabes que en el fondo no te juzgué por ello.

Sadie sabía, y esperaba que Jeff también, que el principal problema de ella era que la hubiera gustado tener ella ese don. Jeff eso nunca lo había entendido. No se parecía a ella en absoluto, y en caso contrario él no lo habría envidiado. Sin embargo, después de tantos años, supo lo que pasaba por la mente de su sádica hermana, y por fin respiró hondo. Podía sonar absurdo, pero con ese entendimiento se les hacía más fácil la idea de intentar convencer a los demás. Ahora sabía que, en caso de que Nicole y los demás le rechazasen, al menos tendría a su hermana a su lado.

Jeff asintió, dándole permiso para divulgar lo que habría querido que fuera su secreto durante toda su estancia en Hogwarts. Sin embargo, Sadie no se apresuró a volver a su sitio a seguir con la explicación, sino que se les quedó mirando en la distancia, pensativa.

- ¿Qué pasa? –la preguntó su hermano-.

- No va a ser un público fácil. Estaba pensando si ya que me dejas contarlo todo, podría enseñárselo en condiciones.

- ¿A qué te refieres?

- Voy a por el pensadero.

- ¿El pensadero? –preguntó Jeff asombrado-. ¿Le has traído?

Dos años atrás, cuando su padre le había enseñado Legeremancia, la había regalado a Sadie un pequeño pensadero portátil, para que así guardara todos los pensamientos que no quería tener en mente. Sadie se rió sin humor.

- Claro que le he traído. Me habría vuelto loca si no. Este grupo tiene material para desequilibrar al más experto ellos solos. Voy a buscarlo.

- No tardes.

Ella echó a correr hacia la torre Gryffindor, dejando a Jeff en la puerta, bastante inseguro sobre si podría convencerlos él solo de no marcharse hasta que su hermana volviera.

- ¿Y esta dónde va ahora? –preguntó Sirius enfadado-.

- Ya nos estamos hartando de vuestro juego –aclaró James poniéndose de pie, ignorando el intento de Lily porque se quedara sentado junto a ella-.

Sirius también se había levantado, y Peter, tras pensarlo unos segundos, también se puso en pie. Jeff caminó unos pasos hacia ellos.

- Chicos, por favor, mi hermana...

- ¡¿Crees que encima que tenemos que soportar vuestra presencia en Hogwarts vamos a dejar que os riáis de nosotros? –estalló Sirius sacando todo su mal humor. Después se volvió hacia Remus, que escondía la cabeza entre las manos, sujetándose el puente de la nariz con dos dedos, suplicando paciencia para unos y otros-. No sé cómo pudiste comprometernos, Moony. No tenemos que estar aquí oyendo estupideces.

Remus levantó la mirada, indeciso sobre si responder bordemente a su amigo, o cargar contra Jeff. Se levantó, y decidió guardar silencio mientras comenzaba a pasearse por la habitación.

- Vámonos –propuso James tirando de la mano de su novia hasta que también se puso de pie-.

Lily ya no se oponía. De hecho, dudaba seriamente sobre ir hacia la puerta ella misma. Era más tranquila y lógica que los demás, pero si les iban a tener ahí toda la tarde solo para decirles que ellos no tenían la culpa de lo que su padre hubiera hecho, o que al "pobre" hombre le habían comido el tarro de tal forma que si había asesinado no era culpa suya, ella se marchaba. La primera opción sabía que era cierta. Ellos no eran responsables de lo que hubiera hecho su padre, pero tampoco Richard era responsable de que su padre fuera uno de los más famosos magistrados de toda Europa, y ahora él estaba muerto. Y sobre la segunda opción... eso les enfurecía a todos. Todo el mundo había visto las fotos, cómo le habían detenido en el lugar de los hechos, cómo no había puesto resistencia. Él los había matado, con más o menos conciencia, eso la traía al pario. Lo importante es que ellos estaban muertos, y él tenía la culpa.

Notó como Grace a su lado también se ponía de pie, y como Rachel había dejado de revolverse, volviendo a derramar silenciosas lágrimas de impotencia.

- Solo... –intentó de nuevo Jeff. Si no fuera porque ya sabían quien era, le habrían tenido lástima. Parecía nervioso y asustado-.

- Apártate –musitó James sacando su varita y apuntándole con ella-.

Lily le volvió a apretar la mano. En ese estado, era capaz de soltarle algún hechizo peligroso, y James no merecía que le expulsasen por eso. Jeff no se movió de la puerta, y Sirius se adelantó para empujarle y dejar el camino libre, cuando una pequeña figura también se puso en medio. Nicole había salido de su sopor, apartándose de Grace e impidiéndoles el paso.

- Aparta, niña –dijo James apretando los dientes-.

Nicole también parecía a punto de llorar, pero se sorbió la nariz, y comenzó a hablar con una voz aún más aguda de la normal.

- Solo quedaros unos minutos más. No perdéis nada.

- ¿De parte de quién estás? –exclamó Grace ofendida. Ella la había defendido-.

- De parte vuestra, pero necesito saber –musitó Nicole mirándola a los ojos. Después bajó la mirada, sonrojándose-. Yo... tengo que saber... solo escuchar... Antes de comer, Dumbledore ha dicho unas palabras sobre ellos, y no sé qué querría decir. Tengo que escuchar su versión para entenderlo, porque eso fue lo que dijo el director...

Grace suspiró, indecisa de qué hacer. Compartió con Lily una mirada, y la pelirroja también estaba en una encrucijada. Al final se decidió a quedarse, aunque fuera por Nicole. Ella también estaba metida en medio sin quererlo. Tiró del brazo de James y, sorprendentemente, él se volvió a sentar a su lado sin rechistar. Al ver que James volvía a su sitio, Peter se apresuró a sentarse de nuevo en el cojín al lado de Remus, quien seguía de pie, mirando a Jeff como si quisiera ver a través de él.

- Me sorprende que te lo hayas tomado con tanta calma –le susurró Lily a James mientras el escándalo seguía a su alrededor. Sirius no parecía tan conforme como los demás-.

James la miró unos segundos con el ceño fruncido, y después lo relajó, componiendo una pequeña sonrisa.

- Ya me lo cobraré con ella en el próximo entrenamiento de quidditch –la confesó. Lily ahogó una sonrisa, y apoyó la cabeza en su hombro para que no la vieran-. Ahora que lo pienso, tengo que buscarme un golpeador...

Le dio un ligero golpe en el hombro.

- Ahora no.

James parecía que nunca entendía cuando era el momento de dejar el quidditch aparte. Y Sirius seguía de pie, negándose a ser tan dócil como sus amigos, y mirando a James dolido por su falta de apoyo. Sin embargo, cuando Sadie volvió a la habitación con un recipiente en brazos del tamaño del libro de Historia de la Magia, Remus consiguió que se volviera a sentar.

- Estoy de aquí es un pensadero...

- Sabemos lo que es un pensadero –respondió Kate con voz dura-.

Sadie levantó la mirada para fulminar a su compañera, pero tras oír un gruñido de Sirius, decidió pasar por alto la impertinencia. Suspiró de nuevo. Nunca había tenido mucha paciencia, y la ocasión lo ameritaba. Sin embargo, no podía delegar aquello a Jeff, pues bastante afectado se sentía psicológicamente con todo eso.

- Bien, como todos sois tan listos e inteligentes, sabéis de sobra cómo funciona esto –comenzó sin poder contener la ironía-. Así que os invito a que os acerquéis, porque la única manera de que os creáis de que digo la verdad, es si la veis con vuestros propios ojos.

- ¿Quién nos dice que debemos fiarnos? –preguntó Sirius-.

- Porque todo el mundo sabe que los pensaderos no matan a nadie –contestó Sadie irónica-.

Lily fue la primera en levantarse. Se acercó a los hermanos, observando el pensadero que Sadie tenía en las manos, y el estuche negro que se acababa de sacar del bolsillo, dentro del cual debían estar ciertos recuerdos. En todos sus años en el mundo mágico, nunca había tenido la oportunidad de ver un pensadero de cerca, pero Severus la había hablado tanto de ellos que lo reconocería en cualquier lugar. Por eso estuvo segura que eso al menos no era algo peligroso, y que Merlín la asistiera si no sentía curiosidad.

- ¿Qué perdemos? –preguntó a nadie en particular-.

- Lo veo una pérdida de tiempo –insistió Sirius-.

James miró alternativamente a su amigo y a su novia, aún indeciso. Tras impactar con la verde mirada de Lily, que le miraba suplicante, se levantó y se puso a su lado.

- Ya estamos aquí –dijo encogiéndose de hombros-. Tal vez podamos darnos un garbeo por los recuerdos.

Lily le sonrió agradecida, y se volvió hacia su mejor amiga.

- ¿Tú qué dices, Grace?

La rubia aún miraba ofendida a Nicole, quien ya se había adelantado unos pasos. Después miró a su amiga con el ceño fruncido, y tardó varios segundos en decidirse. Después, al igual que James, se encogió de hombros.

- Supongo que lo único que perdemos, es tiempo.

Sirius resopló, molesto, y se puso de pie para comenzar a andar furioso por la habitación. Peter lo siguió con la mirada.

- Al menos os quitaréis de encima la curiosidad que tenéis de nosotros –sugirió Jeff hablando por primera vez-.

Eso hizo que Peter se levantara, y mirara a Remus, esperando. Pero este mantenía la mirada en su novia, que estaba entre Kate y Gisele.

- ¿No sale nada... ahí... de Richard, ¿no? –preguntó Kate con un toque de histeria, pues estaba segura que si la hacían presenciar su muerte, se pondría histérica-.

Sadie negó con la cabeza.

- Vuestro amigo no sale por ningún lado. No son recuerdos desagradables. Bueno, no para vosotros –corrigió-.

- Entonces, ¿qué hacemos? –preguntó Lily a los demás-.

- Vamos Pad. Al menos curioseemos –le dijo James a su amigo, intentando darle un toque de humor a la situación-.

Sirius dejó de pasar, y siguió frunciendo el ceño, pese a que una pequeña sonrisa cruzaba su cara. Solo James sabía picarle de esa forma.

- Rach, si no quieres ir, yo me quedo contigo –la aseguró Remus mirándola fijamente. Parecía que no había oído la conversación de los demás-.

Rachel bufó, pero ningún sonido salió de la garganta.

- De hecho, preferiría que ella viniera –intervino Sadie-. Y podéis quitarla en hechizo. Aquí todos sabemos quién es, y puede insultarnos lo que la de la gana.

Gis se apresuro a quitarla el hechizo en cuanto oyó aquello, pero en contra de lo que creyeron los demás, Rachel no se enzarzó en insultos contra los mellizos. Simplemente, el sonido de su llanto lleno la habitación. Ya había soltado todo su enfado, ahora solo sentía pena y desesperación. Tantos meses trabajando, arriesgándose para atrapar a lso otros dos asesinos de su familia, y al final, el único que estaba encarcelado había escapado, y ella tenía delante a sus hijos que, pese a parecer orgullosos de su padre, la trataban con amabilidad y cortesía. Era suficiente para volver loco a cualquiera.

- Rach, si no quieres ir, no pasa nada. Yo me quedo contigo –la repitió su novio-.

- Y yo también –aseguró Gis apretando su abrazo-.

Rachel se quedó unos segundos mirando el suelo, consciente de que todas las miradas estaban sobre ella. No sabía qué hacer. Sabía que aunque fueran sus hijos, eso no los convertía en asesinos, pero no podía evitar culparles de todo. Ellos estaban allí, ocupando su lugar y el de Richard, riéndose de que él estaba muerto y ella no podía mostrarse en público tranquilamente, y ellos sí. Por otro lado, estaba lo que había dicho la niña esa. No sabía quién era, pero su cara la sonaba de algo, y por los colores de su corbata deducía que era una Gryffindor. Habló de lo que Dumbledore había dicho. Estaba dolida con el anciano por todo eso, pero ese hombre se había portado muy bien con ella, y la había tratado como a una adulta, pero con el cariño de un abuelo. ¿Haría de verdad algo que la perjudicara? Quería creer que no.

Ellos habían dicho que eso no tenía nada que ver con Richard. Entonces, ¿por qué les iba a interesar a ellos? Lo preguntó en voz alta, intentando sonar razonable.

- Todo está relacionado –la contestó Sadie seriamente-.

Era tan complicado... Quizá sí tenía que ver con su familia... La curiosidad la estaba carcomiendo, pero no se atrevía a decir que sí en voz alta. Levantó la mirada, y se encontró con los dorados ojos de Remus mirándola con preocupación. Tragó fuerte, y asintió con la cabeza.

Remus se puso en pie al dar ella el consentimiento, y Gis y Kate la ayudaron a incorporarse. Oyeron a Sirius bufar en voz baja.

- ¿Qué vas a hacer, Padfoot? –le preguntó Remus-.

- Si vais los demás, tendré que ir...

- No tienes por qué...

- Si mis amigos van, yo voy –interrumpió el chico con voz dura-.

Sadie rodó los ojos. Todos serían difíciles, pero algunos iban a estar imposibles. Todos se arremolinaron a su alrededor, asegurándose de mantener las distancias, y esperaron a que la chica vaciara el contenido de un frasco en el pensadero.

- Oye, chica lista. ¿Cómo piensas montar para que lo entendamos? –preguntó Sirius-.

- No, ella nos lo traducirá, y como somos tan confiados nos los creeremos todo –ironizó James golpeando amistosamente a su amigo en el hombro-.

Los demás comprendieron en ese instante. La mayoría de los recuerdos serían en alemán, y ellos no lo entenderían. Sin embargo, antes de que estallara otra ola de gritos, Sadie sacó la varita y apuntó con ella al pensadero. Cerró los ojos, y mandó un hechizo sin abrir la boca. De su varita surgió un rayo amarillo que envolvió el pensadero unos segundos, antes de desaparecer. Después vertió el contenido del frasco en él.

De inmediato del fondo de la vasija surgió una especie de luz plateada, que se movía muy deprisa. Sadie la posó en el suelo, y todos lo observaron con interés, sobretodo aquellos que, como Lily o Kate, no habían visto uno nunca de cerca. Jeff fue el primero en adelantarse, y se inclinó sobre el pensadero, hasta que desapareció dentro de él. Kate no pudo evitar un respingo, mientras a Lily se la escapaba una pequeña sonrisa.

Después fue Rachel, quien le hizo un gesto a Remus para que fuera justo detrás de ella. Poco a poco, todos comenzaron a desaparecer, hasta que Sadie quedó la última, asegurándose que no faltaba nadie.

Cuando todos estuvieron dentro del recuerdo de Sadie, se permitieron mirar alrededor, para averiguar que estaban en una habitación en penumbra, apenas iluminada por una puerta entreabierta. Los muebles y las cortinas revelaban que era un dormitorio, y en el fondo de la habitación se veía una cama pequeña, ocupada por una niña que dormía plácidamente.

Antes de que veáis más, he de aclarar que este es un recuerdo de cuando teníamos doce, ¿o ya habíamos cumplidos los trece? –le preguntó a Jeff, quien se encogió de hombros tan perdido como los demás-. Vamos, el caso es que fue el verano después de nuestro segundo curso.

Jeff trafó fuerte, imaginándose lo que vendría a continuación. Pese a esperarlo, el grito que se oyó por toda la casa, le asustó tanto como a los demás. La pequeña Sadie se levantó de golpe, y pudieron ver su rostro aniñado, y su pelo corto como el de un niño, tan negro y descuidado como siempre, vestida con un pijama color verde bastante viejo. La niña miró a su alrededor, buscando algo, y de repente por el pasillo se encendieron más luces, y se empezaron a oír voces. Para sorpresa de todos, las voces se oían en un inglés clarísimo.

A estas alturas, los chicos habían olvidado su enfado por la curiosidad. La niña se acercó a la puerta de su cuarto poco a poco, y la abrió sin querer hacer ruido. Caminó por el pasillo, y ellos detrás de ella, hasta llegar a otro cuarto al doblar la esquina. La puerta de la habitación estaba abierta, y la luz encendida. Apoyado en el marco de la puerta, con una pose desdejada, había un hombre alto, desgarbado, y con el pelo tan negro como el de Sadie y Jeff, completamente despeinado.

Hasta que no se acercaron, no reconocieron en él a Bernard Duncker, y se tensaron como si el hombre se fuera a dar la vuelta y les fuera a atacar de la misma forma brutal que lo hizo con Richard y su familia. El hombre no pareció percatarse de la presencia de su hija, sino que miraba el interior de la habitación con una expresión inescrutable en el rostro. Sadie les hizo un gesto, y pasaron de largo a su versión más pequeña, y atravesaron al hombre como si fuese humo, entrando todos en la habitación.

Dentro se encontraba un pequeño Jeff en su cama, llorando a lágrima viva en brazos de su madre, una mujer rubia con el pelo rubio cortado en una melena corta y llena de rizos. El niño era mucho más bajito que si versión actual, y se notaba que le faltaba dar el estirón. De hecho, estaba seguros de que si se hubiera puesto de pie, sería varios centímetros más bajo que su hermana. Se aferraba a su madre con angustia, mientras ella se mecía atrás y adelante, acariciándole el sudoroso cabello.

- ¿Por qué veo eso, mamá? –preguntó con voz de niño, más infantil aún por las mañas-.

James y Sirius intercambiaron una mirada, y rodaron los ojos ante la debilidad manifiesta del muchacho.

- No lo sé, cariño... –le respondió su madre, intercambiando con su marido una mirada preocupada-.

El hombre parecía indiferente, pero en sus ojos se leía la preocupación. Era extraño ver esa expresión en alguien que consideraban un monstruo.

- ¿Qué has visto, Jeff? –le preguntó con seriedad-.

- Pues que se caía el techo del desván, y aplastaba a Salem, y se veía sangre y vísceras y...

El niño no continuó. Parecía que fuera a vomitar si seguía recordando la imagen. Nicole no pudo evitar mirar de reojo al Jeff actual, que se miraba a sí mismo con impotencia, seguramente rememorándolo todo.

- Salem era el gato de mi madre –explicó el chico a los demás-. Se lo regalaron sus padres cuando empezó al colegio, así que imaginad cuantos años llevaba con nosotros...

- Pero eso ha sido un sueño –le dijo Elizabeth a su hijo-. Mira, Salem está bien.

De repente, como si le hubieran llamado, un gato color canela se encaramó a la cama del niño y se restregó contra él, estirando las patas delanteras y luego las traseras. El niño le empezó a acariciar como si se fuera a romper. Gis sonrió contenta. La encantaban los gatos.

- Ya lo sé –dijo con voz sollozante-. Estaba conmigo, le vi entrar por la puerta, y lo vi. Yo estaba despierto, así que no ha podido ser un sueño...

- Quizá deberíamos estudiarlo, Eli –interrumpió Bernard desde la puerta, frunciendo el ceño-. Si me dejaras llevarlo al laboratorio...

- ¡No! –exclamó la mujer alterándose-. Solo son pesadillas. Se le pasará.

- Pero...

- Mi hijo no es un conejillo de indias para tus experimentos, Bernard. Que se te meta en la cabeza.

Bernard negó con la cabeza, molesto, y se dio la vuelta para salir de la habitación. Se quedó petrificado cuando vio a su hija en el pasillo, mirando la escena con el ceño fruncido.

- ¿Qué pasa? –demandó la niña-.

- Nada –respondió el hombre sonriéndola-. Tu hermano ha tenido una pesadilla, eso es todo.

- Otra vez... –bufó la niña rodando los ojos-.

Bernard sonrió de forma arrogante, elevando solo un extremo de los labios, recordando peligrosamente a las sonrisas post-bromas de James. Este de pronto recordó cómo Sadie le había dicho en cierta ocasión que confiaba en él porque le recordaba a su padre, y comprobó que, al menos en la sonrisa, era cierto.

- Ese problema tú no lo tienes, ¿eh campeona?

- Es evidente. Ya no tengo edad para asustarme por pesadillas –respondió la niña con frialdad-.

Su padre se acercó y la cogió bajo las axilas y la elevó en el aire con fuerza, para después dejarla de nuevo en el suelo.

- Pues a la cama, valiente. Que me da que te has levantado con la excusa, y en el fondo sí que vas a tener miedo –la dijo con una risa divertida-.

De pronto la imagen se fue volviendo más borrosa. Los chicos se extrañaron, y miraron a Sadie y Jeff por si algo iba mal, pero los hermanos estaban demasiado ocupados mirando a su padre con miradas enternecidas.

- ¿Qué pasa? –preguntó Peter-.

- Está cambiando de recuerdo –susurró Sadie con la voz tomada-.

- ¿Vamos a estar mucho rato haciendo el imbécil? –preguntó James que, ahora que ya no estaba la escena para entretenerle, había vuelto a recordar su furia-. Porque ver como este tiene pesadillas no hace que me deis más pena.

- Yo opino igual que James. Por mucho que me enseñéis lo tierno y dulce que es vuestro padre con vosotros, para mi seguirá siendo un asesino.

Sadie ignoró el comentario de James y el tono ácido de Rachel que sobrepasaba la ironía. Cuando otra nueva escena se formó, todos volvieron a distraerse en ella. Esta vez era Sadie, vestida con una túnica veraniega, que atravesaba corriendo una pequeña cocina. Por la luz que entraba por las ventanas, se podía deducir que era más o menos mediodía.

- Mamá, me ha escrito Emil –la dijo a su madre-. Dice que si puedo ir a Hoffgarten esta tarde. Está su padre, él se encarga.

Elizabeth levantó la vista del libro que estaba leyendo.

- ¿Qué vais a hacer? –la preguntó tranquilamente-.

- Creo que mencionó algo de quidditch. Seguro que quiere jugar un rato. ¿Me dejas ir?

- Llévate a Jeff contigo.

La niña frunció el ceño y la miró fríamente.

- ¿Por qué? No quiero.

- Porque lo digo yo, Sadie –suspiró la mujer-. Ya es hora que...

Un estruendo la interrumpió, y madre e hija se quedaron mirando extrañadas por unos segundos, antes de reaccionar corriendo hacia el lugar donde procedía el ruido. Los demás las siguieron por detrás, y recorrieron media casa antes de llegar a su destino: el desván.

Allí todo eran hierros y amasijos de madera, pero Sadie encontró un hilito de mancha roja que no presagiaba nada bueno. Elizabeth también lo vio, y comenzó a respirar entrecortadamente.

- ¡¿Jeff?! ¿Jeff, estás ahí?

El niño no contestaba, y nadie sabía si eso era una buena o mala señal. Desde luego no podía ser una noticia fatal, pero el Jeff de diecisiete años estaba de pie junto a los demás, mirando la escena como si volviera a ser la primera vez que la veía.

- ¡Jeff! –gritó su madre más fuerte-.

De entre los amasijos se escuchó un leve gemido, y la mujer se hizo sitio como pudo, rasgándose las manos en el proceso. La pequeña Sadie miraba el suelo, la mancha roja de sangre, como si la hubiera petrificado.

Del fondo se vio como su madre conseguía apartar un gran trozo de madera, y el pequeño Jeff se descubrió. Estaba perfectamente. Había entrado por otro extremo de la montaña de madera, donde aún estaba marcado el hueco por el que se había introducido. Miraba con los ojos desorbitados y la respiración agitada el suelo, donde había un espectáculo altamente desagradable.

Gis tuvo que apartar la mirada, apoyándose en el hombro de Kate, y Grace tuvo una arcada por el asco. En el suelo había un gato completamente aplastado, con el craneo roto por varios lugares y los sesos desparramados por el suelo. Era una imagen realmente asquerosa. El pequeño Jeff respiraba entrecortadamente cuando su madre le abrazó para impedirle mirar el malogrado animal.

- Es lo que vi. Está todo igual. A Salem le pillaba justo debajo cuando iba a saltar para la ventana –susurró el niño. Parecía como si estuviera en trance-.

Su madre le empujó para salir de allí, pero en ese momento el niño pareció ser consciente de la situación.

- ¡Yo lo había visto! ¡Sabía que pasaría! ¿Te acuerdas la otra noche? ¿Te acuerdas? ¡No estaba soñando, Salem entró a mi cuarto y entonces vi lo que pasaría!

Seguía gritando mientras su madre conseguía que llegara hasta donde estaba su hermana, que le miraba con odio.

- ¿Qué le has hecho? –preguntó la niña con frialdad- ¡Has sido tú! ¡Tú has hecho algo para que pase!

- No, yo no...

- ¿Qué clase de monstruo eres?

- ¡Sadie, cállate! –la gritó su madre-.

La niña la miró con odio, y se marchó corriendo, haciendo que perdieran la imagen de la mujer. La estancia comenzó a desvanecerse.

- ¿Qué coño...?

Sadie levantó la mano interrumpiendo a James. Todos estaban atónitos, y miraban a Jeff para que les diera una explicación. Pero el muchacho no levantó la vista del suelo. Antes de que nadie más tuviera oportunidad de preguntar más, otra imagen volvió. Estaban todos en la cocina, y por las ropas debía ser ese mismo día. Su padre estaba sentado en el cabecero de la mesa, escuchando atentamente todo cuanto decía el niño.

Sadie estaba sentada junto a su padre, con el ceño fruncido, y mirando de vez en cuando como su madre abrazaba a su hermano. Cuando Jeff terminó, hubo un silencio prolongado.

- Esto hay que estudiarlo, Eli –dijo el hombre-. No es casualidad, no puede serlo. Ya van demasiadas veces.

- Pero...

- No voy a hacerle daño. Pero algo pasa con Jeff, con su mente, que no es del todo normal. Es como si viera retazos del futuro.

- ¡¿Qué?! –gritaron varios a la vez-.

Sadie agitó la varita, y al instante salieron del pensadero, encontrándose todos de nuevo en la habitación de Rachel.

- ¿Qué es eso del futuro?

- ¡Venga ya! ¡Eso es una trola!

- ¿Qué tiene que ver eso con mi familia?

Sadie abrió la boca para contestar, pero comprendió que ese no era su secreto, y que quizás quien debía aclarar esto no fuera ella, sino Jeff. Claro está, si él se sentía capaz.

- ¿Jeff?

Su hermano la miró, levantando por fin la vista del suelo. Sadie comenzaba a comprender lo difícil que estaba resultando eso para él. Le dio una pequeña sonrisa para animarle, y Jeff ya no podía sentirse más atónito. Su hermana le estaba demostrando más apoyo ese día que en toda su vida. Quizá, debido a la presión de ese día, comenzaba a comprender que si algo raro ocurría con su mente, no era culpa suya. Suspiró y miró un segundo a Nicole, antes de dirigirse al grupo. Centró su mirada en Lily, pues era la más académica y la más comprensiva de todos.

- Es cierto. Tengo capacidad de ver algunos retazos de futuro, aunque son pequeños, concretos, y a veces difusos.

- Pero...

- Haber, lo primero. ¿Sabéis a qué se dedicaba mi padre antes de que lo encarcelaran?

Los demás negaron con la cabeza.

- Como si eso importara... –murmuró Rachel con rencor-.

Jeff tragó saliva.

- Bueno, mi padre es, o mejor dicho, era investigador.

- Trabajaba en un departamento especial del Ministerio –aclaró Sadie-. Es un lugar en el que solo pueden trabajar los mejores. –algunos bufaron al oír esto. A nadie que haya perdido a una persona le gusta oír maravillas de su asesino. Sadie lo ignoró-. De hecho, su departamento solo se compone de tres trabajadores. Se dedican a llevar a cabo investigaciones y experimentos que la mayoría de la población no comprende, ni conoce.

- ¿Algo así como un inefable? –preguntó Lily frunciendo el ceño-.

- ¿Un qué?

- Inefable es un trabajador del Departamento de Misterios –aclaró Kate un poco pérdida-. Pero Lily, no sabemos a qué se dedica un inefable.

- No es difícil adivinarlo –interrumpió Remus-. De cuando en cuando hay noticias en El Profeta de que el Departamento de Misterios ha descubierto que tal y cuál. Y sabemos que allí es muy difícil de entrar, solo lo hacen los mejores. Así que suponemos que son una especie de investigadores.

- Como un científico en el mundo muggle –murmuró Lily. Algunos la miraron extrañados, y ella se limitó a encogerse de hombros-.

Jeff y Sadie compartieron una mirada, y el chico volvió a tomar la palabra.

- Bien. Pues a eso se dedicaba mi padre. Y al día siguiente de ese suceso me llevo al Ministerio, a su Departamento a hacerme algunas pruebas. –se quedó unos segundos en silencio, mirando la nada, y tuvo un estremecimiento-. No os contaré qué tipo de pruebas me hicieron, es irrelevante. El caso es que averiguaron que, debido a mi carácter retraído, había acumulado un porcentaje de mi magia en mi interior, negándola a mostrarse a través de la varita, ni otras actitudes físicas.

- Eso explica por qué es tan torpe con las asignaturas –le murmuró James a Sirius haciéndole reír-.

- Entonces, cuando comenzaba a avanzar en mis estudios de magia, y mis compañeros avanzaban más rápido que yo, esa misma magia perdió un poco el control, y, como no la permitía salir de forma física, se canalizó de forma psíquica. De este modo una parte de mi cerebro se desarrolló más, y así comenzaron las visiones.

Rachel bufó de nuevo.

- ¿Y eso qué tiene que...?

- Creo que no lo entiendo –la interrumpió Lily sin escucharla-. ¿Cómo que una parte de tu cerebro se desarrolló más? ¿Quieres decir que tienes algo más en la cabeza que los demás?

- No. Quiero decir que hay una parte del cerebro que todos tenemos, y que no utilizamos. No sé si sabéis que hay estudios que dicen que los muggles solo usan el 10% de su capacidad cerebral, y que los magos usamos un 15%, y por ello somos capaces de hacer magia. Pues yo solo había desarrollado algo así como un 14%, por así decirlo. Tenía suficiente magia en mi como para considerarme mago, pero no alcanzaba el nivel de un mago a mi edad, porque yo mismo, inconscientemente, la retenía. Por ello, mi propia magia se buscó un canalizador para alcanzar el porcentaje adecuado. Así que, en vez de usar una parte del cerebro que usan los demás, yo usé otra, que es la de la clarividencia. Según los estudios todo el mundo tiene esa capacidad en el cerebro, solo que casi nadie la desarrolla, y mi magia eligió salir por ahí.

A la revelación de Jeff le siguieron varios minutos de incómodo silencio. James y Sirius parecieron a punto de hacer una broma fácil en más de una ocasión, pero Lily y Remus les mantuvieron a raya. Nicole tuvo cada vez más el impulso de salir corriendo de allí. Era demasiada información para acumularla de golpe.

- Supongamos que te creo –dijo Remus por fin-. ¿Has tenido alguna vez una "visión" de las tuyas con nosotros? –preguntó enmarcando la palabra con unas comillas que hizo con sus manos-.

Jeff miró a su hermana nerviosamente. Había tenido varias, sí, pero ¿cuál podía decirse? No hacía ni una hora que había tenido la última, sobre James, que le había acojonado bastante, por cierto. Esa no pensaba contarla. No por el momento, al menos.

- Hombre, alguna suelta ha habido. Suelo tenerlas con referencia a la gente que me rodea, porque necesito algunos soportes. Es decir, yo no eligo sobre qué ver ni sobre quién. Suele ser a partir de algo relacionado con la persona. Por ejemplo, en septiembre, cuando la luna llena, vi a Peter hacer un gesto, y eso provocó la visión, y por eso salimos a buscaros. Si Peter no habría hecho ese gesto, seguramente yo no habría visto nada.

Sin embargo, Remus ya no le miraba, sino que fulminaba a sus tres amigos.

- ¿De qué está hablando? ¿Salieron a buscarnos? ¿Nos encontraron en el bosque?–les preguntó fríamente-. ¿Tiene algo que ver con que al día siguiente Sirius tuviera el brazo roto? ¿Por eso se enteraron los demás? –se calló unos segundos, casi entrando en pánico al ver a Peter agachar la mirada y a Sirius y James mirarse entre ellos-. ¿Hice daño a alguien más? –preguntó con un hilo de voz-.

- ¡No! –exclamaron los tres a la vez rápidamente. Quizá demasiado rápido-.

Los demás notaron la expresión de Remus, que, obviamente, no se había creído nada, y menos cuando Peter se acarició nerviosamente el cuello. Evidentemente el chico recordó el incidente en el partido de quidditch, y ató cabos al instante.

- De todas formas estábamos hablando de...

- Cállate Grace –la dijo el licántropo en voz baja-. ¿Ha habido más cosas que no me habéis contado?

- Remus –intervino Sadie-. Fue algo sin importancia. No tenía sentido tampoco darle vueltas. La culpa fue nuestra que marchamos al bosque, pero no pasó nada grave, ni nadie estuvo en peligro –Remus no se creyó esto último, y estuvo a punto de salir cabreado de la habitación, si no se hubiese encontrado con la mirada implorante de Rachel, que estaba confundida y seguía desesperada-.

Se mantuvo con los pies en el suelo, pero no estaba dispuesto a dejar correr el tema.

- Peter, ¿tuve algo que ver con tu lesión en el cuello?

- ¡Claro que no, Moony!

Pero a Remus no se le pasó por alto el tembleque de su voz ni la mirada asesina que Sirius le estaba mandando al chico. Lily le dio un codazo, y cuando miró a su amiga, esta le hizo un gesto que comprendió al instante. Suspiró, y se relajó un poco.

- Ya hablaré con vosotros luego –les dijo a los tres, en un tono que dejaba claro que él hablaría, y ellos escucharían-.

- Yo lo que quiero saber es qué tiene que ver esto con nosotros –exclamó Rachel cansada-.

- Yo estoy con la enana –intervino Sirius, que también se estaba empezando a hartar, y además vio la oportunidad de distraer a Remus-. Si pretendéis darnos pena con esta historia y que se nos olvide lo que hizo vuestro "papaíto", y que vosotros habéis dicho que estáis orgullosos de eso, vais listos.

- Tiene mucho que ver con vosotros –les contestó Sadie-. Solo escuchad el resto...

OO—OO

Adam Potter cruzó corriendo la calle muggle del centro de Berna, en Suiza. El lugar donde se quedaba estaba repleto de coches y muggles caminando, como era lo normal a primera hora de la tarde de un sábado.

Entró al hostal donde se hospedaba junto a otros tres compañeros del Ministerio, y saludó con un gesto al recepcionista, el señor Graff, un hombre bastante apagado, mientras cogía uno de los ascensores.

Suspiró cansado, frotándose los ojos con una mano. Solo tenía una hora libre para asearse y almorzar, antes de volver de nuevo al trabajo. La misión se había complicado al darse cuenta que la magia que había hecho el hombre no solo la habían presenciado los asistentes al partido, sino que había sido grabado por un aparato de televisión. Hacía mucho tiempo que el secreto de la magia no estaba tan en peligro como entonces.

Cuando el ascensor se detuvo en su piso, se oyó una campana anunciándolo y despertándole de su sopor. Salió a paso lento, y sacó la llave roñosa que abría su habitación. Estaba tal y como él y su compañero la habían dejado esa mañana, echa un desastre. Suponía que el hostal no era de suficiente nivel como para tener un servicio de habitaciones. Sin importarle, se quitó su túnica, y sacó una muda nueva para meterse en la ducha.

El agua caliente desentumeció sus músculos agarrotados por el frío. Suiza era más frío aún que Inglaterra en invierno. Estuvo varios minutos bajo el agua, disfrutando del calor, y permitiéndose un momento de relajación. Al cabo de un cuarto de hora, salió del baño con una toalla enredada en sus caderas, y otra secando su despeinado cabello.

De pronto se percató de algo que no estaba en su sitio. Había dejado su túnica sobre la cama, y en ese momento se encontraba doblada sobre la silla del escritorio. Giró a su alrededor para buscar el motivo, cuando oyó un ruido a su espalda. Cayó al suelo justo a tiempo de esquivar un hechizo, y reptó hasta ponerse el otro lado de la cama, de modo que esta hiciera de escudo. No tenía la varita, y estaba casi desnudo. Era una posición clara de desventaja que, fuera quien fuera su atacante, iba a aprovechar. Se asomó un momento intentando ver, al menos, quien era, pero estuvo a punto de recibir otro hechizo en la cara.

- ¿Quién eres? –preguntó en voz alta intentando ganar tiempo-. ¿Qué buscas?

El atacante no respondió, pero Adam, oyó pasos de modo que supo que se había movido. Esta vez se asomó por el otro lado, y desde su posición vio al señor Graff apuntando con su varita, con el rostro desencajado. ¿Qué demonios...?

De pronto la puerta se abrió y por ella entró Anderson, su compañero, que recibió un hechizo del recepcionista que le tumbó antes de que pudiera reaccionar. Aprovechando la distracción, Adam saltó de la cama, y tiró al hombre al suelo, pisándole las manos con las rodillas para inmovilizarle. El hombre, que tan apagado y encleque le había parecido, tenía una fuerza descomunal. Adam, a falta de su varita, utilizó un truco que había aprendido de Billy Powers, un compañero de Hogwarts hijo de muggles. Sin bien no era deportivo, sí era efectivo. Levantó el brazo y le dio un codazo al hombre en la nariz, rompiéndosela, y haciendo que soltara un alarido. Cuando consiguió que soltara la varita, le ató, y fue a asegurarse que Anderson estuviera bien.

Solo estaba inconsciente. Adam volvió a mirar al hombre, aún conmocionado. Ni siquiera se había percatado de que fuera mago, aunque tenía lógica, teniendo en cuenta que allí se alojaban miembros del Ministerio de cinco países distintos. Sin embargo, ¿por qué le había atacado?

Se aproximó de nuevo al hombre, que estaba inmovilizado en el suelo, y le examinó. Entonces se dio cuenta. Estaba bajo un Imperius. Aquello era más peligroso de lo que creía. ¿Quién se lo habría lanzado? ¿Iban contra él o contra Anderson? Si iban contra él, debía extremar las precauciones. Desde que entró en la Orden del Fénix había sufrido persecuciones en varias ocasiones, pero nunca habían llegado tan lejos. Eso solo podía significar que se estaban fortaleciendo.

En ese momento, Adam agradeció su idea de mandarle la caja a James. Si habían podido acceder a él tan fácil, no quería pensar qué hubiera pasado de seguir esa caja en su poder. Era demasiado peligroso para exponerlo, y en Hogwarts estaba a salvo, como en pocos lugares del mundo. Eso sí, debía recordar avisar a James de que no decidiera sacarla del colegio en Navidades. En cuanto volviera casa, le escribiría.

OO—OO

Dumbledore suspiró dejando el pergamino sobre la mesa. Era la séptima carta que recibía desde que había comenzado la reunión con los padres. Esta era de parte de los Sandler, pidiendo que controlaran la seguridad de su hija, pues de lo contrario recurrirían a la Ministra de Magia. Como si necesitase amenazas para asegurar la seguridad de sus alumnos. Al menos los padres que se habían limitado a escribir, no estaban tan alterados como los presentes.

- ¿Entonces los sacará de aquí, profesor? –preguntó un padre tras escucharle-.

En definitiva, que todo lo que había dicho, le había entrado por un oído y le había salido por el otro. La verdad es que Dumbledore no se explicaba del todo el odio hacia estos muchachos en concreto. No eran los primeros hijos de mortífagos que estudiaban en Hogwarts, y nunca ningún padre se había puesto así. Claro está, que los demás alumnos comenzaron a cursar sus estudios desde pequeños, y no fueron llevados tras el crimen de su padre, por no hablar de que el asesinato de los Johnson había supuesto un escándalo de nivel internacional. Richard Johnson era un hombre muy conocido y muy querido, y que su asesinato fuera planeado fuera de Inglaterra, donde tenía menos seguridad, y sin dudar en llevarse por delante a dos niños de dieciséis y cinco años, solo conseguía generar más odio y rencor.

Sin embargo, pensaba mantener a esos muchachos en el colegio costara lo que costara. Si era cierto lo que había dicho Elizabeth, debía tenerlos a ellos cerca, vigilados, para conseguir controlar cualquier cosa que viniera de ese matrimonio.

- Los muchachos me han jurado que no darán problemas, y que se alejarán de cualquier enfrentamiento. No puedo negarle la entrada a Hogwarts a personas que tienen buenas intenciones, y que solo quieren terminar aquí sus estudios. Deben comprender, señor, que si tengo que expulsar a todos aquellos que tengan un familiar delincuente, quedarán muy pocos estudiantes en Hogwarts.

Aún no parecía haber convencido a todos los padres, pero con el discurso había conseguido calmar a la mayoría.

- Ahora, si quieren, puedo mandar llamar a sus hijos para que comprueben por sí mismos que no hay peligro.

Antes de que tuviera la oportunidad de llamar a la profesora McGonagall para pedirla que trajera a los alumnos, ella misma entró corriendo en el despacho, algo sofocada.

- Albus...

- ¡Ah, Minerva! Que bueno que estés aquí ya. ¿Serías tan amable de pedirles a los hijos de los presentes que vengan?

- Pero, profesor, antes...

- Tráelos aquí y me cuentas –la apremió. Ya encontraría la excusa para explicar porqué faltaban dos alumnas de los llamados-.

McGonagall le lanzó una mirada impaciente, pero le hizo caso. En unos minutos, el despacho del director parecía la salida de un aeropuerto. La veintena de padres se estaba reencontrando con sus hijos que, en ocasiones, eran hasta tres o cuatro. Allí no cabía nadie más. La subdirectora se estaba haciendo hueco, intentando llegar hacia el director para informarle, cuando Tomás Mendes dijo en voz alta:

- ¿Dónde está mi hija? ¿Por qué no ha venido?

- Sí, y Kate, ¿dónde están? –preguntó Natalie Hagman-.

- Se fueron con los Duncker –informó un niño de primero apartándose del abrazo de su madre, antes de que el director pudiera hablar-. Se fueron todos juntos después de la pelea.

- ¿Qué pelea? –preguntó Cora con un hilo de voz-.

- Ha habido una pelea antes en la Sala Común –informó Jonny, el novio de Sarah la guardiana de Gryffindor-. Uno de los Duncker, la chica, contra una chica que no conocemos.

- Eso quería decirle –le susurró McGonagall a Dumbledore con preocupación-. Al parecer ha entrado en la Torre de Gryffindor una muchacha mayor, y se ha puesto a agredir a la señorita Williams. Después se ha desencadenado una pelea, han destrozado media Sala común, y ha desparecido todo el grupo.

- Así que allí han ido...

- ¿Qué ocurre, Albus? –preguntó Tomás alterado-. ¿Y Gisele? ¿Qué es eso de una pelea? Aseguraste que no buscaban violencia.

- ¿Le han hecho algo a Kate? –preguntó su madre angustiada-.

Todo el mundo comenzó a murmurar entre ellos, cada vez más inquietos.

- Oye, si os sirve, yo creo que se han ido todos voluntariamente –añadió Jonny al ver la que se había montado-. La desconocida estaba desquiciada, y la Duncker también estaba mosqueada, pero se calmó, se puso a hablar con Lupin, y luego se piraron todos conformes.

- ¿Lupin? ¿Quién es? Da igual, voy a buscar a Gisele.

- Cora espera –pidió Dumbledore con ganas de sujetarse la cabeza con las manos-. Lupin es un prefecto de Gryffindor que es amigo de tu hija, y seguro que hay una buena explicación de todo esto.

- Pues nos gustaría oírla –insistió Tomás-.

Dumbledore miró de nuevo a McGonagall, pero era evidente que la mujer le había contado todo lo que sabía. Desde luego que a él también le preocupaba que precisamente ese grupo hubiera desaparecido, pero a diferencia de los demás, a él le inquietaba más lo que podían haberles hecho a los Duncker que al revés. Estaba prácticamente seguro que ellos no habrían buscado pelea, pero no podía hablar por los demás. Sabía que eran buenos chicos, pero si alguien se habría sentido especialmente violento con el giro de los acontecimientos, habrían sido ellos, y no sabía cómo podían reaccionar.

- De acuerdo. Para saberlo, lo mejor será que les busquemos. Tomás, Cora, señora Hagman, supongo que querrán colaborar a buscarlas, así que acompáñenme. Minerva por favor, habla con los demás profesores, y también pregunta a los prefectos de Gryffindor si saben qué dirección tomaron, o algo así.

- Albus, si algo le sucede a mi hija, hoy mismo la saco del colegio, y olvídate de seguir contando con nosotros –le susurró Tomás mientras abandonaban el despacho, dejando tras ellos los murmullos de los demás-.

El director pareció impasible ante la amenaza del hombre, pero por dentro se puso a rogar que de verdad no hubiera ocurrido nada. Ellos dos eran dos grandes luchadores de la Orden, pero sobretodo, necesitaba a Tomás para mantener segura una de las cajas. De pronto, la carta amenazante de los Sandler, le pareció el menor problema que podía llegar a tener.

OO—OO

- Estamos esperando –comentó Grace apresurándoles a hablar-.

- Y así fue como me hice viejo aquí... –murmuró James en voz alta, cambiando su peso de un pie a otro, y haciendo reír a Sirius y Peter-.

Jeff y Sadie volvieron a mirarse, y suspiraron a la vez. Él hizo un gesto indicando que prefería continuar contando la historia.

- En fin, simplificando: a lo largo de todo este tiempo me han pasado miles de visiones por la cabeza, unas más fuerte que otras, y unas se han cumplido y otras no.

- ¿Entonces no son exactas? -preguntó Lily-.

- No, claro que no. Puede que pasen dentro de cincuenta años, o que no pasen nunca. Yo solo veo algo, pero no sé cómo funciona, y tras muchas investigaciones, concluyeron que no sabremos más. No sabemos si son exactas, ni si son ciertas cuando ocurrirá, ni nada. Por ejemplo, hace tres años vi que los muggles de allí por fin se dejaban de tonterías y tiraban ese muro que hay en Berlín, pero el muro sigue en pie por el momento –dijo encogiéndose de hombros-.

- Bueno, aligerando –se impacientó Sadie-. El caso es que él veía cosas que a veces no tenían más importancia que la de Salem, y otras veces momentos realmente importantes tanto como nosotros como para los muggles. Hace dos años, por ejemplo, tuvo una visión sobre un grupo de personas de muggles firmando un manifiesto, y seguidamente una conferencia de magos aprobando ese manifiesto. Al final resultó ser el manifiesto que puso fin a la guerra de Vietnam.

- Pero la Guerra de Vietnam fue cosa únicamente de muggles, ¿qué tiene que ver una conferencia de magos? –preguntó Kate confusa-.

- También participaron magos –la explicó Lily como recitando una lección-. Una de las primeras ofensivas la lanzaron un grupo de antiguos partidarios de Grindelwald sobre una población vietnamita. El problema fue que varios Ministerios Mágicos intervinieron, y el Ministerio de Vietnam se sintió amenazado, e inconscientemente refugió a los terroristas. Pasaron doce años hasta que se dieron cuenta que eso no era una guerra entre países, sino que los culpables habían sido un grupo de asesinos independientes que extrañaban la vida de violencia que tenían antes de que Dumbledore derrotara a Grindelwald. Para entonces, parar a los muggles fue muy difícil.

Hasta Sadie y Jeff se quedaron callados ante una explicación tan detallada. Remus no pudo evitar una pequeña sonrisa, mientras Sirius silbaba con admiración.

- Aprobada en historia –la dijo, haciendo que la pelirroja sonriera levemente-.

Jeff y Sadie se relajaron un poco al ver el distendido momento que había entre sus compañeros. Ellos se miraban entre sí, ignorando a los mellizos y a la muchacha pequeña, y sonreían levemente por volver a vivir un momento tan corriente entre ellos. Nicole estaba a parte de todo. No se había movido de al lado de Grace, pero no participaba en las bromas de los demás. Ni siquiera escuchaba la conversación, pues seguía mirando disimuladamente a Jeff. No es que tuvieran una gran relación, y tampoco ella sabía cómo solían ser los noviazgos, pues Jeff era el primero que tenía, pero ¿no solían contarse ese tipo de cosas? Tampoco era algo horrible, ni inusual. Bueno, tampoco era corriente, cierto, pero no era la primera vez en la historia que alguien poseía el don de la clarividencia. Y sin embargo, no la había contado entendía por qué.

Al poco, los chicos se fueron acordando de la presencia de los demás, y sus rostros volvieron a ser serios.

- ¿Nos podéis contar de una vez qué tiene que ver eso con nosotros? –preguntó James-. Llevamos más de una hora aquí metidos, nos hemos perdido la comida, especialmente Gus –añadió, a lo que Peter se acarició el estómago dándole la razón-, y hemos visto vuestros recuerdos felices sin atacaros, y escuchándoos como si vuestra vida nos importara. Todo porque decís que esto nos incumbe, y hasta ahora no he visto nada que tenga que ver con nosotros.

Sadie sonrió imperceptiblemente.

- Eso es porque aún os falta por ver lo importante. En los siguientes recuerdos que vais a ver, aparecerán algunas personas que conocéis.

- Esto encendió de nuevo a Rachel, que parecía haber olvidado por un momento todo el problema.

- ¿Acaso queréis que me quede a ver cómo mataron a mi familia?

- Eso no...

- ¡Porque si tengo que verlo, os aseguro que esta vez no me para nadie! ¡Me da igual que vosotros no hayáis tenido nada que ver, se paga diente por diente, y familia por familia!

- Rachel, solo mira dos recuerdos más –la pidió Sadie endulzando su voz hasta un punto que no parecía ella-.

- No te he dado permiso para que me llames por mi nombre –contestó la chica entre dientes, sin pararse a preguntar por qué sabía su nombre-. Ya he avisado, si tengo que presenciar eso, nadie me parará. Y no me subestimes. Gracias a que mi familia está amenazada, me han enseñado a defenderme muy bien. No me temblará el pulso.

Jeff miró un momento los duros ojos castaños de la chica, y supo que hablaba en serio. Sin embargo, tampoco sabía qué recuerdos había elegido Sadie, pese a que tampoco es que hubiera un gama muy grande donde elegir, por lo que continuó callado, a la espera, mientras no quitaba un ojo de Nicole, que estaba más descentrada que ninguno.

- ¿Puedo hablar? –preguntó Sadie sacando un poco de su verdadero carácter. Jeff supuso que no podía aguantar mucho tiempo sin sacarlo a relucir-. Son dos recuerdos inofensivos, sin imágenes desagradables que... –dudó. Lo cierto es que el segundo recuerdo tampoco era muy inocente-. Mejor mirad el primero y os explico.

Los demás no se movieron hasta que Rachel, que se había cruzado de brazos, acabó accediendo con un gesto cansado. Sadie abrió de nuevo el estuche con todos los frascos dentro, y buscó hasta encontrar el que quería. Cerró de nuevo el estuche, guardándolo en su túnica, y vertió el contenido sobre el pensadero, que comenzó a girar cada vez más deprisa. Ella entró la primera, y la siguieron los demás, con menos reticencia que las otras veces.

Se encontraban de nuevo en la cocina de la casa, pero por su apariencia, parecía que habían pasado varios años. De hecho, Sadie y Jeff presentaba el mismo aspecto que en el presente. Su madre iba arreglada con una túnica de vestir, con el pelo recogido en una coleta alta, dándola una imagen más juvenil de la que correspondía a su edad. Su padre no había cambiado prácticamente nada, pues aún mantenía los rasgos adultos pero jóvenes.

Elizabeth corría de un lado a otro, recogiendo y limpiando la cocina con prisa, mientras murmuraba constantemente para sí misma. Los otros tres miembros de la familia estaban sentados tranquilamente en la mesa. Jeff y Sadie se encontraban jugando al ajedrez mágico, aunque Sadie apenas prestaba atención a sus movimientos, y Jeff parecía muy concentrado. Bernard llevaba una bata encima de su pijama, y su pelo negro, sucio y desordenado, que ambos hijos habían heredado, estaban completamente despeinado. Tomaba un café mientras leía tranquilamente el periódico.

- Desde luego... Es increíble... –murmuraba de vez en cuando-.

Se oyó un ruido de algo que se caía, y los tres levantaron la cabeza para ver a la madre de la familia entrar por la puerta refunfuñando.

- Cuanto más prisa tienes...

Volvió a salir después de hacer cogido su varita y apuntar a una escoba y un recogedor, y los otros tres dejaron de prestarla atención.

Jeff, estoy harta del ajedrez. Juega tú solo –exclamó Sadie sacando la lengua con hastío-.

- Solo una más... –suplicó el chico-.

- ¿No me has oído? –le dijo bordemente-.

- Sadie, por favor, una más –intervino su padre-. A Jeff le viene bien este juego. Consiste en mucha estrategia intelectual, y él necesita centrar su mente para controlar...

- ¡Pero si es una tontería! ¡Cuando le vengan esas visiones, que no haga caso! –exclamó la chica fulminando a su hermano con la mirada-.

En el grupo se sobresaltaron debido a la subida de volumen de la conversación.

- Eso no muestra mucho apoyo de hermana... –comentó Peter como quien no quiere la cosa-.

- No venimos a juzgarme a mi –le increpó Sadie cruzándose de brazos-.

La otra Sadie se había callado ante la mirada de su padre, y se volvió a mirar a su hermano enfadada, como si él le hubiera hecho algo malo.

- Vale, pero esta vez yo voy con las blancas –murmuró de malas-.

A Jeff no pareció importarle, pues cogió la varita e hizo que las piezas volvieran a la posición inicial sin abrir la boca.

- Bueno, yo me voy ya –dijo su madre volviendo a entrar por la puerta y dando un beso apresurado a cada uno de sus hijos-. Vendré antes de comer, así que no intentéis experimentos raros. Sadie, apúntame el nombre del chisme que querías, que se me ha olvidado.

- Era un estuche de Moke mamá –contestó con un suspiro y rodando los ojos, como si lo hubiera repetido cien veces-. Así guardo allí los recuerdos y solo los puedo sacar yo.

- Muy inteligente –alabó su padre-.

- Pues yo no veo por qué a tu edad tienes que estar con esa tontería de la legeremancia –suspiró su madre apuntándolo en un papel y guardándolo en su bolso-.

- Es útil... A Emil ya le he sacado hasta el recuerdo de cuando se partió los dientes cuando se montó en escoba por primera vez –anunció con una sonrisa, mirando de reojo la reacción de su padre-.

- Eso no está bien, Sadie –contestó este-. Te lo enseñé para cosas útiles, no para esto.

Sadie le miró con las cejas enarcadas, como si esa contestación no fuera lógica en él. Sin embargo, cuando su madre cerró la puerta, su padre se inclinó hacia ella con una sonrisa divertida.

- Cuando acabes la partida con Jeff, tienes que enseñarme eso, que así me burló un poco del bueno de Emil la próxima vez que venga.

Los dos chicos se rieron, y el hombre volvió a leer el periódico con una sonrisa divertida. Estuvieron en silencio un par de minutos más, y los chicos comenzaban a impacientarse pues no encontraban el sentido al recuerdo. De pronto el hombre chasqueó la lengua leyendo aún el periódico.

Jamás entenderé a los mandamases. Se casa la hija del Ministro de Magia y vienen todos los políticos y los ricos de todas partes con la familia. A estas fechas, y exponiendo a sus hijos como si fueran monos de feria. Encima, haciéndoles faltar a clase.

- Estamos de vacaciones de Pascua, papá –musitó Jeff con la vista fija en el tablero-.

- Si hijo, pero la boda no es hasta dentro de dos semanas, y para entonces ya tendréis que estar todos en clase. Pero mira aquí, por ejemplo: El magistrado Richard Jonhson, principal juez instructor de Wizengamot de Inglaterra, acudirá a la ceremonia junto a su esposa Anna y sus dos hijos de cinco y dieciséis años.

Señalaba un artículo donde nombraba a varias personalidades, y los chicos no pudieron evitar sorprenderse al ver en la parte central una pequeña foto de Richard con sus padres y su hermana.

- La niña aún es pequeña, pero al chaval le hacen faltar a clase por esto. Si fuera por un campeonato de quidditch seguro que no pasaba nada, pero por esto...

James no pudo evitar esbozar una pequeña sonrisa, al reconocer esa frase que él también había dicho en su momento, cuando Richard anunció que faltaría justo el fin de semana que Slytherin se enfrentaba a Hufflepuff.

Sin embargo, el ambiente en la casa había cambiado desde el momento en que el hombre les enseñó el periódico a sus hijos, pues de repente la cara de Jeff cambió de expresión y sus ojos se volvieron ausentes. Los chicos también estaban pendientes de su reacción, pero sobretodo Remus, a quien se le hacía conocida. ¿Dónde lo había visto antes?

- ¿Jeff? ¿Qué ocurre hijo? –preguntó su padre incorporándose rápidamente de la silla-.

Sadie no se movió de su asiento, pero no pudo evitar lanzar una mirada preocupada a su hermano. El muchacho jadeó y movió la cabeza, intentando apartar de su mente esas imágenes. Tenía verdadero terror en la cara, como si lo que había visto fuera muy desagradable.

- ¿Qué has visto? –insistió el hombre arrodillándose a su lado-.

Jeff levantó una mano temblorosa, y señaló el periódico que había quedado olvidado encima de la mesa.

- Esos cuatro... –musitó. Pero no añadió más. Agitó de nuevo la cabeza, huyendo de esa imagen-.

Los chicos se miraron desconcertados y alarmados, pero para los más avispados, el rompecabezas comenzaba a armarse poco a poco. Ese era el momento justo en que la vida de Sadie y la de Jeff se habían enlazado con la de ellos.

- ¿Has visto algo de ellos? Cuéntame...

Pero Jeff no parecía capaz de decirlo en voz alta. Lo intentó un par de veces, antes de esconder la cabeza entre sus manos. Aquello parecía sobrepasarle. Su padre le acarició el brazo con delicadeza y le obligó a levantar la mirada, le sostuvo la barbilla para que no se apartara, y le miró directamente a los ojos. Enseguida fue evidente lo que estaba haciendo, y su expresión se ensombreció cuando consiguió descubrir lo que acababa de ver su hijo. Su mirada pasaba de él al periódico constantemente, y aunque se controlaba, se veía también afectado.

- ¿Qué viste? –preguntó Kate con el corazón en la boca-.

Rachel miró a Jeff con los ojos desorbitados, casi temiéndose la respuesta.

- Su muerte... –contestó el muchacho lúgubremente-.

Se hizo un silencio pesado mientras Bernard comenzaba a pasear por la cocina, despeinándose el pelo con ambas manos, y resoplando.

- ¿Qué... qué vamos a hacer, papá?

El hombre agitó la cabeza.

- No es bueno intervenir... –musitó para sí mismo-.

Sin embargo, lanzó otra mirada a la fotografía de la familia, y volvió a murmurar:

- Pero la niña es tan pequeña... y el chico tiene la edad de mis hijos... Pocas veces ha tenido una visión tan clara... Y reconozco el lugar donde será...

- ¿Papá? ¿Qué estás pensando? –preguntó Sadie algo alarmada-.

El hombre les miró a los dos con expresión de sufrimiento. Se mordía los labios y pasaba la mirada de uno a otro, como si no se decidiera a dar el siguiente paso. Al cabo de unos momentos, su expresión se volvió más solemne y seria. Miró a Jeff con gravedad.

- Jeff, ¿qué me dirías si te pido que me ayudes a impedirlo?

Jeff estaba muy pálido. De hecho, podía haberse confundido con la leche que descansaba en su taza de desayuno olvidada. Pero no por eso dudó un instante.

- Que sí. Ni al idiota de Müller le desearía algo así.

Su voz sonaba más aguda de lo normal, pero no tembló al pronunciar esas palabras.

- Yo también voy –se apuntó Sadie sin saber de qué iba el asunto-.

- Ni hablar –la atajó su padre-. Para entonces tú habrás vuelto a la escuela. Bastante me costará convencer a vuestra madre para que deje que Jeff se quede hasta entonces.

- ¡Pero yo podría ayudar en lo que fuera!

- Esto no es un juego, Sadie... –murmuró su padre con seriedad-.

Sadie se cruzó de brazos, inflexible. Miró a Jeff por encima del hombro con superioridad, como siempre, y sonrió con maldad reinventando su estrategia.

- De poca ayuda te servirá este –murmuró consiguiendo que su hermano se revolviera en el asiento-. Es un cobarde, y se paraliza enseguida.

Los chicos miraban la escena con los ojos desorbitados. ¿El asesino de Richard y su familia había querido impedirlo? Eso era muy extraño... La única que no estaba completamente pendiente de aquello era Nicole, que miró ceñuda tanto a Sadie como a Jeff.

- Le manipulas psicológicamente constantemente –la acusó a ella-.

Jeff sintió una pequeña esperanza al verla defendiéndole, pero Sadie no se lo tomó como una crítica en absoluto, pues sonrió macabramente, y la susurró:

- Cuando acabemos ya te enseñaré. Así podrás manejarle cuando quieras.

La discusión había seguido, y la intensidad de la conversación había aumentado hasta pasar a ser casi discusión.

- ¡Siempre me dices que yo también tengo mucho potencial, pero a la hora de la verdad, solo cuentas con él y sus alucinaciones!

- ¡Sadie ni siquiera sabes de qué va, y ya te hemos dicho una y mil veces que no son alucinaciones! –gritaba su padre moviendo sus manos junto a su rostro con impaciencia-.

- Muy bien. No me lleves. Ya iré yo por mi cuenta. Sabes que soy capaz –insistió la muchacha-.

Se sorprendieron de la actitud tan insistente de Sadie, quien siempre era una pasota para todo. Por primera vez, la mayoría apartó la vista del recuerdo para centrarla en los dos hermanos, que no se daban cuenta de su atención.

- En el fondo lo que no soportas es que papá me preste atención ni por un segundo, ¿eh? –comentó Jeff comprendiendo ciertas cosas viéndolas desde fuera-.

Sadie se encogió de hombros.

- Mamá es toda tuya, yo no intento robártela. Déjame que yo tenga a papá.

Antes de Jeff la contestara, la voz de su padre opacó la suya.

- ¡Esta bien! ¡Como quieras! Si es que a veces eres tan terca como tu madre, ¡no sé por qué pregunta luego a quién has salido!

El hombre siguió desvariando, pero Sadie había vuelto a desayunar con tranquilidad, esbozando una sonrisa de triunfo.

- Bueno, ya es suficiente –anunció la Sadie del presente, agitando la varita, y devolviéndolos a todos a la habitación de Rachel-.

De nuevo hubo un largo silencio hasta que todos procesaron la información. Ese día estaba lleno de silencios.

- No entiendo... Os juro que estoy alucinando –prometió Sirius agitando la cabeza desconcertado-.

- Es que lo que plantean estos es... imposible –le respondió James aún extrañado-.

- No lo creo –asintió Rachel con un nudo en la garganta-. Hubo testigos, la varita de vuestro padre presentaba muestras de haber realizado los hechizos que les dañaron, sus huellas estaban por todas partes...

- Eso es porque él también estuvo allí –contestó Jeff-.

- Y nosotros también –añadió Sadie-.

El resto aguantó la respiración, mirándose los unos a los otros, con distintas expresiones en la cara: incredulidad, sorpresa, reticencia, desconfianza... Nicole no podía apartar la mirada de Jeff, y rezaba para que todo fuera cierto, porque si al final la verdad que todos contaban resultaba ser la verdadera, no sabía cómo asimilarlo.

- Si, según vosotros, lo que pretendíais era impedirlo, ¿me podéis explicar cómo fue que los testigos solo le vieran a él? ¿Por qué no explicó todo esto para evitar que le mandaran a prisión? –preguntó Grace frunciendo el ceño-.

- Eso solo lo sabréis si veis el último recuerdo –afirmó Sadie-. Pero advierto que quizá sea muy duro. Es de ese día.

- Por supuesto, como ya imaginaba, Rachel comenzó a negar con la cabeza, espantada. Kate se abrazó a ella, negándose también a verlo, y Remus dio un paso hacia ellas para ponerse a su lado.

- Yo voy –dijo James decidido-.

- Yo también quiero verlo –añadió Lily abrazándose a su cintura-.

Rachel siguió negando con la cabeza, mientras Kate y Remus se miraron un segundo, y también decidieron quedarse. Grace miró a Nicole, quien estaba a su lado callada e indecisa, y decidió por las dos.

- Vamos. No miraremos lo desagradable, y listo.

- Acabemos con esto ya –suspiró Sirius, seguido de Peter-.

Gisele estaba insegura, pero finalmente la curiosidad la pudo, y accedió. Mientras los tres restantes se sentaban en la cámara, los demás se introdujeron en el último pensamiento de Sadie. En ese momento, Remus recordó donde había visto ese gesto de Jeff.

OO—OO

Estaban buscando por todas las aulas cuando Dumbledore reaccionó por fin a algo que le había chirriado desde el primer momento. Una muchacha mayor había entrado en la torre Gryffindor y se había puesto a pelear contra la señorita Williams. Una muchacha que nadie conocía. Mayor y desconocida. Era increíble que no hubiera caído hasta entonces. Confiaba plenamente en la palabra de Remus Lupin cuando dijo que cuidaría que la presencia de la pequeña Rachel sería un secreto. Ella había adquirido la apariencia que él mismo la había enseñado a adquirir, y había entrado allí a lucha contra la otra chica. Esa muchacha no sabía ser discreta...

Suspiró, resignado ya de lo que había ocurrido, y supo al instante donde se encontraban todos. La cuestión era: ¿Para qué habían ido? Esperaba que los mellizos no cometieran la imprudencia de contar toda la verdad. Aunque, por lo que le había contado su madre, ellos no sabían todos los detalles. Afortunadamente... No era un tema propio para niños, aunque sin duda pronto deberían ser informados. Ellos debían notar algunos huecos en la explicación que les habían dado.

Suspiró, y pensó que lo mejor sería mandar a los padres, momentáneamente, lejos del lugar. Quería que todo fuera tranquilo, y si veían a sus hijas en compañía de los muchachos, se originaría una buena.

- Señores, he pensado que quizá las encontraríamos más rápido si nos separamos. Lo mejor será que yo visite a los alumnos de las demás torres por si han visto algo, y quizá sería bueno que ustedes miraran por las aulas del séptimo piso, que es donde está Gryffindor.

La única que le miró extrañada por lo último fue la señora Hagman, que era la única de los tres que había acudido a Hogwarts. Dumbledore sabía que, precisamente las mazmorras, eran el lugar que más rehuían los alumnos en invierno, por el frío que se concentraba en ellas, pero tenía que tenerles lo más alejados posibles del tercer piso. Puso su mejor cara de preocupación, y miró a la madre de Kate.

- Natalie querida, ¿serías tan amable de guiar a los señores Mendes? Estoy seguro que aún recuerdas todos los caminos.

La mujer aceptó sin rechistar, únicamente porque estaba demasiado pendiente de encontrar a su hija, antes que otra cosa. En cuanto les perdió de vista, Dumbledore comenzó a caminar rápidamente hacia la habitación que él mismo se había encargado de preparar para Rachel Perkins. Esperaba encontrarlos a todos de una pieza cuando llegara.

OO—OO

Cuando los demás llegaron al que sería el recuerdo esencial, reconocieron el escenario de inmediato. Era el lugar que salía en las fotografías de los periódicos, el lugar donde los habían matado.

- Creo que quizás no haya sido buena idea esto de venir –susurró Grace, que se estaba poniendo aún más nerviosa al tener a Peter al lado temblando-.

- Es un recuerdo, a nosotros no nos va a pasar nada –la susurró Sirius al oído, alejándola un poco de Peter e, inconscientemente, acariciándola un brazo-.

En el lugar no parecía haber nadie, lo que les extrañó, porque si era el recuerdo de Sadie ella debía estar en algún lugar.

- ¿Dónde...? –preguntó Lily, pero se calló al ver aparecer a tres siluetas detrás de ella-.

Peter, que no los había visto, se sobresaltó y pegó un pequeño chillido. Sadie y Jeff miraban a sus versiones junto con su padre, sobrecogidos por lo que sabían que pasaría en poco tiempo.

- Bien chicos, según el recuerdo de Jeff todo ocurrirá en esa zona–dijo el hombre señalando una llanura delante de ellos-. Y por lo que he investigado, en esta zona la aparición está limitada a un perímetro para evitar la entrada ilegal en el país desde Francia. Eso significa que de un modo u otro deberán aparecer en este lugar para cruzar la frontera. Yo iré por allí –añadió señalando un lugar más alejado-, y simplemente les avisaré.

Pero ¿y si aparecen los asesinos antes de que podáis marchar –le interrumpió Jeff tan nervioso que parecía temblar tanto como Peter-.

- Pues si los ves, avisas a papá –le respondió Sadie con cansancio, como si tuviera que explicarle algo obvio a un tonto-.

- Pero yo no sé quienes son, Sadie –protestó el chico-.

- ¿Cómo que no? ¿No has dicho que los viste? –preguntó con esceptismo-.

- Yo les vi muertos allí –dijo señalando un lugar más alejado-. Pero no vi ni cómo los mataban ni quién lo hacía.

- Pues menudo vidente estás hecho...

- Chicos, ya vale de discutir –interrumpió su padre con calma-. La cuestión Jeff, es que he pesando que si estás un rato mirando el lugar de tu visión, si la cosa cambia tengas otra y me avises. En primer momento todo lo que tengo que hacer es prevenirles y volver aquí. No tiene por qué suponer ningún contratiempo, pero si ves algo necesito que me lo comuniques como te enseñé, ¿de acuerdo?

- Sí... –murmuró Jeff con un hilo de voz-.

Sadie se movió al lado de él.

- ¿Qué puedo hacer yo?

- Tú asegúrate que todo vaya bien con él, Sadie. ¡Ah! Y, por favor, no seas tan impulsiva –la suplicó haciendo reír a Jeff, que se calló con una mirada de su hermana-.

Los que lo estaban viendo estaban demasiado nerviosos para encontrarlo gracioso, y solo Nicole reaccionó mirándole negando la cabeza. El hombre había comenzado a caminar hacia el lugar donde suponía que aparecería la familia, dejando a Sadie y Jeff ocultos tras un desnivel de tierra.

- ¡Ah, y una cosa! –exclamó volviéndose hacia ellos-. Si, por casualidad, algo sale mal y se tuerce, no vengáis. Os quedáis aquí hasta que haya pasado el peligro, y luego le avisáis al tío Gerard para que venga a buscaros. Os lo advierto, si algo malo pasa y os metéis en medio, negaré que sé nada de vosotros, y solo conseguiréis perjudicarme a mi, ¿me habéis oído? Así que si no queréis complicarme las cosas, quedaros aquí hasta que yo vuelva.

Lo último lo dijo con tal seriedad que los dos mellizos se quedaron muy serios y callados, viendo cómo se alejaba corriendo.

Después de un rato, nada había ocurrido, pues no había aparecido nadie. Vieron a su padre desde lejos inspeccionar en busca de alguna aparición, pero por el momento estaban ellos tres solos en aquel lugar.

- ¿Van a tardar mucho? –preguntó Sadie a su hermano-.

- Ni idea. Cuando tengo las visiones, no ponen un reloj –contestó el muchacho algo fríamente debido a los nervios acumulados-.

Unos dos minutos después, hubo un estallido frente a ellos, algo lejos de donde estaba su padre observando, y vieron aparecer a varias personas. El problema fue que no era aquello lo que esperaban.

Los chicos también se sobresaltaron, pues según lo que habían sabido, eso no podía haber ocurrido.

En ese lugar habían aparecido seis personas, una de ellas muy pequeña, pero a simple viste solo dos de ellas se movían. Llevaban a los otros cuatro, a los que reconocieron como Richard y su familia, atados e inmóviles como marionetas. Les dejaron en el suelo, y ninguno de los cuatro reaccionó ante esto. Vieron de lejos como el padre de Sadie y Jeff reaccionó instintivamente corriendo hacia ellos. Los dos hombres no parecieron percatarse de su presencia, pues se estaban riendo, cosa que horrorizó a los chicos.

Todo se volvió aún más macabro cuando confirmaron que los otros cuatro ya estaban muertos. No lo entendían...

- Imposible... los informes decían que les mataron aquí –susurró Lily con los ojos desorbitados-.

- Aquí los trajeron ya muertos –dijo Jeff con voz sombría-. Ahí mi fallo. Yo vi cuatro cadáveres en este lugar, y todos supusimos que los matarían aquí.

- Pero, la imagen... –Sirius no se atrevió a terminar la frase-.

Los demás lo entendieron sin palabras. Aún le faltaba algo para completar el cuadro final que se había visto. Allí apenas había sangre, y desgraciadamente, las fotografías que habían publicado parecían una carnicería.

De mientras, el señor Duncker llegó a menos de cincuenta metros del lugar, y pareció darse cuenta del peligro. Hizo el ademán de esconderse, evitando que le vieran, pero uno de los hombres, algo bajito y de pelo oscuro, le vio y sonrió. Alzó la varita apuntando a su espalda, y la Sadie y el Jeff del recuerdo ahogaron un grito cuando vieron que le alcanzaba. El rayo le hizo retroceder hasta donde estaban ellos, y de pronto, uno de los cuerpos, el más pequeño se movió.

- ¡La niña está viva! –exclamó Grace atónita-.

No fue por mucho. Un hombre alto, fornido, de cabello gris con patillas y rostro desagradable, al que reconocieron como Fenrir Greyback, saltó sobre su pequeño cuerpo, y a los pocos segundos la niña dejó de moverse. Los chicos gritaron de asombro y horror, y Grace se dio la vuelta al instante, incapaz de ver la imagen, escondiendo la cabeza en el hombro de Sirius.

También se veía desde lejos la expresión de terror y asco del padre de los chicos, que no conseguía moverse de cuello para abajo. En cuestión de pocos minutos, el licántropo consiguió recrear la imagen que ellos habían visto, y el otro hombre quitó la maldición al señor Duncker, empujándole al suelo, donde cayó de rodillas. Después le apuntó de nuevo con la varita, mientras Sadie negaba con la cabeza sujetada por su hermano. Aunque no se escuchó desde allí, fue evidente la maldición que le mandó, pues los gritos del hombre llegaron hasta ellos, mientras se retorcía de dolor en el suelo.

Después, le dejaron allí, desapareciéndose rápidamente.

Los chicos se quedaron tan impresionados que no fueron capaces de decir palabra, pero cuando James fue a hacerlo, se oyó otro gran estruendo y aparecieron varios aurores a la vez, que se lanzaron contra Bernard Duncker, quien ya había conseguido ponerse de pie, y le inmovilizaron entre varios.

Al cabo de pocos minutos aquello se convirtió en lo que todos reconocieron: los cuatro cadáveres tapados con sábanas, todo lleno de sangre, la zona acordonada, echando de allí a curiosos y periodistas, y a los aurores deteniendo al hombre en una pequeña jaula de cristal.

- Ya no hace falta ver más –dijo Sadie con voz tomada-.

Agitó de nuevo la varita, y al instante cayeron en el suelo de la habitación. Peter y Gis no pudieron controlar el temblor de sus rodillas y cayeron al suelo, mientras que a Grace la tuvo que sujetar Sirius para que no corriera la misma suerte. Remus, Kate y una impresionada Rachel les miraban con los ojos abiertos como platos, pidiendo explicaciones. Nicole, que respiraba agitadamente, se hizo paso entre los chicos para sentarse en la cama, donde Rachel la dejó sitio.

- No lo hizo. De verdad él no mató a nadie –murmuró James sin salir de su asombro-.

- Os lo hemos dicho –asintió Sadie sombríamente-.

- No entiendo. ¿Qué... qué habéis visto? –preguntó Kate mirando a Sirius, quien, por primera vez en mucho tiempo, no tenía palabras-.

- No fue él –contestó Lily, compartiendo una mirada de complicidad con James-. Simplemente estaba en el lugar y el momento equivocados.

- Solo quería ayudar... –susurró Grace-.

Los tres chicos que no habían visto el recuerdo arrugaron la frente aún escépticos, pero las expresiones de sus amigos no daban lugar a dudas.

- Pero... pero...

- Rach, todo encaja. Le cargaron con la culpa los mismos asesinos. Hemos visto quien lo hizo –la dijo Gis arrodillándose a su lado y apoyándose en ella-.

- Puto licántropo... –murmuró Sirius entre dientes-.

Remus se alarmó y miró a su amigo extrañado, hasta que se dio cuenta que eso no tenía nada que ver con él. Miró a Rachel, que también miraba a Sirius, y después de nuevo a su amigo.

- En eso acertaste enana –dijo este con una mueca que quería pasar por sonrisa-. Greyback sí fue uno de los asesinos...

- Esa pobre niña –murmuró Nicole con un hilo de voz-.

Rachel se puso tensa al instante.

- ¡No quiero saber, no quiero! –gritó tapándose los oídos con las manos. Remus se las apartó con suavidad-.

- Nadie dirá nada.

Lily miró a Sadie con seriedad.

- Hay cosas que no entiendo –la confesó-.

La muchacha la miró seriamente, miró a su hermano y asintió.

- ¿Cómo cuales? –preguntó-.

- Los informes dicen que le hicieron el Prior Incantatem a la varita de vuestro padre y que reflejaba las mismas maldiciones con que les mataron a ellos.

Jeff y Sadie volvieron a compartir una mirada sombría, y Jeff resopló mientras su hermana contestaba.

- Eso tampoco lo entendemos nosotros. Según mi tío y mi madre, manipularon ciertos informes por conveniencia.

- ¿Conveniencia de qué? –preguntó James con curiosidad-.

- No lo sabemos. Creemos que ellos sospechan o saben algo, pero nunca nos lo han contado –respondió Jeff encogiéndose de hombros-. Hemos hablado, y hemos pensado que quizás había algo en su trabajo. Siempre han experimentado con cosas peligrosas y quizá hubo algo que no interesaba que se supiera. Solo eran tres en el departamento, uno había fallecido en un accidente poco antes y el otro hombre ya es bastante mayor...

- A nosotros lo único que nos pedían eran informes constantes de nuestra estancia aquí, y que averiguáramos como quien no quiere la cosa cuanto se había extendido por aquí el rumor de que es mortífago –añadió Sadie-. A cambio, a veces nos contaban como iban mejorando los planes que liberarle de Numergant.

- ¿Y qué me decís de la coartada? –preguntó Sirius frunciendo el ceño al percatarse de eso-. Podía haberse excusado con decir que solo quería impedirlo y que vosotros estabais allí...

- No –le interrumpió Jeff-. Él no la habría dado. De hecho, ocultamos a todo el mundo mi capacidad porque ellos no querían que se supiera. Mis padres temían que me encerraran para estudiarme, o algo así. Cuando le sugerimos a mi madre hacer eso para liberarle, no quiso saber del asunto.

Miró a su hermana algo temeroso, pero por primera vez en meses no encontró reproche en su mirada.

- Lo hecho, hecho está –le dijo como única respuesta-.

- Había algo que quería comentar –dijo Remus levantándose de la cama y encarando a Jeff-. Antes, en el recuerdo en que tuviste la visión, vi algo en tu expresión que me sonaba, y ya sé qué es.

- ¿Ah sí?

- Pusiste la misma cara el día del incidente de la biblioteca, cuando Peter casi nos mata a todos con la lámpara –Rachel no pudo evitar poner una chistosa cara de desconcierto al oír eso, pero Gisele la asintió solemnemente confirmándola el hecho-. Fue después, cuando íbamos a jugar al ajedrez –Jeff asintió recordándolo-. Se me cayó un papel al suelo, y tú te quedaste mirándolo con la misma expresión. El papel era una carta de Rachel –Jeff asintió de nuevo-. ¿Viste algo?

Jeff se quedó callado, y miró a Sadie un momento. Su hermana se había puesto seria de nuevo. Sin embargo, un segundo después, Jeff compuso una amable sonrisa y se limitó a contar la versión light.

- Vi que ella volvía a Hogwarts. No sabía quien era, pero por la imagen deducí que era alguien especial, porque no podía salir, como de hecho ha ocurrido. Y claro, por la evidente imagen también supe que era tu novia.

Remus y Rachel se sonrojaron ligeramente, pero Sirius y James se carcajearon de lo último.

- ¿Qué imagen viste, Jeff? ¿Qué imagen? –preguntó Sirius risueño, haciendo que a Rachel se la subieran más los colores-.

Era increíble como podían cambiar su humor de un momento a otro. Ahora el chico se había acercado a Jeff y le palmeaba la espalda como si fuera un amigo de toda la vida, olvidando el odio y la frialdad con que le trataba apenas hacía unos minutos.

- ¿Sabíais que vendría? –preguntó Rachel recelosa-. Pero no sabíais quién era.

- Al principio no. Luego ya lo averigüé yo a mi manera –confirmó Sadie orgullosa, pese a que se ganó varias miradas de reproche-.

- ¿Y no hicisteis nada en mi contra? ¿No vinisteis a atacarme o entregarme? –había incredulidad en su voz, pero los dos hermanos sonrieron al unísono-.

- Considéralo una prueba más de que decimos la verdad. Nunca pretendimos hacer daño a nadie, y nuestro padre tampoco. Solo nos vimos involucrados en esto porque Jeff vio la situación y nuestro padre quiso cambiarla. No está ni estamos a favor de ese loco, como dicen por ahí.

Todos se quedaron en silencio esperando la reacción de Rachel. Incluso James y Sirius habían dejado de sonreír y miraban a su amiga, que solo prestaba atención a los dos muchachos. De pronto, en un impulso, se levantó corriendo, alarmando a Nicole, y fue hacia Jeff y le abrazó con fuerza.

- Esto...

Jeff no sabía qué hacer, y se limitó a darla unas torpes palmadas en la espalda mientras se oían pequeños sollozos de la chica. Se soltó y se lanzó hacia Sadie que puso una cara como si la fueran a mandar un Avada. Sin embargo, la muchacha no se percató o lo ignoró, pues la abrazó con la misma fuerza que a su hermano.

Kate se llevó una mano al pecho conmovida, Gisele sonreía y Grace y Lily se miraron con complicidad, mientras que los chicos, excepto Remus que era más sensible, se miraban confundidos y ceñudos. Nicole llevaba rato mirando fijamente a Jeff con expresión inescrutable.

- Vaya esperaba encontrar una batalla campal y me encuentro con una escena imposible de creer. –afirmó una voz madura desde la puerta de la habitación-. Aunque debo decir que estoy orgulloso, pues siempre he defendido el poder de la palabra por encima del de la varita.

- ¡Profesor Dumbledore! –exclamó Lily con un toque de histeria en la voz-.

Tenían permiso para estar allí, ¿no? Anda que como estuvieran incumpliendo alguna regla... Miró a los demás, y la mayoría sonreía tranquilamente al director.

- Me informaron de que dos muchachitas organizaron una buena pelea en la sala común de Gryffindor, y que luego varios alumnos desaparecieron. ¡Vaya, señorita Ashford, usted también aquí! Me pareció que sus amigas la buscaban, pero no comprendo por qué no imaginé que estaría aquí.

Nicole se puso colorada y bajó la cabeza, pero no fue capaz de explicarse con una frase coherente. Sin embargo, el director no parecía regañar a nadie, sino que les miraba encantado.

- Veo que se decidieron a contarles la verdad a sus amigos, señores Williams. ¿O a partir de ahora prefieren Duncker?

- Da igual -dijo Jeff encogiéndose de hombros-.

- Yo prefiero Duncker –dijo Sadie inmediatamente después-. Y sí, hemos preferido contar la verdad de una vez. No me apetece que me traten como la pobre víctima de las acciones de su padre cuando yo estoy muy orgullosa de él.

El director sonrió enigmáticamente, pero no dijo nada al respecto.

- Por lo que veo han solucionado sus diferencias sin recurrir más a la violencia –añadió mirando con un pequeño reproche de Rachel-. Me alegra ver que son amigos, pero me temo que debo interrumpir esta agradable reunión. Algunos padres se han puesto nerviosos y han venido a hablar conmigo. Para tranquilizarles, les he dejado ver a sus hijos, pero dos de ellas no aparecían y el pánico ha surgido. Así que creo que lo mejor será que la señorita Mendes y la señorita Hagman vayan a tranquilizar a sus padres, antes de que esto vaya a más. Por cierto, señorita Sandler, también recibí noticias de sus padres, y le pido por favor que les escriba y les comunique que todo está bien y no tienen que echar a la Ministra en mi contra.

Ante esto último, Grace miró al director sorprendida, y compartió una mirada de desconcierto con Lily, que estaba al lado de James que se estaba partiendo de risa.

Sin embargo, por el bien de la paz, decidieron ir hacia la torre Gryffindor junto al director, y los mellizos como si fueran amigos de toda la vida. Todos se despidieron de Rachel, y para sorpresa de ella, Nicole la dio un pequeño abrazo. Remus decidió quedarse a hacerla compañía. Ya suspiraba tranquilamente, cuando el director se dio la vuelta y la miró seriamente.

- Rachel, más tarde me pasaré a hablar contigo sobre lo de pasearse por el castillo con tu otra apariencia. Me consta que no es la primera vez que lo haces, y me gustaría que fuera la última.

Después salió por la puerta, dejando a la parejita a solas.

- Cuadros chivatos de mierda... –musitó Rachel dando una patada al suelo-.

OO—OO

Los demás llegaron rápidamente a la torre Gryffindor, y el director, al ver que con el tiempo que hacía, lo más probable era que los alumnos acabaran en la Sala común, decidió ir a buscar él a los padres y tener esa discusión de la que no se podían librar en un lugar más privado.

- Será mejor que nos vayamos antes de que lleguen –dijo Sadie con seriedad, mirando a su hermano que asintió-.

Los demás también lo creyeron conveniente, y se despidieron de ellos por el momento. Nicole dudó durante unos segundos, pero Grace la dio un empujón que la decidió a seguir a Jeff. Sin embargo, no habían abandonado el lugar cuando se escuchó una voz ansiosa al otro lado del pasillo.

- ¡Gis! ¿Estás bien?

Cora se lanzó hacia su hija y la envolvió en sus brazos, mientras que la chica intentaba zafarse con incomodidad.

- ¡Mamá! ¿Se puede saber qué hacéis aquí? –preguntó en un tono más rudo del que pretendía, y ganándose una mirada de reproche de su padre, que llegó poco después-.

- Pues, ¿qué voy a hacer? Venir a ver qué ocurre y... –se quedó en silencio al vislumbrar a tres figuras que observaban inmóviles la escena un poco más alejados. Quizá fuera el instinto maternal, o quizá fuera que lo percibió en el tono del director, pero les reconoció-. ¿Son ellos? ¿Estaban juntos? ¡Tomás, vámonos a casa! Les podría haber ocurrido cualquier cosa en compañía suya, ¡me llevo a mi hija, Dumbledore!

- Mamá, que te pasas de histérica... –murmuró Gis ligeramente abochornada-.

- ¡Mami! –gritó Kate al ver a su madre llegar a la par que el director-.

La chica salió corriendo y abrazó a su madre con una amplia sonrisa en los labios. La mujer también sonrió, y la besó en la mejilla repetidas veces en un gesto muy cariñoso. Después sonrió a los demás, y se adelantó para darle un beso a Sirius que la abrazó con fuerza, consiguiendo que se riera y olvidara la preocupación por un momento.

- Yo insisto en que si insistes en poner a esa chica en la misma habitación que mi hija, no tendré más remedio que sacarla del colegio, Albus –comunicó Tomás seriamente-.

- Pero si...

- Sabemos que son niños también, ¡pero a saber lo que les han enseñado en casa! Y no me refiero solo a sus ideas, sino a maldiciones o encantamientos –intervino Cora apretando más a Gisele que insistía en soltarse-.

Desde lejos, tanto Sadie y Jeff como Nicole escuchaban la bizarra conversación, pero no hicieron ningún gesto por destacarse.

- Señores, si nos escuchan –intentó Lily, pero fue interrumpida por la madre de Kate-.

- A mi me aterra la sola idea –dijo con un estremecimiento. Después se volvió hacia los muchachos y endureció la mirada, añadiendo con una voz más fría-. El que mi hija sea mestiza no la hace menos bruja que vosotros, y como...

- Mami, cálmate –suplicó Kate-. Son nuestros amigos.

- ¿Qué estás diciendo? –preguntó la madre de Gis-.

- Ya te lo explicaré con calma, mamá –la respondió su hija compartiendo una mirada con Sadie. Antes tendría que saber qué tenía permitido decir-.

- Pero...

- Confiad en nosotros, gente –exclamó Sirius alegremente-. Estaremos todos divinamente. Y no podéis llevarlas a ningún sitio, que estas dos semanas se pone interesante el colegio.

- Sí, ya va siendo hora de colgar el muérdago, y señora –añadió James mirando a la madre de Kate con la cara más inocente que pudo-, no querrá quitarle a Sirius la diversión con su hija.

Sirius le fue a dar un capón, pero James le esquivó, aunque no lo consiguió con el codazo que le dio Lily.

- Creo que no quiero saberlo –rió la madre de Kate, alborotándole el pelo a Sirius-.

- ¿Gis? –preguntó su madre con súplica-.

- Yo me quedo así tenga que atarme al retrato de la Señora Gorda. ¡Por cierto! ¿La habéis visto? ¡Que pena que no habéis venido en fiestas, a veces se emborracha!

- Ehm, señorita Mendes, ese es un tema que no estamos tratando –intervino Dumbledore con una sonrisa-.

El matrimonio se miró dubitativo, pero Gisele se puso las manos en las cabezas, igual que cuando tenía tres años y se imponía para comer una galleta antes de cenar. Al final acabó ocurriendo como siempre: que se salió con la suya.

- De acuerdo. De todas formas faltan dos semanas para que vengas a casa. Si nos cuentas algo que no nos creamos, después de Navidades no vuelves –la advirtió su padre-.

Gis sonrió triunfalmente y se volvió hacia los alejados muchachos para hacerles el gesto de la victoria. Jeff no pudo reprimir una carcajada que no sentó bien a los padres.

OO—OO

Mientras los adultos se despedían, Jeff le hizo un gesto a Nicole para que le acompañara algo más lejos. Se despidió con un gesto de su hermana, y ambos comenzaron a caminar por los pasillos, sin tocarse, y sin hablarse. Cuando llevaban varios minutos caminando, Jeff rompió el hielo.

- Me crees, ¿verdad? –la preguntó-.

Nicole suspiró en voz baja, tanto que él casi no la oyó. Miró hacia el fondo del pasillo, y durante un momento parecía que no iba a responder.

- Sí. No cabe duda que decís la verdad. Los recuerdos y los datos son muy realistas.

- Entonces, ¿por qué me sigues mirando con decepción? –preguntó preocupado. Los demás habían cambiado su actitud hacia ellos en cuanto supieron toda la verdad, pero Nicole le miró aún más seria si cabía, y no entendía por qué-.

- Porque antes de saber todo eso, había algo muy importante que no me habías contado, y ahora hay dos cosas muy importantes que no me habías contado. No me contaste que eres hijo de Bernard Duncker, ni tampoco que tienes esas visiones. ¿Tan poco confías en mi?

- No es que...

- No, verás. Me acuerdo cuando empezamos a salir, que me dijiste eso de que buscabas una relación madura, y pensé: ¡Vaya suerte! Por lo menos habrá un adulto en esta relación. Pero yo, por relación madura entiendo la de mis tíos, (la de mis padres no, porque si no son capaces de estar juntos en la misma habitación...). Pero me refiero que yo la entiendo como la tienen ellos, que es completamente sincera y llena de confianza. Me hacía ilusión tener eso, y me hacía sentir responsable por primera vez en mi vida. ¡Hasta mis amigas me envidiaban! Me decían: Bueno, tienes un novio feo, pero al menos se compromete.

Jeff arrugó la nariz ante lo último, y en cualquier otra ocasión habría hecho un comentario al respecto, pero esa vez prefirió callarse.

- ¿Por qué no me lo contaste? ¡Soy una persona de mente abierta, lo habría intentado entender!

- Me habrías pegado un guantazo –le contradijo escondiendo una sonrisa-.

Nicole titubeó.

- Bueno, puede ser. Pero después te habría escuchado. Pero, ¿no crees que es peor haberme enterado así?

- Tenía miedo de que si te enterabas, no te lo creyeras y te alejaras pensando que estaba loco. –confesó agachando la mirada-. No es una cualidad tan común...

- Tampoco tan terrorífica –le contradijo-. No es como si hablaras pársel. Yo lo habría entendido...

- ¿Pero ya no? –preguntó notando que utilizaba el pasado en toda la conversación-.

Nicole suspiró de nuevo, cerrando los ojos. Se lo pensó unos segundos antes de contestar.

- No lo sé. Es decir, lo entiendo y no te considero un loco, ni un raro...

- Ni un fenómeno –añadió él utilizando su antiguo apodo y consiguiendo que ella frunciera el ceño-.

- Nada de eso. Pero, no sé si voy a ser capaz de perdonarte que no confiaras en mi. Yo te lo he contado todo, hasta lo más vergonzoso, que no son pocas cosas...

Jeff se quedó en silencio, intentando averiguar qué hacer. Por un momento se le ocurrió hablarla de la primera que la vio, de la visión que tuvo de ellos dos, de lo que había sentido entonces, de por qué se comportaba sin miedo solo con ella. Pero no le parecía justo manipularla de esa forma para que le perdonara. Para eso ya habría tiempo, y por el momento, lo que necesitaba era volver a ganarse su confianza.

- ¿Y si empezamos de cero? Nos conocemos, no vamos haciendo amigos, y tú decides si me das una oportunidad, ¿qué me dices? –la preguntó con esperanza-.

Nicole le miró confundida, sin saber exactamente a qué se refería, y él alargó su mano para estrecharla.

- Soy Jeffrey Duncker Williams, tengo diecisiete años y mi padre fue encarcelado por un delito que no cometió, y ayer mismo consiguió escapar. Me gusta jugar al ajedrez, y tengo la particularidad de que de vez en cuando tengo visiones sobre relampagueos del futuro, cosa que me trae de cabeza.

Nicole no pudo evitar sonreír ante semejante presentación. Le estrechó la mano de vuelta, y la agitó enérgicamente.

- Yo soy Nicole Ashford, el mes que viene cumpliré los dieciséis, mis padres están divorciados, y me apasiona el quidditch. Pertenezco al equipo de mi casa porque mi mayor rival se metió la leche contra el suelo y se rompió el hombro, pero mi capitán no me soporta y solo me llevo realmente bien con mis dos compañeros masculinos del equipo. Tengo la voz chillona, el carácter demasiado entusiasta y suelo decir lo primero que se me pasa por la cabeza sin pensarlo antes, por lo que no caigo especialmente bien, aunque mis amigos son los más leales de todo Hogwarts.

- Encantado de conocerte, aunque me consideres feo.

Nicole se rió.

- Yo también me alegro de conocerte. No te considero tan feo hombre, aunque sé que tú me encuentras irresistible, y debo pedirte que te comportes –le respondió sacándole la lengua y haciéndole reír-.

Volvieron a caminar de nuevo. Aún sin tocarse, ni mucho menos darse la mano. Cada uno llevaba las suyas en los bolsillos de sus túnicas, pero, aunque la imagen se parecía, nada tenía que ver con lo que era unos minutos atrás. Ahí comenzaba de cero, una nueva historia entre Jeff y Nicole, libre de secretos y miedos.

OO—OO

Sadie volvió sobre sus pasos cuando escuchó que sus compañeros entraban en la Torre Gryffindor. No quería alejarse mucho de allí, pues, desde que llegó, por fin se sentía tranquila y liberada. De hecho, se sentía capaz de considerar a esa estúpida torre una parte de sí misma. Las circunstancias la habían convertido en una Gryffindor más.

Se quedó en el extremo del pasillo, observando desde lejos a la Señora Gorda, y escuchando las risas apagadas que salían del retrato, y no pudo evitar sonreír. ¿Quién sabe? Quizá había hecho amigos. Tenía que contárselo a Emil, pero de modo que no se sintiera celoso. Él estaba primero.

- Hola –dijo alguien a su espalda, sobresaltándola-.

Consiguió no gritar, pero el bote que dio su cuerpo la delató. Se dio la vuelta corriendo, casi con la varita en la mano. Que los chicos supieran ahora la verdad y ahora les aparecieran, no significaba que todo el mundo lo hiciera. Sin embargo, justo detrás de ella, y sin intenciones de atacarla, estaba ni más ni menos que Regulus Black.

Bajó su mano, y le dedicó una fría mirada, muy parecida a las que le enviaba antes de hacerse amigos. Si es que así se podían llamar.

- ¿Qué quieres? –le preguntó con dureza-.

- Llevo aquí todo el día. Bueno, desde que escuché el discurso de Dumbledore –Sadie enarcó una ceja, sin saber a qué se refería-. Fue más bien una bronca contra quienes os juzgan por ser hijos de un mortífago, pero yo lo comprendí de otra manera. Ellos suponen que vosotros estáis de acuerdo, y os insultan por ello, y yo supuse también que lo apoyabas, y te felicité, cuando me ha quedado claro que no es tu tema favorito.

- No. No lo es. Yo no celebro que mi padre haya estado en la cárcel, ni apoyo lo que hizo.

Aunque no la acabara de gustar, decidió utilizar con Regulus la misma versión que contarían a la mayoría del colegio: su padre podía ser un mortífago escapado de la justicia, pero ellos no tenían la culpa. Esa versión la producía asco, pero sabía que la verdadera suponía aún mucho peligro para su padre, y aunque algo la decía que confiara en Regulus, él seguía formando parte precisamente los seguidores de ese mago oscuro. Beneficiaba más a su padre que le consideraran de su parte, estaba claro.

- Quieres decir que tú no tienes sus mismas creencias, ¿no? –preguntó Regulus algo desilusionado-.

- Sí. Pero, supuestamente, ya eras amigo mío cuando suponías que era así, ¿no?

Al fin y al cabo, ella nunca había mostrado preferencia por las artes oscuras.

- Pero tampoco te mostraste en contra.

Sadie se encogió de hombros.

- Supongo que los "supuestamente buenos" hicieron bastante encarcelando a mi padre como para que yo les guarde respeto. No apoyo el asesinato, y mucho menos por el hecho de que la persona tenga más o menos sangre muggle. Pero no me verás luchar a favor de ningún bando.

- Me alegra oír eso –le contestó Regulus-. No querría enfrentarme contigo nunca.

Ella sonrió de vuelta. Eso era mucho decir, para ser Regulus y para ser ese tema. Él la miró algo dubitativo.

- Entonces... ¿todo sigue igual? Al fin y al cabo la nueva noticia no tiene por qué afectar nuestra amistad, ¿no?

- No. No tiene por qué. Solo que ahora ya no tendrás que esconderte para que no te vean conmigo, ¿no? –le preguntó mordazmente-.

Regulus tragó saliva ruidosamente.

- Admito mi culpa en eso. Soy imbécil, lo siento.

- Sí que eres imbécil, sí... –murmuró ella con voz cansada-.

- Pero si quieres aún me puedo esconder...

Tenía en su rostro una sonrisa burlesca que, de nuevo, la recordaba terriblemente a Sirius. ¿Por qué esos dos no podían llevarse bien? Eran hermanos, y aunque eran distintos, tenían muchas cosas iguales, también. Quizá, en calidad de amiga de ambos, debiera hacer algo al respecto.

Eso sí, lo primero que hizo fue darle una colleja por ese comentario, y agarrarle de la túnica para tirar de él hasta los soportales. Al fin y al cabo, hay costumbres que no deben perderse.

OO—OO

- Lily, ¡tengo hambre!

- Solo es un segundo, James. Lo cojo y bajamos a las cocinas.

James entraba bufando por el retrato de la torre de premios anuales, empujado por Lily que no quería quedarse sola. Los demás habían decidido ir a comer a las cocinas, pues era media tarde y no habían probado comida desde el desayuno, y ellos les seguirían después que Lily cogiera algo "importantísimo" en su torre. Al pobre James no le quedó otra que acompañar a su novia, sobre todo porque ella le obligó.

- ¿Sabes de qué me acabo de dar cuenta Lils? –la preguntó de repente-.

- Ilumíname.

- Mis padres no se han preocupado por mi. Los de Gis y Kate han venido, los de Grace han escrito... y ellos, ¡nada! No me quieren... –murmuró haciendo un puchero y echándole dramatismo a la historia-.

Lily se rió negando con la cabeza, hasta que su mirada se posó por una gran lechuza blanca que les miraba desde la ventana. La reconoció como la del padre de James, y le dio un codazo, con una risotada más grande.

- Que no se preocupan por ti, ¿eh? –le dijo-.

James fue hasta la ventana y desenredó la gruesa carta que estaba atada en su pata.

- ¡¿Cinco pergaminos?! –exclamó atónito-. Pero estos, ¿qué quieren decir con tanto papel?

- Ábrela, que debe estar interesante –le animó ella poniéndose de puntilla por encima de su hombro para mirar.

Querido James –comenzaba la carta, escrita de puño y letra por su madre-.

Esta mañana tu padre y yo al abrir el periódico nos hemos encontrado con una noticia que te afectará. A estas horas ya sabrás que Bernard Duncker ha escapado. Esta noticia nos llena de...

- Bla, bla, bla...

- ¡James, un respeto que es tu madre! –le regañó Lily con un golpe en el hombro-.

Pero la noticia que nos ha preocupado es en la que se revela que los hijos de ese hombre están en Hogwarts. Tanto tu padre como yo, creemos que si están allí es porque Dumbledore tiene buenas noticias para ello, y consideramos que no debemos decirle cómo debe dirigir su colegio. Sin embargo, teniendo en cuenta que te he parido, te conozco mejor que tú mismo. Por eso te advertimos que si haces alguna de tus estúpidas peleas de ti contra el mundo, te mandaremos derechito a casa. No pongas ahora cara de ofendido, pues sé que te gana la impulsividad, y eres capaz de hacer una locura de las tuyas.

Asegúrate que Sirius sepa que esto también va por él, que aunque sea mayor de edad, le considero un hijo más. Por eso, os aviso a los dos que si recibo un aviso de la profesora McGonagall sobre alguna pelea, os pongo a los dos el culo como un tomate.

Disfrute de los últimos días antes de Navidad. ¡Ya tenemos ganas de verte! Te quieren:

Papá y mamá.

James acabó de leer la carta con una expresión muy extraña en el rostro, que hizo reír a su novia.

- ¡Es increíble! ¡No se preocupan por mi, sino por los que están a mi alrededor!

- Muy sabios tu padres –comentó Lily con una gran sonrisa-.

Aún picado por la carta, James se volvió hacia Lily agitando la carta.

- En ese sentido tienes mucha suerte que tus padres sean muggles. Son más permisivos a la hora del comportamiento, porque no saben cuál es el adecuado en un colegio como Hogwarts.

- Tiene sentido, teniendo en cuenta que yo he dado los mismos problemas que tú –ironizó la chica con una sonrisa-. Pero mi madre también es de armas tomas. ¡Ya la conocerás en Navidades!

Riéndose aún de la carta, sube a la habitación para recoger lo que necesitaba, mientras James se queda con una sonrisa, que va desvaneciéndose a medida que se da cuenta de algo: Las Navidades eran en dos semana. Su novia, con la que llevaba unos días saliendo, pretendía presentarle a sus padres dentro de dos semanas. Pero, ¿esa mujer a qué velocidad iba? ¡Encima a conocer a los suegros!

Él aún recordaba que, cuando Sirius fue a conocer a los de Kate, volvió acojonado. ¿Y si el padre de Lily era tan sobre protector como el de Kate? El hombre también era muggle, un cristalero, que amenazó a Sirius con sacar el filo a la maquina que usaba para pulir los cristales, con su cuello.

Peor aún. Acababa de darse cuenta de un cosa: si Lily le presentaba a sus padres, querría conocer a los suyos. ¿Su madre y Lily en la misma habitación? Nada bueno podía salir bien de eso. Al menos para él.

O-oOOo-O

En fin, esa es la verdad... Sadie y Jeff les mostraron la verdad, y resulta ser que su padre es inocente... ¿por qué creéis que manipularon las pruebas para inculparle más? Pista: Esta relacionado con otra cosa del fic... ¡Ya lo he dicho todo! XD

El siguiente capítulo será más divertido y extendido para variar un poco, así que supongo que sacaré más sonrisas al escribirlo. ¡Os daré otra pista! Se llama: "El cumpleaños de Gis y la fiesta de Slughorn". Algo os podréis imaginar jejeje

Y quedan dos capítulos antes de las vacaciones, y prometo que estarán cargados de sorpresitas para mis muchachos :P Espero que os guste ;) Un besazo!

"TAVESURA REALIZADA"

Eva.