-La historia es de mi completa autoria más esta ligeramente basada en la segunda temporada de la serie "Kósem La Sultana" producida por Timur Savci y ahora protagonizada por Nurgül Yeşilçay (Sultana Kösem) y Metin Akdülger (Sultan Murad IV). Los personajes son propiedad de Masashi Kishimoto, más su distribución y/o utilización corre absolutamente por mi cuenta para la dramatización de la historia.


Capitulo 13

-Adelante—índico el Príncipe.

Kagami cerró el libro que estaba leyendo aquella cálida mañana, dejándolo sobre el diván en cuanto las puertas se abrieron y permitieron el tardado ingreso de Eri a sus aposentos, pareciendo nerviosa. Ella, en sí, era una visión tremendamente cautivadora; con su largo cabello castaño dorado adornado por una diadema de tipo cintillo hecha plata y cristales azules adornando su largo cabello que caía sobre sus hombros como una marea de rizos y su cadenciosa figura cubierta por un simple vestido azul claro de escote redondo con un enmarcado cuello en V, decorado por tres botones y holgadas mangas que cubrían los brazos. El impulso inmediato de Kagami, al verla entrar, no fue otro que levantar de forma inmediata y abrazarla.

Agradecida y ruborizada por el gesto, Eri no dudo en responder mientras seguía sopesando la noticia en su mente. Desde aquella primera vez que habían estado juntos, habían pasado las noches juntos un par de veces cuando menos…y ahora eso estaba teniendo repercusiones muy importantes. Eri temía decirlo, temía que su Príncipe no tuviera en sus planes tal situación, temía perder el lugar especial en su vida solo por su nueva condición. Sintiendo como el abrazo era roto por parte de Eri, Kagami envolvió protectoramente uno de sus brazos a la cintura de ella, tomándola del mantón y haciéndola levantar la mirada. Ella que era inocencia y dulzura, ella que era la única alma pura en el mundo, ella era todo para él y Kagami tenía que ella estuviera triste y nerviosa por algo.

-¿Qué tienes? Sabes que puedes decírmelo—recordó Kagami, para tranquilizarla.

Entre un tanto más tranquila y aún más nerviosa, Eri asintió, aprontándose las manos por mero instinto.

-Príncipe…-titubeo Eri, apartando brevemente la mirada. Ya no tenía por qué guardar silencio, tenía que decírselo, no era un amala noticia pero tal vez él no la tomar tan positivamente, -estoy embarazada.

Creyendo haber oído mal, Kagami parpadeo confundido antes de que aquella ultima oración se repitiera involuntariamente en su cabeza haciendo que jadeara brevemente, sorprendido. Eri estaba embarazada, iba a ser padre…¡Iban a tener un hijo! Una sonrisa no tardo en plasmarse en el rostro del Príncipe que abrazo inmediatamente a Eri que, sorprendida y sonriente, correspondió por completo, abrazándolo con todas sus fuerzas, llorando de alegría contra su hombro a la par que Kagami hacia lo mismo.

El imperio tendría otro Príncipe o Sultana, el hijo o hija de ambos.


Palacio de la Sultana Shina/Kirigakure

Vistiendo unas galas granate claro, -de escote cuadrado y liso bajo un bolero de igual color bordado en oro y diamantes, con mangas ajustadas al brazo y holgadas hasta casi cubrir las muñecas con unas muñequeras a juego con el vestido—ceñidas a su cuerpo por un cinturón de oro a juego con la soberbia corona de oro, rubíes y diamantes -sobre su largo cabello miel dorado recogido de forma ladina para caer sobre su hombro izquierdo— idéntica al exquisito collar sobre su cuello, ribeteado con diamantes a juego un par de pendientes, Shina se paseaba como una leona enjaulada dentro de sus aposentos ante la atenta mirada de su esposo que no había tardado en dar con más información sobre lo que pasaba en el Palacio. Para Shina resultaba humillante saber que su hermano estaba tras esta "Princesa Koyuki" como si se tratara de un simple perro en celo, era absurdo. ¿En qué estaba pensando su hermano exactamente? En nada aparentemente porque no estaba pensando con claridad.

Pensando tan pronto como le era posible, Shina jugo con la carta en sus manos. Su madre le había enviado indicaciones de que hacer y era momento de que se pusieran en marcha, la seguridad y estabilidad del Imperio lo era todo y debían velar porque todo se mantuviera tal y como hasta ahora.

-Tenemos mucho que hacer—concluyo Shina, deteniendo su andar y volteando a ver a su esposo.

Konohamaru asintió, como siempre, completamente de acuerdo con ella y con lo que decidiera. Su esposa era la mujer con más suerte del Imperio; había elegido con quien casarse, su conocimiento intelectual era tan grande que había dado conscientemente con un político fuerte y con buena reputación, un hombre dócil y leal a su vez de quien se había enamorado perdidamente y viceversa, pero que además le daba la vida que ella siempre había soñado tener; poder y seguridad como consiente prueba de ese amor.

-Aratani—pronuncio la Sultana en voz alta.

En los aposentos de la Sultana y el Pasha, ahí presentes, se encontraba cuatro jóvenes presentes, las doncellas de la Sultana Shina y una especialmente era requerida por la orden de la Sultana, avanzando de forma recatada y con la mirada sumisa y respetuosa. Era una mujer absolutamente hermosa con aquel rostro angelical, facciones prácticamente perfectas, grandes, gatunos e inocentes orbes esmeralda que brillaban como tal, largo cabello castaño uro plagado de risos y piel de alabastro, remarcada todavía más con aquella hermosa silueta femenina, tenía un aire inocente y coqueto sobre su persona, atrayente. Su cabello estaba adornado en el costado derecho por un broche de plata y diamantes en forma de flores de cerezo a juego con un par de largos pendientes de los que colgaban un cristal en forma de lagrima y un brazalete de plata sobre su muñeca izquierda, su figura era cubierta por un sencillo vestido aguamarina de escote en V decorado por cinco botones en caída vertical, mangas ajustadas al brazos y abiertas a la altura del codo, ceñidas a su figura por un cinturón de plata.

Deteniéndose ante la Sultana, La joven levanto respetuosamente la mirada, percibiendo el análisis que hacia la Sultana sobre ella, conforme con su aspecto.

-Debes comenzar a prepararte—anuncio Shina con una sonrisa que le contagio a la joven doncella, -mi madre quiere que seas la favorita de Daisuke.

Aratani no era como el resto de las mujeres, había llegado al Palacio a los doce años desde Atenas, había sido criada por la Sultana Sakura hasta cumplir los dieciséis años cuando había sido envida al palacio de la Sultana Shina para formar parte de su sequito y recibiendo una educación igualmente completa. Ahora, a sus diecinueve años, Aratani recibía la respuesta que la Sultana Sakura le había prometido desde su llegada al Palacio; sería la favorita del Príncipe Daisuke y para ello debía prepararse de forma exhaustiva para cumplir el propósito que tenía a ojos de su Sultana.

Su lealtad estaba con la Sultana Sakura que era como su madre.


Sasuke cerró el libro de reuniones del Consejo Real, ya habiendo repasado lo que consideraba conveniente.

Importantes decisiones habían sido tomadas aquella mañana, decisiones que—esperaba—fueran tan fructíferas como él esperaba, con aquellos pensamientos, Sasuke dejo el libro sobre su escritorio antes de girarse hacia ñas puertas de sus aposentos que fueron abiertas de forma repentina, anunciando omnisciente a la única persona que no necesitaba pedir permiso en su presencia. Sakura, radiante como siempre, sonrió en canto lo vio.

Estaba usando un sencillo vestido violeta de mangas ajustadas y abiertas a la altura del codo, falda lisa, escote corazón y apariencia indiferente que tenía sobre su una chaqueta superior de color purpura plagada de estampados color negro que emulaban flores de cerezo y el emblema de los Uchiha, de cuello alto y cerrada por un botón de plata con una gema de ónix en el centro como los demás botones que iniciaban bajo el busto y hasta la altura del vientre, la forma de la chaqueta formaba un escote redondo que exponía parte del vestido inferior. Su largo cabello se encontraba perfectamente recogido tras su nuca, adornado por una elegante corona de plata, diamantes y amatistas en forma de rosas y espinas, sosteniendo un largo velo violeta que cubría su espalda, haciendo destacar los largos pendientes de plata y diamantes.

Hiendo en su encuentro, Sasuke entrelazo sus manos con las de su esposa que, en ningún momento, aparto sus ojos de él y viceversa.

-Me alegra verte completamente recuperada- admitió Sasuke con silente temor.

Siquiera imaginar que ella pudiera correr peligro era una sensación atroz y horrible, ella, pese a ser la Sultana más poderosa del mundo, no podía gozar de la misma protección que él siempre tenía, eso era un hecho. Ni aunque lo intentar con todas sus fuerzas, protegerla todo el tiempo era imposible.

-Eres tu quien me da fuerza—garantizo Sakura con una sonrisa.

Sin resistirse en ningún momento, Sakura se dejó guiar para que ambos pudieran hablar calmadamente, sentados sobre el diván central en la habitación. Con cuidado, Sakura se acomodó la falda, no soltando las manos de su esposo en ningún momento, esos instantes del día en que podían estar tan cerca eran todo para ella. Koyuki ya no significaba una amenaza, la partera lo había garantizado tras cumplir sus órdenes, Naoko desaparecería, con el tiempo, y Sasuke haba firmado un decreto mediante el cual el ejército Jenízaro y los soldados Spahi tuvieran un salario mucho mayor; tenían a quienes más necesitaba de su lado, al ejército y con ellos podrían destruir a quien desearan.

-Tomaste una excelente decisión—aludió Sakura, sonriente. Sasuke no se dejo sorprender, ella siempre sabía todo lo que sucedía y él agradecía que fuera así, -pero te faltó algo- comento para confusión de él.

Sasuke frunció ligeramente el ceño ante sus palabras, ¿Qué había faltado? El ejército estaba y siempre estaría completamente de su lado, hasta ahora Daisuke no había dado problema alguno y eso era algo positivo, Naoko se haba quedad callada tras la discusión sostenido hacía ya una semana. Podían respirar tranquilos, o eso podía decirse.

-¿Qué me faltó?—inquirió Sasuke, deseando escuchar su opinión.

Una sonrisa ladina apareció en el rostro de Sakura con solo escucharlo, Sasuke era diferente como Sultan, en cuanto a sus predecesores claro, justo, ecuánime, pacifista, intelectual, cauto, precavido y tolerante, nunca pensaría en actuar con crueldad, rudeza o agresividad a menos que la situación fuera extremadamente compleja como para requerir que fingiera una actitud sanguinaria y puede que incluso cruel, pero esto sucedía en ocasiones sumamente escasas. Sakura sabía que, si algún día le sucedía algo, Sasuke podría seguir bien sin ella, era más fuerte y capaz de lo que él mismo pensaba.

-No agregues las prebendas ni los bienes confiscados de los exiliados al tesoro Imperial—sugirió Sakura con voz pasiva, viendo asentir a Sasuke a modo de respuesta, ratificando que tenía su atención, -reparte el dinero y las posesiones entre los católicos y rebeldes, así guardaran silencio y tomaran falsa confianza—Sasuke sonrió ladinamente, ya entendiendo lo que estaba sugiriendo, como siempre, las estrategias de ella eran las mejores. –Deja que peleen entre si y se destruyan.

No necesitaban hacer nada, solo ser espectadores de la caída de sus propios enemigos.


-No suelte las riendas—aconsejo Boruto.

Guiando el caballo junto al que caminaba, Boruto observaba divertido al pequeño príncipe Izuna. Se estaba tomando la voluntaria molestia de ser su instructor personal de equitación. Como soldado y jenízaro, Boruto había tenido que aprender a mantenerse con eficiencia sobre un caballo, caer era imperdonable y no manejar toda táctica posible para pelear sobre uno era degradante. Por ello la Sultan Sarada, conociendo su experiencia militar y táctica, le había pedido este pequeño favor ante el cual el Uzumaki no había podido negarse porque encariñarse con aquel Príncipe era espontaneo, era tan responsable y correcto, nunca hacia nada indebido, era un niño al que Boruto se había encariñado inevitablemente.

Sarada sonrió divertida, observando todo desde la entrada de las caballerizas.

Sobre su vestido, que no era visible, lucía un pesado y exquisito abrigo de piel azul oscuro, cerrado a su cuerpo por seis botones de plata con un zafiro en el centro, una corona de oro y zafiros que emulaban lirios y pétalos sostenía un largo velo turquesa claro que cubría parte de su cabello. Una gargantilla de plata se encontraba alrededor de su cuello, de la cual pendían decenas de cristales azules y diamantes en forma de lágrima así como un par de largos pendientes a juego. Era revitalizante para ella ver a su hijo tan feliz y aún más si se trataba de Boruto que era un amigo muy preciado para ella. Boruto, sonriéndole desde lejos, hizo que el aballo se detuviera, cargando entre sus brazos al Príncipe que no dudo en abrazarlo hasta encontrarse seguro sobre el suelo.

-Mamá, Boruto dijo que puedo volver a montar mañana—pronuncio Izuna, claramente deseando revivir la experiencia.

El nombrado se encogió de hombros disimuladamente, sintiendo la mirada de la Sultana sobre si, pero lejos de expresar molestia, arada no hacía sino sonreír. Nunca podría negarle nada a su hijo, mucho menos si esto involucraba Boruto que era de su entera confianza, no tenía por qué oponerse.

-Si eso quieres, claro que puedes hacerlo—permitió Sarada, levantando su mirada hacia sus dos doncellas presentes, -Himawari—la nombrada asintió, con una reverencia.

La joven doncella se acercó al Príncipe Izuna, tomándolo de la mano, y guiándolo por el camino que llevaría hacia el Palacio. El pequeño Príncipe, sin poder evitarlo, se giró una última vez, despidiéndose de Boruto con la mano, quien correspondió de igual modo, sonriendo.

-Muchas gracias Boruto—admitió, como siempre, la Sultana.

Boruto se había ganado su confianza y resultaba imposible para Sarada el no agradecerle todo lo que hacía, dejaba a un lado parte de sus responsabilidades para ayudarla a ella y velar por la seguridad de su hijo sin tener obligación alguna, ¿Cómo no agradecer algo así?

-Es un placer, Sultana—respondió Boruto, sin dudar jamás en ayudar a la Sultana de manera voluntaria, -es un niño maravilloso—adulo el Uzumaki, viendo al Príncipe desaparecer en el umbral del jardín. La única testigo presente entre ambos era Chouchou que se mantenía callada y atenta. -Kami mediante será como su abuelo y antepasados.

La herencia del Príncipe era clara, tenía la misma personalidad segura y matizada de carácter que tenían los Príncipe Daisuke, Rai, Kagami y Shisui, la misma personalidad del Sultan Sasuke, del difunto Sultan Baru, del Príncipe Itachi y de sus antepasados; los Sultanes Izuna y Madara. Podría enfrentar la vida sin el menor problema posible. Contemplando la sonriente y perfecta faz de ella, Boruto no consiguió evitar sentirse abrumado por su belleza, por esos luminosos orbes ónix cargados de emociones sinceras, completamente cautivado por ella que era la belleza personificada, por ella que iluminaba al mundo como la una estrella existente, ella que era la única y absoluta Sultana de su corazón.

-Sultana…- Sarada asintió al verlo titubear, quería decirle algo pero le costaba trabajo pronunciarlo, -no puedo apartar mis ojos de usted.

Escuchando aquellas palabras, Sarada bajo la mirada, nerviosa de solo escuchar esa declaración…nunca nadie le había manifestado atentamente sus sentimientos y ella no sabía cómo reaccionar, no sabía que hacer o decir, Izumi estaba enamorada de Boruto, no podía sentir nada por él por más que su corazón se lo gritara desesperadamente, por más que desease decirle que estaba enamorada de él, no podía. No podía ser egoísta, no era el momento apropiado para ser egoísta y amar, se suponía que debía ceñirse a un estrecho plan de vida y comportamiento a nada más.

-Estoy cautivado por su belleza, embriagado de su bondad—Boruto no pudo parar sus palabras, ahora que estaba siendo sincero, no esperaba nada salvo confesar lo que realmente sentía, -mi corazón late por usted.

Escuchándolo terminar, Sarada no pudo evitar esbozar una sonrisa ladina, entre encantada por ese coqueteo y divertida por sus habilidades como casanova. Primero Izumi y ahora ella, ¿Acaso era su plan tener a todas las mujeres para él?, ¿Quería tener su propio Harem? Sarada no lamentaría resistirse, ella no era una presa fácil de atrapar bajo ninguna circunstancia y ser tratada como una conquista cualquiera no estaba en sus planes.

-Bravo—adulo Sarada, sin cambiar la expresión de su rostro, -¿Se lo dices a todas?—pregunto, intrigada.

El Uzumaki bajo la mirada, claro, había tenido un par de aventuras en su pasado, como muchos hombres, pero jamás había conseguido enamorarse de ninguna mujer, Sarada era diferente de todas las mujeres que hubiera conocido, no solo porque fuera una Sultana sino porque tenía ese algo que la hacía resaltar por encima de cualquier mujer, sirvienta o concubina del Palacio, un fuego en su ser y su mirada que lo hacía cautivarse y acercarse desesperadamente a ella, deseando cada vez más de su presencia. Boruto levanto su mirada hacia la Sultana que esperaba una respuesta, no pudiendo evitar sacarle una sonrisa.

-No hay lugar para otras, Sultana, mi corazón no es tan grande—replico Boruto para sorpresa de la Sultana que, claramente, no esperaba esa respuesta. –Solo puedo sentir este amor por usted.

Suspirando suavemente, pero algo agitada por esas palabras que provocaban un latir desesperante en su corazón, Sarada no pudo evitar apartar su mirada por un breve instante. Chouchou estaba presente pero Sarada sabía que no diría nada, su amiga nunca la traicionaría, pero eso nunca podría haberle importado menos a Sarada. Nunca la habían cortejado, tal vez, en otras circunstancias, hubiera estado determinada a darse la oportunidad pero no en ese momento, no sabiendo que Izumi la odiaría son solo enterarse, era un juego demasiado peligroso de surcar siquiera.

-Ni tu dijiste esto, ni yo lo escuche, Boruto—dio por zanjado Sarada, sabiendo que eso era lo mejor.

Rodeándolo, Sarada se marchó siendo seguida por Chouchou sin voltear a ver a Boruto ni una sola vez, sonriendo ladinamente ante la situación y como las palabras de él retumbaban en su cabeza. Había sido extrañamente agradable saberse interés de un hombre que se atreviera a declarársele de aquella forma. Boruto, en su lugar, no se sentía decepcionado u absurdo por haber declarado sus sentimientos, sentía que había valido la pena haber dado esa imagen de soldado enamorado, podía sonreír y saberse dichoso, y todo eso por una sencilla razón: Ella no había dicho no. Ella no había admitido no corresponderle.

Había una posibilidad, podía existir algo entre los dos.


Ya cuando el atardecer estaba en su momento culminante, la Sultana Sakura abandono los aposentos del Sultan con una siempre luminosa sonrisa adornando su rostro y que no aminoro en cuanto encontró a Naruto ante las puertas del Sultan, claramente cumpliendo la función de Hasoda Basi mientas u hijo no estaba presente.

Naruto no podía entender cómo es que, sin importar el tiempo, la Sultana Sakura o hacia sino volverse cada vez más hermosa ante sus ojos con el pasar de los días y semanas, horas y minutos, ella que ayudaba desinteresadamente a todo el mundo, ella a quien el pueblo alababa como un ángel con forma humana, ella que no era cruel salvo si con ello protegía a su familia y al Imperio, ella que era venerada como una deidad por el ejército.

-Apenas y recuerdo todo lo que sucedió—declaro Sakura, claramente aludiendo al atentado sucedido hacía ya dos semanas y que aún quedaba en su memoria, -pero si recuerdo como luchaste por mí—una sonrisa avergonzada apareció en el rostro de la Sultana, -creí que me odiabas—reconoció.

Desde aquel omento en que el Uzumaki se le había declarado, hacía ya diez años atrás, Sakura no podía evitar creer que su negativa no había sino marcar una distancia entre los dos. Naruto nunca había vuelto a declararle sus sentimientos abiertamente después de ello, habían marcado las distancias desde ese día y nunca habían intentado cruzar esas líneas, ni siquiera por intentar reanudar su vieja amistad. Pero ahora Sakura se daba cuenta que todo era diferente, Naruto siempre había estado ahí para ella y ahora era su turno para estar incondicionalmente ahí para él de igual forma.

-Jamás, Sultan—reprocho Naruto, sorprendido por los pensamientos que había provocado en ella.

Sakura asintió, agradecida de ver que ese viejo lazo que los había unido aún seguía ahí, pese a todas las palabras dichas, pese a la frialdad de sus miradas durante los años…seguían siendo amigo y eso era lo importante, que nada había cambiado, que ellos ni sus sentimientos hubieran cambiado.


-Renuncia a esta idea, Metal Lee—comento Boruto, analizando los planos de su amigo, -volar es una locura.

Claro, volar era algo que muchos hombres desearían hacer, era algo contranatural que no estaba permitido a os humanos, era algo tan deseable como respirar bajo el agua o conseguir la inmortalidad misma, cosas que podían ser ambicionadas por el alma humana, pero Boruto a diferencia de su amigo era realista y entendía que eso era imposible. Un hombre nunca podría volar como un ave ni nadar sin salir a respirar como un pez, eran diferentes de los animales por una razón y no servía discutir para cambiar esa existencia. No tenían por qué hacerlo. Lejos de sentirse ofendido, Metal no encontró sino críticas con las cuales esforzarse todavía más, riendo ante los pensamiento de Boruto que pretendía ver con más realidad el cortejar aun Sultana, hija del Sultan nada menos, que volar. ¿Acaso había mucha diferencia? Ambas cosas eran inalcanzables.

-Su majestad no lo permitirá—acoto el Uzumaki.

El Sultan era un hombre que permitía los avances intelectuales, de hecho fomentaba a múltiples artistas, teólogos, filósofos y hombres de importancia destacada, el propio Metal Lee entre ellos, pero no como para fomentar la idea de volar, eso era totalmente imposible o eso se decía Boruto mientras dejaba los planos sobre la mesa. ¿No se tendrían alas si se pudiera volar?, ¿Qué clase de ideas nadaban en la mente de Metal Lee? Estaba soñando despierto.

-Tal vez…si tú hablas con él—sugirió Metal Lee, con ojos de cachorro.

Boruto negó de forma inmediata, riendo a causa de su buen humor. ¿Qué haría?, ¿Cómo le explicaría tal locura al Sultan? No tenía sentido intentarlo siquiera, Metal Lee acabaría por meterlo en un problema y eso era lo que menos necesitaba en un momento como ese.

-A mí no me metas en esto—se negó el Uzumaki.

Frustrado, Metal Lee se cruzó de brazos, con expresión enfurruñada, no entendiendo en lo absoluto el brillo en los ojos de su amigo y ese excelente buen ánimo que no era tan usual en él. ¿Acaso estaba enamorado?


Los aposentos de la Princesa Koyuki estaban sujetos a un completo y ameno silencio.

Ella, recostada sobre el elegante diván junto a la ventana, se encontraba sumida en sus propios pensamientos con su rostro iluminado por la luz de la luna y las estrellas que se filtraba por una de las aberturas de las cortinas. Su largo cabello, recogido en una trenza mariposa, caía sobre sus hombros, adornado en el recogido por un broche de oro en forma de pétalos de cerezo. Lucía un sencillo vestido de escote corazón—con seis botones en caída vertical—y mangas ajustadas celeste claro, los costados del corpiño, la falda superior y las mangas estaban bordadas en hilo de plata que relucía contra la luz, complementado por unos sencillos pendientes de perla en forma de lagrima.

Daisuke y ella no habían vuelto a verse desde su regreso al Palacio hacía ya dos semanas, más que por respeto era porque n sabían cómo interactuar ente sí, no sabían si era el momento adecuado para iniciar una relación más profunda, nunca lo habían considerado siquiera. Koyuki ya no sabía qué hacer, había escuchado rumores de que él había compartido la cama con la Sultana Midoriko desde hace días, sintiendo que—tal vez—ya no era importante para él. Tal vez ya no significaba nada para él y estuviera destinada a esperar nada y guardar silencio únicamente.

Las puertas de su habitación se abrieron de forma repentina haciendo que, rápidamente, se levantara y alisara la falda. La única persona que la visitaba era la Sultana Izumi y, de todas formas, debía de lucir siempre digna. Pero para su sorpresa no se trataba de la Sultana Izumi…si no que del Príncipe Daisuke.

Reverenciándolo rápidamente antes de que este se detuviera en frente suyo, Koyuki apenas y fue capaz de respirar siquiera antes de que el Uchiha la sujetara los brazos, uniendo bruscamente sus labios con los de ella que, respondiendo un tanto tardíamente, no se resistió sino que correspondió por completo, casi sintiendo que ese beso quería tomar algo de ella. Tan pronto como aquel beso lo hubo unido, los separo, dejándolo como testigos invisibles las agitadas respiraciones e ambos, pegando su frente a la del otro, sintiendo que el aire, de todas formas, se les hacía insuficiente, impulsándolos naturalmente a amarse y tener todo del otro.

-¿Consientes?—cuestiono Daisuke, incapaz de forzarla.

Sintiendo la respiración de él contra sus labios, aun temblando ante la anticipación por aquel apasionado y brusco encuentro entre sus labios, asintió vehemente, plasmando una sonrisa inmediata en sus labios, acercándolos con auténtica desesperación hacia los de Daisuke que retrocedió, frustrándola y casi obligándola a expresarse verbalmente.

-Si- aseguró ella sin titubeo alguno antes de unir sus labios con los de él en un beso demandante y totalmente apasionado que lo hizo jadear contra los labios de ella mientras se empujaban y guiaban hacia la cama.

No iban a reparar en nada esta vez en nada ni en nadie, en lo que dirían otros, en lo que pensarían, en lo que se contaría, serian totalmente egoístas y harían lo que deseaban, entregarse al otro. Koyuki se dejó tumbar sobre la cama apenas sintió el cochón tras sus piernas, sujetándose de la espalda de Daisuke, sin romper el beso que los unía bajo ninguna circunstancia.

Sabiendo que la mujer que tenía bajo suyo no era sino la única que había podido despertar en él semejante emociones y sentimientos que nunca hubiera creído posible, Daisuke no pudo evitar romper el escote del vestido depositando besos que iban desde la mandíbula de ella hasta el valle entre sus senos. Extasiada y sin pudor alguno, Koyuki enredo sus piernas obre la cadera del Uchiha creando la tan ansiada fricción entre ambos provocando que jadeos naturalmente eróticos salieran de los labios de la pareja…


Boruto, luego aquella tarde junto a su amigo Metal Lee, no tardo en regresar a sus aposentos, cumpliendo debidamente con su rol de Hasoda Basi.

Como mano derecha del Sultan, además de Jenízaro y jefe de cada uno de los guardias y soldados del Palacio, tenía un salario más que envidiable y que apenas gastaba, unos aposentos casi comparables con los de cualquier Príncipe o Sultana del Imperio y una bien abastecida biblioteca que siempre revisaba por la noche, quedándose despierto y sumido en la lectura hasta muy tarde, rememorando días pasados, circunstancias de importancia a su entender. Siempre preparado para lo que hiciera falta, teniendo su espada a mano en todo momento crucial. Pero a pesar de ello no podía evitar formar parte de aquel confuso triángulo amoroso entre él, la Sultana Izumi y la Sultana Sarada.

Afilando su espada, Boruto escucho claramente el ruido de las puertas de su aposentos abriéndose antes de dejar su espada sobre el escritorio, sabia de quien se trataba, para su disgusto nunca se trataría de la Sultana Sarada, ella era demasiado benévola y correcta como para formar parte de un cortejo así, pero si la Sultana Izumi que entro con aquella arrogancia tan característica.

La Sultana Izumi se encontraba propiamente ataviada con unas dignas y favorecedoras galas amarillo verdoso de aspecto metálico; corpiño, cuello trasero para formar hombreras y falda lisa, siendo el primero decorado por seis botones de diamante en caída vertical bajo un escote cuadrado, decorados lado a lado por rectangulares piezas de oro, los costados, la falda superior y las mangas ajustadas estaban plagados de bordados plateados para emular flores de cerezo y el emblema de los Uchiha. Su largo cabello, co o siempre se encontraba recogido tras su nuca, adornado por una diadema de oro y diamantes en forma de flores de cerezo, complementando los pendientes de cristal en forma de lágrima que relucían gracias al velo que era sostenido por la diadema.

Tan hato de aquel amor que no le correspondía a la Sultan, Boruto, por una vez, se determinó a ser sincero y aludir, no siendo descortés, que no le correspondía a la Sultana. Sería difícil porque la Sultana Izumi siempre conseguía todo cuanto se proponía, era imposible evitar que ella hiciera lo que deseara, era una Sultana después de todo. Izumi se detuvo ante el Uzumaki, claramente con intenciones de continuar esos instantes en que pasar estar juntos, con aquel aire coqueto en su mirada, sabiendo o considerándose irresistible, Izumi no dudo en aminorar aún más las distancias entre ambos, viendo con confusión como Boruto retrocedía un paso de manera inmediata.

-Sultana, perdóneme, pero…- Boruto no titubeo sino que, repaso, una vez, la palabra adecuadas con que dirigirse a ella, la forma en que debía actuar con propiedad sin sonar hiriente, -no es apropiado que una Sultana, como usted se encierre a hablar conmigo—recordó Boruto, apelando al protocolo.

Izumi parpadeo confundida ante de asumir sus palabras como un obstáculo que superar, había una forma en que eso si podía tener lugar, si había algo público entre ellos. Si ella hablaba con su padre, estaba segura que él no dudaría dar su autorización para permitirle casarse con Boruto, enaltecería al Hasoda Basi y, además, haría feliz a su hija. ¿Cómo podría objetar siquiera?

-Entonces cásate conmigo—espeto Izumi, incapaz de cambiar de parecer.

El Hasoda Basi no supo que decir, ¿Acaso estaba hablando en código como para que ella no lo entendiera?, ¿Qué necesitaba decir para que ella entendiera que no sentía anda por ella? Ella era una niña prácticamente, con casi catorce años, aproximadamente die años menor, ¿Esperaba que sintiera algo cuando su corazón no hacía sino latir por la Sultana Sarada? No podía ser brusco y decirle las cosas a la cara porque era la hija menor el Sultan y, si lo hacía, eso significaría una sentencia de muerte inmediata sin importar cuanto lo apreciara el Sultan.

-Sultana—intento protestar Boruto.

-Si he de casarme con alguien, no quiero que sea con nadie salvo contigo—confeso Izumi siendo completamente sincera en sus declaraciones. –Nunca sentiré esto por nadie—juró la Sultana.

Boruto apenas y entreabrió los labios para protestar cuando sintió el acto de la Sultana sobre su mano, sosteniéndola entre las suyas con auténtica veneración. Claramente no le serviría protestar, la Sultana no se rendiría sin importar lo que pasara, ella no se daría por vencida hasta ver realizada su fantasía.

–Nuestro amor merece la pena—aclaro Izumi sin titubeo alguno, -nos permitirán estar juntos—garantizo.

Renuente y con sumo cuidado, Boruto aparto su mano del tacto de la Sultana Izumi que lo observo confundido ante su aparente desprecio. A menos que estuviera siendo demasiado impulsiva y sincera, Izumi no podía comprender el porqué del actuar de Boruto.

-Piénsalo—pido Izumi, viendo que por ahora no lo haría cambiar parecer, -hablaremos después.

No esperando palabra alguna, Izumi le dio la espalda al Uzumaki, avanzando a grandes zancadas hacia la puerta, tocando a esta ligeramente para que los guardias le abrieran la puerta, marchándose sin más. Ya a solas, Boruto suspiro, derrotado y molesto con aquella situación, tocándose la frente con completa incredulidad.

-¿En qué estoy metido?—se preguntó Boruto.


Sarada termino de peinar su largo cabello ante su tocador, aquellos sublimes, largos y sedosos rizos azabaches que cayeron de manera naturalmente perfecta sobre sus hombros y tras su espalda, cual cascada

Izuna ya se encontraba profundamente dormido en su propia habitación. Ya era tarde y Sarada debía admitir que—vistiendo un camisón de seda azul oscuro bordado en plata, de mangas gitanas cerradas en torno a las muñecas—estaba exhausta y únicamente deseosa de dormir. Las palabras de Boruto no paraban de resonar contra su cabeza una y otra vez, ¿Qué pensar exactamente con respecto a ello?, ¿Qué hacer?, ¿Qué decirle la próxima vez que lo viera? Mentir, en ese momento, y decirle que no había dicho nada ni escuchado nada…no era más que un treta para ocultar que se había visto superada por aquellas palabras dulcemente románticas y cautivadoras.

Levantándose de su tocador, Sarada levanto la mirada hacia la puerta en cuanto sintió unos tenues y respetuosos golpes repiquetear contra esta.

-Adelante—índico la Sultana.

En el acto, la puerta se abrió ligeramente permitiendo la entrada de Chouchou que, velozmente y con respeto, reverencio a su amiga y Sultana que sonrió confundida al verla. ¿Qué podía pasar como para que Chouchou viniera a esa hora? Rebuscando entre su escote, Chouchou enseño un diminuto rollo de papel que Sarada observo intrigada, intercalando su mirada entre su amiga y aquel papel.

-¿Para mí?—cuestiono Sarda, recibiendo el pequeño rollo aun incapaz de abrirlo, -¿De quién es?—inquirió creyendo que, al menos así, podría saber que se encontraba escrito, aunque fuera solo una inferencia.

-El Hasoda Basi de su Majestad—informo Chouchou.

Un suspiro salió de los labios de la Sultana que bajo la mirada escasamente hacia el pequeño rollo de papel que tenía entre sus manos, jugando con el entre sus dedos inevitablemente. ¿Qué importaba si leía aquella carta? No hacia ningún mal solo leer un papel.

-Gracias, Chouchou—acoto la Sultana, -retírate a dormir, ya hiciste mucho por hoy.

Agradecida, la amiga y doncella reverencio a su Sultana antes de regresar sus pasos, abriendo las puertas y marchándose sin demora. Ya a solas, Sarada se sentó sobre su cama, tomando aire antes de abrir aquella carta y comenzar a leerla sin demora alguna.

-Sultana, soy consciente de que cruce los límites y la entristecí, realmente lo lamento. No fue capaz de callar mis sentimientos y, como tal, si solo son míos, entonces guardare total silencio de ahora en más en su presencia, ni siquiera la veré a los ojos—Sarada se medió el labio inferior ante estas palabras, no deseando que eso pasara, lo distanciándose de Boruto tan repentinamente. -Pero si hay una oportunidad, por más pequeña que sea, la esperare en los establos mañana. Estas son las palabras de su fiel vasallo

Boruto Uzumaki.

Temiendo que alguien supiera de esa carta y de su existencia, Sarada rápidamente la cerro nuevamente, levantándose de su cama y dejado el papel sobre esta. La Sultana se acercó a uno de los armarios donde habitualmente se guardaban sus joyas, tomando la alhaja hasta llevarla y depositarla sobre su cama, abriéndola de forma inmediata. Introduciendo una de sus manos entre las joyas Sakura dio con el fondo del contenedor, tirando un pequeño soporte hacia el exterior, extrayendo el fondo de madera que soportaba sus joyas, bajo este se encontraba u contenedor donde guardaban algunos papeles de importancia, propiedades de su entera posesión, incluso tres diminutos frascos con veneno si hacía falta para cualquier fin. Ni lenta ni perezosa, Sarada sostuvo aquella carta una última vez antes de guardarla en el interior de aquel cofre.

Independiente de lo que fuera a decidir, nadie debía saber lo que sentía.


Kagami termino de vestirse para dormir, teniendo una imborrable sonrisa que adornaba su rostro a la par con el brillo en su mirada. Nunca había sido más feliz y nada podía mitigar esa alegría.

Sumido en sus pensamientos, a pesar de todo, Kagami se giró hacia las puertas en cuanto escucho que estas eran abiertas desde el exterior por obra de los guardias jenízaros, contemplando aún más feliz a su madre que entro irradiando aquella luminosidad tan característica y especial. Sin demora alguna, Sakura se acercó a su hijo que no dudo en abrazarla con efusividad, haciéndola reír. Ya estaba al tanto del embarazo de Eri, había hecho que el Harem entero celebrara por ello y lo único que deseaba en ese momento, aquel placer egoísta, era felicitar a su hijo. Rompiendo cuidadosamente el abrazo, Sakura beso cariñosamente la frente de su hijo.

-Creí que, como tu madre, era mi deber venir y felicitarte—aludió Sakura, viendo la sorpresa pintar el rostro de su hijo. Aprovechando la circunstancia, Sakura se sujetó la falda antes de sentarse sobre la cama, alentando a su hijo a hacer lo mismo quien no titubeo en lo absoluto. -No te sorprendas, he de enterarme, el Harem está a mi cargo después de todo—le recordó, un tanto divertida.

El Príncipe, un tanto avergonzado, no pudo evitar sonreír de manera natural y espontanea ante las palabras de su madre—o mejor dicho—como había hecho a lo largo de todo el día desde que Eri le había dado la noticia.

-Lo olvidaba—reconoció, encogiéndose de hombros. Repentinamente una idea aprecio en su mente, un temor…temor porque algo le sucediera a Eri y a su hijo o hija no nato, temor a que esa felicidad de fuera arrebatada. -Madre, ella…

Intuyendo el temor de su hijo con solo ver la expresión y el cambio de brillo en sus ojos, Sakura sostuvo las manos de su hijo entre las suyas a la par que clavaba su mirada en la de él. Kagami era alguien tan responsable y prevenido que disfrutar de aquella felicidad in reparar en nada ahora le resultaba preocupante. Sakura agradecía estar ahí, agradecía estar viva para poder minorar la carga de sus hijos, para así poder protegerlos mientras aun le quedara vida que vivir, disfrutar o llorar.

-Descuida—tranquilizo Sakura, sin soltar las manos de su hijo en ningún momento, transmitiéndole aquella calma tan necesaria, -ya designe unos aposentos adecuados para ella, cerca de los tuyos—añadió viendo suspirar ya tranquilo a su hijo, -ajuares dignos para su rango y un personal que la asista, tendrá lo mejor—explico con toda la intención de que su hijo pudiera respirar tranquilo.

Eri le había servido por un año apenas pero con toda diligencia y por ende Sakura había hecho que, de manera inmediata, recibiera lo mejor para su seguridad y la del bebé. No hubiera hecho menos por alguien de su entera confianza y alguien a quien apreciara cualquiera de sus hijos, excepto Koyuki, ella no contaba.

-Gracias—admitió Kagami.

El Príncipe, sostuvo las manos de su madre, acercando el dorso de estas a sus labios, besándolas devotamente y haciendo reír a su madre que no pudo evitar sentir nostalgia. Baru había hecho ese gesto con ella en el pasado, un año antes de su muerte. Era tan difícil vivir con los recuerdos, pero debía hacerlo, había presenciado lo peor de la vida, no pensaba rendirse ahora.

-Realmente estás enamorado—reconoció Sakura, viendo a su hijo bajar la mirada co vergüenza, -lo veo con solo contemplar tus ojos, nunca te había visto tan feliz.

-Sí—asintió sin desaparecer la sonrisa que se encontraba en sus labios, -es más de lo que hubiera deseado—reconoció, aun abrumado.

La pelirosa no pudo evitar sentir orgullo y nostalgia de contemplar a su hijo, evocando a su vez recuerdos tan preciados para ella, recuerdos de días y momentos inocentes, de aquel pasado que había tenido tantos momentos felices y que desgraciadamente nunca volverían.

-Me recuerdas a tu padre—confeso Sakura, sorprendiendo claramente a Kagami. Sasuke era un hombre más bien pragmático, reservado, incluso frio, costaba creer que en algún punto de su vida hubiera demostrado más emociones de las que expresaba actualmente, -recuerdo que sus ojos tenían el mismo brillo cuando supo que nacería tu hermano Baru—recordó Sakura, no pudiendo evitar que la tristeza se plasmara en su rostro.

-Yo también lo extraño madre—reconoció Kagami con la misma expresión que ella, -tal vez fui solo un niño, pero lo poco que recuerdo de él evoca nostalgia—aclaro siendo que apenas y recordaba un par de omentos vividos con su difunto hermano mayor. -Hubiera sido un magnifico Sultan si hubiera vivido más, también Itachi—menciono esto último ya que era a su hermano Itachi a quien más recordaba.

La mirada de su madre se perdió en la nada ante la mención de Baru e Itachi. Kagami mucha veces actuaba tan responsablemente porque entendía el sufrimiento de su madre, todo lo que había presenciado y lo que había tenido que aguantar, tantos complots, tantas traiciones, tantas muertes y perdidas, era una mujer y por ende más frágil emocionalmente al ser madre…pero la vida no había tenido compasión con ella al momento de arrebatarle a quienes amaba y Kagami era consciente de que su madre vivía temiendo que algo le sucediera a él y a sus hermanos y hermanas, ellos eran su mayor preocupación.

-Viví en la época de traiciones—menciono Sakura ante las palabras de Kagami, -vi a hermanos matarse y odiarse entre sí, a madres llorar la pérdida de sus hijos, yo incluida—acoto esto con una sonrisa triste. -Cuida mucho de Eri y tu hijo o hija, Kagami—aconsejo Sakura, volviendo a la realidad y observando a su hijo que asintió ante su consejo. -Daisuke no lo entiende, pero velamos por él porque tu padre y yo ya perdimos mucho—menciono sin esperar respuesta o replica. -No sabemos lo que Naoko pueda intentar, lo que pueda hacer si manipula a Rai, lo que los traidores puedan hacer si llegan a más...—a voz de Sakura se quebró inevitablemente de solo imaginar lo peor. Kagami sostuvo cuidadosamente las manos de su madre, intentando tranquilizarla, pero viendo que eso no era posible. -Necesito que tengas cuidado, porque si te perdiera a ti o a alguno de tus hermanos y hermana, no lo soportaría—reconoció Sakura.

No eran solo temores de madre y eso Kagami lo sabía, su madre le advertía que estuviera atento y la ayudara a mantener el orden antes de que sus enemigos se aprovecharan de cualquier situación para sembrar la discordia y el caos, no podían dividirse en un momento así, debían permanecer juntos.

-Siempre estaré aquí madre—prometió Kagami, clavando sus ojos en los de su madre que pareció relajarse su mirada y sus palabras, -no me iré a ninguna parte.

Entre agradecida y preocupada, Sakura se abrazó a su hijo con cada fibra de su ser, sintiendo inevitablemente como las lágrimas se deslizaban por sus mejillas. No importaba cuanto lo intentara, no había podido ni podría dejar el pasado atrás jamás, sin importar el tiempo que pasara, eso era imposible y lo que Kagami acababa de decir era la prueba de ello.

Itachi había dicho esas palabras el mismo día en que había sido asesinado.


PD: como prometí, y tras actualizar mis demás historias, he actualizado tan pronto como me ha sido posible :3 capitulo dedicado a Guest (garantizando que Sarada no sera tan cruel, no me apegare totalmente a la serie ni a lo que dice la historia oficial), melilove (agradeciendo sus palabras), Adrit126 (prometiendo actualizar su fic "El Emperador Sasuke" antes del fin de semana, teniendo paciencia con la aparición de Naruto)y DULCECITO311 (apreciado como siempre sus comentarios los cuales amo) :3 gracias mis queridos lectores, si tienen alguna sugerencia o idea, comentenla pliss :3 besos, abrazos y hasta la próxima.