-La historia es de mi completa autoria más esta ligeramente basada en la segunda temporada de la serie "Kósem La Sultana" producida por Timur Savci y ahora protagonizada por Nurgül Yeşilçay (Sultana Kösem) y Metin Akdülger (Sultan Murad IV). Los personajes son propiedad de Masashi Kishimoto, más su distribución y/o utilización corre absolutamente por mi cuenta para la dramatización de la historia.
Capítulo 14
Un nuevo día iniciaba en el Palacio Imperial. En sus aposentos, la Sultana Sakura se encontraba sentada sobre su diván en compañía de Midoriko que le había informado que Daisuke había pasado la noche con la Princesa Koyuki. Aparentemente ahora era su amante en todo el sentido de la frase.
La Sultana Sakura, como siempre, era la imagen de la belleza absoluta, vistiendo unas elegantes galas zafiro oscuro de angas ajustadas, escote corazón y falda superior bordadas en encaje topacio, la falda interior levemente oscura y mangas superiores, holgadas y abiertas desde los hombros, así como un cuello alto y superior de encaje transparente. Su largo cabello se encontraba perfectamente recogido ladinamente para caer obre u hombro izquierdo, sujeto en una trenza y adornada por un bellísima corona de oro, zafiros y topacios en forma de lirios a juego con un par de largos pendientes de oro de los que pendían zafiros en forma de lagrima.
Frente a ella, lealmente, se encontraba Midoriko vistiendo unas galas topacio claro bordas en diamantes en los costados del corpiño, —de escote corazón, en cuyo centro se encontraban siete botones de diamante en caída vertical—mangas ajustadas y en la falda superior. Su largo cabello violáceo caía libremente tras su espalda en una cascada de rizos, adornado por una elegante corona de oro y topacios a juego con un par de pendientes de cristal en forma de lagrima idénticos al dije de la cadena de plata alrededor de su cuello.
-Daisuke es más tonto de lo creía—comento Sakura entregándole a Tenten los documentos y/o cartas destinadas a los Pashas, -pero eso no cambia mucho las cosas en este momento.
Koyuki era infértil, nunca podría engendrar u hijo gracias a las medidas que habían tomado para que eso se mantuviera como tal, pero no dejaba de ser una preocupación constante como es que la Princesa pudiera influir en las decisiones del Príncipe. Era una posibilidad nimia pero que debían tener en cuenta.
-La idea de que otra mujer este en la cama con él tampoco me agrada, Sultana—menciono Midoriko vagamente.
Como Haseki Principal de Daisuke, Midoriko ya estaba al tanto de la inminente aparición de Aratani cuando llegara el momento, no era agradable para ninguna mujer la idea de compartir a quien amaba con otra, pensando que se volviera un juguete para él, algo desechable y que no se lamentaría. Sakura sostuvo una de las manos de Midoriko, observándola con unas sonrisa tranquila en su rostro, ella había pasado por el mismo temor en el pasado, pero afortunadamente nunca había tenido que lidiar con nada.
-Hay una gran diferencia—aclaro Sakura, comprendido su temor, -Aratani será tu aliada, ambas solo deben centrase en hacer feliz a mi hijo y mantenerlo en el camino correcto, alejándolo de Koyuki—explico viendo asentir a Midoriko. -Aratani cumplirá con lealtad y tú con atenciones, debes recuperar a Daisuke—menciono esto último, apelando al lugar que la pelimorada tenía en el palacio y en el Imperio como madre de un Príncipe y una Sultana.
La aclaración devolvió el ánimo a Midoriko que no podía sentiré sino más tranquilidad al saber que Koyuki no era una amenaza. Si lo que la Sultana decía era así, en efecto, ella y Aratani debían de destruir a Koyuki y luego decidir quién se quedaba con Daisuke, pero para eso primero debían deshacerse de la auténtica amenaza antes de Koyuki cobrara una importancia que no merecía ni debía tener.
-Lo haré, Sultana—confirmo Midoriko, ganando la siempre bondadosa aprobación de la Sultana Sakura. -¿Me permite retirarme? Sasuke y Mikoto ha de haber salido de sus lecciones—recordó en espera de poder pasar la tare con sus hijos.
-Puedes irte, vela por mis nietos—pido Sakura.
Viendo a Midoriko levantarse de su lugar, reverenciarla y dirigirse hacia las puertas, Sakura no pudo evitar estar agradecida con el destino pese a todo lo que había perdido. Tenía cinco nietos, uno más en camino y una paz redundante en su entorno familiar, ¿Qué más esperar? Tras la partida de Midoriko, las puertas de sus aposentos no tardaron en volver a abrirse permitiendo la entrada de Naoko a quien había llamado ante su presencia.
El aire palaciego era del agrado de Naoko, era simplemente imposible no ver eso mientras vestía aquellas galas doradas por sobre un vestido negro de escote corazón—decorado por dos botones de oro—y mangas ajustadas. El vestido, decorado por cuatro botones de oro, en caída vertical, formaba unas marcadas hombreras y cuello superior color negro con borde de oro que terminaba en un cuello trasero a la mitad de la espalda. Su cabello, recogido como siempre, lucía una soberbia corona de oro decoradas con citrinos a juego con una portentosa guirnalda de oro y cristales.
-Sultana—Naoko reverencio a Sakura, deteniéndose frente a ella, -¿quería verme?—indago con falsa inocencia.
Sakura observo a Naoko sin demasiado interés. Sasuke y ella consideraba que su presencia ya había durado bastante y soportarla por más tiempo acabaría por hacer añicos su paciencia y cordura. Naoko tenía que irse y no debía haber objeción alguna.
-Si, ya es tiempo de que hablemos de tu partida—menciono Sakura que ya no aguantaba sentir su presencia en el Palacio, -será dentro de dos días, ni el Sultan ni yo podemos tolerarte por más tiempo—espeto Sakura con claro veneno en su voz.
La pelirosa le hizo u gesto con la mano, indicándole que se fuera tras aquellas palabras, claramente que ya eran una decisión tomada y aprobada por el Sultan. Pero Naoko no quería irse, quería permanecer en el palacio junto a su hijo luego de casi diez años de haber estado lejos de él, pero si había una causante de su sufrimiento y pesar esa era Sakura, nadie había conseguido imponer su voluntad y alterar las cosas a su propio modo más que ella.
-Sultana, si usted tropieza con una piedra me culpa a mí—hablo Naoko, enfureciendo a Sakura ya que no mostraba inicio alguno por marcharse. -Yo no he hecho nada, solo vine por mi hijo—repitió en un intento porque por fin le creyeran, solo era una madre que quería lo mejor para su hijo sin importar lo que tuviera que hacer. -Usted es madre, ¿Cómo es que no puede entenderme?
Sakura se levantó de su diván en el acto en cuanto escucho eso, ¿Queria compararse con ella? Nadie podía, nadie había soportado lo que ella si, nadie habia perdido tantos sin desear más poder para evitar que esas circunstancias se repitieran. Lo único que Sakura deseaba era proteger a sus hijos pero no pasando por encima de otros que ean inocentes, contraria a Naoko.
-¿Cómo te atreves?—cuestiono Sakura sin esperar respuesta ante la desafiante expresión en los ojos de Naoko. -Yo nunca intente llegar al poder por obra de mis hijos, no fui como Mei o Mito o tantas otras mujeres que han sido Sultanas, yo vivo para que mis hijos respiren en paz no para ganar algo—menciono paso por paso, incapaz de creer que alguien intentaría siquiera hacerla parecer una traidora o villana. Desde cierta perspectiva tal vez lo fuera, pero todos lo eran al fin y al cabo. -He servido a este Imperio desde antes de ser Sultana, ¿Cómo osas siquiera compararte conmigo?—exigió con voz iracunda que hizo temblar Tente de pie tras ella. -Te aleje de tu hijo y lo crie como si fuera mío porque tú eres una amenaza, no porque te odie, tu sola ambición hará que firmes la propia sentencia de muerte de tu hijo, mucho amo a Rai pero sabes que ni siquiera yo podre protegerlo—recordó Sakura.
Rai era importante para ella, si algo le pasara siquiera sería un puñal nuevo clavándose en su pecho. Sin importar que Rai fuera hijo de Sasuke, más no de ella, Sakura lo amaba porque había visto crecer a ese niño, velando por su educación y formación como Príncipe, ¿Cómo no amar a un niño que había sido como otro de sus hijos a lo largo de los años?
-¿Y acaso me permitiste ser madre?—cuestiono Naoko sin importarle el tono de su voz. - Me metí a hurtadillas a la cama del Sultan porque si lo hubieras sabido me hubieras asesinado. ¿O no hiciste eso con todas las mujeres que llegaban a las puertas de sus aposentos?—inquirió con cierta diversión, viendo temor en el rostro de Sakura que no dudo en fingir para engañarla. -Tus celos son el auténtico peligro Sakura, agradece que el Sultan te ama porque de lo contrario ya estarías muerta—amenazo casi apelando quedarse de aquella forma, revelando sus "aparentes" secretos. -Él nunca ha pensado en otras mujeres porque tú lo embrujaste, algo tienes que haber hecho—acuso intentando entender el porqué del poder de Sakura, -es imposible que un Sultan no gire la vista hacia sus concubinas.
Dejando de aparentar aquel falso temor, aquella sorpresa arrasadora, Sakura se encogió de hombros, desinteresada por los comentarios de Naoko. Estaba muy equivocada si creía que la tenía contra la espada y la pared, temiendo que confesara sus peores secretos porque, sencillamente, no tenía ningún secreto ni nada que ocultar ante nadie. No era una Sultana que ejecutara sus planes en las sombras como había hecho Mito, ella nunca engañaba a nadie.
-¿Tienes pruebas?—indago Sakura con una sonrisa de autosuficiencia. -Si no las tienes no cambiaras nada, Sasuke siempre me creerá a mí—recordó, triunfante en incapaz de creer que las cosas fueran de otra forma. -Sal de mi vista—ordeno Sakura.
Forzada a actuar en base al protocolo, Naoko reverencio de mala gana a Sakura que la observo marchar como lo era a su entender, un insecto que debía ser aplastado y dejar de existir.
Era la hora, el momento acordado en que debía encontrare con la Sultana y pese a saber eso Boruto no dejaba de pasearse de lado a otro de la entrada del establo, ansioso y temeroso de que ella no apareciera, de que su sentir no fuera correspondido el cual era su peor miedo.
Boruto pensó en marcharse, creyendo que perdía el tiempo en esperar puesto que una Sultana como ella nunca se fijaría en el hasta que apareció en la entrada del jardín aquella insólitamente hermosa mujer, ataviada en un abrigo de piel granate purpureo, los bordes de las mangas, la caída de la falda y las prominentes hombreras que conformaban el cuello estaban forradas en gruesa piel color negro. Su largo cabello caía libremente tras su espalda y sobre su hombro izquierdo, cubierto ligeramente por un velo granate que era sostenido por una corona de plata, diamantes y cristales para emular flores de jazmín a juego con un par de largos pendientes. Ella era la representación más perfecta de la belleza y se detuvo en frente suyo como la visión inalcanzable que era, dejando a varios pasos de ella Chouchou que era la única testigo de lo que sucedería.
-Sultana—reverencio Boruto, sin olvidar que pese a sus sentimiento estaba ante una mujer con un incuestionable rango social y de poder, -volver a verla es una bendición—adulo, sin poder evitar sonreír a causa de su dicha.
Ella estaba ahí, sus sentimientos eran correspondidos entre sí, no se había fijado en una mujer completamente inalcanzable y que había quedado atrapada en ese amor que inexplicablemente había surgido entre ambos. Izumi se había enamorado de la idea del amor y por ello él no había podido corresponderle, pero si amaba Sarada y viceversa, de lo contario ella no estaría ahí frente a él. Sarada bajo la mirada con timidez ante la cautivadora mirada de él, todo ese terreno de la conquista era ajeno para ella que nunca había experimentado esa situación, ese interés de parte de nadie hasta ese punto de su vida, salvo Boruto.
-Seré sincera Boruto, es lo mínimo que puedo hacer—inicio Sarada con una sonrisa nerviosa, apretándose las manos, cruzadas sobre su vientre, de sola sayo. -Izumi está enamorada de ti y jugar a un triángulo amoroso no me apetece pero…- se detuvo al darse cuenta de que estaba hablando demasiado rápido a pesar de que Boruto parecía entenderla, -siento algo por ti, es todo lo que se—confeso causando una sonrisa aun mayor de parte de él. -No tengo experiencia en esto del amor, me case porque era lo mejor y creí que me correspondían ilusamente—aclaro aludiendo de manera involuntaria a Inojin, -todo esto es nuevo para mí—menciono con vergüenza.
Boruto contemplo con cierta ternura las últimas palabras de la Sultana, ella solo había tenido catorce años al momento de su boda, anclándose a una vida. Alejada de la sociedad del palacio, era normal que nadie hubiera tenido oportunidad de cortejarla, pero Boruto quería cuando menos brindarle la experiencia, hacerla vivir el cortejo de un hombre que estaba completamente enamorado de ella que era la mujer más hermosa del mundo. Osado y sin importarle que rompiera el protocolo, Boruto tomo una de las manos de ella, sosteniéndola entre las suyas ante el repentino y dulce sonrojo que apareció en las mejillas de la Sultana.
-Enamorarme también lo es para mí, Sultana—confeso Boruto sin apartar sus ojos zafiro de los orbes ónix de ella. -Lo admito he estado…con muchas mujeres—menciono para diversión de ella que, a su edad, no hubiera esperado otra cosa de un hombre y soldado, -pero nunca sentí nada por ninguna, jamás—prometió con absoluta sinceridad, viéndola asentir, creyendo en sus declaraciones. -Solo vivo y siento estando en su presencia—pronuncio incapaz de ocultar su sentir y cuanto la amaba. -Si hemos de aprender, entonces hagámoslo juntos.
Hubiera sido agradable pensar como él, creer que el egoísmo no tendría repercusiones pero no era así, Izumi tomaría tremendamente mal la situación cuando lo supiera si es que no se le ocurría hacer algo producto de su ira. Ser egoístas era un error fatal en el Palacio, más aun cuando el deber de ella, como Sultana, no era sino velar por la y perduración del Imperio y la permanente seguridad de su familia.
-La verdad importa poco lo que deseemos Boruto—menciono Sarada apelando a que el comprendiera la realidad, -mi padre acabara decidiendo si quiere casarme de nuevo o no, y si eso sucede tal vez nunca exista ese algo que deseas…que deseamos—corrigió dando por sentado a Boruto que le correspondía, y así era. -En este palacio, la felicidad es imposible—recordó.
No era incorrecto pensar así, o se moría o se perdía algo de importancia que debía llorarse toda la vida, su madre había tenido que soportar lo segundo al haber perdido a Baru e Itachi. El auténtico Palacio de las lágrimas no era otro que ese, el oro y los lujos camuflaban el dolor, el llanto y las lágrimas de sangre más sinceras y provenientes del corazón.
-Eso no importa Sultana—replico el Uzumaki para tranquilizar sus tristes pensamientos, -con solo saber que hubo esa esperanza, con solo saber que algo nos une, puedo morir tranquilo, soñando lo que pudo ser esa inmensidad llamada amor—prometió.
Una sonrisa no pudo evitar aparecer en el rostro de Sarada que, sin temor alguno, entrelazo sus manos con las de Boruto una última vez, clavando su mirada en la suya sin temor de nada, siendo egoísta por ese mísero momento. Soltando su agarre, aun sin darle la espalda, Sarada retrocedió, sujetándose la falda del abrigo y del vestido para no tropezar, girándose para marcharse. Aun cuando estuvieran de espaldas al otro, sabiendo que deberían esperar para volver a verse, ninguno de los dos borro la sonrisa en sus rostros.
Se amaban.
Izumi entro en el jardín Imperial con una capa dorada sobre un vestido jade claro, deseaba respirar y tomar aire para serenar su mente y despejarse de tantas cosas y problemas surgido a lo largo el día culpa de ella misma y su mente.
Había desayunado junto a la Princesa Koyuki durante la mañana. Con el paso del tiempo se estaba haciendo cada vez más amigas, confiando entre si y sincerando sus sentimientos, lo que pensaban de los respectivos hombreras que últimamente se habían vuelto el centro de sus vidas y demás. Todo pensamiento nostálgico en la mente de Izumi desapareció instalando una confusión repentina al ver a su hermana aparecer desde dentro del jardín con una sonrisa absolutamente radiante adornando su rostro. Izumi nunca recordaba haberla visto así de feliz por nada.
-Sarada—la nombrada solo sonrió sin dejar opacar su felicidad por nada, ¿dónde estabas?—inquirió, curiosa del porqué de su buen ánimo.
La Uchiha solo se encogió de hombros.
-Por ahí, paseando—divago Sarada, rodeando a su hermana..
Izumi observo con auténtica confusión la partida de su hermana que, por primera vez en mucho tiempo, parecía sonreír sola, danzando por su cuenta mientras caminaba, como una niña que veía realizado su sueño o su mayor felicidad. ¿Qué le estaba sucediendo? No lo sabía, pero Izumi solo atino a encogerse hombros mientras continuaba su camino por el jardín Imperial en un intento por distraerse. Le daría a Boruto tiempo de decidirse a hablar con el Gran Visir Kakashi Hatake Pasha o con su padre el Sultan. No dudaba de que fueran a casarse. Chouchou, tras la Sultana Sarada, observo divertida a la Sultana que sonreía y reía como una niña de solo rememorar su breve encuentro con Boruto, en lugar de caminar parecía danzar y caminar sin rumbo alguno, perdida en sus propios pensamientos. La pelicastaña levanto la mirada ante el repentino eco de pasos, encontrando a Himawari que, presurosa, se detuvo ante la Sultana con una reverencia, sacando a Sarada de su trance romántico.
-Himawari, ¿Sucede algo?—indago Sarada sin borrar la sonrisa que adornada su rostro.
La ojiperla asintió en el acto.
-Investigue al Príncipe Daisuke, como me pido—aclaro esto último haciendo que todo rastro de índole romántica en el rostro de la Sultana desapareciera y fuera remplazado por una impoluta seriedad. -Paso la noche con la Princesa Koyuki—confeso Himawari con sincero temor.
Producto del aun latente recuerdo de Boruto y sus palabras en su subconsciente, Sarada suspiro de forma lenta y acompasada para tranquilizarse. Aparentemente Daisuke no entendía de los problemas ni jamás lo haría, tendría que recordarle como eran las cosas y como es que se debía vivir y actuar en aquel palacio donde se podía desaparecer de un momento a otro sin explicación aparente.
-¿Dónde está ahora?—exigió saber Sarada, con voz serena.
-En sus aposentos, Sultana—acoto Himawari.
Sarada se sostuvo la falda del abrigo y, siendo seguida tanto por Himawari como por Chouchou, entro al Palacio lo más pronto posible. Tenía que dejar las cosas claras a su hermano.
Acompañado por Boruto, Sasuke entro en los aposentos de Naruto Uzumaki encontrando a este sumido en una conversación extraña junto a Metal Lee y Naka Celebi. Ligeramente curioso de lo que estuvieran comentando, Sasuke giro su rostro hacia Boruto, indicándole que guardara silencio. Fuera cual fuera el tema de la conversación sostenida, debía ser interesante porque hasta ese momento no se habían percatado de su llegada ni de la de Boruto
-¿Qué cuchichean?—hablo Sasuke en voz alta, asustado a los presentes, sobre todo a Naka que u curio la boa para no gritar. Boruto, de pie tras el Sultan, no pudo evitar ahogar una risa ante la escena tan burlesca en que, apresuradamente, los tres hombres reverenciaron al Sultan tan rápidamente como les fue posible, entre tropiezos, aún más divertido si uno de esos hombres no era otro que su padre. -Díganlo en voz alta, saben que detesto las intrigas—amenazo.
Esta mención hizo temblar a los presentes, sobre todo a Metal Lee que pese a su proezas como inventor…era una persona nerviosa que no se atrevía a rebelar sus diseños del todo, claro, ya había presentado otra clase de cosas a su majestad, diseños de naves y buques, pero alas con la idea de volar era un tanto diferente a cualquier otra cosa que hubiera concebido siquiera, ¿Y si el Sultan desaprobaba su idea y dejaba de favorecerlo como visionario?
-Majestad, Metal Lee ha estado diseñando un nuevo invento—inicio Naka sin dar demasiados detalles, codeando a su amigo que lo observo con confusión, -adelante, díselo—murmuro.
Boruto se abstuvo de reír al ver la falsa expresión intransigente del Sultan que conseguía trasmitir emociones completamente opuestas a las que sentía en ese momento mediante aquella frialdad y seriedad avasalladora que ponía a todo el mundo a sus pies con una sola mirada.
-¿Qué inventaste ahora, Metal Lee?—exigió saber el Sultan.
El pelinegro dio un paso al frente con una aparente seguridad de la que carecía y que no tardó en hacerse evidente en cuanto intento hablar.
-Pues….yo, eh….si…- titubeo Metal Lee que si bien aparentaba seguridad, su voz decía todo lo contrario, -alas, quiero hacer alas, Majestad—dijo finalmente con voz decidida como si estuviera ante cualquier persona, dándose cuenta de su error, -si usted me lo permite, claro—cito esto último con voz nerviosa y asustada.
Un momento de silencio reino en la habitación haciendo que incluso Boruto cerrara los ojos producto de la inercia, nadie de los ahí presentes sabía que diría el Sultan, si apoyaría la idea o criticaría duramente a Metal Lee por ser un soñador que aspiraba a algo demasiado lejano. Nadie podía imaginar su reacción y de hecho fue así. Una sonrisa un tanto divertida se plasmó en el rostro del Sultan que, de manera inmediata hizo todo lo posible por no reír, sorprendiendo a todos los presentes. La idea no le parecía mala al fin y al cabo no existían pensamientos o ideas tontas, si Metal Lee creía que eso era posible él no tenía por qué decir lo contrario. Sasuke carraspeo a la vez que daba un paso hacia el inventor que bajo la mirada.
-¿Y cómo piensas hacerlo?—indago Sasuke.
Las puertas se abrieron en cuanto Daisuke hubo dado su indicación, permitiendo así que su hermana Sarada entrara con una apariencia claramente molesta. Su figura se encontraba elegantemente acentuada por su vestido rubí oscuro bordado de hizo cobrizo en los costados del corpiño—bajo cuyo escote corazón se encontraban seis botones de oro con un diamante en el centro en caída vertical—la falda superior, las mangas ajustadas y las hombreras enmarcadas junto a los dos largos mechos plagados de rizos que caían sobre los hombros de ella y sobre su cabeza una corona de plata, diamantes y cristales que, junto con un par de pendientes, emulaban flores de jazmín.
-Bienvenida, hermana—saludo Daisuke sin levantarse del diván frente a su escritorio donde había finalizado la revisión diaria del protocolo.
El Uchiha le indico con la mirada su hermana que tomara asiento más esta no acepto ni rechazo su ofrecimiento, por la impresión que trasmitían sus facciones, claramente no estaba ahí para hablar amenamente de hermana a hermano, sino que para discutir, más Daisuke no entendía porque habría de suceder eso.
-¿Lo que oí es cierto?—exigió saber Sarada con voz iracunda.
Apoyando sus manos ante su escritorio, Daisuke no pudo evitar encogerse de hombros al no saber a qué se refería su hermana. Que él supiera o estuviera enterado, no había sucedido nada fuera de lo común como para que ella viniera a exigirle una explicación de algo que ni siquiera había hecho.
-¿Qué escuchaste?—respondió Daisuke, con una pregunta.
Apartado la mirada por un breve instante, Sarada hubo de asumir que en efecto lo dicho por Himawari no era una mentira. Daisuke lo haría, claramente que sí, sus impulsos y su personalidad como tal lo volvían esa clase de persona, pero ella nunca espero ver tal cambio radical en su hermano de buen corazón que—apenas siendo un año menor que ella—había estado a su lado en los mejores y peores momentos en el pasado, ¿Cuándo había cambiado así?, ¿Cuándo se había vuelto tan cruel como el resto del mundo y sus enemigos?
-Pasaste la noche con esa mujer sin pensar en absolutamente nada, en consecuencias o en lo que dirían nuestros padres—acuso Sarada viendo a su hermano descansar su espalda contra el respaldo de la silla, bufando ante su "reprimenda", -ni siquiera los animales son tan estúpidos, no piensas en nada—insulto sin repararle la opinión de él o lo que sea que estuviera pensando. -¿Quieres casarte con ella? Bien, hazlo, pero 400 personas habrán de morir por ello, así lo dicta la ley—le recordó pensando en el prestigio del Imperio y en como su reputación, la de él mejor dicho, se vería manchada por culpa de un vulgar placer masculino. -No eres un Sultan y nunca la serás, mientras yo viva no habré de permitirlo, ni mis hermanas ni mucho menos nuestro padre—casi grito Sara ya harta de sus errores.
De sus antecesores solo el Sultan Hashirama y el Sultan Tobirama habían ejercito debidamente como Sultanes justos, el Sultan Madara y el Sultan Izuna habían sido gobernantes crueles que se dedicaban a imponer su voluntad y disfrutar de las mujeres de su Harem, nunca habían reparado en lo importante que era la imagen que daban de si al mundo con sus acciones y sus decisiones, Daisuke tenía que entenderlo porque tal vez el fuera el Sultan tras su padre. Si eso no sucedía y Daisuke era incapaz de gobernar, entonces el trono pasaría a Kagami.
-Cuida tus palabras o yo…- amenazo Daisuke ante las palabras de ella.
Sin importarle su amenaza, Sarada estampo bruscamente las palmas de sus manos contra el escritorio, sin apartar sus ojos de los de su hermano, inclinando peligrosamente su rostro hacía de él.
-¿O qué?—exigió saber en voz alta, casi mediante un chillido. -¿Vas a golpearme?—pregunto sin preocuparle eso. -Ni siquiera nuestra madre lo ha hecho con ninguno de nosotros y no lo harás tú, ¿Quién crees que eres?—grito Sarada.
Harto de aquellas palabras y reprimendas, como si fuera un niño, Daisuke se levantó de su silla marcando las diferencia de estatura entre él y su hermana, más ni siquiera esto pareció amedrentar a Sarada que le sostuvo la mirada con aquel brillo de determinación que solo poseían los ojos de su madre.
-Yo soy el Príncipe de la corona Imperial de los Uchiha—recordó Daisuke por si es que ella olvidaba su lugar dentro del Imperio, -el heredero del Sultanato, no debo pedirle permiso a nadie para hacer mi voluntad- le advirtió como amenaza.
Ignorándola, Daisuke rodeo su escritorio y cruzo los pocos pasos que lo llevaría a la puerta. Sarada apretó los muños ante la ignorancia y tozudez de él que no reparaba en los errores, que no reparaba e lo que pasaría por causa de las egoístas decisiones que estaba tomando.
-Pisas un hielo muy delgado—advirtió Sarada haciendo que su hermano se detuviera ante las puertas y voltease a verla. Al parecer o podría deshacerse de ella bajo ninguna circunstancia. Sarada de igual modo se giró clavando su enfurecida mirada sobre él, -no eres nada, nada sin nuestros padres—le recordó denigrando cualquier poder que él se jactara de poseer. -El agua que bebes, la vida que gozas es solo por ellos, entiéndelo. Quienes olvidan esos pierden todo lo que tienen, incluso sus vidas—amenazo de igual modo no pudiendo evitar aludir a Kabuto, Orochimaru, Obito, Inojin y tantos otros traidores, -sal de mi vista—ordeno.
Daisuke era alguien tempestuoso e impredecible, pasar por encima de alguien no le resultaba un problema y Sarda supo que debió concebir la posibilidad de que él no fuera a marcharse ante sus palabras, debió hacerlo antes para prevenir eso. Sarada sitio sus rodillas chocar contra el suelo en cuanto una bofetada, de parte de su hermano, choco duramente contra su mejilla. Intento no perder el equilibrio pero no tenía la fuerza suficiente como para haberlo evitado, observando molesta su hermano que la sujeto por el cuello.
-¿Quién eres tú para decirlo?—exigió saber Daisuke, apretando el agarre alrededor del cuello de su hermana. -Solo la viuda de un traidor—insulto viéndola apretar los dientes por culpa de la ira y la frustración, -no interfieras Sarada—advirtió Daisuke soltándola y permitiéndole respirar con normalidad. Irguiéndose Daisuke la observo desde las alturas, desde aquella perspectiva ya no parecía una mujer tal altiva y valiente, -la próxima vez no me importara hacerte a un lado.
Si reparar en su hermana ni en nada, Daisuke le dio la espalda y regresos su pasos hacia las puertas que abrió encontrando a las dos doncellas de su hermana, Chouchou y Himawari que lo reverenciaron antes de que el abandonara la habitación de todos modos. Ya solas, ambas doncellas se sujetaron la falda apresuradamente, entrando a la habitación y encontrando a su Sultana de rodillas sobre el suelo.
-Sultana…- intento ayudarla, Chouchou.
Sarada levanto la palma de su mano para indicarles que no hiciera nada. El golpe de su hermano contra su mejilla aún seguía ahí, descociendo con dolor y como un recordatorio de la realidad; era una mujer y nunca podría cambiar las distancias que existían entre el poder de un hombre y el de una mujer. Furiosa, tanto por lo dicho por su hermano como por la dolorosa realidad, Sarada choco la palma de su mano contra el suelo, chillando de ira pero sin soltar una sola lagrima.
Las mujeres debían pelear para sobrevivir en ese mundo.
Luego de haberles impuesto a sus doncellas el dejarla sola, Sarada entro a sus aposentos, apartando el velo que cubría su escote, dejándolo caer tras su espalda, sobre su largo cabello.
Con el ruido de la puerta cerrándose como señal para desatar todas las dolorosas emociones que la recorrían, acaricio sus brazos y se mordió los labios. Pese a su dureza externa, a su aparente perfección, estaba rota por dentro, quebrada al saberse objeto de burlas, críticas de quienes la consideraban una traidora.
Muy lentamente camino hacia el gran espejo veneciano de marco de plata y diamantes que se encontraba en uno de los extremos de su habitación. Su mirada permanecía en el suelo de la habitación como si no se atreviera a observar su propio reflejo. Su mirada se elevó muy lentamente haciéndole ver la falda baja del vestido, sus caderas, su cintura, su busto, sus hombros, su cuello, y finalmente...su rostro. Sintió las lágrimas aglomerarse en mayor cantidad entre el espacio que había en sus parpados, no podía siquiera verse al espejo en ese momento.
¿Cuantas veces había orado, llorado e implorado al destino porque su suerte cambiara? No podía contarlas, y ahora Daisuke la había golpeado e insultado como si fuera una mísera basura. Sarada se contempló ante el espejo con sincera vergüenza, dolor y pesar de ver aquel difuso pero claro moretón marcando su mejilla izquierda. Un chillido de angustia y tristeza salió de sus labios a la vez que caía de rodillas sobre el suelo, chocando su puño contra la alfombra, sollozando tan silentemente como le era posible. Aquella situación la enfermaba, el ser débil, el no tener a nadie que la ayudara. Era una viuda, sola con su hijo, no tenía a un hombre que la protegiera, estaba en la misma posición que su madre hacía ya diez años tras cuando habían creído que su padre habían muerto, su madre no habían aguantado tantos golpes y perdidas pese a su inmensa fortaleza, se había quebrado momento a momento, golpe tras golpe, ¿Cómo podía ella intentar imitarla siquiera?
Indignada consigo misma y con su absurda debilidad, Sarada se quitó la corona de la cabeza, dejándola caer sobre el suelo junto a su velo, quitándose los pendiente y deseando arrancarse ese vestido…¿Qué clase de persona era? Se preguntó mil veces mientras se secaba las lágrimas, ¿De qué le servía llorar? Si no cambiaba las cosas, nunca sería diferente y para ello tenía que comenzar por destruir a la persona que estaba poniendo a Daisuke en contra de su familia y del Imperio. El brillo de la ira y la determinación destilo en los orbes ónix de la Sultana que tenía a una persona a quien dirigir su cólera.
Koyuki tenía que desaparecer.
-Correré colina abajo, el viento sostendrá mis alas y me elevara por sobre el aire—explico Metal Lee, paso por paso.
La atención de los presentes estaba sobre Metal Lee que sostenía una aparente imagen escala del invento que tenía en mente, sosteniéndolo con su manos para maniobrar al objeto en cuestión como se suponía que debía suceder en base a lo que Metal Lee había pensado y diseñado. El Sultan no emitió palabra alguna ni hizo u gesto para aceptar lo explicado por Metal Lee, observando a Naka Celebi que era quien estaba más enterado de todo lo hecho por el inventor.
-En teoría—murmuro Naruto para sí mismo luego de la explicación.
El y su hijo Boruto visitaban diariamente a Metal Lee y a Naka Celebi, pero nunca habían dado señal alguna de aprobar sus ideas porque parecían ilógicas, o mejor dicho solo está de desear volar como un ave. Para ellos, se volaría solo si se nacía como tal, de lo contrario no tenían porque ambicionarlo siquiera.
-Antes de que diga algo, su Majestad—intervino Naka con voz humilde y diplomática, -nosotros no lo apoyamos—con esto señalo tanto . Nunca estuve a favor de esto. Se lo dije muchas veces "es imposible", pero nunca me escucho.
Metal Lee contemplo con autentico temor el silencio del Sultan que no profería opinión alguna, haciendo aun mayor el nerviosismo que sentía a causa de la espera. Ante la mirada ansiosa de todos los presentes—Boruto, Naruto, Metal Lee y Naka Celebi—el Sultan ni hizo nada salvo encogerse de hombros ante las palabras dichas por Naka Celebi con respecto a lo ideado por Metal Lee.
-No me parece imposible—admitió el Sultan para sorpresa de los presentes y alegría de Metal Lee. -Si estas convencido, no puedo detenerte, vuela como un ave si es lo que deseas—permitió Sasuke.
Los tiempos cambiaban, la gente cambiaba, las eras cambiaban, ¿Quién podía confirmar o ratificar como sería el mundo en un siglo más o dos, tres o cuatro, o más incluso? Las ideas imposibles, tal vez, fueran realizables en el futuro. No les servía frenar la creatividad mientras no cobrara la vida de nadie inocente.
-Gracias su majestad, me bendice con su magnificencia—proclamo Metal Lee.
Había aprobado la idea de Metal Lee ya nunca, o casi nunca, erraba en sus diseños o planos, era alguien intelectual y que no desperdiciaba el tiempo en tonterías.
Solo el futuro depararía el destino de todos y hasta entonces Sasuke solo podía hacer lo correcto y permitir que cada quien tuviera libre albedrío de decidir que deseaba hacer con su propia existencia. Desechando esos pensamientos, Sasuke entro en los aposento de su hija una vez que los guardias jenízaros le hubieron abierto las puertas. Sarada, -hasta entonces sentada sobre su cama—se levantó rápidamente, alisándose la falda y manteniendo la mirada baja para que su padre no viera el moretón que tenía sobre su mejilla, más sabría que no podría evitar eso por más tiempo. La Uchiha fingió una sonrisa en cuanto su padre se detuvo frente a ella, sujetándola de los hombros.
-Sarada—Sasuke acaricio los hombros de su hija,
Usualmente, y por inercia, Sarada correspondía ante aquel gesto de igual modo que Sakura; sonreía radiantemente con ese brillo de inocencia en sus ojos, por ende resulto extraño para Sasuke que Sarada evadiera su mirada ya que ella jamás tenia motivo alguno para hacerlo. Temiendo lo peor, Sasuke la sujeto cuidadosamente del mentón no pudiendo evitar observarla con sorpresa ante el difuso pero notorio moretón que tenía en la mejilla izquierda.
-¿Quién te hizo esto?—exigió saber Sasuke.
Sarada titubeo haciendo que sus labios temblaran. Puede que Daisuke hubiera obrado mal, pero no deseaba que su hermano tuviera que lidiar con alguna problema por su causa, pero tampoco podía olvidar cuanto la hería el porqué de ese golpe, el por qué tenía ese moretón en la mejilla y el por qué odiaba a Koyuki.
-Su majestad—intento hablar Sarada, sintiéndose al borde de un desmayo ante tantas ideas que circularon por su cabeza, provocando que se sujetara del pecho de su padre, -padre…- murmuro Sarada con la voz quebrada.
Sasuke abrazo a su hija de manera inmediata en cuanto la sintió chocar su rostro contra su pecho, llorando. ¿Quién podría haber hecho eso?, ¿Quién tendría motivos o falta de conservación como para arriesgarse tanto? Sarada era su hija predilecta, una Sultana con un poder incuestionable, ¿Quién era lo bastante estúpido como para llegar a marcarla físicamente?
-¿Quién te golpeo?—exigió saber Sasuke ante lo que su hija detuvo sus sollozos más no emitió palabra alguna haciendo que un nombre apareciera en la mente de Sasuke; Rai no, no tenía los motivos, Kagami y Shisui muchos menos: -Fue Daisuke—afirmo más bien, no necesitando que ella respondiera. -Recibirá un castigo por lo que hizo.
En volviendo sus brazos alrededor de su hija, Sasuke hizo que se sentara sobre la cama, a su lado, limpiando cuidadosamente las lágrimas que descendían por sus mejillas. Creía que, habiendo ordenado la muerte e Inojin, Sarada no tendría motivos para volver a llorar habiendo descubierto el porqué de su muerte, pero aparentemente Daisuke no paraba de darse aires de grandeza y superioridad. Sarada inspiro aire, serenándose tan pronto como le fue posible, no había llorado tanto antes de la llegada de su padre, pero saberlo ahí a su lado había hecho que se sintiera nuevamente como una niña que necesitaba llorar en brazos de su padre.
-Padre, te prometo que aprenderé de esto y seré más fuerte—prometió Sarada comportándose como lo que era; una Sultana, no podía olvidarlo. La Uchiha sostuvo una de las manos de su padre como suplica humilde de parte de una de sus súbditos. -Me gustaría pedirte que no desapruebes lo que yo pueda hacer de ahora en más—suplico.
No necesitando indagar en la mente de su hija, Sasuke supo a que se refería, quería tener la oportunidad de cobrar la ofensa hacia quien era la auténtica causante, la persona que había provocado ese exabrupto de parte de Daisuke, quien podía verdaderamente ser culpada de todo lo que estaba pasando y del caos que, además de Naoko, reinaba en el Palacio.
-Haz lo que tú consideres conveniente—permitió Sasuke.
Si hacía falta, el tomaría la responsabilidad pero su hija tendría la oportunidad de cobrar venganza por esa humillación.
Koyuki se sobresaltó al sentir el acto de alguien en su brazo, pero para su alivio y consternación no se encontró con nadie más que Daisuke que le sonrió, sentándose sobre la cama y acariciando cuidadosamente su hombro. Apartando las sabanas y el cobertor con cuidado, Koyuki igualmente se sentó sobre el colchón para quedar cara a cara con él que o podía apartar sus ojos de la dulce y bellísima faz de su rostro.
-¿Dónde estabas?—exigió saber Koyuki, incapaz de saber qué hora era exactamente pero aludiendo que debía ser media noche o incluso más. -Te estuve esperando desde antes del atardecer—acuso esperando una buena justificación para semejante espera.
Daisuke bajo la mirada, recordando el momento de ira vivido y como—a causa de su ira sus impulsos—había acabado por dirigir su descarga emocional repentina contra su hermana Sarada, hiriéndola tanto emocional como físicamente. No tenía excusa o perdón lo que había hecho, pero era tarde para cambiarlo, aceptaría el castigo que su padre o su madre eligieran darle en cuanto lo supieran
-Tuve que lidiar con unos…asuntos—contesto Daisuke sin dar demasiada información, arrepentido de lo que había hecho, pero ineludiblemente escuchar que insultaban a Koyuki sacaba lo peor de él, solo había reaccionado de igual modo si hubieran lastimado a sus hijos o a Midoriko. -No pude venir antes—se excusó.
Si la explicación hubiera sido más detallada, si se hubiera expresado de otra forma entonces tal vez, sol tal vez, Koyuki lo hubiera aceptado, pero tan escueta información no hizo sino herirla en lo más profundo de su corazón, ¿Quién era realmente en la vida de Daisuke?, ¿Qué lugar tenía en su corazón luego del Príncipe Sasuke, la Sultana Mikoto y la Sultana Midoriko?, ¿Quién era a sus ojos?, ¿Realmente era importante para él?
-¿Siempre será así?—cuestiono Koyuki provocando que Daisuke frunciera el ceño con extrañeza. -Días me veras, días no—menciono de forma cruel y sínica, considerándose poco menos que una prostituta sin paga, -¿Tendré que esperarte como una mujer cualquiera que te necesita en su cama?—se autocritico así misma.
Ella, una Princesa, reservada a ser una simple meretriz que esperaba la llegada del Príncipe a su cama o ante su mesa para pasar breves instantes juntos. Era ridículamente denigrante. La sola idea hizo que apartar su mirada del rostro de Daisuke, no quería verlo en ese momento, no cuando él no le daba respuesta o explicación alguna de su ausencia, un amor así no valía la pena.
-Koyuki—llamó Daisuke en un intento por explicarle la situación y el por qué había tardado en encontrarse con ella, pero la Princesa no volteo a verlo, -mírame—volvió pedir.
Molesta, Koyuki únicamente lo ignoro, fingió que él no estaba allí mientras recostaba sobre la cama nuevamente. Pero no pudiendo ignorarlo por completo, se abrazó su brazo en un intento por hacerle saber que lo necesitaba ahí con ella por más que despreciara su mirada y su voz. Divertido, Daisuke se tumbó a su lado sobre la cama, abrazándola por la espalda, olvidando todo mal humor ante su aparente indiferencia, plantando un beso sobre una de sus mejillas, el cual destruyó las barreras que ella había formado tan afanosamente, haciéndola sonreír y girar su rostro para encontrarse con el de él.
No podían disgustarse.
Un nuevo día hubo iniciado ne el Palacio tras tatos quebraderos de cabeza y disturbios emocionales.
Sentada ante su tocador, Sarada agradeció con la mirada a Midoriko que coloco una corona de plata, diamantes y esmeraldas en forma de pétales sobre su cabello luego de haberla ayudado a peinarse.
La Sultana Uchiha lucía un sencillo pero elaborado vestido color esmeralda de escote redondeado pero con marcados detalles en V que tenía tres perlas como botones en sucesión vertical, de mangas ajustadas hasta las muñecas y decoradas en su cima por unas levemente redondeadas hombreras. Sobre el vestido se hallaba una chaqueta de la misma tela totalmente bordada en diamantes que resplandecían con la luz y emulaban los hermosos detalles de las alas de una mariposa y cuyo rebajado escote en V se cerraba únicamente a la altura del vientre. Se colocó por su cuenta un par de pendientes de cuna de plata y diamantes con una esmeralda en forma de lágrima en su centro.
Tocaron repentinamente a la puerta ante lo que Sarada asintió ante la mirada de Chouchou.
-Adelante—índico la pelicastaña con el permiso de su Sultana haciendo que las puertas se abrieran de par en par permitiendo el ingreso de Himawari.
De pie tras la Sultana se encontraba Midoriko sencillamente vistiendo unas galas blancas de escote corazón con tres botones de perlas en caída vertical y mangas ajustada hasta los codos y abiertas como lienzos bajo una chaqueta superior verde pálido cerrada a la altura del vientre y plagada de bordados florales como rosas y lirios de múltiples colores a juego con una corona de oro, cristales y diamantes que sostenían un largo velo blanco que destacaba un par de pendientes de cuna de oro con un diamante rosa en el centro.
-Sultana—reverencio Himawari, -esto es para usted.
La ojiperla, con la mirada baja, cargo un pequeño almohadón purpura entre sus manos el cual sostenía una pequeña cajita de plata, exponiéndolo a la Sultana Sarada que no pudo evitar fruncir el ceño con confusión absoluta. La Sultana llevo su mirada hacia Midoriko que únicamente se encogió de hombros, ella tampoco sabía el porqué de ese objeto o presente.
-Yo no pedí nada—aclaro Sarada.
A menos que Boruto estuviera dispuesto a cruzar las líneas tan abruptamente, lo cual no creía, no podía tratarse de nada más, no cuando Izumi podía darse cuenta de lo que había entre ambos, era demasiado peligroso cruzar las líneas con tal de hacer feliz al otro inconscientemente
-Su Majestad lo hizo—aclaro Himawari para sorpresa de Sarada que acepto la cajita, abriéndola y encontrando en su interior u pequeño recipiente sellado, -le pidió al doctor C una medicina para cubrir su moretón—una sonrisa se plasmó en el rostro de la Sultana ante aquellas palabras, había pensado en no abandonar sus aposentos de hecho…pero su padre no quería que ocultara su rostro del mundo. -El doctor C dice que será efectiva—añadió la ojiperla.
Sarada levanto su mirada hacia Midoriko que sonrió igual que ella-
-Si existe un mejor padre que el Sultan Sasuke- pronuncio Sarada con fingida solemnidad que hizo a Midoriko, Chouchou y Himawari aguantar la risa, -yo no lo conozco—admitió siendo sincera.
Dejando la cajita sobre su tocador, Sarada rompió el sello del recipiente, untando sus dedos con aquella suave crema que no tardo en aplicar sobre su mejilla. Midoriko contemplo, como si de un acto de magia se tratara, como aquella crema camuflaba el moretón impidiendo que fuera visible para cualquier persona.
El Sultan Sasuke había hecho su parte, ahora era su turno de hacer la suya.
Boruto dejo el libro que había leído la noche anterior en la estantería.
La noche que había tenido lugar era insólitamente maravillosa, había soñado con su Sultana y encima de ello el Sultan había aprobado la idea de Metal Lee. Era como si un nuevo capítulo se abriera ante la vida de todos con este nuevo día. Pero, como siempre, las cosas buenas no podían durar y el buen ánimo de Boruto no tardo en desaparecer e cuanto las puertas de sus aposentos fueron abiertas permitiendo la entrada de la Sultana Izumi que sonreía radiante y triunfal, claramente esperando que lo dicho en días anteriores hubiera dado el fruto deseado.
Usaba un sencillo vestido verde pálido de cuello y hombreras bordadas en hilo cobrizo que fusionaban para formar un escote alto y redondo, las mangas eran ajustadas hasta los codo y abiertas como lienzos, la falda estaba bordada en hilo de oro para emular el emblema de los Uchiha y su cabello, -recogido como siempre—era adornado por una diadema de oro y turmalinas para emular pequeños pétalos de lo que parecían ser rosas, sosteniendo un largo velo a juego con el vestido que se arremolinaba sobre sus hombros.
-Boruto, vine a hablar contigo—fue al grano la joven y enamorada Sultana. -Supongo que ya tienes una respuesta que darme—afirmo más que suponer.
Por primera vez Boruto deseo echarla, deseo no mentirle más y en efecto eso haría, ya no tenía por qué ser falso y guardar silencio, acatando lo que ella decía y fingiendo que todo estaba bien, no sentía nada por ella sino que por la Sultana Sarada, ya no podía mentirse a sí mismo y mucho menos a la Sultan Izumi, por más hirientes que resultaran sus palabras, ya no iba a guardar silencio.
-No, Sultana—Izumi arqueo una ceja, divertida si es que él era tímido respecto a la idea de pedirle matrimonio, -mi respuesta es no—el rostro de la Sultana perdió color ante esto, más no pareciendo indignada. -Nadie lo aceptaría—intento apelar a su raciocinio. –Termine con esto Sultana, antes de que alguno de los dos salga herido—pidió con sincero temor.
Era alguien tolerante cuando la situación así lo permitía, pero esta vez Izumi no fue capaz de evitar confundirse ante las palabras del Uzumaki, ¿Qué razones tenia para decir algo asi?, ¿Por qué habrían de rendirse ante lo que sentían a causa de lo que pensaran los demás? Ella era la hija del Sultan y eso era más que suficiente para hacer callar a quien fuera que hablara mal de él.
-¿Por qué me dices esto, Boruto?—cuestiono Izumi, incrédula de lo que oía, -¿Qué cambio para que me lo digas?
Hablar con ella sin herirla era aún más difícil de lo que hubiera podido imaginar siquiera, ella era una Sultana, y hacerla derramar una sola lagrima siquiera era una condena de muerte segura que nadie quería tener y no habiendo tenido la oportunidad de amar en el sentido de la frase, Boruto no deseaba dar su vida por perdida a pesar de la inmensa lealtad que sentía por el Sultan.
-Se lo advertí antes Sultana, esto no era posible—sentencio Boruto sin dar demasiados detalles, más sabiendo que no podía esconder nada de ella. -Pero usted entendió lo que quiso y vio lo que quiso ver—acoto esto con escueta sinceridad.
La Sultana Izumi endureció su mirada ante esto, no le agradaba en lo absoluto lo que estaba escuchando salir de los labios de él.
-Se lo que vi y escuche—protesto Izumi, no entendió el porqué de las palabras de él y su sentido, -¿Qué cambio para que me dieras la espalda?—exigió saber, completamente anonadada. -Si no crees que es el momento y tienes miedo, lo entiendo, pero no digas que no sientes nada por mí—pidió esto último casi como si se tratara de un capricho de una niña enamorada y tal vez fuera así, -no soportaría que me mintieras.—admitió con voz preocupada. -Si tú quieres, yo hablare con mi padre—sugirió en un intento por ayudarlo a superar su temor.
Aquellas palabras fueron el tope de la paciencia de Boruto.
-Sultana, basta—pidió Boruto con un tono de voz respetuoso en tanto le fue posible, sorprendido a Izumi que espero que el respondiera como ella pensaba, que espero que el correspondiera por completo a su sentir. -Yo no quiero casarme con usted—aclaro ante la mirada de la Sultana cuyos orbes ónix se quebraron de confusión y temor al escucharlo. -No puedo casarme con usted porque…- Boruto se detuvo conscientemente, no podía dar un nombre, no podía exponer a la Sultana Sarada pese a intentar ser sincero, tenía que protegerla, -mi corazón ya tiene dueña—aclaro.
Izumi sintió como si su propio corazón se hubiera detenido, ya nada de lo que había parecía importarle mientras bajaba la mirada, era como si todo hubiera perdido valor para ella mientras le daba la espalda a Boruto y se marchaba ante la triste mirada de él que hubiera deseado poder evitarle todo sufrimiento posible. Posiblemente ella llegara a odiarlo, pero Boruto se sentía tranquilo ya que no la había hecho vivir una mentira, le había abierto los ojos antes de que cometiera un error grave.
No le había mentido.
Su estado de ánimo era acorde con el vestido aguamarina pálido—de mangas ajustadas y escote en corazón de forma redondeado, bordado en plata– que usaba a la par con una corona de oro y perlas en forma de lagrima—adornando su cabello recogido en una trenza sobre su hombro izquierdo—a juego con un par de pequeños pendientes.
Las visitas no eran algo que Koyuki pudiera esperar, no porque esperase estar sola durante todo el día hasta que Daisuke apareciera y volviera a verlo, sino porque no tenía demasiados aliados en el Palacio además de la Sultana Izumi quien había desayunado con ella hacia unos momentos atrás. Aun así, Koyuki se aliso la falda del vestido con dignidad, al igual que su doncella y amiga Yugito, en cuanto las puertas de sus aposentos se abrieron, a pesar de no saber de quien se trataba casi podía intuirlo. No fue una sorpresa ni agrado para Koyuki que la persona en cuestión no fuera otra que la Sultana Midoriko, cruzándose de brazos sin respeto ante ella, si Midoriko no la trataba con respeto, ¿Por qué ella iba a tenerle respeto?
-Veo que no importa lo que pase, usted no me dejara en paz—concluyo Koyuki ante la presencia de la Sultana. -Si busca al Príncipe Daisuke, él ya se fue—ironizo.
Midoriko nos e dejo ofender ante el gesto de la Princesa ni antela alusión de que había pasado la noche con él, eso ya lo sabía y por una vez no pudo haberle importado menos que fuera así, no estaba ahí para pelear por ella por Daisuke, solo quería recordarle—omniscientemente—cuál era su lugar y como habrían de terminar las cosas ya que no estaba reparando en eso.
-¿Quieres que te felicite?—inquirió Midoriko con cinismo, divertida ante la estupidez de la Princesa. -Lo acepto, su alteza es como todo los hombres, piensa en una, luego en otra, ¿Quién eres tú?—cuestiono con toda la intención de molestarla. -Pronto se casara de ti, así como lo hizo conmigo.
Sabía que, a pesar de sus esfuerzos, no era una buena amante, lo principal para una persona en ese Palacio era reconocer sus errores y aprender de ellos para defenderse de otra forma. Koyuki por su parte, en su arrogancia como Princesa, nunca aprendería de ello sino que continuaría errando hasta provocar su propia caída y eso era justo lo que deseaba Midoriko. Koyuki la escucho más hizo todo lo posible por no perder el control, encogiéndose de hombros ante sus palabras.
-Entonces, esperemos y veamos que pasa—sentencio Koyuki sin tomarle el peso a las palabras de ella, -yo te lo diré cuando suceda—mintió claramente.
No esperaba ser tonta si es lo que Koyuki pensaba, tras todo lo sucedido, Midoriko y tenía clara su posición y que hacer, tenía claro que su único deber era proteger a Daisuke y evitar que cometiera el peor error de su vida.
-Ninguna de nosotras es más que arena que se lleva el viento—aludió Midoriko ninguneándose así misma ante lo que iba a decir, -solo una mujer ha podido ser la única mujer de un Sultan y esa es la Sultana Sakura, ni en los siglos que lleva este Imperio una mujer ha tenido tal poder y nunca nadie más lo tendrá—dio por cumplida tal profecía ya que eso era así y no cambiaría, nadie había ascendido tanto desde cero como ella y nunca seria así. -Sueñas demasiado alto. Despierta ahora o te estrellaras contra el suelo—sugirió en un falso intento por evitarle lo peor. -Tú eres su amante ocasional, su entretención cuando tienes deseos de desahogarse—la, antes, mirada arrogante de Koyuki se quebró ante esas palabras y Midoriko lo noto, -solo te utiliza, no eres nadie—disfruto decirle esto último.
Hubiera deseado no ofenderse con eso, pero era inevitable. Las palabras de Midoriko eran demasiado hirientes como para que pudiera aguantarlas a pesar de su carácter. Koyuki señalo la puerta con su mirada, sin ser capaz de decir algo para contradecirla.
-Fuera, lárgate—ordeno sin reparar en quien tenía en frente. –Vete—Midoriko dio dos pasos hacia ella, observándolo de arriba abajo como lo que era; una baratija.
Con una sonrisa triunfal adorando su rostro, Midoriko le dio la espalda a Koyuki y se marchó sin voltear a ver a la humillada Princesa. No había visitado a Koyuki por mera voluntad propia, ni porque la idea se le hubiera ocurrido de repente, lo había hecho por la Sultana Sarada y por el moretón que aún tenía en su rosto, porque por culpa de Koyuki Daisuke estaba actuando de una forma irracional y ajena, no estaba siendo el mismo por culpa de ella.
Koyuki era un veneno.
Contener sus emociones era algo que Izumi no acostumbraba a hacer, simplemente no entraba en su conducta habitual el fingir se algo que no era, el ser perfecta y oponerse a sus propios deseos era algo contranatural a su entender.
Pero por temor a que alguien se burlara de ella, hubo contenido todo lo que llevaba en su corazón hasta que hubo llegado a las puertas de sus aposentos ante la mirada de los guardias jenízaros que no dudaron en abrirle las puertas. Sarada espero pacientemente dentro de los aposentos de su hermana, los guardias le habían dicho que seguramente no tardaría en volver y, no teniendo nada más que hacer, había decidido quedarse y esperarla cuanto hiciera falta. La Uchiha giro su sonriente rostro hacia la puerta ante la llegada de su hermana.
-Izumi—saludo Sarada.
Ahí antes sus propios ojos, Izumi liberto sus sentimientos, sollozando en voz alta ante la preocupada mirada de su hermana, avanzando tan rápidamente como le fue posible hacia la cama, sentándose y abrazando desesperadamente a Sarada que no supo que hacer o decir para tranquilizarla. ¿Por qué estaba llorando? Izumi nunca tenía motivos para sentirse desdichada o infeliz siquiera, su comportamiento no tenia sentido.
-¿Qué paso?—pidió saber Sarada más la respuesta que escucho no fue otra que los continuos sollozos de su hermana menor, -¿Por qué lloras así?—pido saber mientras acariciaba acompasadamente la espalda de su hermana en un intento por tranquilizarla.
Agradecida por la preocupación de su hermana y sus intentos por tranquilizarla, más profundamente herida, Izumi únicamente negó, respirando agitada en un intento por calmarse para encontrarle sentido a todo lo dicho por Boruto, todo aquello que no entendía y que parecía imposible d creer. ¿Cómo era posible que Boruto no sintiera nada por ella? Era imposible que ella hubiera creído en algo erróneo durante todo ese tiempo.
-¿Cómo pudo hacerme esto?—murmuro Izumi con la voz quebrada. Asustada, Sarada rompió levemente el abrazando, viendo a Izumi a los ojos quien no paraba de llorar. -Estaba dispuesta todo por él, incluso a morir de ser necesario—sollozo apretando los dientes para contener los gritos que deseaban liberar a causa de su corazón roto. -Soñaba con una boda magnifica, pero el ama a otra.
Sarada guardo silencio, incapaz de hacer otra cosa que no fuera merecer a su hermana entre sus brazos, intentando que dejara de llorar de alguna. Boruto había dado un paso importante pero hiriente, había decidido dar por terminada la mentira en que vivía Izumi pero no pudiendo evitar lastimarla en el proceso y Sarada, como tal, no podía evitar sentirse culpable en cierto modo.
¿Cómo no hacerlo si el hombre a quien amaba su hermana la amaba a ella?
El día apenas empezaba y por ende, Naoko no había perdido la oportunidad de bañarse.
Cerrando la bata sobre su cuerpo, Naoko se confió, estaba sola ya que su doncella había ido a preparar su ropa a sus aposentos, su confianza fue su pero erro que le impido girarse en cuanto sitio que alguien la tomaba por la nuca y la obligaba a hundir su cabeza en una de las pozas con agua que estaba en su camino. Protestando incansablemente, Naoko solo pudo sacar su cabeza del agua
-¡Déjenme!—grito Naoko.
Pero su protesta apenas y duro medio segundo antes de que volvieran a hundir su cabeza en el agua, quien sea que se tratase era un enemigo, eso lo tenía más que claro. Del otro lado de la puerta de los baños, Sasuke escuchaba con auténtica satisfacción los gritos y protestas provenientes del exterior junto con Choji y Shikamaru se encontraban de pie tras él. Naoko había cruzado una línea nueva; creer que podía sorprender a Sakura con aparentes "secretos" siendo que ella no poseía ninguno. Naoko no era la primera en especular que Sakura lo había embrujado, pero eso no era así, otras mujeres no tenía cabida en su vida y esa era la verdad. Un Sultan tenía lugar en su vida para muchas mujeres, no para una, pero Sakura era su igual, lo ayudaba en asuntos políticos, regia a los Pashas con diligencia digna de un Sultan su inteligencia equiparaba o superaba a la de cualquiera, ella era diferente a todas las demás, por ello Sasuke no necesitaba ni deseaba fijar sus ojos en otra porque para él no existían otras.
-Todos provocan su propia ruina—comento Sasuke sin interés.
Las mujeres que habían muerto producto de intentar entrar a sus aposentos no eran más que un mito y él lo había corroborado, todas se encontraban en el Viejo Palacio, lejos de su mirada pero vivas. Sakura no era una mujer cruel que asesinaba a quien estuviera en su camino, no era como Mito, Mei o Rin, solo destruía a quienes traicionaban y engañaban jugando con la vida de otros para llegar a la cima, y entre ese listado de personas empezaban a añadirse los nombres de Naoko y Koyuki, nombres que pagarían con creces todo lo que estaban provocando en el Imperio y en su familia.
Todos se ahogarían en la misma sangre que derramaban.
PD:He hecho esa actualización más larga ya que, tal vez, no actualice hasta el miércoles y no quiero dejarlos insatisfechos. En el próximo capitulo aparecerá un nuevo personaje, es todo lo que puedo adelantarles dedicando esta actualización a DULCECITO311 y Adrit126. Me gustaría preguntarles algo, ya se que haya visto la serie o no, me gustaría hacer una adaptación de la serie "Titanic" estrenada en 2012 con motivo del centenario del hundimiento del translaticio dejando la aprobación o desaprobación en sus manos :3 gracias por todos mis queridos lectores, besos, abrazos y hasta la próxima.
