-La historia es de mi completa autoria más esta ligeramente basada en la segunda temporada de la serie "Kósem La Sultana" producida por Timur Savci y ahora protagonizada por Nurgül Yeşilçay (Sultana Kösem) y Metin Akdülger (Sultan Murad IV). Los personajes son propiedad de Masashi Kishimoto, más su distribución y/o utilización corre absolutamente por mi cuenta para la dramatización de la historia.
Capitulo 15
Las puertas de los baños fueron abiertas por las doncellas que, por órdenes del Sultan, habían asfixiado a Naoko tanto como les hubiera sido posible.
Teniendo tras suyo a Shikamaru y Choji, Sasuke entro en los baños sin dejarse asombrar o trastocar emocionalmente al ver a Naoko, aparentemente, muerta. Pero sabía que no era así, su orden no había sido esa y por ende sabía muy bien a qué atenerse. El Uchiha volteo a ver a Choji que, presuroso, tomo una de las fuentes dispersar en la habitación y, llenándola de agua, la vacío en el rostro de Naoko que, tosiendo fuertemente a causa de la sorpresa y lo ocurrido antes, apenas y pudo respirar. El primer pensamiento que asolo a Naoko, por mera inercia e instinto fue que aquella circunstancia no había sido provocada por nadie salvo Sakura, pero en cuanto levanto su mirada no se encontró con el rostro de la pelirosa, sino que con la fría expresión del Sultan y su sequito.
-Majestad…- intento hablar Naoko.
¿Por qué?, ¿Por qué había intentado matarla directamente si ella no había hecho nada siquiera?, ¿Qué motivo tenia para habar hecho eso? No le sorprendería que Sakura hubiera mentido de la forma que fuera para implicarla en un problema y librarse de ella. Sakura tenía la culpa, solo esa explicación rondaba su mente.
-¿Enserio pensabas que no nos enfrentaríamos a ti sin una ventaja?—cuestiono Sasuke aludiéndose tanto a él como a Sakura, sin darle tiempo a Naoko de hablar o emitir alguna protesta. -Me das tanta lastima—admitió con sincera burla hacia la pelinegra que bajo la mirada co vergüenza, sabiéndose plenamente descubierta, -si hubieras sido inteligente hubieras aprendido a ser humilde y guardar silencio, te hubieras ganado mi cariño y respeto, pero tu estupidez te lo impidió—acuso siendo que, en efecto, si ella hubiera actuado diferente tal vez él la vería co respeto o cariño, pero no después de todo lo que había hecho. El Uchiha avanzo hasta situarse frente a ella que levanto la mirada con autentico temor. -No te matare porque eso no me sirve ahora—Naoko no supo si respirar tranquila o no, el Sultan era el único ser sobre la tierra que le inspiraba tal temor, -pero entiende de una vez que si intentas hacer algo contra Sakura o contra mí, tu vida será uno de los muchos precios que deberás pagar por tu osadía—amenazo Sasuke tomándola bruscamente del mentón y clavando su mirada en ella. -Si no quieres que Rai llore tu muerte, te recomiendo que te hagas a un lado.
Soltándola bruscamente, Sasuke le dio la espalda sin desear o intentar reparar en nada, abandonando el lugar con Shikamaru y Choji tras de sí en compañía de las dos doncellas que habían cumplidos sus órdenes. Había dado el paso más crucial, una sentencia de lo que podía sucederle a Naoko si ella interfería más de la cuenta en lo que no le correspondía, solo dejaría caer su espada y le arrancaría la cabeza cuando fuera necesario.
Hasta entonces disfrutaría de la espera.
La Sultana Mikoto era sin duda una de las figuras más importantes dentro del Palacio Imperial, no solo como la hija mayor del Sultan sino que además como la esposa del Gran Visir Hatake Kakashi Pasha.
La historia de ambos era como una especie de cuento de hadas, se amaban y tenían una hermosa hija, juntos, una hija que—deseaban—ascendiera en el Imperio y la jerarquía para mantenerse a salvo de las intrigas. Naori Uchiha era una niña simplemente maravillosa, leal al Imperio y a su familia con todas las fibras de su alama y su cuerpo a sus diez años recién cumplidos, ansiosa por cumplir con su deber y casarse con un Pasha poderoso e inteligente que garantizara el equilibrio del Imperio como había sucedido con sus padres.
De regreso a sus aposentos, vistiendo unas galas doradas– de escote redondo, mangas ajustadas hasta el codo y abiertas en lienzos—bajo una chaqueta de seda bordada en oro e hilo cobrizo, hombreras redondeadas y cuello en V—marcando su figura con un cinturón de oro—la Sultana Mikoto no paraba de sonreír ante las preguntas de su hija, demasiado alentada para su edad. Su largo cabello rosado—recogido en una trenza—caía tras su espalda, adornado por una corona de oro en decorada con diamantes en forma de hojas de otoño –que sostenía un velo almendra claro-con un par de pendientes en forma de lagrima a juego.
-¿Cuándo voy a casarme, mamá?—pidió saber Naori.
Caminando a su diestra se encontraba su hermosa hija de diez años, Naori, vistiendo una sencilla chaqueta rosa suave—estampada en flores de cerezo—de cuello en V, decorada por seis botones de perla sobre un vestido blanco de mangas ajustada y holgadas desde los codos que casi cubría sus manos. Su largo cabello rosado, peinado en una sencilla trenza mariposa, era adornado por una diadema de tipo cintillo hecha de oro y decorada con cristales rosas a juego con un par de pendientes de cuna de oro con un cristal en el centro y de los que pendía un diamante en forma de lágrima.
-Cuando el Sultan lo decida—respondió Kakashi en lugar de ella que no sabía cómo explicarle que aún no era el momento para pensar en eso.
La edad a partir de la cual una Sultana podía contraer matrimonio iniciaba a los catorce años, antes de los doce o trece era un auténtico peligro tanto para ella como para el niño o niña que fuera engendrado. Aun deberían pasar años antes de que Naori pudiera estar preparada para pensar en el matrimonio ya que el Sultan no deseaba ver a la mayor de sus nietas casadas a una edad muy temprana. Ante la respuesta de su padre, Naori no hizo sino parecer aún más determinada.
-Le pediré un esposo guapo y muy inteligente—soñó la joven Sultana.
Escuchar a su hija hablar así resultaba irónico para Mikoto que casi podía oír a su hermana Izumi en el tono de voz de su hija, solo que sin la misma arrogancia y tan marcado orgullo. A su edad, ella había sido más tolerante, resignada a casarse por política y deber antes que por amor, pero para su sorpresa había podido alcanzar ese efímero sueño, había conseguido casarse con el hombre que había cautivado su corazón desde la primera vez en que lo había visto.
-Debes esperar para eso, Naori—aplaco Mikoto, observando con un ligero tinte estricto a su hija que, resignada pero no del todo de acuerdo, asintió, -aun eres muy pequeña—recordó.
Aun cuando Naori hablara con el Sultan para pedirle un matrimonio, él la tranquilizaría y le recordaría que no dejaba de ser una niña. La sonrisa en el rostro de Mikoto desapareció con una lentitud claramente desagradable que Kakashi noto en cuanto el Príncipe Daisuke apareció por el umbral del pasillo—Kakashi entendía porque—deteniéndose frente a ellos.
-Tío—saludo Naori, abrazando a su tío.
Daisuke indudablemente le correspondió, besando la frente de la que era—por lejos—su sobrina favorita con aquella personalidad tan magnética y asfixiantemente divertida, ella que se divertía aprendiendo y conociendo de todo a su alrededor. Naori era muchas cosas que Mikoto no, era más liberal y menos seria, no se ceñía tanto a los protocolos y—en resumen—se parecía un poco a él.
-Estas más bella cada vez que te veo, Naori—aseguro Daisuke, besando las mejillas de su sobrina que no pudo evitar reír.
Haciendo todo lo posible, Mikoto suspiro de manera casi inaudible, manteniendo una apariencia entre seria y cariñosa en su rostro que fue capaz de engañar a su hija Naori, pero no a Kakashi que entendió que debería de dejar a su esposa a solas con el Príncipe Daisuke, ella aún tenía un juicio que emitir con respecto a lo sucedido a la Sultana Sarada el día anterior.
-Kakashi, Naori, adelántense, los alcanzo después—menciono Mikoto ordenando, casi perfectamente disimulado, que la dejaran a solas con su hermano. Sin titubeo alguno, Kakashi asintió, reverenciando al Príncipe que asintió como respuesta, antes de centrar su total atención en su hermana quien no le digirió la palabra hasta que hubo visto desaparecer por completo a Kakashi y a su hija. -Me resulta increíble tu cinismo—acuso Mikoto con toda libertad.
El palacio en que estaban gozaba de una inusual inactividad, no había concubinas rondando o jenízaros vigilando todo, la oportunidad perfecta para Mikoto que no deseaba hacer nada salvo recordarle a su hermano la situación y a lo que estaba forzado a hacer, actuar y sentir, no aquello que se empeñaba en autoproclamar como amor que existía entre Koyuki y él, eso era solo una fascinación temporal que, Kami mediante, no tardaría en desparecer por completo.
-¿Tú también?—pregunto Daisuke con clara ironía, sin dejarse molestar por las palabras de su hermana.
Primero Sarada lo había hecho perder la cabeza hasta límites insospechados siquiera por él y ahora Mikoto no hacía sino confrontarlo directamente. ¿Quién seguía?, ¿Shina, Rai, Kagami o Shisui?, ¿Quién más se creía con el derecho de meterse en su vida tan abruptamente? Era su vida, ¿Por qué nadie entendía eso? Tenía derecho a elegir que hacer de su vida, ya no era un niño.
-¿Esperas que guarde silencio cuando desgraciaste a nuestra hermana?—pregunto Mikoto sin necesitar una respuesta, -¿Y por quién? Por esa mujer—menciono esto último con un claro tono venenoso, -fíjate en ella y luego en ti—remarco por si su hermano no veía las diferencias evidentes ente ambos, -no pierdas la cabeza por algo que no vale la pena.
-No perderé nada, Mikoto—espeto Daisuke, no dándole tiempo de pensar siquiera, -esta es mi vida y puedo hacer lo que quiera—le recordó.
La pelirosa asintió ante esto, claro que era consciente de lo que sentía su hermano, de las presiones que tenía sobre sus hombros y que—mediante una mujer inteligente y de buen corazón—solo podrían ser resueltas por alguien más, pero ese alguien no era ni nunca seria Koyuki, puede que Midoriko pero ni aun así, Daisuke debía comenzar a entender eso.
-Es cierto, no puedo hacer nada—reconoció Mikoto para momentánea satisfacción de él, -pero nuestro padre sí—le recordó con voz clara, fuerte y decidida que lo indigno interiormente ya que no lo demostró. -Todo lo que el Sultan da, también lo puede quitar, sino pregúntate porque los nombres de la Sultana Mito, la Sultana Mei y la Sultana Rin están en las lapidas familiares, repara en porque nuestro tío Yosuke y Neji están encerrados—esta alusión hizo a Daisuke bajar la mirada, por un momento en su mente todos los malos recuerdos del pasado cruzaron su mente y lo hicieron estremecer. -Yo tendría mucho cuidado de donde piso si fuera tú—advirtió Mikoto con una sonrisa ladina, satisfecha por el efecto de sus palabras. -Por temor a una revuelta, nuestro difunto abuelo, el Sultan Izuna, asesino a sus 12 hermanos y a uno de sus hijos, ¿Nuestro padre dudaría en cobrar la vida de alguien para mantener la paz?—cuestiono en voz alta sorprendiendo a Daisuke que entreabrió los labios para contestarle. -Tenlo en cuenta.
Diciendo esto, e interrumpiendo los pensamientos de su hermano, Mikoto paso por su lado, retirándose sin voltear a verlo otra vez. Aunque fuera mediante amenazas, Daisuke debía entender el auténtico problema que tenían por culpa de los errores que él estaba cometiendo.
-¡Boruto!—grito Sarada.
El Uzumaki acababa de regresar a sus aposentos luego de haber pasado revista al personal de jenízaros, como siempre, pero nada lo preparo para ese preciso momento en que las puertas de sus aposentos se abrieron ante la brutal y agresiva aparición de la Sultana Sarada que parecía todo menos contenta o calmada y lo peor es que Boruto intuía porque estaba así.
-Sultana…- reverencio el Uzumaki, ante ella, pero apenas y entreabrió los labios para hablar ella lo interrumpió abruptamente.
-¿En qué pensabas?, ¿Cómo es que no pensaste las cosas?—cuestiono Sarada con voz iracunda pero en un tono de voz bajo, casi en susurros que el Uzumaki era plenamente capaz de oír. -Izumi está desecha—aclaro viendo asentir a Boruto que no negaba ni aceptaba su culpa, -debiste quedarte callado—espeto con brusquedad.
-¿Y seguirle mintiendo, Sultana?—se atrevió a dudar Boruto, apelando al buen juicio de ella.
Sin responder, Sarada aparto la mirada mientras cruzaba sus brazos por sobre su pecho en un gesto entre enfurruñado y nervioso que el Uzumaki contemplo con culpabilidad, todo temor que ella sintiera. Pero era preferible aquello a engañar a la Sultana Izumi, tan joven como era, mancillando su corazón inocente a causa de un amor que no tenía fundamento alguno, era mejor que ella supiera la verdad sin importar cuan herida se sintiera, era preferible eso a mentirle y engañarla.
-Tarde o temprano la Sultana Izumi habría de saber y entender que yo no sentía nada por ella siendo que a quien amo es a usted—recordó Boruto, no pudiendo evitar decir esto último.
Pese a admitir esto y sentir en su corazón, Sarada ni hizo sino observarlo molesta. No estaban en posición de poder decidir con respecto a sus vidas, no podían decir que deseaban ser felices y olvidarse de todos, no podían ser egoístas a pesar de lo que sentían.
-No lo digas—ordeno la Sultana con voz tensa, girando momentáneamente su rostro hacia las puertas que, para su suerte, seguían cerradas, -nunca se sabe quién está escuchando—advirtió, serenándose.
Boruto asintió, llevando de igual modo su mirada a las puertas, esperando que los jenízaros que flanqueaban las puertas fueran lo bastante leales como para—en ese momento—no permitir la entrada de nadie inoportuno. Claro que entendía los sentimientos de la Sultana y sabía que—por su parte—la Sultana Izumi debía encontrarse muy herida pero prefería que hubiera sucedido eso a ser culpable de un engaño que nunca había intentado formar siquiera, algo que nunca había planeado.
-Trate de no herirla, Sultana—garantizo Boruto, -pero debía decirle la verdad—recordó.
Que fácil hubiera sido admitirlo, admitir que Boruto estaba siendo sincero, admitir que—por más cruel que sonara—Izumi debía aprender de ese dolor, pero Sarada no quería entender nada ya que era como arrancarse el corazón así misma. Inojin la había traicionado y debía olvidarlo, pero, ¿Cómo hacerlo cuando la historia se estaba repitiendo y encima de todo por su causa?, ¿Cómo ser partícipe de algo así?, ¿Cómo olvidar lo que ya sabía?
-No tienes idea de cómo me siento—menciono Sarada siendo que ella no podría hablar con él a menos que hablaran de ambos, de lo que tenían, -la historia se está repitiendo, tú me amas y yo te correspondo pero Izumi llora, lo mismo que sucedió con Inojin, esa mujer y yo—dijo esto con amargura a la par que una sonrisa triste aparecía en su rostro, haciendo sentir culpable a Boruto que reconocía como suyo el error de haberle transmitido pensamientos erróneos a la Sultana Izumi. -¿Qué hago ahora? Dime—pidió saber para limpiar su propia conciencia, para darse a entender que Izumi no pasaría por lo mismo que ella, -si Izumi descubre lo que hay ente nosotros estaremos muertos, ambos, tu reputación y la mía estarían por los suelos—le recordó siendo que el protocolo y las leyes serian implacables con ambos si alguien sabía lo que sentían.
Las leyes Imperiales—desgraciadamente—no se habían hecho en un día y era imperativo decir que, en efecto, cualquier señal más que amigable o fraternal corría peligro de ser catalogada con intenciones oscuras, intenciones que—de ser del conocimiento del Sultan o alguien más—los condenarían a ambos, sobre todo a ella que debía representar la moralidad más alta posible como hija del Sultan del mundo, no podía arriesgar al Imperio por un sentimiento egoísta.
-No he dicho nada ni tu tampoco, Izumi no ha de saber de esto—le recordó de manera imperativa, -prométemelo—rogo Sarada.
-Lo juro, Sultana—no dudo en responder Boruto.
Sonriendo escasamente o lo que le fue posible para no parecer demasiado afectuosa, Sarada le dio la espalda y se marchó ante la atenta mirada del Uzumaki que, por un momento, deseo que él no fuera el Hasoda Basi del Sultan ni ella una Sultana, deseo que solo fueran un hombre y una mujer que se amaban de todo corazón.
Pero las cosas no eran tan sencillas.
Había visitado al pueblo muy temprano y ahora, de vuelta a la calma, se encontraba sentada sobre su diván con la mente perdida en sus propios pensamientos, preocupada de todos sus hijos, preocupada por lo que sea que pudiera pasarles. Esa era su existencia, temer continuamente por sus hijos, su familia y ese Imperio por el que lo había entregado todo, u ingenuidad, su inocencia, su alegría y sus mejores intenciones, sus lágrimas y su propio corazón.
Lucía un sobrio vestido índigo azulado de escote bajo y redondo de mangas holgadas hasta casi cubrir las manos, por sobre el vestido una chaqueta superior de encaje bordado en piedras de topacio, diamantes e hilo cobrizo para emular flores de cerezo. Alrededor de su cuello una magnifica guirnalda de plata que conformaba una estructura de dijes con siete broches con un zafiro dentro de los cuales pendían cristales en forma de lagrima a juego con un par de sencillos pendientes de cristal en forma de lagrima. Su largo cabello rosado, recogido ligeramente e un moño, caía la mitad de su espalda, adornado por la aclamada corona Imperial de tipo torre hecha de oro y decorada con toda clase de joyas, una imagen simplemente avasalladora.
Las puertas de sus aposentos se abrieron tan repentinamente que incluso a ella le sorprendió antes de que Tenten, a toda prisa, entrara y la reverenciara con una radiante sonrisa en su rostro. Tenten no era conocida por ser efusiva, mucho menos por actuar tan irrespetuosamente a menos que tuviera un motivo, cosa que aun más confundió a Sakura mientras observaba a la pelicastaña.
-Sultana, una noticia gloriosa—Sakura frunció ligeramente el ceño ante estas palabras. -Un viejo y muy querido amigo para usted ha regresado.
Aquellas palabras fueron aún más extrañas, ¿Quién podía haber regresado? Sakura le indico a Tenten que permitiera al "visitante" entrar con libertad, acción que la pelicastaña acato tan pronto como le fue posible. La expresión seria de Sakura se desarmo en cuanto contemplo con auténtica alegría y sorpresa la aparición de aquel hombre—porque ya no era un adolescente—se piel pálida e inconfundible cabello celeste ¿Cómo olvidar a ese adolescente que ahora llegaba a su presencia convertido en hombre?
Mitsuki Pasha había sido un prominente aprendiz de jenízaro destacado tras la revuelta cometida por Mei y Rin, había participado en la ejecución de los traidores y poseía una lealtad absoluta al Imperio. Confiando en él, Sasuke lo había enviado como gobernador de la provincia de Bosnia con apenas catorce años pero una madurez mental tan grande que había merecido la pena el riesgo y ahora que la provincia ya podía subsistir sola, había regresado a su hogar en la capital.
-Sultana—reverencio el peliceleste con una radiante sonrisa para su Sultana.
Recuperándose de su sorpresa y alegría inicial—y llevando a cabo la tradición cortesana—Sakura expuso el dorso de su mano ante el Pasha que-inclinándose respetuosamente—beso con auténtica devoción y afecto filial a la mujer que había sido una madre para el mediante su correspondencia, ella que le había dado un comienzo nuevo cundo no había sido sino un simple donnadie.
-Mitsuki Pasha—saludo Sakura con una sonrisa, indicándole al Pasha que tomara asiento a su lado, acción que acato sin la menor dilación, -los años no hacen sino favorecerte todavía más—alago muy sorprendida con su cambio y paso de la adolescencia a la adultez. -¿Dónde quedo el joven que yo conocí?—pregunto con ternura.
Tan familiarmente como podía ser el trato entre él y la Sultana, Mitsuki solo atino a encogerse de hombros.
-Temo decir que sigo siendo el mismo Sultana, lamento si eso la decepciona—admitió en un tono bromista que provoco la alegría de la Sultana que sonrió radiante. -Pero mi corazón se regocija de ver que usted sigue siendo la misma Sultana de la que me despedí hace ocho años—Sakura fingió solemnidad, en un claro tono bromista. -Si usted me lo permite—pidió permiso el Pasha.
Intrigada, la Sultan asintió antes de ver al Pasha rebuscar en uno de los bolsillos de su Kaftan de donde—cuidadosamente y sin dejarle ver demasiado—extrajo algo que oculto entre sus manos de la vista de la Sultana. Abriendo sus manos, el Pasha rebelo un precioso brazalete compuesto por tres hileras de escamas de plata que, como dije central, formaba una flor de cerezo. Sakura expuso su mano y, con auténtica veneración, el Pasha cerró el broche en torno a la muñeca de la Sultana dando a conocer que las medidas de la joya eran exactas para la Sultana.
-Hermoso, simplemente magnifico—agradeció Sakura, más que maravillada con aquel presente. -Deberías usar esas habilidades para conquistar a una esposa—el peliceleste sonrió con nerviosismo a la vez que apartaba la mirada, a Sakura no le resultaría raro que fuera otro de los muchos "casanovas" como Boruto que no tenían planeado darse seriedad a su vida, -Mitsuki, ya deberías pensar en formar una familia—le recordó.
Tenía veinticuatro años, muchos hombres de su edad ya se encontraban prometidos o casados por elección o política. Mitsuki hubiera deseado hacer realidad el anhelo de la Sultana de verlo casado…pero harta la fecha había encontrado a una mujer hecha a su medida, todas eran un entretenimiento común y sin ese carácter y coraje que deseaba encontrar en una mujer. ¿Pedía demasiado? Tal vez.
-Sultana, las mujeres del mundo palidecen ante usted—justifico el Pasha con claras intenciones de no cumplir esa petición.
-Adulador—se burló Sakura, comprendiendo que, tal vez, el regreso al Palacio le permitiera a Mitsuki encontrar a esa mujer especial que Sakura deseaba que hallase. -Tal vez, estando aquí, te des cuenta de las bellezas que te has perdido—intento alentarlo.
¿Por qué no? Se pregunto Mitsuki, todos alababan al Harem Imperial como el único lugar en la tierra donde se reunía, belleza, talento y carácter a su vez. Por una vez Mitsuki hubo admitido que deseo darse el placer egoísta de quedar ahí y retomar su vida como correspondía.
-Eso espero, Sultana—admitió Mitsuki.
Palacio de la Sultana Shina/Kirigakure.
Ante dos doncellas plenamente concentradas en tocar sus instrumentos para dar al ambiente una música perfecta y una instructora que criticaba atenta y felizmente el desempeño estético, Aratani se encargaba de disciplinar la que—por lejos—era su mejor habilidad: la danza.
La instructora del Palacio observaba más que satisfecha el desempeño de la joven que, pese a seguir la música, marcaba su propio ritmo, jugaba con los lienzos de tela blanca que formaban sus mangas, abiertas y holgadas desde los hombros, sujetas por un par de finos tirantes. El vestido de escote corazón y falda ligeramente abierto al costado, decorada en las caderas por finas cadenas de plata y diamantes enmarcaban selectamente su figura, enmarcando todavía más su belleza a cada paso ejecutado a cada trazo creado por ella misma, a cada momento en que sus largos rizos castaños se arremolinaban sobre sus hombros. Aquella joven inocente, de hermosos orbes esmeralda y apariencia coquetamente inocente sabía cómo jugar con su mirada y su apariencia.
Era inocente, pero no tonta en lo absoluto.
Las puertas de la estancia se abrieron de manera repentina ante el sorpresivo ingreso de la Sultana Shina y su pequeña hija de nueve años, la Sultana Ayame. Encantada con el espectáculo y la música, Shina ordeno que el "ensayo" no se detuviera pese a su presencia. La oportunidad resulto perfecta para Shina que corroboro lo que su madre ya había aludido; Aratani era perfecta para la tarea. El corazón de un hombre no se conquistaba solo por ser hermosa, por ser sumisa o dócil, por ser callada o dulce, sino también por lo que podía ofrecer. Recordando su vida en el Palacio, Shina podía apostar a Daisuke nunca habría tenido la oportunidad de contemplar una danza tan inocente y seductora a su vez como lo era aquella que era interpretada por Aratani. No dudaba de que, con solo estar una vez ante su hermano e imitar es escena…Daisuke se volvería totalmente loco por ella.
Sultana Shina vestía unas sencillas galas granate de mangas gitanas, escote cuadrado decorado por cinco botones en caída vertical hecho de rubí, por sobre el vestido una chaqueta de encaje y seda con hombreras caídas y escote en V a los costados del corpiño para cerrarse a la altura del vientre. Su largo cabello miel dorado—recogido ladinamente para caer sobre su hombro izquierdo—era adornado por una corona de oro, diamantes y rubíes a juego con un sencillo par de pendientes en forma de lágrima.
La música, con un descender palpable, se detuvo permitiéndole a Shina aplaudir con libertad. Aratani e volteo, rápidamente, reverenciando a la Sultana Shina que se acercó a ella junto a su hija, haciendo que Aratani levantara la mirada
-¿Tomamos un descanso?—sugirió Shina.
Apenas unos momentos después, la Sultana Shina y su hija abandonaron la estancia en compañía de Aratani que respondía diligentemente a los cuestionamientos de la Sultana.
-Debo admitir que me desconciertas y maravillas a la vez, Aratani—hubo de reconocer Shina que pese a tener en su servicio a la joven la desconocía en muchos ámbitos, -esperaba que alguien como tu poseyera ambición.
La sociedad de un harem no era solo una especie de "patio de recreo" era el lugar mayor intriga que podía haber en el Imperio, la inteligencia y las ardides se entrelazaban, todos intentaban ascender políticamente siendo o la favorita del Sultan y los Príncipes o siendo la esposa de algún Pasha muy importante, todo era estrategia, habilidad y ambición combinadas, pocas veces había honestidad o desinterés en el actuar que se cometiera
-No podría, Sultana—contradijo Aratani con absoluta sinceridad, cosa que sorprendió a Shina, una honestidad no se veía seguida en una concubina. -Me quede huérfana a los ocho años, no tenía parientes o alguien que velara por mí, sobrevivir cada día en base a las limosnas y ayuda de otros se volvió mi única rutina y existencia, agradecí ser traída al palacio y que la Sultana Sakura me ofreciera su protección, gracias a ella recupere los deseos de vivir—confeso Aratani algo de lo que Shina había sido perpetuamente ajena, -ella me dio un hogar y mi vida es lo menos con que puedo corresponderle—dijo esto co absoluta lealtad y solemnidad.
De ser una chica de doce años—famélica y sin oportunidad alguna—llegada al Palacio, había pasado a ser la protegida e la Sultana Sakura que había tenido compasión de ella, se había mantenido a su lado aprendiendo de ella y recibiendo un trato tan cariñoso que con el tiempo Aratani no había podido evitar llegar a considerar a la Sultana como la madre que apenas tenía lugar en su memoria. La Sultana Sakura le había devuelto los sueños y las esperanzas tras ser una mendiga durante años, tras darse por vencida y asumir que no sobreviviría. Nunca podría olvidar todo eso, jamás.
-Serás una magnifica Sultana—reconoció Shina, tocada emocionalmente por el relato de Aratani, agradecida por la lealtad que ella le guardaba al Imperio pese a no haber nacido en él, -eres inteligente, pero no solo eso, también tienes corazón y eres desinteresada, eso necesita el mundo en estos momentos—menciono esto último con especial atención.
Su madre era la "Sultana del Pueblo", la "Sultana de los Pobres". Toda la gente la amaba y la paz solo reinaba porque ella ayudaba a los más necesitados a la gente que formaba la nación que unificaba el Imperio con el resto de los territorios, dándole forma al mundo.
-Y eres muy bonita—alago la Sultana Ayame.
Aratani no pudo evitar sonreír ante le alago de la pequeña Sultana, reverenciándola con autentico respeto.
-No tanto como usted, Sultana—aseguro Aratani.
Kagami termino de cambiarse de ropa, indicándoles a los sirvientes que lo dejaran solo.
Había tenido una mañana un tanto ajetreada; revista las tropas en el cuartel jenízaro junto a sus hermanos Rai y Shisui y luego de ello habían montado a cabo de regreso hacia el Palacio, compitiendo ente si, razón de sobra para que, luego de bañarse debidamente, el Príncipe se hubiera cambiado de ropa. Se suponía que debía desconfiar e mucha gente a su alrededor, es lo sabía pero Rai era su hermano y como tal lo apreciaba de todo corazón, no tenían nada que los uniera salvo un mismo padre y el amor de hermanos entre sí, pero nada más. Kagami sabía que su madre igualmente amaba a Rai como si fuera su propio hijo, por más que Naoko significase una amenaza, Rai no lo era, o al menos no aun.
Terminando de cerrarse el Kaftan frente al espejo, Kagami volteo hacia la puerta ante el repentino y suave repiqueteo de golpes contra la puerta, sabia de quien se trataba y eso fue razón de más para que sonriera ansioso por quien era la dueña de sus desvelos, su amada y la madre del hijo o hija en camino. Solo quería que esas puertas se abrieran para así contemplar a la que—para él—era la mujer más hermosa sobre la tierra.
-Adelante—índico Kagami.
En cuanto las puertas se abrieron, Kagami creyó contemplar una aparición divina y angelical. Eri, ahora debidamente considerada como una favorita oficial—futura Sultana—vestía unas elegantes galas aguamarina tan claras que casi parecían seda blanca, bordadas en plata y diamantes en el centro del corpiño—y los costados de la falda– de escote cuadrado, emulando flores de jazmín y lirios con cristales incrustado, mangas ajustadas hasta los codos y holgadas hasta cubrir las manos. Su largo cabello castaño dorado, recogido ladinamente para caer sobre su hombro derecho en una cascada de risos, era adornado por una sencilla pero hermosa corona de cristales turquesa y diamantes para emular flores de jazmín—así como un par de pequeños pendientes a juego—sosteniendo un largo velo a juego con el vestido.
-Príncipe—reverencio Eri.
A la par que las puertas se cerraban, Eri se sujetó la falda y abrazo efusivamente al Príncipe que beso fervientemente sus labios, pegando su frente a la de ella que sonrió dichosa. Por más que él fuera un Príncipe, había responsabilidades que los separaban y que la hacían sentir sola, pero en momentos tan nimios que ella los consideraba estúpidos. La Sultana Sakura velaba atentamente por su embarazo, tenía por personal de doncellas a sus amigas más queridas del Harem y el Príncipe la amaba tanto como ella lo amaba a él, ¿Se podía ser más feliz?
-Eri—murmuro Kagami, besando los labios de ella una última vez, -¿te he dicho lo hermosa que eres?—no pudo evitar preguntar, acariciando una de las mejillas de ella.
Los ojos de Eri nunca abandonaron su rostro, clavados en cada una de sus acciones, en la forma en que hablaba, en como la observaba con ese deseo y amor tan grande que sentía por ella, su Sultana por más que aún no lo fuera. Eri fingió sentirse ofendida ante su pregunta, cosa que lo hizo sonreír aún más.
-Hoy no—crítico con falsa indignación antes de pegar brevemente sus labios a los del Príncipe. -Te extrañe mucho—admitió, abrazándolo con todas sus fuerzas.
-Y yo a ti—reconoció Kagami, abrazándola de igual modo.
Juntos eran felices, sus corazones latían con tener a su compañero al lado, ambos se regocijaban entre sus deseos de sonreír que se volvían irrefrenables de solo contemplar el rostro de quien amaban, perdiéndose en sus ojos.
Su ánimo se encontraba en lo alto ante el regreso de Mitsuki mientras—ahora—contemplaba el atardecer a través de la ventana de sus aposentos, sentía que—a pesar de los problemas—podía sentirse dichosa y tranquila de tener amigos tan cercanos y queridos que velaban por lo que era importante, casi tanto o iguale que ella. Sakura acepto, agradecida, la taza de té de parte de Teten que levanto su mirada hacia la puerta ante el repentino eco de repiqueteos.
-Adelante—índico Tenten.
La pelicastaña no necesitaba escuchar la orden de la Sultana, conocía su mentalidad y cuán importante era para ella que quien pidiera audiencia fuera recibido debidamente en su presencia. Las puertas se abrieron permitiendo la entrada de Shisui, cosa que sorprendió a Sakura que dejo la taza sobre la pequeña mesa en frente suyo. Shisui pocas veces pedía hablar con ella, casi siempre elegía hablar en sus aposentos, era un chico más bien tímido, no con la característica arrogancia de Daisuke, la neutralidad de Rai o la seguridad de Kagami.
-Shisui, mi adorado hijo—saludo Sakura, levantándose del diván y abrazando a su hijo que, extrañamente, se mantuvo tenso durante el abrazo, confundiéndola todavía más. Rompiendo el abrazo, e intentando tranquilizarlo con una débil sonrisa, Sakura lo alentó a sentarse junto a ella, cosa que el Príncipe hizo enseguida. -¿Sucede algo?—indago Sakura.
Shisui era más bien sensible, era capaz de notar detalles que otros no, muy atento de lo que pasaba en el exterior, siempre callado y tímido pero aprendiendo incluso más de lo que el mismo Kagami podía enorgullecerse solo que él no sacaba partido de ello.
-Llevo cuestionándome esto casi todo el día madre—Sakura no pudo evitar preocuparse todavía más por sus palabras. -Tuve una pesadilla—aclaro con sincera vergüenza.
Dudar en contar el tema referente a una pesadilla era problemático o crítico para Shisui porque, muchas veces, las pesadillas que tenía rallaban con la normalidad y cruzaban esa línea. A Sakura no le hubieran preocupado tanto si…si no representaran siempre una posibilidad de algo que fuera a suceder en el futuro, algo que se aludía de una forma un tanto diferente.
-Cuéntame—animo Sakura, colocando una de sus manos por sobre la de su hijo, -sabes que estoy aquí para ayudarte—tranquilizo.
Serenándose por completo, intentando olvidar las emociones que aun sentía, Shisui asintió.
-Estaba solo en el Palacio y recorría los pasillos hasta llegar a los aposentos del Sultan—Sakura asintió, no necesitando de demasiado esfuerzo para imaginar las palabras de él en su mente y hacerlas cobrar vida, -creí que encontraría a mi padre pero no fue así—la pelirosa frunció levemente el ceño. -Sobre la cama estaba el cadáver de mi padre y el tuyo, a la izquierda de la cama y envueltos en sábanas los cadáveres de Daisuke y Kagami, mientras que a la derecha estaban Mikoto, Shina, Sarada, Izumi, Midoriko y mis sobrinos, todos—Sakura apretó levemente la mano de su hijo cuya voz, inevitablemente, se quebró emocionalmente. -Voltee hacia la terraza y ahí vi a Rai vestido como Sultan junto a la Sultana Naoko—el Uchiha bajo la mirada tanto de temor como vergüenza.
Confiaba en Rai tanto como se suponía que debía confiar en cualquiera de sus hermanos, pero las diferencias con respecto a las madres que tenían eran más que claras. La Sultana Naoko podía manipular a Rai hasta volverlo una amenaza, esa era la gran diferencia. Shisui estaba seguro que, de tener que ordenar su ejecución, Rai moriría y—claramente—su madre sufriría otra perdida mortalmente dolorosa, había criado a Rai y era imposible para ella no verlo como si fuera otro de sus hijos.
-Sé que no debería dejar de confiar en mi hermano ne base a una simple pesadilla, pero…tengo miedo, madre—admitió Shisui, no con vergüenza sino con sinceridad, temiendo que sus nervios y su propio sentido de conservación le impidieran confiar en sus hermanos como se suponía que debía hacer. -La Sultana Naoko es peligrosa y lo sé, si tú me dices que he de distanciarme de Rai lo haré, no necesitare justificación—aclaro, confiando ciegamente en todo cuanto su madre estimase conveniente, -pero dime que hacer, madre—suplico.
Sakura no pudo evitar sentirse culpable. Pese a sus esfuerzos por proteger a todos sus hijos de las amenazas, tal cosa era simplemente imposible; la llega de Koyuki y el regreso de Naoko solo estaban empeorando la cosas y ella no podía hacer nada, eso era lo más humillante, el ser impotente para arreglar las cosas y proteger a quienes más amaba.
-Mi Shisui, mí adorado trozo de cielo—tranquilizo Sakura, acariciando el rostro de su hijo que aguardo vitalmente sus palabras, ella que era la única persona con buenas intenciones en el Palacio. -Tu inocente corazón no debe dejarse preocupar por estos asuntos—pidió Sakura de manera omnisciente, -nunca he necesitado informarte de todo lo que ocurre porque no quiero que pierdas tu inocencia a causa de la oscuridad que reina el mundo—reconoció siendo que por ello, a su vez, no permitía que Shisui prendiera el arte de la guerra y los conflictos, no quería ver desaparecer su inocencia. -No te ordenare que te distancies de Rai porque él no tiene la culpa de nada, solo Naoko—aclaro para tranquilidad de él que pudo sonreír más tranquilo gracias a sus palabras, -pero te insto a mantenerte atento, mantén tus ojos y oídos muy abiertos, cuestiona quien es amigo y quien es enemigo, solo eso puedo pedirte—el Uchiha asintió, entendiendo que no debería conformarse con todo lo que veía y escuchaba, tenía que dudar de lo que lo rodeara hasta tener una prueba absoluta de confianza y esto sería casi imposible, -no tomes mis palabra como una imposición sino como la preocupación de una madre que ama con todo su corazón a uno de sus hijos.
Si poder evitarlo, Shisui abrazo a su madre que le correspondió de forma inmediata. Deseaba ser capaz de proteger a sus hijos, a su familia y al imperio…pero aquella posibilidad, ya de por sí, le estaba resultando imposible. Pero sería peleando por ese intento aunque tuviera que morir en ello.
Se había preparado para dormir ante la caída de la noche y un largo día de trabajo, pero un incesante ruido de pasos en el segundo piso lo alerto, era tarde y su amigo Metal Lee debía estar durmiendo, quien sea que hubiera entrado a su casa se marcharía por las buenas o por las malas. Espada en mano, Naka apunto a la figura que, cubierta por toda clase de cosas, le daba a espalda
-Tú, quien quiera que seas, fuera de mi casa—ordeno antes de que la figura e girara y lo observara un tanto divertido, cosa que molesto aún más a Naka. -¡Ahora!—grito.
-Naka—tranquilizo la figura con una voz conocida, quitándose los goggles ante la mirada de él y enseñando el rostro de su soñador amigo, -Naka, soy yo—tranquilo Metal Lee.
Lejos de sentirse más tranquilo con aquello, Naka estampo la empuñadura de la espalda sobre la cabeza de su amigo, que se quejó—adolorido—antes de dejar caer la espada al suelo, furioso por el espectáculo o teatro que su amigo elegía llevar a cabo en plena noche, ¿En qué diablos estaba pensando? Prefería que hiciera un alboroto durante el día, no en plena noche.
-Maldito endemoniado—insulto Naka ante la sonrisa de su amigo, -¿Qué crees que haces? No son horas para bromear—le recordó.
Tomando del hombro a su amigo, Metal Lee condujo a Naka ante su escritorio, además de sus detallados planos ahora había comenzado a reunir materiales, estaba comenzando a tomar medidas, pensar en el lugar de donde saldría a "emprender el vuelo" todo cuanto hiciera falta y para ello no podía perder tiempo.
-Estoy trabajando, mi querido amigo—aclaro señalando su escritorio. Naka dudo de esto ya que para él todos esos materiales parecían más bien basura y desperdicios antes que otra cosa. -Ya que tengo la aprobación del Sultan ahora debo impresionarlo, tiene fe en mí y no lo decepcionare—se prometió.
Naka debía reconocerlo, su amigo tenía razón. Si el Sultan aprobaba algo, jamás se debía decepcionarlo, bajo ninguna circunstancia. ¡Pero no por eso iba a trabajar a esa hora de la noche! Eran humanos, por Kami, ¿Acaso no necesitaban dormir? Trabajaría mañana, no en ese momento.
-¿Y piensas trabajar a esta hora?—cuestiono Naka con clara molestia.
El pelinegro únicamente e encogió de hombros.
-¿Por qué no?—debatió Metal Lee de igual modo. -Tengo mucho que pensar, los materiales, las longitudes, la base de donde despegare, todo—aclaro ante su amigo que, fraternalmente, lo abrazo por el hombro a la vez que o hacia caminar a su lado. -Más vale que me dé prisa—su amigo lo sujeto de la camisa, tras la nuca, haciéndolo caminar hacia las escaleras. -¿A dónde vamos?—pregunto con entusiasmo.
Una sonrisa divertida e ingenua se plasmó en el rostro de Naka.
-No nosotros, tú—aclaro cambiando sus expresiones por una mirada dura y seria, soltándolo. -Ponte a trabajar mañana, hombre—pidió con sincera compasión. -Ahora quiero dormir, te echare de la casa si impides mi sueño—amenazo.
Sin esperar respuesta, Naka descendió por las escaleras sin reparar en la sonrisa de su amigo.
-Amargado—critico Metal Lee.
Afortunadamente, y tras haber molestado a Koyuki, el día y la providencia habían sido bondadosos con Midoriko que no podía evitar sentirse dichosa. Había hecho eso por la Sultana Sarada, pero también por ella misma, una pequeña parte de su ser no había conseguido evitar ser egoísta y tomarlo—a su vez—como una venganza personal. Lucía un sencillo vestido rosa suave de escote corazón decorado por tres botones de diamante en caída vertical, mangas ajustadas y muñequeras de seda blanca, sobre el vestido una chaqueta de encaje crema bordada en diamante para emular hojas y flores. Sobre su largo cabello violáceo se encontraba una corona en forma de pétalos y hojas distando de los largos pendientes de oro de lo que colgaban cinco perlas en forma de lagrima.
Se dirigía hacia sus aposentos para dormir junto a sus hijos a quienes comenzaba a hacérseles habitual la ausencia de su padre que pasaba más tiempo junto a la "Princesa Koyuki" que con ellos y su madre, pero a Midoriko nunca pudo importarle menos. La aparición del Sultan en el pasillo que ella misma transitaba no la extraño, seguramente se dirigía hacia los aposentos de la Sultana Sakura donde ella había estado hace unos momentos.
-Majestad—reverencio Midoriko antes de disponerse a seguir con su camino.
-Espera, Midoriko—la nombrada se detuvo, en espera de lo que el Sultan tuviera que decirle. -Quería felicitarte, cumpliste muy bien con lo que ni siquiera se te ordeno, superaste las expectativas que tenía sobre ti—admitió Sasuke.
Sasuke sentía un especial respeto y cariño por Midoriko, ella se había aganado a pulso su confianza y, sin importar lo que hiciera, Sasuke siempre confiaría n ella porque lo que Midoriko sentía por Daisuke era tan grande que, el único motivo que ella tuviera para actuar audaz o estúpidamente, solo sería él. Ella estaba dispuesta a arriesgarse más allá de lo necesario si hacía falta.
-Como debe ser, majestad- respondio Midoriko, satisfecha por haber ayudado a reparar el herido honor de la Sultana Sarada. -Soy una de sus súbditos y mi deber como Sultana es servirlo.
Esa era la regla primordial dentro el Imperio y Midoriko nunca podría olvidarla, había nacido siendo libre, había sido hecha esclava y llevaba al Palacio y como Daisuke no la amaba lo suficiente para casarse con ella y hacerla una mujer libre..seguía y seguiría siendo esclava toda su vida, pero no de cualquier persona, del Imperio Uchiha al que, de una u otra forma, pertenecía como madre de un Príncipe y una Sultana. Su destino, en el futuro, tal vez fuera más glorioso como había sucedido con la Sultana Sakura, solo tenia que esperar y ver que más le deparaba la vida.
-Daisuke recibirá su sentencia- advirtió Sasuke, viendo asentir a Midoriko que ya estaba al tanto de que Daisuke no habría de quedar sin castigo por la afrenta hecha a la Sultana Sarada, -quédate junto a mis nietos esta noche y hazles creer que no estará en el palacio por unos días.
Era mejor que nadie supiera el porque no estaba Daisuke ni donde estaba, entre menos gente se involucrara mejor, no estaban en posición ni en tiempos de divulgación, si querían deshacerse de Koyuki y Naoko, debían hacerlo pero dando tiempo al tiempo, teniendo paciencia de presenciar su caída y desaparición para permitirles vivir tranquilos.
-Como usted diga, majestad- prometió Midoriko, reverenciando al Sultan antes de seguir con su camino.
Se haría lo que el Sultan ordenara, nada más.
-Encantadora, aunque en exceso—reconoció el Uchiha a su espalda, entrando en sus aposentos.
Sakura sonrió un tanto divertida por las palabras de Sasuke. En efecto, lucir el vestido granate e escote corazón—mangas ajustadas y cuello alto de encaje transparenten—con el emblema de lo Uchiha bordado en rubí en la falda sería suficiente, pero la noche—inusualmente fría—la había hecho temer una situación y usar—por sobre el vestido– un abrigo de terciopelo y piel negra, de marcadas hombreras y mangas holgadas y abiertas a la altura de los hombros, cerrado sobre el pecho por cinco trozos de seda ónix con diez botones (uno a cada lado). Sobre su largo cabello—que caía como una cascada tras su espalda—se encontraba una elegante corona de rubíes decorada por escama de granate para formar flores y sus pétalos a juego con un sencillo par de pendientes de cuna de oro con ónix en el centro.
-No me culpes—pidió Sakura, sintiéndolo abrazarla por la espalda, -es una noche fría—menciono con auténtica extrañeza.
-Extraña en realidad—secundo Sasuke.
Verdaderamente una incongruencia de la naturaleza, era verano, se suponía que el frio era lo que menos debía sentirse en aquella época tan ajetreada, el Palacio en si era mucho menos frio, aclimatado para que todos en su interior se sintieran cómodos, pero aun cuando el fuego danza en la chimenea, reinaba un frio extraño, no molesto pero que no tenía justificación.
-Sasuke—inicio Sakura con incertidumbre ajena con respecto de lo que fuera a pasar, -nunca cuestiono tus acciones pero, ¿Qué castigo elegiste para Daisuke?—pidió saber.
Daisuke, pese a su crudeza y carácter difícil, pese a sus arrebatos de cólera y carácter tempestuoso…no dejaba de ser su hijo y como tal se preocupaba por él, por sus errores y lo que pudiera pasarles. No importaba si alguno de ellos, incluso Rai, acababan odiándola, ella siempre los tendría en su corazón e intentaría protegerlos de lo que sea que pudiera lastimarlos.
-Uno que no está exento de polémica—divago Sasuke ante la escéptica mirada de ella que no se sintió conforme con esa diminuta explicación, -dos días enteros en los Kafer; sin comida ni agua—un suspiro abandono los labios de la pelirosa que aparto su mirada. -Se lo piensas—no pudo evitar pensar Sasuke en voz alta, conociendo lo que podía estar pasando por su cabeza.
-Te equivocas—contradijo Sakura, -es un castigo justo—admitió sincera, volteando a ver a Sasuke que parecía confundido por sus palabras, casi esperando que ella se opusiera ante su idea. -Imaginar lo que significa perderlo todo por un error que significa demasiado.
Esa era una realidad, Sasuke jamás se atrveria a matar a alguno de us hijos, no tena la sangre fría de su padre Izuna que—habiendo asesinado a sus doce hermanos—había ordenado la muerte de su primogénito, Itachi. Si Daisuke violara las leyes e impusiera una autoridad que no tenía…su destino seria ser prisionero en los Kafer, el castigo no era sino una lección disfrazada.
-Las decisiones no son sencillas, Sasuke—le recordó Sakura sin apartar sus ojos de él, -pero la vida en si es aún menos sencilla.
Daisuke observo el destello de la chimenea de sus aposentos, absolutamente perdido en sus pensamientos. Pasaría la noche con Koyuki, había pasado la tarde con ella antes de cenar en compañía de sus hermanos Rai, Kagami y Shisui La noche había caído y con ella la oportunidad de estar junto a su Princesa.
De la forma más disimulada posible y sin emitir ruido alguno, las puertas de los aposentos del Príncipe fueron abiertas permitiendo que—a pasos sigilosos—dos guardias jenízaros entraran en la habitación, uno con cuerdas y otro con una mascada que, a pasos silenciosos pero veloces, coloco sobre la boca del Príncipe que, sorprendido intento girarse a tiempo, fallando ya que el otro soldado le ato las manso tras la espalda. Apenas y dándole oportunidad de protestar siquiera, el Príncipe contemplo desde su propia perspectiva el cómo lo sacaban de sus aposentos pese a su resistencia. ¿Por qué?, ¿Qué había hecho para que intentaran algo así contra él? Sus ojos se abrieron de pánico, habiendo seguido el trayecto de los pasillos al contemplar las puertas que conformaban los Kafer, en la primera se encontraba su delirante tío Yosuke, en la segunda Neji y las otras estancias estaban vacías.
Uno de los jenízaros que lo escoltaba, tomo el manojo de llaves colgado de su cintura, introduciendo la llave en la cerradura y abriendo la puerta ante la atemorizada mirada del Príncipe. Daisuke hizo todo lo posible para impedir aquella situación, usando su peso como ancla para no moverse, pero aun ai le resultó imposible, el jenízaro tras suyo le desato las manos y, de un solo golpe, lo arrojo dentro de aquella "Jaula de Oro". Daisuke se sobo las muñecas, antes de arrancarse la venda que le cubría la boca, observando con pesar como la puerta se cerraba.
¿Por qué estaba ahí? Aún más importante…¿Cuánto tiempo estaría ahí?
Sakura coloco una de sus manos sobre el hombro de su hijo, dándole la clara señal de que ella estaba allí para él, que podía llorar delante de ella, que podía desatar sus miedos sin titubear a que alguien fuera a juzgarlo de alguna forma.
Pese a no romper el contacto que lo tranquilizo un poco, Itachi negó con la cabeza sin voltear a ver a su madre. Tal era su opresión y preocupación que no podía llorar ni siquiera delante de ella. Con otra de sus manos Sakura le acaricio las suaves hebras lisas que formaban su cabello, un gesto que siempre había tenido con él desde niño y que no había desaparecido sin importar cuanto tiempo pasara. Pese a lucir como él más fuerte de la familia, Itachi era el más vulnerable e inseguro de sus hijos o puede que de toda su familia en general, dependía mucho del afecto de su madre, quería que ella se sintiera perpetuamente orgullosa de él.
-¿Qué te tiene tan preocupado, Itachi?- intento reconfortarlo Sakura suavizando en extremo el tono de su voz con ese aire maternal tan tierno y dulce.
El Príncipe Uchiha titubeo bastante consigo mismo antes de pensar concretamente en responderle a su madre. No necesitaba mostrarse duro o seguro con ella, podía llorar libremente sin sentir miedo, pero no quería hacerla participe de sus conflictos con su padre.
-El miedo madre- su voz se escuchó al borde de las lágrimas mientras volteaba levemente para verla a los ojos. La mirada esmeralda de su madre era tan preocupada que lo hizo sentirse mal por hacerla preocuparse por él. –No puedo entender porque existe esta diferencia entre Baru y yo.
Sakura frunció el ceño con extrañeza ante la mención de Baru. Pese a ese lazo de hermandad que los unía, también existía una revalidad, el mayor temor de Sakura era que todo aquello se desencadenara en un enfrentamiento que ni ella misma podría frenar, ¿Cómo hacerlo? Amaba a sus hijos con toda su alma, ¿Cómo elegir entre ellos?
-¿Crees que los trato diferente?- indago ella con curiosidad esperando poder liberarlo, a su vez, de sus culpas internas. -Lo reconozco, tu hermano es mayor y tiene más responsabilidades, pero lo amo a ambos por igual...- se explicó Sakura sabiendo que eso era cierto.
-Ambos sabemos a quién amas más, madre- la interrumpió Itachi sin poder evitar subir un poco la voz.
Sakura lo observo pestañeando de vez en vez. Tal vez era cierto y su culpa en efecto, Baru era su primogénito, por él había aprendido lo que era ser madre, el fruto de su amor junto a Sasuke era el primero de todos sus Príncipes…intentaba ser justa y ecuánime pero al parecer tal cosa no era posible.
-Parece que yo fuese hijo de otra madre—no pudo evitar murmurar el Príncipe, dolido.
La Sultana observo con palpable tristeza a su hijo ante estas palabras, ¿Qué importaba si amaba más a uno que a otro? Todos eran sus hijos, los amaba a todos con cada fibra de ser así como a sus Sultanas, todos ellos eran su corazón, si alguno sufría ella también y si morían ella también lo haría.
-No importa lo que pase: tú siempre serás mi príncipe, mi Itachi. Nada ni nadie va a cambiar eso, ¿y sabes por qué?- Itachi negó esperando la respuesta de su madre. -Porque te amo desde que supe que vendrías al mundo, desde que te tuve en mis brazos por primera vez...te amo por quien eres y por cómo eres, mi príncipe.
Itachi se lanzó de lleno contra los brazos de su madre que le envolvieron la espalda protectoramente. Él, de igual modo, enrollo sus brazos alrededor de la cintura de su madre enterrando su rostro contra el pecho de ella, sintiendo las cálidas caricias de sus manos sobre sus cabellos…
Sakura abrió los ojos, aun ligeramente adormilada, sentándose cuidadosamente sobre el colchón, parpadeo varias veces pero resulto doloroso para ella asumir que esa maravillosa imagen, aquel momento no era sino un triste sueño, un recuerdo de días pasados. Volteando a ver a Sasuke, dormido a su lado, Sakura suspiro e inspiro tan sutilmente como le fue posible, intentando no llorar ante ese recuerdo y ante lo que significaba para ella, ate lo significaba saberse sin dos se sus amados hijos.
El día en que Itachi y Baru habían muerto, una parte de ella había muerto también.
PD: lamento si tarde pero por ello hice el capitulo anterior más largo :3 dedico esta actualización a: DULCECITO311 (lamentando decir que Naoko no morirá aun) y en especial a Adrit126(comunicándole que actualizare su fic "El Emperador Sasuke" mañana) :3 con respecto a el nuevo fic que propuse, tengo un debate interior ya que o es sobre "Titanic"; la serie de 2012, o "La Bella y la Bestia"; igualmente serie de 2012 (hasta 2016), conformada por 4 temporadas. Me gustaría que comentaran cual idea les gusta más y si tienen algo en mente para ayudarme, en serio me fascinaría :3 gracias mis queridos lectores, besos, abrazos y hasta la próxima.
