¡Hola a todos! ¿Queréis matarme? ¡Sé que no, venga! Es que estoy con exámenes (que por cierto, voy aprobando :P), trabajos y un largo etcétera que viene a componer toda mi vida jejeje. Que sepáis que he escrito siempre que he podido, o sino preguntarle a mi beta (Cin I love you!), que no he parado! Pero no podía escribir todo el tiempo que quería, y luego este capítulo es largo y complicado, por lo que necesitaba pensar mucho mientras iba escribiendo. Espero que os guste.

Respondo enseguida reviews anónimos y empezamos:

Angelina: ¡Hola wapa! Me alegro que te guste mi historia, y espero leer tu opinión más veces. Disculpa la tardanza, pero es que no puedo retrasar mi vida jejeje un besazo enorme!;)

Xime: ¡Hola! ¡Gracias por dejar review! A veces comprendo que cuesta, y más si son capítulos largos, porque ya te has cansado leyendo jeje pero me alegra que mi historia te haya gustado lo suficiente para dejarme constancia :P No me había dado cuenta hasta que me lo habías dicho que no funcionaba el video... que raro! En fin, lo cierto es que tampoco era muy bueno. Quería hacer otro, pero de momento tengo que aparcarlo porque el programa de realizar montajes de videos no me funciona correctamente y tengo que encontrar otro que sí. Cuando lo consiga avisaré. ¡Gracias por decírmelo!;) No te preocupes, no dejaré de escribir esta historia, me gusta demasiado :P aunque tarde mucho, no la consideres abandonada nunca!! Un besazo!;)

Lili: ¡Mi chilena! ¿Qué tal todo preciosa? Espero que ya hayas acabado y todo haya ido genial ¡Justo estoy empezado yo ahora con los agobios! Jejeje Me alegro que te gustara el capítulo también esta vez! Gracias infinitamente por tus palabras, consigues que me sienta muy bien!;) La pelea de James y Lily no podía durar tanto jejeje solo era para que tengan formas de conocerse lo bueno y lo malo entre ellos, y adquieran una relación de verdad, y no de típicos adolescentes hormonados como yo digo jejeje lo de ellos es especial, y así se tiene que ver :P (un secreto: yo también quiero un James jejejeje). Jeff y Nicole ya están juntos de nuevo, aunque de forma original, claro jejeje en este capítulo hay bastante de ellos, creo que me estoy aficionando :D Y veo que ha triunfado la venganza de Gis jejeje ella siempre lo hace todo a lo grande :P Sadie es un personaje distinto al que yo también adoro, pero a veces odio jejeje les dijo la verdad de una forma muy directa y sin nada de tacto, es para matarle! Lo de esos tres... es complicado cuando hay un triángulo amoroso, pues siempre alguien acaba con el corazón dañado de una forma u otra, y eso duele, claro. Lo de quien filtró la información de las cajas no puedo decirlo... porque ya te estoy contando el final, sino! Jejeje tendrás que esperar!;) espero que te guste este capítulo también!! Un besazo enorme!!;)

Muy bien, se acabó. Ahora a disfrutar (eso espero) de la historia. Ya sabéis que nada que reconozcáis me pertenece, sino a una mujer mucho más forrada que yo, pero que se sigue negando a contar la historia de Lily y James... en fin, tendréis que conformaros con mi patética versión :P

"JURO SOLEMNEMENTE QUE MIS INTENCIONES NO SON BUENAS".

Capítulo 27: Nochebuena blanca.

El ruido del viento lo despertó. Hacía tiempo que James Potter no tenía un despertar tan extraño. Por un lado, era el más feliz en mucho tiempo, con Lily abrazada a él, dándole calor y rociándole con su maravilloso olor, pero por otro era el más frustrante. No sabía cómo iba a deshacerse del abrazo de su novia sin despertarla, y mucho menos sin que notara la reacción de su cuerpo por tenerla tan cerca.

El viento cada vez soplaba más fuerte, y James temió que hubiera una ventisca que les dificultara la salida de Hogwarts. Ese día comenzaban las vacaciones de Navidad, o lo haría cuando amaneciera. El cielo se veía muy oscuro aún, aunque James no podía saber si era porque aún era de noche o por el mal tiempo. Rindiéndose ante el hecho de que ya no iba a poder moverse, alargó la mano hasta que tocó su varita con la punta de los dedos y la cogió como pudo. Murmuró un hechizo, y unas hebras salieron de su varita, formando números.

Las seis y veinte de la mañana. No tardaría en amanecer, pero él no tenía ninguna intención de levantarse tan pronto. Se acomodó como pudo, sin poder cambiar la postura y respirando dificultosamente por el peso de Lily sobre su pecho, y cerró los ojos intentando dormirse de nuevo. No supo cuánto tiempo pasó hasta que dejó de intentarlo. Ahora que estaba despierto, el ruido de la ventisca no le dejaba relajarse. Sus ojos ya estaban acostumbrados a la penumbra, por lo que pudo observar el rostro de Lily, durmiendo plácidamente sobre él. Alargó una mano temerosamente, y enredó la punta de sus dedos con los cabellos pelirrojos de su novia.

Esa noche había tenido que romper su regla no escrita de no dejar que Lily entrara a su cuarto. Lo cierto es que no tenía mucho en contra de ello ahora que ella era su novia, pero tampoco le hubiera quedado otra opción. No sabían qué le había pasado a Grace, ni habían conseguido sonsacárselo, pero la muchacha, tras hablar escuetamente con Lily, le había pedido que la dejara sola el resto de la noche. Tras dudarlo un rato, la pelirroja recogió su pijama y la aseguró a su amiga que tendría su habitación durante toda la noche. Seguidamente, se dirigió a la habitación de James, y le comunicó, no preguntó, que esa noche la pasaría allí.

James al principio no sabía qué pensar, pero después lo tomó como una oportunidad perfecta para sacarle beneficio. Claro que no contó con que Lily se pasaría toda la noche hablando sobre las mil y una cosas que le podían haber pasado a Grace Sandler, y que solo se acercaría a él para darle el beso de buenas noches, ajena a todo el complot de seducción que él había preparado.

Un trueno hizo eco en la habitación, y Lily se sobresaltó en sueños. James, ante la imposibilidad de hacer mucho más a esas horas y condiciones, apretó su abrazo, y le dio un beso en la cabeza. Si él no podía dormir, al menos velaría los sueños de su Lily.

OO—OO

En la habitación de Lily, Grace estaba sentada junto a la ventana, observando cómo la nieve teñía de blanco los terrenos del castillo. Apenas había dormido esa noche, pues su mente se empeñaba en repasar todos y cada uno de los desplantes que le había hecho a Sirius durante dos años.

Se sentía terriblemente avergonzada, ahora que todo se había dado la vuelta. Había sido más fácil ser la herida e inocente, y poder insultarlo y pensar lo peor de él en el papel de víctima. Sin embargo, ella no había sido víctima. Vio algo que era difícil de dudar, pero que no era cierto. Sin embargo, ella sí que se había dedicado a hacerle daño a Sirius. La mayoría de las veces eran tonterías. Palabras rencorosas que él la devolvía, y eso no era lo malo. Podía vivir con ello, pues él también se desquitaba con esas discusiones. Pero siempre lo había odiado pensando que todo lo había comenzado él, que la había utilizado y roto el corazón. Pero, ¿quién le había roto el corazón a quién?

Recordaba perfectamente las palabras que le había dedicado con la intención de hacerle el mayor daño posible. "¿Pensabas que aguantaría mucho tiempo con alguien como tú? ¿Quién puede tomarte en serio a ti? Sólo eres para pasar una temporada. No me importas, me da igual lo que hagas... Nunca pensé en tener nada serio contigo en un futuro. ¿Con alguien a quien ni su familia quiere? ¡No me hagas reír!". Sabía que había dado en el clavo. Mencionar a su familia era tocar la yaga con el dedo, y conscientemente ella lo había hecho. ¿Cómo no iba a odiarla? Después de todo, él sí había tenido explicación para lo que ella vio, pero ella no la tenía para su reacción. Hablarle de su familia había sido llegar demasiado lejos.

Ahora la cuestión era, que ella ya no podía seguir odiándolo. El recuerdo de ese acontecimiento en particular la había servido para mantener a raya sus sentimientos. El rencor mató los sentimientos más dulces que tenía hacia él, pero no era estúpida. Sabía que desde su acercamiento, ese desliz de hacía tres meses, sus barreras se habían bajado, y habían aflorado ciertos... sentimientos. No había podido volver a mirar con tranquilidad cuando Sirius besaba a Kate, y no concebía la idea de aceptar propuestas de ningún otro chico. Sin embargo, lo había mantenido a raya con el recuerdo de lo que Sirius la hizo. Ahora que había descubierto que no había hecho nada, no estaba segura de poder mantener apartado todo lo que la bullía por dentro.

Dobló las piernas, entumecidas de estar toda la noche en la misma posición, y completamente frías por llevar solo el camisón de Lily, que la quedaba pequeño. Su mejor amiga, como siempre, la más comprensiva. Sólo necesitó saber que no quería aún hablar de lo ocurrido, y no sólo la dejó quedarse en la torre, sino que la cedió su cuarto. No sabía el favor que la había hecho, pues Grace aún no acertaba a decidir cómo iba a reaccionar después de eso con Sirius.

¿Cómo reaccionaría él con ella? Esa era otra pregunta que no dejaba de rondarla por la cabeza. Cualquier reacción sabía que sería justa, pero conociéndose a sí misma también sabía que, aunque lo mereciera, su orgullo no iba a dejar que él la faltara al respeto.

Resopló negando con la cabeza, y creando un vaho delante de su boca. Puede que ese fuese el inicio de otra guerra peor entre ellos dos. Y esa guerra ya la tenía perdida de antemano.

OO—OO

Horas después, todo el mundo estaba recogiendo las últimas cosas, pues el tren salía en media hora. La habitación de los chicos estaba inusitadamente en orden, dado que todo lo que normalmente estaba por los suelos, ahora ocupaba el interior de los baúles de todos ellos.

- ¿Al final vas a casa, Moony? –preguntó Peter al ver que Remus estaba cerrando su baúl-.

Este asintió con una pequeña sonrisa.

- Dumbledore me ha dado un permiso para volver antes, así que pasaré Nochebuena y Navidad con mi padre, y me vendré a celebrar el Año Nuevo con Rachel.

- ¡Genial! Así tu padre te ve.

Remus asintió, sonriendo. Era un alivio poder hacerlo, pues no soportaba dejar a Rachel sola todas las vacaciones, pero tampoco el no ir a ver a su padre. Serían las primeras navidades que pasarían tras la muerte de su madre el enero anterior, y su padre aún no conseguía habituarse a vivir solo.

- ¿Qué dice Rachel? –le preguntó Jeff mientras se ponía el abrigo-.

- Ella insistía en que me fuera a casa todas las vacaciones, pero sé que no quería quedarse sola aunque no lo diga.

- Pues problema resuelto –intervino Sirius con una leve sonrisa-.

Su amigo lo miró un poco extrañado. Había estado toda la mañana más callado que de costumbre, y su sonrisa no era la de siempre. Pero cuando Remus le había preguntado si le ocurría algo, Sirius se había reído, le había dado un capón y le había dicho que dejara de leer novelas de misterio.

- Voy a despedirme de Rachel antes de irnos –les dijo-.

- Ya te llevamos nosotros el baúl, tranquilo –contestó Sirius cargando el suyo escaleras abajo-.

Quería bajar temprano a la Sala Común a ver si así veía a Grace. La noche anterior se había perdido la cena por ir a darle su especial recado a Mulciber, y cuando llegó no la vio ni a ella ni a James y Lily. Pero esa mañana sí, cuando bajara hablaría con ella. Aún no sabía qué iba a decirla, pero, bueno, algo tenía qué decir, ¿no?

OO—OO

Remus bajó las escaleras de dos en dos, y salió apresuradamente por el retrato. En menos de cinco minutos ya estaba en el tercer piso, entrando en la zona no usada del castillo, y llamando a la puerta de la habitación donde se ocultaba su novia.

Llamó, e impaciente, ella abrió la puerta sin preguntar. Le recibió con una amplia sonrisa, aunque pudo observar el brillo de sus ojos antes de que se abrazara a su cuello. Remus la arrastró hacia dentro y cerró la puerta tras de sí.

- Deberías haber preguntado quién era antes de abrir –la regañó-.

Rachel sonrió dulcemente frotando su nariz contra la mejilla de él.

- ¿Quién iba a ser? ¿Algún Slytherin malvado que hubiera descubierto mi posición? No son tan listos –rió-.

Remus frunció el ceño. Le molestaba que a veces fuera tan confiada. La influencia de Gisele no era buena.

- ¿Te vas ya? –le preguntó, sacándolo de sus pensamientos-.

Remus compuso una triste sonrisa y asintió.

- El tren sale en media hora.

Rachel le sonrió un segundo antes de volver a abrazarlo con fuerza.

- ¿Quieres que me quede? –preguntó Remus con inseguridad-.

- ¡No digas tonterías! Estaré bien. Tú vete, y dale un beso a tu padre de mi parte –le dijo con mucha jovialidad.

- Serán sólo unos días. Ni una semana. –la susurró contra sus cabellos rizados-.

Rachel asintió, escondiendo la cara en su hombro. Suspiró fuerte y apretó más el abrazo.

- Estaré bien –Remus la miró titubeante y se echó a reír divertida-. ¡En serio! Vamos, vete.

Le dio un ligero beso en los labios y lo empujó a la puerta. Remus reaccionó sonriendo, y abrió la puerta para marcharse. Se dio la vuelta para mirarla una vez más, pero ella estaba muy pendiente de algo que había en la mesilla de noche. Él salió por la puerta y se dispuso a cerrarla. Sin embargo, algo se lo impedía. De repente la puerta se abrió, y allí estaba Rachel, con una sonrisa algo triste, y una expresión de abandono.

Remus sintió que se le movía el corazón de sitio, y ella le echó las manos al cuello con absoluta ternura. Le miró de nuevo, con ojos vidriosos, y le besó en los labios con un suspiro. Remus la abrazó por la cintura e intensificó el beso, sin importarle que estuvieran en medio del pasillo. Cuando Rachel le empujó contra la pared, y sintió la lengua de ella en su boca, Remus se echó a reír y la apartó tiernamente.

- Si sigues así esto pasará a mayores, y yo perderé el tren –la avisó-.

Ella sonrió a modo de disculpa, y le acarició el pelo, enrollando la pequeña coleta que él tenía en sus dedos.

- Lo siento. Sólo quería despedirme como es debido –le dijo con una sonrisa que dejaba ver que no lo sentía-.

- Sólo unos días –la repitió, pegando su frente a la de ella-.

- Lo sé... No me hagas caso. Es que me pongo sentimental y... –dejó la frase inconclusa y se mordió el labio. Después agitó la cabeza como si eso le costara mucho, y le empujó un poco-. Márchate ya. La semana que viene nos vemos.

- Vale...

Comenzó a andar muy lentamente. No quería irse, pero sabía que si se quedaba también se sentiría culpable. Para animarlo, Rachel le dio un ligero beso de nuevo, cuidándose de no volver a profundizarlo.

- Te quiero...

Tras las palabras más bonitas que podía oír de su novia, Remus se marchó con bastante prisa, pues podía perder los carruajes que lo llevarían a Hogsmeade.

OO—OO

En el vestíbulo, la gente iba y venía con sus baúles y las jaulas de sus lechuzas de un lado para otro. El bullicio era inmenso, y parecía que todo el colegio se hallaba allí. Entre la multitud, Sadie encontró a Regulus, que miraba con especial atención algo delante de él.

- ¿Qué miras? –le preguntó sobresaltándolo-.

Regulus pegó un bote, y se giró fulminándola con la mirada, pero su gesto se relajó cuando vio que era ella. La sonrió como saludo, y después se encogió de hombros. Sadie siguió la dirección de su mirada, y se encontró con Grace sentada en las escaleras, medio oculta, y con expresión abatida. Frunció el ceño.

- ¿Qué le pasa a Grace? –la preguntó Regulus mirando de nuevo a la rubia-.

Sadie frunció más el ceño. No la gustaba cuando él mencionaba a la chica, era algo que la enfadaba un poco.

- Supongo que mal de amores atrasado –murmuró sin darle mucha importancia-.

Regulus la miró confuso, dudando de si había escuchado bien.

- ¿Qué?

- Con que vas a casa por Navidad, ¿eh? –le preguntó ella cambiando radicalmente de tema-.

- Sí, claro. Si falto en estas fiestas mi madre no me lo perdonaría. Es la época de las fiestas de familias puras.

- ¡Qué divertido! –exclamó ella irónicamente-. Al menos tú no compras la túnica de gala para sólo una vez.

Él se rió dándole la razón. Después miró su baúl y a Lord metida en una jaula, y preguntó:

- ¿Tú cómo vas a casa?

- En tren –le respondió Sadie con obviedad-.

- Pensé que irías de otro modo –comentó Regulus algo extrañado-. De aquí a Alemania...

- Nos quedamos en Londres estas Navidades. Mi madre pensó que sería más cómodo para nosotros, puesto que sólo está ella. Mi padre y mi tío, por razones obvias, no estarán.

Regulus asintió con la cabeza distraídamente. Después, para matar el incómodo silencio que se había formado, preguntó:

- ¿Vas a coger los carruajes ahora o...?

- Estoy esperando a mi hermano –le dijo con indiferencia-. Ha ido a buscar a su novia a la enfermería, pero supongo que estarán al llegar.

- ¿Está mal ella?

- Ha estado ingresada con fiebre –le respondió-. Ahora Madame Pomfrey debe estarla envolviendo en cien mil prendas para que no coja frío –se rió levemente, rodando los ojos-.

- Lo siento –murmuró Regulus con una leve sonrisa-.

- No lo sientas. Ya está bien, y así Jeff ha aprovechado que estaba medio inconsciente para conseguir volver con ella. Me ha salido más listo de lo que creía...

Volvió a reírse otra vez, y Regulus la secundó. Sadie se había burlado tantas veces de su hermano, para que el muchacho se sintiera suficientemente cómodo riéndose de él junto a ella.

- ¿No son esos tus amigos? –preguntó Sadie divisando al grupo de Slytherins que la ponían particularmente nerviosa-.

- Sí... Bueno, yo me voy –la sonrió ampliamente-. Espero que escribas.

- Sé un caballero y escríbeme tú antes –lo retó, sacándole la lengua-.

Regulus se rió y le hizo un gesto con la mano mientras tiraba de su baúl hacia su grupo de amigos. Un segundo después, una fuerza invisible le impidió el paso, haciendo que él frunciera el ceño y Sadie lo mirara extrañada.

- ¿Te olvidas de algo? –le preguntó viéndolo detenerse-.

Regulus bufó.

- Sólo que parece que tengo mala suerte... –murmuró entre dientes-.

Sadie le miró extrañada, hasta que un segundo después cayó en la cuenta y ambos alzaron la mirada. Encima de ellos, como una broma sin mucha gracia, había un muérdago mágico.

- Esto no puede estar pasando... –murmuró medio divertida, medio asqueada-.

Regulus la miró algo exasperado, pero no pudo evitar echarse a reír por la ironía.

- Esta vez no me las harás pagar, ¿no? –preguntó Sadie con diversión-.

- Prometido –respondió su amigo solemnemente-.

La chica sonrió con confianza, y dio un paso hacia él. Como Regulus parecía no saber qué hacer, decidió ser ella la que diera el primer paso. Alzó los brazos, y le tomó la cabeza entre sus manos, por la altura de las mejillas, igual que la vez anterior, pero sin el mismo ánimo.

Algo titubeante, acercó su rostro al de su amigo, y cuando estaban a unos centímetros, Regulus se adelantó, terminando con la distancia. No era un beso de verdad, lleno de pasión, pero tampoco era como la vez anterior, que fue plagado de asqueo. Esta vez se demoraron más al separarse, y fue ella la que se tuvo que apartar. Miró a su amigo, que aún tenía los ojos cerrados, y se rió de su expresión alelada.

- Menuda cara se te ha quedado –se burló-.

Regulus abrió los ojos algo azorado y bastante confundido. Titubeó un par de veces, para gracia de Sadie, hasta que recuperó su expresión.

- Bueno, ya me iba –murmuró sonriéndola como siempre, a pesar del sonrojo de sus mejillas-. Te escribiré.

Sadie le vio alejarse con paso inseguro, y sonrió mientras negaba con la cabeza. No sabía qué importancia le daban los chicos a los besos. Siempre se quedaban con la misma expresión de tontos. Sin embargo, inconscientemente y sin darse cuenta, ahora esperaba con más ansias la carta de Regulus.

OO—OO

La sirena había sonado ya dos veces, y la locomotora echaba humo. El tren estaba a punto de salir, y Peter y Grace aún no llegaban. James, Lily, Remus, Sirius, Kate y Gis ya habían cargado sus baúles en un compartimento, y los esperaban fuera del tren extrañados.

- ¿Te dijo Peter dónde iba? –le preguntó Remus a Sirius por tercera vez-.

Este se encogió de hombros algo exasperado.

- Ya te lo he dicho, Moony. Salió antes que yo.

Él había estado en la Sala Común hasta el último momento, en que Kate y Gis bajaron con sus baúles casi rodando por las escaleras. Indirectamente, les preguntó por las demás, y supo que Grace ni siquiera había dormido en la torre Gryffindor. Desde ese momento comprendió que si ella iba a jugar al escondite, él no iba a seguirle el juego. De todas formas, tras pensarlo largo y tendido, había decidido que para él no cambiaría gran cosa ese descubrimiento. Sólo que sería más amable con ella en el futuro, como esperaba que ella lo fuera con él. Simplemente.

- ¡Wormtail! ¡Por poco te quedas en tierra! –gritó James cuando vislumbró a su amigo entre el último grupo que había bajado de los carruajes-.

Peter sonrió, mientras se despedía de Mary, que caminaba a su lado. Cuando llegó hacia ellos, el tren dio el último silbato anunciando su salida.

- La estaba ayudando con su baúl –les dijo risueñamente-.

- ¡Qué caballero! –exclamó James irónicamente-. Venga, sube que esto arranca.

En ese último grupo, Lily también vio a Grace, y la hizo un gesto indicándola que se acercara, haciendo que Kate y Sirius miraran a quien saludaba. Para sorpresa de las chicas y enfado de Sirius, la rubia les saludó con un gesto vago e indicó mediante señas que se verían más tarde. El chico frunció más el ceño, pero no dijo nada.

- ¿Dónde están Sadie y Jeff? –preguntó Kate cuando estuvieron todos sentados en el compartimento-.

- Se fueron con Nicole y los amigos de ella. Creo que por fin Sadie se ha decidido a socializar más con la gente –la respondió Gis entre risas-.

- ¿No se tomarán a mal que estén ellos? –preguntó Lily algo preocupada-. Al fin y al cabo, para los demás siguen siendo los hijos de un asesino...

- Dudo que les hagan nada, Lily –la tranquilizó su novio con una sonrisa divertida-. Jeff parece haberse integrado bien con ese grupo, y ninguno se atrevería a discutir con Sadie.

- Si no quiere acabar con un buen maleficio –añadió Gis riéndose-.

- ¡Hablando de maleficios! –exclamó Peter entre risas-. ¿Sabéis qué he visto al venir aquí?

Sus amigos lo miraron expectantes al verlo tan divertido. Sin embargo, Peter quiso crear más expectación. Sirius, que estaba a su lado mirando por la ventanilla con gesto aburrido, le dio una colleja, y el chico le fulminó con la mirada antes de continuar.

- A Mulciber. Al parecer ha pasado la noche en la enfermería, con pústulas por todo el cuerpo, cuernos de venado, lengua de serpiente y ojos de sapo –James, Remus y Gis se rieron ante la descripción, y Sirius compuso una sonrisa divertida ante el recuerdo de cómo le había dejado la noche anterior-. Me dijo Mary que no saben quién se lo ha hecho. Al parecer iba por un pasillo tan tranquilo cuando sintió que le atacaban, pero no logró ver a nadie.

- Hummm... qué extraño –murmuró Kate de forma intencional mientras miraba a James significativamente-.

Remus, Gis y Peter se echaron a reír más fuerte al ver la cara de confusión de este.

- ¿Qué? ¿Tengo cara de culpable? –preguntó, conteniendo la risa-.

Sirius siguió mirando por la ventana, donde el paraje se alejaba cada vez más de Hogwarts, y no dijo nada. Sin embargo, tenía los labios en una fina línea intentando no reírse a carcajadas.

- No, pero ¿quién tiene costumbre de atacar Slytherins y es particularmente bueno en Transformaciones? –le preguntó divertida-.

James se echó a reír jactancioso por reconocer que era el mejor en Transformaciones, pero pasó un brazo sobre los hombros de Lily y negó con la cabeza.

- Tengo coartada –afirmó orgulloso-.

Lily rodó los ojos suspirando.

- Desgraciadamente es cierto. Tengo que dar fe de que ayer estuvo todo el día conmigo.

- Momentos pasionales, ya me entendéis –añadió James guiñando un ojo, y ganándose un golpe de su novia en el brazo.

Nadie se había fijado en Sirius, que aún ausente y más serio de lo acostumbrado, sonreía divertido de no sólo haberse vengado, sino también de que esta vez no le hubieran pillado.

OO—OO

En otro compartimento en la parte delantera del tren, Grace se había sentado junto a su compañera de equipo, Sarah y el resto de sus amigos. Cuando le pidió asilo político, la muchacha pareció saber al instante que algo no iba bien con Grace, y que no quería hablar de ello, pues la dejó quedarse con ellos pero no la obligó a participar en la conversación, y evitó que los demás la molestaran.

El grupo se había sentido algo cohibido por la presencia de ella, reticentes a actuar como siempre delante de alguien ajeno a ellos. Pero no tardaron en darse cuenta que la rubia no le hacía caso a nadie. Se había sentado al lado de la ventana, y observaba cómo las montañas iban dando paso a la llanura, sin prestar la más mínima atención a las conversaciones que había alrededor de ella. Sarah sólo la molestó una vez: cuando a la hora de la comida la mujer del carrito paró en el compartimento. Grace no se había dado cuenta de nada, y tras comprar algo ligero para comer, volvió a su lugar junto a la ventana, y se perdió en su mundo de nuevo.

En algún momento Josh intentó hablar con ella, extrañado por su actitud tan huraña, pero o Sarah lo interrumpía, o se encontraba con un muro que era como hablarle a una pared. Y no es que Grace quisiese ser grosera. Es que sus pensamientos la tenían bastante ocupada. Ya comenzaba a dolerle la cabeza, lo que ella consideró que significaba que estaba pensando en el tema más de lo que debía. Sin embargo, no podía dejar de pensar en cada momento que ella había dicho una frase cargada de rencor, y se avergonzaba. Lo único que tenía claro, es que antes de comportarse como si no hubiese sucedido nada, necesitaba pasar un tiempo sin ver a Sirius. Había sido una suerte que eso ocurriera justo antes de las vacaciones, pues le daba la oportunidad perfecta. De todas formas, necesitaba asegurarse de evitarlo hasta que llegara a casa. Aún no se sentía capaz de dar la cara.

OO—OO

Ya estaba entrada la tarde, cuando la puerta del compartimento se abrió, y por ella entró una aburrida Sadie.

- ¡Miren quien se ha dignado a venir a despedirse! –exclamó James irónicamente-.

Los demás la saludaron con alegría, cada vez más entusiastas a medida que se acercaban a Londres, y Sadie dirigió su mirada inconscientemente hacia Sirius. Ya no la miraba con furia como la noche anterior, sino que estaba tan risueño como los demás. De hecho, hacía rato que Sirius había dejado de pensar en Grace y todo lo relacionado con ella, y disfrutaba de una buena competición contra Gisele al ajedrez mágico.

- Si os ve Jeff, viene corriendo –dijo con una pequeña sonrisa mientras se sentaba al lado de Remus-.

- ¿Tú no estabas con él? –preguntó Kate a la vez que le daba un manotazo a Gis por intentar hacer trampa-.

- Sí, pero ya me cansé. He hecho mi buena acción de Navidad: he aguantado medio día a mi hermano, con su novia y los 'peque-amiguitos' de ella. Pero tras pasarme cinco horas oyendo hablar de quidditch sin parar, mi cerebro pedía un poco de conversación inteligente.

- ¿Estaban hablando de quidditch? –preguntó James interesado, mientras se apartaba de Lily, sobre cuyo hombro había estado apoyado-. ¿Qué decían? ¿De la liga? ¿Te han dicho cómo quedó anoche el Puddlemere? Esta mañana no me ha dado tiempo de leer El Profeta...

- James, cálmate. Cuando te pones tan hiperactivo no puedo contigo –le regañó su novia empujándole del hombro para que se volviera a sentar-.

Sadie sonrió un poco, divertida por la expresión de James, y le contó lo que había oído. Tras unos minutos en que James festejó la victoria, por fin se relajó, y la partida de ajedrez concluyó con una victoria aplastante de Sirius.

- Contigo no puedo –murmuró Gisele chasqueando la lengua-.

- Gis, a ti te gano hasta yo que no sé jugar –comentó Peter divertido, y apartándose a tiempo para que la chica no le diera una patada-.

La latina le sacó la lengua de manera infantil, y después se giró hacia Sadie como si hubiera recordado algo de vital importancia.

- ¡Por cierto, Sadie! ¡Antes te vi!

La muchacha la miró extrañada, preguntándose a qué se referiría, e intentando descifrar su pícara sonrisa.

- Qué bien... ¿dónde me viste?

- En el vestíbulo –dijo ella con tono pedante-.

Sadie cayó entonces en lo que se refería su amiga, y la miró algo extrañada por su buen humor. Instintivamente miró a Sirius, que estaba tan interesado como los demás, y se encogió de hombros tranquilamente.

- Pues si me viste podías haber venido a saludar –la dijo con obviedad-.

- ¡Oh! No quería molestar –exclamó Gis riéndose-.

- No molestabas, créeme –la respondió ella con una sonrisa, mientras negaba con la cabeza-.

Gis no contestó, pero la miró divertida. La atención de los demás se disipó enseguida, y Sadie se dedicó a observar al resto de sus compañeros. Apartó la mirada de James y Lily enseguida. Desde la discusión que habían tenido días atrás, la pareja parecía pegada con pegamento. Sirius y Peter parecían estar en otro mundo, los dos mirando por la ventana sin hablar, y Remus tenía toda la pinta de estar quedándose dormido. Lo más curioso era que Gis y Kate hablaban en voz muy baja y de vez en cuando sonreían divertidas mientras la miraban. Antes de que preguntara qué decían, Gis la volvió a mirar, y exclamó sin molestarse en bajar la voz:

- Es que no sabía que te llevabas tan bien con el hermano pequeño de Sirius.

El aludido, como si le hubieran dado un pinchazo, pareció despertarse de golpe y se giró.

- ¿Qué pasa con Regulus? –preguntó extrañado-.

Sadie pudo decir que le había sorprendido ese interés por su amigo, pero la expresión de Sirius no decía nada más. La pareció escuchar un sonido como de una ventosa despegándose cuando James y Lily se separaron y la miraron. Incluso Remus pareció despejarse un poco.

- Que Sadie se lleva muy bien con él –contestó Gis muy divertida-.

- Sí, es amigo mío –comentó la chica con total tranquilidad-.

Hubo un pequeño receso de silencio, en el que nadie sabía qué decir, y todos estaban más o menos pendientes de la reacción de Sirius. Este había fruncido el ceño, mirando a la chica y buscando las palabras adecuadas.

- Si quieres mi opinión, dudo que sea recomendable para nadie una amistad con alguien como Regulus. Claro, si es verdad lo que nos dijiste el otro día y estás en contra de la limpieza de sangre.

Irónicamente, Sadie se quedó momentáneamente sin palabras. No porque la hubiera sorprendido, sino porque no sabía cómo rebatirlo de forma que ellos la entendieran. La daba igual lo que creyera Regulus, o incluso si se dedicaba activamente a matar muggles. Habían acabado con su odio hacia esa gente en el mismo momento en que destruyeron la vida de su padre siendo inocente. Ella simplemente era amiga de Regulus porque él se había acercado a ella cuando pocos lo hacían, al igual que habían hecho ellos.

- Verás, Sirius –dijo cuidando muy bien cada palabra que pronunciaba-. El caso es que siempre he sido muy independiente a la hora de escoger a mis amigos. Y ya que yo no hablo de tus relaciones, te agradecería que tú no te metieras con quién me llevo o dejo de llevar.

Había dicho intencionadamente las palabras "hablar" y "relaciones", y Sirius, que no era tonto, lo captó a la primera. Dirigió una mirada fugaz a Kate, y decidió que las amistades de Sadie no le merecían la pena en absoluto. Se encogió de hombros, y volvió a mirar por la ventana cómo Londres se iba acercando cada vez más.

Su novia miró a la chica interrogante, pero Sadie compuso de nuevo esa sonrisa falsa y estridente que tanta grima les daba, y volvió a hablar con Gis.

OO—OO

El tren fue aminorando la marcha, mientras los chicos ya se habían puestos las ropas muggles, y habían ido recogiendo los equipajes. De pronto el compartimento se hizo muy pequeño para los ocho, que se apretujaban unos contra otros para salir antes al pasillo, y medio volcaban los baúles con las prisas.

El primero en asomar la cabeza al andén fue Peter, que se detuvo buscando con la mirada a su madre. Detrás de él, Sirius le dio un empujón apresurándolo para que se apartara, y bajó del tren, para después ayudar a Kate con su baúl.

- ¡Sirius! –gritó alguien desde la estación-.

El muchacho se volvió, olvidando que tenía a su novia cogida de la mano, y ella se tuvo que agarrar a James para no perder el equilibrio. Una personita pequeña, que aparentaba unos doce o trece años, se lanzó sobre Sirius antes de que él tuviera tiempo de ver más que una cabellera negra azabache. Sin embargo, él ya sabía quien era, pues usó toda su fuerza para alzar en brazos a la niña, y darle una vuelta por el aire.

- ¿Y yo qué? –preguntó Kate fingiendo enfadarse, pero dejando escapar una sonrisa divertida-.

Sirius se detuvo, y la niña sonrió alegre, pero sin dar muestras de querer separarse de él.

- Denise me ha echado de menos más a mí –exclamó él burlonamente, mientras la niña lo abrazaba con fuerza-.

- ¿Y a mí no? –preguntó Kate más seria, fingiendo haberse ofendido de verdad-.

Su hermana se rió, y saltó de los brazos de Sirius para abrazarla a ella con fuerza. Kate intentó cogerla en brazos, pero ya no podía con ella. Denise se la parecía mucho. Al igual que la había ocurrido a ella, la niña aparentaba ser mayor que los diez años que tenía, y presumía del mismo cabello negro azabache y de los mismos ojos aguamarina que su hermana mayor. La única diferencia física que había entre Kate y Denise era que la pequeña llevaba el pelo largo, a la altura de los hombros, recogido ese día hacia atrás con una diadema de color rojo, al igual que su vestido, mientras que Kate siempre lo había llevado corto.

Inmediatamente soltó a su hermana para saludar a Gisele, que la sonreía contenta. Al resto, aunque apenas les había visto alguna vez, también les saludó con entusiasmo. El carácter de Denise, por el contrario, era completamente opuesto al de Kate. Mientras que su hermana mayor era tímida y reservada, la pequeña era extrovertida y dicharachera. No se avergonzaba en ninguna situación, por lo que no dudó en volver a tirarse sobre Sirius rápidamente.

- ¿Por qué tanto entusiasmo con este? Yo soy sangre de tu sangre –exclamó Kate intentando pinchar a la niña-.

- ¡Es mi futuro novio! –exclamó la niña ganándose las risas de todos-.

Pareció quedarse algo confusa por la reacción divertida de los demás, porque miró a Sirius interrogante. Este cortó su carcajada, pero una divertida sonrisa siguió impresa en su rostro.

- Siento que te enteres así, Kate, pero es cierto –dijo solemnemente, contentando a la niña que volvió a sonreír ampliamente-.

- Sabía que me traicionarías tarde o temprano, ¡pero con mi hermana! –exclamó Kate llevándose una mano al pecho de forma dramática-.

- ¡Pero aún tienes tiempo! –anunció la niña como si su hermana tuviera toda la suerte del mundo-. Hemos quedado que hasta que yo sea mayor de edad, te lo dejo.

- Sí –añadió Sirius afirmando con la cabeza con entusiasmo-. Nuestro plan es casarnos en cuanto cumpla los diecisiete.

- ¡Que suerte tengo! –dijo Kate como si se lo estuviera contando a Gis solamente-. Aún tengo siete años para disfrutar hasta que me sustituyan.

- Menos tienen otras –la respondió su amiga buscando el lado positivo-.

Se echaron todos a reír divertidos. Lily concretamente tenía que esconder su cara en el hombro de James para no resultar demasiado evidente. La niña se veía absolutamente convencida, mientras apretaba el cuello de Sirius que no paraba de hacer el payaso.

- Eso sí, cielo, no te cases en estos siete años, porque bastante cara me va a salir la otra boda –exclamó una voz un poco apartada-.

La madre de Kate había estado observado divertida toda la escena, y negaba con la cabeza mientras se reía suavemente. Las dos hijas se parecían notablemente a ella, pese a que los ojos los habían sacado de su abuelo. Natalie Hagman les miró a todos con una amplia sonrisa, que flaqueó en cuanto sus ojos se posaron en Sadie. Sin embargo, Kate la quitó cualquier idea de la cabeza con un cariñoso abrazo. La mujer por fin apartó la mirada de la alemana para estrechar en sus brazos a su hija mayor, al tiempo que posaba un tierno beso en su cabeza.

- Os veo muy bien a todos –les dijo con una sonrisa que la respondieron-. Aún me acuerdo cuando estabais en primero.

- Llegaron a casa con más ganas que este año –dijo Tomás Mendes apareciendo detrás suyo junto a su esposa Cora-.

- Se hacen mayores irremediablemente –dijo su mujer, apretujando a Gis en un abrazo que sólo correspondió a medias-.

En ese ambiente distendido, una figura pasó detrás de ellos procurando pasar desapercibida, pues había visto a sus padres buscarla por la otra punta. Sin embargo, Lily sí se percató de su presencia y se apartó del lado de James para cogerla del brazo.

- ¿No te pensabas despedir? –la reprochó a su mejor amiga con el ceño fruncido. Aún se sentía molesta por el abandono en el tren-.

- Es que mis padres están ahí, Lils. Tengo prisa –se excusó la muchacha vagamente-.

- ¿Me vas a contar qué te pasa?

Grace esquivó su mirada incómoda, y vio cómo su madre la localizaba y agitaba la mano para hacerse ver. Al ver su reticencia, Lily la zarandeó del brazo, molesta.

- ¡Yo te lo cuento todo! Y tú llevas rara desde ayer. Ya te di tiempo, ahora dime qué pasa.

Grace suspiró hondo, consciente de que era cierto. Sin embargo, aquello era muy largo para contarlo en apenas unos segundos.

- Ahora no te lo puedo contar. Es una larga historia. ¿Quedamos mañana en el Callejón Diagon? Aún tengo que hacer algunas compras para Navidad.

Lily se lo pensó un poco. Nunca había ido al Callejón Diagon más que para comprar los libros, y no estaba segura que en tiempos de guerra fuese lo más aconsejable, pero Grace sí iba de seguido, por lo que no parecía haber problema.

- A las cinco en el Caldero Chorreante.

Todo lo que obtuvo de Grace fue una pequeña sonrisa, antes de que la rubia se apresurara a llegar al lugar donde la esperaban sus padres.

- ¡Lily! Ven, que te presento a mi tío. Ya verás, es un tío estupendo –exclamó James tirando de ella-.

Enseguida la chica dejó de pensar en su amiga, y siguió a su novio que pasaba de largo donde Kate, Sirius, Peter, Remus y Gis hablaban con los padres de ellas, y la guió hacia donde Sadie, Jeff y Nicole hablaban con dos adultos. Él era de mediana estatura, poco más alto que ellos, corpulento y con el pelo oscuro, un poco rizado y largo. Ella era una mujer de rizos rubios y ojos azules. Su tez era tan blanca como la de Lily, exceptuando las molestas pecas. Ambos parecían rondar los treinta y tantos, aún bastante jóvenes. Sin embargo, Lily pudo observar cómo ella abrazaba maternalmente a Jeff.

- ¡James! ¿Dónde estabas? –preguntó el hombre con el ceño fruncido. Al tenerlo de frente, Lily pudo observar ciertas similitudes con su novio, el cual sonrió alegremente-.

- Estaba buscando a mi novia. Quería presentártela.

Con la mano que aún entrelazada con la de ella, la echó hacia delante para destacarla, y Lily sonrió dulcemente. El hombre, en principio algo asombrado, la sonrió ampliamente y la tendió una mano.

- Soy Adam Potter, el tío de James.

Lily asintió. Claro que sabía quién era. El miembro de esa organización de la que había hablado James: la Orden del Fénix. Le sonrió más ampliamente. Así que ese era el hombre que tenía que enfrentarse a los deseos de todo el grupo por ingresar. Tenía que demostrar su seriedad si quería que la tomara en serio.

- Lily Evans.

Adam le estrechó la mano sonriendo, y miró a su sobrino chistosamente.

- Es demasiado guapa para ti. ¿Qué clase de hechizo le has echado?

La sonrisa de James decayó un poco, pero pasó un brazo por los hombros de Lily, orgulloso, y exclamó:

- Perdona tío, pero te equivocas. Lily está loquita por mí. ¿A que sí, Lily?

- No seas creído –le murmuró ella con una risita en voz baja-.

- ¿Ella? ¿No es la famosa pelirroja que has tenido todo el día en la boca todos estos años?

Lily miró a James complacida, y él, lejos de avergonzarse, apretó más el brazo que tenía sobre sus hombros con afecto y le guiñó un ojo.

A su lado, Elizabeth tenía una sonrisa en el rostro que hacía tiempo que no asomaba en su expresión.

- Así que tú eres Nicole –dijo evaluando a la que por fin había conseguido haber sacado del caparazón a su hijo-. Jeff me ha hablado muchísimo de ti. ¿Juegas con Sadie en el equipo, no?

La aludida pareció salir de su concentración cuando escuchó su nombre, y miró a su madre y a la novia de su hermano alternativamente.

- Es buscadora, como Emil –respondió escuetamente-. ¿Y quién es este? –preguntó señalando a Adam, que hablaba con James y Lily alegremente-.

- Es un amigo mío del colegio. Adam, estos son mis hijos.

El hombre se giró cuando su vieja amiga le dio un toque en el hombro, y sonrió encantadoramente. Jeff le devolvió la sonrisa, y Sadie frunció el ceño.

- ¿Por qué veníais juntos? –preguntó, mirando ceñuda a su madre-.

La molestaba sobremanera que su padre tuviera que estar escondido, mientras que su madre se dedicaba a pasear por ahí con viejos compañeros de estudios, cuya sonrisa no parecía irse con nada.

- Ayer nos volvimos a ver de casualidad después de tantos años y, hablando, le comenté que vendría a por vosotros. Como él tenía que venir a buscar a su sobrino, se ofreció a acompañarme –la explicó su madre-.

- No es bueno andar solo por las calles en los tiempos que corren –añadió Adam amablemente-.

Sadie no pareció conforme con la respuesta, pero antes de que hablara de nuevo, James exclamó alegremente:

- ¿Os conocíais? ¡Qué fuerte! El mundo es pequeño.

- Nosotros somos amigos –aclaró Lily con una sonrisa-.

Elizabeth sonrió más ante esa declaración, y miró a Sadie y Jeff con cariño. La primera aún tenía una expresión huraña, mientras que el segundo le devolvió la sonrisa a su madre.

- ¿Nos vamos ya? –preguntó Sadie quien quería alejar a su madre de todo hombre que no fuera su padre-.

- Cierto, ya va siendo hora –coincidió su madre-. Bueno... ¿cómo...?

Para estupefacción de Sadie, su madre se giró hacia el hombre, que le entregó una llave de latón.

- Utiliza las palabras que te dije con tres vueltas a la derecha. Y cuida de no perderla, es la única forma de entrar en la casa –dijo el hombre en voz baja-.

- ¿Qué es eso? –preguntó Sadie más enfadada-.

Su madre la sonrió, fingiendo no darse cuenta del humor de su hija.

- Adam muy amablemente nos deja quedarnos en su apartamento estas Navidades. Lo cierto es que era muy triste quedarse en el Caldero Chorreante, y así todo es más hogareño, a la par que seguro.

- ¿Nos quedamos con él? –preguntó la chica controlando su tono de voz, pero abriendo mucho los ojos-.

- No, no –aclaró Adam sonriendo alegremente-. Yo pasaré las Navidades en casa de mi hermano. El apartamento es sólo para vosotros.

- ¡Así me gusta! –exclamó James encantando, mientras palmeaba la espalda de su tío-. ¡Tengo que vigilarte de cerca, así que es bueno que vengas a casa!

Sadie pareció más conforme con esa respuesta, y tomó su baúl dispuesta a marcharse.

- Gracias de nuevo, Adam. No olvidaré tu ayuda –le dijo Elizabeth con una gran sonrisa impresa en su rostro-.

- ¿Para qué estamos los amigos, Eli? –contestó él jocosamente-.

La mujer se rió en voz baja, y se giró a sus hijos.

- ¿Tus padres aún no han llegado, querida? –la preguntó a Nicole amablemente-.

- No se preocupe, mi madre siempre llega tarde –contestó Nicole restándole importancia con un vago gesto de una mano-. Váyanse sin problemas.

- Bien. Pues en caso de que quieras visitarnos estas Navidades, el apartamento está en Hampstead Rd, en el número 7.

- Sé donde es –afirmó la muchacha con una sonrisa-. Queda cerca de aquí.

La mujer sonrió, y se inclinó para darle dos besos de manera familiar. Sadie la saludó con la mano levemente, y empujó su baúl adelantándose. Cohibido, Jeff se limitó a darle un beso en la mejilla, y siguió a su madre y su hermana, después de despedirse de sus amigos. Nicole sonrió algo cortada, y se despidió del resto con un gesto, apartándose.

- ¿Nos vamos nosotros, James? Tu padre sólo me ha dejado venir a buscarte por qué él tenía una reunión importante, pero si se entera que tardamos mucho, puede pensar que estoy tratando de meterte en una secta.

James se rió a carcajadas, y asintió animado. Se dio la vuelta, y gritó con fuerza:

- ¡Padfood!

El aludido, y todos los que le rodeaban se giraron alarmados. Lo cierto es que James debería considerar que no es buena idea lanzar un alarido en tiempos de guerra, pues más de un padre había sacado su varita por instinto. Sin embargo, el muchacho no pareció darse cuenta, pues le hizo un gesto a su amigo.

- ¡Que nos piramos! –gritó de nuevo-.

Gisele y sus padres se separaron del resto tras despedirse, y los demás comenzaron a andar hacia ellos, aún hablando animados. Cuando llegaron, la señora Hagman tomó a Denise de los brazos de Sirius, con las correspondientes quejas, y la hizo darle la mano a su lado. Les sonrió a todos, y saludó cortésmente al tío de James.

- Ya sabes, cielo, el día de Navidad vente a comer a casa si puedes –le dijo a Sirius dándole un beso en la mejilla-. Si no, ya sabes que el 26 es el cumpleaños de Kate y tienes que venir.

- Un día u otro iré –contestó Sirius con una tranquilidad y un respeto inusitado-. Tengo que ir a visitar a mi futura esposa.

Denise asintió firmemente, mientras se reía, y tras darle Kate un corto beso a su novio, se marcharon. Mientras tanto, Adam ya había saludado a Remus y Peter, a los que conocía después de varias visitas a lo largo de siete años.

- ¡Sirius! ¿Aún no me libro de ti? –bromeó, palmeando la espalda del muchacho-.

El chico se rió, negando con la cabeza.

- Por un año más gorronearé en Navidades, que mi madre postiza hace muy buenos postres.

Adam asintió, mostrándose de acuerdo.

- Bueno, será mejor que nos vayamos yendo. ¿Necesitáis que os lleve a algún lado? –les preguntó a los otros tres-.

- No, gracias. Yo voy sólo hasta Totteham. Ya me sé el camino de memoria –respondió Remus educadamente-.

Adam se giro hacia Lily interrogante, pero antes de que ella pudiera hablar, Sirius gritó.

- ¡Mira, Peter! ¡Resulta que no te habían abandonado!

Agarró bruscamente a su amigo del brazo, y le giró el cuello para que viera cómo su madre se acercaba apresuradamente. La señora Pettigrew era una mujer bajita y algo rechoncha, al igual que su hijo, con el pelo rubio pajizo peinado en rulos, y que vestía un elegante abrigo floreado.

- ¡Padfood, joder, que me haces daño! –se quejó el muchacho, llevándose una mano al cuello. La lesión aún le dolía un poco-.

Su madre, que había escuchando a su hijo, miró duramente a Sirius, quien compuso una sonrisa de niño bueno que la mujer no se creyó. Después se detuvo delante de su hijo, y le miró severa, pero con una sonrisa adivinándose en su rostro.

- Peter, vámonos, que tengo recados que hacer.

Paseó levemente la mirada por los amigos de su hijo, ignorándolos tanto a ellos como al adulto que los acompañaba. Sólo prestó atención a uno de ellos.

- Remus, querido, ¿qué tal estás?

- Muy bien, señora Pettigrew –contestó él con una pequeña sonrisa-. Espero que todo la vaya bien.

- Muy bien hijo, muchísimas gracias –contestó ella sonriendo algo más-. Peter, recoge tus cosas.

Les hizo a los demás un gesto de cabeza, y se marchó delante de un Peter que se despidió torpemente, mientras intentaba darle alcance. Los demás se quedaron algo impresionados por el trato de la mujer, pero enseguida se repusieron.

- ¿He de llevarte a algún sitio, Lily? –preguntó Adam para romper el hielo-.

- Seguro que mi padre está esperándome ya. Él prefiere quedarse en la parte muggle de la estación, se siente más cómodo.

Al cruzar la barrera, Lily no tardó en dar con su padre, que la esperaba con los brazos abiertos. Ella tiró un poco de James, animándolo a acompañarla a presentarse, pero él rehusó.

- Mejor cuando también esté tu madre –sugirió con un nudo en la garganta-.

Si había alguien que le iba a tener manía sin conocerle, James estaba seguro que era el padre de Lily. Preferiría tener la oportunidad de ganarse a su madre antes, para así tener una aliada. Lily lo entendió y se echó a reír divertida.

- Gallina –le susurró contra sus labios, para después darle un ligero beso-. Escríbeme esta misma noche.

- Sabes que lo haré –la contestó con una sonrisa sugerente-.

Lily se despidió de los demás, y corrió hacia su padre que la estrechó entre sus brazos, al tiempo que miraba hacia James con el ceño fruncido.

OO—OO

El traslador los llevó hasta una villa de Derbyshire donde se encontraba su casa. Grace miró por encima de su hombro a los dos aurores que habían acompañado a sus padres a buscarla, y sintió el tirón de la mano de su madre. Rápidamente atravesaron los pocos metros que quedaban hasta donde comenzaba la gran finca que rodeaba su casa. El primer auror se adelantó, y comprobó que la seguridad de la entrada estaba correctamente, antes de cederle el paso a su padre, que activó en voz baja la cerradura. Ni siquiera los aurores sabían la contraseña.

Grace esperó a que las puertas se abrieran, y ella y su madre entraron rápidamente, con los aurores vigilando cada movimiento del viento. Se moría por preguntar qué le había ocurrido a su padre en el brazo, que tenía inmovilizado contra su pecho, pero en ningún momento la dejaron tiempo para respirar hasta que entraron a la mansión, y aseguraron las entradas.

- ¡Bienvenida a casa, cariño! –exclamó su madre abrazándola cuando por fin respiraron tranquilos-.

Grace respondió vagamente al abrazo de su madre, mirando a su padre por encima de su hombro. El hombre la sonreía alegre, pero a ella la pareció notar una seriedad en sus ojos que antes no estaba.

- ¿Qué tal va el curso? –la preguntó como queriendo distraerla-.

- De momento bien –respondió ella con una sonrisa algo fingida-. Se irá complicando a medida que se acerque junio.

- Vamos al salón para que descanses –la apresuró su madre con una gran sonrisa-.

A Grace la sonaba raro que estuvieran tan felices cuando hacía unos minutos parecían a punto de estallar de la tensión. Sin embargo, en cuanto cruzó la puerta del enorme salón, todo encajó en su cabeza.

- ¡Sorpresa! –gritaron la quincena de personas que estaban dentro-.

Allí estaba toda la familia: abuelos, tíos, primos... Aquello parecía una gran reunión familiar, sólo que hacía años que no las hacían. Grace les miró confusa, y fue incapaz de esbozar una amplia sonrisa, a riesgo de parecer grosera. Lo cierto es que no la apetecía ningún tipo de fiesta en ese momento, ni siquiera estar con más de dos personas. Si hubiera sido por ella habría subido a su cuarto, y habría pasado sola el resto de la tarde. Sin embargo, sus padres parecían haber pensado que aquello le haría ilusión.

Volvió a la realidad cuando sus dos abuelas luchaban por acaparar su atención. Su abuela paterna había venido desde Grecia, y sus tíos, que vivían en Francia, también estaban allí. Les saludó a todos, sintiéndose un poco mareada. Se acercó a su madre discretamente, que estaba hablando con dos de sus tías, y la apartó un poco para preguntarla:

- ¿Y esto?

La mujer la sonrió ampliamente.

- Pensamos que te haría ilusión una fiesta de bienvenida.

Sin embargo, ella pudo notar cómo su mirada se dirigía inconscientemente hacia su padre. Lo comprendió en el acto. Christopher Sandler era un hombre acostumbrado a tenerlo todo fácil en la vida, y su hija era consciente de que siempre había disfrutado mucho de ser protagonista en las fiestas de la aristocracia mágica. El hecho de verse casi expulsado de ese círculo social, había afectado muchísimo al hombre, uniéndolo a la preocupación de verse constantemente perseguidos y amenazados.

Aún podía recordar cómo hacía dos años había comenzado todo. Fue en la fiesta de Navidad, que cada año realizaba una familia distinta. Ese año los anfitriones habían sido los Lestrange, y Grace se sentía particularmente incómoda. Hacía apenas un mes que había ocurrido todo lo de Sirius, y su interés principal estaba en demostrar lo feliz que estaba, e intentar divertirse lo máximo con el mayor número de chicos posible, y ya de paso que él lo viera. Por eso no se dio cuenta de que muchas familias comenzaban a marcharse incómodas, y la pilló de sorpresa lo que los anfitriones consideraron la "guinda del pastel". Habían secuestrado a un muggle, un pobre hombre de más o menos la edad de sus padres, y empezaron a torturarlo por diversión. Antes de que pudiera asimilar lo que estaba ocurriendo, Grace vio a su padre intervenir con una valentía digna de un Gryffindor, pese a ser Slytherin.

No era intención de su padre ser grosero ni enemistarse con ningún miembro de alguna familia importante, pero actuó por instinto, y dejó claras sus pretensiones pro-muggles. A partir de entonces, toda la familia fue excluida de esas celebraciones, y Christopher, como hombre acostumbrado a medirse según sus posesiones y amistades, comenzó a sentirse más y más frustrado. Grace supo en ese momento que esa fiesta era más para su padre que para ella. Por eso suspiró, decidida a intentar apaciguar su propio humor, por el bien de él.

- Mamá... ¿qué le ha pasado a papá en el brazo? –se atrevió a preguntar por fin-.

La mirada de Cassandra Sandler se entristeció, y la dirigió furtivamente a su marido.

- Verás, cielo, no debes alterarte por ese tipo de cosas... –se detuvo ante la mirada de su hija, que indicaba que la muchacha empezaba a hacer lo contrario que ella quería-. La otra tarde, tu padre había quedado con unos socios, y sufrió un pequeño ataque. No fue nada, allí estaban los aurores. Todo se quedó en un susto.

- ¿Mortífagos? –preguntó alarmada-.

- Cariño, tienes que entender que con los tiempos que corren todos estamos en peligro. No fue nada, te lo garantizo. Cada vez que salimos de casa tenemos a Kingsley y Frank que nos acompañan, y nos han dado un método para contactar con ellos cuando nos quedamos aquí por si ocurre algo. No te va a pasar nada, así que no tengas miedo.

Grace negó suavemente. Ella no tenía miedo por sí misma. Sabía que ella estaba completamente a salvo en Hogwarts. Pero sus padres... Llegaban noticias de muertos y desaparecidos constantemente, incluso hacía unos meses habían encontrado a un auror muerto. El ser tan experto en defensa no lo había salvado, ¿cómo podía asegurarse que esos dos aurores, que encima parecían tan jóvenes, no podían fallar?

Su mirada se dirigió a su padre, que conversaba con sus abuelos y tíos con alegría, y se fijó en su brazo inmovilizado. Un peso más se unió a su estómago. Esto sólo le provocaba más desazón del que ya tenía por el tema de Sirius. Notó que un brazo la rodeaba el hombro, y sonrió un poco al ver a su madre. Había olvidado que estaba con ella.

- ¿Qué te ronda la mente? Ya estabas rara antes de ver a los aurores y el brazo de papá.

Grace la miró algo extrañada. Su madre se encogió de hombros y sonrió.

- Las madres lo sabemos todo –la susurró, dándole un beso en la mejilla-. No importa. Si no te sientes cómoda, puedes irte a tu cuarto. Yo inventaré una excusa.

Grace sonrió más animada, y se dirigió sin premura hacia la puerta. Puede que para el resto del mundo Cassandra Sandler sólo fuera una mujer bastante pija y coleccionista de cosas caras, pero a ella nadie la conocía mejor. Y ese sentimiento era reconfortante.

OO—OO

Al entrar a su casa, Gis se dejó caer en el sofá de la pequeña salita, y suspiró mirando alrededor. En Hogwarts estaba increíblemente a gusto, pero una parte de ella extrañaba su humilde hogar, con la decoración algo anticuada de su madre, y el olor a tabaco procedente de su padre.

- ¡Gis, no dejes tu baúl en la entrada! ¡Súbelo a tu cuarto! –le gritó su madre desde la pequeña entrada, donde estaba secando los abrigos de la nieve que habían cogido por el camino-.

- ¡Ya lo haré luego, ahora déjame descansar un poco, mamá! –gritó estirando el cuello para intentar tener contacto visual con ella-.

Su padre, que pasó por su lado mientras releía unos correos, la revolvió el pelo, consiguiendo un quejido de ella.

- No le respondas así a tu madre –la regañó-.

Gis bufó, pero no hizo caso. Siguió tumbada, con los pies sobre la mesa y la vista fija en el techo.

- Gisele, por favor, échame una mano –murmuró su madre unos minutos después con un suspiro-. Tengo que hacer la cena, terminar de limpiar la sala, y encima hoy me toca turno de noche. Sube tu baúl.

- ¿Tienes hoy turno de noche, Cora? –la preguntó su marido asomando la cabeza desde la cocina. Su mujer asintió, y él compuso una mueca de confusión-. Pero, ¿con quién se quedará Gisele? Tengo... algo que hacer...

Gis, que en ese momento arrastraba el baúl con parsimonia, no pudo fingir más que no escuchaba la conversación.

- ¿Tienes misión, papá? ¿De qué va?

Tomás le dirigió una mirada reprobatoria a si hija, y suspiró mirando de nuevo a su esposa.

- Debemos acordarnos de silenciar mejor las puertas cuando hablemos de según qué cosas.

- ¡Vamos! –exclamó Gis con impaciencia-. Este verano he conocido a varios de vuestros compañeros, es lógico que sepa cosas de la Orden. ¡Y también conocí a Anthony de esa forma!

Pese a que la mayoría de las cosas las sabía por él, no lo dijo, no fuera que su padre quisiera cortar su fuente de información.

- Y por eso me arrepiento tanto... –murmuró su padre entre dientes, como siempre que el nombre del chico salía en la conversación-.

- ¡Tomás! –exclamó Cora viéndose venir la parrafada de su marido contra el pobre muchacho. Después recordó algo, y se volvió hacia su hija sonriente-. Por cierto, cariño, quería preguntarte qué te parece si uno de estos días invitamos a cenar a los Bones a casa. Ya sabes, Anthony, sus padres y sus hermanos.

- ¿Por qué? –preguntaron a la vez Gis y su padre, cada uno en un tono diferente-.

Cora miró a su hija, extrañada de la sorpresa y censura que había visto en su rostro.

- Creí que habías dicho que el chico te gustaba –la dijo buscando comprenderla-.

- Sí, y me gusta –respondió Gis encogiéndose de hombros-. Quiero decir, está bien, es simpático, besa bien y todo eso. Pero de ahí a ponernos a juntar a las familias...

- Pues dijiste que era tu novio, así que le he tratado como tal.

- Mamá –suspiró exasperada por la falta de comprensión de su madre-. Dije lo de que somos novios, porque es una forma de llamarlo. Estamos saliendo, y eso lo decimos para aclarar que es algo exclusivo entre nosotros. Pero vamos, que yo no tengo planes de casarme... ¡nunca! –exclamó para que a su madre la quedara claro lo último-.

Su madre se echó a reír divertida. Su hija la recordaba tanto a ella misma a su edad.

- Eso lo dices ahora...

- ¡Cora, deja a la niña! –exclamó Tomás con el ceño fruncido-. Es muy joven para comprometerse a nada. Dentro de quince o veinte años hablaremos. Y hablando de besos, Gisele, déjame explicarte la cantidad de enfermedades contagiosas que se transmiten por la saliva...

OO—OO

Cuando la puerta del local se cerró, Kate inspiró hondo, llegando hacia ella los olores concentrados de las hierbas medicinales que su madre vendía en la tienda. Escuchó a Denise corretear por el lugar, completamente familiarizada con él, como lo estaba ella a su edad. Se quitó la bufanda, y colgó el abrigo en el perchero, mientras saludaba a Chelsie, la ayudante de su madre.

- Solo será una hora, cielo –la dijo su madre desde una estantería donde estaba colocando varios frascos de color azul claro-. Organizo un poco esto, y nos vamos. Chelsea, no te importa hacer hoy el inventario, ¿verdad? Denise quería una escoba de carreras, así que pasaré a comprársela ahora. Tú te encargas de distraerla, ¿de acuerdo, Kate?

Ella se volvió hacia su madre con expresión confusa.

- Mamá, sabes que el primer año, Denise no puede llevarla, ¿no?

- Claro que lo sé, cariño. Pero faltan nueve meses hasta que empiece a Hogwarts, y no puedo aguantar mucho más sus quejas. Al menos hasta entonces la tendré contenta. Ya lidiaremos con ese problema en septiembre.

Kate bufó algo incrédula.

- Si tú lo dices...

Natalie se echó a reír con diversión.

- La verdad es que tú me saliste muy tranquila. No sé por qué pensé que con Denise iba a tener la misma suerte.

- Las pequeñas vienen dando fuerte –afirmó Chelsea divertida, mientras observaba a la más joven moviendo los tarros de sitio, mientras se tocaba la barbilla pensativa, copiando el gesto de su madre-.

En ese momento se escuchó la campana de la puerta, y todas se callaron expectantes. Era un buen augurio cuando llegaban clientes en esa época, pero lo cierto es que siempre que ese sonido repiqueteaba en la estancia, todo se tensaba, casi con la idea de que algún mortífago fuera a entrar en la tienda. Era el temor de todos los comercios, y más especialmente en el callejón Diagon, donde ya habían ocurrido varios ataques. Sin embargo, cuando la madre de Kate se inclinó para observar al recién llegado, una sonrisa amable se estampó en su rostro.

- ¡Vaya, que sorpresa! –se apresuró a bajar de la escalerilla donde se apoyaba, y le hizo un gesto a Kate para que se acercara-. Cariño, ¿te importa seguir colocando los tarros? Haz que coincida la inicial de la etiqueta con la del número de estantería.

Kate agarró con fuerza la caja donde estaban los tarros, y con su varita los hizo volar a su lado mientras subía por las escaleras. De fondo escuchó hablar a su madre con el cliente, pero no le prestó la menor atención. También se escuchaba la risa de Denise, a la que Chelsea la estaba murmurando algo que no alcanzaba a oír.

- Hola –dijo una voz debajo suyo-.

Le reconoció al instante, y estuvo a punto de trastabillar de la sorpresa. sin embargo, el recién llegado sujetó la escalera a tiempo, y Kate se sostuvo agarrándose a las baldas de la estantería. No esperaba encontrarse a Derek justo en la tienda de su madre, pero él no parecía tan sorprendido, pues la saludaba con la misma sonrisa de siempre. La llamaba poderosamente la atención que, pese a la fama de orgulloso que tenía, siempre la saludaba con una sonrisa, pese a que la mayoría de las veces, la última vez que habían hablado ella había sido descortés.

Le devolvió la sonrisa titubeante, y después de haber sido educada siguió ordenando los frascos. Derek no hizo más intento por hablarla, y a los pocos minutos olvidó su presencia.

- Tú debes de ser Derek, ¿no es así? –dijo su madre llegando hasta el mostrador con una anciana mujer-. Tu abuela me ha hablado muchísimo de ti. Capitán de quidditch, ¿no es así?

- Sí, soy el capitán de Ravenclaw. Me eligieron este curso –contestó Derek con un tono educado que Kate no le había oído nunca, y que suponía, guardaba para los adultos-.

- ¡Yo también voy a ser capitana de quidditch! –escuchó exclamar a Denise, que había ido corriendo hacia allí-.

Kate se bajó con cuidado de la escalerilla, y se dirigió a la trastienda a depositar la caja vacía. Al volver, la conversación seguía fluyendo, y todos se reían por algo que había dicho su hermana pequeña.

- ¿Conoces a Kate? –preguntó su madre con una sonrisa, mientras la hacía gestos para que fuera a tu lado-. Vais al mismo curso, ¿no?

- Sí, nos hemos visto –respondió Derek con una sonrisa divertida que Kate no pudo más que corresponder-. Pero no damos muchas clases juntos, porque ella está en Gryffindor, y yo en Ravenclaw.

- Como su padre –afirmó su abuela orgullosa, mientras le apretaba afectuosamente el brazo. Al lado del desgarbado muchacho, la anciana parecía más bajita de lo que en realidad era-.

- Suele ir de familia. Yo también estuve en Gryffindor.

- ¡Y yo también estaré! –exclamó Denise volviendo a reclamar la atención para ella-.

Kate no habló mucho. No se sentía cómoda. Si la contara a su madre todo lo que había hecho Derek a Grace, o lo que había intentando hacerla a ella, estaba segura que no sería tan amable con él.

- Bueno, no podemos entretenernos más –concluyó la abuela de Derek, para alivio de ella-. Está a punto de hacerse de noche, y no me gusta ir por la calle a estas horas, aunque tenga tan buen guardaespaldas.

Dirigió a su nieto otra sonrisa orgullosa, y él le devolvió otra cansada.

- Bien, señora Rumsfelt, entonces serán tres cajas de pasiflora, dos de hinojo, ¿y quiere volver a llevarse el coriandro?

- Sí, querida. A mi marido le vinieron muy bien la última vez. Y con esto de las cenas navideñas... En fin, ponme dos cajas.

- Bien, Chelsea, cobra a la señora Rumsfelt, por favor.

Kate le pasó a su madre una gran bolsa donde meter todos los productos, y le ayudó a meterlos. Después, su madre fue a despedir a la señora Rumsfelt, quien ya estaba guardando el cambio. Cogió la bolsa por las asas, y se la dio a Derek quien ya había extendido el brazo. Él la sonrió levemente, y Kate le sonrió un segundo antes de apartar la mirada.

- Bueno querida, nos vemos el mes que viene.

- Hasta entonces, señora Rumsfelt. Que pasen unas buenas fiestas. Suerte con el equipo, Derek.

Cuando su madre cerró la puerta tras ellos, Kate suspiró. Había sido bastante incómoda la situación. Su madre, sin percatarse de ello, se dirigió a ella con una sonrisa.

- La señora Rumsfelt es una clienta habitual. No sabía que conocías a su nieto.

- Solo un poco –la respondió a regañadientes-. Ha sido novio de Grace durante una temporada, así que algo hemos hablado.

Su madre asintió pensativa, y suspiró, volviéndose hacia las estanterías para continuar con el trabajo.

- Pobre chico...

- ¿Por qué? –preguntó Kate con curiosidad. Nadie que conociera a Derek en la escuela encontraría un motivo para compadecerle-.

Su madre la miró extrañada por encima de su hombro.

- ¿No te ha contado Grace? Ella debe saberlo si han estado saliendo.

- ¿El qué?

- Es huérfano. Mataron a sus padres hace tres años. De hecho, así empezaron a venir a la tienda. Su abuela me vino a preguntar si tenía algo para calmar las pesadillas de él. Al parecer vio el asesinato desde lejos, y estuvo una temporada bastante afectado.

Kate la miraba con la boca abierta.

- No sabía nada...

Es cierto que hasta ese año no había tenido ningún tipo de contacto con Derek, y que lo poco que sabía de él era por parte de Grace o de los chicos. Pero no había dado nunca muestras de ninguna debilidad, ni había mencionado nunca a sus padres. Su actitud no encajaba con la de un pobre huérfano.

- La verdad es que es triste lo que ocurre hoy en día. Nadie está a salvo. Su padre trabajaba en el Ministerio, en el Departamento de Aplicación de la Ley Mágica. Al parecer no era un puesto muy relevante, sino de mucho papeleo. Sin embargo, algunos debieron considerar que trabajaba demasiado cerca de los muggles, e incluso supongo que influyó el hecho de que su esposa también era muggle. Le asesinaron a la entrada de su casa, y cuando la pobre mujer salió corriendo al verle tirado en la calle, la mataron también a ella. El niño lo vio todo desde la ventana de su cuarto.

Su madre hablaba apenas en susurros, para evitar que Denise la oyera, pero Kate se estaba quedando muy pálida. Si hubiera sabido eso nunca... y por fin comprendió por qué nadie sabía nada. Derek en ese sentido era como Sirius: no le gustaba que le compadecieran.

- Su abuela estuvo mucho tiempo preocupada. Conseguimos que se le fueran las pesadillas, pero durante un tiempo estuvo muy retraído, como en una depresión. Después, según ella, creó una coraza a su alrededor, y no permitió a nadie entrar en ella. Pero el otro día me dijo que hacía tiempo que le veía distinto, como si volviera a ser él mismo. No sé, espero que le vaya bien. –suspiró, mirando la puerta por la que se habían ido-. Parece un buen chico.

- ¿Quién? ¿El que se ha ido? –preguntó Denise llegando de un salto hacia ellas-.

Tanto Kate como su madre cambiaron las expresiones en cuanto la niña apareció. Kate sonrió, pese a que tenía un nudo en el estómago por lo que acababa de saber, y asintió.

- Es guapo –comentó la niña arrugando la nariz-.

Kate se echó a reír un poco forzadamente.

- ¿Y por qué no te casas con él y me dejas a Sirius a mi?

- ¡Sí, claro! ¡Eso es lo que tú quieres! –exclamó la niña poniendo las manos en sus caderas-.

OO—OO

A Nicole la llevó más de hora y media llegar hasta East Ham. Con el tiempo que había, no era fácil cruzar todo Londres a pie, cargando a pulso con un baúl que pesaba mil demonios, pese a que le había hecho un encantamiento para rebajarle el peso, y con un abrigo que no la tapaba ni la mitad del cuerpo. Sin embargo, al entrar en el gran barrio donde había crecido, inspiró hondo y siguió tirando de su equipaje con fuerza, intentando hacerlo rodar en la nieve.

Pasó al lado de un comedor de indigentes y de un parque donde se reunían los traficantes de droga y los adictos. El lugar era el peor sitio de la ciudad, pero ella estaba más que acostumbrada, pues había vivido toda su vida allí. Nadie la molestó en todo el camino, pues sabía comportarse de modo que pasara inadvertida para todos. Ya se había encargado de que su atuendo y el baúl no destacaran en absoluto.

Llegó al viejo edificio donde vivía, y subió hasta el quinto piso, con el baúl a cuestas. Al llegar, sacó las llaves de la cerradura, y abrió ella misma la desvencijada puerta. Entró al pequeño apartamento, sintiendo el frío del interior aún mayor que en la calle. Seguramente a su madre se le habría vuelto a olvidar pagar la calefacción ese mes.

- ¿Mamá? –preguntó en voz alta-.

No se había molestado en avisarla que llegaba ese día. Daba igual. De todas formas se olvidaría. No obtuvo respuesta, pero eso no significaba que su madre no estuviera en casa. Puede que aún estuviera durmiendo a causa de la resaca, o incluso puede que estuviera acompañada. Se dirigió al cuarto de su madre, y llamó varias veces a la puerta. Nadie contestó. Abrió poco a poco, y vio que la estancia estaba vacía. La cama, deshecha, como siempre, estaba en el centro de la habitación, y la ropa sucia estaba regada por el suelo.

Con el ceño fruncido por el olor que desprendía el cuarto, se dirigió al suyo. Estaba tal y como lo había dejado en agosto, cuando se marchó a pasar un mes con su padre. Olía a cerrado, pero al menos estaba más ordenado que el resto de la casa. No es que fuera una persona muy ordenada, pero no era difícil serlo más que su madre. Dejó el baúl detrás de la puerta, y se dirigió a la chimenea, cogió un poco de polvos flu, y los echó al fuego.

- Massweald, 24 –gritó a las llamas. Al menos tenía que avisar que había llegado bien-.

Metió la cabeza en la chimenea, y se encontró con el gran salón decorado elegantemente que había en la casa de su padre. De fondo, en la mesa del comedor, distinguió unas piernas de mujer que atribuyó a la esposa de su padre.

- ¿Hola? –dijo, para llamar la atención. Nunca se dirigía directamente a ella por su nombre, a no ser que fuera absolutamente necesario-.

Las piernas se descruzaron y se movieron con parsimonia hacia ella. Cuando estuvo en su campo de visión, la mujer puso una mueca extraña en la cara, como siempre que la veía. No era precisamente una mujer atractiva, sino increíblemente tiesa y fría. Siempre llevaba la túnica cuidadosamente arreglada, y en los diez años que la conocía, Nicole no recordaba haber visto nunca una arruga en su ropa.

Suponía que su padre, después de divorciarse, había buscado lo opuesto a lo que fue su primera esposa. La madre de Nicole, una squib dentro de una familia de magos, era una mujer muy atractiva, divertida, e increíblemente inmadura, rasgo que Nicole había heredado. El hecho de haber sido la única squib en su familia, la había convertido en una persona con necesidad constante de destacar. No le había sido difícil por su físico, y había conseguido enamorar a un joven mago de buena familia, que era bastante pardillo, en opinión de Nicole. No es que no quisiese a su padre, pero era consciente de que era más fácil de manejar que un niño de ocho años. En fin, el caso es que se casaron muy apresuradamente, y se encontraron de sorpresa con la llegada de ella. Sabía que no había sido esperada, y en caso de su madre, ni siquiera querida, pero aún se sorprendía de que hubieran durado casados más de dos años. Sabía que era su padre el que había hecho el esfuerzo, y lo gracioso había sido ver que había pasado de ser manejado por una mujer voluble que se creía aún muy joven, a ser manejado por una estirada que no lo dejaba ni moverse en condiciones.

- ¡Ah, eres tú! –exclamó su madrastra como quien ve una piedra en el suelo-.

Ya ves, he vuelto –ironizó ella rodando los ojos. La mujer la miró con censura, pero a ella no le importó. No la soportaba, pero era algo mutuo, a lo que Nicole nunca le había dado mayor importancia-. En fin, le dices a mi padre que ya estoy en casa.

La mujer chasqueó la lengua. Nicole frunció un poco el ceño. Era una costumbre que tenía, y a ella no la gustaba en absoluto.

- Claro, se lo digo en cuanto llegue. ¿Algo más?

- No, no...

Ni siquiera se despidió. Sabía que el recado no se lo daría hasta la hora de la cena, después de haberle contado cien mil veces lo bien que habían pintado monigotes las mellizas. Sí, Nicole tenía dos hermanastras de cinco años, y más repelentes cada año que pasaba. Eran como su madre en miniatura. En secreto, ella lo sentía por su padre. Tener tres de esas en casa no es plato de buen gusto para nadie.

Miró alrededor, y se dirigió hacia la nevera, a ver si con suerte su madre se había acordado de hacer la compra. Apenas había dos cajas de cerveza y un limón reseco. ¿Esa mujer sólo se alimentaba de alcohol? Negó con la cabeza. Ella no tenía ni idea de cocinar, y menos si tenía que sacar la comida del aire. Volvió de nuevo a la chimenea, y pronunció la única dirección a la que acudiría sin vergüenza en esa situación.

Al segundo siguiente tenía la cabeza en casa de su tía, pero en el dormitorio no se veía a nadie. ¿Estarían en casa?

- ¿Holaaaaaaa? –gritó con otro tono al que había utilizado en casa de su padre-.

Volvió a gritar dos veces antes de que apareciera alguien. Por la puerta entró Raúl, el marido de su tía, vestido con ropa de deporte. Nicole se recordó a sí misma cerrar la boca ante esa imagen. Raúl era un apuesto preparador físico especializado en quidditch, al que su tía había conocido hacía siete años, cuando comenzó su carrera en las Arpías de Holyhead, y con el que se había casado hacía cuatro años. Raúl se había convertido fácilmente en el primer amor platónico de Nicole, con su apariencia latina, su sonrisa encantadora, y su firme relación con su tía.

- ¡Nicole! –exclamó contento al verla-. ¿Llegaste ahora? ¿No es algo tarde para que avises?

Ella le vio fruncir el ceño, calculando la hora a la que llegaba el tren, y lo que se tardaba en coche desde la estación. Le sonrió ampliamente, negándose por milésima vez a decirle que esa vez tampoco había ido su madre a buscarla. Sabía que podía avisarles a ellos e irían a buscarla sin problema, pero no quería reconocer en voz alta la poca importancia que su madre la daba.

- Hemos tenido que hacer unos recados.

- Ya... –murmuró él sin acabar de creérselo-.

- ¿Está mi tía por ahí?

- No. Tenía entrenamiento hasta las nueve, hoy. ¿Has comido? ¿Quieres algo?

- No te preocupes. Mi madre acaba de hacerme un bocadillo –le mintió para contentarlo-. Igual me paso a verla. ¿Crees que molestaré?

- Han ganado el último partido, así que la capitana está menos gruñona. Pásate. Y dila a tu madre que te quedas a cenar.

- Vale. Luego nos vemos.

Contenta, sacó la cabeza de allí y corrió a su cuarto para coger el abrigo. No se molestó en decirle nada a su madre. Si no estaba entonces, lo más probable es que estuviera con un nuevo ligue, y no apareciera hasta el fin de semana. Cogió las llaves, y cerró la puerta de un portazo. Le apetecía ver el quidditch. Iba bajando de dos en dos las escaleras, cuando se paró en seco y una sonrisa cruzó su rostro. Quizá a Jeff le gustaría acompañarla. Echó a correr más rápido, dispuesta a pasar antes por Hampstead Rd, y con la excusa volver a verlo. Lo cierto es que en ese corto tiempo ya estaba empezando a echar de menos sus atenciones.

OO—OO

No fue difícil adivinar cuándo ese par había llegado a casa. En un momento el lugar estaba tranquilo, en paz y silencioso, y al siguiente...

- ¡¡Mamáaaaaaaaa!!

- ¡Estamos aquí! ¡Dorea, ha llegado tu hijo preferido! ¡Ah, sí, y James también está aquí!

El aludido le dio un codazo, y lo siguiente que se escuchó fue la risa de Adam llenando el ambiente. Del piso superior se oyeron varios pasos apresurados, y poco después Dorea Potter aparecía en lo alto de la escalera, con una amplia sonrisa en el rostro. Bajó las escaleras lo más rápido que pudo, y extendió los brazos hacia los chicos. James y Sirius, ni cortos ni perezosos, y puesto que no había nadie alrededor que se pudiera burlar, corrieron a abrazarla entre risas. La habían echado de menos, claro. Para uno, su adorada y cariñosa madre, y para otro, la madre que nunca tuvo. Pero, sobretodo, era muy divertido ver la expresión de la mujer al intentar abrazarlos a la vez, tan grandes que estaban los dos para ella.

- Ya ves que te los traje enteros, Dorea –afirmó Adam con una sonrisa-.

- ¿No habéis tardado demasiado, hermano? –preguntó una voz detrás suyo-.

Charlus Potter había llegado justo detrás de ellos, y aunque lo miraba seriamente, tuvo una sonrisa para su hijo y para Sirius. Les revolvió el pelo a los dos cariñosamente, sin dejar de preguntarle con la mirada a su hermano pequeño. Este se encogió de hombros, y sonrió genuinamente:

- He tenido que seguir el ritmo de estos dos.

- Es cierto, papá. Teníamos que despedirnos de todos –apoyó James inmediatamente-.

Lo cierto es que sí se habían retrasado de más, pero Sirius, con total confianza, había estado reclamando al tío de James que no le hablaran a él de la Orden del Fénix, y aquella explicación requería tiempo. James también se había llevado una bronca por tomarse el asunto tan a la ligera como para hablarlo entre ellos, pero Adam había tenido que aceptar que no sólo tendría que lidiar con James y sus padres, sino que también Sirius, Remus, Peter e incluso Lily, querrían entrar en la organización cuando acabaran el colegio.

- James tenía que despedirse de su novia –exclamó Sirius para desviar la atención-.

Lo consiguió. Charlus apartó la mirada de su hermano para fijarla en su hijo con curiosidad, Dorea abrió la boca sorprendida, e incluso la abuela Elladora asomó la cabeza por la escalera.

- ¿Novia? –preguntó su madre como si jamás hubiera escuchado esa palabra-.

- Me ha presentado en la estación a una preciosa pelirroja –afirmó Adam con una sonrisa-.

- ¿Pelirroja? –preguntó Dorea con una amplia sonrisa-. ¿No será...?

- Sí, sí, mamá, la misma –dijo James rodando los ojos. Tenía ganas de matar a Sirius por soltarlo de esa forma-.

- Vaya... –murmuró Charlus sin saber cómo reaccionar-. ¿La conocemos?

- Si la memoria no me falla, creo que es la odiosa pelirroja que parecía una Slytherin y que pasó a ser la chica con los ojos más bonitos del mundo –le respondió su mujer en tono confidencial-.

James rodó los ojos ante el tono pedante de su madre. Sabía que iba a pasar, y eso que aún no la conocía. Sirius, a su lado, se lo estaba pasando bomba.

- Lily Evans en persona –afirmó-. También conocida como pelirroja infernal, la prefecta perfecta o pastelito mío en el lugar de este.

- ¡Yo no digo esas mariconadas, Padfood, no me jodas! –exclamó James ganándose una colleja de su padre-.

- La otra Premio Anual, ¿no? –preguntó Adam recordando una conversación con su sobrino de ese verano-.

- ¿No será con la que tienes que compartir torre ahora, no? –cuestionó su madre un poco más seria-.

- James...

- ¡Papá, no he hecho nada! –exclamó de nuevo sonrojándose-.

Los demás se rieron, pero detuvieron la broma cuando consideraron que ya le habían tomado suficiente el pelo. Su abuela, aún desde lo alto de la escalera, exigió su atención y James subió por las escaleras arrastrando los pies, y se llevó un golpe en la frente con el bastón, antes de darle un beso a su abuela.

- Esto es para que recuerdes que a las damas se las respeta –le susurró con el ceño fruncido-.

James resopló aún frotándose la frente, y se excusó diciendo que quería deshacer el baúl. En ese momento en que estaba toda la familia unida, echaba terriblemente de menos a su abuelo. Sirius fue a seguirlo, pues su habitación estaba justo al lado de la de su amigo. Sin embargo, Dorea lo retuvo un momento, y se acercó a él para susurrarle al oído.

- ¿Lily Evans?

- Sin hache, mamá Dorea –murmuró él con una sonrisa traviesa, sabiendo lo que estaba pensando-.

La mujer sonrió y le palmeó la espalda urgiéndole a subir su baúl. Después, como quien no quiere la cosa, fue discretamente hacia su pequeña biblioteca, diciéndoles a los demás que le apetecía estar un rato sola. Adam rió en voz baja adivinando la intención de su cuñada, y por primera vez en meses, compartió con su hermano una mirada cómplice.

OO—OO

La misma Lily ya llegaba a la zona que más conocía de Bolton, en Manchester. Su padre conducía un Citroën algo viejo, y ella, desde el asiento del conductor, observaba el conocido paisaje. Habían dejado la nieve en Londres, pero el frío invernal los había seguido hasta allí, y las ramas desnudas de los árboles se balanceaban tétricamente por la avenida. Giraron a la derecha, y enfilaron el río que había cerca de su casa, sucio y contaminado. Lily miró por la ventanilla, y en la orilla opuesta, tras una verja deteriorada, observó la Calle de la Hilandera. En la fila de casas más alta, cerca de la chimenea de la fábrica que en ese momento echaba humo, distinguió una casa de ladrillo que se la hacía muy conocida. A simple vista el lugar parecía muy tranquilo, escondiendo el infierno que padecía la familia que allí residía en manos del patriarca. Inconscientemente, se preguntó si Severus habría llegado ya a casa, y cómo habría ido.

- ¿En qué piensas, princesa? –la preguntó su padre-. Llevas mucho tiempo callada. ¿No estarás pensando en ese chico con el que has sido tan cariñosa, no?

Lily sonrió, y miró a su padre divertida. Había evitado el tema todo el camino, pues prefería enfrentarlo con su madre delante, pero jamás habría imaginado que su padre fuera tan insistente. Lo cierto es que no debería haber besado a James delante suyo sin haberle preparado. Pobre hombre, enterarse de esa forma de que su hija pequeña ya salía con chicos.

- ¡Llegamos! –exclamó cuando tomaron su calle, escapando de nuevo del interrogatorio-.

Su padre la miró con el ceño fruncido, pero ella saltó fuera del coche en cuanto aparcó delante de la casa. Su madre ya había abierto la puerta al oír el coche, y la esperaba con los brazos abiertos.

- ¡Lily, cómo te he echado de menos!

Al abrazarla, Lily se percató de que su madre estaba más delgada, y le pareció sentirla temblar, aunque no la extrañaba, pues la temperatura era muy baja y, a diferencia de ella, Amanda Evans sólo vestía un ligero jersey.

- Pasad dentro, que se escapa todo el calor de casa –urgió su padre tirando de su baúl-.

- Espera, papá –con un giro de muñeca, apuntó con la varita el baúl, que se elevó hasta seguirla fielmente como un perrito-.

- ¡Qué lista es mi niña! –exclamó Williams Evans fascinado, como siempre, por la magia-.

Lily dejó suavemente el baúl debajo de las escaleras, y siguió a su madre a la cocina.

- Pruébalos, cariño –la invitó su madre, pasándole una bandeja con mazapanes recién hechos-. Coge los que quieras, antes de que Vernon baje a por más.

- Ese no necesita comer más... –masculló su padre entre dientes-.

- ¡Bill!-le regañó su esposa golpeándolo en el brazos con una manopla de cocina-.

- ¿Quién es Vernon? –preguntó Lily con curiosidad, mientras se daba aire hacia la boca. Los mazapanes aún quemaban un poco-.

El novio de tu hermana. Empezó a salir con él hace unos meses –la dijo su madre con tranquilidad, mientras su padre seguía bufando detrás del periódico-.

- ¿Petunia con novio? –preguntó incrédulamente Lily, intentando imaginar qué clase de chico aguantaría las manías cada vez más exasperantes de su "querida" hermana mayor-.

Su madre le dirigió una mirada de advertencia antes de seguir supervisando la cena, que ya se calentaba en el horno. Su padre, aún desde detrás del periódico donde sólo se le distinguía el escaso cabello castaño rojizo, chasqueó la lengua con desaprobación.

- Es mi año de suerte –dijo entre dientes-. Mi hija mayor con un novio que no merece ni una segunda mirada, y mi hija pequeña siendo excesivamente cariñosa con sus amigos justo delante de mis narices...

- Bill, si no sabes aceptar que las niñas ya están creciendo, quizá deba encerrarte en el cuarto por cascarrabias –le murmuró su mujer mirando por encima de su hombro, y pasándose la mano por su corto cabello castaño claro-. ¿Qué es eso de excesivamente cariñosa con tus amigos, Lily?

Lily sonrió a su madre, quien la devolvió la sonrisa. Era el momento, estuviese preparado su padre o no.

- No con mis amigos, mamá. Con el único que he sido más cariñosa es con mi novio.

Tras unos segundos en que sólo se oía el crujir de las hojas del periódico, William Evans por fin consiguió doblarlo medianamente bien, y miró a su hija con súplica.

- Dime que he oído mal, princesa.

- Lo siento, papá –dijo Lily con una sonrisa que daba a entender que no lo sentía en absoluto-.

- ¿Novio? –exclamó su madre con una gran sonrisa. Se agachó sobre una olla, aspiró el aroma, le dio un par de vueltas con la cacerola, y le dedicó toda su atención a su hija-. ¿Quién es? ¡No me habías contado nada!

- Bueno, es reciente. Apenas llevamos un mes saliendo.

- ¿Ese de gafas? –exclamó su padre recordando la imagen del chico-. No es precisamente un adonis, Lily. Seguro que puedes encontrar a alguno mejor.

- ¡Bill! –regañó su esposa de nuevo-. Seguro que es un chico encantador. ¡Háblame de él, cielo!

Lily se rió un poco de la expresión de su padre, y se dirigió a su madre para complacerla.

- Pues James es un chico muy inteligente. Comparte Premio Anual conmigo, y siempre está entre los mejores del curso. –Ante esto su padre murmuró "come libros", ganándose una mala mirada de madre e hija-. Y también es muy simpático. Tiene muchos amigos, y es el capitán del equipo de quidditch de nuestra casa, así que también es un gran deportista –William emitió una risita de incredulidad al recordar el cuerpo delgado del muchacho, sin mucho músculo-. Bueno, y según tengo entendido sus padres tienen bastante dinero. ¿Algo que objetar a eso, papá?

William compuso una divertida sonrisa, que Lily no pudo evitar que se le contagiara.

- Alguna virtud tenía que tener el muchacho...

Amanda también se rió y le tiró con un trapo de cocina. Lily se levantó, y se acercó más a su madre, que se había vuelto a acercar a la cocina. Lo siguiente lo dijo en susurros, asegurándose de que su padre no lo escuchaba. Le daba vergüenza decirlo delante de él.

- Y es tan romántico, mamá... Me escribió una carta de amor más bonita...

Su madre vio la sonrisa soñadora de su hija, y sonrió ampliamente.

- Parece casi perfecto –susurró entre risas-. ¿Es el mismo James que se metía tanto contigo?

Lily se sonrojó un poco ante eso.

- Bueno, ha madurado –aseguró como excusa-.

- Me imagino. Creo que este verano ya os escribíais bastante a menudo.

- Sí. Se comportó como un gran amigo. Prefería ser mi amigo a no ser nada, pero al final todo ha salido a la luz.

- A ver cuándo lo conocemos –sugirió su madre-.

- Espero que pronto.

Su madre sonrió con algo de petulancia, y la miró de reojo.

- Así que el famoso James ¿Potter?

- ¿Te acuerdas de su nombre? –preguntó Lily asombrada-.

Amanda se echó a reír.

- Cariño, he escuchado ese nombre desde que empezaste a Hogwarts. De hecho, en cierta ocasión, tu padre hizo un comentario de él que ahora resulta muy irónico. ¡Bill! ¿Sabes que el chico es el mismo que tanto molestaba a Lily hace unos años?

- ¿El insoportable, engreído y mimado? –preguntó su padre con una sonrisa. Lily asintió, sintiendo que le quemaban las orejas, y el hombre se echó a reír-. ¡Ya me cae mejor! Ya te dije, Amanda, si tanto se quejaba de él, era por algo.

- Yo también me lo imaginaba. Se acordaba de él en los momentos más insospechados.

- Sólo cuando veía algo que me mosqueaba –murmuró Lily-.

- Pero le tenías en mente, princesa. ¡Si es que más sabe el zorro por viejo que por zorro! –exclamó su padre entre risas-.

En ese momento la puerta se abrió y por ella apareció un muchacho voluminoso, con el pelo cenizo y sin cuello, que sonrió amablemente a los señores Evans.

- Disculpen...

- Tranquilo, Vernon, pasa. Ahí hay más mazapanes –le dijo la madre de Lily con una sonrisa afectuosa-.

- Cocina usted tan bien... –dijo el chico como queriéndose excusar, al tiempo que cogía un puñado en su mano-.

Lily vio a su padre rodar los ojos antes de esconderse de nuevo tras el periódico, y a su madre, que sonrió ampliamente.

- Aún no conoces a mi hija pequeña. Ella es Lily, estudia fuera durante el curso.

La mirada de Vernon cambió a una de alerta cuando la posó en Lily, cuya sonrisa flaqueó. El muchacho la miró alarmado y asustado, y dirigió su mirada instintivamente hacia los bolsillos de su abrigo. Lily supo en ese momento que su hermana había revelado su secreto a alguien más. Cambió su pensamiento de hacía un rato: sí existía alguien adecuado para su hermana, y era ese bobo asustadizo que la miraba como si fuera un bicho raro.

OO—OO

El viaje hasta Tottemham no fue muy largo para Remus. Se permitió coger el autobús noctámbulo con once de los sickles que le había ganado a James en la partida de ajedrez mágico que habían jugado en el tren. La tormenta ya había pasado allí, pero el suelo lleno de nieve atestiguaba que no había sido hacía mucho tiempo. El autobús lo dejó en el parque que había detrás de su casa, que en ese momento estaba vacío. Sonrió levemente mirando el pequeño barrio en el que había vivido toda su vida. Apenas había seis casas en él, todas de vieja construcción y una sola planta, y su casa y la del señor Smith (de la que los separaba un pequeño patio), quedaban paralelas al diminuto parque en el que había jugado de pequeño con su madre.

De la chimenea salía humo, y la cocina estaba iluminada, por lo que enseguida supo donde encontrar a su padre. Avanzó hacia allí con el baúl planeando a pocos centímetros del suelo, lo justo para que no pesara y que no lo vieran sus vecinos muggles. Fue a sacar la llave de la puerta, decidido a entrar por detrás, pero frunció el ceño al ver que estaba medio abierta. Entornó los ojos, y sacó la varita, alarmado. Empujó un poco la puerta, y miró hacia el interior. No se oía nada en el pequeño trastero que daba a la cocina, ni siquiera un ruido que provendría de ella. En silencio dejó el baúl al lado de la puerta y avanzó sigilosamente.

La puerta se abrió de golpe y él, instintivamente, convocó un escudo delante de él. Su padre lo observó con una mano en el pecho y expresión sorprendida, antes de reconocerlo y sonreír ampliamente.

- ¡Remus!

Apartó toscamente el escudo y se acercó a su padre, quien le dio un abrazo tan fuerte como podía. Lo notó más débil y viejo que la última vez que le había visto, cuando se había marchado esa mañana de septiembre para Hogwarts. Earnest Lupin se parecía muchísimo a su hijo. Remus había heredado su mismo color de pelo, aunque el de su padre ya se veía completamente canoso, y sus facciones y constitución delgada. Su padre era algo más bajo que él, pero por lo demás lucían muy parecidos.

- ¿Por qué tenías la puerta abierta, papá? ¿No has leído las circulares del Ministerio? Hay que tener cuidado con la seguridad de casa.

Su padre lo miró extrañado, y luego miró a la puerta por un largo rato.

- Se me habrá olvidado... –dijo finalmente-.

Lo abrazó por los hombros y le hizo entrar a la cocina, en la que estaba intentando preparar la cena. Remus se preocupó aún más por su tono indiferente. Desde la muerte de su madre, había ido cuesta abajo con una rapidez alarmante, pero el cambio en esos tres meses había sido radical. Él había dejado en casa a un hombre triste y algo achacoso, pero se había encontrado poco menos que con un anciano olvidadizo. Sintió que se le partía el corazón: su padre apenas estaba en la década de los cincuenta.

- ¿Qué cocinas? –le preguntó intentando no demostrar en voz alta su preocupación-.

- Un poco de sopa de puerros. Merlín sabe que tu madre la hacía mejor, pero algo es algo, ¿no crees? –le dirigió una sonrisa triste que él apenas correspondió-.

Su madre había fallecido en enero de ese año, aunque ya llevaba varios años peleando contra un cáncer. Era una batalla perdida de antemano, y Remus era muy consciente de ello, por lo que lo sobrellevó mejor que su padre, sin contar con que sus amigos estuvieron pendientes de él todo el tiempo. Las anteriores Navidades habían sido muy difíciles, pues su madre apenas salió de la cama, pero la madre de Rachel había ido muy a menudo a ayudarlos, lo que lo había hecho más sencillo. Después, él se había marchado y sólo había vuelto para el entierro. El director Dumbledore consideró que no debía quedarse más, y su padre no pudo estar más de acuerdo. Acabó aceptando, pero eso sólo había conseguido que Earnest pasara todo el dolor él solo, y ahí estaban las consecuencias. El hombre se estaba dejando vencer por el dolor.

- Ya sigo yo, papá. Ya verás qué truco me ha enseñado Rachel.

Su padre sonrió con cariño.

- Qué buena chica es. Has sabido elegir muy bien. Una chica dulce y encantadora, como tu madre.

Remus le sonrió antes de ponerse frente a la cazuela. Cuando su rostro quedó oculto de su padre, su sonrisa se desvaneció. Le había ocultado todo lo referente a la marcha de Rachel del colegio y el peligro que corrían ella y sus padres, pues no consideró necesario echarle más preocupaciones a los hombros. Miró hacia el interior y arrugó la nariz. Sin que su padre lo viera, apuntó con la varita, y todo desapareció. Sería mejor empezar de cero, pues aquello no había quien se lo comiera. Quizá fuera otra de las razones del empeoramiento de su padre. Con comida como esa, no sabía cómo había logrado sobrevivir solo todo ese tiempo. Cerró los ojos y negó con la cabeza, preguntándose si sería sensato acortar sus vacaciones y, es más, el volver de nuevo a Hogwarts, estando su padre como estaba.

OO—OO

La puerta se cerró de un portazo, y Peter comenzó a subir las escaleras hacia su cuarto sin prestar más atención a su madre. Le apetecía tumbarse un rato antes de cenar. Sin embargo, ella le llamó desde el salón, donde estaba de pie, sin haberse quitado aún ese abrigo tan extraño.

- Has estado tres meses fuera, ¿y no me vas a contar nada? –le dijo con el ceño un poco fruncido-.

Peter bufó en voz baja y se arrastró de nuevo escaleras abajo. Le encantaba estar en casa, pero nunca había tenido una relación muy estrecha con su madre. La quería y ella a él, pero, ¿era necesario que tuvieran una conversación larguísima?

- No sé, mamá. Todo igual. Estudiando y con los chicos.

Su madre hizo una mueca al oír lo último, y suspiró, quitándose por fin el abrigo.

- Sabes que no tengo nada contra Remus. Es un chico muy maduro y responsable, y creo que deberías aprender de él. Pero los otros dos...

- Son mis amigos –defendió Peter con vehemencia-.

- ¿Y qué han hecho por ti? Siempre haciendo gamberradas, llevándote por el mal camino. La profesora McGonagall me escribió sobre lo que ocurrió en la Biblioteca. ¿De quién fue idea?

- De nadie –murmuró Peter sonrojado, mientras recordaba ese día-. Fue un accidente.

- Sí, claro. Eso te hicieron creer a ti. Apuesto a que esos dos lo idearon todo para divertirse y hacerte cargar con las culpas.

Se acercó a él y le cogió la cara con una regordeta mano. Le miró, analizando sus acuosos ojillos.

- ¿Cuándo te darás cuenta que ese par sólo te traerán problemas?

- Ellos me defienden siempre –repuso Peter a la defensiva-.

- Si no fueras amigo suyo, no habría nada de que defenderte. Son muy listos, no lo niego. Hacéis las locuras juntos, y ya se encargan de quedar ellos bien mientras a ti te castigan.

- También les castigan a ellos –dijo sin pensar-. Hace unos días, de hecho, cuando hechizaron a Snape le quitaron a James del equipo, y también piensan castigar a Sirius...

Jocelyn Pettigrew chasqueó la lengua con desaprobación.

- Otra muestra más... Ya eres mayor y no puedo obligarte a tener unos u otros amigos, pero en algún momento te darás cuenta de que esos dos sólo te utilizan.

- ¿Puedo irme ya?

Su madre hizo un gesto con la mano, y Peter subió a su habitación rápidamente. Le sacaban de quicio esas conversaciones, que llevaban años teniendo lugar. Una mala influencia... ¿tan influenciable creía que era su madre? Tuvo ganas de espetarle a la cara que el incidente de la biblioteca había sido sólo cosa suya, para que se diera cuenta de que él actuaba por sí mismo cuando le venía en gana. Claro que el hechizo era de Sirius... pero vamos, que eso no significaba que su amigo le hubiera incitado a usarlo. Había sido sólo cosa suya. ¡Ja! Si tanto le gustaba Remus, le habría gustado que le explicara por qué él también estaba cómodamente en ese grupo.

OO—OO

Como siempre que entraba al estadio "Ilkley Moor", Nicole se sintió eufórica. Comenzó a caminar dando saltitos, hasta pararse junto al guardia de seguridad y decirle quien era. Los hicieron esperar mientras hablaban con su tía y comprobaban sus identidades, bajo la seria mirada del hombre que llevaba en la mano la varita.

Cuando les dieron permiso, Nicole echó a correr al interior, mientras Jeff se reía mirándola dulcemente, y Sadie rodaba los ojos con fastidio. No entendía por qué su madre la había hecho ir a ella también, pero no tenía las más mínimas ganas de pasar la tarde con su hermano y la histérica de su novia, a la cual su madre ya veneraba.

Cuando consiguieron dar alcance a la chica la vieron hablando con una atractiva mujer de unos treinta años, que sonreía ampliamente y escuchaba entusiasmada todo lo que la decía la muchacha. Cuando la oyó reír, Sadie vio las similitudes con Nicole y comprendió que era su tía. Esta les hizo un gesto para que se acercaran, y Jeff tímidamente, y Sadie con parsimonia, llegaron hasta ellas.

- Os presento a mi tía Hellena. Es una de las sub-entrenadoras de las Avispas de Wimbourne –anunció con orgullo-.

La mujer los sonrió alegremente y los saludó con la misma efusividad que emanaba siempre Nicole. Físicamente no se parecían en absoluto. Mientras que Nicole era menudita, su tía era más bien alta, y también más atractiva que su sobrina. Tenían unos ojos muy parecidos, aunque lo que les hacía similares era la forma de interactuar. Cuando Hellena comenzó a hablar, Sadie no tuvo dudas. Hablaba con la misma rapidez que su sobrina, de un modo que podría resultar algo abrumador para quien no está acostumbrado. Quien no parecía importarle, todo lo contrario, era a Jeff.

- ¿Jugaste aquí de buscadora, no? –preguntó Jeff-.

- Sí. Los ocho años que estuve en activo los jugué aquí, y después he continuado en el equipo técnico.

- ¡Durante ese tiempo ganaron tres veces la copa de Inglaterra, Jeff! –exclamó Nicole entusiasmada-.

Su tía se echó a reír halagada, mientras le pasaba un brazo por el hombro. Sadie se mantuvo en un segundo plano todo el rato, pero Nicole la introdujo, diciéndola a su tía que ella también formaba parte del equipo.

- Así que tres Gryffindor, ¿eh? Yo estuve en Hufflepuff. Mis padres habrían preferido Ravenclaw, como ellos, pero no podían quejarse.

Se rió levemente y le guiñó un ojo a Nicole, divertida. Lo cierto es que no podían. Hellena era la pequeña de tres hermanos con mucha edad de diferencia. El mayor había sido un muchacho muy independiente y huraño, que se marchó a Estados Unidos apenas terminó en Hogwarts, por lo que no dio mucho cariño a sus padres. Y la mediana, la madre de Nicole, fue una squib para vergüenza de todos, y principalmente de ella misma. Ni siquiera su hermana sabía contestar si su carácter habría sido diferente de ser bruja, pero lo cierto es que para sus padres fue una decepción tan grande que no quisieron tener más hijos. Años después, y de forma accidental, nació Hellena, quien resultó ser el mayor orgullo con el que podían contar sus padres. Desgraciadamente para ella, sus padres murieron a sus catorce años, dejándola al cuidado de una hermana inmadura y amargada, que tenía otra decepción en forma de un bebe de un año. Cuando cumplió los diecisiete y fue seleccionada para jugar profesionalmente al quidditch, se marchó de casa de su hermana e hizo su vida. Por aquel entonces aún no prestaba mucha atención a su pequeña sobrina, aunque ya era más de la que le profesaba su madre.

- ¿Qué tal llevas las mechas? –preguntó Hellena cogiéndole a su sobrina un mechón de pelo castaño con tonos rojizos-. Ya está descolorido.

- Han pasado tres meses –la informó su sobrina alzando las cejas con obviedad-.

Su tía se rió, pero negó con la cabeza divertida.

- Aún así hay que ponerle remedio. En Navidad comes con tu padre, ¿no?

- Sí –la contestó con una sonrisa maliciosa-.

- Tenemos que ver qué hacemos para que esa bruja se atragante con su comida de esnob –dijo con convicción-. ¿Qué te parece si ponemos mechas verdes?

Jeff estaba algo alucinado por la conversación, y se rió pensando que era en broma. Sin embargo, las dos se pusieron a hablar muy deprisa sobre ello, y miró a su hermana, por si ella entendía algo. Sadie se encogió de hombros. Estaba rodeada de locos.

OO—OO

Ya era de noche cuando Gis acompañó a su padre hasta un bloque de edificios de aspecto abandonado. El hombre, tenso, guió a su hija con un brazo protector alrededor de su cuerpo, con la varita a punto y completamente alerta, con la clara intención de atacar a cualquiera que diera un paso hacia ellos.

Su padre se detuvo frente a una destartalada pared que dividía dos edificios, y sacó un papel que la dio a leer. Era una simple dirección. Gis la leyó, y no comprendió nada, por lo que miró a su padre confusa. Este no la miraba a ella, sino que inspeccionaba alrededor con la mandíbula apretada, en completa tensión, y haciendo, sin querer, temblar su poblada barba. Al volver la vista a la pared, Gis se percató de que esta había desparecido y en su lugar había otro edificio, justo en medio de los dos.

- ¡Vaya! –exclamó asombrada, cayendo por fin en que estaba por primera vez frente al Cuartel General de la Orden del Fénix-.

- Date prisa –la apresuró su padre aún vigilando los alrededores-.

Entraron en el pequeño edificio, y subieron por una escalera medio derruida hasta llegar al segundo piso. El diminuto rellano que dividía los dos pisos que había allí, parecía a punto de caerse a pedazos. Sin detener el ritmo, su padre la condujo hasta la puerta de la derecha, a la cual llamó con algo de impaciencia. Gisele percibió contra el grueso cristal una figura poco más alta que ella, y pudo distinguir la sombra de una varita apretada firmemente por una mano.

- Identifícate –exigió una voz femenina al otro lado de la puerta-.

- Soy Tomás Mendes, marido de Cora Mendes. Mi hija Gisele, que me acompaña, estudia en Hogwarts en la casa Gryffindor. Albus Dumbledore, como guardián secreto del cuartel, me confió esta dirección como miembro activo de la Orden del Fénix, a la que pertenezco desde hace seis años.

Gis se sorprendió de la seguridad y rapidez con que su padre habló. Al otro lado de la puerta se escuchó un chasquido, y esta se abrió de par en par. El rostro que les recibió aún estaba alerta, con la varita por delante, pero se suavizó al reconocerlos. También Gisele la reconoció. Una mujer bajita, algo gordita y con el pelo moreno corto. Era Alice Longbottom.

- No sabía que tenías que venir hoy, Tomás –dijo amablemente, una vez ellos habían entrado y asegurado la puerta-.

- Buenas noches, Alice. En realidad no tenía que pasarme. Estoy buscando a Anthony. Necesito que alguien se quede con Gisele mientras voy a hacer la comprobación. Cora trabaja esta noche.

- ¿Hemos venido por eso? –protestó Gis arrugando el ceño, y mostrándose algo desilusionada-. Puedo quedarme sola en casa perfectamente. ¡Ya ves, para un rato!

- Eso no entra en discusión –repuso su padre seriamente-.

Por la forma en que la miró, Gis supo que no valía la pena discutir. Alice se rió en voz baja, y miró a la chica.

- No sé si me reconoces...

- ¡Claro que sí! Tú arbitraste los duelos. Es imposible olvidarme de tu cara después de eso. El que ganó es amigo mío –presumió con una sonrisa-.

- Sí, Lupin –dijo Alice con un brillo en los ojos-. ¿No sabrás, por casualidad, si está interesado en entrar en la Academia de Aurores, verdad?

- No, no creo que lo esté –contestó Gis pensativa, recordando todos los comentarios que Remus había hecho sobre su futuro y su condición-. Pero el que quedó segundo, James, sí que tiene intención de entrar.

Alice, que parecía decepcionada con la primera noticia, volvió a sonreír ampliamente.

- Eso es una buena noticia –aseguró-. ¿Y tú...?

- ¿Y dónde está Anthony, Alice? –interrumpió Tomás bruscamente ante la dirección que estaba tomando la conversación-.

La mujer compuso una expresión de disculpa en el rostro, y Gisele frunció el ceño. No tenía ningún tipo de interés en entrar en la Academia de Aurores, pero odiaba que su padre continuara prohibiéndole todo. Ya era mayor de edad.

- Lo siento, Tomás –dijo Alice con una pequeña sonrisa-. Anthony hoy tenía que quedarse hasta tarde en la Academia porque tenía examen práctico.

El hombre puso una expresión de fastidio, que fue enseguida sustituida por una de desconcierto.

- ¿Qué hago con...? ¡Alice! ¿Te importaría quedarte con Gisele mientras voy a la casa de los Perkins? Sólo será el tiempo justo para llevarles provisiones y comprobar los hechizos defensivos. No tardaré.

Antes de que Alice pudiera contestar, Gis había pegado un salto, y miraba a su padre suplicante.

- ¡Déjame ir, por favor! ¡Quiero verlos, déjame ir!

- No es lugar para una niña, no insistas –la dijo su padre con seriedad-.

- ¡Una niña, dice! ¡Vamos, papá, sólo quiero saludarlos, no me moveré!

En ese momento el timbre volvió a sonar, y los tres dieron un respingo. Alice se disculpó y fue ella misma a hablar, dejándoles solos a padre e hija discutiendo.

- Gisele, tú no entiendes la seriedad de esto. Esa familia está amenazada de muerte, no es un juego.

Ella le fulminó con la mirada ante la mención de que no tomaba en serio la seguridad de esa familia. Eran los padres de su mejor amiga, lo que los hacía casi como sus segundos padres, y ella los quería. Sin embargo, la oposición de su padre no se debía a lo que ella creía. Tomás Mendes desconocía que su hija sabía que Rachel no estaba en el refugio con sus padres, y temía que fuera allí y se alarmara al no ver a su amiga. Tras una acalorada, pero breve discusión, tuvo que rendirse, y contárselo.

- Verás. No quiero que te alarmes porque todo está controlado. Pero en esa casa sólo están los señores Perkins. Rachel está completamente segura en otro lugar donde la ha llevado Dumbledore. No quiero que te alarmes porque no estará en la casa.

A Gis la llevó dos segundos cambiar su actitud confusa a otra más adecuada.

- ¡Ah... oh! –exclamó sin saber mucho que decir-. ¡Vaya! Bueno, el director la protegerá bien, supongo, ¿no?

Aunque estaba acostumbrado a sus reacciones inesperadas, su padre no pudo evitar mirarla perplejo por su poca aparente preocupación. Sin embargo, no pudo hacerle preguntas, pues en ese momento Alice volvió de la entrada, hablando con el recién llegado.

- ¿Vamos? Tengo que hacer unos recados navideños –le dijo el hombre a Tomás sonriendo ampliamente-.

Tomás asintió, y procedió a presentar a su hija.

- Gisele, este es Ethan Divon. Vendrá con nosotros a visitar a los Perkins. Gracias de igual modo, Alice.

La mujer les sonrió a todos y le guiñó un ojo a Gisele, celebrando que hubiera ganado la discusión. Gis la sonrió de vuelta, y luego saludó al hombre, que la dedicaba una sonrisa bonachona. Creía que no le conocía, pero la parecía haberle visto en algún lado. Se encogió mentalmente de hombros. Últimamente había tenido más contacto con la Orden del Fénix de lo que a sus padres les gustaría.

Unos minutos después, los tres se habían aparecido en un hermoso pueblo completamente nevado, y repleto de adornos navideños. Casi parecía el belén viviente de tanto ambiente festivo que se respiraba. Caminando entre los dos, y flanqueada por los dos hombres, Gisele llegó hasta una pequeña casa en el centro del pueblo. No llamaba la atención en absoluto, pues había unos pocos adornos en el exterior, pero nada extravagante. Estaba hecha para pasar desapercibida.

Los dos hombres sacaron sus varitas y comenzaron a agitarlas por el aire, mientras unos hilos de luz salían de ellas. Murmuraban en voz baja, y se iban separando el uno del otro, mientras cada uno cubría un trozo de la parte frontal de la casa. Después de dos o tres minutos, volvieron a las posiciones iniciales, y se dirigieron apresuradamente a la puerta. Su padre volvió a decir otra retahíla de hechizos, y abrió la puerta con normalidad.

Entraron en la casa, y de la puerta de enfrente, que resultó ser la cocina, salió un hombre de pelo castaño y expresión bondadosa. El padre de Rachel llevaba puesto un pequeño delantal, pero no sorprendió a nadie, dado que era un experto pastelero muggle. Su rostro se alivió cuando reconoció a los miembros de la Orden, y una amplia sonrisa lo surcó al visualizar a la más joven.

- ¡Gis, mi niña! –exclamó abriendo los brazos para darle un abrazo-.

La muchacha no lo dudó un instante. Ese hombre había sido siempre un segundo padre para ella. Le conocía desde los once años, y siempre la había tratado como a otra hija. Ella, debía reconocer con algo de vergüenza, que solía ser más cariñosa con él que con su propio padre.

- ¡No puedo creerlo, que gran sorpresa! No sabía que pensabas traerla, Tomás.

- Lo cierto es que no lo pensaba, Harold. Pero al oír vuestro nombre no pude convencerla ni bien ni mal.

El hombre se echó a reír, abrazando a la muchacha. Estaba encantado de que hubiera ido, pues podía dejar ir su ansiedad por no saber nada de su hija, abrazando a la que era su mejor amiga.

- ¿Han llegado ya? –preguntó una voz bajando corriendo por las escaleras-.

La madre de Rachel apareció un segundo después en la cocina, y su boca se abrió cuando vio a Gisele siendo sujetada por los hombros por su marido. Al instante corrió hacia ella y la abrazó, sollozando contra su cuello. Gis le palmeó torpemente la espalda, con el tacto extraño de esa ropa muggle que tan de continuo llevaba la madre de su amiga. La mujer se apartó sorbiendo por la nariz, y la miró con ojos llorosos. Gis sabía que lo estaba pasando realmente mal ante la incertidumbre de dónde estaría Rachel, por lo que quiso tranquilizarla. Apoyó su frente contra la de la mujer, y la susurró:

- Susan, Rachel está muy bien. Lo sé. Me carteo con ella continuamente y está perfectamente a salvo.

No podía contarla que estaba en Hogwarts, pues ellos le habrían exigido al director Dumbledore que la trajera de vuelta, y ni ella ni Rachel querían eso. Sin embargo, no podía permitir que ellos sufrieran en la ignorancia. Al menos que supiera que Rachel estaba segura y feliz.

La mujer sonrió levemente, y le acarició las mejillas con cariño. Después, como avergonzándose de su reacción, se echó hacia atrás sus rizos morenos, y miró a los dos miembros de la Orden con una sonrisa.

- ¿Por qué no se quedan un rato? Íbamos a cenar ahora –los invitó-.

- ¡Es cierto, quedaos! –exclamó el padre de Rachel, contento-. Tengo en el horno un brownie exquisito.

A Gis se le hizo la boca agua. Los postres del señor Perkins siempre eran deliciosos. Esa era otra de las ventajas de haber acompañado a su padre.

OO—OO

Severus Snape ni siquiera se molestó en pasar por su casa. De todas formas, allí solo lo esperaba un padre maltratador y una madre atemorizada hasta tal punto que ya no era capaz de hacer magia. Envió su baúl hacia allí, pero él marchó directo al Caldero Chorreante, donde había quedado con Lucius Malfoy.

Cuando entró en el oscuro local, localizó a su antiguo compañero medio escondido en una esquina de la barra, la más cercana a la puerta. Lucius se giró en cuanto Severus entró por la puerta, pese a que este no hizo apenas ruido, y no podía saber que era él. Aunque su expresión era impasible, al muchacho le temblaron las manos al ver la mirada del hombre. Sabía lo que tenía que hacer esa tarde, y estaba completamente dispuesto a ello, pero la idea de volver a tener enfrente al Señor de las Tinieblas lo inquietaba un poco. Sin embargo, no lo dio a ver, y esperó con fingida seguridad a que Lucius pagara su copa y llegara hacia él. Ni siquiera se iba a molestar en entrar, pues no iba a ser capaz de tomar nada, y ambos preferían llegar a la cita con tiempo.

Tras salir al Londres muggle, ambos se dirigieron a una bocacalle sin hablarse. Una vez lejos de la vista de los demás, Lucius tendió un brazo al muchacho de manera indiferente, y cuando Severus lo cogió, ambos desaparecieron del lugar. Aparecieron en una zona rocosa, que parecía ser una enorme montaña. A su alrededor sólo había árboles, y el muchacho escuchó el discurrir del agua, lo que significaba que cerca de allí había un riachuelo. Severus no se paró a mirar el paisaje, sino que por fin se atrevió a hablar.

- ¿Qué es lo que voy a hacer, Lucius?

Malfoy tardó varios segundos en contestar, y cuando lo hizo no se molestó en mirarlo, sino que avanzaba deprisa con la respiración algo agitada.

- ¿Has traído tus libros de pociones? –le preguntó como única respuesta-.

Snape elevó el fajo de apuntes y libros que llevaba bajo el brazo, y lo miró perplejo.

- ¿No me vas a explicar nada antes de estar ante su presencia? –le cuestionó incrédulamente-.

Habían llegado a la falda de la montaña, y se detuvieron frente a un camino. Severus pensó que lo iban a seguir, pero Lucius se dio la vuelta y quedó mirando la pared rocosa de la montaña. No dieron un paso más, sino que por primera vez, el hombre mayor lo miró.

- Severus, te va a pedir que realices una poción –el muchacho alzó las cejas interrogantemente ante esa respuesta-. Es una poción difícil, según tengo entendido. Escúchame: Es importante que no falles. Un fallo para el Señor Tenebroso puede ser lo último que hagas. Si no lo consigues es capaz de matarte, y también a mí por haberte propuesto a ti.

Severus asintió con la cabeza, aunque un pequeño nudo se formó en su garganta. Era experto en pociones, y hasta ese momento ninguna se le había resistido, pero ahora estaba la presión de que su vida dependía de su capacidad. Su instinto de supervivencia le urgía a realizar el trabajo perfectamente. Apenas se dio cuenta cuando Lucius elevó la muñeca izquierda, y la entrada de una cueva que no había visto anteriormente crecía delante de él, invitándolo a lo que parecía ser la entrada al infierno.

Recorrieron una amplia cámara subterránea, y llegaron hasta una estrecha puerta.

- Enseña la marca –le urgió Lucius mientras se recogía la manga de la túnica-.

Severus lo imitó, y al instante una luz dorada los envolvió a los dos. Si el muchacho se sobresaltó, no dio muestras exteriores de ello. Sintió un poco de escozor en la marca tenebrosa cuando esta se puso completamente roja al absorber la luz dorada, pero no bajó los ojos hasta ella. La puerta se abrió, y una figura con la máscara puesta los recibió al otro lado, enseñándoles la marca para reconocerse.

- Lucius, Rodolphus y Rabastan ya han llegado. Puedes esperar con ellos.

El hombre asintió con la cabeza, y guió al muchacho por un complicado laberinto hasta llegar a una pequeña cámara, que por el aspecto del techo, parecía estar bajo un lago.

- ¿Quién...?

- Wilkes –contestó Malfoy con indiferencia-. No es alguien a quien tener muy en cuenta. Tú, en cambio, si realizas bien esta misión, sí podrías pasar a formar parte de los favoritos del Señor.

Malfoy se calló el esceptismo que sentía ante eso. Más bien lo había dicho para envalentonar al muchacho, pues todos sabían que las adquisiciones más jóvenes de Voldemort sólo habían sido realizadas para presionar a padres inseguros, completar a familias enteras a las órdenes del Lord Oscuro o, en última instancia, utilizarlos como carnada en las batallas. Lord Voldemort conocía de primera mano la debilidad del otro bando, y no serían tan capaces de atacar a unos niños, por mucha marca tenebrosa que llevaran tatuada. La mayoría dudarían, y ahí entrarían los demás. Pero, desde luego, un niño como Severus Snape no podría llamar tanto la atención de su líder, pues aún no era ni la mitad de mago que ellos.

Tal y como dijo Wilkes, Rabastan y Rodolphus Lestrange ya esperaban para poder reunirse con su líder. Los dos hombres miraron nerviosamente al muchacho, como si la impresión que él causara los afectara a su propio futuro. Severus les recordó del día de su iniciación como los dos hombres que estaban junto a Lord Voldemort. Lucius se sentó junto a ellos fingiendo tranquilidad e impasibilidad, pero Severus fue incapaz, y se decidió a quedarse de pie en una esquina, espantando sus ganas de pasear nerviosamente.

No supo cuánto tiempo estuvo esperando hasta que la puerta de la cámara de al lado se abrió con un chasquido, revelando a los cuatro que ya podían pasar a su reunión. El rostro cetrino de Snape había perdido parte del poco color que tenía al oír ese ruido, y los tres mortífagos restantes se miraron un segundo antes de levantarse a la vez. Severus los siguió inmediatamente, poniendo una expresión hermética en su rostro.

Cuando lo tuvo delante, recordó la frialdad que recorrió su espalda la primera vez que lo vio. Instintivamente levantó los muros de oclumancia en su mente, pues tenía la sensación de que ese hombre era capaz de leerle la mente sin ningún tipo de esfuerzo. Voldemort sonrió de una forma algo terrorífica al muchacho, que pese a que se sentía más inseguro que nunca, no bajó la mirada.

- Severus Snape. Acércate. –dijo con una voz excesivamente suave-.

El muchacho no dudó en obedecer, y toda su valentía volvió a él cuando lo tuvo cara a cara. En ese momento sí supo cómo reaccionar por fin.

- ¿Sabes por qué estás aquí?

- Sí, señor. Tengo que hacer una poción. –respondió con más seguridad de la que sentía-.

- ¿Te crees capaz? –le preguntó de nuevo con algo de esceptismo-.

- Por supuesto. Decidme qué he de hacer, y lo tendréis en el menor tiempo posible.

No sabía si era porque estaba sorprendido o por qué otra razón, pero Voldemort quedó unos segundos sin habla. Después, comenzó a carcajearse con una risa fría y escalofriante.

- Me gusta tu estilo –dijo con aparente buen humor-.

Se puso en pie, y pasó junto a Snape sin volver a mirarlo.

- Tengo algo que mostrarte, muchacho –le dijo con un leve movimiento de cabeza-. Rabastan, vamos a enseñarle tu obra.

Los otros dos les siguieron, aunque no habían sido invitados. Por el camino, Voldemort comenzó a hablar despreocupadamente de una poción que Severus no conocía en absoluto: La Poción Rastreadora.

- Necesito encontrar unos objetos, Severus, y los necesito ya. Estos inútiles –añadió señalando desdeñosamente hacia atrás donde estaban los tres hombres-, los han intentado buscar, pero al parecer todo es más difícil de lo que parecía en un primer momento. La única opción que me queda es esta poción, y Lucius asegura que tú eres el mejor elaborador de pociones que conoce.

Snape se limitó a asentir con la cabeza, mientras cientos de preguntas se agolpaban en su cabeza. Sin embargo las detuvo antes de que llegaran a su boca, pues supo que no iban a ser respondidas. Si el Señor Tenebroso era como él creía, jamás pondría todos sus secretos en la misma persona.

- Rodolphus ha traído la receta de la poción –siguió hablando Voldemort mientras recorrían una especie de laberinto. Tendió su brazo hacia atrás sin girarse, y el hombre con el rostro duro e inexpresivo, le alcanzó un trozo de pergamino sucio y arrugado-. Supongo que no encontrarás ningún problema.

Severus repasó la lista que el líder le ofreció, y aunque en su mayoría eran ingredientes muy difíciles de encontrar, no creyó que fuera más complicada de realizar que otras pociones avanzadas que había hecho. Al llegar al final, la impresión al leer el último ingrediente le hizo detenerse. Perdió el poco color que le quedaba, intentando imaginarse cómo iba a conseguirlo.

- ¿Sangre de animales mágicos?

No pudo evitarlo, y la voz le tembló ligeramente. Cuando levantó su mirada a Voldemort, este estaba sonriendo macabramente.

- ¿Dónde la conseguiré? No es tan fácil hallar animales mágicos, y menos darlos caza.

La sonrisa de Voldemort se acentuó, y continuó andando. Tras un gesto apremiante de Lucius, Severus lo siguió.

- De eso ya se ha ocupado Rabastan. Tienes una buena colección para elegir.

En ese momento habían llegado a dos grandes puertas, y con un movimiento de varita, Voldemort la abrió de golpe. Esta se iluminó de pronto, y Severus tuvo la sensación de que podría vomitar en cualquier momento. Decenas de animales yacían medio ensangrentados en esa estancia. Había de todos los tipos, tamaños y niveles mágicos. La escena era realmente escalofriante. Un cosquilleo en el cuerpo le dijo que estaba siendo evaluado, y recompuso toda su expresión para parecer que no se había visto afectado por ello. Miró de reojo al responsable de la matanza, que lucía orgulloso con el mentón de su cara de roedor alzado.

- ¿Crees que tendrás suficiente?

Severus captó la ironía en la voz de su líder, pero el nudo en la garganta le impidió contestar en palabras, por lo que sólo asintió con la cabeza.

- Entonces continuemos con los demás ingredientes.

Estuvieron lo que parecieron ser horas recolectando todos los ingredientes necesarios, y Snape se escondió en su máscara de trabajo para evitar más de un escalofrío al recordar la cámara a la que tenía que volver más tarde. Curiosamente, el Señor de las Tinieblas no parecía tener prisa. Estaba demasiado ocupado asegurándose de no dejar ningún cabo suelto. Sin duda quería un trabajo perfecto, y ya le había asegurado que lo precisaba también rápido.

Efectivamente llevaban varias horas cuando por fin volvieron a la cámara inicial, y Voldemort tenía el ceño ligeramente fruncido, lo que parecía atemorizar a los demás mortífagos. Severus no sabía qué podía ir mal, pues hasta ese momento, el Lord Oscuro había parecido muy satisfecho con su actitud. Voldemort llamó a uno de los mortífagos que vigilaban la guarida, y el hombre se humilló enseguida, al parecer también temiendo una reprimenda.

- ¿No han llegado? –preguntó con voz fría-.

En ese momento Severus supo que la culpa de su enfado no había sido de él, sino de aquellos que estaban retrasados. Antes de que el mortífago pudiera responder, la puerta volvió a abrirse y por ella entraron dos personas. Severus reconoció a la mujer como a Bellatrix Lestrange, a la que conoció como Bellatrix Black el año que entró a Hogwarts, y que era el último de ella y el que después fuera su marido, cursaban en el colegio de magia. El hombre que la acompañaba no le sonaba de nada.

Bellatrix abrió la boca, seguramente para explicar su retraso, pero Voldemort la silenció alzando la varita y lanzándole un cruciatus. La mujer cayó al suelo con un grito de dolor, y el hombre que estaba tras ella, pasó por encima de su cuerpo para llegar justo enfrente de Lord Voldemort y arrodillarse. No dedicó ni un solo segundo a mirar a la mujer, que posteriormente se levantó mirando a su líder con una expresión de avidez, como si su único sueño fuera ser objeto de las torturas del hombre.

- Esto para que aprendas a llegar a la hora, Bellatrix –después se giró hacia el hombre, y con un movimiento de cabeza le ordenó que se levantara-. Confío que tú traigas un buen motivo, muchacho.

Hasta que lo interpeló de esa forma, Severus no cayó en que el hombre no debía tener más edad que Lucius Malfoy, quien lo miraba con un toque de asqueo.

- Señor, era necesario el tiempo que me he tomado. Os daré más noticias en privado.

Severus escuchó el jadeo de Bellatrix tras él, pues la mujer parecía creer que esa era tomarse demasiadas confianzas con el Lord. Sin embargo, este pareció conforme, pues asintió con la cabeza y dirigió la mirada a Severus.

- Te presento a Severus Snape –le dijo al hombre-. Será el encargado de elaborar la poción que precisamos. Severus, este es el hombre al que deberás enviar la poción una vez lista, y sólo a él.

El muchacho se limitó a asentir con la cabeza, mientras el hombre sólo le dedicó una pequeña mirada.

- Después de esto, ya no os necesito a los demás. Severus, confío en tener buenas noticias en los próximos días, por tu bien, y por el de Lucius. Ya podéis iros.

Todos menos el hombre recién llegado se pusieron en marcha, cuando Voldemort pareció recordar algo.

- Lucius...

Esperó a que los demás salieran por la puerta, para dirigirse al hombre.

- ¿Recuerdas lo que te comenté el otro día? Protégelo con tu vida.

A Severus le pareció ver que le pasaba un pequeño libro negro, que Lucius guardó inmediatamente en su capa. Estaba suficientemente cerca como para oír la conversación hecha susurros, pero fingió no oír nada mientras inspeccionaba el lugar con la mirada.

- Señor, ¿es cierto que abre...?

- Yo nunca miento, Lucius. Pero sólo lo utilizarás cuando yo te lo ordene. No sólo es un arma poderosa, sino un bien muy preciado por mí.

Severus no entendía nada. ¿Un hombre que no apreciaba el bienestar de sus siervos consideraba preciado un simple libro negro?

OO—OO

Al día siguiente, Londres bullía de excitación y compras al ser el día previo a nochebuena. Lily se despidió de su padre, cerró la puerta del coche, y avanzó los pocos pasos que la separaban del Caldero Chorreante. Dentro la esperaba Grace, apostada en una esquina del bar en compañía de un joven negro con una pinta algo macarra. Al verla, su amiga compuso una sonrisa, y Lily la miró interrogante. Grace miró un segundo a Kingsley, y después rió en voz baja.

- ¿Un nuevo ligue? –la preguntó la pelirroja al oído después de saludarles-.

- ¡Lo que me faltaba! –bufó la rubia rodando los ojos-. Lily este es Kingsley. Es un auror que el Ministerio ha encargado proteger a mi padre. Por lo visto todos piensan que no soy capaz de ir de compras sola.

- Lo cierto es que así aprovecho yo a comprar algunas cosas –dijo el joven con una amable sonrisa-.

Grace torció la boca, pero por su expresión, Lily supo que en el fondo la caía bien su "guardaespaldas". El mayor problema era que Grace no era una persona a la que fuera fácil mandar. En una rápida intervención, le insistió al hombre a que procediera a sus compras mientras ellas marchaban a la tienda de Madam Malkin, por lo que él se conformó con vigilar su seguridad desde lejos.

- Tienes mejor aspecto que ayer –la dijo Lily observándola apreciativamente-.

Grace la sonrió levemente, sin apenas mirarla. Mantuvo su mirada al frente, observando las tiendas que iban recorriendo poco a poco.

- Perdón por mi comportamiento ayer. No fue muy maduro la verdad, pero es que no me sentía con ganas de estar con todos...

- ¿Tiene que ver con lo que te pasó la otra noche y no quisiste hablarlo? –preguntó Lily alzando una ceja con suspicacia-.

Grace suspiró, y se rió en voz baja, sabiendo que no podía huir de aquello. Inspiró hondo para prepararse a contarla todo a su amiga, pues había callado mucho hasta ese momento.

- Lo cierto es que no quería estar cerca de Sirius –confesó-.

- ¿Ocurrió algo entre vosotros? –preguntó Lily temerosa de que la situación que había ocurrido hacia unos meses se repitiera-.

- Ocurrir no. Solo me quitaron la máscara de los ojos, y ahora me siento como una idiota. –se volvió a reír, al ver la cara de incomprensión de Lily-. Verás, primero tengo que contarte por qué terminó nuestra "relación" –la dijo entrecomillando con los dedos la última palabra-.

OO—OO

Era media tarde, y aparte de ver a su madre y a su elfina planeando la cena de nochebuena y a su abuela tomar el té mientras les miraba con el ceño fruncido por encima de sus gafas, James y Sirius no tenían nada que hacer. Tras vaguear, y de paso, desarreglar algo más el cuarto de James, habían pasado a la habitación de invitados, que ahora era exclusivamente el de Sirius. Este último había adquirido ese día una revista muggle en cuya portada había una chica desnuda, y le había insistido a James que poner los posters junto a las fotos de motos sería lo más normal del mundo, y que él mismo debería seguir su ejemplo. Por supuesto, su mejor amigo le había ignorado y había preferido jugar con su snitch mientras le miraba colocar los posters por toda la habitación.

Al ver de pasada uno de esos posters y mirar durante unos segundos los atributos de la chica, James subió la mirada a su cara, y el cabello rubio cobrizo que ella lucía, le recordó a algo que había querido preguntar a su amigo con anterioridad.

- ¡Oye Pad! ¿Tú no sabrás lo que le pasó a Grace la otra noche, no? Porque había quedado con Sadie y contigo, y vino a nuestra torre a preguntarnos si podía dormir allí. Parecía bastante afectada, la verdad.

Sirius se quedó estático nada más escuchar el nombre de la chica, y continuó de espaldas a su amigo, fingiendo indiferencia. Se encogió de hombros y respondió con voz monótona.

- Ni idea, Prongs. No recuerdo que pasara nada raro.

Se dio la vuelta con curiosidad al escuchar la risa de su amigo.

- Lo siento Sirius –le dijo James risueño-, pero es que ya no sé si es que mientes fatal o yo te conozco demasiado.

Sirius bufó rodando los ojos, y siguió colgando el poster, ignorándole. Sin embargo, James se aclaró ruidosamente la garganta, y sonrió genuinamente cuando su amigo le miró por encima del hombro. Palmeó un lado de la cama en la que él estaba recostado, y le habló con voz teatral.

- Cuéntaselo a papá James...

Esquivó a tiempo un cojín que su mejor amigo le tiró a la cara, y Sirius se rió agradecido de que hubiera quitado algo de dramatismo al asunto. Se dejó caer a su lado, y apoyó la cabeza tras sus brazos, cómodamente.

- Esto que quede entre tú y yo, James.

- Eso no hace falta decirlo –le regañó dándole un golpe en el brazo y acomodándose también-. Escúpelo.

- Haber... ¿te acuerdas por qué te dije que lo dejé con ella en su momento?

- Que se la fue la olla y empezó a decirte tus virtudes, ¿no? Lo cierto es que creo que ella estaba borracha ese día y tú te lo tomaste a la tremenda.

Sirius le fulminó con la mirada por su buen humor, y James se disculpó mordiéndose los labios para evitar reírse de nuevo.

- Si supieras lo que me dijo, no creerías que me lo tomé a la tremenda...

OO—OO

- ¡¿Qué le dijiste eso?! –exclamó Lily reprochándola a su amiga-. Grace, metiste el dedo en la llaga...

- Lo sé, pero ten en cuenta lo que acababa de ver –contestó Grace cerrando los ojos, pues ahora esas palabras que creían tan merecidas, sabía que eran puñales clavados justo donde más dolía-.

- Es cierto, te puso los cuernos. Pero podías haber confiado en mi, y yo le habría hechizado hasta convertirlo en una masa pringosa.

Grace dejó una túnica que había estado mirando para su madre, y miró por encima de su hombre para comprobar que Kingsley no se había acercado más.

- El problema, es que la otra noche me enteré de que, en realidad, no me los puso.

- ¿Qué quieres decir?

- Pues que a Mulciber debió parecerle una buena idea tomar la poción multijugos y convertirse en Sirius para ligar con Melissa Spellman...

- ¿Con Melissa Spellman? –preguntó Lily abriendo mucho los ojos, después agitó la cabeza, cayendo en algo más importante-. Espera... ¿poción multijugos? ¿Mulciber?

Grace asintió con la cabeza, y comenzó a admirar unas botas de piel de dragón. Aún no se decidía con el regalo de su madre.

- No me encaja –la dijo su amiga que estaba pensativa-.

- ¿Por qué no? Con su cara no iba a ligar nunca, asi que tiene lógica que quisiera utilizar la de otro más agraciado que él...

- Sí, pero ¿poción multijugos? ¿En quinto? Ni ahora sabría prepararla. Eso lo ha debido idear otra persona más inteligente. Mulciber ni siquiera tiene cerebro para idear el plan.

- ¿Crees que alguien más estaba metido en eso? Pero, ¿por qué?, ¿quién?

OO—OO

- Pues no lo sé Pad, pero a mi me suena raro que Mulciber haya podido preparar la poción multijugos él solito –respondió James arrogando el entrecejo-.

- Quizá se la robó a Slughorn –repuso Sirius encogiéndose de hombros-. ¿Para qué iban a ayudarle a prepararla? Solo él sacó beneficio de eso.

- Ni idea...

James miró alrededor pensativo. Algo de todo eso no encajaba, pero no sabía qué podía ser.

- ¿Alguien más sabía lo vuestro? –preguntó intentando encontrar a posibles cómplices-.

- La elfina de Grace, pero no la imagino ayudando a Mulciber –respondió Sirius con una risa divertida-.

- Ya... Menudo jaleo tío. ¿Qué vas a hacer ahora con ella?

OO—OO

- No lo sé, Lily, ese es el problema. Lo suyo tiene excusa, pero lo que hice yo no la tiene. Dije cosas muy hirientes, que ni siquiera pensaba... –murmuró disgustada-.

Lily la quitó la túnica que llevaba en la mano, y la obligó a mirarla a los ojos.

- Esto no cambia las cosas, ¿no? Quiero decir, que ya hemos hablado de esto. Sabes que Sirius está con Kate y...

- ¡Lily no me voy a volver a colgar por él! –exclamó la rubia algo más alto de lo que era su intención. Se llevó una mano a la boca, y miró alrededor. Frunció el ceño molesta al ver a su guardaespaldas fingiendo observar la calle, mientras escondía una risa-.

- ¿Segura? –la preguntó Lily captando de nuevo su atención-.

OO—OO

- Prongs, se te ocurren unas gilipolleces... Ya te lo he dicho. Yo estoy con Kate ahora, y esto no cambia nada. Solo que, bueno, ahora entiendo algunas cosas. Puedo comprender que dijo lo que dijo por despecho, e intentar no tenerlo en cuenta a partir de ahora... No sé, quizá podamos ser amigos.

James puso una cara de esceptismo, que provocó que su amigo rodara los ojos.

- No es tan difícil –le espetó-. Tú mismo aseguraste en su momento que podáis ser amigo de la loca de Ravenclaw.

- Primero: Yo nunca he estado enamorado de Jane. Segundo: Esa posibilidad dejé de contemplarla desde que acabó de enloquecer. Y tercero: estamos hablando de ti. ¿No te ha hecho pensar cosas raras, no? Porque entre lo que pasó hace un tiempo, y ahora esto, quizá te ha hecho ponerte a pensar en qué habría pasado...

- El hubiera no existe –le interrumpió Sirius con seriedad-. Quizá si hubiera sido antes, podría haberme influido. Pero ahora está Kate y yo jamás la haría eso.

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- Sé que no harías nada que lastimara a Kate, Grace, pero tengo miedo de que hagas algo que te lastime a ti misma.

- ¿Cómo qué? –preguntó Grace colocándose en la cola de pago. Por fin había encontrado el regalo perfecto para su madre-.

- Como querer hacerte la fuerte, e involucrarte más. Te conozco, y sé que también lo has pensado. Que si te le vuelves a acercar sin el prejuicio que tenías, que vuelvas a caer en los mismos sentimientos.

Grace se mordió el labio y miró alrededor, intentando no encontrarse con la verde mirada de su mejor amiga.

- Ese sería problema mío, ¿no crees? Al fin y al cabo fui yo la que lo estropeó.

- No. Tú no tienes la culpa. Viste algo que no daba lugar a dudas. Yo tampoco perdonaría a James después de ver algo así –le intentó reconfortar con un apretón en el hombro-.

Grace sonrió y la devolvió el abrazo pasando su mano por su cintura.

- Me ayudarás a no caer, ¿no? Voy a necesitar de mucha ayuda. Quiera o no, no soy de piedra, y lo ocurrió hace poco no deja de rondarme la cabeza.

- Ahí cometiste el primer error. ¿Por qué siempre haces las cosas sin pensarlas? –la preguntó intentando bromear-.

La chica se encogió de hombros con una leve sonrisa mientras negaba con la cabeza.

- No tengo remedio...

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- Desde luego que no lo tienes, Padfood –rió James dándole una suave colleja-. Tú solito te has metido en una novela rosa. Pero como soy un buen amigo, te voy a ayudar. Ya me encargaré de controlarte antes de que la cagues. Pero quiero buen rollo, ¿eh?

- Que sí –le respondió con un codazo en el estómago-. Si quiero llevarme bien con ella, pero que no malinterprete las cosas. Es decir, no quiero mucho acercamiento, pero que la quede claro que no la guardo rencor. Y claro, que Kate no noté mucho cambio porque no es tonta y podría empezar a pensar mal. –se quedó pensando en todo y se llevó las manos a la cara -con desesperación-. ¡Merlín, yo no voy a saber hacer todo eso!

James dejó de reírse, y le palmeó con fuerza la espalda para animarle.

- Ya verás que sí, Padfood. Solo es necesario un poco de paciencia y de tacto.

- ¡Pero si yo no tengo de eso! –exclamó con evidencia-.

- ¡Pero yo te ayudaré!

Sirius levantó la mirada y evaluó a su amigo por un momento. Después compuso una triste sonrisa ladeada, y negó con la cabeza.

- Estoy jodido...

- ¡Vale, le pediremos ayuda a Remus! Él si sabrá qué hacer, y por una vez no tiene motivos para echarte la culpa a ti, lo que le animará.

Sirius respiró un poco más tranquilo. Con la ayuda de Remus puede que no todo saliera mal. Ya estaba tranquilo y relajado cuando recibió otra colleja de su hermano del alma. Le miró molesto, dispuesto a devolverle el golpe, cuando James se encogió de hombros sonriendo.

- Eso va por ir a atacar a Slytherins sin avisarme.

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La nochebuena se celebra de distinta forma en cada país, y ¡qué decir en cada casa!. En la de Sadie y Jeff no había nada que celebrar. Habían cenado muy temprano, y las sobras de una cena muy normalita descansaban en la mesa, mientras los dos mellizos observaban ese aparato tan extraño que el tío de James tenía en el salón. No era muy grande, y había pequeñas personas dentro, que cambiaban según el botón que pulsaras, y hacían una u otra cosa. Habían oído hablar de un experimento muggle que hacía algo así, pero nunca habían tenido uno cerca. Jeff le miraba ensimismado, mientras que Sadie, siempre más apática, pasaba su mirada del aparato a su madre, que hacían dos horas que no se había movido de la ventana, y observaba el cielo.

Quizás esperaba noticias de su padre y su tío, o quizás simplemente les echaba de menos. Si hubiera vencido a su orgullo, se habría levantado y le habría dado un abrazo, pues sabía que lo necesitaba de verdad. Conocía el carácter de su madre, y sabía que era perfectamente capaz de soportar el peso que había caído sobre ella, pero, al igual que Jeff, de vez en cuando necesitaba apoyar la cabeza unos segundos sobre un hombro familiar, antes de tomar impulso de nuevo para seguir pisando fuerte por la vida. Sin embargo, una vez más, su otra parte habló por sí misma, y Sadie se quedó en el sofá, sentada junto a su hermano, y limitándose a mirar de reojo a su madre. Ese tampoco sería el día en que se abriese a su madre y la dejara entrar a su corazón.

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En el caso de Nicole, la noche acabó mucho mejor que como había empezado. Mientras observaba atentamente cómo el marido de su tía sacaba la cabeza del horno, y se pasaba el dorso de la mano por la frente para apartar su moreno cabello sudoroso, se acordó de su madre. Había llegado por fin esa misma tarde a casa, tambaleándose y en compañía de un intento de hombre con muchas pinturas por el cuerpo y multitud de pendientes en la cara. Al menos en esa ocasión había tenido la decencia de sentirse avergonzada cuando su hija salió de su cuarto, y observó toda la escena. La miró a ella, y luego torpemente al calendario que colgaba balanceándose de la pared, que se había quedado en el mes de octubre.

- No sabía que ya venías –la dijo intentando enfocarla con la mirada-.

Nicole sonrió tristemente, y se apoyó contra el marco de la puerta.

- Llegué hace dos días. Ya no contaba con verte.

- ¿Qué día es hoy? –preguntó la mujer agarrándose la cabeza, seguramente debido al dolor que producía la resaca-.

- Veinticuatro de diciembre. –notó la mirada asombrada de su madre al darse cuenta de la fecha especial, y también percibió cómo se volvía hacia la cocina con expresión culpable. Evidentemente, Nicole a esas alturas ya no contaba con una cena navideña. Al fin y al cabo, ¿cuándo la había tenido?. Bufó al ver que el alcohol la imposibilitaba enlazar ideas-. No te preocupes por mi. Ya he quedado con la tía para cenar, así que tú puedes hacer lo que quieras.

- Claro. Con la perfecta tía, que saca las soluciones de un palito de madera, y la pagan por ir volando con una escoba –escupió la mujer con amargura-.

Nicole ignoró completamente esa amargura a la que ya se había acostumbrado. Si algo había conseguido que su madre se asqueara más de ella, era el hecho de que ella sí hubiera heredado sus dones mágicos. Al principio dolía, pero hacía años que aquello no importaba. Sabía que había dos Nicole distintas: la niña que aún no comprendía su situación familiar, y la adolescente loca, despreocupada e inmadura que era en el colegio y con su tía. Al fin y al cabo, la otra Nicole era la que más vivía en su cuerpo, así que cuando estaba con su madre, simplemente ignoraba todo hasta que pudiera ser la Nicole que mejor la caía.

No salió de su cuarto hasta que llegó el momento de ir a casa de su tía, donde se encontraba ahora viendo cocinar al marido de esta. Afortunadamente Raúl era muy buen cocinero, porque su tía Hellena era una negada, y no digamos ella. Además, verle moverse con esa camiseta pegada al torso, era un verdadero regalo para los ojos. Él la sonrió cuando percibió su mirada, y Nicole se la devolvió encantada.

- ¿Tienes hambre? –la preguntó sacando un puding del horno-.

- Y tanto... –respondió observando con avidez la comida que tan bien preparaba. ¿Es que ese hombre lo hacía todo bien?

Escuchó una risa desde la puerta, y vio a su tía recostada despreocupadamente, con ropa deportiva y su cabello color claro recogido en un moño desarreglado. Hasta así estaba guapa. Se acercó a su marido, e hizo lo que Nicole llevaba toda la tarde deseando: pellizcarle el trasero. Ambas se echaron a reír al ver que había conseguido sorprenderle. Como regalo, su tía se llevó un suave beso, que Nicole supo que no habían profundizado por su presencia. Después, se sentó delante de ella y tía y sobrina se sonrieron con confianza. Sí. Definitivamente, su nochebuena acabó mucho mejor de cómo había empezado.

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El ambiente en casa de Peter no era igual. Solos su madre y él, reinaba el silencio la mayor parte del tiempo. Con escrupulosa puntualidad inglesa, su madre había servido la cena a las seis y media, y él, sin intención de discutir con ella, había acudido a la primera. Notaba su mirada en todo momento, pero hasta que no estuvieron en el segundo plato, no se atrevió a hablar.

- No me has contado que tal por aquí, mamá.

La mujer por fin sonrió un poco.

- Todo igual. He tenido que realizar unas cuantas transacciones, pero ya ves que la casa sigue igual.

Él y su madre vivían de los viejas posesiones de su padre, un hombre antiguamente rico, que había sido venido a menos. Su madre no era una mujer capaz para trabajar, pero si vivían sin lujos, el dinero aún les podía durar años. Él no tenía grandes caprichos ni tampoco su madre, por lo que era fácil. Cuando su madre le miraba de esa forma, podía comprenderse a sí mismo el cariño que la tenía. Sin embargo, la duda siempre venía cuando la mirada volvía a estar evaluativa como en ese momento. Le miraba con atención, le observaba, Peter tenía la sensación de que le juzgaba. Su propia madre.

- Y dime, a parte de esos amigos que tienes, ¿hay alguna chica en tu vida, o ellos no permiten que dejes de ser su perrito faldero ni un momento?

Su tono de voz volvió a ser duro, como siempre que James y Sirius entraban en la conversación. Peter tuvo ganas de reírse de la ironía. ¿Chicas en su vida? Pues lo cierto es que había varias: Estaba Kate, que era la novia de Sirius, y siempre era amable y dulce. Estaba Lily, que era la novia de James, que siempre le sonreía con cariño, y era excepcionalmente inteligente. Estaba Rachel, que era la novia de Remus, de la que siempre había tenido un buen concepto, pero de la que se había distanciado mucho últimamente. También estaba Gisele, que de todas ellas era, probablemente, la mejor amiga que pudiera tener. Ella le valoraba y tenía en cuenta más que ninguna, no porque fuera el amigo de alguno de los chicos, sino porque era él, y le tenía cariño por sí mismo, lo que era un logro. También estaba Grace, claro. Le gustaba esa chica, pero principalmente, lo que le atraía de ella era todo su alrededor. Por supuesto él no se percataba de eso, y creía que simplemente sentía algo especial por ella, sin atreverse a pensar por qué iba a sentir nada por alguien con quien apenas hablaba. Lo que en verdad le atraía de Grace era que era el tipo de chica que jamás se fijaría en alguien como él, pues vivía rodeada de otros que eran más vistosos. A alguien con las inseguridades de Peter, le atraía la gente que brillaba, y alimentaba sus propias inseguridades fijando su atención en ellas, para así compadecerse más de sí mismo. Luego, por supuesto, también estaban Sadie y Mary. En Sadie no quería ni pensar, pues era compañía impuesta, y apenas había intercambiado unas palabras con ella en todos esos meses. Y Mary era lo mejor que tenía, pues aun siendo tan distinta como una Slytherin, le valoraba a él por encima de cualquiera de sus tres amigos, y eso era nuevo.

Por eso, cuando le tocó responder, se rió irónicamente, y dijo:

- No, mamá. No hay ninguna.

- Así que sigues viviendo la vida de tus amigos en vez de la tuya, ¿eh?

Y dejándole de nuevo otra cosa en que pensar, se levantó de la mesa, y fue a servir el postre.

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La noche de Remus empezó en el pasillo, sentado en el suelo, y aguantándose las ganas de llorar. No habían llegado ni a hacer la cena, cuando su padre salió lo más apresuradamente que pudo al baño. Media hora después salió asegurando estar perfectamente, pero Remus se dio cuenta de cómo le temblaban las piernas, o de lo rojos que tenía los ojos.

Finalmente hizo que su padre se sentara en el sofá mientras él preparaba algo ligero. El estómago del hombre no parecía capaz de aguantar una copiosa cena, y sinceramente, el suyo tampoco en ese momento. Mientras cenaba, le veía hacer el esfuerzo de poner una buena cara en todo momento, y sonreírle.

- Campeón de duelo, ¿no? –le dijo en un momento dado con el orgullo brillando en sus ojos marrones-.

Remus sonrió algo más contento de poder darle a su padre una excusa para pensar en otra cosa que no fuera la falta de su madre.

- He tenido buenos profesores, y los duelos que me tocaron me salieron bien –dijo humildemente-.

- No seas modesto, Remus. Siempre lo has tenido todo más difícil que el resto, y aquí estás ahora. No solo tienes una vida tan normal como la de los demás, sino que encima destacas en varios campos. Y esto no es gracias a los profesores. Eres tú. Siempre has sido inteligente, pero lo que te caracteriza es el tesón, el orgullo y la valentía para no rendirte ante las dificultades. Sé que tu licantropía es culpa mía...

- Papá...

Earnest levantó una mano para interrumpirle y asintió apesadumbrado.

- Es culpa mía, hijo. Si yo no hubiera ofendido a ese... –Remus le vio inspirar hondo y echarse atrás en la silla-. Bueno, otro mérito tuyo es que nunca me has culpado. Siempre has sido un buen hijo, y jamás me has echado en cara tu problema. Lo has afrontado con valentía, y le has plantado cara a la vida. Ni en mis mejores sueños podría haber imaginado un hijo mejor que tú. No tienes idea de lo orgulloso que estoy de ti. Y tu madre también.

Y por segunda vez en la noche, Remus tuvo que aguantarse las ganas de llorar, pues nunca había echado más de menos a su madre como entonces.

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Las fiestas navideñas son fantásticas cuando se pasan en familia, sobretodo cuando hay un niño pequeño en la casa. Por eso Kate las disfrutaba especialmente. Hacía años que prácticamente esas fiestas las hacían casi exclusivamente para Denise. Su padre insistió desde que ella era pequeña en usar las tradiciones muggles, y así continuaban hasta entonces.

Estaban terminando de cenar, cuando Denise se levantó corriendo de su silla, impaciente por prepararlo todo. Ni siquiera la dejó disfrutar especialmente la tarta de melaza de su abuela, pero a ella no la importó realmente. La hizo salir a la calle, pese a las bajas temperaturas, a colarse en el granero del vecino para coger un poco de paja. Los años habían conseguido que su madre dejara de quejarse por como dejaban el salón, pero ahora que ya era mayor, Kate se daba cuenta del estropicio que formaban. Desde la cocina, podía ver la divertida sonrisa de su padre y la cara de resignación de su madre, pero ella se reía, contagiada por las carcajadas de su hermana pequeña, y seguía colocando todo para la llegada de Santa Claus.

Denise ya había sacado las zanahorias y la botella de jerez para colocarlas, y se quedó observando con el ceño fruncido su obra. Constantemente se agachaba y lo cambiaba todo de lugar, para luego volver a colocarlo de la misma forma. Kate se rió, viendo que no quedaba conforme con nada.

- ¿No crees que falta algo? –la dijo para darla una pista-.

Denise la fulminó con la mirada, sabiendo que ella había caído en ello, y aún así no se lo decía. Kate no pudo evitar volver a reírse. Eran muy parecidas, pero también muy distintas. Denise no tenía ni una pizca de paciencia. Eso sí, también era más risueña, y eso se reflejó cuando vio aparecer a su padre con una bandeja de pastelitos navideños, y sonrió ampliamente.

- ¿Esperabas que Santa Claus fuera a aguantar todo el camino solo con una copita de jerez, mientras que los renos tienen paja y zanahorias?

- Ya sabía que hacía falta dulce, es que no caía –dijo la niña muy resuelta, mientras cogía los pastelitos con las dos manos. Colocó el de la mano derecha en un platito al lado de la chimenea, y el de la mano izquierda se lo metió en la boca-.

- ¡Ey, para ahí! Ya tomaste un postre, así que deja ese pastel donde estaba –dijo su madre severamente-. ¡Charles, quítaselo!

Su padre ignoró la petición, y le tendió otro pastel a Denise, guiñándola un ojo. Su madre bufó y se marchó hacia la cocina, mientras Kate la miraba comprensivamente.

- Papá, hoy duermes en el sofá –le avisó-.

Su padre la sonrió genuinamente, de la misma forma que lo hacía Denise, y agitó la cabeza.

- Ya verás como no.

Kate no insistió. Sabía que su padre tenía razón. Sería el único muggle en esa casa, pero con su mujer, sabía exactamente qué tipo de magia usar. Y es que, pensó mientras Denise la arrastraba hacia su cuarto para seguir con la fiesta de hermanas en privado, no todo consistía en mover la varita y decir cuatro palabras.

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Gis había estado aterrorizada. Su madre finalmente no había sucumbido a la tentación de invitar a los Bones a cenar, lo que les alegró tanto a ella como a su padre. Sin embargo, lo había organizado todo mejor de lo que creían. Esa tarde había ido a una reunión informal a aquella casa, y habían pasado varias horas tomando el té con los padres y hermanos de Anthony, y con él mismo por supuesto. Vio a su padre hablar con tranquilidad con Edgar Bones, e incluso con Anthony, y comprendió que las dos madres se llevaban bien. Sin embargo, ella no pudo estar mucho tiempo a solas con su novio, y sí aguantando a los hermanos pequeños de él. El único con edad suficiente para ir a Hogwarts, era un diablillo que estaba en segundo curso, que conseguía hacer buenos a James y Sirius. Los otros dos aún eran pequeños, pero no por eso más tranquilos. Y los tres parecían haber sentido la misma necesidad de darla la lata a ella, que no tenía paciencia, ni la gustaban mucho los niños.

Sin embargo, lo más aterrador de la tarde había sido cuando las dos mujeres, impulsadas por el afecto que habían sentido la una por la otra, empezaron a bromear sobre ellos.

- La próxima vez que nos reunamos, espero que sea para celebrar algo –había dicho su madre risueñamente-.

- Como un compromiso, por ejemplo –secundó la señora Bones entre risas-.

A Gisele eso la dio retortijones de estómago. Buscó la mirada de su padre, quien parecía haberse congelado en el sitio, y miraba a su madre como si fuese un gato recién atropellado. Supo que al menos contaba con un aliado en ese lugar de locos. El padre de Anthony reía entre dientes, mientras negaba con la cabeza. Se llevó la taza a los labios, y escondió así su expresión. Pero lo peor fue oír la risa de Anthony. ¿Lo consideraba gracioso? Iba a tener que hablar muy seriamente con él.

- ¡Deja de ser tan exagerada! –la dijo más tarde, cuando estuvieron solos con la excusa de limpiar los platos-. Solo hay que tenerlas contentas por un rato y ya está. Con lo que tú eres, ¿crees que alguien puede obligarte a hacer lo que no quieras?

De momento se había conformado con esa respuesta, porque, aceptémoslo, tenía razón. Sin embargo, el hecho de que para él no fuera tan preocupante para ella, era algo que le provocaba dolor de estómago.

Sin embargo, pudo dejar de lado eso en cuanto vio la copiosa cena que su madre había preparado para esa noche. En ese momento, sus pensamientos estaban completamente alejados de ese acontecimiento, y se limitaba a comer y conversar alegremente con sus padres. Incluso su padre había recuperado el buen humor que hacía meses que nadie le veía. Y es que las fiestas navideñas, podían también ser motivo para dejar las cosas un poco aparcadas. Al menos de momento.

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Las cosas en casa de Lily, no fueron como ella había esperado. Hasta entonces había recibido de su hermana el trato habitual, es decir, el mismo que disfrutaba la pared. Si Petunia se dio cuenta de que su hermana pequeña había llegado a casa, no dio muestras de ello. Incluso parecía ver a través de ella. Claro que eso cambió esa misma noche.

Lily estaba encantada con la cena, con sus padres, y con la carta que había recibido poco antes de cenar. Sonreía constantemente, y seguía los chistes de su padre. Cada vez que la conversación giraba en torno a algo de Lily, Petunia se volvía sorda, y solo sabía cambiar en cuanto podía la conversación a algo relacionado con ella o Vernon.

- Es increíble, mamá, que para lo joven que es, le tengan tan bien considerado en esa empresa –presumió Petunia con orgullo-.

- Eso es porque es un chico muy trabajador –la respondió su madre afectuosamente, mientras procuraba que su hija mayor no viera la expresión de su marido-.

Este, por otro lado, se limpió el mentón con la servilleta, y se giró hacia Lily que le miraba divertida.

- Y dime, cielo, ¿ya es fijo que en cuanto acabes en Hogwarts te tendremos estudiando para sanadora?

Lily sonrió, e iba a contestar entusiasmada, cuando su hermana pareció escoger el momento para dejar de ignorarla.

- ¿Qué? ¿Va a seguir estudiando? ¿Vais a seguir gastando dinero en esa tontería?

Lily la miró frunciendo el ceño, como siempre que Petunia insinuaba que la magia era una tontería que solo servía para vaguear y perder el tiempo. Sus padres se habían puesto muy serios, y miraban a su hermana reprobatoriamente.

- Petunia, si tu hermana quiere seguir estudiando, lo hará. Y sabes que tú también tienes esa opción –dijo su madre intentando sonar suave, pero con una nota de acero en la voz-.

Lily había sabido que su hermana no había querido continuar sus estudios más allá del instituto, y se encontraba trabajando en una tienda de ropa, pero no había sabido por qué de la decisión de Petunia de hacerlo.

- Hay cosas más importantes en qué gastar el dinero –exclamó Petunia con enfado-.

- ¿Cómo en qué? –preguntó Lily ya harta-. ¿Cómo en collares para ti?

- ¡No! ¡Como en la enfermedad de mamá, monstruo!

- ¡Petunia!

Lily se quedó estática, y sintió el color irse de su cara. La expresión de su hermana era de puro odio, la de su padre de profundo enfado, y la de madre de dolor. ¿Enfermedad? ¿Cómo...?

- ¿Qué...?

- Si no fueras tan egoísta, y te preocuparas más de lo que ocurre con tu familia y no contigo misma y tu grupo de tarados, sabrías que mamá tiene cáncer, y están gastando su dinero en tu escuela de anormales, en vez de en lo que deben.

- Ya basta –dijo su madre fríamente. No levantó la voz, pero no hizo falta. Las dos muchachas salieron de la burbuja donde habían estado metidas, y se fijaron en ella-. No voy a consentir esto. Petunia, tu hermana no sabe nada porque yo misma me he encargado de que no lo supiera. De hecho, por si la memoria te falla, te recuerdo que te pedí expresamente que no mencionaras nada hasta el final de las vacaciones, porque no era necesario amargárselas con cosas así. Y en cuanto al tratamiento, ya le estoy llevando a cabo, e insisto en que hay dinero de sobra para todo. Si tú has dejado tus estudios, es porque lo has querido. Si tu hermana quiere estudiar, lo hará. Hay dinero para ello, y si no lo habría nos encargaríamos de sacarlo de debajo de las piedras.

Lily miró a su madre con ojos vidriosos. Tenía ganas de echarse a llorar, porque ella esperaba que todo fuera una mala broma de Petunia, y que su madre lo negara. Pero era cierto. Su madre tenía cáncer. Es cierto que la había notado cambiada, más pálida y delgada, pero con el buen humor que irradiaban tanto ella como su padre, ¿cómo podía sospechar que algo no iba bien?

Estuvieron en silencio el resto de la cena, y en cuanto pudo, Lily se escabulló hacia su cuarto. Tenía ganas de estar sola, de soltar toda su frustración, y de llorar. Cuando se hubo descargado, miró a su lechuza, y supo que necesitaba un hombro en el que llorar. Por eso sacó un pergamino, y con la mano temblorosa escribió lo que parecía ser una carta de auxilio.

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En la mansión Potter el ambiente era completamente opuesto. James y Sirius estaban de un humor excelente, y contagiaban con ello al resto de la familia. Incluso la abuela Elladora sonreía un poco ante las bromas de ese dúo. Parecía que Charlus y Adam habían decidido enterrar de momento su hacha de guerra, y Dorea estaba relajada, y feliz de tener a sus niños con ella.

- ¿Contaste a tus padres lo del duelo, James? –preguntó Adam con una gran sonrisa-.

- ¿Qué duelo? –preguntó Dorea pensando que su hijo ya se había vuelto a meter en problemas-.

- Un concurso de duelo que organizó la escuela, cuñada. James quedó en un muy buen lugar.

- ¡Casi gané! –exclamó James jactándose-.

- ¡Más bien fue un segundón! –aclaró Sirius entre risas, haciendo que James le tirara una patata-.

- Pero fue segundo de entre todos los alumnos del último curso –añadió Adam orgulloso-.

- ¿Y quién ganó?

- Remus.

- Ya me habéis contado lo bien que se le da la Defensa Contra las Artes Oscuras –dijo Dorea cariñosamente-.

Adam alzó las cejas hacia su sobrino, y este asintió, confirmándole el hecho. El hombre sonrió victoriosamente. Ya que tenía que presentar a varios adolescentes deseosos de unirse a la Orden, le alegraba saber que eran buenos duelistas. Tampoco le hacía gracia la idea de presentar a niños inocentes a una muerte segura.

- ¿Y tú en qué puesto quedaste, Sirius? –preguntó Charlus para picarle-.

El muchacho frunció un poco el ceño mientras James se reía a carcajadas.

- No pasó ni a semifinales.

- Sí, el adorado de Lily me venció –respondió intentando fastidiarle nombrando a Mark-.

- ¿Quién...?

- Uno que estuvo saliendo con Lily antes que yo –aclaró James tranquilamente, y le sonrió ampliamente a su mejor amigo-. Pero ella me prefirió a mi.

- La hechizaste para que estuviera tan ciega como tú, Prongs.

- Mi Lily no está ciega. Ella lo ve todo muy bien. Y también lucha mejor que tú, que ella sí pasó a las semifinales.

Las carcajadas de James retumbaron por toda la casa cuando Sirius frunció aún más el ceño. Charlus y Adam le secundaron, pero se ganaron una mala mirada de Elladora, y Dorea optó por darle un sonoro beso en la mejilla a su segundo hijo.

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Grace agradecía que la noche ya hubiera acabado. Era la primera que disfrutaba de las fiestas, pero esos días no estaba de humor para soportar a toda su familia a la vez, y cuando el primo de su padre, ya bastante pasado de copas, se subió a la mesa, aprovechó a huir a su cuarto. Afortunadamente Allie, su elfina particular, la había ayudado a pasar desapercibida, y en ese momento, estaba en su cuarto, esperando que esta llegara con un chocolate caliente antes de meterse en la cama.

Cuando la puerta se abrió despacio, creyó que era Allie, quien no se había aparecido para no asustarla, pero la sorprendió ver aparecer a su madre. La mujer cerró la puerta con cuidado, ahogando el murmullo de voces que subía por la escalera, y la sonrió cálidamente.

- ¿No estabas animada para la fiesta, no? –adivinó sentándose en su cama-.

Grace sonrió levemente, intentando justificarse.

- Lo siento mamá.

- Tranquila cielo. Llevas unos días algo extraña, pero estoy segura de que cuando quieras hablar de ello, vendrás tú sola.

Lo bueno que tenía su madre es que no la agobiaba. Si Grace se decidía a hablar con ella de algo, la escuchaba atentamente, pero en caso contrario nunca insistía en meterse en su vida. Aunque la hubiera gustado contar con la opinión de alguien tan maduro como su madre, no quiso contarla nada esa vez. Ella no sabía absolutamente nada, y aunque la daba la sensación de que no se extrañaría mucho de que en su momento hubiera tenido algo con Sirius, el resto no estaba segura de que la gustara oírlo. Hacía tiempo que solo la contaba cosas puntuales de su vida, porque sabía que a Cassandra no la gustaría saber que su hija había "vivido" en sus diecisiete años, más de lo que ella se pensaba.

- Yo venía por otro asunto –continuó su madre sacando de su túnica un pequeño paquete envuelto en papel dorado-.

- ¿No es un poco pronto para regalos? –preguntó con una pequeña sonrisa, mientras cogía el paquete y lo ponía en su regazo-.

- No lo consideres un regalo de Navidad. Los demás vendrán mañana. Esto es distinto.

Su madre la sonrió tiernamente, y alargó la mano para colocar uno de los mechones cobrizos detrás de su oreja.

- Te has hecho muy mayor, y yo casi no me he dado cuenta –la dio pensativamente. Después suspiró, y miró el paquete que su hija tenía en el regazo-. Ábrelo. Es algo con historia, como una reliquia familiar.

Grace la miró extrañada por un momento, pero se deshizo del papel con premura. Dentro había una pequeña caja alargada, y la abrió rasgando un poco la tapa. Lo que encontró dentro la pareció una de las cosas más bonitas que había visto nunca. Era un colgante, hecho de oro antiguo, pequeño y con una delicada cadena. En el extremo, había una especie de medallón algo grueso con la topa decorada con pequeñas flores bien pulidas, y unas finas líneas trazadas en el centro. Se tuvo que fijar bien para distinguir una "b" y una "s" entrelazadas entre sí. Estaba sin aliento.

- ¡Que medallón tan bonito! –no sabía qué más decir-.

Levantó la mirada del colgante para fijarla en su madre, que sonreía orgullosa.

- Sí que lo es. Un medallón, o más bien un guardapelo, precioso. Y muy antiguo. Tu abuela me lo dio cuando me casé con tu padre, y pasé a formar parte de la familia. Es tradición que las mujeres de las futuras generaciones lo adquieran, y ahora yo te lo doy a ti.

- ¿Qué diferencia hay entre un medallón y un guardapelo? –preguntó Grace sin estar muy segura-.

Su madre sonrió, y se acomodó mejor en su cama para explicarse.

- Verás cariño, el medallón contiene en su interior, fotografías, y el guardapelo sirve para guardar mechones de cabellos. Hoy en día prácticamente están en desuso, pero en la antigüedad se usaban mucho, y muy significativamente en épocas de guerra, donde las esposas colocaban en sus colgantes los mechones de sus maridos antes de que fueran a la batalla. De esta forma, aunque ellos estaban lejos, tenían una parte suya cerca de su corazón, y los podían tener presentes en sus plegarias. Puedes creértelo o no, claro, es cuestión de leyendas, pero en aquel entonces ayudaban a mantener la fé. Y este guardapelo, tiene su propia historia, relacionada solamente con esta familia. Al igual que tu abuela me la contó, me gustaría contártelo yo ahora. ¿Puedo?

Grace la sonrió asintiendo, y puso su almohada contra su espalda para acomodarse. Su madre se acercó a ella, y también se apoyó allí enredando la cadena del guardapelo entre sus dedos.

- Verás, la historia se remonta hasta un antepasado de tu padre, cuyas iniciales lleva el guardapelo –citó pasando uno de sus dedos por las letras entrelazadas-. Broderick Sandler era un joven inglés de buena familia, cuya pasión era crear objetos artesanos. Fuera el material que fuera, él cogía su varita, y lo transformaba en la forma que quisiera. Al parecer era un prodigio en ello. El caso es que, aprovechando el dinero de su familia, comenzó a viajar por el mundo buscando la inspiración para sus tallados. Estaba en Grecia cuando la conoció. Su nombre era Lysandra Kasfkiss.

- Muy griego –intervino Grace con una risita. Su madre sonrió y siguió contándola-.

- Dicen que era una mujer bellísima, con largo cabello rubio y los ojos de un tono violeta sin igual. Si quieres mi opinión, creo que con el paso del tiempo siempre se exageran las cosas. Debía ser una mujer hermosa, por supuesto, pero nunca creas en eso de la belleza inhumana, no existe. Ella era una jovencita de apenas quince años, a la que sus padres habían comprometido con el hijo de un adinerado apoderado griego. Como en la mayoría de los matrimonios arreglados, ella no estaba enamorada. Dicen que en cuanto ella y Broderick se vieron, fue amor a primera vista.

- Pero tú tampoco crees en el amor a primera vista –la recordó Grace con una sonrisa divertida-.

- Sinceramente, creo que eso que llaman amor a primera vista no es más que una atracción instantánea de dos personas que cumplen las expectativas físicas del otro, pero no seré yo quien estropee de esa forma la historia –respondió guiñándola un ojo-. En fin, como decía, se enamoraron apenas se conocieron, y a Broderick se le partió el corazón al saber que ella se iba a casar con otro. Se quedó durante meses en las islas griegas, conformándose con observarla de lejos y poder acercarse en contadas ocasiones, mientras iba reuniendo todo lo necesario para crear algo único para ella, un guardapelo con sus iniciales grabadas, y al que colocó un mechón de su propio cabello. Cuando estuvo listo, se lo regaló, y la pidió que se fuera con él. Sabía que en cuanto estuvieran en Inglaterra, la familia de ella ya no podría tocarla, por lo que podrían casarse. Ella aceptó, e hicieron todos los planes para fugarse. Desgraciadamente, la familia de ella los descubrió, y le retuvo a él, hasta que la boda se llevó a cabo. Cuando le liberaron, ella ya estaba casada con el otro.

- ¡¿Se casó con el otro?! ¡Menuda mierda de historia!

- ¡Grace! –la regañó su madre con un manotazo-. Sí, se casó con el otro. Sus propios hermanos la aseguraron que si no lo hacía, matarían a Broderick, y ella obedeció. Broderick volvió a Inglaterra destrozado. Pasaron años, y sus pensamientos seguían girando hacia ella, olvidándose de lo más importante: que ella nunca se quitó el guardapelo, al que él le había hecho un poderoso hechizo, unido a su mechón de cabello.

- ¿Qué hacía ese hechizo? –preguntó con curiosidad-.

- Consiguió que se reencontraran. Habían pasado ya varios años, y los dos habían sido muy infelices en sus vidas. Ella viajó a Estados Unidos con su marido, y una noche, encerrada en su cuarto como siempre que su marido no estaba presente, sintió un impulso proveniente de su colgante. Ese impulso la insistía en que fuera hacia la playa, y consiguió escaparse para ir allí. Imagínate su sorpresa, cuando le vio, observando el mar con expresión ausente. El destino había querido que coincidieran en el lugar, y el guardapelo, consciente de la cercanía, siguió el hechizo, y les unió.

- ¿Qué pasó después? ¿Acabaron juntos?

- Bueno, cuando se dieron cuenta de su oportunidad, no perdieron el tiempo. Se fugaron esa misma noche. Ella dejó atrás todo, y le siguió hasta Inglaterra. Lógicamente, jamás pudieron casarse, lo que fue un escándalo en la época, pero no les importó. Estuvieron el resto de su vida juntos, y tuvieron una hija, Alyssa, que más tarde heredaría ese guardapelo, y comenzaría con la tradición. A lo largo de muchos años, las mujeres de esta familia han llevado en este guardapelo los mechones del hombre que amaban. Es hora de que pase a tus manos. Mi consejo es que pienses muy bien, antes de poner el cabello de nadie en él, porque será alguien que marque tu vida para siempre

Grace lo observó con esceptismo, pero la dirigió una sincera sonrisa a su madre. Cuando se quedó sola, siguió observando el guardapelo pensativa. No se creía ni la mitad de la historia. Sabía que la magia era poderosa, pero no creía que lo fuera hasta el punto de influir en el destino de las personas, ni en que solo el hecho de poner unos pocos pelos en un objeto, convirtieran a esa persona en alguien importante. Más bien creía que su madre la había dicho eso último, dándola a entender que sería ella misma la que hiciera importante a ese hombre, otorgándole tal honor, y la había pedido que no eligiera a la ligera. Eso lo encontraba más lógico.

Abrió por primera vez el colgante, y observó que, efectivamente, era distinto a los medallones que había visto. En su interior no había cabida para fotografías, sino que una barra de metal muy prieta daba lugar para colocar ahí un mechón de cabello. Un pequeño brillo, la dejó ver que un único pelo aún se encontraba en él. El tono oscuro la indicaba que, muy probablemente, fuera de su padre, pero ella no pudo evitar pensar que Sirius tenía un tono de color de pelo muy parecido.

Cerró con fuerza el guardapelo, apretó los ojos, y echó la cabeza hacia atrás suspirando. Estaba empezando a pensar que tanto Lily como su subconsciente tenían razón, y estaba bajando demasiado las defensas con respecto a él. Se estaba regañando mentalmente, cuando algo repiqueteó la ventana, y vio la lechuza de Lily posada en el alfeizar.

OO—OO

Regulus no estaba cómodo en esa fiesta. Antaño incluso había disfrutado esas celebraciones con la más alta clase social, y qué decir que pasar la nochebuena en casa de los Selwyn era algo que él habría celebrado. Sin embargo ese año era distinto. Podía ser porque ya no se sentía a gusto entre ellos, porque cada vez tenía menos amigos en ese círculo, o porque algo había cambiado en él. De todas formas, la compañía de Yaxilia Selwyn convertía cualquier fiesta en un bodrio. La que hasta hacía pocas semanas consideraba una compañera sarcástica y elegante, ahora le parecía aburrida y presuntuosa.

- ¿No te parece que la decoración está perfecta? Mi padre ha traído a más de cien elfos para que trabajaran en ella –presumió Yaxilia con orgullo cuando terminaron de bailar-.

- Ha quedado muy adecuada –respondió con tono aburrido. Ese era un calificativo que quedaba bien, y no comprometía a nada-.

Yaxilia sonrió encantada, y Regulus se alejó de ella con la excusa de ir a buscar una bebida. Conscientemente o no, en su momento se había comprometido a ser su pareja en esa fiesta, y había cumplido con ello. Llevaba toda la noche a su lado, sentándose junto a ella en la cena y bailando juntos, pero ya no podía más. Inconscientemente, en ese momento se acordó de Sadie. Si ella hubiera estado allí, con sus comentarios de una ironía tan extrema que llegaba a ser hiriente, y su completa indiferencia por los demás, aquello habría sido más soportable. Había momentos en que se sentía muy identificado con ella, aunque era consciente de que él no llegaba a tantos extremos como Sadie; y divagando sobre su amistad con ella, recordó el último día, ese "accidente" bajo el muérdago al despedirse. Había besado antes de esa forma a alguna chica más, no muchas, pero si alguna, incluida la propia Sadie. Sin embargo, esa vez fue distinta. Fue un beso corto y por obligación, pero el sabor, el tacto y el olor eran distintos. Se había sentido muy extraño. Se sentía un poco avergonzado por pensar en eso, y aunque había cumplido escribiéndola enseguida, había sido una carta muy corta, como ella misma le había reprochado.

Llegó a la mesa de las bebidas, y se sirvió whisky de fuego con apremio. Tenía que dejar de pensar en tonterías, o arruinaría también la única amistad de verdad que tenía. Cerca de él, pero sin percatarse de ello, estaba su madre, hablando en grupo con varias mujeres, incluida la señora Selwyn. Regulus se apoyó un momento a terminar de beber su vaso, e iba a marcharse de nuevo a cumplir con su obligación de acompañante, cuando escuchó su propio nombre.

- A Regulus y a Yaxilia se les ve muy a gusto juntos, ¿no crees Walburga? –preguntó la señora Selwyn con un tono algo conspiratorio-.

- Me he fijado –respondió su madre de buen humor. Regulus miró por encima de su hombro y la vio con una mirada orgullosa-. Creo que no es tan disparatado lo que me dijiste, Evelyn. Hablaré con Orion, pero creo que podría funcionar.

- ¿Qué pretendéis? –preguntó una tercera mujer que llevaba una túnica con joyas cosidas a las costuras-.

- Un acuerdo matrimonial –aseguró la madre de Yaxilia con una sonrisa satisfecha-.

Regulus creyó que el corazón se le salía del cuerpo. ¿Un acuerdo matrimonial? ¿Él? ¿ël y Yaxilia? No lo entendía. Estaba convencido que ya había superado las expectativas de sus padres haciéndose mortífago, y no le pedirían nada de eso. Es cierto que sus primas Bella y Cissy se habían casado por conveniencia, pero él era un hombre, tendría que poder elegir ¿no?

- ¡A mi me parece una gran idea! –exclamó una mujer a la que reconoció como la señora Tyler, madre de una compañera de Slytherin que iba un curso por encima de él-. Hay que comprometerles antes de que hagan alguna locura. Yo ya resolví el compromiso de Amanda cuando tenía catorce años. Así me curo en salud antes de que ocurra alguna... inconveniencia.

Regulus supo que había medido sus palabras al estar su madre presente. Desde que Andrómeda se había ido, negándose a su compromiso matrimonial, todos rehuían el tema delante de ellos, pues consideraban que eran dignos de lástima. Escuchó a su madre chasquear la lengua molesta.

- Lo mejor es que lo aceleremos, Evelyn. Si lo hablamos todos esta noche, podríamos tener solucionadas todas las negociaciones esta misma semana, y podremos decírselo a los chicos. No quiero tener otro disgusto.

- Este no te ha salido como aquel, Walburga –dijo la señora Selwyn palmeándola el brazo-.

Vaya. Sirius había entrado en la conversación. En casa fingían que nunca había existido, pero con sus amistades más cercanas parecía que su madre sí revelaba su vergüenza. Volvió a mirar por encima del hombro, y vio que las dos mujeres se habían quedado solas. Quizá por eso su madre hablaba sin problemas.

- Ya sé que Regulus no me fallaría, Evelyn. Pero aún no supero la vergüenza. No solo nos abandonó cuando nos habíamos comprometido a que sería un buen mortífago, sino que también estábamos en medio de las negociaciones con Alexander Hinkes para el compromiso matrimonial con su hija.

Regulus casi se atragantó con la bebida al oír eso. ¿Querían haber comprometido a Sirius con Samantha Hinkes? Ninguno sabía nada de eso. Buscó a la chica por la estancia, y la encontró junto a su amiga Amanda Tyler, observando con gesto desdeñoso a las parejas en la pista de baile. Las miró a ambas. La primera feucha, machirula y siempre de mal humor, y la segunda, no atractiva, pero sí más agraciada que ella, al menos en el punto de que era bastante femenina, y su expresión no era tan hostil. Hinkes era, sin duda, la peor opción para Sirius. ¡Cuánto lamentaba ahora que no habría tardado unos días más en fugarse! Habría sido divertido ver su expresión cuando le dijeran que debía casarse con ella. Hasta Yaxilia era una buena opción comparado con esa chica.

- Entonces está arreglado –seguían hablando las mujeres-. Yaxilia va a estar muy satisfecha. No podríamos haber encontrado un joven que supere más sus expectativas que Regulus.

- Él también estará muy satisfecho, Evelyn. Tu hija es todo lo que debe ser la esposa de un Black.

Regulus tuvo la tentación de darse la vuelta y decirle él mismo a su madre lo que de verdad le satisfaría, pero, como siempre, se contuvo. Ellas no lo entenderían nunca, ni siquiera le darían la oportunidad de replicar. Con una molestia en el estómago, se preguntó si su compañera no esperaría precisamente eso. La actitud de Yaxilia para con él había cambiado considerablemente en los últimos tiempos, y quizá ella ya se olía lo que iba a suceder, y estaba tan conforme como decía su madre. Él no lo estaba desde luego. Caminó lejos de ellas, que seguían planeando orgullosas, y se desplomó en un sofá algo apartado, llevándose los dedos a los ojos, y apretando como si quisiera arrancárselos.

- ¿Qué te ocurre, muchacho? –preguntó una voz pastosa cerca de él-.

Levantó la vista para enfocar a Rabastan Lestrange, que se sentaba a su lado mirando a su alrededor, y luego a él. Regulus sentía una extraña afinidad con él. También Rabastan era el hermano menor y también él se había iniciado bastante joven en las filas del Señor Oscuro, aunque en su caso por seguir a su hermano Rodolphus, y no por sustituirle. Se decidió a confesarse en él. Sino, ¿en quién podría hacerlo?

- Acabo de escuchar que me quieren comprometer con la hija de los Selwyn.

Rabastan se echó a reír nerviosamente, mientras volvía a mirar a su alrededor, y enfocaba su vista un par de segundos en Yaxilia, quien estaba bailando con Yaxley en ese momento.

- No sé de qué te quejas, muchacho. Tienes suerte. Es una buena compañía.

Regulus comprendió a lo que se refería cuando la volvió a mirar. Yaxilia no era fea, sí extravagante, pero tampoco fea. Pero no le entendía. Aunque hubiera sido una chica preciosa, que tampoco era el caso, Regulus no hubiera estado conforme. Nunca se había parado a pensar en su tipo de chica, él no hacía caso a esas cosas, pero de lo que sí estaba seguro, es que Yaxilia Selwyn no era el suyo.

- No es lo que busco –dijo intentando hacerse entender-.

Rabastan chasqueó la lengua ante su respuesta, y se le acercó un poco más.

- Verás muchacho, cuando te casas por conveniencia, no tienes que buscar lo que te gusta, sino ver lo que tienes, y hacer que sea eso lo que te guste. No quiero ofenderte, pero mi hermano Rodolphus no se ha casado precisamente con la mujer ideal, y aún así ha aprendido a sentir lo adecuado por su esposa –Regulus estuvo a punto de hablar, y responderle que por mucho que Rodolphus hubiera llegado a sentir algo por Bella, ella no lo había hecho, pues ya había entregado su corazón a otro con antelación, pero se contuvo a tiempo. Rabastan no se dio cuenta, pues siguió hablando con la mirada perdida-. Yo, incluso, creo que habría podido llegar a sentir algo por mi antigua prometida. Al fin y al cabo, era una mujer hermosa.

Regulus se removió incómodo ante eso. Aquello había sido un escándalo años atrás. Todo el mundo sabía que Rabastan había estado comprometido con la que fue Andrómeda Black, al menos durante dos horas. El fiasco fue hacerlo público antes de informarle a la pareja en privado. ¡Qué día fue aquel! Regulus aún podía acordarse de eso, pese a que habían pasado varios años.


29 de julio de 1971.

Aún con nueve años, Regulus era consciente de que ese día era especial para su familia. No solo era la fiesta de compromiso de Bellatrix, sino toda una fiesta dedicada a todos los Black. Su padre y su tío no hacían más que brindar emocionados, su madre se había unido a todas las mujeres para felicitar a la pareja y ofrecerse a ayudar con los preparativos de la boda, y Sirius intentaba molestar lo máximo posible. Él se había negado a ayudarle a poner una bomba fétida al pastel que estaban preparando para el final, así que había perdido de vista a su hermano hacía rato. Intentaría no estar presente cuando su madre le azotara por ello. Buscó con la mirada a alguien que conociera, y vio a Cissy bailando con el hijo de los Malfoy, sonriendo ante algo que él estaba diciendo, y más allá, estaba Drome sentada en un sofá con expresión aburrida. Fue hacia ella decidido. Su prima le recibió con una sincera sonrisa, pues enseguida volvió a componer una expresión pensativa, y dejó de hablarle. Regulus estaba deseando preguntarla sobre Hogwarts, aunque ella había terminado ese año, y que le dijera que tampoco era para tanto, y que no debía sentir envidia de Sirius porque él fuera a empezar ya. Sin embargo, supo callarse, y permaneció a su lado, mirándola con su vestido morado y su cabello claro recogido en un elegante moño. Estaba muy guapa.

- ¡Por favor, un poco de atención! –exclamó su tía con una amplia sonrisa-. Quiero decir unas palabras a los novios.

- Vamos, Regulus –murmuró Andrómeda levantándose, y acercándose al estrado, con una copa en la mano para brindar-.

Regulus la siguió más lento, y al poco notó que alguien se ponía a su lado. Era Sirius, y traía una sonrisa de triunfo en los labios.

- ¿Qué has hecho al final? –le preguntó con curiosidad-.

- Ya lo verás enseguida, enano –le dijo Sirius dándole un apretón cariñoso en el brazo-.

Regulus sonrió y negó con la cabeza, divertido. Apartó su mirada de su hermano, y la dirigió por todo el salón, donde tuvo el mundo estaba pendiente de las palabras orgullosas de su tía. Posó sus ojos inconscientemente en un niña de pelo rubio cobrizo, que llevaba un bonito vestido blanco, con un gran lazo en la cintura, que la hacía parecer, más que nunca un ángel. Al menos eso pensaba él. La había visto por primera vez en la fiesta de Navidad de ese año, y en ese momento se acordó de las cosas que decía su madre que necesitaba una niña para ser una digna y orgullosa sangre pura, y pensó que se refería a alguien como ella. Supo que se llamaba Grace, y que su padre parecía ser bastante importante, pues todos le hacían la pelota, pero había hablado muy poco con ella, pues se ponía colorado. Por ella supo que también comenzaba ese año a Hogwarts, como Sirius, pero su hermano no parecía saber la suerte que tenía por ser compañero de ella, y seguramente los dos en Slytherin, sino que ni siquiera la había visto. En una ocasión Regulus había intentando llamar la atención de su hermano hacia ella, pero Sirius encontraba más divertido reírse de los zapatos del tío Cygnus, y no se enteró de nada.

Alguien aplaudió, y Regulus apartó la vista de la niña para mirar hacia delante. Su tía Druella estaba sonriendo ampliamente a lso novios, que la observaban con sobriedad y elegancia. Sirius se estaba riendo en voz baja, y él tenía la sensación de que se le había escapado algo.

Por último, quiero añadir algo que me llena de orgullo –continuó Druella-. Esto es completamente reciente, de hecho acabamos de cerrar el compromiso, pero para los Black y los Lestrange esta no será la última vez que unamos nuestra sangre. Me complace muchísimo anunciar que ya lo hemos preparado todo para que nuestra segunda hija, Andrómeda, pase a ser en un futuro la señora de Rabastan Lestrange.

Regulus se extrañó al oír eso. Al instante de acabar la frase, todo el mundo se había puesto a aplaudir emocionado, y él miró al hermano pequeño de Rodolphus, que miraba nerviosamente a su alrededor, frotándose las manos. Regulus miró a Sirius para saber su opinión, pero su hermano miraba fijamente a algo a su derecha. Allí estaba Andrómeda, con la copa que llevaba en la mano, estrellada contra el suelo a su lado, y negando furiosamente con la cabeza. Al parecer había dicho algo, porque la multitud se había callado y les miraba a ella y a sus padres alternativamente.

- ¡¿Cómo que no?! –oyó gritar a su tío Cygnus mientras se aproximaba a ella rápidamente-.

- Pues que no –dijo Andrómeda con la voz temblorosa. Regulus notó que estaba haciendo lo imposible para mostrarse valiente-. Yo no me voy a casar con Rabastan. Yo... yo tengo novio, y si, si algún día me casó, se-será con él

- ¿Novio? –preguntó su madre con tono desdeñoso, mirando a su alrededor, al parecer buscando al chico nombrado-.

Andrómeda pareció creer que la iban a escuchar, porque se envalentonó, y dio un paso hacia su padre.

- Se llama Ted Tonks y...

- ¡¿Ese sangre sucia?! –exclamó Narcisa detrás de él y Sirius-.

Regulus vio que se había apartado de Malfoy y miraba a su hermana mayor con asco, casi suplicándola que lo negase.

Andrómeda parecía asustada, y asintió con la cabeza débilmente. Fue a hablar otra vez, cuando se padre la tiró al suelo de un bofetón. Regulus actuó por instinto, cuando vio que Sirius tuvo el impulso de echar a correr hacia el lugar. Le agarró fuerte de la cintura, y los dos se quedaron mirando horrorizados, como Andrómeda intentaba levantarse, con la cara llena de sangre y el labio partido.

Lo siguiente que pasó fue muy rápido. Cuando quiso darse cuenta, sus padres les empujaban hacia la salida de la casa, al igual que estaban haciendo los demás invitados. Miró a su hermano, que iba a su lado con expresión furiosa, y a sus padres, que iban detrás suyo con el rostro contraído, pero manteniéndose firmes. También vio como la niña llamada Grace les adelantaba junto a sus padres, que parecían tener prisa por salir de allí. La niña parecía asustada y afectada por lo que había visto, e apretaba con fuerza la mano de su madre, que tenía una expresión furiosa, e iba hablando fieramente con su marido.

- No lo justifiques, Cristopher, esto ocurre porque siguen insistiendo en los matrimonios arreglados, aún hoy en día. La chica es mayor de edad, y es comprensible que ya se haya enamorado. ¡A santo de qué se tiene que seguir con esa práctica absurda!

- Pero Casey, es tradición... –intentó decir el hombre-.

- ¡Está obsoleto, Cristopher! –le cortó su esposa con una mirada envenenada-. En nuestros tiempos ya comenzaba a ser innecesario, pero hoy en día no es normal. Y si piensas en hacer eso con Grace, tendrás que pasar por encima de...

Regulus no pudo seguir escuchando más. Sus padres tiraron de ellos en otra dirección, y les metieron en una chimenea, para ir a casa en la red flu. Les mandaron a los dos a su dormitorio, y estuvieron horas discutiendo a gritos la vergüenza que eso traería a la noble y antigua casa de los Black. Regulus les escuchaba, y no entendía nada. Al final se decidió por ir al cuarto de Sirius, que no había hablado desde que habían llegado.

Encontró a su hermano sentado en su cama, aún con expresión furiosa, y mirando fijamente en la pared.

- ¿Puedo pasar? –Sirius hizo un gesto con la cabeza, y Regulus cerró la puerta tras él-. Sirius, tengo una duda. ¿Qué es un sangre sucia?

Había oído esa expresión antes en casa, pero siempre había considerado que eran bestias horribles, por lo que decían sus padres, tíos y primas. Pero si Andrómeda tenía un novio así, tenían que ser humanos, ¿no?. Sirius por fin apartó la vista de la pared, y le miró con el ceño fruncido.

- No es nada –dijo bruscamente-.

Regulus se asustó un poco por ese tono, que su hermano jamás había dirigido hacia él, pero no se conformó.

- Pero Cissy llamó así al novio de Drome, y no parece ser bueno porque sino el tío no se habría enfadado tanto.

Sirius cogió aire y lo soltó de golpe.

- Es un hijo de muggles. Pero eso no es malo –le dijo con el ceño fruncido. Regulus supo que quería que eso le quedara a él muy claro-. Los muggles no son lo que dicen. Dime, Reg, ¿tú consideras que los niños que viven en la casa de al lado, los que juegan siempre en el parque de enfrente, sean muy distintos a nosotros?

Regulus lo pensó un momento, y después negó con la cabeza. Él y Sirius habían querido jugar con ellos más de una vez, pero por alguna razón, sus padres jamás se lo habían permitido. De hecho, la única vez que Sirius había conseguido escaparse y pasar la tarde jugando con ellos, su madre había sido especialmente dura con él.

- Pues ellos son muggles. Lo único que nos diferencia de ellos es que no saben hacer magia, pero ya está. Y los hijos de muggles pueden ser tan magos como tú o como yo. Drome no ha hecho nada malo, y el tio no tenía derecho ni a pegarla, ni a humillarla frente a los demás. Debí meterle la bomba fétida a él en los pantalones y no desaprovecharla en la tarta...

Sirius habría seguido divagando si un grito no les hubiera echo saltar de la cama y salir corriendo. Sus padres estaban inclinados en la chimenea del salón, hablando con alguien del otro lado.

- ¡Por favor tío que venga alguien! –gritaba una voz llorosa a al que Regulus reconoció como Narcisa-.

Él y Sirius se quedaron en las escaleras mirando como su padre desaparecía por la chimenea, y al rato su madre les fue a buscar y les dijo que tenían que irse.

- ¿Qué ha ocurrido, madre? –preguntó Sirius mortalmente serio-.

Sin embargo su madre no contestó, sino que hizo que entrara en la chimenea y le dijo que iban a San Mungo. Ese era el hospital de los magos, Regulus lo sabía, aunque nunca había estado. Se le formó un nudo en el estómago, que se acrecentó cuando él llegó después de su hermano, y su madre les hizo andar por unos corredores atestados de gente. Algo había pasado. Había gente herida, otros que gritaban, y todos corrían de un lado para otro. Sin embargo su madre no se inmutó, y les dirigió hacia una sala de espera, donde estaban su padre, si tío, su prima Bella con su prometido, y su prima Cissy, que estaba sentada en un silla llorando desconsoladamente.

- ¡Es ofensivo! –gritaba Bella con furia-. ¡Por fin el señor oscuro se decide a darse a ver entre los impuros, y nos hemos perdido el ataque porque esa maldita ingrata ha decidido fugarse con un sangre sucia!

- ¿Y Druella, hermano, cómo está? –preguntó su madre a su tío en voz baja-.

El hombre parecía algo perdido y desorientado. Miró a su hermana con una expresión extraña en el rostro, y dijo escuetamente:

- La dio un ataque cuando vimos que Andrómeda se había marchado. Hemos hecho lo que podíamos pero...

- Ha muerto –aclaró su padre al ver que su tío era incapaz de seguir. Le puso a su cuñado una mano en el hombro, mientras Bellatrix seguía despotricando con furia, aparentemente ajena a la muerte de su madre-.

- ¡Ha sido una iniciación gloriosa, y nosotros en esa casa perdiendo el tiempo! ¡Juro por el Señor Oscuro que la mataré a ella y a su progenie! ¡Ya no es mi hermana!

Regulus se sentía muy mareado con tantos gritos, con sus padres hablando tranquilamente como si no hubiera ocurrido nada, con Rodolphus que actuaba como si no oyera los gritos de su prometida, y el llanto de Narcisa de fondo. Sirius estaba a su lado, observando a Bellatrix con los puños apretados, y los ojos entornados, y él se fijó en su prima pequeña, con su rubio cabello cayendo por su cara, las piernas encogidas contra su pecho, y las lágrimas cayendo por sus mejillas, hipando con fuerza, y mirando al suelo con los ojos rojos.

- Esto ha pasado porque hemos dejado pasar demasiado tiempo –decía su tío con tranquilidad-. Bella nos salió obediente, y tenía la misma edad cuando la dijimos que debía casarse con Rodolphus, y no nos dio problemas. Pero esa bastarda, hija del demonio... nos ha puesto en ridículo a todos.

- ¿No hay forma de hacer que vuelva? –preguntó su madre-.

- Es mayor de edad –dijo su tío bruscamente-. Dejó una nota diciendo que renuncia a todo lo nuestro. Por ley no podemos obligarla a nada si ella misma reniega de nosotros. Lo mejor que podemos hacer es olvidarnos que esa necia existió y hacer las cosas mejor con Narcisa. Ya ha cumplido quince años, y lo mejor es no esperar más. Hablaré con los Malfoy, haber si con suerte aún quieren unir a su hijo con nuestra familia, y puede que nos salvemos de la vergüenza. Esta no nos desobedecerá, me encargaré de ello.

Regulus no quiso seguir escuchando, y se fue hacia Narcisa, sentándose a su lado.

- ¿Estás bien, Cissy?

Sabía que era una pregunta estúpida, pero no sabía que más decir. Narcisa había sido siempre su prima favorita, quizás porque era la más cercana en edad, o porque era la única que parecía disfrutar de verdad con su presencia. A Bella no la gustaban los niños, y Drome parecía preferir la compañía de Sirius. Su prima se apoyó en su pequeño hombro, y siguió llorando, mojándole la túnica.

- ¿Cómo voy a estar bien? –dijo con voz rota, mientras se sorbía la nariz-. Drome ha preferido irse con un impuro antes que quedarse en casa. Le ha preferido a él que a nosotros. Y mamá se ha ido... ¿Cómo te sentirías tú si te quedarás sin madre y hermana en un solo día?

Regulus se calló, y solo acertó a acariciarla la mano. Desde luego, él la comprendía un poco. No quería pensar en cómo se sentiría si Sirius hiciera lo mismo, y su madre moriría. Pero eso a él no le pasaría.


- Hermosa, pero podrida –murmuró Rabastan con desprecio-. Me pusieron en ridículo ella y el sangre sucia. Pero algún día les tendré cara a cara.

Regulus volvió al presente con sus palabras, y miró de nuevo alrededor, encontrándose con la sonrisa de Yaxilia dirigida a él.

- Sinceramente, Rabastan, yo no me veo casado. Las chicas y yo no congeniamos.

- Si hubieras conocido antes a Rodolphus también habrías dicho eso de él, pero es algo a lo que acostumbrarse. También tiene sus ventajas. El sexo está asegurado, aunque no creo que la perra de mi cuñada sea capaz de nada de eso.

Se echó a reír de su propio chiste, y Regulus rodó los ojos. Ni siquiera tenía en cuenta de que era de su prima de quien hablaban. No es que hubiera un gran cariño entre ellos para que Regulus se ofendiera, pero no tenerlo siquiera como posibilidad le parecía poco inteligente.

- Aún así, yo había pensado en otros planes para mi futuro. Claro que ya no sé qué pensar...

- ¿A qué te refieres, muchacho? –preguntó bruscamente el hombre, mirándole con el ceño fruncido y sin señales del humor que había tenido hacía unos segundos-.

- Nada grave –se apresuró a aclarar él-. Solo que he estado pensando en que es arriesgarse mucho el dedicarme solo a ser mortífago. Quizá debería estudiar algo aparte cuando acabe Hogwarts.

- ¿Estudiar algo aparte? ¡No necesitas nada más, Regulus! Yo hubiera mi brazo izquierdo por ser tan buen considerado a tu edad como lo eres tú. Hay que dedicar a la causa las veinticuatro horas del día.

- Pero Rabastan, ¿qué ocurrirá cuando ganemos la guerra? Cuando estemos en el poder, yo no habrá causa a la que dedicarse, estaremos todos en la misma causa. Mi amiga Sadie opina...

- ¿Quién? –preguntó el hombre entrecerrando los ojos-.

Regulus calló durante unos segundos, pero no vio motivos para no decir quién era. Al fin y al cabo, su padre era mortífago, y aunque ella no estuviera de acuerdo, no tenía por qué comentarlo.

- Sadie Duncker. Es la hija de Bernard Duncker. No sé si sabías que están en Hogwarts. Yo he hecho amistad con ella, y me ha dicho que cuando la guerra acabe y ganemos, ya no habrá necesidad de luchar, ¿y qué haremos entonces? Tendré que estudiar algo aparte. Y no sé si me dejarán mis padres cuando me hagan cargar con una esposa...

- ¿Así que la señorita Duncker te ha dicho eso? –preguntó Rabastan pensativamente-. ¿Y cuáles son sus planes? ¿Estudiar y después unirse a nosotros?

Regulus no se atrevió a negarlo abiertamente, así que se encogió de hombros.

- Puede que en el futuro...

- Quizá debamos hablar con su padre, y preguntarle. Puede que nos estemos perdiendo a una gran mortífaga. ¿Sabes si es tan lista como él? ¿Se le parece?

- Sadie es muy inteligente –afirmó Regulus sin dudar, y con una especie de orgullo-. Físicamente me recuerda algo a Bella, pero creo que es más cuando no la conoces. Tiene un parecido físico, pero que luego no es tanto cuando hablas con ella.

- Ya... –murmuró Rabastan mirándole a los ojos mientras hacía una mueca. Instintivamente, Regulus reforzó sus barreras de oclumancia, y Rabastan compuso una sonrisa algo desagradable-. ¿Es tan santa- amante impuros como su padre?

A Regulus eso le pilló por sorpresa, y le miró interrogante.

- ¿Santo- amante impuros? ¿No es Duncker uno de los nuestros?

Como respuesta, solo consiguió una risa sarcástica del hombre que estaba a su lado, y que le hizo eco en el pecho como un mal presagio.

OO—OO

Era de madrugada, y Severus estaba en su pequeño cuarto, preparando la poción que le habían encomendado. Apenas había salido de su habitación en dos días, y el olor concentrado de los ingredientes era pestilente. Hacía ratos que el llanto de su madre se había apagado. Al contrario que a él, su padre nunca se olvidaba de ella. De Severus sí, ya sabía lo que le convenía. La última vez que se atrevió a ponerle un dedo encima, casi le mata con un hechizo, y lo hubiera hecho si su madre no le hubiera rogado. Así pues, Tobias ignoraba su presencia, y él ignoraba a ese hombre al que se negaba a llamar padre. Prácticamente también ignoraba a su madre. Ella le había insistido en innumerables ocasiones que no le hiciera daño a ese hombre, y eso le enfermaba. Si ella hacía eso es porque disfrutaba de sus golpes, así que él no la defendería, pero tampoco la daría cara.

Tenía que poner tres gotas de centinodia, ni una más ni una menos. Necesito de todo su pulso para realizarlo correctamente, pero lo supo que lo había conseguido cuando la poción comenzó a burbujear, y se volvió de color amarillo chillón. Un par de ramitas de eléboro, decía la receta. Su intuición le decía que mejor echar una, y ver qué ocurría. Como siempre, esa poderosa intuición para las pociones no le falló, y con una hoja casi había adquirido el verde oscuro que necesitaba. Para completar el resultado aplastó la hoja y la espolvoreó poco a poco sobre la poción. El tono exacto de verde por fin se hizo ver. Cinco huevos de doxy era el siguiente paso. Los echó uno a uno, y la poción pasó a ser transparente, mientras que en la parte de abajo comenzaban a formarse unas suaves ondas. Eso era correcto.

Debía dejar actuar a la poción por si misma durante dos horas antes de seguir adelante. El siguiente paso sería el culminante. Sangre de cinco tipos diferentes de animales mágicos. Debía asegurarse que los animales habían estado muy en contacto con la magia, y fueran lo más extraordinarios posibles. Fue la única vez que le habían temblado las manos, pero lo había hecho. A su lado había otro caldero más pequeño con la mezcla de sangre cociéndose. El olor de la sangre era nauseabundo, y le provocaba arcadas.

Ya era cerca del amanecer cuando lo consiguió. Supo que había tenido éxito cuando la poción se volvió de un negro azabache, y se calmó por completo. Contuvo la respiración, haciendo comprobaciones, pero todo era correcto. Lo había conseguido. Inspiró hondo, y por fin se relajó. Había culminado con éxito su primera misión. Sin pérdida de tiempo cogió una gran muestra, y la colocó en un recipiente bastante grande. Tocó con la varita su marca tenebrosa, dando la señal, y a los pocos minutos un gran halcón llegó hasta su ventana. Era elegante y majestuoso, y contrastaba enormemente con la humildad y sencillez de todo el edificio. Severus casi se rió irónicamente, al darse cuenta que el otro implicado también estaba en vela. El halcón se llevó esa muestra, dirigiéndola a quien debía dar el siguiente paso, y Severus guardó celosamente el resto de la poción, para que no hubiera problemas si aquella se extraviaba.

Miró el cielo, con tonos naranjas y violetas, comenzando a encapotarse antes incluso de que amaneciera y suspiró. Esa mañana la mayoría la esperarían emocionados por ser la de Navidad, pero para él era distinto. Había completado con éxito su primera misión como mortífago, y si la poción era tan peligrosa como poderosa, a partir de ese día, nada volvería a ser igual.

O-oOOo-O

¿Cómo se os quedó el cuerpo? Ha habido de todo, no os podéis quejar jejeje solo una cosa, cruel y mala. Según seguiría mi historia, y mi propia versión, fue Rabastan quien torturó a los Tonks y mató a Ted en el séptimo libro. De ahí su frase de cuando les tuviera cara a cara. No nos consta que muriera, pero espero que con mucho dolor ¬¬

A parte de eso, quedan muchas cosas para el siguiente capítulo. Aviso que el próximo será algo extremo. Habrá batalla, habrá acción, habrá heridos, y puede que algún muerto... la poción que Snape ha conseguido hacer puede resultar muy peligrosa...

¿A que ahora me odiáis? Jejeje Prometo ponerme ya a ello, pero sigo hasta arriba de trabajos y exámenes, así que no puedo prometer gran cosa... espero actualizar para el 18, porque es mi cumpleaños ( :D ) pero para mi desgracia no puedo prometer nada. ¡Haré lo que pueda! Por cierto, a partir de ahora iré contestando los reviews según me lleguén, porque es un agobio contestarlos todos el mismo día que publico. Así que nadie se emocione al recibir la contestación, pensando que voy a actualizar, porque a partir de ahora no será así.

Gracias por leer, espero vuestras opiniones! ¡NO ME ABANDONÉIS! :(

"TRAVESURA REALIZADA".

Eva.