-La historia es de mi completa autoria más esta ligeramente basada en la segunda temporada de la serie "Kósem La Sultana" producida por Timur Savci y ahora protagonizada por Nurgül Yeşilçay (Sultana Kösem) y Metin Akdülger (Sultan Murad IV). Los personajes son propiedad de Masashi Kishimoto, más su distribución y/o utilización corre absolutamente por mi cuenta para la dramatización de la historia.


Capítulo 16

Otro día iniciaba como siempre en el hermoso pero monótono Palacio Imperial.

Koyuki se encontraba en los aposentos de la Sultana Izumi, aún muy desilusionada y triste de que Daisuke no hubiera pasado la noche con ella, de que cuando menos la hubiera abrazado garantizándole que todo estaría bien como siempre lo hacía, algo le decía que la cosas estaban mal y lo peor era que no sabía ni siquiera porque. Lucia u sencillo vestido violeta claro de cuello alto, mangas ajustadas pero levemente abullonadas—en los hombros y codos—y escote cuadrado, cuyo corpiño central—decorado con hilo de oro para emular un corsé—y la falda interior eran de un matiz más brillante. Su largo cabello azul oscuro se encontraba perfectamente recogido tras su nuca, adornado por una sencilla corona de oro en forma de púas decorada en su cima por perlas a juego con unos pequeños pendientes en forma de flor de jazmín.

Sentada frente a ella—e igualmente triste—se encontraba la Sultana Izumi portando un sencillo vestido rosa suave bordado en oro—corto hasta las caderas en el frente y largo tras la espalda, enseñando una falda más clara en el frente-, de escote alto y redondo de donde caían seis botones de oro en vertical hasta el vientre, con un borde dorado que enmarcaba el escote, hombreras marcadas y mangas ajustadas al brazo. Su largo cabello castaño se encontraba—como siempre—recogido tras su nuca y adornado por una diadema de oro en roma de pétalos decorada por pequeñas gemas de todos los colores a juego con unos pendientes de cuna de oro con un diamante rosa en el centro.

-No he vuelto a hablar con Boruto desde entonces—resumió Izumi, desayunando en compañía de Koyuki, -no sé qué piensa, lo que siente…nada—admitió apesadumbrada consigo misma.

Alejándose de sus propios problemas, Koyuki claramente prefería hablar con la Sultana y ayudarla en su romance con Boruto, alentándola a no rendirse. Era una Sultana, una mujer poderosa que bien podía tener al mundo entero a sus pies, ¿Por qué pedir permiso? Solo debía hacerlo y ya, disfrutar de su poder y a oportunidad que como tal la vida le daba con solo haber nacido como Sultana de aquel soberbio y vasto Imperio que regía al mundo.

-De camino aquí…- titubeo Koyuki en su era correcto hablar o no, -lo vi hablando con la Sultana Mikoto.

Izumi no pudo evitar fruncir el ceño con extrañeza, claro, su hermana era una de las amigas más cercanas a Boruto, su antigua tutora, de hecho, pero no creía que pudiera haber algo romántico entre ambos, ¿O sí? No podía ser, Mikoto estaba felizmente casada con Kakashi, nunca se atrevería a engañarlo siquiera, no necesitaba de permiso para tener al hombre que quisiera, incluso divorciare le resultaría fácil como a toda Sultana, ¿Por qué ella haría algo así? Pero sin poder evitarlo Izumi se dejó dominar por los celos de solo imaginar la posibilidad.

-No lo digo para entristecerte—advirtió Koyuki al reparar en la expresión de la Sultana, -sino para que luches por él, ella ya está casada, se arriesga demasiado—le recordó en un intento por animarla para defendiera lo que creía que era suyo, justo como ella hacía con Daisuke.

Koyuki tenía razón. Ella era una Sultana joven, inteligente y que tenía el poder de su soltería para casarse con quien deseara, ¿Por qué pedir permiso?, ¿Por qué no pelear por el hombre a quien amaba, a quien deseaba? Tenía ese derecho, no era una esclava como el resto de las mujeres que había en el Palacio, ella era una Sultana de sangre y podía hacer cuanto deseara.

-No renunciare—juró Izumi, más determinada que nunca, -tarde o temprano entrare en su mente y su corazón.


La ayuda brindada a la Sultana Izumi la había animado, y mucho, eso era justo lo que necesitaba hacer para afirmar su vida y ser alguien en el Palacio, empatizar lazos con la familia Imperial, volverse parte de su círculo y aprender de ellos, aprender de su poder y su valor.

Pero, como siempre, su buen humor y estado de ánimo sereno no podía durar, no cuando se tenía por enemiga a la Sultana Midoriko que aparecía en el mismo pasillo que ella, arruinando su estupendo estado anímico. La Sultana lucía un sencillo vestido celeste grisáceo de escote en V, mangas ajustadas hasta los codos y abiertas ne el frente, por sobre le vestido una chaqueta del mismo color bordad en diamantes, cerrada desde el escote hasta el vientre, sin mangas. Sobre su largo cabello violáceo se encontraba una corona de plata y topacios muy estilizada y diseñada para emular lirios, alrededor de su cuello un collar en forma de media luna a juego con un par de pendientes de plata.

-Sultana Midoriko—saludo Koyuki, plasmando una indiferente sonrisa en su rostro, casi fría.

Midoriko no cambio su postura sino que se mantuvo férreamente quieta en donde estaba, no dándole oportunidad alguna a la Princesa de avanzar y retirarse como deseaba, o salir huyendo a su entender. Daisuke estaba encerrado en los Kafer por una razón: no entendía cuan frágil era el hielo que estaba pisando, cuán grande era el error que estaba cometiendo ni en cómo afectaría a la reputación del Imperio el simple hecho de favorecer tanto a esa estúpida mujer que no hacía sino dañar a todo aquel que se encontrase en su camino porque era lo que era, una asesina.

-A mí no me engañas con esa cara tan despreocupada—critico Midoriko, en parte satisfecha de que Koyuki estuviera sola y sin el respaldo de Daisuke para salvarse de las intrigas y los ataques, -no soportas saberte sola y corres ver si encuentras al Príncipe—admitió siendo que, en efecto era así.

Si Koyuki no tenía el vínculo protector de Daisuke, su amor y respaldo…simplemente no sobreviviría en el Palacio, porque aquel que no tenía nadie con quien contar simplemente caía y desaparecía entre esos muros, aún más una mujer. Suspirando de la forma más inaudible que le fue posible, Koyuki le sostuvo la mirada a Midoriko, no dejándose llevar o convencer por sus palabras, no dando la oportunidad a verse afectada por ella siquiera.

-Es cierto, pero solo porque yo soy la única mujer en su corazón—reconoció Koyuki, más que feliz de poder enorgullecerse de decir eso, enorgullecerse de ser la mujer que había cautivado el corazón del Príncipe. -Tu consuélate abrazando a tus hijos—insulto ya que eso era lo único a lo que Midoriko podía aspirar por su simpleza.

Portando unas esplendidas galas purpuras, Sakura se detuvo en la entrada del pasillo ante el repentino conflicto entre Midoriko y Koyuki, observando expectante lo que fuera a suceder. El vestido—de escote cuadrado y mangas ajustadas—resultaba tremendamente favorecedor para su figura, bordado en encaje de plata en el centro del corpiño el interior de la falda y las muñequeras. Su largo cabello plagado de risos caía como una marea sobre sus hombros enmarcando el emblema de los Uchiha alrededor de su cuello a juego con unos pendientes de cristal en forma de lágrima. Como siempre, y adornando su cabello, se encontraba una elegante corona de plata, diamantes y amatistas que emulaba orquídeas y espinas.

La Sultana observo satisfecha como Midoriko levanto la mano para abofetear a Koyuki, siendo lamentablemente detenida por esta que la sujeto del cuello y arrincono contra la pared, quitándole el aire. No necesitaba saber más para corroborar que—en efecto—Koyuki seguía siendo la misma amenaza, la asesina de la que hablaban tan infamemente en Hungría, ella tenía que desaparecer y afortunadamente por ello tenían una garantía incuestionable.

-No vuelvas a intentar algo así otra vez—amenazo Koyuki a Midoriko que, pese a apenas poder respirar, le sostuvo duramente la mirada.

-¿Qué significa esto?—irrumpió Sakura.

Koyuki, en el acto, soltó el cuello de Midoriko, volteando a ver sorprendida a la Sultana Sakura, aterrorizada por su comportamiento. Midoriko, con el filial respeto, reverencio a la Sultana que le obsequio una mirada triste pero levemente resignada, al menos sabía que ella estaba de su lado y que no estaba sola en esa lucha contra Koyuki para expulsarla del Palacio en cuanto Daisuke se cansara por completo de ella.

-Midoriko, regresa a tus aposentos—ordeno Sakura con voz serena, viendo sonreír levemente a la pelimorada, -como Sultana tu deber esta con nuestros Príncipes—menciono con sincero respeto.

La vida de Midoriko en el palacio estaba garantizada como madre de un Príncipe y una Sultana, madre de quien—si Daisuke se volvía Sultan—accedería al trono en algún momento y por ende quizá pudiera volverse madre Sultana, no era una mujer cualquiera y así es como estaba por encima de Koyuki que nunca accedería a nada. Midoriko reverencio a la Sultana Sakura y se retiró al que era su deber; sus hijos. En espera de la desapareció de Midoriko por la esquina del pasillo, Sakura finamente clavo su mirada en Koyuki que no se atrevió a verla siquiera, asustada de lo que la Sultana pudiera hacer.

-Esta es otra ofensa que añadir a la lista—recordó Sakura con voz dura ante la mirada nerviosa de Koyuki que no se atrevía a verla a los ojos, y era mejor así, -¿Quieres que pierda la paciencia contigo? Bien, pero no te gustara—amenazo Sakura dando un paso más cerca de Koyuki, sin temer en lo absoluto de aquella mujer que no era sino el juguete nuevo de su hijo, -aléjate de mi camino si sabes lo que te conviene porque yo no necesitare de un sola orden siquiera para estrangularte con mis propias manos—sentencio, vanagloriándose de su sincero poder como la esposa del Sultan y directora del Palacio y el Harem, incluyendo a esta insignificante…Princesa. -Tú no eres nadie aquí y nunca lo serás—recordó Sakura con un tono claramente desdeñoso, -entiéndelo y grábatelo en la cabeza—menciono como una orden más bien.

Sin volver a dedicarle ni una sola mirada siquiera, Sakura siguió con su camino sin mirar atrás, tenía cosas muchos más importantes en que pensar, cosas que hacer y discutir, tenía que centrar en lo realmente importante y dejar que la inminente caída de Koyuki siguiera su curso natural.

Así como el pronto ascenso de Aratani como nueva Sultana y favorita de Daisuke.


Estaba feliz por lo que Boruto le había dicho, por el simple hecho de que el sentir de su querido amigo fuera totalmente correspondido por Sarada, ambos se merecían la oportunidad de ser felices, ya habían postergado sus vidas lo suficiente y ella no dudaba de que su padre aprobaría un matrimonio así. Pretendía, precisamente, visitar los aposentos del Sultan para hablar con su padre, ya enterada del enclaustramiento de Daisuke en los Kafer, era la mejor decisión que podían haber tomado, dos días dándose cuenta de cuan bajo podía caer de solo perder el aprecio que el Sultan le tenía como súbdito Imperial que era.

La hermosa Sultana—primogénita del Sultan Sasuke y la Sultana Sakura—lucía un encantador vestido purpurea de escote corazón. El centró del corpiño—de donde caían seis botones de oro hasta el vientre—y el interior de la falda eran completamente lisos mientras que los costados y la falda superior—así como las mangas—estaban completamente bordados en oro para emular flores de cerezo, por sobre el vestido una especie de capa—purpura igualmente—que caía como lienzos sobre el vestido, sostenida por pieles del mismo color que más bien aprecian hombreras. Su largo cabello rosado caía sobre su hombro izquierdo, adornado por una elegante corona de oro y amatistas con perlas engarzadas a juego con unos pendientes de una de oro con una amatista en el centro.

Una figura masculina cruzo lenta y repentinamente el pasillo contrario al suyo, pero algo hizo que Mikoto no pudiera evitar detenerse. No lo conocía, de eso estaba segura, pero había algo en él que le resultaba extraña y vagamente familiar; ese color de piel y ese cabello…No podía ser él, ¿O sí? Su madre había dicho que había regresado tras años en Bosnia pero, ¿Era él?

-Mitsuki—llamó sin poder evitar.

Ansiaba saber si su viejo amigo estaba ahí, en efecto, y resulto ser cierto pues—apenas y habiendo escuchado su nombre—el aludido volteo hacia la Sultana a quien observo claramente sorprendido. Mitsuki debía reconocerlo, ya no era la adolescente de dieseis años de quien se había despedido, pero su parecido con la Sultana Sakura seguía siendo abismal, solo sus ojos aprecian diferenciarlas. Con el debido respeto, y acercándose tan rápido como le fue posible, Mitsuki reverencio a la que era la Sultana Mikoto, primogénita del Sultan.

-¿Sultana Mikoto?—pregunto aun dudoso, pero sumamente impresionado, la nombrada asintió, sonriéndole enormemente. -Apenas y la reconozco—reconoció nervios, deseando abrazarla, pero limitado por el protocolo.

La Sultana no pudo evitar negar, confundida. Era él quien realmente estaba muy cambiado, fornido, alto y de constitución segura, indudablemente activo y cortésmente favorable, si, el adolescente que había abandonado la capital regresaba convertido en todo un hombre que, seguramente—y tal como Boruto—daría que hablar entre las mujeres del Harem y la capital entera.

-¿Yo?—no consiguió evitar preguntar la Sultana, divertida por su conjetura. -Solo mírate—señalo a su amigo que bajo la mirada un tanto avergonzado. -¿Qué paso con ese joven frágil y tierno?

-Para su desgracia se hizo un hombre, Sultana—respondió divertido, viendo sonreír y ruborizarse a las doncellas de la Sultana que evitaron respetuosamente su mirada. -Por mi parte he de felicitarla, su gracia y belleza no hacen sino aumentar con el tiempo—adulo sinceramente.

Mikoto sonrió radiante por sus palabras, sabiendo que sus doncellas tras ella debían de estar ruborizadas a más no poder por la sonrisa del peliceleste y su forma cortes y aduladora de hablar, pero genuinamente sincera.

-Tu atractivo y tu personalidad darán que hablar—reconoció Mikoto, observándolo de arriba abajo, casi sometiéndolo a un estudio, -hasta hace poco Boruto era el rompe corazones, tal vez sea tu turno—menciono en voz alta.

Mitsuki la observo un tanto confundido por sus palabras.

-¿Boruto ya no compite?—pregunto el peliceleste, confundido y sorprendido.

A lo largo de los años, él y su amigo, se habían comunicado por cartas para saber cómo cambiaban sus vidas, él como gobernador de Bosnia y su amigo como Hasoda Basi del Sultan y—como lo apodaban algunos—conquistador de mujeres. No había mujer hermosa que quedara fuera de su vista o que no cayera en su cama, tenía una reputación de mujeriego de la cual jactarse, pero en el mejor de los sentidos…se le hacía difícil creer que alguien hubiera conseguido atrapar su corazón y hacerlo sucumbir ante el amor. Pero siempre había una primera vez para todo.

-Digamos que tiene…otras prioridades—respondió Mikoto, encogiéndose de hombros.

Una sonrisa se plasmó en el rostro del peliceleste que—al igual que la Sultana—levanto la mirada ante el repentino eco de pasos en el pasillo contrario donde avanzo la bellísima presencia de una joven de cabellos castaños y andar noble, orgullosa y perfectamente segura de sí misma. Mitsuki no recordaba haber visto a una mujer tan hermosa que, sin haberle devuelto la mirada siquiera, le había quitado el aliento.

-¿Quién es ella?—no consiguió evitar preguntar Mitsuki.

Mikoto hizo todo lo posible para no sonreír ante la anonadada mirad en el rostro de Mitsuki tras haber contemplado a su hermanita, Izumi. Ese era un terreno peligro, todavía más cuando Izumi se encontraba enamorada de Boruto sin ver nada más a partir de ello, pero si llegaba a haber alguien que lo sacara de su corazón…lo mejor sería que ese alguien no fuera otro que Mitsuki, alguien cercano a sus padres, leal al Imperio y de una confianza impoluta.

-Cuidado donde miras, Mitsuki—advirtió la Sultana, sacando de su ensueño al peliceleste que la observo confundido, -ella es mi hermana menor Izumi—aludió viéndolo un tanto sorprendido y avergonzado por haber parecido tan embelesado, -si ere inteligente pedirás primero su mano al Sultan.

Tal vez, —y ese tal vez se estaba volviendo e una posible posibilidad—las palabras de la Sultana Sakura fueran ciertas, había mujeres realmente hermosas en el Palacio, mujeres que valía la pena conocer, ¿Por qué no darse la oportunidad luego de tantos años de privaciones y deberes? Había vuelto al Palacio y, tras servir al Sultan y al Imperio…ser un tanto egoísta no era algo necesariamente malo.

-El defecto de todo hombre es su mente, Sultana—respondió Mitsuki únicamente.

Su corazón había parecido detenerse de solo contemplar a la Sultana Izumi.


Boruto se paseó nerviosamente dentro de los establos, solo con sus pensamientos salvo por la amena presencia de los corceles. No paraba de pensar en la que era la dueña de su corazón, aquella mujer que era todo, su vida y su razón de existir, la mujer más hermosa sobre la tierra y que lo había cautivado por completo. Le había hecho llegar una carta mediante Chouchou, esperando que llegara pronto, que fuera noble y justa, y le permitiera cuando menos contemplar su incomparable belleza.

Un suave eco de pasos sobre la paja del suelo lo hizo voltear encontrándose con la siempre perfecta visión de aquella Sultana. El vestido que estaba usando le era ajeno con aquel abrigo de gris perla oscuro forrado en piel en el cuello, su largo cabello azabache plagado de rizos que caían libremente tras su espalda era adornado por una corona de oro y diamantes que emulaba jazmines—a juego con un par de pendientes—y que sostenía un velo a juego con el abrigo.

-¿Qué es eso que era tan urgente, Boruto?—pregunto Sarada un tanto preocupada, recordando la corta enviada por él y las palabras planteadas. -Según tu carta no podía esperar—recordó.

Su mayor proeza o intento, por ahora, era hacer que Izumi comprendiera la situación, el hecho de que Boruto no le correspondía pero no por un afán egoísta sino para que su hermana no sufriera de ninguna forma, pero resultaba algo casi imposible cuando Koyuki la alentaba a lo contrario, a luchar por algo que no merecía la pena y que solo la lastimaría más a cada momento. Pero a su vez luchaba con sigo misma, con su deseo de acercarse a Boruto, con su afán por ser como el resto de las mujeres y amar a quien deseaba con libertad pero…estaba prohibido, era algo que no podía tener, era algo que no podía hacer, no cuando con ella pudiera herir a su hermana, su familia estaba antes que sus propios interese, su familia era lo más importante.

-No verla es el asunto, Sultana—contesto Boruto sin poder evitar sonreír de solo contemplar su rostro.

Ante esas palabras, la expresión reprimida y seria de Sarada cambio por una leve sonrisa y esa mirada tan céntrica que le brindaba cada vez que lo veía, cada vez que se sentía segura y a salvo en su presencia, cada vez en que recordaba cuan importante se estaba volviendo para ella y para su entorno, incluso para su hijo Izuna. Boruto se sintió capaz de seguir hablando ante la serena mirada de ella y en cómo se relajaba por ello.

-Estar siquiera un día lejos de usted es un tormento—garantizo no pudiendo evitar sostener una de las manos de ella para sentir una fracción de su tacto, de esa piel sedosa como la seda que así como su belleza lo cautivaba por completo. -Me tortura ese beso que no ha sido dado, esas caricias no brindadas, ese eco de su voz que no ha llegado a mis oídos—Sarada aparto levemente la mirada, avergonzada por su vehemencia, su fervor, su pasión, -su ausencia provocara mi muerte Sultana—juro Boruto con increíble sinceridad.

¿Se podía amar tanto a una mujer? En efecto porque el Sultan parecía amar de la misma forma, o aún más, a la Sultana Sakura, un amor que no había decaído o desteñido a lo largo de los años y los obstáculos sin importar nada, un amor fuerte que nunca se desvanecería sin importar el peligro o las adversidades. El sentía un amor así, un amor que jamás hubiera creído posible pero que aumentaba más con el tiempo, con las horas que pasaba penando en ella y en cuán importante era en su vida, en como había cambiado su forma de ver el mundo con solo aparecer y cautivar por completo su corazón

-No tienes idea de cuantas de esas palabras ejemplifican lo que yo siento—reconoció Sarada para felicidad del Uzumaki.

No era una mujer mojigata o tonta, claro que sabía lo que era desear a un hombre, amar y desear sentirse amada en todas las formas posibles, sabía lo que sentía y lo que deseaba…pero no podía arriesgarse tanto. Sabía que el único amor tan grande que tenía con que comparar lo que sentía eran sus padres y se atrevía a decir que amaba a Boruto tanto como su madre aseguraba amar a su padre, con ese amor tan desinteresado y sincero, tal leal y cargado de un fuego y pasión que la consumía por dentro.

-¿Y por qué negarnos la oportunidad, Sultana?—cuestiono Boruto, harto de los obstáculos de quienes estaban o estarían en contra de lo que sentían con tanto fervor. –Merece la oportunidad de ser feliz—le recordó.

Más allá del amor que sentía por ella estaba su deseo por hacerla feliz, por hacerle vivir ese amor que no había podido experimentar, por ese sentir tan especial a corresponder que Inojin estúpidamente no había sabido valorar, por admirar esa completa belleza que significaba ella a quien bien merecía venerar, ella que era una luz en el mundo de la oscuridad.

-Pero no podemos ser egoístas—le recordó Sarada, debatiendo tristemente su idea, -no cuando mi hermana sufre por mi causa—menciono vagamente no deseando hacerlo sentir culpable.

-Yo no le correspondo, Sultana—se apresuró a aclarar Boruto, deseando darle a entender cuán importante era ella en su vida, -yo solo la amo a usted—juró sin apartar sus mirada de los profundos orbes ónix de ella que lo volvían completamente loco.

Sarada bajo la mirada.

Se suponía que, como Sultana, el egoísmo no debía resultarle un problema, debía resultarle fácil olvidarse de todo el mundo y actuar por su cuenta ya que—como hija del Sultan—era poderosa y tenía una fortuna tan grande como para no necesitar de nadie pero…se había enamorado, había cometido el peor error que una mujer podía cometer en el Palacio y del que apenas podía salir ilesa, y lo peor de todo era que no lo lamentaba en lo absoluto.

No pudo evitar estremecerse ante el repentino tacto de él quien le sostuvo cuidadosamente el mentón en un caricia nimia pero tremendamente importante para ella, cercando cada vez más su rostro hasta que Sarada se rindió ante su propio deseo, cerrando sus ojos justo antes de sentir la suave caricia de los labios de él sobre los suyos en un toque tan breve como cálido que la hizo temblar. En tanto el beso se rompió, Sarada calvo su sorprendida mirada sobre los orbes zafiro del Uzumaki que no apartaba su ojos de ella, ese beso había sido todo y nada a la vez, una caricia suave pero que la hacía desear más de ese beso y de los labios de él, más de ese amor que le profesaba tan devotamente y del que se estaba haciendo adicta.

Boruto contemplo aquella chispa en los orbes ónix de ella, disponiéndose a separarse, reparando en cuan osado y torpe había sido al besarla sin su consentimiento, pero el agarre de ella sobre sus hombros se lo impidió. El Uzumaki la observo ligeramente sorprendido antes de, notando la sonrisa de ella, volver a unir sus labios en un beso mucho más duradero y profundo que los hizo jadear contra los labios del otro.

Deseaban ser egoístas.


Había cruzado todo el palacio para llegar a los Kafer, para hablar cando menos con su hijo y calmar los miedos que seguramente tenia.

Ante el resto del mundo era lo que debía ser; una mujer fría y cruel, intransigente y seria, una Sultana digna y una regente poderosa pero en el fondo no era sino una mujer débil emocionalmente, quebrada, herida y que sufría de solo pensar siquiera en perder a otro de sus hijos, muriendo por dentro ante la idea de ver morir a otra de las personas a quienes amaba, lamentando cada nuevo amanecer por si es que tenía que contemplar el cese de una vida, el respirar de un alma inocente que nada tenía que pagar pero que era importante para ella, sobre todo sus hijos e hijas, sus nietos y nietos, su esposo más que nada.

Todos tenían un rol que cumplir en la vida y ella lo había hecho hasta ahora; Niña en su isla griega hacía ya tantos años, Sultana a partir de cuándo Sasuke había enaltecido el amor que ambos sentían, Madre ante el nacimiento de cada uno de sus hijos y el que ahora llevaba en su vientre, pero antes que cualquiera de esos títulos no dejaba de ser una Mujer que como todo humano en la tierra tenía un corazón y que se enfrentaba a decenas de golpes que la vida le daba continuamente. Sakura agrecio la ausencia de guardias o sirvientes en las puertas de los Kafer, asi podria estar a solas con su hijo si es que él quería hablar con ella. La pelirosa, como si pudiera estar más cerca de su hijo, apoyo la palma de su mano sobre la madera de la puerta, cerrando los ojos.

-Daisuke—llamó casi en un murmullo, con la voz quebrada ante semejante distancia a la que ambos estaban sometidos, tan cerca y tan lejos a la vez. -¡Hijo!—llamó más fuerte, propensa a las lágrimas.

-¡Madre!—respondió Daisuke del otro lado, aferrándose a la voz de su madre y su presencia del otro lado de la puerta, -por favor sácame de aquí, ya no puedo soportarlo, tengo mucho miedo—rogó el Príncipe.

Sintiendo que aquellas palabras la debilitaban, Sakura intento buscar resistencia, intento buscar fuerzas para estar ahí con su hijo sin romper su voto de lealtad, ser madre y Sultana al mismo tiempo, su deber de ser fuerte y no dejarse abatir por los problemas, sin dejarse vencer o confundir.

-Ten paciencia, mi Príncipe—pidió Sakura, abriendo los ojos con dolor, encontrándose con la pared de la puerta, haciendo todo lo posible por, de alguna forma, acercarse a su hijo. -Te sacare de allí…- prometió siendo que, en efecto, así seria, -pero el momento no es ahora, perdóname por favor…- pidió con la voz al borde del llanto.

-No te vayas, mamá—rogó Daisuke, lamentando haberla ofendido de alguna forma en el pasado, prometiendo no hacerlo nunca más, necesitando que ella siguiera ahí, que no se alejara, que no lo dejara solo en aquel enclaustramiento. -No quiero estar solo, madre, por favor—suplico sin saber que, del otro lado de la puerta, su madre sufría de solo escucharlo tan asustado, casi como si volviera a ser un niño. -Prometo no cometer errores, díselo a mi padre por favor—pido Daisuke.

No sabía si amar a Koyuki era un error digno de algo así, pero ya sea lo que fuera quería que su padre entendiera que cualquier sentir individual no atentaría nunca contra su autoridad, que nunca significaría una amenaza contra el Imperio y la jerarquía que conformaba el Sultanato porque, a pesar de lo que aparentaba, temía de todo corazón enfrentarse a las pruebas que había atravesado en tiempos de su tío Yosuke, de su tía Rin y de Mei. Porque a pesar de lo que aparentaba, su familia era lo más importante en su vida.

-No bajes tu cabeza hijo, mantente firme, soporta esto—pidió Sakura como consejo de ella que había atravesado crisis peores que la de Koyuki y Naoko, sobreviviendo a pesar de los problemas. -Cuando llegue el momento correcto todos los que nos torturan serán destruidos y llegara el momento de tu gloria, de la tuya y de tus hermanos—prometió.

La caída que ella aludía era la de Koyuki, Naoko y todos esos traidores que se ocultaban en las sombras. Si algún día perdía a Sasuke, su único consuelo e vivir seria ser la Madre Sultana para que ninguno de sus hijos tuviera que morir como había sucedido con Baru, a él no había podido protegerlo, su dolor había sido más grande que su sentido de la prevención y se juraba así misma que eso nunca volvería a pasar, no debía pasar, ya había errado lo suficiente, por eso sufría porque no había sido lo bastante cuidadosa para evitar que mataran a sus hijos, pero su deber ahora era evitar eso, evitar que los errores de ellos mismos los llevaran a la muerte.

-Deseo tener fuerza, madre, pero odio estar encerrado—menciono Daisuke siendo que esto último era una realidad, el saberse enclaustrado en un espacio reducido y sin poder beber agua o comer nada era irritante, estaba acabando con su paciencia y con su cordura. -Por favor madre, sácame de aquí—rogó nuevamente, esperando que ella pudiera hacer algo, si había cometido un error aprendiera de él y lo entendieria pero ya no soportaba ese encierro. Apoyando su cabeza contr ala puerta, a Daisuke le parecio escuchar un sollozo, cosa que lo preocupo de sobreamnera. -¿Mamá, estas llorando?

Su madre nunca lloraba, era una mujer con un carácter excepcionalmente fuerte, extraordinario por no decir menos, una mujer que no se dejaba derrotar por al vida y sus golpes, siquiera pensar que ella lloraba por su causa le oprimía el corazón, le hacía sentirse miserable. Escuchando aquella pregunta, Sakura parpadeo para dejar de llorar la par que se secaba las lágrimas de las mejillas, serenándose a sí misma, diciéndose que sus sentimientos no debían aflorar e aquella forma.

-Te sacare de aquí hijo, lo juro, no importa que mi vida sea el precio a pagar—prometió no aludiendo al enclaustramiento sino a los enemigos que tenían, a quienes debía exterminar para que sus hijos vivieran tranquilos, para que pudieran obtener la paz que ella no podía conseguir ni en sus propios sueños. -Tratare con el demonio mismo si hace falta—juró ya habiéndose condenado a aquel embrujo hacia tantos años.

Deberás caminar sobre fuego y lava toda tu vida, tendrás que ser testigo de la muerte de todos los que amas, veras morir a tus hijos e hijas, a todos los que significan algo para ti, lloraras sangre, había dicho la hechicera y así se estaba cumpliendo; su padre, su madre, su hermana, Itachi, Baru, un nieto no nato y otro sin siquiera haber cumplido un año de edad. ¿Qué seguía?, ¿Mikoto, Shina, Sarada o Izumi?, ¿Daisuke, Rai, Kagami o Shisui?, ¿Naori o Ayame?, ¿Sasuke?, ¿Qué otra muerte debía esperar, la del hijo o hija que llevaba en el vientre?

-Te amo, mamá—contesto Daisuke del otro lado de la puerta, no obligando a su madre a permanecer ahí y calmarlo.

Aguantaría cuanto fuera necesario y probaría su lealtad a su padre y al Imperio por ella, por su madre llena de bondad que velaba por sus hijos in importar lo que pasara, por ella que sufría sin ser merecedora de tal sufrimiento siquiera, por ella que—en efecto—merecía ser llamada ángel por su belleza y buen corazón, por su espíritu desinteresado, por su amor.

-Y yo te amo a ti, hijo—prometió Sakura como silente prueba de cuán lejos estaba dispuesta a llegar por él y por todos a los que le significaban algo.

Iba a proteger a los que amaba, a cualquier precio.


Naruto espero pacientemente en el pasillo aledaño a los Kafer, temiendo por la salud emocional de la Sultana.

Apenas y con dos meses de embarazo, era muy preocupante que una mujer como ella tuviera que aguantar tantas tristezas, que tuviera que pelear solar contra las adversidades, que tuviera que enfrentarse a cada adversidad que se presentaba día a día en su vida. Cuando le había declarado su amor, hacía más de diez años, ella había sido la Madre Sultana, después de la muerte del Príncipe Itachi y antes de la muerte del Sultan Baru. La primera vez en que la había visto, muchos años antes de eso, se había enamorado de su buen corazón, de su belleza y su agudo intelecto, pero actualmente estaba aún más enamorado con su fortaleza, con su instinto de pelear, con su voluntad que jamás decaía sin importar el que, por eso la amaba, porque ella nunca se dejaba mostrar vulnerable, por sentía un atormenta en su interior, porque nunca era egoísta.

El Uzumaki volteo en el acto en cuanto la vio aparecer en el umbral del pasillo, con aquella expresión triste en su rostro, esos orbes esmeralda reluciendo a causa de antiguas lágrimas, el brillo del dolor plasmado en esos ojos tan hermosos como frágiles que reflejaban su corazón. Sakura levanto con pesadez su mirada hasta encontrarse con los preocupados orbes zafiro del Uzumaki que casi rogaban saber que ella estaba bien, razón por la que asintió vagamente sin darle demasiada importancia a su propia persona.

-Tú sabes todo lo que he tenido que aguantar, Naruto—menciono Sakura teniéndolo a él como testigo de su dolor por la muerte de sus hijos Itachi y Baru, sus muertes que aun lloraba en cada oportunidad en que estaba sola. -¿Cuánto más durara esta guerra?—pregunto deseando que él tuviera las respuestas que necesitaba y que, aparentemente, nadie podía darle, -¿Cuánto más habré de llorar para intentar proteger a los que amo?

Verla sufrir era más de lo que él mismo podía aguantar, hubiera deseado poder abrazarla para tranquilizarla peor eso sería romper con el protocolo e insultarla a ella, difamar su reputación y eso jamás se lo perdonaría, por ello solo pudo negar, impotente de poder ayudarla, impotente de calmar su dolor y hacerle la vida más amena y fácil como deseaba y le estaba imposibilitado como un simple jenízaro.

-Desearía poder contestarle, Sultana—admitió Naruto, completamente preocupado por ella y lo que pudiera sentir, -usted ha aguantado más que nadie, nadie podría emularla siquiera—reconoció.

Una triste sonrisa se plasmó en el rostro de Sakura ante aquellas palabras. Eran las que el mundo siempre repetía; lo hermosa que era, lo inteligente que era, lo cauta, lo precavida, lo fuerte…pero eso no era sino una fachada, no era ella en realidad, ella era todo lo contrario, era débil y asustadiza, tenía miedo de perder a los que amaba, el temo continuo de quedarse completamente sola, esa soledad emocional que la devastaría por completo.

-Cuando mi hijo Baru murió me dije algo a mí misma, cuando mis mano se mancharon con la sangre de la espada que lo decapito—menciono no consiguiendo evitar recordar ese momento y cuando doloroso resultaba siquiera hablar de ello, pero sabía que podía confiar en Naruto y mostrar su faceta más vulnerable si temer ser juzgada de ninguna forma. -Nadie es más desdichada que yo, Naruto—reconoció ante la triste mirada del Uzumaki sobre su persona. -Perder a mis padres y mi hermana ya fue una carga, perder mi inocencia lo fue todavía más, pero perder a mis hijos me mata cada día más—menciono bajando la mirada, sabiendo en que terminaría todo en algún punto, y algo le decía que eso se aceraba cada vez más. -No aguantare mucho más Naruto…mi muerte está cerca, lo sé.

No se sentía capaz de luchar cuando sus hijos corrían peligro.


PD: lamento la demora pero me emplee a fondo y actualice tan pronto como e fue posible ya que tengo examen el martes y dos presentaciones el miércoles y jueves, por ende no actualizare hasta el jueves quizá, pero eso dependerá de las circunstancias :3 actualización dedicada (cómo siempre) a DULCECITO311 y Adrit126que comentaron el capitulo anterior, prometiendo actualizar sus fics: "La Bella y la Bestia" y "El Emperador Sasuke", respectivamente, (así como "El Sentir De Un Uchiha" y "El Conjuro") a la mayor brevedad posible :3 gracias mis queridos lectores, besos, abrazos y hasta la próxima.