-La historia es de mi completa autoria más esta ligeramente basada en la segunda temporada de la serie "Kósem La Sultana" producida por Timur Savci y ahora protagonizada por Nurgül Yeşilçay (Sultana Kösem) y Metin Akdülger (Sultan Murad IV). Los personajes son propiedad de Masashi Kishimoto, más su distribución y/o utilización corre absolutamente por mi cuenta para la dramatización de la historia.


Capítulo 17

Ese beso le había quitado el aliento, ese beso era rebobinado una y otra vez por su mente inconsciente, por su anhelo egoísta por sentirse más amada, por el deseo de poder expresar por completo y amor por ese hombre que le correspondía sinceramente, estaba envuelta en aquel amor asfixiantemente magnético que no paraba de latir en su corazón mientras se dejaba vestir por Chouchou que sonreía a su espalda. Luciendo un sencillo camisón verde azulado—ajustado a la altura del vientre y hasta las caderas—estampado en plata para emular el emblema de los Uchiha—en las mangas, espalda y falda—de escote en V y mangas holgadas, con su largo cabello azabache—plagado de rizos—cayendo libremente sobre sus hombros y tras su espalda, su imagen natural y perfecta pese a no lucir sus soberbios ajuares de Sultana.

-Es una locura Chouchou—intento convencerse Sarada a sí misma, apelando al raciocinio de su amiga que sonreirá, de ella misma.

Tenía que creerlo, de lo contario estaría siendo egoísta y haría sufrir a su hermana, pero…¿Cómo hacerlo si su mente rememoraba aquel beso?, ¿La sensación de los labios del Uzumaki?, ¿Cómo ignorar el acelerado latir de su corazón de solo saberlo cerca, de solo desear verlo?, ¿Cómo evitar semejante amor que el Uzumaki había hecho nacer fervientemente en su pecho? No tenía sentido y lo peor es que eso era lo que más le gustaba. Chouchou sonrió tras la Sultana, dejándose ver en el espejo, completamente convencida de que su amiga merecía tener esa oportunidad, convencida de que la Sultana merecía ser feliz tras haber perdido tanto.

-Pero una locura de amor—justifico Chouchou, encogiéndose de hombros y viendo sonreir a la Sultana, evadiendo su mirada con un sutil sonroso en sus mejillas. -¿Qué mejor locura que esa?—cuestiono la Akimichi con absoluta naturalidad hasta que una duda asalto su mente, colocando sus manos sobre los hombros de la Sultana Sarada que volteo a verla ante aquel gesto, -¿Cómo fue el beso?—pregunto, traviesa.

Ante una muda carcajada, Sarada se quitó el tacto de su doncella y amiga e encima, no consiguiendo evitar observarla con un deje de burla, divertía por la pregunta que elegía someter a tela de juicio en ese preciso momento cuando habían tantos debates y disturbios emocionales.

-Descarada—critico Sarada, sentándose sobre su cama, cerrando los ojos y rememorando a la perfección aquel beso; su pasión, su dulzura, su honestidad, su deseo, su sinceridad, su devoción, su necesidad, su amor, -fue perfecto, totalmente perfecto—garantizo Sarada, abriendo los ojos y observando a Chouchou que hizo todo lo posible por no chillar a causa de la emoción, -nunca pensé que un beso pudiera sentirse así—reconoció, casi sintiendo como su propio cuerpo temblaba ante ese recuerdo y lo que despertaba en ella.

La Akimichi observo más que feliz a su Sultana y amiga, dichosa de saber que podía sentir algo tan honesto y sincero por alguien como Boruto que—con toda seguridad—siempre velaría por hacerla feliz, de todo corazón.

-Dicen que un beso es único cuando está lleno de amor—comento la Akimichi, observando a la Sultana que la escucho atentamente con un deje ligeramente lastimero, -un amor correspondido—puntualizo Chouchou, leyendo eficientemente los pensamientos de su Sultana.

Una sonrisa sin emoción alguna apareció en el rostro de la Sultana que no pudo evitar cuestionar aquello. Sería muy fácil ser egoísta, pero eso no era en lo absoluto lo que había aprendido de su madre, había prendido a velar por otros y por el Imperio antes que por sí misma, haba aprendido lo que era el desinterés y eso remarcaba su personalidad, no podía cambiar esos matices tan específicos de su ser por más enamorada que estuviera, por más que sufriera por no corresponder a cada momento al amor que Boruto le profesaba, pero la culpa no era de ninguno de los dos.

-No tiene futuro, Chouchou—intento convencerse la Uchiha, apelando a la razón como se suponía que hiciera, -hare sufrir a mi hermana—menciono más para sí misma que para su amiga.

-Y la vida la ha hecho sufrir a usted—debatió Chouchou, incapaz de creer que el desinterés y bondad de la Sultana ocultara un egoísmo que merecía sentir por al menos una vez en su vida, siendo esclava de aquel Imperio al que debía lealtad por nacimiento y por el cual velaba justo como su madre, la Sultana Sakura, -es su momento de aprovechar las circunstancias y ser feliz—especifico Chouchou, viendo negar insistentemente a Sarada, -el Sultan lo permitirá, lo sé—prometió.

Era más fácil decir que hacer tal cosa, claro, no resultaría difícil para ella hablar con su padre y decirle que se había enamorado de Boruto y que deseaba casarse con él…pero el problema era Izumi. Boruto era de la absoluta confianza de su padre, pero lo que menos deseaba Sarada era ofender a su hermana de alguna forma, herirla con su egoísmo y sabía que eso sucedería con tal solo corresponderle desinteresadamente a Boruto, con hacer pública su relación. No tenía el valor ni el descaro para actuar tan impulsivamente a causa de su propio egoísmo.

-Pero…¿Mi conciencia me lo puede permitir?—cuestiono Sarada.

Chouchou entreabrió los labios para debatir, dándose cuenta de que esa pregunta no tenía una respuesta, nunca la tendría porque eso solo desentendería de lo que Izumi decidiera, y algo le insistía a Sarada en que su hermana la odiaría de solo enterarse de algo así.

Y tal vez mereciera ese odio.


Se suponía que—como Sultana—su deber era esperar ansiosamente cada nuevo día y cumplir sus deberes como administradora del Harem y gobernante del Palacio Imperial con absoluta diligencia, pero…esta vez no podía, le había legado la mayoría de sus responsabilidades a Tenten, apenas y teniendo ánimo, no habiendo probado ni un solo bocado de su desayuno, no sintiendo deseos de nada que la apegara a la vida terrena, no consiguiendo encontrar ánimos para palear la distancia que la separada de su hijo y cuanto sufría de solo imaginar lo que sus enemigos intentarían hacer para enemistar a sus hijos entre sí, o peor aún, contra el Sultan y viceversa.

Su largo cabello rosado se encontraba elegantemente en una coleta de rizos perfectamente peinado y enroscada para apenas y alcanzar la altura de sus hombros, decorada por una corona de plata, diamantes y perlas para emular flores de cerezo a juego con un par de largos pendientes que hacían destellar el emblema de los Uchiha alrededor de su cuello. Lucía un sencillo vestido blanco de escote corazón y mangas holgadas hasta casi cubrirle las manos, bordadas—al igual que el borde y centro del escote—en encaje rosa suave y crema con perlas incrustadas para recrear una especie de escamas. Por sobre el vestido una chaqueta purpura de escote en V—cerrada bajo el busto y abierta a la altura del vientre—bordada en hilo e plata con perlas incrustadas para recrear flores de cerezo a lo largo de la tela.

-Sultana, beba esto por favor—rogó Shikamaru ante la ausencia de apetito de parte de la Sultana que parecía indiferente ante lo que al rodeaba, matizada con aquel aire triste a causa de la preocupación que sentía por su hijo, el Príncipe Daisuke. No pudiendo debatir más, Sakura asintió de mala gana, aceptando la taza de té de parte el Nara. -Kami mediante no la perderemos a causa de los problemas que nos asechan—menciono el Nara más para sí mismo que para la Sultana.

-Mis hijos me mataran, Shikamaru, nada más—ironizo Sakura, completamente convencida de esto. La Sultana coloco su taza sobre la mesa, perdiéndose con facilidad en sus propias preocupaciones antes de levantar su mirada ante el esperable repiqueteo contra las puertas de sus aposentos. –Adelante—índico Sakura.

Las puertas se abrieron con un leve chirrido permitiendo el ingreso de la encargada del harem, lady Ino—su amiga—que la reverencio debidamente. Por más decaída que se encontrar, por más abatid que se sintiera y que apenas y se atrevía a exteriorizar salvo en ese momento, Sakura sabía que debía pelear, debía seguir esforzándose y empeñándose en proteger a sus hijos e hijas que lo eran todo para ella, ellos y Sasuke, desde luego. Ino, en esas circunstancias en específico, era la única persona que podía ayudarla de la forma en que ella requería exactamente.

-Sultana—saludo Ino.

Una sonrisa triste pero sutil se encontraba plasmada en el rostro de la Sultana que, absolutamente, hizo todo lo posible por mitigar su estado de ánimo, por alejarse de tantos pensamientos tristes y negativos aunque fuera por un minuto para centrarse en lo que era vitalicio e importante para ella, para Sasuke, para sus hijos e hijas, para sus nietos, para el Imperio y todos sus aliados.

-Acércate, Ino—pidió Sakura con voz serena, observando a su vieja amiga que, a pasos lentos e inciertos, no sabiendo el por qué la Sultana requería su presencia. -He de pedirte que hagas algo por mí, no como tu Sultana, sino como tu amiga—especifico, dando la oportunidad para fraternizar con la Yamanaka.

La petición y familiaridad de parte de la Sultana Sakura la confundió y mucho. Ambas eran amigas, en efecto, y tal lazo afortunadamente no se había desvanecido pese al pasar de los años, pero la Sultana nunca aludía directamente sus amistad, era una mujer muy emotiva en el fondo, pero que—la mayor parte de las veces—simplemente actuaba de forma fría, cortante, digna, sublima. En énfasis, lo que se esperaba de una Sultana, la esposa de un Sultan que gobernaba el mundo entero.

-Lo que sea, Sultana—anticipo la rubia, dispuesta a lo que fuera.

No necesitaba el compromio, no necesitaba que Ino la reverenciara, besara el dobladillo de su falda o el dorso de su mano, Sakura sencillamente sabía que podía confiar en ella porque nunca la había decepcionado a lo largo de los años, sabía que podía contar con la ayuda de su amiga como y cuando fuera necesario, incluso en momentos adversos de ser prioritario.

-No apartes tus ojos de Naoko bajo ninguna circunstancia—pidió la Sultana, siendo completamente sincera y humilde al pedir tal apoyo, porque sentía que no podría aguantar más tiempo separada de su hijo, conformándose con hablarle del otro lado de una puerta, -ya tengo bastantes problemas como para lidiar con ella a partir de ahora, y además…- la pelirosa guardo silencio por un breve segundo antes de que una escasa sonrisa de autosuficiencia se plasmara en su rostro, -provee a Koyuki de la visita de la partera, ya es momento de que se dé cuenta que nunca será una Sultana—menciono la pelirosa con toda la intención de humillar a la Princesa.

Pronto llegaría el momento preciso en que todos, absolutamente todos sus enemigos habrían de caer de rodillas, desapareciendo para siempre, entonces—solo entonces—su paz seria absoluta y su felicidad completa, hasta que eso no sucediera, hasta que esa paz no fuera lograda, nunca podría respirar tranquila, no sintiendo la exhalación de la muerte contra su nuca, cerca de Sasuke, cerca de sus hijos y sus nietos.

-Cumpliré sus órdenes, mi Sultana—prometió Ino.


El Imperio y su poder era adictivo, oportunidad que Naoko no desaprovechaba para acomodarse gusto en el Palacio de donde—estaba segura—jamás debió salir. Esa vida cortesana, ese ambiente…todo era idóneo, familiar y tan especial para ella como ninguna otra cosa en el mundo.

Lucía un portentoso vestido purpura de cuello alto, escote cuadrado decorado por siete botones decorados en sus esquinas por escamas de oro, mangas ajustada al codo y holgadas hasta casi cubrir las manos. Los costado del corpiño, la falda superior y las holgadas mangas—abiertas a la altura de los hombros—estaban estampadas en oro, formando ondas y flores a juego co la corona de oro, citrinos y amistas sobre su cabeza, adornando su cabello perfectamente recogido tras su nuca. Alrededor de su cuello se encontraba una guirnalda de oro de la que colgaban seis piezas de oro por un citrino en el centro y de los que colgaban amatistas en forma de lagrima, a juego con un par de pendientes.

-No puedo más con la presión, madre—debatió Rai, incapaz de resistir por más tiempo. –Hablare con mi padre, sé que el liberara a Daisuke—justifico el Príncipe.

Podía solo haber pasado un día, pero Rai no soportaba la simple idea de que su hermano mayor estuviera encerrado en los Kafer, en una habitación tan cerca de las de aquellos dos locos—como podían llamarse—Yosuke y Neji. Sabía que no tenía derecho a interferir, pero no podía solo guardar silencio y fingir que no sucedía nada, imaginando cuan dolida debía de encontrarse la Sultana Sakura. El Príncipe le dio la espalda a su madre—sentada sobre el diván junto a la ventana—disponiéndose a abandonar sus aposentos para hablar con su padre.

-No lo hagas—exigió Naoko, levantándose del diván y avanzando rápidamente hacia él, sujetándole el brazo, haciendo alusión a su rol de madre y no como mujer poderosa que podía controlar a su hijo, un Príncipe del Imperio Uchiha, -no te entrometas o te verás en peligro—instruyo en un intento por hacerlo cambiar de parecer. -Si el Sultan hizo esto con Daisuke a causa de un simple error, ¿Qué no te hará ti?—inquirió, sembrando la duda en la mente de su hijo que intento alejarse de ese pensamiento de forma inmediata.

Rai no quería siquiera pensar en aquella idea, pero su madre llevaba días hablando de aquella forma, aludiendo a que debía desconfiar el Sultan, de la Sultana Sakura, de sus hermanos y hermanas…no sabía que pensar ya que las palabras e insistencias de ella parecían tener fundamento, no era delirios de una madre preocupada y por ende Rai comenzaba a añadir sus suposiciones a sus propios pensamientos, atreviéndose a desconfiar de su padre, el Sultan.

-Daisuke agredió a Sarada—espeto Rai, intentando no escuchar las instigaciones de su madre, intentando no encontrarle sentido a sus palabras, -en cierto modo su castigo tiene justificación, yo solo quiero abogar por él—señalo específicamente esto último.

Intento avanzar pero, nuevamente el agarre de su madre lo detuvo. Naoko no deseaba otra coa que el trono para su hijo, la muerte del Sultan y todos los Príncipes traería tan ansiado trofeo, sobre todo la de Sakura que era el eje de poder de todo, pero para llegar a ese punto debían tener mucho cuidado con sus pasos, con lo que hacían y como actuaban, por ende Naoko tenía que asegurarse de que su hijo no interfiriera en la línea de los peligroso, en la línea que haría peligrar sus planes.

-Sabes que nadie puede interferir en las decisiones de su majestad—recordó Naoko con falsa inocencia, apelando al sentido del deber de su hijo, -deja que el destino siga su curso—sugirió.

El Uchiha bufo de mala gana, resignándose. Tal vez su madre tuviera razón.


-Adelante—índico Boruto en cuanto tocaron a las puertas de sus aposentos, dejando que los guardias abrieran las puertas.

La encargada del Harem era una mujer muy ocupada que apenas y tenía tiempo libre, siempre inmiscuida en los asuntos que la Sultana Sakura legara a su cargo, por ende no pudo evitar resultar extraño para Boruto el que lady Ino pidiera un audiencia con él, aparentemente para hablar de algo importante o de lo contrario nunca hubiera pedido tal encuentro en primer lugar.

Tenía muy buenos recuerdos de lady Ino, siempre cumpliendo las ordenes de la Sultana Sakura y a su vez las del Sultan, instruyéndolo inicialmente en las que—ahora—serian su funciones como Hasoda Basi y mano derecha del Sultan. En cierto modo la apreciaba casi tanto como a la Sultana Mikoto. Su cabello rubio—como siempre, adornado por una diadema de oro que sostenía un velo azul, a juego con un par de largos pendientes de citrino en forma de lagrima—se encontraba recogido en una coleta, con un mechón libre que cubría levemente uno de sus ojos. Portaba un sencillo vestido de escote redondo, mangas ajustadas hasta los codos y abiertas como lienzos bajo una chaqueta superior—igualmente de escote redondo, pero más bajo con cuatro botones de plata en caída vertical—azul oscura bordada en hilo ónix brillante, sin mangas y ajustada a su figura por un cinturón de cadena de oro.

-Lady Ino—saludo el Uzumaki, inclinando su cabeza ante la Yamanaka que correspondió el saludo de igual modo, -si pidió hablar conmigo tan urgentemente, debe tratarse de algo importante—supuso, no sabiendo más.

-Lo es—garantizo Ino con voz calmada, comprometida por completo a hacer la voluntad de la Sultana Sakura. -Como sabes, Boruto, soy responsable del Harem como tú de los aposentos del Sultan y los asuntos de estado, nuestros cargos están ligados gracias al vínculo que une a sus majestades y como tal nuestro deber es proteger tanto al Sultan, la Sultana y sus hijos—divago la Yamanaka, apelando a la confianza que existía entre Boruto u ella, -¿Me entiendes?—inquirió.

El Uzumaki sintió, aun dudoso con respecto a lo que la Yamanaka tuviera que decirle y que no había conseguido ser aclarado ante aquella charla, pero teniendo inconmensurable paciencia para lo que sea que ella tuviera pensado decirle.

-Desde luego—garantizo Boruto, -si no me equivoco usted quiere pedirme algo—no pudo evitar suponer.

-Más bien tu apoyo y diligencia—se apresuró a aclarar la rubia ante la confusa mirada del Uzumaki, -la Sultana Sakura quiere darle un mensaje a la Sultana Naoko, uno que no olvidara—puntualizo sonriendo ladinamente.

Saber que se trataba de una medida preventiva de parte de la Sultana Sakura fue más que suficiente para Boruto que depositaba su completa lealtad en el Sultan, la Sultan y aún más en la Sultana Sarada en quien no dejaba de pensar. Haría cuanto fuera necesario para la protección del Imperio, todavía más si eso implicaba deshacerse de la Sultana Naoko, lo que el Sultan seguía considerando prioritario pese a dejar el asunto en manos de su esposa.

-Dígame y obedezco, lady Ino—dispuso Boruto, comprometido en base a sus palabras.

Ino sonrió ante las palabras del Uzumaki, no pudiendo evitar compararlo con Naruto Uzumaki, su padre, igual de valeroso, diligente, leal, algo más serio y menos hiperactivo pero igualmente genuino y original a su propio modo, no le extrañaba que el Sultan lo considerase tanto, depositando su absoluta confianza en él sin importarle nada. Boruto siempre era y seria de confianza, era el intermediario más cualificado que la Sultana Sakura pudiera haber elegido para aquella labor.

-Siendo los ojos y oídos del Sultan en el Palacio, necesito que me des el nombre e identidad de la doncella más leal y diligente de la Sultana Naoko—el Uzumaki no pudo evitar fruncir el ceño ante la idea de la Yamanaka, -ella será nuestra mensajera—menciono sin especificar cuál sería el mensaje.

No sería un mensaje específicamente textual que entregar a la Sultana Naoko, más bien…ella sería el mensaje.


Pese a haber sido víctima de su propio hermano, Sarada no podía evitar intentar—cuando menos—abogar por él, empeñándose en que abandonara los Kafer. Ya había compartido su idea con su padre pero—como siempre—había sido inflexible, determinado que Daisuke seguiría encerrado hasta que el plazo estimado se cumpliera, dentro de otro día más. En los aposento de su madre, frente a ella, sentada sobre el diván, Sarada intentaba consolar a su madre que apenas y podía con la preocupación, contemplando sin demasiado interés la puesta de sol.

La Uchiha lucía un sencillo vestido azul grisáceo—claro—de escote corazón con síes botones de plata en caída vertical hasta la altura de su vientre y mangas ajustadas bajo una chaqueta de igual color bordada en hilo de plata, cerrada escasamente a la altura del vientre, y abierta un centímetro más abajo para exponer la falda, y con remarcadas hombreras. Alrededor de su cuello se encontraba un collar de oro con diminutos zafiros incrustados, emulando espinas, a juego con la corona de oro y zafiros sobre su largo cabello, completando un par de pendientes de cuna de oro con un zafiro en el centro.

-Sé que lo que Daisuke me hizo estuvo mal, madre, sé que ha errado pero…- intento justificar Sara, igual de preocupada que su madre ante la sola idea de que su hermano siguiera más tiempo enclaustrado como un animal, tan cerca y tan lejos a su vez de Yosuke y Neji, tan propenso a caer en la locura ante la claustrofobia en que debía encontrarse, haciéndose a la idea de que su propio padre podía condenarlo a algo así, si erraba a lo suficiente. -¿Encerrarlo en los Kafer, sin comida ni agua, junto a esos locos?—cuestiono Sarada, apretándose las manos. -No aguantara mucho tiempo—concluyo, dando su propia opinión.

Por más que aun residiera en su memora—y de forma permanente—el momento en que Daisuke la había abofeteado, Sarada nunca podría odiar a su hermano, de hecho todo cuanto hiciera no era sino en pro de él y su familia, e n pro de todos ellos, no por causa de una venganza egoísta. Sakura asintió, entrelazando una de sus manos con la de su hija, sintiéndose—en cierto modo—más tranquila al ver y saber que alguien compartía su grado de preocupación por Daisuke.

-Yo también pienso igual Sarada—garantizo Sakura, observando con tristeza a su hija, incapaz de encontrar algún medio con que serenarse y no pensar en cuanto extrañaba a su hijo, -pero si tu padre lo estima conveniente es nuestro deber obedecer—recordó siendo que, además de esposa, era súbdita del Sultan y por ende toda decisión que Sasuke tomara siempre recibiría su aprobación, no es que pudiera objetar tampoco, -el Imperio antes que la familia, no lo olvides—pidió la pelirosa.

Lastimeramente esa era una verdad que nunca podría olvidarse, sin importar el tiempo que pasara o como se ejemplificara, el Sultan era una autoridad casi sagrada, sus órdenes no podían ignorarse, su autoridad no podía ser cuestionada, las normas así lo especificaban y si esas leyes existían era por un propósito que nadie mucho menos las mujeres, se atrevían a cuestionar. Simplemente oponerse al Sultan era como firmar conscientemente una sentencia de muerte, era algo tremendamente peligroso y que nadie se atrevía a hacer.

-¿No habrá algo que se pueda hacer?—cuestiono Sarada, intentando pensar en algo que hiciera a su padre cambiar de parecer.

Más que preocuparte el hecho de que su hermano estuviera encerrado, era la presencia de los "dos locos" como ella lamaba a Yosuke y Neji. Todos en el Palacio sabían que sus mentes estaban prácticamente perturbadas a causa del temor, el temor la muerte, el temor a ser víctimas de conspiraciones que acabaran por desencadenar la ira del Sultan que, con toda facilidad, podría olvidar sus muertes ante la menor provocación que el estimara peligrosa para su familia o para el Imperio. Ellos podían pegarle algo de su locura y eso resultaba preocupante para Sarada que clavo su mirada en su madre, viéndola asentir, dando por sentado el temor como propio, como siempre ya que su madre sufría—sin exteriorizar, desde luego—más que cualquier persona que pudiera habitar el Palacio.

-Se está planeando—divago Sakura ante la confundida mirada de su hija que apenas y entendía a que podía estarse refiriendo, -envié una carta a Shina en Kirigakure, Aratani llegara pronto y con ello desaparecerá la amenaza que llamamos Koyuki—Sarada se llevó una mano al pecho, respirando agradecida ante aquello.

Claro que recordaba a Aratani, recordaba haberla visto varias veces a lo largo de los años cuando su madre visitaba su—anteriormente—palacio, dejando de ver a la aludida en tanto alcanzo la adolescencia y su madre la envió al Palacio de su hermana Shina para que completara su educación. Lo cierto es que, y recordándola como una niña, Sarada podía inferir cosas muy positiva con respecto a Aratani, sobre todo por su belleza que fácilmente habría de cautivar a cualquiera, así como su intelecto y su magnífica capacidad para hablar y alentar a quien fuera necesario. Aratani era perfecta para una responsabilidad así, era perfecta para ser una Sultana.

-Una vez que nuestra aliada ponga un pie en el Palacio, tu padre lo liberara y procederemos a efectuar el encuentro—explico Sakura que tenía muy detallada, en su mente, la manera exacta en que sucedería el encuentro, a menos que algo lo impidiera y ese problema era la Princesa. -Koyuki no puede ni habrá de acceder a nada—sentencio la pelirosa, aludiendo a la compleja jerarquía Imperial.

No podían permitirles volver a los turbulentos días de su pasado, cuando Mito, Mei y Ri habían destruido sus vidas, aniquilado a inocentes y mancillado el honor del Imperio, su mayor deber en esas circunstancias era mantenerse atentas ante todo posible peligro, especialmente si se trataba de

-En ese caso me quedo tranquila madre—sonrió Sarada, ya casi pudiendo sentir que los viejos tiempos regresaban, esos días de paz en que absolutamente todo había parecido posible, -si hay una solución, esperare lo que haga falta—prometió.

Si tenían un medio de acción que usar, entonces—con toda seguridad—Sarada se quedaría tranquil y esperaría lo que hiciera falta.


Palacio de la Sultana Shina/Kirigakure

El día tan asiduamente planeado por fin había llegado a su fase culminante y Shina no podía estar más orgullosa de ello, digiriendo su ansiosa mirada hacia las puertas de sus aposentos en tanto escucho el esperado repiquetear que—silenciosamente—anunciaba a la persona más importante para cambiar el caos que reinaba en el Palacio Imperial, en ese momento cuando menos.

-Adelante—índico Shina, con las manos cruzadas sobre su vientre en un gesto digno y solemne.

La hermosa Sultana se encontraba ataviada en unas exquisitas galas granate—de escote cuadrado y mangas ajustadas– que tenían el emblema de los Uchiha estampado en las muñecas, el vientre, el interior de la falda y la espalda, por sobre estas galas una chaqueta del mismo material y color solo que con un marcado borde e estampadora dorado que emulaba flores de cerezo. Su largo cabello miel dorado caía sobre su hombro izquierdo, adornado por una corona de oro, rubíes y granates que emulaban capullos de rosa a la par con la elegante guirnalda de oro de la que pendían rubíes y granates sobre cuna de oro, en forma de lagrima a juego con un par de pendientes.

Las puertas se abrieron acompañadas de un leve chirrido, permitiendo la entrada de Aratani. Con su largo cabello castaño cual cascada de rizos cayendo sobre sus hombros y tras su espalda, adornado por una sencilla diadema de tipo cintillo hecha de oro y decorada con cristales naranjos y amarillos, —a juego con un par de sencillos pendientes—vistiendo una perfectas galas doradas—de escote corazón con cinco botones de oro en caída vertical, mangas ajustadas hasta los codos y holgadas hechas de seda color durazno—bajo una chaqueta verde claro cerrada a la altura del vientre, Aratani se detuvo frente a la Sultana Shina en este, su último día como su doncella, su último momento en aquel palacio.

-Perfecta—adulo la Sultana observando a la hermosa pelicastaña de arriba abajo, sinceramente maravillada con la joven doncella que habría de volverse Sultana, con una prestancia inocente y poderosa a su vez, digna de comparar con su madre, la Sultana Sakura, ella era perfecta para esa labor, lo había ratificado a lo largo de todo el tiempo que llevaba conociéndola. -He de admitirlo, será difícil encontrar a alguien tan servicial y diligente como tu Aratani—reconoció un tanto divertida haciendo sonreír a la pelicastaña que casi se sintió avergonzada, sabiendo que extrañaría ese palacio en donde había pasado tantos años, pero sintiéndose en su auténtico hogar al volver a ver a la Sultana Sakura, -pero tu usencia no es gran pérdida, servirás a una causa mayor—recordó Shina.

Lo más importante era mantener la paz y evitar que las dispuestas siguieran surgiendo como había tenido lugar hasta ahora, eso implicaba deshacerse de la "Princesa Koyuki", de la Sultana Naoko y de todos los traidores que representasen una amenaza para la paz y el orden del Imperio que, con toda seguridad, debía mantenerse tras incesantes periodos de rebeliones y disturbios que no hacían sino reactivarse cada determinado tiempo como una prueba incansable que enfrentar.

-Una que, Kami mediante, proteja al Imperio, Sultana—menciono Aratani, teniendo muy en claro su deber y cuanto debía hacer de ahora en más, cuando llegara al Palacio.

No sabía si su oportunidad de actuar y probar su lealtad surgiera inmediatamente, pero no tenía miedo de nada, la Sultana Sakura le había enseñado que no había que temer a nada más que al propio medio, a la idea del temor, no a algo material o espiritual en sí, esas cosas solo se volvían reales si se cuestionaban y forzaban a volverse realidad. El miedo no debía existir, o cuando menos no ser visible ante los ojos del resto del mundo, mucho menos de sus enemigos que aprovecharían toda ocasión posible para sembrar la discordia como habían hecho hasta ese entonces.

-A partir de hoy comienza un nuevo capítulo en tu vida, tenlo en cuenta—pidió Shina dejando en claro que la joven que saldría de su palacio estaba exclusivamente destinada a ser una Sultana, había crecido con ese propósito ante el cariño y amor de la Sultana Sakura. -Un mujer siempre interpretara diferentes roles en su vida; niña—puntualizo casi aludiendo a los días y años previos antes de que Aratani fuera llevada al Palacio Imperial, -mujer—señalo al presente, viendo sonreír a la pelicastaña, -amante, madre—señalo ambos puntos por igual ya que uno incluía al otro, estableciendo lo que Aratani debería hacer; cautivar por completo al Príncipe Daisuke, y- si Kami lo permite, una Sultana—espeto Shina, viendo asentir a Aratani que no tenía otro deber en su vida salvo ese.

La vida que había tenido antes del llegar al Palacio había ido prácticamente miserable, en el peor de los sentidos sin duda, había comenzado a vivir cuando la Sultana Sakura había tenido clemencia y la había tomado bajo su tutela, educándola y brindándole el amor que se debía otorgar a una hija, dándole la oportunidad de pulirse cual diamante perfecto para que todos algún día la contemplaran como habían hecho—y seguían haciendo—con ella, siempre habían predispuesto que fuera una Sultana y no era como si Aratani pretendiera decepcionar a alguien, en lo absoluto.

-No importa el cómo llegues a la cima, solo esfuérzate en mantenerte—indico la Sultana Shina.

Un mujer debía ser más que hermosa, claro, eso servía hasta cierto punto pero si no se tenía inteligencia simplemente no se podía sobrevivir, eso permitía vencer, eso permitía perdurar en el tiempo como había hecho la Sultana Sakura, ser más que solo una belleza cualquiera, se debía ser una belleza que transitara épocas, alguien de quien todos pudieran hablar con orgullo.

-Lo haré, Sultana—prometió Aratani.

Iba a ser una Sultana, daría su vida por la Sultana Sakura.


Naoko se removió sobre su cama, contemplando el sol que acababa de salir hacia solo unos instantes, demasiado cómoda sobre su cama como para levantarse aun.

No había necesidad en realidad, ya que no era una figura tan prominente en política o en el círculo social del Harem, no tenía demasiadas cosas en las que preocuparse, salvo su hijo Rai por quien velaba, por quien se arriesgaba hasta límites insospechados, capaz de llegar más lejos que nadie con tal de protegerlo. Estirando ligeramente sus articulaciones, Naoko, volteo al otro lado de la cama, dispuesta a levantarse, cerrando sus ojos ante la indiferente molestia del sol antes de abrirlos y quedarse horrorizada. Ahí, sobre la cama, a su lado, estaba el cadáver de su fiel doncella Emiko, degollada a sangre fría como si fuera un animal.

Sakura…eso era obra de Sakura, era una advertencia de que la estaba vigilando y lo que hacía.


PD: lamento si no es tan largo pero quiero que la historia dure y sea del completo agrado de ustedes :3 esta actualización dedicada, como siempre, a DULCECITO311 (prometiendo actualizar su fic "La Bella & La Bestia" mañana :3, y a quien debo llamar vidente porque, en efecto, todo salio bien en mis exámenes y trabajos) y a Adrit126 (prometiendo actualizar su fic "El Emperador Sasuke" el sábado o domingo :3 aclarando que, en efecto, quien ha llegado es Mitsuki, pero dejando la duda de si Daisuke aprendió del castigo o no :3) gracias mis queridos lectores y lectoras :3 besos, abrazos y hasta la próxima.