¡Hola a todos! ¿Qué tal? ¡Feliz Navidad, y Feliz Año Nuevo! ¡Ajá! Sé que queréis matarme, pero no podéis porque os pica la curiosidad por ver cómo sigue la historia jejeje Sé que tardé más de lo que dije, y también más de lo que quise, pero tercero de periodismo es duro, muy duro señores! Y cuando me dan vacaciones no creáis que la familia me suelta tan fácilmente. Además, este capítulo le he trabajado mucho, porque me interesaba especialmente que quedara cannon, así que ya me diréis si he acertado. Como siempre, he escrito un capítulo kilométrico que hará que me perdonéis porque viene muy muy muy cargadito, no miento!!

Y como sé que tenéis tantas ganas como yo porque leáis, contesto rápido a algún anónimo, y vamos allá:

Fd-potter: Hola cielo! Me sabe raro contestarte a un review de otro capítulo, pero como estamos todos muy liados, cada uno sigue el ritmo que puede jejeje Amaste la pelea de James y Lily?? Los pobres, tenemos que intentar que no discutan nunca, que sufren! Aunque yo soy algo mala y me gusta comprometerlos un poco jejeje esta pelea solo la puse porque necesitan un par de ellas para madurar su relación y que se convierta en esa tan especial que todos conocemos, pero no podía tenerles un capítulo separados, se me parte el alma :( Bueno, bueno, sí Grace y Sirius ya se han enterado, y no te voy a decir que se arreglen, porque me parece mucho decir xD, pero sí que pasarán más cosas a partir de esa revelación :P Me alegro también de que te gustara mi idea de las cajas, en este capítulo pasará algo muy importante relacionado con ellas. ¿Qué significa "seca" allí? Porque aquí es lo mismo que aburrida, y me ha sonado raro que me lo llamaras jajajajaja ya me explicarás!! Un besazo enorme!;)

Roxanne Potter: ¡Lectora nueva! ¡Bienvenida! :D Me alegro que te guste la historia! Lo cierto es que al principio yo no estaba del todo convencida, pero últimamente sí estoy muy contenta con ella, pues ya he llegado a la acción que quería jeje me alegro que te gustara el personaje de Denise, es un pequeño homenaje a una lectora y gran amiga, que tiene el mismo nombre :P En cuanto a Sirius... le adoro :D Espero que suene creíble con el Sirius cannon, porque es mi intención, claro. La historia del padre de Sadie y Jeff se parece por encima a la de Sirius, pero poco a poco se va viendo que es más oscura aún que la de él. En cuanto a Grace, supongo que te refieres al engaño que llevó con Sirius... Bueno, la historia es así, no les puede gustar a todos jejeje Siento si he tardado mucho en actualizar, pero lo cierto es que en este tiempo cuesta sacar tiempo para escribir, y no todo sale a la primera jejeje. Espero que te guste la continuación, y me dejes saber tu opinión. ¡Un besazo!;)

LilyLunaPotter: ¡Hola wapa! Me alegro que te gustara la historia. Lo cierto es que hasta que me has dicho lo del video, no sabía que no estaba. Es extraño, pero no aparece por ningún lado, por lo que supongo que me le habrán borrado por algún motivo :( Quería hacer otro cuando tuviera un poco de tiempo, pero también tengo el problema que mi programa no funciona bien. De hecho, el primer video estaba mal editado, porque había algún problema, y la pantalla se partía por la mitad :S Lo único que se me ocurre para que lo veas, es que me agregues al messenger (está en mi perfil), y te lo paso por ahí, como tú quieras ;)

Bueno, ya está, ahora os dejo con la historia, recordándoos que nada de lo que reconozcáis es mío, exceptuando a James, y ocasionalmente Sirius cuando Denise no se entera jejeje

AVISO: Este capítulo contiene escena/s algo fuertes y de contenido violento y sexual.

"JURO SOLEMNEMENTE QUE MIS INTENCIONES NO SON BUENAS"

Capítulo 28: Navidades negras.

Pese a que ya pasaba del mediodía, el cielo en el centro de Londres estaba completamente encapotado, el sol escondido, y las calles recubiertas de una fina capa de nieve que había caído durante la noche. El lago de Hyde Park estaba completamente congelado, y los pocos que se habían atrevido a salir de casa aquella mañana de Navidad, tenían que caminar con cuidado debido al hielo acumulado en las aceras. Un valiente muggle se encontraba haciendo deporte en ropas ligeras, en la frutería de la esquina una madre obligaba a su rebelde hijo a cogerla de la mano, y el quiosquero se frotaba ágilmente las manos para espantar el frío. Nadie pareció ver al grupo de desconocidos que, ocultando sus rostros, llegaron al lugar con discreción y se confundieron con los escasos viandantes. Pocos minutos después, otro grupo llegó al lugar, y así sucesivamente fueron llegando los demás. Los muggles no parecieron darse cuenta de la anormalidad. Si hubiera habido algún mago en ese momento, se habría percatado enseguida del peligro inminente, aunque seguramente no habría vivido lo suficiente para dar la voz de alarma. De entre los desconocidos, una mujer morena de mandíbula marcada sonrió sádicamente. Faltaba menos de una hora.

OO—OO

James despertó esa mañana pensando en Lily, como siempre. Pero, a diferencia de las demás veces, sentía en el pecho un peso desconocido. Por un momento, el sueño se confundió con la realidad, y le dio un vuelco al corazón, pero después suspiró con fuerza y se obligó a calmarse. No debía ser hipocondríaco, Lily estaba bien, sino le habría avisado. La última carta que había recibido de ella había sido la noche anterior, justo antes de cenar, y en ella su novia se había mostrado particularmente feliz y cariñosa.

Cuando se convenció de que todo iba bien, y que ese peso se debía al exceso de dulces, saltó eufórico de la cama. Navidad. ¿Le habrían comprado sus padres la equipación del Puddlemere? Seguro que sí. Jamás le habían negado un regalo. Con ese alegre pensamiento, salió de su cuarto como un huracán, entró al de Sirius, y se tiró sin compasión encima de la cama donde dormía su amigo. Sirius le dio una patada para apartarle, pero no se despertó, sino que se dio la vuelta y roncó escandalosamente.

- ¡Sirius despierta!

- Vete a la mierda Kreacher... –murmuró su amigo mordiendo la almohada-.

Confuso por su reacción, James le dio un golpe en medio de la espalda que le cortó la respiración al muchacho, y le hizo abrir los ojos de golpe. La furia se escapó de su mirada cuando miró alrededor, y se dio cuenta donde estaba. Saludó a su mejor amigo con una tonta sonrisa de felicidad. Había soñado que volvía a ese lugar, pero afortunadamente, solo fue un sueño. Jamás volvería a pisar Grimmauld Place...

- ¡Buenos días bello durmiente! –exclamó James con una sonrisa divertida, mientras fingía inclinarse para darle un beso-.

Sirius se echó a reír con él, y le apartó de un golpe más fuerte de lo necesario. Aún le dolía la espalda.

- Feliz Navidad, gafotas.

- Feliz Navidad, chucho. Yo también te quiero –le respondió James sarcásticamente-.

- ¿Me has comprado algo bonito, cariño? –preguntó con una sonrisa burlona mientras se pasaba un jersey por la cabeza-.

- ¡Oh, ya por fin pude comprarte el anillo de compromiso! La boda será en junio –contestó James siguiendo la broma mientras le abrazaba por los hombros y batía teatralmente las pestañas-.

- Eso alegraría a tu madre –le dijo Sirius entre risas-.

Su conversación se interrumpió cuando un suave golpe en la puerta reclamó su atención. Unas largas orejas asomaron por la puerta, y la elfina de la familia Potter miró hacia el interior.

- Perdonen señoritos, pero el ama Dorea me mandó llamarles para el desayuno.

- Ahora vamos Kira –respondió James acomodándose en la cama, con un claro signo de que tardarían en obedecer, como siempre ocurría-.

De hecho tardaron quince minutos en bajar por las escaleras, entre risas y empujándose el uno al otro. Dorea sonrió ante la interacción de sus dos pequeños, y les instó a desayunar antes de mirar los regalos, como ambos pretendían.

Por supuesto, James recibió la completa equipación del Puddlemere, y Sirius se asombró enormemente por recibir una cazadora de cuero, estilo muggle, que había visto en Londres el verano pasado. Dorea se había acordado, y había ido a buscarla en cuanto pudo. La sonrisa de Sirius la provocó tal ternura, que volvió a pasarle la mano por el pelo, con esa costumbre suya de peinarlos a todos constantemente.

- ¡No era necesaria la molestia mamá Dorea! –le dijo el muchacho con una sonrisa, mientras se la probaba-.

- Por supuesto que sí –respondió Charlus desde la puerta, donde había estado observando todo-. Mientras nosotros estemos aquí, a mis hijos no les faltará de nada.

La expresión que puso Sirius al escuchar como volvían a incluirle en la familia, fue de absoluto agradecimiento. La única que la vio fue Dorea, pues los demás estaban demasiado pendientes de la locura que estaba montando James, volando por el salón con su escoba, y ya vestido con la equipación. Ella, sin embargo, miraba a Sirius pensativa. Era su segundo hijo, como si ella misma le hubiera parido. Aún podía recordar cómo hacía un año había llegado a su puerta, repudiado de su antiguo hogar, pero recibido en el suyo con los brazos abiertos.

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27 de diciembre de 1976

Para Dorea Potter no había mayor placer que ver a su hijo feliz. Por eso, esa mañana poco después de Navidad, no podía evitar que una amplia sonrisa adornara su rostro mientras veía a James utilizar todos los productos de su estuche de manutención de escobas en su nueva Nimbus 1700. Ya tenía quince años, pero Dorea aún conservaba el derecho de poder pasar con él esos momentos tan preciados, ese derecho que Charlus iba perdiendo día a día.

- ¿Qué tal tus amigos? –le preguntó por millonésima vez. No se cansaba de oírle hablar de ellos, ¡la amistad estaba tan sobre valorada a los quince años! A veces extrañaba esa forma tan inocente de ver el mundo, y lo miraba a través de los ojos de James-.

- Todos bien, ya sabes. A Sirius le han castigado por culpa de la pelirroja –gruñó James entre dientes-. Guapísima mamá, pero muy metiche. Siempre está arruinando todo lo divertido. Richard intentó convencerla de que no se chivara, pero nada...

- ¿Qué estaba haciendo Sirius? –preguntó Dorea con una pequeña sonrisa y las cejas arqueadas. Seguro que la versión de James sería muy original-.

Antes de que él pudiera contestar, escucharon el timbre de la puerta principal. Los dos se giraron en esa dirección con curiosidad, pues no sabían que esperaran a nadie. Sin embargo, si su elfina le había dejado pasar, era porque era un conocido de la familia. Seguramente era algún socio de Charlus.

Ellos no se movieron del cuarto de James, y siguieron hablando mientras el muchacho observaba cada detalle que estuviera mal en su nueva escoba, aunque estaba completamente perfecta. No había pasado un minuto, cuando unas voces alteradas subieron por la escalera y llegaron hacia ellos. Dorea le dijo a su hijo que se quedara mientras ella echaba un vistazo, y al asomarse por la barandilla del segundo piso, vio a su marido y su suegro inclinados sobre alguien que parecía sentado en el suelo.

- Pero muchacho, ¿qué te ha ocurrido? –preguntó el abuelo Potter-. ¿Dónde te has puesto así?

- ¿Quién ha sido, Sirius? –preguntó Charlus con voz grave-.

A Dorea le dio un vuelco al corazón al escuchar el nombre del mejor amigo de su hijo. Desafortunadamente, James no la había echo caso en lo referente a quedarse en su habitación, y también lo había oído.

- ¡Padfood! ¿Qué ha pasado? –gritaba el muchacho bajando las escaleras de dos en dos-.

Dorea descendió más despacio, pero llegó a tiempo de ver la tez pálida del muchacho, que temblaba mientras su esposo y su suegro le ayudaban a incorporarse. El chico intentó dirigirles tanto a su mejor amigo como a ella una sonrisa tranquilizadora, pero su expresión agitada no ayudó a ello.

- ¿Qué ha ocurrido cariño? –le preguntó maternalmente-. ¿Has tenido algún accidente viniendo hacia aquí? ¿Saben tus padres que has venido?

No la pasó por alto la expresión de alarma de Sirius, pero Charlus habló antes de que pudiera cuestionarle.

- Esto no ha sido ningún accidente. ¿Quién te ha hecho esto, hijo? –le preguntó apretándole el pecho, y haciendo que el chico se doblara del dolor-.

- ¿Qu... qué?

- Vamos Sirius –exclamó el hombre impaciente-. Fui duelista durante demasiados años como para saber distinguir perfectamente las heridas provocadas por un cruciatus. ¿Quién fue? ¿Ha sido alguien de tu familia?

Dorea se llevó una mano a la boca horrorizada. ¿Cruciatus? ¡Merlín! ¿Quién sería tan monstruo como para hacerle un cruciatus a un niño de dieciséis años?¿Alguien de su familia había dicho Charlus? No. Ella, como una Black, no podia creerlo posible. Sus padres siempre la inculcaron lo noble que era su familia, y maldecir a un niño no tenía nada de noble. Por eso se escandalizó cuando el mejor amigo de su hijo asintió con la cabeza.

James se puso a gritar furioso, Charlus no estaba más tranquilo, y ella continuaba en shock. El escándalo atrajo la atención de su suegra, que bajó la escalera preguntando qué ocurría. Pero nadie la contestó. Todo se había desmadrado, y el patriarca Potter propuso que el muchacho contara toda la historia antes de hacer nada, pues su hijo y su nieto parecían capaces de todo.

Acomodado en el sofá, y con los brazos de Dorea abrazándole maternalmente, Sirius contó cómo sus padres le habían hecho volver a casa para iniciarle como mortífago, y como al negarse e intentar escapar de casa, había recibido tres cruciatus en el pecho. De eso ya hacía cuatro días en que, para incomprensión de Dorea, ninguno de sus progenitores había propuesto llevarle a San Mungo. Sirius acabó el relato en susurros poco normales en él, y apenas dijo la última palabra cuando Charlus, quien había estado escuchando junto a James, ambos con la misma expresión de furia, se levantó de golpe, rugiendo como un león.

- Los mataré...

- Hijo, siéntate y cálmate un momento –pidió su padre con paciencia, aunque igual de indignado que los demás-.

- Les demandaré al Wizengamot. Los llevaré a todos a Azkaban.

- Charlus, ¿quieres demandar a la familia Black? –preguntó Dorea con sarcasmo-. El caso ni siquiera llegaría a juicio. Son demasiado influyentes.

Ya no se incluía. Lo poco que la quedara de Black había desaparecido con esa monstruosidad contra un niño indefenso.

- Tiene razón tu esposa, Charlus –dijo Elladora Potter-. Esa gente estará podrida, pero tiene influencia en todas partes.

- ¿Estáis diciendo que no se puede hacer nada? –exclamó James enfadado-.

Charlus negó con la cabeza.

- Si es necesario me tomaré la justicia por mi mano.

- ¿Puedo hablar? –preguntó Sirius algo cohibido ante el humor de todos. Dorea apretó su abrazo, y el muchacho siseó del dolor, haciendo que ella aflojara-. No vine aquí para que nadie haga ninguna locura por mi culpa. Solo quería irme de casa, y este es el primer lugar que se me ocurrió. Pero antes de que nadie se complique la vida, prefiero volver a casa y...

- Eso ni se te ocurra –le interrumpió Dorea-. Allí no vuelves. Te quedarás aquí, ¿no es así, Charlus?

- Eso no entra en discusión –aseguró el hombre con voz grave. Chasqueó los dedos, y alzó la voz-. ¡Kira! Prepara la habitación de invitados para Sirius.

La elfina ya estaba cumpliendo la orden antes de terminar el mandato, y todos notaron como el baúl de Sirius desaparecía de repente.

- Sé lo que podemos hacer –le dijo su esposa con seguridad-. Sabemos que jamás aceptarían una denuncia contra ellos, y ellos lo saben. De lo que no tienen ni idea es de nuestros contactos.

- ¿Qué quieres decir, hija? –le preguntó su suegro con curiosidad-.

- Que solo sea cuestión de tirarse un farol. Charlus, cuando puedas vete a hablar con Orion Black, y dile que sabes lo que le ha hecho a Sirius, y que como le reclamen para llevarle de vuelta a casa, tú te encargarás de que mañana El Profeta tenga en portada una entrevista de su primogénito hablando sobre sus malos tratos. Sirius es aún menor de edad, y por ley pueden reclamarle, así que lo que debemos evitar a toda costa es eso. Si se olvida de él, no haremos nada más. Solo asegurarnos de que no se le vuelvan a acercar.

Tras mucho pensarlo, todos reconocieron que era la mejor idea, pues era sutil y podría ser lo poco que fuera efectivo contra ellos. Dos días después, Charlus hizo una visita a Orion Black, quien se mostró más que dispuesto a olvidarse que Sirius alguna vez había existido. A partir de ese día, Dorea tuvo dos hijos en vez de uno.

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- Mamá, ¿es que no vas a abrir nuestro regalo? –preguntó James sobresaltándola-.

Tanto él como Sirius la miraban impacientes, mientras su hijo le extendía un pequeño paquete. Sonriéndoles con cariño cogió su regalo y lo desenvolvió con cuidado.

- Oh...

No pudo evitar emocionarse al ver los pendientes de perlas que había dentro. Les miró con agradecimiento, y los chicos sonrieron satisfechos y se dejaron abrazar y besar por una Dorea cada vez más feliz de ser madre por partida doble.

OO—OO

Lily había salido temprano de su casa. El viaje hasta Londres era de más de dos horas en tren, y esa vez no había querido pedirle a su padre que la llevara. Bastante se desilusionarían al ir a despertarla para darle sus regalos y sólo encontrar una nota en su habitación diciendo donde estaba. Había entrado al cuarto de sus padres, encontrándolos a ambos durmiendo. Cuando vio a su madre descansando en la cama, con el pecho subiendo y bajando lentamente, sus ojos se volvieron a aguar, y tuvo que cerrar la puerta rápidamente, antes de que se oyera su angustioso sollozo.

Siempre la había considerado todopoderosa y omnipresente. Inmortal, como una heroína capaz de una magia que para ella era inalcanzable, como curar heridas con un beso, o calmar pesadillas con un abrazo. Pero Amanda Evans era tan voluble y mortal como los demás, y ahora estaba enferma, tocada, aunque no hundida, como quería pensar Lily. Quería pensar que tras ese tropiezo, volvería a levantarse más fuerte que nunca. Porque ella la necesitaba, porque aún se sentía muy niña para luchar sola. Presumía de ser mayor de edad, pero la pequeña Lily de diez años aún seguía allí, esperando a Tuney para jugar, y a que mamá le hiciera la merienda. Aún no podía pensar en su vida sin su madre. Aún no era tiempo para dejarla marchar.

Su ensoñación se rompió cuando el tren frenó de golpe, y llegó a King´s Cross. Lily se incorporó en su asiento y se secó las mejillas, que estaban completamente mojadas. Agarró su bolso con fuerza, y se abrochó más fuerte el cuello del abrigo cuando el frío de la estación llegó hasta ella. Ni siquiera se paró a mirar el libro que era puerta del andén 9 ¾, de su mundo, como siempre hacía cuando iba a esa estación, sino que pasó de largo, y fue directa a la boca de metro. Quería llegar cuanto antes al Caldero Chorreante.

Dos días atrás había sido el apoyo de Grace, y ahora necesitaba que su mejor amiga fuera el suyo. Había pensado en ella en primer momento, pues en siete años había sido junto a... Severus, la amiga en la que más había confiado. Pero ahora, pensó mientras compraba su billete en la vacía estación, no paraba de pensar en si no habría debido escribir a James. Él era su novio, pero además, había sido un gran amigo, y había sabido estar ahí en todo momento. Seguro que él habría encontrado la forma de hacerla sentir mejor, como cuando la llevó a dar un paseo en escoba para animarla... Pero no. No se habría sentido bien por estropearle la mañana de Navidad, sabiendo cómo él se emocionaba con los regalos. Ya habría tiempo de apoyarse en él. Ahora necesitaba una charla con su mejor amiga, quien ya la esperaba inquieta en una de las mesas del fondo del bar.

Grace se levantó en cuanto Lily entró por la puerta, y se dirigió hacia ella apresuradamente.

- ¿Qué ha pasado? –la preguntó atemorizada-.

Observó con aprehensión los ojos humedecidos de su amiga y su nariz roja, mezcla del frío y del llanto. Lily sólo la había escrito diciéndola que algo había pasado en su casa, y que necesitaba hablar con alguien. Y, por supuesto, allí estaba, como siempre había estado Lily para ella.

La pelirroja fue a hablar, pero como no encontraba las palabras, hizo un mohín y tuvo que contener el llanto. Solo pensar en esa palabra la descomponía. Eso no estaba ocurriendo, no la estaba pasando a ella. Apenas fue consciente de cuando Grace la arrastró hasta la mesa y habló con el camarero. Cuando se quiso dar cuenta, estaba sentada en la silla, con su amiga de frente y una gran jarra caliente de hidromiel en las manos. Se sorbió la nariz, y pasó el dorso de la mano para borrar sus lágrimas con brusquedad. Después miró a Grace, y de inmediato a su alrededor.

- ¿Y tu guardaespaldas? –la preguntó extrañada-.

Grace se extrañó al principio, y miró por encima de su hombro, pero se encogió de hombros intentando formar una leve sonrisa en sus finos labios.

- No he avisado en casa que venía, así que no han llamado ni a Kingsley ni a Frank, afortunadamente. La única que lo sabe es la pobre Allie, pero la he ordenado no decírselo a nadie. Espero que no intente auto castigarse...

Dejó de hablar sola cuando vio la mirada perdida de Lily, que daba entender que no la había escuchado. Acercó más su silla, e insistió.

- ¿Qué ha pasado, Lils?

Lily tragó saliva e inspiró hondo. La había escrito para poder hablar con alguien, por lo que lo lógico es que la contara lo que ocurría.

- Yo... mi... –le costaba tanto pronunciar esa palabra en voz alta-. Mi madre... tiene cáncer.

Al instante volvió a echarse a llorar. ¿Dónde había ido a parar la valentía Gryffindor? Tenía tanto miedo... Grace no acababa de saber qué era esa enfermedad muggle, pero llegó a la conclusión de que era algo grave, y se le secó la garganta. No sabía qué decir. Nunca había sido buena con las palabras suaves, eso era más de Rachel o Kate. Atinó a acercarse más a ella y rodear con los brazos el diminuto cuerpo de su amiga. Lily suspiró, dejándose llevar del todo por fin, y diciendo en voz alta las palabras que tanto temía.

- ¿Y si... y si se muere?

Grace dio un respingo ante la idea. Negó con la cabeza efusivamente, hasta que se dio cuenta que su amiga no podía verla. Pero también lo decía para sí misma. Conocía desde hace años a la madre de Lily, y también le aterraba la sola idea de que esa mujer, aún joven, pudiera sucumbir ante una enfermedad.

- No, no. Ya verás como no.

- Pero hay mucha gente que muere de cáncer... –insistió Lily con la voz rota. Nada podía quitarle ese pensamiento de la cabeza-. Yo sin mi madre no... yo no...

- No, Lily, escucha –repitió Grace obligándola a mirarla. Los ojos llorosos de Lily la provocaron tal pena que temió caer también presa del llanto. Pero ella era más dura, y tenía que serlo especialmente en ese momento-. Puede que haya mucha gente que muera de esa enfermedad, pero seguro que hay mucha gente que también se recupera.

Estaba pisando terreno peligroso. No tenía ni idea de en qué consistía aquello. ¿Sería completamente mortal, o había gente que se recuperaba? No quería meter la pata en ese momento. Estuvo a punto de sonreír de alivio cuando Lily asintió pensativamente. Ella sabía más de esa enfermedad, así que si había dicho eso es que había posibilidades. Quizá sólo estaba negativa, lo cual era lógico.

Lily se echó a llorar de nuevo, escondiendo la cara en las manos, y Grace se asustó cuando comenzó a hiperventilar. Se estaba empezando a agobiar. Eso la sobrepasaba. Cuando Lily la había escrito, y la había hablado de problemas en su casa, lo primero que se la vino a la mente fue que hubiera habido otro enfrentamiento con su hermana Petunia, y ella tendría que pasarse la mañana insultándola e intentando hacer reír a Lily. Eso se la daba mejor. Pero en ese caso ella estaba completamente perdida.

- Lils, por favor, escúchame. Conozco a tu madre, y si hay alguien que puede superar una enfermedad, esa es ella. Es una mujer fuerte y positiva, y saldrá adelante. Lo que tienes que hacer es estar a su lado, y hacerla ver que no se tiene que preocupar por ti. Tú eres muy madura, y estoy segura que sabrás tomarte todo esto del modo adecuado, sólo que ahora estás impresionada y asustada.

No sabía si lo que había dicho tenía mucho sentido, ni si Lily la había entendido, pues ella misma estaba comenzando a liarse. El tema la estaba sobrepasando por completo. Sin embargo, muy mal no debía estar haciéndolo, cuando su amiga dejó de llorar a lágrima viva, hipando mucho más despacio, y la miró con una expresión extraña.

- ¿Qué...? –preguntó frunciendo el ceño-.

Para su alegría, Lily esbozó una muy pequeña, pero visible sonrisa.

- Lo cierto es que no esperaba un comentario tan maduro de tu parte.

Grace sonrió con alegría. Había conseguido que volviera la valiente Lily.

Un poco más calmadas, siguieron hablando. Ahora que su amiga no era un mar de lágrimas, Grace se sentía más segura a la hora de darle ánimos, y Lily comenzaba a ver un pequeño claro en el oscuro cielo. Quizá todo fuera como ella deseaba, y su madre estuviera tocada, pero no hundida. No todo estaba perdido.

OO—OO

El estado de ánimo de Remus esa mañana era contradictorio. Por un lado, su preocupación por su padre iba en aumento, y aún no estaba seguro de si volver a Hogwarts sería lo más conveniente, y por otro, no podía evitar desear volver cuanto antes, lo que además le hacía sentir culpable. En ese momento estaba entre su padre y Rachel. Los dos lo necesitaban, y a la vez ambos lo negaban. Y para colmo, esa misma mañana había recibido una lechuza de Dumbledore, asegurándole que si quería volver antes de tiempo, sugería que cogiera el tren esa tarde para Hogsmeade, y que allí mismo mandaría a Hagrid a buscarle para que no tuviera que hacer el camino solo.

¿Qué haría? Había pasado la mitad de la noche despierto, preguntándose si su padre estaría bien. Se había levantado, incluso, en una ocasión, y se quedó durante media hora de pie, junto a la puerta de la habitación de su padre, escuchándolo dormir. Su subconsciente le había despertado en varias ocasiones, con un gemido o tos del hombre, pero lo cierto es que parecía que Earnest tenía un sueño profundo y tranquilo.

En ese momento estaba sentado en el sofá, quedándose dormido, mientras escuchaba a su padre remover las cosas en el trastero. Seguía sin decidirse. Su deber le llamaba a ambos lugares, y si se preguntaba cuál quería, tampoco lo tenía claro. No podía escoger entre las dos personas más importantes de su vida.

- Bueno, hijo, perdona el retraso.

- ¿Qué? –preguntó algo sobresaltado y adormilado. No se había dado cuenta de cuándo su padre se había sentado a su lado-.

Earnest le sonreía tranquilamente con un gran paquete rectangular en las manos, el cual le tendió con un extraño brillo en los ojos.

- Feliz Navidad.

Remus sonrió tristemente, cogiendo con cuidado su regalo. Era el primero que era sólo de su padre, y eso le provocaba un pequeño agujero en el estómago. Le faltaba su madre sonriendo dulcemente, e inclinando la cabeza a un lado, una costumbre suya siempre que esperaba su reacción por algo. Rasgó lentamente el papel azul oscuro, y se encontró con la sobria portada de un libro. No era raro que le regalaran algo así, por lo que en un primer momento le dedicó a su padre la sonrisa de siempre, y después leyó el título vagamente. "Viaje entre dos personalidades. El poder de una lucha", rezaba un título con letra formal, sin florituras, en una portada marrón oscura, sin fotografías ni más características.

- ¿Es una novela? –preguntó extrañado por un título tan ambiguo-.

Su padre suspiró, aún con el brillo en sus ojos.

- Son varias historias, pero basadas en experiencias reales de distintas personas. Lo encontré el mes pasado cuando fui a vender los muebles de mis padres a ese anticuario que solíamos frecuentar cuando eras pequeño. Todos los que hablan aquí son como tú –el rostro de Remus perdió la sonrisa al darse cuenta de lo que significaba. Su padre fingió no darse cuenta, y prosiguió-. Su vida fue interrumpida por un desagradable acontecimiento, pero se negaron a ser considerados lo que no sois: un monstruo. En este libro, cada uno cuenta su historia.

Suspiró, mirándole evaluativamente, pues Remus había adquirido una expresión hermética. Earnest esperaba que su hijo quisiera eludir un poco su tema, pero no pensaba rendirse.

- Remus, sé que al salir de Hogwarts –insistió- lo tendrás más difícil que el resto, aunque hayas demostrado ser mejor que la mayoría. No soy ingenuo, sé el trato que os suelen dar. Pero ellos –dijo señalando el libro-, han conseguido salir adelante, y sé que tú también lo conseguirás. Esta gente, Maximiliane Fritz, Olimpia Di Venetto o Brian Boothe, tienen el mal de la licantropía, pero han conseguido llevar una vida tan buena como cualquiera. Tienen un trabajo digno, una familia, una pareja... Remus, con esto quiero que te des cuenta que esto sólo es una parte de tu vida, pero no la rige. Tú sigues siendo tú detrás del lobo.

Remus miró el libro pensativo, y fue pasando hojas distraídamente observando algunas fotografías de esas personas. Parecían tan normales...

- Ya, pero por mucho que me convenza a mi mismo, ¿y los demás?

- Te pondrán trabas –le respondió su padre con sinceridad-. Pero al final, la gente que merezca la pena, verá de ti lo que tú quieras que vea. No podemos pretender gustarle a todo el mundo. Ni siquiera la persona más normal y común del mundo consigue eso... Tú preocúpate de ser feliz, e ignora lo que piense el resto.

Remus se había emocionado con las palabras de su padre. Pestañeó varias veces para que Earnest no viera el brillo contenido en sus ojos, y sorbió fuerte por la nariz mirando hacia la pila de platos sucios en el fregadero.

- Yo también te compré algo, espera.

Era la excusa perfecta, pues salió apresuradamente del lugar para ir a buscar su regalo. Cuando estuvo fuera de la habitación, se apoyó contra la pared e inspiró hondo antes de poder calmarse, y fue deprisa a su cuarto. Volvió al poco con un pequeño paquete en las manos. No era mucho, pero era todo lo que podía permitirse con sus ahorros, para que también le diera para el regalo de Rachel. Lo había comprado el día anterior, pensando angustiado en los despistes de su padre.

- ¿Qué me traes, hijo? –preguntó el hombre con curiosidad-.

Él le tendió el pequeño regalo envuelto en papel de color ocre, le sonrió algo nervioso, y se sentó a su lado expectante. Su padre lo desenvolvió con cuidado, y miró el interior soltando una carcajada.

- ¿Es lo que yo creo? –preguntó divertido-.

Remus se mordió el labio inferior algo azorado.

- Es un chivatoscopio. Para que lo tengas en casa.

Su padre se rió de nuevo.

- Remus, ¿de verdad crees que lo necesito? ¿Quién va a venir a por un viejo inservible como yo?

El muchacho suspiró y asintió con la cabeza, convencido. En esos tiempos, daba igual quien fuera la víctima. A los mortífagos les valía todo con tal de crear terror.

- Guárdalo. Por mí. –le suplicó-.

Su padre lo miró intensamente, y acabó aceptándolo, atrapándole en un caluroso abrazo, que le apretó los hombros con toda la fuerza que pudo.

- Y ahora sube a hacer el baúl. Hay una señorita que está esperándote en Hogwarts –le dijo, guiñándole un ojo-.

Remus se sorprendió de esto, y se alejó de su padre, mirándolo confuso.

- ¿Cómo...?

- A veces no puedo evitar curiosear en el correo de mi hijo –le confesó su padre sin una pizca de vergüenza. Un atisbo del antiguo Earnest Lupin se atisbó en su divertida mirada. Sin embargo, se puso más serio al recordar algo-. No sabía que Rachel se quedaba allí sola.

- Eh... sí –contestó Remus algo incómodo-. Los chicos se han ido todos, pero por ser el último año, ella quería quedarse allí.

Earnest asintió pensativamente, y Remus cruzó los dedos, rezando para que le creyera. Segundos después, el hombre volvió a sonreír.

- Venga, corre, que quiero que comas aquí antes de ir a coger el tren. Tienes que aprovechar las vacaciones a solas con Rachel, antes de que esos tres locos vuelvan para que sigáis haciendo de las vuestras –añadió con una sonrisa divertida-.

OO—OO

Regulus no había abierto la boca desde que había llegado a Abbey Road. Sadie paseaba a su lado, mirándolo de reojo extrañada. No sabía para qué la había escrito para quedar, si luego se iba a quedar ahí pasmado con cara de idiota.

Él, por su parte, estaba con el ceño fruncido, refunfuñando interiormente. Bastante había sido despertarse esa mañana con el "regalo" de sus padres de que habían confirmado con los Selwyn el compromiso de ambos; sino que era consciente de que ese día iba a haber una misión especial entre los mortífagos, y él había sido invitado a estarse al margen. Su madre había sugerido que fuera a pasar la mañana a casa de su prometida, y él, incapaz de fingir felicidad en ese momento, se había apresurado a informar de que tenía un compromiso ineludible.

Eso hacía allí. Sadie había sido la excusa, pues no se le ocurría nadie más en quien confiar.

- ¿En qué momento te volviste mudo? Porque se me está agotando la paciencia –le espetó Sadie tras diez minutos paseando en silencio-.

Regulus pareció despertar en ese momento, y la miró a los ojos por primera vez desde que se habían visto ese día.

- Perdona. Es que... –suspiró-, me han dicho esta mañana que me han comprometido en matrimonio con Yaxilia Selwyn...

- ¡¿La de las plumas?! –preguntó ella sorprendida, y bastante divertida. Él asintió y ella silbó, rodando los ojos. Evitó reírse, pues en el fondo aquello no tenía ninguna gracia-. Vaya... Lo siento. ¿Quieres que te ayude a suicidarte? –bromeó intentando quitar hierro al asunto-.

Lo consiguió. Regulus se rió.

- Aún no. Ya te diré cuando tenga que verla cara a cara.

- ¿No la has visto aún? –preguntó Sadie-.

- No. Me han dado la noticia esta mañana, como regalo de Navidad –ironizó-.

Sadie lo consideraba irreal. Estaba a punto de reírse, pues aquello tenía más pinta de ser una broma mal hecha, que otra cosa.

- No te sorprendas encontrarla muy contenta. Creo que le gustas un poco.

Regulus suspiró hastiado, rodando los ojos.

- ¿Acaso no te gusta ella a ti? –preguntó Sadie con sorna. Regulus gruñó, y ella se carcajeó-. La invitaste al baile de Halloween, y también fuiste con ella a esa fiesta de Navidad anoche...

- Lo de anoche fue cuento, y lo de Halloween... en fin... Tampoco había muchas opciones. No es como si hubiera más opciones... ¿A quién iba a invitar? ¿A Grace?

- ¿Y por qué no? –murmuró Sadie pensativa-. Ella sólo quería que alguien la invitara sin segundas intenciones. Por eso fue con James.

- Yo sí tendría segundas intenciones. Ella sabe lo que siento por ella, y además, no me soporta. El año pasado mi prima intentó matar a sus padres, y desde entonces no me lo perdona, por mucho que finja.

Sadie no supo qué decir. Miró alrededor, a los pocos transeúntes que había en la calle. Los pies se la hundían en la nieve de la acera, y sintió un escalofrío.

- Oye, me estoy congelando. ¿Y si seguimos esta conversación en un bar? Creo que cerca de aquí, en Charing Cross, hay un bar, el Caldero Chorreante, que...

- ¡No! –exclamó Regulus con los ojos muy abiertos. Ella le miró inquisidoramente, y él recompuso inmediatamente su expresión-. Mejor vamos a la cafetería de King´s Cross. Me gusta más.

Sadie se extrañó de su reacción, pero aceptó sin preguntar más, pues cada vez hacía más frío. Regulus suspiró imperceptiblemente. Tenía que alejarla de esa calle lo máximo posible. En unos minutos, aquello sería un auténtico campo de batalla.

- Te sienta fatal el wiskhy de fuego que sirven en las fiestas de los pijos, ¿sabes, Regulus? –le dijo ella con el humor brillando en sus ojos-.

Su tono de voz fue duro, por lo que se giró para que la mirara y viera que lo decía de buenas. No contó con que la acera resbalaba, y casi fue a meter el pie a una alcantarilla. Regulus la agarró de los antebrazos a tiempo, y Sadie se echó a reír.

- Gracias. Menos mal que has ayudado. Si me hago un esguince, James me mata.

Regulus no supo qué decir, pues aunque ya estaban andando de nuevo, esa cercanía le recordó el beso de hacía unos días, que con todos los acontecimientos había conseguido olvidar. Se sentía tremendamente incómodo al recordarlo perfectamente, y más viéndose afectado, y que Sadie no mostrara nada. A ella no la había supuesto nada. ¿Era él el único que se sentía incómodo por eso? Quizá fuera por su nula experiencia en el tema...

OO—OO

Charlus comenzaba a arrepentirse de haber consentido a su hijo. James había adquirido una nueva fase de locura. Dorea había sabido contenerle dentro de casa con la emoción de abrir los demás regalos. Hubo de todo tipo, y siempre de lo mejor como le tenían acostumbrado. Dos capas de viaje, un nuevo reloj de pulsera en sustitución al que había roto en pocos meses, un nuevo juego de pociones, pues definitivamente Remus había destrozado todos sus calderos en su último intento. Y también cayeron unas gafas especiales para el quidditch y una cámara de fotos de última generación. Por otro lado, a Sirius le regalaron otro buen número de cosas que emocionaron mucho al muchacho.

En cuanto James los hubo abierto todos, quiso salir a la calle a estrenar su equipamiento ignorando la ventisca que había en el exterior, y que azotaba con furia la nieve con las ventanas. Solo habían podido contenerle, porque Sirius esa vez se había puesto de parte de los señores Potter. (¡Traidor! ¡Se supone que tienen que ponerte de mi lado!-. ¡Prongs, vivo en tu casa por la gorra, me conviene llevarme bien con los dueños, no sea que a partir de ahora quieran cobrarme alquiler!).

Afortunadamente Kira avisó en ese momento que la comida estaba en la mesa. Charlus jamás se había felicitado tanto de tener esa elfina como en aquel momento. Ya estaban sentados a la mesa, cuando Adam apareció medio dormido, con el pijama aún puesto, y el pelo desordenado.

- Buenas tardes, cuñado –saludó Dorea sonriendo ampliamente-.

James y Sirius se burlaron de su aspecto, y Charlus dejó escapar una pequeña sonrisa por un momento. Adam se sentó junto a su hermano, rascándose la cabeza, y comenzó a comer en silencio mientras bostezaba de vez en cuando.

Llevaban media hora en la mesa, con la única intervención de los dos más jóvenes, que hablaban entusiasmados de todos sus regalos.

- ¡Ya verás la cara que pone Peter cuando vea mi nuevo juego de gobstones! –exclamó Sirius encantado, mientras James se reía-.

- ¡Y por fin Remus tendrá más calderos para destrozar! –respondió su amigo con fingido entusiasmo-.

- James, esto es en serio. Estos calderos te tienen que durar hasta final de curso –interrumpió su madre intentando sonar seria, para que su hijo hiciera caso-. No te vamos a comprar más, porque ya me dirás cómo narices habéis hecho esos agujeros en el fondo.

- Moony tiene una particular habilidad con las pociones –respondió Sirius entre carcajadas, mientras James no podía hablar de la risa-.

En ese momento Adam levantó la cabeza, despertándose de golpe, y sonrió a su hermano de una forma que Charlus no comprendió.

- ¡Se me había olvidado! Yo también tengo un regalo.

- ¿Un regalo? –preguntó Dorea con entusiasmo-.

Charlus no compartía esa alegría. Algo en la mirada de su hermano pequeño no le daba buena espina. Adam se levantó rápidamente, y enseguida volvió con un paquete de tamaño mediano, que le entregó a su hermano aún con la misma sonrisa. Charlus le miró con desconfianza, pero no pudo negarse a abrir el regalo ante los ruegos de su esposa y su madre. James y Sirius miraron a Adam, y compusieron la misma sonrisa traviesa que él.

Pero el contenido del regalo era inofensivo en apariencia, y solo sirvió para emocionar a Dorea y Elladora. Era una vieja fotografía donde un niño de unos siete u ocho años saludaba contento desde los hombros de su hermano mayor, quien ya paseaba por la veintena.

- ¿De cuándo es esta foto, Adam? –preguntó Elladora emocionada-.

- La final de campeonatos de duelos de Inglaterra, madre. Una de tantas veces que mi hermano Charlus quedó como campeón, como todo un Gryffindor.

James y Sirius vitorearon con orgullo, mientras Dorea sonreía tiernamente mirando la fotografía. Elladora aún intentaba recordar ese día, y Charlus frunció el ceño viendo por donde iba su hermano.

- Es un gran recuerdo, Adam. Lo colgaré en el salón.

Cuando Dorea se marchó, el hombre se giró hacia su hermano mayor ampliando la sonrisa.

- Recuerdo con mucho cariño esa época en que estabas a favor de luchar por la libertad y los derechos de las personas, hermano. En esa época fuiste todo un ídolo.

- Ya... Lo que tiene la juventud es que te da más libertad para hacer locuras, pues nadie depende de ti. Si formaras una familia, Adam, sabrías que nada, por muy importante que te parezca, supera a eso. Siempre hay que intentar proteger a los tuyos, aunque para eso debas soportar que te tachen de "cobarde".

Adam asintió con la cabeza, concediéndole un tanto.

- ¿Pero no es acaso de cobardes querer proteger a la gente incluso del mismo aire, sin luchar por un mundo mejor para esa familia? ¿Y no es de cobardes no darse cuenta cuando alguien está preparado para tomar por sí mismo las decisiones?

James y Sirius se miraron extrañados, y continuaron observando a ambos hombres como si fuera un partido de quidditch, y cada uno le robara la quaffle al otro.

- No, hermano. Eso es de responsables. De irresponsables es creer que todo se soluciona a punta de varita. De irresponsables es querer solucionar un problema poniéndose a la altura de los causantes. Y de irresponsable es querer hacer creer a unos muchachos inocentes y sin experiencia, que pueden meterse en una guerra a luchar contra asesinos, y salir bien parados.

Adam iba a contraatacar de nuevo, pero la voz de su cuñada entró por la puerta desde el salón.

- Charlus, ¿puedes ayudarme aquí?

El cabeza de familia se levantó de la mesa, aún fulminando a su hermano pequeño con la mirada, y fue hacia donde le llamaba su esposa, sin sospechar que lo había hecho para evitar una discusión mayor.

James miró a su tío, y después a su abuela. La anciana tomaba el te que la había llevado Kira con total tranquilidad, como si no hubiera oído nunca discusión. Quizá directamente no la había oído. Su tío, por otro lado, inspiró fuerte y siguió mirando con rabia el lugar que había ocupado su padre hacía unos instantes. James no era idiota, sabía que estaban hablando de él. Aunque respetaba y admiraba a su padre, sobretodo al recordar al valiente campeón de duelo que fue en su juventud, él estaba de acuerdo con su tío. Esa guerra solo la podían ganar haciendo resistencia, y si había que ponerse a la altura de asesinos para ello, lo haría. Al fin y al cabo, no dejaría que nadie amenazase a Lily por la sangre que llevaba.

Por eso, por miedo a que su tío acabase dándole la razón a su padre y cambiara de opinión con referencia a la Orden del Fénix, se propuso distraerle.

- ¡Eh tío, vamos a jugar al quidditch! Hace mucho que no echamos un partido, y podemos aprovechar hoy que tienes el día libre.

Adam le miró como si estuviera loco, y con una sonrisa divertida en el rostro.

- ¡Tú estás loco sobrino! ¡Si está cayendo una nevada impresionante!

- ¿Acaso eres un gallina? –le picó el más joven entre risas-.

Adam sonrió arrogantemente, y se levantó de la silla.

- Prepara tu escoba, chaval. Te voy a dar una lección que te va a dejar por los suelos.

James se echó a reír, picándole, pero se levantó también aceptando el reto.

- ¿Te apuntas Pad?

Sirius sonrió, pero negó con la cabeza.

- Voy a pasarme un rato por casa de Kate, que mañana es su cumpleaños.

OO—OO

En Charing Cross el gran grupo de mortífagos se puso en formación, y esperaron la señal para desilusionarse todos a la vez, y así causar mayor sorpresa. Lucius Malfoy miró con rencor al hombre a su derecha, sin acabar de gustarle su presencia. Si le descubrían, podrían las cosas verdaderamente más difíciles para los planes del Señor Tenebroso.

Sin embargo, lo ignoró, apretó con fuerza la varita, y emitió un largo silbido al tiempo que apuntaba a su espalda. Al segundo siguiente, todos los muggles de la zona vieron cómo un centenar de encapuchados aparecía de la nada. Nadie se había percatado de que los grupos poco concurridos de personas que se habían dirigido hacia allí, habían ido desapareciendo por arte de magia, y ahora habían aparecido de golpe.

Todos los transeúntes se paralizaron, mirándolos extrañados y expectantes. Lucius se adelantó y apuntó con su varita al quiosquero, un hombre rollizo y con cara de dormido.

- ¡Avada Kedavra! –gritó, dirigiendo hacia el muggle el rayo mortal-.

Hubo gritos ahogados cuando el hombre cayó al suelo, pero el verdadero terror llegó cuando todos se dieron cuenta de que estaba muerto. Comenzaron a correr y gritar, intentando encontrar un lugar donde esconderse de esos locos que parecían sacados de sectas satánicas. Los mortífagos disfrutaban como nunca. Sabían que no tenían escapatoria, pues habían hecho a la zona un hechizo para evitar que los muggles pudieran escapar, y la diversión los esperaba con impaciencia. Lo bueno ya empezaba para ellos.

OO—OO

Alice Longbottom estaba doblando la ropa limpia, mientras observaba por la ventana el suelo nevado. Apenas había salido al exterior un segundo, y su nariz estaba completamente roja. En su casa, a las afueras de Londres, ya no nevaba, y el cielo estaba completamente despejado, pero el frío seguía siendo polar.

En la otra punta de la habitación, Frank seguía durmiendo plácidamente. Ella lo miró con una pequeña sonrisa, mientras su marido movía los labios al compás de su respiración, roncando muy bajito. Él siempre había tenido esa particular forma de roncar, disimulada y discretamente. Hasta en eso era auror.

No habían ido a comer a ningún lado, sino que ella se había conformado con un pequeño sándwich en el salón. Frank había tenido guardia en el Ministerio la noche anterior, y había regresado a casa a las diez de la mañana, por lo que aún le quedaban varias horas para recuperar el sueño perdido. Ella había pasado la Nochebuena con sus suegros, escuchando al tío Algie hablar sobre la memorable ocasión en que había saltado desnudo al campo de los Tornados de Tutshill, mientras la tía Enid le hacía comer todo el merengue y las pastas que iban saliendo del horno. Sobraba decir que habría preferido hacer la guardia con Frank. Había regresado a casa a las tres de la mañana, empachada y agobiada, además de sola.

Cuando terminó con la ropa, Alice la colocó en el armario, y fue hacia la cama, para recostarse con cuidado al lado de su esposo. Apoyó la cara en una mano, y se le quedó mirando divertida. Probablemente no fuera el hombre más atractivo del mundo, pero sin duda verle dormir era lo que más la enternecía. Estaba pensando en hornear un bizcocho para que merendara al despertar, cuando el patronus de una gacela entró rápidamente en la habitación, y abrió la boca para decir con la voz de Dorcas:

- ¡Alice, están atacando Londres! ¡En Charing Cross, nosotros ya vamos hacia allí!

Saltó de la cama con los ojos muy abiertos. ¿Un ataque el día de Navidad? Con el corazón en la boca corrió a cambiar su túnica casera por la oficial de los aurores. En menos de veinte segundos ya estaba lista, y recogió su cabello en una coleta baja. Entonces miró a su marido, aún durmiendo, preguntándose si debía avisarlo. Apenas había podido dormir, y temía que no rindiera suficiente por el cansancio. Sin embargo, no tuvo opción cuando el patronus de una pantera atravesó la pared y se paraba justo frente al rostro de Frank.

- ¡¡Frank!! –exclamó la voz de Fabian Prewett despertando de golpe al pobre hombre, que se puso en guardia en cuestión de milésimas de segundo-. ¡Están atacando Charing Cross, al menos un centenar de mortífagos! ¡Están en la zona muggle, pero creemos que intentarán entrar al callejón Diagon por el Caldero Chorreante! ¡Ya vamos en camino, daos prisa!

Alice empalideció. Dorcas no había dado tantos datos. Compartió una mirada alarmada con Frank, y en menos de cinco minutos ambos salían por la puerta de su casa, y se desaparecían en las cercanías del barrio londinense.

OO—OO

- ¡¡Brooke que no te vea yo salir a la calle!!

Andrea estaba al límite de su paciencia. Mientras fregaba los platos, debía tener un ojo puesto en su hija pequeña. La niña, que estaba como loca tras recibir una escoba de juguete por parte de su padre, no quería más que estrenarla en la calle, ignorando la ventisca que había en ese momento.

- ¡Alec, que no salga! –le gritó a su marido, pidiendo colaboración-.

El hombre, que estaba tranquilamente sentado en el sofá, reposando la comida, mientras hablaba con sus padres y hermanos, murmuró algo vagamente. Andrea bufó en voz baja. Siempre era lo mismo. Él invitaba a media familia a comer en Navidad, y el proceso del antes y el después se lo comía ella sola. No decía que fuera obligatorio, pero al menos alguna de sus cuñadas podía levantarse a ayudarla. Eso hacía ella cuando iba a casa de los demás, pero cuando la tocaba a ella, todo el mundo escurría el bulto.

Pensó en su hermano, Ethan, que no se había quedado a comer. Esa misma mañana, tras pasar la noche con ellos, se había marchado hacia Gales, concretamente a los Montes Cambrianos, a esconder, por fin, su caja roja. Andrea habría preferido tenerle con ella ese día, como era su tradición. Sus padres hacía más de diez años que habían muerto, pero ellos no habían dejado de pasar todas las fechas importantes juntos. La noche anterior, como todos los años, habían ido al cementerio a llevarles flores. Sin embargo, era mejor que escondiese ese peligro cuanto antes. Él estaría una semana fuera. Ya la había dicho que si ocurría algo sólo debía mandarle un patronus, y se aparecería junto a ella en cuestión de minutos, pero sabía que no debía hacerlo sólo para que la ayudase a aguantar mejor a su familia política.

Puso el último plato a secar, y miró vagamente por la ventana. Lo que vio la enfureció definitivamente.

- ¡¡Alec!! ¡Te dije que no la dejaras salir!

Brooke estaba cubierta de nieve, volando con su escoba a cinco metros del suelo, y con el único abrigo de un jersey de punto, regalo de su abuela. Su padre y uno de sus tíos estaban en la calle con ella, riéndose y jaleándola. Cuando Andrea llegó a la calle, su cuñado fingió una excusa, viendo su estado de ánimo, y entró dentro de la casa rápidamente. La mujer ignoró las quejas de la niña, y la hizo bajar de la escoba.

- ¡Acabará cogiendo una pulmonía! –le espetó a su marido cogiendo a la pequeña en brazos-.

- Andy, la puse el hechizo impermeable, y todo, no te pongas histérica –contestó su marido con calma-.

- ¿Qué no me ponga histérica? ¡La acostumbras a que puede hacer lo que quiera los cuatro días que estás en casa, y después su anarquismo lo tengo que aguantar yo! –gritó al borde de su paciencia-.

Alec frunció el ceño, molesto.

- Andrea, no te pases. Llevemos las fiestas en paz –la dijo con voz fría-.

- ¿Es una amenaza? ¡Porque llevo un día que estoy más que harta! ¡Me he pasado la mañana cocinando, y lo que llevamos de tarde fregando, y para una cosa que te pido...!

- ¡No te hagas la víctima! ¡Ya te dije que podríamos habernos ido todos a un restaurante!

- ¡Me gustaría ver cómo intentas contener a Brooke en un restaurante con todos los regalos que habéis traído!

- Mira, esto...

La voz de Alec se perdió bajo el grito de una voz femenina que exclamaba el nombre de su esposa. Andrea se giró hacia la izquierda alarmada, viendo llegar el patronus de una leona que reconoció como el de Alice. Inmediatamente se tensó, y su hija, aún en sus brazos, la miró algo atemorizada.

- ¡Hay un ataque en el centro de Londres, en Charing Cross! ¡Dicen que son más de cien mortífagos!

Los siguientes segundos en que la leona se desvaneció, reinó el silencio entre los tres miembros de la familia.

- Andrea... –murmuró Alec con voz dura, mientras negaba con la cabeza. Estaba más que harto de esas misiones de la Orden del Fénix-.

- Tengo que ir –dijo ella poniendo a Brooke en sus brazos-.

- Para eso están los aurores –insistió el hombre siguiéndola, mientras ella entraba en la cocina, se quitaba el delantal, y se ponía la túnica de calle-.

- No son suficientes –refutó ella con calma-.

- Ese no es tu trabajo, Andrea –insistió su marido una vez más-.

- Asegúrate de que Brooke no sale a la calle, y si lo hace, abrígala bien –añadió ella ignorando sus palabras. Se inclinó para darle un beso a su hija, que temblaba un poco en brazos de su padre, y empuñó la varita con fuerza-. No sé a qué hora volveré.

En un segundo convocó un patronus, en forma de zorra, y le envió un mensaje rápido a Ethan. El animal desapareció para cumplir su cometido, y ella no perdió el tiempo, pues salió corriendo al jardín, esquivando a Alec que pretendía cortarle el paso.

- Andrea Divon, te digo que... ¡Andy! –gritó con más preocupación que enfado-.

Pero ella ya se había desaparecido. El grito terminó de asustar a la pequeña, que miraba hacia el jardín con los ojos desorbitados, y llamó la atención del resto de la familia. Sus padres y hermanos le preguntaron qué ocurría, pero Alec Stone solo pudo seguir mirando el lugar donde había desaparecido su esposa, pálido como el mármol, y con el corazón en la mano, igual que siempre que ella se iba.

OO—OO

- ¡Y James Potter marca! –exclamó James levantando un puño al aire, y dando una voltereta con la escoba-.

Adam sonrió, y apretó los tobillos para hacer que su escoba volase más rápido. Ya no tenía veinte años, y el capullo de su sobrino sin duda era un prodigio del quidditch.

- ¿Quién es el mejor? ¡Venga, vejete, admítelo! –le gritó el muchacho entre risas-.

- ¡Trae acá esa quaffle y deja de darte aires, chulo con gafas! –gritó él con una sonrisa divertida-.

El chico le tiró el balón, que cogió al aire, y se dirigió con rapidez hacia la improvisada portería, con el ceño fruncido de la concentración. De repente, salido de no sabía dónde, volvió a aparecer el odioso muchacho, arrebatándole la quaffle, y marcándole otro tanto, antes de que pudiera reaccionar.

- ¡Y James Potter vuelve a marcar! ¡Gryffindor en cabeza! –gritaba James a pleno pulmón, imitando a Sirius en los partidos-.

- ¿Gryffindor? ¿Y yo qué soy? ¿Una lechuza? –preguntó Adam enarcando las cejas, interrogante-.

- ¡Más que volar, tú te arrastras, tío! ¡Eres una serpiente, un Slytherin!

Adam abrió la boca casi sorprendido por el morro de su sobrino. No le pillaba de sorpresa, le conocía demasiado, pero a veces conseguía dejarle momentáneamente sin habla.

- ¡Ya te pillaré en tierra firme, que no eres tan escurridizo, enano! –le gritó con una carcajada-.

Bajó a tierra, siendo consciente de que siguieran el tiempo que siguieran, iba a perder de todas formas, y James le sobrevoló burlándose. Aún estaba riéndose cuando un patronus en forma de león llegó hasta él.

- ¡Adam, están atacando Charing Cross! ¡Date prisa! –gritó la voz de Frank-.

Se puso serio de inmediato, comenzando a correr hacia la casa para buscar su varita.

- ¿Adonde vas, tío? ¡Vuelve, que te dejo ganar! –exclamó James de buen humor, sin haber llegado a oír nada-.

Sin embargo, Adam lo ignoró y siguió su camino con premura.

- ¿Ocurre algo? –preguntó el muchacho suspicaz-.

- Nada, James. Me llaman del trabajo, ha surgido un contratiempo –respondió él escuetamente-.

James frunció el ceño.

- Pero...

- Si preguntan di que vuelvo a la noche –añadió el hombre saliendo de nuevo de casa, empuñando la varita, y dirigiéndose hacia el terreno donde podía desaparecerse-.

James no hizo más preguntas. Bajó de la escoba y se quedó mirando extrañado. Después su mente se ocupó en pensar qué haría el resto de la tarde, solo, son Sirius, y sin planes de nada.

OO—OO

En casa de los Mendes, Gisele había recibido una visita de excepción. Apenas habían terminado de comer, cuando Edgar y Anthony Bones habían llegado. Para alegría de la chica, su novio le trajo un regalo, que no consintió en darla hasta que estuvieron solos. Ella había insistido junto con su madre en que no esperara, pero sólo habían conseguido que el pobre muchacho se pusiese colorado. Así pues, aún con el ceño fruncido por parte de Tomás, los tres adultos habían ido a la cocina a tomar el té, mientras que la pareja de jóvenes se quedaba en la pequeña salita.

- Venga, ya se han ido –exclamó Gis pegando saltos sobre sus piernas-.

Anthony la miró divertido, y sacó un paquete alargado de su túnica. Se lo tendió, y ella prácticamente se lo arrancó de las manos.

- ¿Tú no me has comprado nada? –preguntó un poco tímido-.

Gis lo miró con una sonrisa divertida.

- ¿No te vale con mi simple presencia?

Por supuesto que le había comprado algo, pero prefería hacerle rabiar durante un rato. Él pareció creérselo, pues en su rostro se dibujó una pequeña decepción. Se encogió de hombros, pensando que quizá no sería algo muy descabellado por su parte. El remordimiento no pudo con ella, pues abrió el paquete sin premura, rasgando el papel, y con él, sin darse cuenta, un pequeño lazo en forma de flor que él mismo había hecho.

El recipiente era una caja, de lo que parecía ser joyería. Casi se le paró el corazón al pensar que se hubiera gastado mucho dinero en ella. Le miró un segundo antes de abrirlo, y se encontró con un colgante de plata precioso, que conformaban las letras T&G. Se quedó literalmente boquiabierta ante esto. Si había hecho que lo hicieran en exclusiva, aquello había costado demasiado...

- ¿T&G? –preguntó para asegurarse-.

Anthony asintió tímidamente, pero se apresuró a añadir.

- En realidad, es una joyería que vi en el Londres muggle que se llama Taiss&Glamour, y esta es su marca. Pero yo me lo tomé como si fuera: Tony y Gis. Puedes darle el significado que quieras...

Por la expresión de su novia, no supo si había acertado o no, y estuvo a punto de disculparse. Sin embargo, antes de que pudiera abrir la boca, Gis se le tiró encima, apretándole el cuello, y le dio un beso de campeonato, que él no dudó en corresponder.

Un carraspeo malhumorado los hizo separarse, y ambos se giraron para ver a Tomás con los brazos cruzados y una expresión de enfado en su rostro.

- Cora me envía a preguntaros si queréis té... –dijo arrastrando las palabras-.

Gis declinó enseguida las invitaciones, y no se apartó del regazo de su novio, esperando que su padre captara la indirecta y se marchara. Pero eso tuvo un resultado completamente opuesto, pues Tomás se sentó en un sillón frente a ellos, que estaban sentados en el suelo, y se inclinó sobre el colgante.

- ¿Así que este es el famoso regalo? –preguntó con fingida curiosidad-. Y dime, Anthony, ¿esperas algo a cambio por haberte gastado tanto dinero?

- ¡Papá! –exclamó Gis al ver que el pobre muchacho se sonrojaba violentamente-.

Fulminó con la mirada a su padre, que sólo sonrió falsamente. Antes de que nadie más pudiera hablar, un búho plateado atravesó la pared, haciendo que los dos hombres se tensaran.

- Tomás, ataque en Charing Cross, venid cuanto antes –exclamó la voz entrecortada de Adam-.

Tomás y Anthony se pusieron en pie de un salto, y Gis se quedó mirando el lugar donde había estado el patronus con la boca abierta. Nunca había visto a ninguno hablar. Sabía que en la Orden utilizaban métodos especiales para comunicarse, pero sus padres se habían cuidado mucho de que supiera mucho más hasta ese momento.

- ¡Han atacado Charing Cross! –exclamó Edgar entrando por la puerta junto a Cora-. Gideon me acaba de avisar.

- Vamos –urgió el padre de Gis con el rostro serio-.

Anthony fue a salir al recibidor detrás de él, cuando su padre lo detuvo.

- Quédate aquí, Tony. Por lo que Gideon ha dicho, hay más de cien mortífagos.

- ¡Pues por eso necesitáis toda la gente posible! –exclamó el muchacho fulminándolo con la mirada-. ¡Puedo hacerlo de sobra!

- Eso ya lo sé. Pero hoy no –respondió Edgar sin perder la calma-.

- Según tú, ¿cuándo podré?

- Anthony, cariño –interrumpió Cora apaciguadora-. Quédate hoy con Gis. No me agrada pensar que la dejo sola, por favor. Hazlo por mí.

El chico bufó, pero acabó aceptando a regañadientes. Los tres adultos se marcharon rápidamente, y él se dejó caer con furia en el sillón que segundos antes había ocupado el padre de su novia. Ella lo miró, algo sorprendida por su actitud. Era la primera vez que lo veía enfadarse.

- Tony...

- ¡Siempre es igual! –exclamó él dolido-. He entrado en la Orden porque ya no puede prohibírmelo, pero no deja que me den más misiones que las de documentación. ¡Estoy acabando la carrera de auror, soy perfectamente capaz de enfrentarme a esos bastardos! ¡Dumbledore confía en mí! ¿Por qué mi propio padre no lo hace?

Ella se arrodilló a su lado, y le acarició el brazo suavemente, intentando calmarle. Conocía esa sensación. Sonrió, intentando apartar su mente de lo que estaba ocurriendo en Londres en ese momento.

- ¿No quieres ver mi regalo?

OO—OO

No tardaron mucho en oírse las maldiciones y los gritos de terror en el Caldero Chorreante. Lily, que era la que más cerca estaba de la ventana, se levantó, al igual que otras personas, a ver qué provocaba tanto alboroto.

Sólo alcanzó a ver gente correr y empujarse unos a otros. Frunció el ceño y miró hacia la mesa, donde Grace dejaba su taza, y hacía ademán de levantarse. Justo en ese momento, uno de los clientes abrió la puerta de la cafetería, y al ver lo que ocurría, fue a cerrarla de golpe.

- ¡Son mortífagos! ¡Acabo de ver a uno matando a una mujer muggle! –exclamó el hombre con la voz cargada de terror-.

- ¡Cerrad la puerta, que no entren! –gritó Tom, saliendo de la barra corriendo-.

En el momento en que intentaron cerrarla con el pestillo, unos golpes fortísimos la dieron por el otro lado. Estaban intentando abrir desde fuera. Varios hombres se lanzaron contra la puerta, intentando retenerla, al tiempo que Tom sacaba su varita para hacerle un hechizo.

- ¿Están intentando entrar aquí? –le preguntó Grace a Lily asustada-.

La pelirroja estaba más pálida de lo común. Frunció el ceño, al ver que los hombres parecían estar fracasando en el intento de retener a los mortífagos fuera. Si iban a atacarles, ella no se lo pondría fácil. No había ido allí a morir. Aún tenía que ayudar a su madre a superar una enfermedad.

- Saca la varita, Grace. No sabemos cuánto tiempo pueden aguantar.

La rubia la miró alarmada, pero tras tragar saliva con fuerza, asintió con la cabeza y sacó su varita. Ambas chicas se agacharon para refugiarse tras la mesa, como había hecho la mayoría de la gente. En ese momento la puerta saltó por los aires, y con ella varios de los hombres que habían intentado retenerla, cayendo desparramados por el local, algunos moviéndose, y otros inconscientes.

Por la puerta entraron cuatro encapuchados, que alzaron sus varitas contra los que más cerca estaban. Los clientes y el dueño del bar convocaron escudos de protección frente a ellos, pero uno de los mortífagos consiguió matar a un joven antes de nada. Su amigo se descuidó al verle caer muerto, y se enfrentó a los mortífagos con rabia y dolor, olvidando la varita.

- ¡Bastardos!

Los cuatro encapuchados lanzaron varias carcajadas frías, claramente divertidos, mientras el más cercano al cadáver le pateaba.

- Enseñémosles a los impuros qué ocurre cuando nos insultan –propuso el más alejado, claramente divertido-.

Un tercero alzó la varita contra el joven que les había enfrentado, y el muchacho comenzó a temblar con fuerza, siendo incapaz en ese momento de reaccionar a tiempo.

- ¡Avada Kedavra!

- ¡Protego! –gritó alguien desde el fondo del local-.

Lily, que había observado la escena con más miedo del que se atrevía a confesar, miró hacia quien le había salvado la vida al muchacho, y vio llegar a un hombre joven altísimo y muy fuerte, con el pelo castaño claro recogido en una coleta baja. Detrás de él, llegó un hombre de mediana edad, con el pelo color rubio pajizo y los ojos pequeños.

- ¡Ponte a cubierta, chico! –le gritó, enfrentándose a uno de los mortífagos, mientras que el primer hombre se enfrentaba él solo a dos de ellos-.

Una mujer morena, con porte elegante y actitud desafiante, llegó al siguiente instante, empujando al chico detrás de la barra del bar, donde Tom ya se había escondido con otros más.

- ¿Qué...?

Lily hizo un movimiento brusco interrumpiendo a Grace. No las habían visto, así que no debían llamar la atención. Además, no podía apartar la vista del grupo, mucho más aliviada. Sabía quienes eran, era evidente. La Orden del Fénix había acudido al rescate.

OO—OO

Sirius llegó a casa de Kate teniendo el mismo recibimiento que de costumbre. Su novia le abrió la puerta y le dedicó una dulce sonrisa cuando vio que era él. Cuando iba a darle un beso de bienvenida, un terremoto de cabellos azabaches se interpuso entre ellos, y se enganchó al cuello de Sirius, mirando burlona a su hermana.

Kate suspiró resignada. Con Denise cerca no podrían tener muchos momentos íntimos, sin contar con la presencia de su padre. Era evidente que la niña vivía un común enamoramiento con el novio de su hermana mayor, pero con lo exagerada que era, lo llevaba al extremo. Sirius lo consideraba más divertido, y se echó a reír sosteniendo a la niña en sus brazos. Natalie, la madre de Kate, lo recibió con una cariñosa sonrisa, y un beso maternal en la mejilla. Otro caso era el cabeza de familia, que lo miró de reojo, apartando momentáneamente la mirada del televisor, y le dedicó su gruñido de siempre. Su relación con el padre de Kate iba más allá del resentimiento común. Ese hombre lo odiaba.

- ¿Qué tal han ido las fiestas, cielo? –le preguntó Natalie, obligando a Denise a que lo dejara un poco-.

- Muy bien. Hemos pasado una noche muy tranquila. Sólo la familia –respondió él con su sonrisa característica, pero manteniéndose erguido. Ese hombre conseguía infundirle un respeto como pocos hacían-.

Kate le dijo que se quitara el abrigo, y le tendió la cazadora de cuero que Dorea le había regalado, para que la colgara.

- ¿Es nueva? –le preguntó ella-.

- Me la ha regalado la madre de James.

- Te queda muy bien –le concedió la mujer con una sonrisa tranquilizadora al ver su tensión-.

Charles se removió en el sofá, e hizo como que le hablaba a su hija pequeña, aunque lo suficientemente alto para que lo oyeran todos.

- Denise, hija, apunta para cuando seas mayor. Si quieres distinguir a un chulo, sólo tienes que fijarte en la ropa. A todos les gusta vestir igual.

- ¡Papá! –murmuró Kate poniendo cara de circunstancias, mientras su madre le daba un codazo en el estómago-.

Sirius se removió incómodo, y miró a Denise, que se había sentado en el suelo, junto a su nueva escoba de carreras, y los observaba con una sonrisa divertida.

- ¡Vaya! ¿Te compraron finalmente una escoba? –la preguntó para cambiar de tema-.

- ¡Tengo que practicar mucho para entrar en el equipo de Gryffindor el año que viene! –exclamó ella exaltada-.

- Eso cuando estés en segundo, Denise, no lo olvides –intervino Kate con una mirada significativa. Ya habían hablado mucho del tema-.

- Ya veremos –dijo la niña con una sonrisa traviesa, que Sirius no pudo evitar corresponder-. ¿Juegas conmigo, Sirius?

- Eh... quizá luego –respondió después de ver que su novia le lanzaba una mirada significativa-.

- ¡Vaya! ¿Además de lucir palmito también sabes jugar al quidditch? –preguntó Charles con sorna-.

De nuevo hubo un segundo incómodo, hasta que Natalie se puso en pie, y le dio una pequeña patada a su esposo.

- Charles, vamos a preparar el té.

- Para eso no hacen falta dos personas –contestó su marido sin apartar la vista del muchacho-.

- Pero hoy necesito tu ayuda –le respondió con voz dura-.

El hombre suspiró, y su puso de pie, dándose cuenta de que era preferible discutir a solas que delante de las niñas. Tras lanzarle una envenenada mirada a Sirius, como culpándole a él, desapareció por la puerta de la cocina.

- No le hagas caso –le susurró Kate al oído-.

Sirius sonrió genuinamente, y apretándola por la cintura, la acercó a él, dándole un pequeño pico en los labios. Kate subió una mano hasta su cuello, y le hizo acercarse de nuevo, profundizando un poco el beso.

- Que os deje estar juntos estos siete años, no significa que tenga que ver esas cosas... –exclamó Denise frunciendo el ceño-.

Los dos se apartaron riéndose. Se habían olvidado de la presencia de la niña. Él se mojó los labios, deseando haber estado en un lugar más íntimo.

- Voy al baño un segundo –dijo por hacer algo-.

Al ir hacia el aseo, debía pasar de largo la cocina, que estaba con la puerta cerrada, pero no por eso no se podía escuchar la conversación que había allí dentro. Él no era un cotilla, pero no pudo evitar detenerse cuando escuchó lo que se decía.

- Es un chulo –bufaba el padre de Kate-.

- Mira, Charles, te guste o no, es el novio de tu hija, y nunca ha dado muestras de ser mal chico. No sé por qué te empeñas en no darle una oportunidad.

- ¡Por Dios, Natalie! ¿Cómo es posible que te tenga tan engañada? Ese muchacho es de la peor clase. Un descarado que mira con suficiencia a todo el mundo, y sólo busca tener al lado a la chica guapa de turno. ¡Si hasta se fugó de casa! ¿No es eso una prueba de que es incorregible?

- No vayas por ahí, Charles –le interrumpió su esposa con voz dura. Hasta ella sabía que ese era un tema sagrado-.

- Sólo digo que eso no va a durar. No es una relación para el futuro. A Kate sólo la gusta porque es el típico guaperas de la clase, que liga con todas, y es popular. Puedo entender que ella esté fascinada, porque es una niña. Pero, ¿que tú fomentes eso? De verdad que no lo entiendo. Lo único que puede salir de ahí es que la deje embarazada y luego, si te he visto, no me acuerdo.

Se había concentrado tanto en escuchar a través de la puerta sin ser visto, que se sobresaltó cuando sintió que le abrazaban por la cintura, y le besaban justo debajo de la oreja. Miró hacia atrás, y vio a Kate sonriéndole coquetamente.

- No le hagas caso. Está celoso –le dijo al oído, para después darle un lametón en el lóbulo. Después hizo un mohín fingido-. No me has dicho nada de mi jersey nuevo.

Sirius se apartó de ella, y Kate dio una vuelta sobre sí misma, para que apreciara su nuevo jersey, de cachemir rojo. Estaba preciosa, con el rojo contrastando con su pelo negro, las largas mangas apretadas a sus brazos, y el escote formando un perfecto pico, mostrando un poco de canalillo sin dejar de resultar elegante.

- Estás perfecta –la susurró, cogiéndola de la estrecha cintura, y apretándola contra él, para profundizar el beso-.

Se perdieron varios segundos entre sus labios, hasta que el ruido de tazas les desconcentró. Kate se separó con una sonrisa traviesa, y se mordió el labio sugerente.

- Vámonos de aquí, antes de que salgan. ¿Sabes? Me han regalado más ropa. Ven a mi cuarto, que te la enseño.

Sirius la siguió encantado, consciente de que lo último que harían sería ver ropa.

OO—OO

La Orden del Fénix había llegado. Adam se apareció al mismo tiempo que Marlene Mckinnon y Benjy Fenwick. Los tres se miraron un segundo, y asintieron, echando a correr hacia el fondo de la calle, de donde provenían los ruidos. Al llegar, todo era un caos. Varios aurores ya habían llegado al lugar, y peleaban cuerpo con cuerpo contra los mortífagos, en medio de explosiones, y pasando por encima de cadáveres.

No se detuvo a observar, sino que pasó corriendo entre ellos, buscando a algún compañero más de la Orden. En el camino aturdió a dos mortífagos por la espalda, y pronto distinguió a Gideon Prewett y al matrimonio Longbottom cerca de él. Más cerca estaba Andrea Divon, peleando con dos mortífagos a la vez, que la estaban ganando terreno. Avanzó de un salto, y comenzó a pelear contra uno, liberándola de la carga.

- ¡Han entrado en el Callejón Diagon! –escuchó la voz de Alice por encima de la multitud-.

Aprovechó que Benjy estaba detrás de su oponente, para que entre ambos le dejaran fuera de juego, y los dos salieron corriendo hacia el Caldero Chorreante, cuya puerta estaba destruida. Alice iba delante de ellos, como dirigiéndolos, y atravesaron el local, quedando delante de la entrada al mundo mágico, que estaba ahora abierta de par en par.

De la misma forma que antes lo había hecho Benjy, él se colocó rápidamente tras el mortífago que peleaba contra Fabian, y en pocos segundos el enmascarado estaba inconsciente en el suelo.

- Han entrado por lo menos diez al callejón –exclamó el hombre con voz entrecortada-.

La mayoría de los miembros de la Orden que estaban allí salieron corriendo para el lugar, pero Caradoc, el hombre de mediana edad de pelo rubio, y él se rezagaron, intentando ayudar a los pocos clientes que aún quedaban allí, a salir sanos y salvos. Hizo la inspección rápidamente, y ya estaba a punto de salir corriendo detrás de los demás, cuando una llamativa melena pelirroja que se escondía tras una mesa, llamó su atención.

Se acercó corriendo, queriendo asegurarse, y reconoció a la muchacha que su sobrino le había presentado días antes, agazapada en el suelo, junto a otra chica de su edad, y ambas aferradas a sus varitas, pero sin saber muy bien qué hacer.

- ¡Lily! –exclamó cuando la reconoció-.

La muchacha, que estaba mirando hacia la puerta y no le había visto, reaccionó al instante, apuntándolo y creando un escudo entre ellos. Sus ojos verdes se abrieron mucho cuando lo reconoció, y suspiró audiblemente de alivio. Grace, sin embargo, lo miró con los ojos como rendijas, desconfiando.

- ¡Es el tío de James! –la aclaró Lily, sintiéndose más segura-.

- ¿Qué hacéis...? –agitó la cabeza. No era tiempo de dar explicaciones-. Vamos, ¡rápido! Tengo que sacaros de aquí.

Las condujo con rapidez detrás de la barra, donde ya había varias personas, y podían esconderse momentáneamente. Agarró una jarra y la apuntó con la varita.

- ¡Portus!

Un brillo azulado envolvió el objeto, y se la tendió a las chicas.

- Esto os llevará a casa de mi hermano. ¡Cogedlo, rápido!

Más torpes que de costumbre por el miedo, las chicas se aferraron a la taza, y a los pocos segundos desaparecieron del lugar. Adam suspiró. Al menos las había puesto a salvo. Después se quedó mirando a los demás, que le miraban con la boca abierta, sin saber si era de un bando o de otro.

- ¿Qué esperáis? ¡Salid de aquí!

Aún en la parte muggle, Frank ayudaba a dos de sus compañeros del Departamento de Aurores. Alice había salido corriendo al callejón Diagon, y a la única de la Orden que tenía a la vista era a Andrea, que no paraba de mirar alrededor, mientras lanzaba hechizos a diestro y siniestro.

- ¡Desplegaos para el callejón, están entrando allí! –oyó gritar a Kingsley, que tras derribar a dos mortífagos a la vez, salió corriendo hacia el lugar-.

Se dio cuenta de la estrategia en ese mismo instante. Un número de mortífagos les estaban entreteniendo a ellos, que eran menos, en esa parte, mientras que la mayoría se estaba colando hacia el mundo mágico. Cansado y lleno de sudor, consiguió dejar fuera de juego a su oponente, y salió corriendo donde segundos antes había ido su compañero.

- ¡Bombarda! –gritó, apuntando a unos contenedores que había cerca-.

Estos estallaron, e hicieron volar por los aires a dos enmascarados y trastabillar a un tercero, que volvió su cara sin rostro hacia él. La máscara estaba desencajada por la derecha, y pudo apreciar una mandíbula apretada de pura rabia. El mortífago de un salto se le puso delante, y Frank sólo tuvo tiempo de inspirar una vez, antes de que empezara el duelo.

Su oponente era bueno y ágil, pero no muy distinto de los demás siervos de Lord Voldemort. Cada vez que hacía un movimiento brusco, Frank veía cómo la mascara se balanceaba cada vez más, dificultándole la visión. Pero aún así no procedía a quitársela, por lo que el joven sintió mucha curiosidad.

- ¡Impedimenta! –exclamó, desviando el hechizo que iba a llegarle-. Vamos a ver quién eres, cabrón...

Hizo una difícil floritura con la varita, y le lanzó un hechizo, que hizo volar la máscara de la cara de su oponente. Cuando le tuvo cara a cara, su boca se abrió de la sorpresa, y sin querer, bajó momentáneamente la guardia.

Sólo fue un segundo, pero no hizo falta más. Detrás de él, otro mortífago le apuntó a la cabeza, rápidamente.

- ¡Obliviate!

Sus pupilas se dilataron, su ceño se alivió, y cuando, confuso, volvió a mirar a su oponente, este había cubierto otra vez su rostro, y le apuntaba fieramente con la varita.

- ¡Confringo!

Fue alcanzado en el pecho, y le catapultó unos cinco metros más lejos, creándole una gran herida, y dándose un fuerte golpe en la cabeza. Abrió los ojos y se descubrió boca arriba, mirando al cielo, con la vista llena de puntos negros, mientras notaba la mejilla izquierda completamente pegajosa, y el sabor de la sangre, cuando esta traspasó sus labios.

Una figura negra se irguió sobre él, amenazante, y Frank sólo pudo mirar hacia la máscara blanca, inexpresiva, y la varita que le apuntaba directamente al corazón.

No podía moverse. Estaba demasiado malherido.

Supo en ese instante que aquel era el final, y en ese momento sólo pudo pensar en que no debía de haberse separado de Alice, pues no podía saber si ella estaba bien.

- Avada Kedavra...

Escuchó sus últimas palabras apretando los dientes, y cerró los ojos con fuerza. Pero algo ocurrió. Escuchó un gemido, y varios ruidos. Pasaron los segundos, y aún estaba vivo.

Se esforzó por levantar un poco la mirada, y ver quién había parado el rayo mortal, y vio a Dorcas Meadows pelear contra ese mismo mortífago. En ese momento se dejó llevar por el dolor, y por la inconsciencia que le pesaba cada vez más. Lo último que escuchó fue a Dawlish, su compañero en el departamento, gritar su nombre.

OO—OO

Remus tiró del baúl unos metros más, mientras atravesaba la estación de King´s Cross. Se estaba volviendo loco. Casi le había parecido ver a Sadie en la cafetería al pasar. Absurdo. Debía de darse prisa. El único tren que esa tarde iba a Hogsmeade salía en diez minutos, y aún debía llegar al otro lado de la estación, donde estaba el andén 9 y ¾.

Tenía mucho calor, irónicamente, pues la temperatura exterior era muy baja, y hasta hace un momento estaba congelado de frío. Pero el esfuerzo de tirar de un baúl al que ya le fallaban las ruedas, le acaloraba enormemente.

Había sido una despedida rápida y acongojada por su parte. Seguía sin estar seguro de si era buena idea dejar a su padre solo. Y para terminar de sentirse mal, en parte estaba deseando volver a la calidez y amparo de Hogwarts, y compartir con Rachel el resto de las vacaciones. Sólo con ella.

El sonido de un pequeño estallido sonó delante de su cara, y le sobresaltó ligeramente. Antes de que se preguntara qué era, un pequeño pergamino apareció de la nada frente a sus ojos, y Remus lo cogió rápidamente, temiendo que algún muggle lo hubiera visto.

Pero no era así. Los pocos que se encontraban en esa zona ni siquiera le habían mirado una vez. Reconoció la pulcra letra de Albus Dumbledore, en la única frase del papel, y frunció el ceño al leerlo.

Remus, siento hacerte esto, pero ha surgido algo importante, y no podemos recibirte hoy. Coge mañana el mismo tren. No te preocupes, ella está bien.

A.D.

El muchacho arrugó el papel y bufó en voz baja. No sabía qué podía haber ocurrido, pero estaba molesto por todo. Por haberle hecho ir hasta allí con todo lo que tenía que cargar, por el dinero que había desaprovechado en el autobús noctámbulo (¡como si le sobrara!), por haberse despedido tan difícilmente de su padre, y tener que hacerlo de nuevo al día siguiente, y por dejar sola a Rachel un día más.

Pero, ¿qué podía hacer, sino obedecer? Como diría James: el jefe es el jefe.

OO—OO

En Charing Cross cada vez había más bajas de ambos lados, y la desesperación provocaba hacer locuras. Locuras como la que Andrea se veía tentada a hacer, y era bajar la guardia para poder mirar a su alrededor, y encontrar a alguien que le explicara qué estaba ocurriendo.

Sólo quería un segundo. El último ataque de su oponente la había dado de lleno en la cara, y aunque ella había reaccionado a tiempo para no dejarse vencer, sentía que le había roto la nariz. Necesitaba, al menos, parar su hemorragia. Casi agradeció el grito que desconcentró a su oponente, y la permitió dejarle inconsciente. Pero no lo hizo. Había reconocido el grito, era Dorcas Meadows. Al mismo tiempo que dirigía rápidamente la varita hacia su nariz, miró a su alrededor. La ubicó enseguida. Estaba en pie, luchando contra un mortífago, y gritaba de rabia, no de dolor, como había creído. Suspiró un segundo antes de ver a Frank Longbottom tirado en el suelo.

Se le heló la sangre, pero no pudo hacer nada en ese momento. Rezando para que el joven auror solo estuviera inconsciente, levantó su varita contra otro mortífago, llamando su atención hacia ella. El enmascarado, que había estado luchando contra un auror junto a otros dos, la lanzó sin dudar un cruciatus que Andrea esquivó con facilidad.

¿Dónde estaba Ethan? ¿Y Tomás? ¿Y Edgar? ¿Y Cora? Faltaban un buen número de integrantes de la Orden, y no es que fueran demasiados. Al único de su grupo de las cajas que había visto era a Adam, quien se había perdido por las puertas del Caldero Chorreante.

- ¡Confundus! –gritó, sintiéndose una niña pequeña-.

Mientras sus enemigos atacaban con maldiciones, ellos tenían que conformarse con tontos hechizos de colegio, pues el Ministerio no acababa de darles permiso para usar las maldiciones en la batalla. Era un milagro que no hubieran muerto todos aún con semejante desventaja.

- ¡Crucio!

Al no tener tiempo de bloquearlo, se echó a un lado para que la maldición pasara de largo. Escuchó un grito de dolor a su espalda, muestra de que le había dado a alguien, pero no se giró. Por suerte, el mortífago se había estado un segundo de más mirando a su víctima, y ella pudo aprovechar para atacar.

- ¡Desmaius!

El encapuchado cayó, y ella suspiró, apartándose el enmarañado pelo de la cara. Miró hacia atrás, buscando a la víctima del cruciatus, y vislumbró a Marlene Mckinnon, que se ponía de pie aún temblorosa. La jovencita de apenas diecinueve años era nueva en la Orden, y si la memoria no la fallaba, esta era su primera batalla. La ayudó a ponerse de pie, asegurándose de que la chica estaba bien.

- ¿Te encuentras bien, Marlene? Quizá fuese mejor que volvieras al cuartel.

La chica negó con la cabeza, apretando la mandíbula. Andrea la miró preocupada. Parecía bastante malherida además del último cruciatus, pero aún se sostenía en pie. Con un ojo sobre ella, pero dejándola libre, la propuso seguir a los demás hacia el Callejón Diagon, que es donde parecía estar la verdadera acción.

De reojo pudo ver a Tomás y Cora Mendes corriendo hacia el Caldero Chorreante, desde una dirección distinta a la suya. Urgió a la muchacha a que siguiera, pero ella se entretuvo buscando más caras conocidas. Edgar Bones también estaba allí, aunque ella no lo había visto. Luchaba increíblemente frente a dos mortífagos que juntos no parecían igualarle. Era todo un espectáculo ver luchar a ese hombre.

- ¡Andrea! –gritó una voz cerca de ella-.

Se giró a tiempo de ver cómo un mortífago caía a su espalda, en una posición perfecta para atacarla. Se percató en ese momento. Se había distraído.

Tomás llegó hasta ella y la zarandeó molesto.

- ¡¿En qué piensas, muchacha?! ¡Muévete!

De nuevo con sus cinco sentidos puestos, echó a correr con el hombre hacia el local, donde les esperaban la esposa de éste y la joven muchacha, mientras, desde una posición segura, lanzaban hechizos por la espalda a los mortífagos, aligerando el trabajo a los aurores.

- ¿Has visto a mi hermano? –le gritó al hombre mientras las alcanzaban-.

Tomás pareció quedarse pensativo un momento, hasta que negó furiosamente con la cabeza, sin dejar de correr.

- ¡Ethan no ha venido, Andrea!

A la mujer se le secó la garganta, y no tenía nada que ver con la carrera. Había sido muy explícita con el mensaje que le había enviado a su hermano. Aquello era urgente, y debía volver. También él había sido claro. (-Tranquila, Andy, no me voy al fin del mundo. Si ocurre algo urgente, mándame un patronus, y me apareceré en cuestión de minutos a lo sumo. Sólo tengo que esconder bien este trasto...). ¿Por qué no estaba allí?

Perdida en sus pensamientos, no se dio cuenta de cuándo habían atravesado el bar y habían llegado al Callejón Diagon. Si Charing Cross era el caos, aquello era una locura. Habían arrasado con todo lo que habían podido. Los comercios tenían los escaparates destruidos, había incendios por todas partes, y en el fondo, Gringotts tenía la fachada completamente resquebrajada. Aquel lugar no parecía el mismo al que había ido con Brooke hacía apenas dos días.

Allí había el doble de mortífagos que en la zona muggle, por lo que no pudo estarse con contemplaciones. A su lado, Cora Mendes derribó a un mortífago, apuntándole por la espalda, y vio a Tomás salir corriendo en dirección a uno de los pocos mortífagos que luchaba a cara descubierta.

- ¡¡¡Rosier!!!

Andrea se movió con rapidez, viendo como Marlene seguía sus pasos, cubriéndole las espaldas. Las dos, hombro con hombro, fueron avanzando, hechizando a cuanto mortífago veían por su camino, hasta llegar a la tienda de Madame Malkin, donde se había refugiado un buen número de magos y brujas a los que les había sorprendido la batalla.

- ¡Soy del Ministerio! –anunció cuando dos de ellos las apuntaron con la varita al verlas entrar en la tienda-. ¡Deben salir de aquí, no tardarán en tomar también este lugar!

La gente parecía estar en su mayoría paralizada del miedo, y pudo ver que había niños allí que no serían mayores que su hija. Tragó fuerte, y decidió que debían actuar rápido. Tomó varias perchas, y le pasó la mitad a Marlene, instruyéndola. Las fue convirtiendo en trasladores, urgiéndoles a desaparecer por grupos. Era la única forma de salir de allí. No sabían como, pero habían taponado las chimeneas de entrada y salida, y puesto un hechizo antiaparición en todo el callejón.

- Pero... pero... mi tienda –balbuceaba la dependiente cuando Andrea la empujó para unirse al siguiente grupo-.

- ¡Márchese! –exclamó ella más maleducada de lo que pretendía-.

Hubo una explosión que voló el escaparate, y las hizo agacharse a ambas. La mujer se vio más dispuesta a marcharse en ese momento. Andrea se volvió a apartar el pelo de la cara.

- Bien, Marlene, ahora vamos... ¡Marlene!

La chica estaba tirada en el suelo, cerca del escaparate, cubierta de cristales, y rodeada de un charco de sangre. A la mujer casi se le salió el corazón por la boca cuando se lanzó sobre ella asustada. Pero la muchacha respiraba. La explosión debía haberla dejado inconsciente.

- ¡Tú! –le gritó a un hombre que estaba a punto de salir de allí con su mujer y sus hijos-. ¡Llévala a San Mungo!

El hombre parecía reacio a hacerle caso, y miró a su familia y a la chica inconsciente varias veces. Sin embargo, sabía que ambas habían ido a ayudarles a todos, y no pudo negarse. Cogió en brazos a la chica, y agarró con manos temblorosas el traslador que Andrea le tendió, viendo cómo su familia desaparecía hacia un lugar y él hacia otro.

Una vez sola, la inefable salió a la calle sin pérdida de tiempo. Se cruzó con Alice, que luchaba junto a Benjy Fenwick codo con codo, y se le formó un nudo en el estómago al pensar en Frank tirado en medio de la calle. Sin embargo, no podía entretenerse, ni entretener a su compañera en ese momento. Evaluó en un segundo el ambiente, y acudió en ayuda de Caradoc Dearborn, quien parecía estar más en apuros que el resto.

No habían pasado diez minutos, cuando ocurrió algo que llamó la atención de todos los que estaban allí. Una gran bola de fuego atravesó el callejón, abrasando a miembros de ambos bandos por igual. Pero no era una sola llamarada. Andrea dejó de luchar con su oponente, que tampoco la prestaba atención a ella. Algo raro había en ese fuego en concreto, que no tenían los demás incendios que había registrados en el lugar.

Aquél parecía tener vida propia.

Hubo un jadeo colectivo, que les hizo girarse a todos, hacia la entrada del Callejón Knockturn. Ante esa imagen, el corazón de Andrea comenzó a latir a un ritmo distinto. Ritmo de miedo.

Era él en persona, si es que así se le podía considerar. Lord Voldemort.

Pero lo que más aterrorizó a la mujer es que era él el que controlaba la bola de fuego. Pero sin varita. Hizo un simple movimiento con la mano, y una pequeña fogata que había cerca de él se incrementó, y comenzó a avanzar hacia la bola, uniéndose a ella.

Fuego. El control del fuego.

En ese momento, más que nunca, ella temió por Ethan.

OO—OO

James estaba aburrido, mirando al techo de su cuarto. Estaba contando las manchas de humedad, que por tratarse de una mansión, afortunadamente había cientos de ellas.

Tampoco se quitaba de la cabeza la reacción tan repentina de su tío. Después de analizarla durante un rato, supo que le había mentido. No había nada de trabajo en el motivo de su marcha. Tan pronto había estado relajado y de buen humor, como su rostro se había vuelto de témpano y se había puesto completamente serio. Pero si no era trabajo... Era algo de la Orden del Fénix, era evidente. Pero, ¿qué podría haber pasado? La mayoría de las veces que su tío se había ido repentinamente por ese motivo, él no había llegado a saber qué ocurría. No eran cosas que se hicieran públicas en ningún lado.

Un ruido de voces le llegó desde el jardín, y James se levantó curioso a observar por la ventana. La sorpresa fue enorme cuando distinguió la melena pelirroja. ¿Qué hacía Lily allí?

Bajó las escaleras de tres en tres, dirigiéndose a toda prisa hacia el jardín. Se cruzó con su madre cuando atravesó la cocina, pero ignoró sus preguntas. Su novia apenas se había movido en los escasos segundos que tardó él en llegar hasta ella. También Grace estaba con ella, no la había visto.

- ¡Lily! –gritó-.

- ¡James! –exclamó su novia aliviada en cuanto le vio-. ¡Ha habido un ataque en Londres, en el Caldero Chorreante!

Corrió los pocos metros que les separaban, y le echó las manos al cuello. James se había tensado al escucharla, y la estrechó con fuerza contra su pecho, sintiendo cómo temblaba el de ella, con el corazón a mil por hora. Por encima de su hombro, observó a Grace, que tenía aún en sus manos una jarra, y miraba al horizonte con los ojos muy abiertos y una expresión de terror.

- ¿Le han hecho algo? –le preguntó temeroso a su novia-.

Lily se giró con rapidez, y al ver el estado de su mejor amiga, se alarmó y corrió hacia ella.

- Grace, mírame, ya pasó. Estamos a salvo. Grace...

- ¿Qué la pasa? -preguntó él, confundido-.

- Creo que se ha quedado en shock. Vamos, Grace, estamos en casa de James, hemos salido de allí.

James se estaba asustando. Parecía como si le fuera a dar un ataque: estaba muy pálida, respiraba agitadamente y no pestañeaba. Se acercó a su amiga, y la cogió del otro brazo, agitándola levemente como estaba haciendo Lily. Por detrás de él escuchó a sus padres salir al jardín, pero no se dio la vuelta. Grace seguía mirando al frente, como si viera más allá de ellos, y de un momento a otro, soltó un pequeño gemido y se le doblaron las rodillas.

Él la intentó sujetar para que no cayera, pero Lily se arrodilló a su lado, y la abrazó con fuerza. Había salido del shock, pero ahora no paraba de respirar agitadamente.

- ¿Qué ha ocurrido? ¿Qué pasa? ¿Quiénes son? –preguntó su padre atropelladamente-.

Aunque estaba en tensión y llevaba la varita en la mano, James agradeció que no las apuntara con ella. Él no sabía qué hacer, y dio un paso atrás, quedando a la par que su madre.

- Estábamos en el Caldero Chorreante, y hubo un ataque. Los mortífagos entraron al bar y arrasaron con todo. Pero llegó tu tío, James, y nos dio un traslador para traernos aquí.

- ¿Adam estaba allí? –preguntó Charlus con voz contenida-.

Lily lo miró un momento, antes de contestar.

- Llegó con más personas, y se pusieron a defendernos e intentar sacar a la gente de allí.

- La Orden del Fénix –susurró James impresionado-.

Su padre lo miró de reojo un segundo, antes de arrodillarse junto a las chicas.

- ¿Estáis bien vosotras? –preguntó preocupado-.

Lily iba a contestar que sí, pero miró angustiada a su mejor amiga, que no había levantado la cabeza, y se quedó callada.

- Mataron a un hombre a un par de metros de nosotras... –murmuró Grace con voz ahogada, y muy débil-.

Lily apretó su abrazo, y James oyó un quejido lastimero, y vio cómo su madre se llevaba una mano a la boca. La mujer avanzó hacia ellas, y abrazó a las dos chicas maternalmente.

- Ya pasó... Estáis a salvo... Todo irá bien... –murmuraba, acariciando el cabello de ambas-.

Sin embargo, James vio cómo su novia no necesitaba ningún tipo de consuelo, sino que se mantenía fuerte y valiente, y se sintió orgulloso. Pese a todo, no pudo evitar sonreír de orgullo, y su padre le lanzó una mirada envenenada.

- Es normal que esté así tras haber visto eso –dijo el padre de familia-. Vamos a llevarla adentro, que tome algo caliente. Será cuestión de minutos.

Cuando incorporaron a Grace, James vio su cara, y no se sorprendió cuando vio que no había llorado en todo el rato. Sólo parecía como si le faltara respirar, como si no pudiera asimilar lo que había ocurrido. Lily la dejó en manos del hombre, e intercambió una mirada con James.

- ¿Cuáles son vuestros nombres? Tendremos que avisar a vuestros padres que estáis bien.

- Ella es Grace Sandler, papá –le respondió James-.

Charlus miró a la chica a la que ayudaba a caminar, y asintió entendiendo. Entonces, por lo que él sabía, era una suerte que los mortífagos no supieran a quien tenían delante. Después volvió la cabeza hacia Lily, que caminaba al lado de James sin apartar los ojos de su amiga.

- ¿Y tú...?

- Ella es Lily Evans, Charlus, la novia de James –respondió Dorea con seguridad y cariño-. Es un placer conocerte por fin en persona, cielo, aunque sea en estas circunstancias.

James miró a su madre, extrañado. Después miró a Lily, que apartó la mirada de Grace para sonreír dulcemente a su suegra.

- Lo mismo digo, señora Potter.

- Cariño, ya te dije que me llamaras Dorea.

- ¿Cuándo la dijiste eso? –preguntó James enarcando una ceja-.

Dorea la sonrió traviesamente, y Lily le apretó la mano.

- Nos hemos estado carteando un poco –dijo la mujer sin darle importancia-.

- ¿Car... carteando? –preguntó, temiéndose entrar él en shock en cualquier momento-.

- Sólo un par de veces, James –le susurró Lily-.

- ¿Y desde cuándo... cuándo pensabais decirme...?

- Oh, James, no seas melodramático –le regañó su madre, adelantándose para poner un cojín tras la espalda de Grace, que había recuperado un poco de color-. Cuando llegaste y Sirius me contó sobre tu novia, y visto que no planeabas presentármela en breve, decidí escribirla por mi cuenta. Y claro, me respondió. Déjame decirte que tienes una novia muy educada y encantadora.

James no contestó. Aquello era surrealista. ¡Habían conspirado detrás de él! Estaba a punto de ofenderse, cuando Charlus cambió de tema, a uno que les interesaba más.

- Contadme más de lo que ha ocurrido. ¿Había aurores? ¿Suficientes para enfrentarles? ¿Llegó... él?

Grace aún parecía un poco tensa, y dio un respingo ante la idea de que Voldemort apareciera en el mismo lugar en que estaban ellas. Dorea le acarició la espalda, y la chica agachó la cabeza. De repente se sentía sin fuerzas.

- Voy a por un poco de ponche. Cuando pasas un shock, suele haber un bajón de tensión, y no creo que a los Sandler les agrade que su hija se desmaye en mi casa –dijo, intentando cortar un poco la tensión-.

Lily y Grace la miraron con una pequeña sonrisa. Después la pelirroja se volvió hacia el padre de su novio, y se dispuso a contestarle.

- El ataque empezó en la zona muggle. No sabemos muy bien qué ocurrió, sólo que empezaron a oírse golpes y gritos, y de repente intentaron derribar la puerta. Hubo varios magos que intentaron impedírselo, pero al final los mortífagos entraron, y mataron a un chico antes de que pudiera defenderse. Iban a matar a otro cuando llegaron los primeros de la Orden del Fénix, y se pusieron a pelear. Luego, por lo poco que pude ver de la calle, también había aurores y más gente, y algunos acabaron por entrar en el Callejón Diagon. Todo era un caos, y nosotras sólo supimos quedarnos escondidas bajo la mesa, hasta que llegó Adam y nos sacó de allí con un traslador. Quien-usted-sabe no parecía estar por allí, pero no sé... –agitó la cabeza, sintiéndose inútil, a medida que rememoraba su actitud-. Debí hacer algo más. Sólo me quedé debajo de la mesa, no supe enfrentarlos... Debí...

- A veces lo más inteligente es quedarse escondido, hija –la respondió Charlus para tranquilizarla-. Aquello no es un duelo de colegio, ni se limitan a tontos hechizos. Es la guerra, y tiran a matar. Por muy buena que seas, los otros son asesinos profesionales. Sólo los aurores deberían poder enfrentarlos. Los demás no saben dónde se meten...

- Hay grandes guerreros en la Orden del Fénix –exclamó James con testarudez-.

Su padre lo miró fijamente.

- ¿Cuántos crees que hay que sean capaces de enfrentarlos y salir bien parados, James? Ni siquiera tu tío está al nivel de la mayoría de esos mercenarios. ¿Consideras que hacen una gran labor? Ni siquiera tienen reparos en reclutar a niños que aún no saben ni coger bien la varita. No seas estúpido, James, no malgastes tu vida obedeciendo a un loco.

- Loco es el que mata a las personas por la sangre que llevan en las venas, papá –respondió James testarudo-. Los miembros de la Orden del Fénix son valientes, unos guerreros incansables que lo dan todo por el bien común.

Charlus se puso en pie enojado, y Lily creyó que minutos antes no le había parecido tan alto. Dorea entró en ese momento por la puerta, con el ponche en la mano, y se quedó un poco paralizada al ver la discusión.

- ¿Ves algo glorioso en lo que hacen? ¿Crees que lo que tu tío te ha vendido es algo admirable? ¿Malgastar tu vida, arriesgarte a morir joven, por una causa justa? Sal de las novelas medievales, James. No hay nada glorioso en matar a nadie, sé de lo que hablo. Cuando era joven, creía, como tú, que aquello era para lo que estaba destinado. Pero por experiencia te sugiero que no defiendas altruistamente ninguna causa justa, porque la vida no es justa, y no te recompensará el haberte sacrificado por los demás. Cuando tengas la edad que tengo yo, y las responsabilidades que tengo yo, lo sabrás.

- ¿El qué? ¿Qué lo adecuado es volverse egoísta? ¡Cuando hay una guerra que nos afecta a todos los magos, hay que luchar para defender a tu familia!

- ¡Hay que defender a tu familia, pero no siempre luchando! ¿Es que no lo entiendes, hijo? Si tu familia es lo importante, no la expondrías por nada del mundo.

- ¿Aunque eso suponga dejar que el resto del mundo muera? –preguntó su hijo, negando con la cabeza, incrédulo-.

Su padre lo miró directamente a los ojos, con un toque de tristeza.

- No eres padre, James. No lo entenderías. Cuando tienes un hijo, eso pasa a ser lo más importante, y harías lo que fuera por protegerle, de él mismo si es necesario. Dejarías morir al resto del mundo si con eso te aseguraras de que él estará bien. Cuando seas padre, lo entenderás.

- Tienes razón. No lo entiendo.

- Bueno, bueno, ¿qué os parece si avisamos a vuestras familias? Estarán preocupadas –intervino Dorea para calmar el ambiente-.

Charlus se dirigió a su despacho a mandarles un rápido mensaje a los Sandler y a los Evans, y James se le quedó mirando decepcionado. Lily le dio un tirón, y le obligó a sentarse a su lado, acariciándole la rodilla suavemente. Ella podía entender la postura de ambos.

OO—OO

Al cerrar la puerta, comenzaron a besarse mientras Sirius metía su mano por debajo del jersey que le habían regalado esa misma mañana, acariciando el plano vientre de Kate, que suspiró al sentir la calidez de su mano. Él siguió besando su mentón, bajando por su cuello y acabando en la clavícula. Con el dedo índice, agarró el cuello del jersey, y tiró de él hasta que quedó a la vista un sujetador azul claro, el cual apartó sin miramientos.

- Vas a darlo de sí –protestó Kate medio preocupada por su nuevo jersey-.

Como respuesta, Sirius tomó su pequeño pezón con los labios, y ella ahogó un grito mordiéndose el labio inferior con fuerza. Lo necesitaba dentro de ella. Pero antes...

- ¿Aún no te he dado mi regalo de Navidad? –le preguntó coquetamente-.

Se dio la vuelta, quedando ella encima de él, y se quitó el jersey sin miramientos. Sirius la miró ardientemente, y suspiró cuando la mano de ella se coló en sus pantalones, le acarició levemente y envolvió su miembro con delicadeza.

Kate iba desabrochando su camisa, besando el pecho que quedaba al descubierto, mientras le acariciaba lentamente cuan largo era. Él comenzó a respirar entrecortadamente, cuando ella apretó más la mano, y sentía su boca por la parte de arriba del estómago. La miró a los ojos cuando Kate pasaba la lengua por su ombligo, y se comenzó a sentir muy duro.

Por fin pudo librarse del apretado pantalón, sintiendo las pequeñas manos de su novia deslizarse por sus muslos, al tiempo que envolvía su excitación con la boca. Sirius cerró los ojos. Aquello era el paraíso. Sólo existían él, Kate y su lengua. Un jadeo involuntario salió de su boca cuando su novia lamió con cuidado la punta de su miembro, y abrió los ojos para mirarla agradecido por semejante regalo. Sus finos labios le envolvían, y unos ojos color miel le miraban con pasión, mientras un flequillo de color rubio cobrizo caía dulcemente sobre sus largas pestañas.

- ¡¿Qué haces...?! –gritó apartándose de ella-.

En cuanto pestañeó varias veces y su excitación bajó de golpe, enfocó el rostro de Kate, con sus gruesos labios, sus ojos azules que lo miraban alarmados, y su corto cabello negro azabache. La miró detenidamente, antes de suspirar largamente, y dejarse caer en la almohada. Su mente le había jugado una mala pasada. Era Kate. Era su boca. Eran sus ojos. Y estaban en su habitación. No sabía por qué su mente había colocado inconscientemente la imagen de Grace frente a él, pero ese era un juego muy peligroso.

- ¿Se puede saber qué te pasa? –le preguntó Kate con el ceño fruncido-.

Sirius se subió rápidamente el pantalón. Se le habían quitado las ganas.

- Nada, nada. Es que no me parece adecuado que hagamos nada de esto en tu casa –mintió con lo primero que le vino a la mente-. Ya has visto el cariño que me tiene tu padre, para que encima me pille tirándome a su hija bajo su techo.

- ¿Estás bromeando? –preguntó ella incrédula-.

- No, no –contestó nervioso, aún viendo la imagen que su subconsciente había creado en la mente-. Ya has oído lo que piensa de mi. Dejémoslo para otra ocasión.

- ¿Otra ocasión? Sirius, en un mes lo hemos hecho dos veces. ¿Qué pasa? A mi padre siempre le has caído fatal, y este verano lo hemos hecho varias veces en mi casa.

- ¡Pero él no estaba aquí! –se excusó Sirius tartamudeando un poco, y fingiendo observar con detenimiento una fotografía de ella y Denise que había en la mesilla de noche. Ahora no podía mirarla a la cara-.

- ¿Cómo que no? –preguntó Kate dándole un golpe en el hombro-.

- Bueno, estaba en el jardín. No dentro, dentro. No es lo mismo.

Detrás de él escuchó suspirar a Kate, y supo que no había colado.

- Sirius, ¿ocurre algo? Estás raro desde hace tiempo. Desde que hemos vuelto no eres tú mismo. ¿Soy yo? ¿Acaso te has replanteado lo nuestro? ¿Qué ocurre?

Sirius cerró los ojos con fuerza. Sabía que se le había notado. No era un buen mentiroso, era demasiado impulsivo. Claro que no estaba igual que siempre. Pero, ¿qué la decía? ¿que cuando se ponían a hacerlo, se le venía a la mente que, mientras ella pensaba que estaba sufriendo su ausencia, él se había acostado con una de sus amigas? Aquello le estaba matando. No sabía como Grace podía mirarla a la cara como si no hubiese ocurrido nada, y él no hacía más que sentirse culpable.

Y no era solo eso. Él no era celoso, nunca había sido posesivo en absoluto. Y por eso odiaba admitir en su interior que no paraba de pensar si en ese tiempo habría ocurrido algo entre Kate y el odioso de Rumsfelt. Y tampoco tendría nada que reprocharla, porque él no se había mantenido especialmente "fiel", pero es que era pensar en ese capullo y...

Merlín, y también estaba Grace de nuevo. Ella era el principal problema, evidentemente. Sino, no habría pensado en ella cuando Kate... Llevaba varios días pensando mucho en ella, pues le preocupaba, aunque prefiriera negarlo. Le preocupaba pensar que ella lo estuviera pasando mal después de lo que habían averiguado. Debería haber hablado con ella, pero Grace quiso escurrir el bulto, y él, buscando lo más cómodo, no hizo nada por contradecirla. Sin embargo eso era peor, porque desde entonces, cada vez que estaba tranquilo, relajado, pensaba en ella, y no paraba de preguntarse cómo estaría. Se estaba volviendo loco él solo, y el problema es que no podía contarle nada de eso a Kate para que le entendiera.

- Sirius, ¿me estás escuchando?

Parpadeó confuso. Kate había seguido hablando, pero él se había abstraído.

- Perdona... ¿qué?

- Te preguntaba si esto tiene que ver con Derek.

¿Acaso había pensado en voz alta, se preguntó algo alarmado? Pero la expresión de su novia era de pena, y no de enfado, que es como estaría si se enterara de todo el tema de Grace.

- ¿Tengo motivos para estar así por su culpa? –preguntó algo a la defensiva-.

Kate frunció el ceño.

- No. No tienes motivos. Pero te cae mal, y como no sé qué te pasa, me he puesto a pensar en todo. ¿Te molesta que fuera mi amigo?

- ¿Por qué lo era? –respondió con otra pregunta. Lo que fuera con tal de atrasar el momento de admitir su debilidad-.

- Me escuchaba –dijo simplemente, encogiéndose de hombros. A Sirius no parecía bastarle con esa respuesta, pero lo cierto es que era la verdadera-. ¿Ahora me vas a decir si tiene que ver?

Sirius cogió aire profundamente, y lo soltó de golpe. Pero no fue capaz de confesarlo. Tenía la sensación de que si lo hacía, le daría al otro una ventaja.

- Kate, sabes que no soy celoso –dijo mirándola a los ojos por primera vez-. Así que...

No continuó, pues Kate miró al suelo molesta, y él se preguntó qué ocurría ahora.

- ¿Qué?

- Dime una cosa que me ronda la mente desde hace días –le dijo con voz más grave-. Si no eres celoso, ¿por qué no me contaste lo que Richard sentía por mi?

Sirius se quedó sin palabras. ¿Richard? ¿A qué venía eso? Kate tenía una capacidad inmensa de enlazar temas con otros a los que él no encontraba conexión. Era como si ella tuviera una conversación interiormente, al margen de la que tenía con él. Era una costumbre suya que le irritaba, pues le hacía perderse continuamente.

- ¿Richard?

- Sabes de que hablo –le respondió con un suspiro-. Las chicas me lo contaron la semana pasada, y Gis me dijo que lo sabíais todos. Si no eres celoso, ¿por qué no me lo contaste cuando empezamos a salir?

Él entendió un poco más. Claro que lo sabía, todos lo sabían. Kate siempre fue algo así como el amor platónico de su difunto amigo, pero con platónico quería decir que él jamás intentaría ser algo más. Todos hacían como que no sabían nada y ya está. Cuando él le pidió salir a Kate, Richard le amenazó con pegarle una paliza si la hacía sufrir, pero jamás le echó en cara que él sentía algo por ella, ni nada por el estilo. Ya se encargó Remus en privado de que se sintiera como una mierda. Pero, al igual que nunca había tocado el tema con Richard, tampoco había pensado tocarle nunca con Kate. Por ninguna razón, solo que no se lo había planteado.

- Kate, yo... bueno, no era mi secreto. ¿Qué querías que te dijera?

Ella no le supo qué contestar, pues tampoco sabía qué quería oír. Sirius resopló molesto. El ambiente estaba enrarecido, y probablemente fuera culpa suya, no sabía. Pero desde luego no le molestó en absoluto que la pequeña Denise entrara en la habitación y les interrumpiera.

- ¿Qué hacéis? –preguntó a la niña, mirando a su hermana, que estaba en sujetador sentada en la cama, con su novio sentado en la otra punta y con la camisa desabrochada-.

- Nada peque, hablar –la dijo su hermana poniéndose rápidamente el jersey-.

- No entiendo por qué tenéis la manía de quitaros la ropa para hablar, este verano también lo hacíais. Pero ahora ya no hace calor –conjeturó la niña inocentemente, mientras entornaba los ojos pensativa-.

Sirius no pudo evitar soltar una carcajada ante eso. Kate le miró molesta, y Denise sonrió más ampliamente.

- ¿Vamos a jugar al quidditch ahora o no? Porque antes dijiste que luego, y ya es luego.

- Claro, vamos abajo –propuso Sirius mirando a su novia con las cejas alzadas, con una clara invitación a que dejaran el tema-.

Kate no pareció contenta con su actitud, sino que chasqueó la lengua, y le hizo salir del cuarto para cerrarle la puerta en las narices.

- Kate... –susurró tocando suavemente la puerta. Desde dentro no se oía nada-.

- Siempre se pone más difícil cuando llega su cumpleaños –suspiró Denise en un intento de hacerse la mayor-.

De nuevo, Sirius no pudo evitar sonreír. Esa niña le encantaba.

- ¿No íbamos a jugar al quidditch? –la recordó-.

La niña sonrió contenta y echó a correr, arrastrándole de la mano. Él sabía que lo que debía hacer era arreglar las cosas en ese momento con Kate, y dejar de huir de las situaciones incómodas. Él y su manía de dejarlo todo para mañana. Debía abandonar esa costumbre, aunque mejor lo haría al día siguiente.

Salieron a la calle, donde hacía relativamente bueno a pesar del frío. La niña le mandó esperar en el jardín mientras ella iba a recoger las escobas que tenían para sus primos en el garaje, y su nueva escoba de carreras. Allí estaba él: en camisa, en medio de los rosales del señor Hagman, y con la nariz cada vez más roja. Roja igual que las rosas que tenía de frente. Se arrodilló en el suelo, sin importarle mancharse los pantalones, y acarició los pétalos de una de ellas. Su mente voló de nuevo hasta Grace.

Bufó. Era increíble que esa odiosa rubia le estropeara todo incluso sin estar presente. Desde que habían vuelto a ponerse el uno en el camino del otro, no paraban de pasar cosas. Y así la metió en su camino la primera vez. Con una rosa roja. Un truco tonto, casi hecho sin pensarlo para tratar de impresionar a la chica que le gustaba entonces, y funcionó a la perfección.

De repente se le ocurrió una idea un poco extraña. Al igual que empezó así, también se podía rematar igual, ¿no? De hecho, parecía un final muy coherente. Y es que tenía la certeza de que cuando cortara todos los cabos sueltos con ella, dejaría de haber esas discusiones con Kate.

Sacó la varita, mientras miraba alrededor que ninguno de los vecinos muggles de Kate le viera, y cortó la rosa que había estado acariciando.

- Papá ya te tiene manía sin que le rompas los rosales –dijo la voz de Denise a su espalda-.

Se giró para ver a la pequeña apoyada en su escoba. Se parecía muchísimo de Kate con su edad, alarmantemente, pero también eran muy evidentes sus diferencias. Por ejemplo, su novia huía de las escobas.

- Quería regalársela a mi madre postiza –la mintió por si a la niña la daba por contárselo a su hermana, que era casi seguro-. ¿No te importa, no? –Denise sonrió, negando con la cabeza-. ¿Me dejarías vuestra lechuza?

- Ays, venga, vamos. Que a este paso no jugamos nunca –respondió resignada, y guiándole hasta el cobertizo donde tenían al animal. Sirius la siguió divertido por sus expresiones-.

No tardó nada en escribir un pequeño mensaje aclaratorio, y enviar a la lechuza hacia casa de los Sandler con su regalo. A los diez minutos ya sobrevolaba por debajo de Denise, casi convencido de que la niña se iba a caer. Kate era mucho más torpe, desde luego, pero la pequeña aún tenia muchísimo que aprender.

- ¡Stuart! ¡Stuart ven a ver las noticias! –gritó alguien cerca de ellos-.

El tono de alarma de la voz alertó a Sirius, que miró a todas partes.

- Son los McFly –le dijo Denise frunciendo el ceño-. Son unos muggles que viven allá adelante, y se visten siempre raro. Mamá no me deja jugar con su hijo porque dice que parecen delincuentes.

Sirius enfocó la vista en el jardín de dos casas más lejanas, y vio a un hombre verdaderamente extraño correr hacia la casa.

- ¿Se puede saber qué pasa? –preguntó el hombre a gritos, por lo que no les costó oírle-.

- ¡Ven a ver las noticias! ¡Ha habido un atentado en Londres! ¡Ha explotado una bomba en Charing Cross, está toda la calle levantada, y hay varios muertos!

Sirius frunció el ceño. Allí estaba el Caldero Chorreante. ¿Habría ocurrido algo también al Callejón Diagon?

- Denise, vamos a ver si tu madre sabe algo –le propuso a la niña repentinamente serio-.

OO—OO

Adam se desplomó en mitad de la calle. Le dolía todo el cuerpo. Sentía que cada porción de piel le ardía. ¿Qué había sido eso? Era como si un dragón le hubiera escupido una bola de fuego en la espalda. el mortífago con el que había estado luchando, estaba inconsciente cerca de él, con la túnica y el pecho abrasados.

Estaba de rodillas, intentando aclarar su mente por encima del dolor. No estaba inconsciente, pues aún podía oír el ruido de la batalla, aunque este se detuvo de repente, como si todos se hubieran callado a la vez. No pudo ver qué ocurría, no era capaz de abrir los ojos. Sentía las lágrimas de dolor rodar por sus mejillas, el frío aire del invierno azotándole la espalda descubierta, que estaba carbonizada. El contraste del frío y el calor era como si le clavaran miles de cuchillos en el cuerpo. Ni siquiera un cruciatus le había dolido tanto, pues esto no acababa.

De pronto el silencio se detuvo, solo para dar paso a una voz que le provocó escalofríos.

- Soy Lord Voldemort, y a los que aún os mantenéis en pie, os sugiero de que dejéis la lucha. Ya son varios años de separación entre los magos, y aquí hay grandes sangre pura que están desaprovechando su vida en defender a impuros que nos roban nuestro derecho por nacimiento. Ya véis que mis poderes son ilimitados, por lo que no tenéis escapatoria. Unios a mi, sino queréis morir...

Adam escuchó aquello a medias. El dolor era tan intenso, que ya no le importó nada. No le importaba cómo, pero quería parar aquella agonía, y si la muerte era la solución, bienvenida fuera. Un gemido de dolor salió de su boca, y se terminó de desplomar en el suelo, escuchando sonidos que no identificaba, y con los sentidos algo alterados. Después, todo se quedó en negro.

Las palabras de Voldemort solo habían servido para enfurecer al bando de la luz, que reanudó la batalla con más rabia que nunca. Poco importaba que ese hombre fuera más poderoso que cinco aurores juntos. Ya no existía el miedo.

En la otra punta del callejón, Alice respiraba agitadamente, sin poder parar ni un segundo. Quien quiera que fuera el encapuchado que luchaba contra ella y Benjy, les igualaba a ambos sin dificultad. Sin embargo, esto no evitó que su atención se desviara hacia otro lado cuando escuchó esa voz tan conocida llamarla con su típico humor sádico.

- Señora Longbottom...

No tuvo que girarse para ver quien era. Ni siquiera llevaba puesta la máscara, aunque sería algo inútil que lo hiciera. Cualquier auror habría reconocido la voz de Bellatrix Lestrange con solo oírla pronunciar un hechizo. La encaró, mirándola con odio, y dejó que Benjy que se las arreglara solo. Bellatrix la miraba con una ancha sonrisa en el rostro, muy divertida.

- ¡Cuánto tiempo sin verte! –la dijo fingiendo hablar con una vieja amiga-. Disculpa no haberme presentado antes ante ti. Acabo de entrar al callejón, ¿sabes? Antes he estado viendo como se llevaban el cuerpo de tu marido al depósito de cadáveres...

El pánico inundó a Alice, que desde hacía rato no veía a Frank. Tenía ganas de ponerse a buscarle a gritos, pero eso era lo que quería esa sádica, y no la daría el gusto. Alzó la varita, y repitiéndose a sí misma que su marido estaba perfectamente, comenzó a luchar con ella con maestría.

Debía reconocer que esa desequilibrada era buena. Muy buena. Pero ella también lo era. Hacía tiempo que había dejado de ser esa estudiante de la academia de aurores con la que esa misma mujer había jugado dos años atrás, divirtiéndose a su costa, y provocándola cicatrices en los dos brazos. Ahora ella era una gran auror, admirada y temida por igual. Y si creía que podía vencerla con esa calumnia sobre Frank es que no la conocía. Porque eso tenía que ser una calumnia.

La lanzó una maldición directamente al pecho, la más cruel que se la ocurrió, siempre dentro de la legalidad. La muy maldita la supo esquivar, y la mandó de vuelta un rayo, con tanta rapidez, que no la dio tiempo a levantar un escudo, por lo que se tiró al suelo con buenos reflejos.

Fue una suerte. Otra gran bola de fuego cruzó el callejón, pasando justo por encima de ella.

Volvió a escuchar los gritos de dolor que la estremecían, y sin pensarlo se levantó de un salto, buscando a su oponente, con la esperanza de verla abrasada en el suelo. Pero era evidente que Bellatrix no caería en eso. Como si supiera exactamente lo que iba a ocurrir, esta había desaparecido de la trayectoria un segundo antes. Se giró, formando un círculo a su alrededor, buscándola incansable. No quería que se escapara, quería acabar con ella en ese instante.

- ¡Alice! ¡Alice, ayúdame! –gritó una voz en algún lugar cerca de ella-.

Volvió a buscar alrededor, pues no acababa de reconocer la voz que la llamaba desesperada. El corazón la latía a mil por hora, la palpitaba en los oídos, en los ojos, se la salía del pecho. No paraba de sudar, la túnica se le pegaba al pecho, y el pelo, completamente desordenado, se le metía por los ojos. Esa voz la seguía llamando con urgencia, y la estaba llenando el pesimismo. ¿Por qué habían dejado de luchar la mayoría? Estaban mirando algo, y solo algunos seguían con sus duelos. A ella las imágenes se la amontonaban una sobre otra, y solo quería ver a Frank, pero no era él quien la llamaba, ni estaba cerca suyo.

Por fin se ubicó. El que la llamaba era Tomás Mendes, que estaba a unos dos metros de ella, intentando levantar un cuerpo del suelo. En un primer momento creyó que era Frank, y estuvo a punto de gritar de angustia, pero reconoció a Adam Potter. Estaba mal decirlo, pero sintió un gran alivio al ver que no era su marido el que estaba en ese lugar. Se acercó rápidamente a su compañero para echarle una mano, sin dejar de vigilar sus espaldas.

- ¿Por..?

- Tú sabes de primeros auxilios, Alice, ¿qué hacemos? –la interrumpió el hombre, que pronunciaba mal las palabras pues tenía los dos labios partidos-.

- ¿Por qué han parado? –terminó de preguntar rápidamente. Eso la parecía más urgente-.

Tomás señaló con la barbilla un lugar, y siguió concentrado en intentar reanimar a Adam. Alice se giró apresuradamente, y comenzó a buscar el motivo. En principio tanto la multitud como las bolas de fuego que danzaban por doquier no la dejaban ver nada, pero después lo comprendió todo. Esa vez no se sintió culpable por sentir alivio al ver que Albus Dumbledore había llegado. Pese a que ese duelo era digno de verse, se dio la vuelta y le dedicó toda su atención a su compañero de la Orden.

OO—OO

- ¡Grace!

La muchacha escuchó el grito de su madre desde antes de que entrara en el salón de los Potter por la chimenea. Apenas la vio, la mujer se lanzó a sus brazos, apretándola con fuerza. En otra situación, ella se habría apartado avergonzada de que su madre la abrazara en público. Pero acababa de ver como mataban a un hombre delante suyo, y eso cambiaba las perspectivas, por lo que se aferró a ella como un clavo ardiendo

Christopher Sandler entró más rezagado, pero con el rostro pálido como la cera, y expresión algo acongojada. Visto que su esposa solo tenía ojos para su hija, fue él quien se presentó a los Potter y les agradeció el haberla puesto a salvo. También es cierto, que cuando se la pasó la efusividad, Cassandra se separó de Grace y la miró muy enfadada, siendo el momento su marido de intentar que controlara su genio hasta que estuvieran a solas.

- ¡Como se te ocurre irte sin avisar, sin escolta! –gritó la mujer fulminando a su hija con la mirada-.

- Mamá, vuelvo casi desde entre los muertos, y solo quieres reñirme –respondió Grace con el ceño fruncido-.

- No bromees, Grace –la instó su padre con el rostro serio-. Cassey, será mejor que...

- ¿Crees que lo que le sucedió a tu padre hace poco es una broma? ¡No podemos arriesgarnos de esa forma, Grace!

- Mamá, yo no podía saber que iban a hacer nada. Lily necesitaba hablar con alguien, y no me apetecía tener a Kingsley fisgoneando como el otro día...

Lily les miró a los padres de su mejor amiga con expresión culpable.

- Lo siento mucho, fue culpa mía...

- No Lily, dudo que tú le hayas dicho a mi hija que pase de la escolta. Eso suena a algo que haría ella sola –la tranquilizó el padre de Grace con una pequeña sonrisa-.

- Hemos estado toda la mañana preocupados, preguntándonos dónde estarías. ¡Una nota, Grace! ¿Crees que con una nota se puede solucionar todo?

La muchacha se encogió de hombros sin saber qué decir. En el otro sofá, James abrazó a Lily por la cintura y la hizo apoyar la espalda en su pecho, para que se relajara.

- ¿Qué necesitabas hablar con Grace? –la preguntó preocupado-. ¿Va todo bien en tu casa?

La pelirroja giró la cabeza, encontrándose con sus labios muy cerca. Tan cerca que los habría besado sino hubiera habido toda una reunión de padres en el salón.

- Te lo cuento más tarde –le prometió-.

Aunque su momento de pesimismo había pasado, supo que le vendría bien el apoyo de su novio. Ahora ya había sacado todo de su interior con Grace, y le vendría bien tener un poco de la magia de James. Nadie sabía hacerla reír mejor que él.

- Ha sido, desde luego, una mañana agónica –admitió el padre de Grace mirando decepcionado a su hija-. Luego intentamos contactar con Frank y Kingsley para que te buscaran, pero no los encontramos por ningún lado. No sabemos nada de ninguno de los dos, y nos consta que el método que nos dieron para contactarles funciona sin fallos...

- Me temo, señor Sandler, que todos los aurores, sin excepción, están en el Callejón Diagon en la batalla que se está produciendo allí –le informó el padre de James-.

Los Sandler abrieron los ojos como platos, ante eso.

- ¿Ba-batalla? ¿habéis estado en una batalla? –preguntó Cassandra casi sin voz-.

Miró a Grace, y después a Lily, como queriendo asegurarse que tenían todos los miembros en su sitio.

- ¿Han atacado el Callejón Diagon? –preguntó Christopher, dejándose caer en el sillón que le ofrecía Charlus-.

- ¿No lo sabíais? –preguntó Grace confusa-.

- Querida, comprenderás que no iba a poner por carta que habéis venido de un ataque –respondió Charlus condescendiente-. Solo informé a vuestros padres que, si les faltaba una hija, estabais ambas en mi casa.

Lily y Grace asintieron pensativamente con la cabeza, admitiendo que, desde luego, ese hombre tenía tacto.

- Les agradecemos de todo corazón que las hayan puesto a salvo –dijo Cassandra volviendo a abrazar a Grace, que ya no se sentía tan cómoda, y se removió un poco-.

- Por supuesto ustedes habrían hecho lo mismo por mi hijo, pero quien las sacó de allí fue mi cuñado –respondió Dorea-. Él ha ido voluntario a luchar junto a los aurores, y las reconoció.

- Un hombre valiente –susurró Christopher pensativamente, haciendo que Charlus gruñera en voz baja, y su hijo sonriera ampliamente-.

- Bueno, yo creo que ya hemos abusado demasiado de la hospitalidad de los Potter. Lo mejor es que volvamos ya a casa.

Christopher se levantó, asintiendo a lo dicho por su esposa, y se despidieron del otro matrimonio con gratitud y afecto. Por otro lado, Grace se levantó del sofá, y se tiró, literalmente, sobre su amiga para atraparla en un gran abrazo. Lily comprendió que era su forma de darla ánimos sin contar nada de su problema y lo agradeció, pues era mucho, teniendo en cuenta lo mal que lo había pasado Grace hacía unos minutos. La rubia le picó la nariz a James en plan broma, y este sonrió ampliamente.

- Nos vemos la semana que viene, capitana.

Ella frunció el ceño, y James se echó a reír a carcajadas, haciendo que Lily sonriera. Estando James cerca, ella estaba de mejor humor.

- ¿Tú cómo vuelves a casa, Lily? –preguntó Cassandra, al darla un beso de despedida-.

- Me apareceré –dijo ella-.

- Te podemos llevar, cielo –la respondió Dorea-.

Lily sonrió dulcemente.

- Gracias. Pero de verdad que no hace falta. Ya sé aparecerme sin problemas.

- Entonces ya que hemos avisado a tus padres que estás bien, quédate a tomar algo –propuso la madre de James-.

Grace no llegó a escuchar la respuesta de Lily, pues al instante siguiente estaba pasando por cientos de chimeneas, hasta llegar a su casa. No la extrañó que entonces la cayera una buena bronca, ni la importó que su padre la mandara a su cuarto sin ver los regalos. Después de lo que acababa de vivir, esos regalos ya no tenían ningún tipo de importancia. Había descubierto, de la manera más cruda, que la guerra de la que hablaban no era ninguna invención.

Entró en su cuarto bastante abatida, pero su actitud pasó a ser la de sorprendida, cuando vio en el alfeizar de su ventana, la lechuza de Kate, esperándola. Ella rara vez la escribía en vacaciones, ¿habría pasado algo?

Cuando vio una rosa roja atada a la pata del ave, la dio un vuelco al corazón. La desató con rapidez, y extrajo con premura un pequeño papel que venía junto a ella. Era la letra de Sirius, claro. No podía ser de nadie más con ese regalo en concreto.

Rubia, empecemos de cero, sin rencores. Por el bien de todos, ¿qué me dices? ¿Amigos?

¿Puede doler tanto una simple palabra? Amigos... era lo lógico, y sin embargo, sintió que aquella palabra se la clavaba en el pecho. Se llevó una mano allí, y apretó con fuerza el guardapelo. Lily tenía razón, como siempre. Se estaba metiendo de lleno, y eso solo podía hacerla daño. Pero, ¿qué podía hacer? ¿decirle que no? Ya no tenía motivos para llevarse mal con él, y hacer las cosas porque sí, la sonó demasiado egoísta.

Puede que fuera una mala temporada si aceptaba ser su amiga, sintiendo esas locuras que sentía, y viéndole con Kate, pero seguro que eso le haría sentirse mejor a la larga. ¿No era lo que siempre decía Lily? El que da cosas buenas, recibe cosas buenas. Pronto encontraría otro chico. No es como si no tuviese proposiciones. Ella, menos que ninguna, no podía quejarse de eso...

OO—OO

Pese a su edad, Albus Dumbledore se movía con una increíble agilidad, y enviaba y rechazaba las maldiciones, como si se tratara de una partida de ajedrez: con tranquilidad, sin mostrar ningún tipo de nerviosismo.

Voldemort le envió la maldición mortal con tal fuerza que, al dar en una estatua colocada en la entrada de una tienda, esta explotó en miles de pedazos. El anciano contraatacó, blandiendo la varita, que dejó salir hasta cinco rayos que se dirigían en distintas direcciones, y que finalmente acabaron dirigiéndose a la vez al que fue su antiguo alumno.

El mago oscuro hizo una floritura a su alrededor, y se vio envuelto en un escudo que sólo los más expertos en lucha defensiva reconocieron. Dumbledore no dio cuartel, y siguió atacando con maestría. Y aunque su oponente podía seguir enfrentándole sin problemas, reconoció interiormente, que aún no tenía un poder que superara a ese anciano, por lo que decidió acabar por ese día. Al fin y al cabo, ya había conseguido lo que quería.

Aún luchando, hizo una seña a uno de los mortífagos más cercanos, que comprendió el mensaje a la primera.

- ¡Retirada! –gritó la que, los mortífagos reconocieron sin problema, era la voz de Lucius Malfoy-.

Inmediatamente comenzaron a desaparecerse, y aunque los aurores consiguieron atrapar a unos pocos, la mayoría salió de allí antes de que pudieran reaccionar. El mismo Voldemort hizo una espectacular salida, haciendo una teatral reverencia a Dumbledore, y fundiéndose en una gran bola de fuego. El anciano miró el lugar con el ceño fruncido por la preocupación, aún mucho después de que este desapareciera.

El silencio impresionado había dado paso a las exclamaciones, los gritos de ayuda, los que buscaban a sus compañeros, y los que intentaban poner orden. El anciano fue envuelto de repente en una multitud que le hablaba a la vez, pero a él sólo le interesaba en ese momento contactar con cuatro de sus hombres de confianza.

Vio en medio de la calle a Tomás Mendes arrodillado en el suelo junto a alguien, y se desembarazó del resto, obviando para después el resto de las obligaciones, y acudió en su busca. Los otros tres no podían andar lejos.

- ¡Dumbledore! –exclamó este cuando se percató de su presencia. Por primera vez el hombre se atrevió a mostrar un poco de flaqueza-.

El anciano quiso preguntar qué ocurría, pero el más joven retiró su cuerpo, y vio el rostro desencajado e inerte de Adam Potter. La siempre impasible expresión de Dumbledore, flaqueó ante esa imagen. Su mirada se llenó de preocupación, y alargó los brazos, dispuesto a realizar todo lo que sabía de medicina sobre su antiguo alumno.

- Se recuperará... –murmuró alguien a su lado-.

Dumbledore levantó la mirada, y vio a Alice Longbottom, que sonreía levemente pero convencida.

- He visto heridas peores, señor. Creo que sólo ha perdido la conciencia para huir del dolor.

El hombre asintió, alabando a la chica, que actuaba muy sabia e tranquilamente para su juventud.

- Seguro que irá bien, Alice. Gracias.

En ese momento llegó hasta ellos uno de los dos miembros de la Orden que Dumbledore quería ver de inmediato. Andrea parecía nerviosa y asustada, y tenía lágrimas cayéndola por la mejilla. Llegó corriendo de tal forma que resbaló y, si no fuera porque Tomás la sujetó, habría caído al suelo de golpe. La mujer sólo desvió un segundo la mirada hacia el que estaba en el suelo, y compuso una expresión aún más preocupada. Sin embargo, volvió a centrar su atención únicamente en el director de Hogwarts.

- ¿Dónde está Ethan, Andrea? –preguntó él antes de darle tiempo a nada-.

La mujer abrió mucho los ojos, como si sólo esa pregunta confirmara sus sospechas.

- No ha venido, Albus. Tenía que haber estado aquí, lo avisé, y me prometió que vendría. Pero... ¿y si...? ¿Ha visto usted lo que...? ¿Cree que...?

- Alice, querida, ¿te importaría revisar que el resto de la Orden ha acudido? –preguntó Dumbledore interrumpiéndola-.

La función era que la chica no estuviera presente cuando comenzaran a hablar de las cajas elementales, pero también quería asegurarse que no faltaba ninguno más, que aquella desaparición era la excepción que confirmara sus temores.

Andrea desvió la cabeza hasta dar con Alice, a la que aún no había visto. De repente, la imagen del cuerpo inerte de Frank la vino a la mente, y sintió que ese día todo iba mal.

- Alice... –murmuró su nombre, pensando que debía decirla que algo había ocurrido con su marido, pero sin saber encontrar las palabras-.

La joven lo tomó como una llamada de auxilio, e ignorando el pedido de Dumbledore, se levantó y arrodilló junto a ella, abrazándola fuerte.

- Te acompañaré a buscar a Ethan, y ya verás cómo todo sale bien –la susurró, olvidándose de sus propios problemas-.

Aunque sabía que no podía permitirse flaquear en ese momento, Andrea le devolvió el abrazo con fuerza, pensando en lo que la muchacha aún no sabía. Ella había sido la "madrina" de Alice en la Orden del Fénix cuando se integró. Así era como ellas llamaban cariñosamente al puesto que mantenían los que eran más veteranos con los nuevos, pues Dumbledore siempre los colocaba en parejas para que fueran aprendiendo. Alice apenas era una estudiante en la Academia de Aurores cuando Andrea la cogió bajo su "tutela". Sólo por ella y pocos más la esposa de Frank desoiría una orden de Dumbledore.

- Alice, no te preocupes –dijo Dumbledore con tono algo impaciente, pero amable-. Tomás y yo acompañaremos a Andrea.

La chica lo miró insegura, queriendo asegurarse. Andrea pensó que aquél era el momento para contarla sobre Frank, pero alguien se le adelantó, colocándose tras la chica y poniendo una mano en su hombro.

- Alice, por fin te encuentro. Acompáñame, por favor.

La auror se giró, y supo que la voz rota y angustiada que la hablaba pertenecía a Dawlish, un compañero de la Oficina de Aurores. Ahora no quería hacer nada de papeleo, aunque sabía que no se libraría.

- Ahora no sé...

- Tienes que venir. Es Frank –murmuró el hombre sombríamente-.

La muchacha sintió que una losa le caía en el pecho al recordar las palabras malintencionadas de Bellatrix: "He estado viendo cómo se llevaban el cuerpo de tu marido al depósito de cadáveres...". No podía pensar en esa posibilidad sin sentir que el corazón la iba a reventar en el pecho. Aún medio anestesiada, sólo supo negar con la cabeza repetidamente, mientras dejaba que su compañero tirara de ella para conducirla a no sabía donde. Se sentía como una marioneta.

Un olor perfumado la entró por la nariz y, al fijar la vista al frente, vio una poblada melena castaña en su cara, y sintió el abrazo apresurado de Andrea.

- Va a ir bien, lo sé –la susurró la mujer, aunque estaba tan preocupada por su hermano, que su voz no sonaba convincente en absoluto-.

Andrea la soltó, y sólo se quedó mirando cómo el auror se la llevaba durante un segundo. No se sentía tan optimista como le había querido hacer ver a Alice. Ella había visto a Frank tirado en el suelo, y fuera lo que fuera, no pintaba bien. Y luego estaba Ethan...

Pensar en su hermano pequeño, en que le hubiera ocurrido algo con esa misión tan peligrosa, la hizo temblar de agonía. Se dio la vuelta y se encontró con la azul mirada de Albus Dumbledore, que la miró atentamente.

- ¿Dónde está Ethan? Tenemos que ir a buscarle.

Si el anciano estaba tan impaciente por verlo, era por algo, y ella sólo sintió ganas de llorar. Pero aún no podía hacerlo. Sorbió ruidosamente por la nariz, y recitó lo que ya se sabía de memoria.

- En Gales. En los Montes Cambrianos, en la parte oeste, hay una cabaña perdida entre la maleza, que pertenecía a mi abuelo. Ha ido allí esta mañana. Con la caja.

Algo brilló en los ojos del hombre, que no cambió su expresión, pese a que por dentro se le había revuelto el estómago.

- Llévame allí. Vámonos ahora. ¡Tomás! –llamó al otro en voz más alta, pues estaba junto a Edgar Bones decidiendo si llevar a Adam a San Mungo, o dejarlo en manos de los pocos medimagos que se iban apareciendo en el callejón-. Que se encargue otro de Adam. Tienes que acompañarnos a un lugar.

- ¿Qué ocurre? –preguntó Cora al lado de su marido, apartando la mirada del hombre inconsciente, para pasearla preocupada por los otros tres-.

- Esperemos que nada, pero tenemos que asegurarnos. Vamos, no podemos entretenernos. Andrea, llévanos.

La mujer tomó del brazo a Mendes, sintiendo cómo el profesor agarraba con fuerza su mano izquierda, y se concentró en la vieja cabaña de su abuelo. Tuvo que hacer un esfuerzo muy grande para no pensar en cómo estaría su hermano, y se concentró en la bronca que le echaría cuando le pillara dormido frente al fuego. Porque así estaría, seguro.

En cuestión de segundos aparecieron en ese paraje conocido de su infancia, rodeado de maleza, cubierta en ese momento por la nieve, y con el fuerte viento silbándoles en los oídos. El tiempo allí era mucho peor que en Londres.

La cabaña estaba justo delante de ellos, a unos cien metros, y parecía tan tranquila como la última vez que la había visitado, a la muerte de su abuelo. Sin perder tiempo, los tres echaron a correr hacia ella, y Dumbledore derrumbó la puerta con la varita antes de llegar. Los tres estaban alerta y armados.

- ¡Ethan! ¿Estás aquí? –llamó con la voz más aguda de lo normal debido al nerviosismo-.

El director pasó en primer lugar, seguido inmediatamente por ella, con Tomás cerrando la marcha. La cabaña era pequeña, por lo que no podían perderse. El primer signo de que algo no iba bien fue que encontraron el pequeño y raído sofá tirado en el suelo, con las plumas salidas por los huecos hechos por varios cortes. Andrea comenzó a respirar ruidosamente, y sintió la mano de Tomás cerrarse en torno a su brazo, queriendo ser tranquilizadora, sin conseguirlo.

No tardaron más que un par de segundos en descubrirlo. En medio de la habitación, y tirado de cualquier manera en la sucia alfombra, había, lo que sin duda, era un cadáver.

- No...

Ignorando el agarre del anciano, Andrea se tiró sobre el cuerpo, encontrándose con el rostro desencajado de su hermano, que tenía varios cortes en la cara, la boca abierta, y los ojos dados vuelta. Comenzó a zarandearlo, no queriendo escuchar la realidad. Las lágrimas comenzaban a cegarla, y oía unos gritos desgarradores, que tardó en comprender que eran suyos.

Tomás se agachó para abrazarla, pero la mujer no parecía percatarse de nada que no fuera el cadáver que intentaba reanimar sin éxito. Apesadumbrado, pero sin embargo vigilante, Dumbledore comenzó a investigar la habitación. Era evidente que había signos de lucha, y varios hechizos parecían haber destruido algunos objetos de forma accidental. También observó que alguien había arañado con fuerza uno de los cojines, lo que le hizo sospechar que podría haber sido el mismo muchacho tras ser sometido a la maldición cruciatus. Sin embargo, no expresó su sospecha en voz alta.

Lo que más lo desalentó, y también confirmó sus sospechas desde que había visto a Voldemort controlar de esa manera el fuego, fue un pequeño agujero cavado en una de las esquinas de la habitación. Era como si hubieran desenterrado algo. Algo no muy grande. Estaba seguro que si comparaba alguna de las restantes cajas, el tamaño del agujero coincidiría exactamente con ellas. Eso sólo podía significar que habían encontrado una de las cajas elementales: la del fuego.

Pero la cuestión era, ¿cómo? Era un lugar remoto, y conocía al chico para saber que había tomado medidas para evitar que lo siguieran. Aquello sonaba muy extraño, tanto que le preocupaba enormemente la seguridad de las demás cajas, y de los propios guardianes.

Escuchando el llanto de una mujer que había perdido a su hermano pequeño, Albus Dumbledore pensó que quizás los había metido en una trampa sin salida.

OO—OO

En su guarida, Lord Voldemort sonrió al mirar la caja de color rojo que tenía en sus manos. Había comenzado. Gracias a la fidelidad y el trabajo de sus mortífagos, había conseguido la primera caja. Quedaban tres. Esa poción realmente era milagrosa, y ese muchacho, Severus Snape, todo un prodigio en ese arte. Una fría y maquiavélica carcajada se escapó de su boca al pensar qué diría Albus Dumbledore al saber que él mismo estaba instruyendo a uno de sus más útiles y fieles seguidores. Él, y su elemento sorpresa, desbaratarían todos los planes de ese viejo amante de los muggles y su orden del pajarraco. Ahora comenzaba el verdadero terror, en que Lord Voldemort, con ayuda de las cajas elementales, además de inmortal, sería invencible.

OO—OO

Al día siguiente, Remus volvió a King´s Cross con el miedo de que le ocurriera lo mismo que el día anterior. Al despertar esa mañana, había recibido, como el resto del mundo mágico, la terrible noticia de la batalla ocurrida el día anterior, y que se había llevado las vidas de decenas de personas, ocho de ellos miembros del Ministerio de Magia. En ese momento comprendió el mensaje de Dumbledore, y supuso donde estaba el director, y porque no habían podido recibirle en Hogwarts.

Sin embargo, no hubo ninguna lechuza que le indicara que no cogiera el tren a Hogwarts, ni sucedió ningún acontecimiento que retrasara el viaje. Subió al tren, y llegó a Hogsmeade a última hora de la tarde, donde le esperaba Hagrid. El guardabosques sonrió al verle, y juntos emprendieron el camino al carruaje que les esperaba. Remus pensó que enviar al gran hombre era exagerado, y que podría haber hecho el camino solo sin problemas, pero sabía perfectamente que Dumbledore jamás permitiría a ningún alumno que fuera desde Hogsmeade a Hogwarts sin protección. Sonrió sin darse cuenta, al pensar en la cantidad de veces que él y sus amigos hicieron ese viaje sin que el director lo supiese.

- Por tu sonrisa deduzco que no estuviste ayer en el Callejón Diagon –dijo Hagrid rompiendo el silencio-. Me alegro. Esos mal nacidos sorprendieron a muchas familias que estaban de compras. ¿Has oído lo de los Esposito? Regentaban "El Emporio de la lechuza". Ayer estaban todos, incluidos los niños, en la tienda cuando ocurrió el ataque. Al parecer no ha sobrevivido ninguno. Una pena chico... Creo que ya les habían atacado antes, así que se ve que cuando pasaron por el escaparate, aprovecharon...

A Remus se le borró la sonrisa de la cara, y asintió con la cabeza apesadumbrado. Él también había leído sobre esa historia en concreto. Después miró de reojo a Hagrid, y se preguntó si él sabría algo más que no había salido en los periódicos.

- Ha sido una tragedia –murmuró mordiéndose el labio inferior-. Mis amigas, Lily y Grace, estaban en el Caldero Chorreante cuando empezó todo.

- ¿Están bien? –preguntó el guardabosques con preocupación-.

- Sí. Afortunadamente el tío de James las sacó de allí. Al parecer él está en San Mungo...

- Adam Potter –susurró Hagrid asintiendo con la cabeza, demostrando que ya sabía esa información-. Pero no te alarmes, Remus, creo que ya estaba mejor. Sin duda ha tenido una mala noche, pero ya salió de peligro. Tendrá que cuidarse. Dumbledore me contó que tenía quemaduras de primer grado en toda la espalda.

Remus hizo un gesto de dolor al pensar en ello. Sirius no le había dado muchos detalles vía lechuza.

- Me pregunto por qué estaría allí él, sino es auror. Quiero decir, su trabajo no consiste en ir a los ataques –dijo intencionadamente. Lo cierto es que tenía una idea muy aproximada de por qué habría ido-.

- Fue con la Orden del Fénix, claro. –le respondió orgulloso-. Estuvieron todos allí, como siempre. ¡Me gustaría ver como se las arreglarían esos aurores sin su ayuda la mayoría de las veces!

Remus le miró muy interesado, y, consciente de lo que había dicho, Hagrid se sonrojó.

- Esto... olvida lo que he dicho, he debido tomar demasiada hidromiel con la comida, y...

Al chico le temblaron los extremos de la boca al aguantarse la sonrisa. Hagrid a veces era demasiado bocazas, lo que en ese momento le había beneficiado. Se hizo el despistado, y miró al hombre con fingida confusión.

- Tranquilo Hagrid, porque no he entendido nada de lo que estabas diciendo.

El guardabosques le miró sin acabar de creerle, y optó por no abrir la boca el resto del trayecto. Cuando llegaron al castillo, el muchacho prácticamente saltó del carruaje, y apenas se despidió de Hagrid, mientras echaba a correr escalera arriba, con su baúl siguiéndole de cerca.

Llegó al tercer piso en tiempo record, y tocó la puerta con impaciencia. Esta se abrió bruscamente antes de lo que pensaba, como si la persona al otro lado estuviera apostada frente a ella. La cara de Rachel, que había extrañado demasiado durante toda esa semana, apareció por ella, ceñuda, y parecía que enfadada.

- ¡Has tardado mucho! –le regañó apretándole el pecho con un dedo-.

No le dio tiempo a protestar, pues acto seguido tiró de él para entrar en la habitación, y se lanzó a su cuello, besándole con más pasión de la que él estaba acostumbrado. Debido a la cercanía de la luna, Remus estaba más débil que de costumbre, por lo que no pudo contener el equilibrio, y ambos cayeron al suelo.

- Rach... Rachel...

Era realmente difícil hablar, cuando su novia no se separaba de sus labios, pero lo cierto es que estaba demasiado sorprendido para responder con las ansias que la situación ameritaba. Finalmente ella le soltó, para volver a fruncir el ceño.

- ¡Dumbledore me dijo que llegabas a las siete y media! ¡Estaba tan preocupada...!

- Rach, aún no son las ocho –murmuró como disculpa-.

Para más sorpresa suya, al oírle decir eso, ella se apretó contra su torso, y le atrapó en un estrecho abrazo. Cada vez estaba más preocupado. Era evidente que el encierro y la soledad de la última semana habían hecho mella en ella, pero no se le ocurría qué hacer para mejorar su estado.

Mientras la abrazaba, un pequeño plan, que les incluía a ellos dos, a su habitación en la Torre de Gryffindor, y al mapa del merodeador, que afortunadamente estaba en su baúl, se iba formando en su cabeza.

- Si hubiera sido por mi, habría llegado ayer –la susurró contra su rizoso pelo castaño-.

- Lo sé –murmuró Rachel en voz baja. Parecía estar quedándose dormida apoyada en su hombro-.

Sin embargo, de repente dio un respingo y le miró con sus ojos castaños, que él tanto adoraba, abiertos de par en par.

- ¡Me contó la profesora McGonagall que había ocurrido un ataque en Londres y que por eso Dumbledore no te dejó venir, porque no estaba nadie para recibirte! ¿Sabes que ha ocurrido? Me habló del Callejón Diagon. ¿Están todos bien? Como alguno fuera de compras... ¡y la madre de Kate tiene la tienda allí!

- Calma, calma. Están todos bien. Les mandé cartas a todos para asegurarme, y todos están perfectamente. Incluso la madre de Kate. Tenía la tienda cerrada, así que solo han roto el escaparate. –de repente recordó la aventura de sus dos amigas, y se apresuró a contársela, antes de que ella se enterara por otro medios y le echara en cara que la ocultaba cosas-. Bueno, Lily y Grace tuvieron un pequeño susto porque estaban en el Caldero Chorreante, ¡pero no las pasó nada!

- La profesora no me contó nada más. ¿Han... han matado a alguien?

Remus sintió un nudo en la garganta. No quería darle malas noticias. A Rachel la afectaban mucho esas cosas, aunque fueran desconocidos, y sobretodo desde lo ocurrido con su familia. Pero estaba de más ocultárselo...

- Sí, ha habido muertos. Los mortífagos mataron a varios muggles ante de entrar al Callejón, y allí arrasaron con lo que pudieron. Entre ellos tres aurores, y cinco del Departamento de Seguridad Mágica, además de gente común. Esta tarde estaban planeados los funerales.

Rachel cerró los ojos con fuerza, y agitó la cabeza como si quisiera espantar un mal recuerdo. Al decir la última frase, Remus no pudo evitar recordar el funeral de Richard y su familia, que al ser su padre un juez del Wizengamot, fue de carácter oficial. Se preguntó apesadumbrado, si su novia también habría recordado eso.

- Me alegro que estéis todos bien. Estaba preocupada. –dijo ella haciendo una mueca con la boca-. Pero tú ya estás aquí, conmigo.

Pese a que tenía los ojos brillantes, sonrió sinceramente, y se acercó para darle un pequeño beso. Remus enrolló los dedos en uno de sus rizos, y la acercó para profundizarle, con otro temor. Para su desgracia, esa noche sería otra que Rachel pasara sola. Era luna llena.

OO—OO

Para la mayoría aquel era un día triste. Sirius, por supuesto, se había visto afectado al enterarse de que, la bomba que creían los muggles que habían puesto en Charing Cross, había sido en realidad un ataque a gran escala de mortífagos, y el propio Voldemort. Sin embargo, era veintiséis de diciembre, y ese día estaba marcado en su calendario como algo más especial.

Era el cumpleaños de Kate.

Pese a la no-discusión mantenida el día anterior, no se le pasó por la cabeza en ningún momento no ir a llevarla su regalo de cumpleaños. Pero quizás Kate no compartía la misma opinión, pues su expresión de sorpresa fue lo primero que vio cuando apareció en la casa. Lo siguiente fue el pelo negro azabache de Denise, que se le metió en la cara mientras la niña le estrujaba el cuello, pero eso era otro cuento.

- Has venido –le susurró Kate encantada-.

- ¿Cómo iba a faltar? –preguntó con una sonrisa made in Sirius Black, que hizo que su novia se mordiera el labio inferior-. Feliz cumpleaños, preciosa.

Kate, que parecía estar de mejor humor que el día anterior, le agradeció la felicitación con un beso más largo del que procedía la situación. A Sirius no le importó al principio, pero cuando se percató que toda la familia estaba allí, incluidos los primos lejanos y la vecina de al lado, mirándoles fijamente, se sintió algo incómodo. Los primos mayores de Kate le tenían el mismo cariño que su padre, incluso le pareció que uno se triscaba los nudillos. Afortunadamente le salvó el tío Alfred, un viejo bastante loco, que, a diferencia de los demás hombres, consideraba a Sirius muy gracioso.

- ¡Muchacho, que bueno verte! ¡Haber, ven, que le estaba hablando a mi hermano de lo bien que haces eso con la varita! ¡Repítelo ahora, a ver!

Muggle, por supuesto.

- Cada día más delgada, ¿no crees que cada día está más delgada? –decía la abuela paterna de Kate, haciéndola dar una vuelta sobre sí misma-. Si es que... en ese colegio, a saber lo que les dan. Los magos cocinan muy raro, la verdad. Eso de usar la varita para todo... Hay cosas que deben ser hechas a mano. Tu, lo haces bien, Natalie querida, pero debes reconocer que la mayoría...

Sirius sacó a Kate de allí con disimulo, y procedió a ocultarse con su novia en el único lugar que encontró deshabitado: el armario de debajo de la escalera.

- Me interesaba la conversación –le dijo ella fingiendo estar enojada-.

Él, al no verla la cara, creyó que era verdad y compuso una expresión de incredulidad, que Kate vio cuando encendió la varita, y la provocó la risa.

- Lo cierto es que es muy gracioso cuando se ponen a discutir entre gastronomía muggle y mágica –dijo ella excusándose-. Aunque en algo tengo que darle la razón a mi abuela: los postres muggles están más ricos que los mágicos. Ya verás, luego pruebas su bizcocho.

- ¿Tú ya has comido? –la preguntó con una sonrisa torcida. Kate asintió, y él amplió su sonrisa-. Haber a qué sabe...

Juntó sus labios con los de ella, y de inmediato Kate sintió su lengua junto a la de ella. Cerró los ojos, llevando sus manos a su cuello, extasiada, y se separó unos centímetros.

- Perdóname mi actitud de ayer. Tenía un mal día y lo pagué contigo –le murmuró, rozando sus labios a medida que hablaba-.

- No te preocupes. Yo entiendo que haya cosas que te suenen raras y... Bueno, comprendo que hemos estado muy pocas veces "juntos" últimamente. Pero eso cambiará, te lo prometo.

Kate clavó sus ojos azules en los de él, y le acarició dulcemente la frente, apartando el flequillo de sus ojos, en un gesto que indicaba que a ella no la importaba más que estar con él en ese momento y en ese lugar. Sirius se sintió terriblemente conmovido, y la besó de nuevo, apretando su cintura con fuerza.

- Para su sorpresa, su novia se le tiró literalmente encima, enrollando sus piernas en su cintura, y le hizo perder el equilibrio. Cayeron sobre un mullido abrigo, que, al ver que Sirius se tragaba varias plumas, Kate supuso que era de su tía Inet. Inmediatamente después, la puerta del armario se abrió, dejando paso a uno de los primos más pequeños de Kate, que tenía cinco años. El niño les miró con la boca abierta y los ojos como platos, y los chicos temieron que gritara y el resto de la familia les sorprendiera en una actitud tan inapropiada. Sin embargo, el niño les miró a ellos, y después a algo detrás suyo, y les preguntó:

- ¿Vosotros también jugáis al escondite, o qué hacéis aquí?

¿Qué iban a hacer? Se echaron a reír a carcajadas. Claro que, después, para disgusto de Kate, Sirius sí pareció muy entusiasmado de jugar al escondite, y casi se olvidó de qué celebraban, hasta que la madre de Kate empezó a cantar el cumpleaños feliz, llevando toda la tarta con las velas encendidas. Mientras soplaba las velas, y le veía dirigir a sus primos pequeños y a Denise como si fuera el director de una orquesta, Kate pensó que Sirius no cambiaría nunca.

OO—OO

- ¿Estás segura que es buena idea? Mira Lily, que en las fiestas de Navidad hay mucha tensión. Sería mejor esperar al verano, a que el calor los aplatane, y no quieran maldecirme...

- James, mis padres son muggles, no te pueden maldecir. Además, los dos quieren conocerte, y darte las gracias por lo de ayer.

- Yo no hice nada ayer, Lily –respondió él rodando los ojos-.

La pelirroja le sonrió, y se abrazó a su cintura, sin molestarse en contestarle. Estaban entrando por la calle donde vivía Lily, y pese a las bajas temperaturas, el muchacho sentía bastante calor por el cuello. Al final no se había librado: iba a conocer a sus suegros.

Después de que Lily y su madre se pasaran horas hablando el día anterior, y al parecer hicieran muy buenas migas, no había podido encontrar excusas para librarse de esa reunión. Eran dos contra uno.

- ¿Qué tal está tu tío? –preguntó Lily con preocupación-.

Ya se iba de su larga estancia en casa de James, cuando les llegó un mensaje informándoles que el hombre estaba en San Mungo y que, aunque su vida no corría peligro, debían ir cuanto antes. La abuela de James se había puesto muy nerviosa y, con una agilidad que parecía increíble para alguien tan mayor, se había negado a quedarse en casa. Al final su hijo había accedido a llevarla con él, y Dorea prefirió quedarse con James y con Sirius, que apareció en ese momento, y no se acababa de enterar qué pasaba.

- Bien. Estará unos días más en San Mungo, pero los medimagos dicen que ya le han curado casi toda la espalda, y no le ha afectado a ningún órgano. Mis padres iban a ir esta tarde a verle, y ahora que ya se ha asegurado que está fuera de peligro, mi abuela le ha retirado la palabra por ponerse en peligro deliberadamente.

James se echó a reír al recordar los humos de su abuela. Lily le miró más tranquila, alegre de que estuviese mejor que el día anterior. Odió tener que irse en un momento de tanta ansiedad, pero, como la recordó Dorea, sus padres ya debían estar demasiado preocupados.

- Bueno, ¿preparado? –preguntó al llegar frente a su casa-.

James de pronto se puso muy pálido, y se empezó a palpar los bolsillos.

- ¿Sabes Lily? Me he olvidado las flores en casa, y Sirius asegura que son imprescindibles a la hora de conocer a una suegra. Voy a buscarlas.

Intentó echar a andar en dirección contraria, pero su novia le agarró por la capucha del abrigo, y le obligó a quedarse.

- Mi madre no es muy de flores –le dijo-. Cálmate, todo va a ir bien. ¿Me viste a mi ayer nerviosa?

James se abstuvo de responder. En realidad, obviando el hecho de que venía de un ataque, ella parecía sentirse más en casa que él mismo. Suponía que la costumbre de caer siempre bien a los adultos, la había dado más confianza en ese punto. Él, sin embargo, solía caerles bastante peor...

- ¿Tu padre no tiene afiladores, ni nada por el estilo, no? –preguntó algo atemorizado-.

Lily se echó a reír divertida.

- ¡James, por Dios! El padre de Kate solo tiene un afilador porque es cristalero. Además tú no eres Sirius, no eres tan exasperante. Mi padre es abogado, así que solo podría pegarte con una sentencia.

- ¿Y eso duele mucho? –preguntó él sin tener ni idea de qué narices era eso de una tenencia-.

Lily se echó a reír, y abrió la puerta con una llave. James suspiró, su destino ya estaba echado. Por si acaso no se habían enterado que estaban allí, Lily anunció a voz en grito su llegada, y sin soltarle la mano, le llevó hasta la cocina, donde sus padres estaban sentados tomando un té. En cuanto aparecieron en la habitación, Amanda se levantó de la silla como si tuviera un muelle en el trasero, y estrujó a James en un abrazo que no se esperaba.

- ¡Por fin nos conocemos, James! ¡Tenía tantas ganas! Lily nos ha hablado mucho de ti.

Su marido se rió en voz baja por debajo de la taza, y James no sabía por qué. Lily sí pilló el chiste. Desde luego que había hablado de James, pero había dicho un poco de todo. El muchacho miró con una sonrisa insegura a la mujer, que estaba realmente encantada.

- Encantado de conocerla, señora Evans.

- ¡Llámame Amanda! –le sugirió contenta-. ¿Sabes? Lily me ha dicho que eres un gran escritor.

En un primer momento él no la comprendió, hasta que captó la sonrisa petulante de la mujer y recordó su carta de declaración. En ese momento lo supo: ¡Iba a matar a Lily! Se quedaría viudo antes de casarse, y todo sería obra suya. ¿Había hablado a sus padres de su carta? ¡Merlín! Casi había estado a punto de sonrojarse, ¡ÉL!. Miró de reojo a su novia, haciéndola ver que estaba enojado, pero Lily estaba de tan buen humor que le respondió picándole la nariz divertida.

- Eres capitán de quidditch, ¿no? –preguntó Amanda con una amplia sonrisa-. Y Premio Anual. Un chico muy completito.

James sonrió algo más envalentonado. Al menos a uno de los dos ya le tenía medio ganado.

- James, te presento a mi padre, William.

Por primera vez fijó su mirada directamente en el que, temía, fuera su mayor pesadilla. Era un hombre más o menos de su altura, algo gordito y con el cabello castaño rojizo, aunque estaba casi calvo. Le miraba con una expresión inescrutable, que daba a entender que no se alegraba tanto como su mujer de verle, pero tampoco tenía pinta de querer matarle. James no sabía qué pensar. Estrechó la mano del hombre intentando parecer agradable, pero este no cambió el gesto mientras lo miraba directo a los ojos. Aunque le habría gustado, él no apartó la mirada.

- Id yendo al salón mientras yo saco los mazapanes del horno. Espero que te gusten, James –dijo Amanda afectuosamente-.

- Claro –respondió él aún algo inseguro-.

Esperó a que Lily pasara primero por la puerta, pero cuando su novia se adelantó, su madre la llamó.

- Lily, cariño, alcánzame unos platos de los pequeños.

James se puso en una esquina a esperarla, pero el padre de Lily se acercó a él, y le pasó un brazo por los hombros con total confianza.

- Nosotros vamos yendo –avisó el hombre-.

A Lily la pareció oír a su novio tragar saliva, y se rió en voz baja. Ella conocía a su padre, y sabía que no le haría nada.

El salón-comedor estaba justo al lado de la cocina, solo separado por un pasillo, por lo que llegaron enseguida. William invitó a James a sentarse en un sofá, mientras él seguía mirándole detenidamente.

- Así que tú eres James Potter.

James no dijo nada, porque verdaderamente le parecía absurdo asentir aquello, así que se limitó a hacer una mueca, e intentó mirar a su suegro muy amablemente. El hombre le miraba directo a los ojos, y le temblaron un poco las comisuras de los labios.

- He oído hablar mucho de ti durante todos estos años. Según tengo entendido, te metías mucho con Lily, y constantemente la llevabas la contraria solo porque sí. Además hiciste varias bromas a su costa, ¿no?

Si hubiera creído en Dios, James habría estado rezando en ese momento. Por segunda vez en la noche, le invadió un deseo irrefrenable de matar a Lily. Pero, para su sorpresa, el hombre se echó a reír divertido, y se sentó a su lado, pasándole un brazo por los hombros.

- ¿Sabes muchacho? Me caes bien desde entonces. Hay que tenerlos bien puestos para enfrentarse a mi hija. Además, después de eso, ella ha hablado de ti con mucho cariño y admiración, por lo que la debes tratar bien.

- Por supuesto –se apresuró a confirmar. Ese era un punto que quería que quedara clarísimo desde el principio-.

- Bien, bien. Entonces solo te quería comentar un par de detallitos. Para empezar, respeta a mi hija. Jamás se te ocurra obligarla a hacer algo que ella no quiera hacer, vamos ni se te pase por la cabeza. Segundo, me parece perfecto que discutas con ella. En serio, puedes enfadarte con ella cuantas veces quieras, porque te va a dar igual, ella siempre gana. Eso sí, como se te ocurra ponerla una mano encima, empieza a despedirte de tu cabeza, pues se separará de tu cuerpo en cuanto yo llegue hasta ti. Y tercero, como la dejes embarazada, te aseguro que no necesitaré ninguna varita para cortarte aquello que te sobra, ¿nos entendemos?

James había abierto mucho los ojos, y asintió repetidamente, como un autómata. William apretó su agarre en su hombro.

- Entonces nos llevaremos bien, estoy seguro –le dijo con una sonrisa sincera-.

El muchacho tenía un nudo en el estómago, pero se aclaró la garganta y se animó a hablar. Era ese momento, o nunca.

- Verá, señor Evans...

- Llámame Bill.

- Sí, Bill. Pues quería decirle que yo jamás sería capaz de hacerle nada de eso a Lily. Quiero decir, sé que no puedo prometer no discutir con ella jamás, porque ambos somos de mucho carácter, pero ella es muy importante para mi, y me cortaría las manos antes de hacerla daño. No lo digo para caerle bien, aunque también me gustaría, sino porque es cierto, y es importante para mi que usted confíe en ello.

William Evans se quedó dos segundos en silencio, y James temió haberla liado. Sin embargo. Este sonrió más ampliamente, y soltó una pequeña carcajada.

- ¡Lo has conseguido! ¡Es bueno el maldito, muy bueno! ¡Lo ha hecho!

- ¿El qué he hecho? –preguntó James perdiéndose-.

- Caerme sinceramente bien. Demonios muchacho, es casi imposible. No sé si lo sabes, pero soy abogado, por lo tanto desconfiado por naturaleza, pero me acabas de desmontar la defensa completamente. –le miró a los ojos, y se echó a reír de nuevo-. Me gusta la gente que va de frente James, me encanta. Tú y yo seremos buenos amigos, muchacho.

James sonrió ampliamente, y se sintió de repente mucho más cómodo. Sirius le iba a odiar cuando supiera su suerte.

- Todo padre está un poco predispuesto contra el novio de su hija, pero te tengo que decir que antes de conocerte yo ya pensaba mejor de ti que del bobalicón del novio de mi hija mayor. Incluso cuando Lily echaba pestes de ti, me caías bien. Valoro a la gente que va a la cara, ya te lo he dicho. Tú la tomabas el pelo, pero siempre dando la cara, sin ir por la tangente. Bueno, ella te odiaba, no sé si lo sabes –le susurró claramente divertido. Pero James ya no sentía tanta aprensión, y se permitió bromear con él sin problemas-. Te odiaba con el alma. Siempre decía que te metías mucho con su amigo... ¿Cómo se llama? Vive un poco más abajo, ese chiquillo tan raro que miraba a todo el mundo con el ceño fruncido...

- ¿Snape? –preguntó James a sabiendas que era el amigo de infancia de Lily-.

- Sí, eso. Snape. ¿Sullivan? ¿Sebastian?

- Severus... –murmuró James entre dientes-.

Tampoco quería profundizar en el tema. Odiaba a ese tipo, pero encima tenía miedo de que se rompiera el buen rollo si el señor Evans le acusaba de haber acabado él con la amistad que Quejicus tenía con Lily. No era culpa de él, de que el grasoso fuera tan idiota como para llamarla algo tan horrible.

- Sí, ese... un muchacho extraño –murmuró William para sí mismo. Después se encogió de hombros-. Hace mucho que no viene por aquí. Supongo que la gente se va distanciando.

James se encogió de hombros sin ganas de profundizar.

- Así que eres capitán de quidditch, ¿no? Lily nos ha hablado mucho de ese deporte, pero por lo visto a ella no se le da bien volar.

James se echó a reír, pensando que, desde luego, Lily era una voladora bastante torpe. En ese momento, tanto ella como su madre entraron por la puerta, y oyeron la respuesta del chico.

- El quidditch es genial, Bill. Imagínese. Siete jugadores de cada equipo, tres de ellos enfrentándose contra otros tres por la quaffle, pero con la vista en las bludgers que te pueden tirar de la escoba. El guardián también debe preocuparse por las dos, pues debe parar la quaffle, y también cuidarse de las bludgers. Aunque están los golpeadores, que supuestamente nos protegen de ellas. Y claro, el buscador con la última pelota, la snitch voladora. Dificilísima de atrapar, casi imposible de ver. Es emocionante.

A James le brillaban los ojos, como siempre que el quidditch salía a relucir. Lily le miró tiernamente, y a Amanda casi se la salen los ojos al ver a su marido reírse afablemente. ¿Estaba colegueando con el novio de una de sus hijas? Ver para creer.

- ¡Creo que jamás entenderé esas reglas!

- Solo es costumbre –le tranquilizó James-. Si quiere, podría conseguir entradas para algún partido de quidditch, e ir juntos.

- ¡Sería fantástico! ¿Has oído Lily? ¡Voy a ver quidditch! –exclamó su padre contento-.

Lily sonreía ampliamente, aunque tenía que reconocer que aquello había superado sus expectativas, tras ver como su padre trataba a Vernon, el novio de Petunia. A su lado, su madre no acababa de salir de su asombro.

- Lily cariño –la susurró mirando fijamente a los dos hombres, como esperando que su marido saltara sobre el chico el cualquier momento-. Ahora no cambies de novio por nada del mundo. Creo que tu padre se ha enamorado...

OO—OO

- ¿Y tú cómo has pasado la nochebuena? –preguntó Remus, estirado en su sofá del cuarto, con Rachel delante de él-.

Ya la había contado todos los pormenores de su semana en casa, y había compartido con ella los temores por su padre. Rachel compuso una triste sonrisa, y se recogió un mechón de pelo, enroscándole en su dedo índice, mientras le miraba distraídamente.

- Dumbledore pasó a verme. Trajo un espejo rarísimo, con el que pude hablar con mis padres. Al parecer ellos tenían el otro, y podían verme a través de él. Nunca había oído hablar de algo así –confesó encogiéndose de hombros. Remus asintió, pensando que esos espejos eran muy parecidos a los que tenía James y Sirius-. El caso es que estuve hablando un poco con ellos. Mi padre, el pobre, no es aún muy consciente de lo que ha ocurrido. Ha tenido que cerrar la pastelería, vender la casa y esconderse, sin que nadie le explicara nada. Y mi madre no paraba de llorar pidiéndome que volviera. Dice que no está tranquila, que quiere tenerme cerca...

Remus solo asintió con la cabeza, comprendiendo perfectamente el dolor de Susan Perkins, y alargó el brazo para coger la mano libre de Rachel.

- ¿Y tú qué quieres hacer? –la preguntó. No podía soportar volver a tenerla lejos, pero si ella quería irse, no sería justo que la detuviera-.

- Me quiero quedar –respondió ella sin dudar-. Comprendo el dolor de mis padres, y yo también les echo mucho de menos. Pero cuando estoy con vosotros, contigo, me siento más completa. No soportaría otro mes encerrada allí. Si aquí me ahogo, figúrate lo que siento en aquella casa, sin noticias de nada. Al menos aquí estoy más informada.

Remus sonrió, y se incorporó para darla un breve abrazo. Tenía que irse enseguida, pues ya estaba anocheciendo, pero desde hacía diez minutos no hacía más que alargar el momento de ir a la enfermería. Rachel giró la cara para besarle en los labios, en el mismo momento en que sonaron unos golpes tras la puerta. Ambos se habían quedado a una distancia muy corta, y se separaron más para mirar hacia el lugar, y luego compartir una mirada de desconcierto.

- ¿Sí? –preguntó Rachel sacando la varita, mientras Remus buscaba la suya-.

- Rachel, abre –pidió la voz segura de Albus Dumbledore-.

La muchacha se apresuró a lanzar el hechizo que abriría la puerta, y el director entró deprisa para volver a cerrar tras él. Los dos chicos le miraron algo sorprendidos, pues no esperaban su visita.

- Buenas tardes, Remus. Hagrid ya me informó que llegaste sin problemas –le saludó el hombre afectuosamente-.

El muchacho pudo observar cómo unas ojeras bastante marcadas surcaban el rostro del anciano, que no presentaba su mejor aspecto. Sin embargo, les miraba a ambos con una sonrisa sincera. Se paseó por la habitación, observando su desorden, y se sentó en el sofá en el que Remus había estado tumbado, invitándolos a ellos a acomodarse.

- Os preguntaréis a qué he venido –les dijo con una pequeña sonrisa de complicidad-.

- Usted puede venir cuando quiera, profesor –se apresuró a decir Rachel. Dumbledore la dedicó una sonrisa por ese comentario-.

- Gracias, Rachel. Pero no me suele gustar interrumpir a los jóvenes cuando prefieren estar solos. De todas formas, Remus, creo que ya deberías haber ido yéndote a ver a Madame Pomfrey, que te está esperando. Sin embargo, antes de nada, quisiera daros unos pequeños regalos de Navidad. En realidad, son cosas que espero os ayuden a llevar una vida más feliz y tranquila.

Rachel y Remus volvieron a compartir una mirada de desconcierto ante eso.

- Eh... no es necesario que nos regale nada, director –murmuró Remus algo inseguro-.

Dumbledore rió en voz baja por un segundo.

- En realidad, sí. Uno de los regalos, el tuyo, Remus, me veo obligado moralmente a proporcionártelo, ahora que sé que es bastante fiable. No tengo duda de que es algo que te entusiasmará, más que nada en el mundo.

El chico le miró completamente perdido. No podía imaginar qué era, aquello a lo que se refería el director, pero este parecía bastante seguro de haber acertado. Lentamente, llevó una de sus manos dentro de su túnica, y sacó un frasco de tamaño mediano, que le tendió a Remus. El muchacho lo cogió como si fuera una bomba a punto de explotar, y vio su contenido, un líquido espumoso de un color azul claro.

- Es una poción –informó Dumbledore mientras él y Rachel miraban el contenido cada vez más perdidos-. La inventaron hace bastante poco, y ha estado varios meses de prueba, para verificar que funciona sin problemas. Solo ahora que es un seguro, te la quiero dar.

- No entiendo... ¿Seguro de qué?

- Verás, Remus. La poción se llama, en un intento de ingenio sarcástico, supongo: Poción Matalobos. Está realizada para los licántropos. Desgraciadamente, no cura la licantropía, pero al ser bebida antes de la luna llena, esta tiene un efecto muy interesante –a Remus le brillaban los ojos, y en ese momento miró el frasco como si fuese un milagro. Después miró al profesor, para saber qué hacía verdaderamente-. El licántropo se convierte en lobo, como siempre. Pero solo físicamente. La personalidad y el carácter de la persona se mantiene, por lo que es continuamente consciente de sus actos, y puede controlarlos. En ese momento, un licántropo no dista mucho de un animago. Solo es un animal en forma física.

Remus jadeó al darse cuenta de lo que tenía en sus manos. Era la oportunidad de ser más persona de lo que lo había sido nunca. Escuchó el suspiro de Rachel como si lo hubiese emitido a kilómetros de distancia, y sintió una tirantez en la cara, que tardó en asimilar que era la sonrisa que no podía borrar. Si se hubiese parecido un poco más a James o Sirius, en ese momento se habría lanzado sobre el director a darle el abrazo más grande del mundo. Sin embargo, se mantuvo en un sitio, con la boca abierta, como un pez fuera del agua, y balbuceando palabras inteligibles.

- Yo... profesor... yo, no sé... cómo...

Dumbledore sonrió más alegre que en ningún momento de la tarde.

- Lo sé, hijo, lo sé.

Se le quedó mirando varios segundos, como si estuviese regodeándose de la felicidad del muchacho, que era mayor de lo que recordaba en los últimos tiempos, como si con el simple hecho de haberle hecho feliz a él, mereciera todo. Después se giró hacia Rachel, aunque ella no le vio, pues estaba demasiado ocupada observando la expresión de Remus. Verdaderamente, ella pensaba que su sufrimiento en los últimos meses se apaciguaba con ver la sonrisa que adornaba el rostro de su novio.

- Rachel –la llamó para atraer su atención-. Tu regalo no es sólido, pero creo que puede servir para ayudarte mucho en el estado apático en que te encuentras –Remus quitó su mirada del frasco de poción, para pasearla por ambos, expectante-. No sé si sabéis que tengo una sobrina nieta que ha pasado unos años en casa, debido a una enfermedad, y eso la ha impedido ingresar en Hogwarts. Ella es algo mayor que vosotros, pero, aunque ha estudiado por su cuenta, aún no ha podido examinarse de los EXTASIS, lo que la impide encontrar un buen trabajo, claro. Sin embargo, gracias a mis influencias, he conseguido que la admitan en la lista de examinados de junio en Hogwarts, por lo que hará los exámenes con esta promoción, aunque estudiando por su cuenta. –los dos chicos le miraron, preguntándose qué parte les incluía a ellos-. Esa sobrina nieta, se llama Jessi McKann, por si no lo he mencionado.

Rachel tardó en asimilarlo. ¿Era lo que ella creía que ella? ¿Podría hacer los EXTASIS, aprovechando la apariencia que él mismo la había enseñado a adquirir? ¿De verdad? Para sorpresa de Remus, ella sí actuó como James o Sirius, o más bien, como Gisele, pues aquello parecía adquirido de la mejor amiga de su novia. El caso es que cuando quiso darse cuenta, su novia había saltado sobre el profesor, abrazándole con fuerza, ante su atónita mirada.

Ella pareció darse cuenta de lo que había hecho, se apartó del anciano como si quemara, disculpándose atropelladamente. Dumbledore, sin embargo, la dio unos suaves toques en la espalda, y la sonrió con confianza.

- Yo creo que ya debería irme. Desgraciadamente, me esperan obligaciones mucho menos agradables que esta encantadora reunión. Espero, de corazón, haber acertado con vuestros regalos. Remus, como sé que de todas formas querrás comprobar por ti mismo la validez de la poción, Madame Pomfrey te espera ya en la enfermería. Que paséis una buena noche.

Cuando estuvo fuera de la habitación, los chicos aprovecharon para mirarse, pegar un grito de júbilo y abrazarse. ¿Si había acertado con el regalo? ¡Les había dado la libertad a cada uno, cada cual con lo que más necesitaba! Por algo ese hombre era el mejor mago del mundo.

OO—OO

Días después, el día antes de final de año, Andrea volvió al trabajo. Había tenido varios días de baja, concedidos por la muerte de un familiar, pero ya debía volver. Debía reconocer que Alec había sido realmente comprensivo y atento esos días. Incluso pidió también tenerlos libres en su trabajo para acompañarla, y enviaron a Brooke a casa de sus suegros. Él se hizo cargo de todo, desde preparar el funeral, hasta intentar hacerse cargo de todas las actividades domésticas por ella, aunque la casa había quedado como un estercolero.

Ella se sentía tan devastada, que no había sido capaz de tomar ninguna decisión. Tampoco habría sabido fingir delante de su hija, pues no podía hacer más que llorar. Había sido terriblemente difícil explicarla a la niña que el tío Ethan se había ido al cielo, pero como tanto ella como su marido debían volver al Ministerio ese día, no habían tenido más remedio que contárselo la noche anterior. Esa última noche el llanto de su pequeña acompañó el suyo.

- Nivel nueve, Departamento de Misterios –dijo la voz femenina del ascensor-.

Andrea pegó un bote, pues se había abstraído del lugar. A su lado, su esposo la abrazó por los hombros, y tiró de ella fuera del ascensor. Podía sentir sobre ella las miradas de compasión de sus compañeros de trabajo, pero no fue capaz de enfrentarlas. Sentía que cualquier gesto de pésame que aceptara, haría la pérdida de su hermano pequeño, algo real e irremediable.

- Tengo que subir, Andy –la susurró Alec al oído-. Pero volveré a verte a media mañana. Si necesitas algo, cualquier cosa, llámame.

Le miró a los ojos, marrón chocolate contra verde oliva. Los de ella aún estaban húmedos, y los de él llenos de impotencia. No había derramado ni una sola lágrima, y no porque la muerte de su cuñado no le hubiera afectado, sino porque desde el momento en que su mujer volvió la noche de Navidad acompañada de Albus Dumbledore, él se dedicó a ella en cuerpo y alma. Toda la bronca y las discusiones que tenía preparados para su vuelta (una vez asegurado que estaba entera), habían quedado olvidadas al verla llorar desconsoladamente, y engancharse a su cuello con desesperación. Cuando el director de Hogwarts le explicó lo sucedido, solo supo apretar fuerte su abrazo, y no soltarla en toda la noche, velando su dolor, hasta que cayó agotada del cansancio.

Andrea le recorrió el rostro con la mirada, y se encontró con las mismas facciones que la habían encandilado diez años atrás, cuando ella, apenas una jovencita recién salida de la Academia de Inefables, le conoció en su primer día de trabajo. La llamó la atención su seriedad y responsabilidad, que contrastaba con su espontaneidad y locura, y sobretodo, que él no pareciera tener el más mínimo interés en conocerla. Ella era, por lo general, muy extrovertida y amigable, y la gente solía buscar su compañía con frecuencia. Pero el aburrido de Alec Stone no estaba interesado en su amistad, y eso era algo que ella no pensaba consentir. Tardó siete meses en conseguir llamar un poco de su atención, y, aunque a veces parecía hacer más meteduras de pata que avances, en otros cinco meses consiguió que la invitara a salir.

Ahora él y su hija eran la única familia que la quedaba. La única. Esa última temporada habían tenido bastantes problemas maritales, pero esos últimos días, la habían demostrado que tenía mucha suerte de haberse casado con él.

Alec le limpió las lágrimas con cuidado, y la miró a los ojos.

- Todo irá bien. Puedes con ello, ya verás. Vuelvo más tarde –la murmuró besándola la frente con cariño-.

Andrea se despidió con un suave beso en los labios, y se introdujo en el Departamento que tan bien conocía. Ella trabajaba en un despacho situado en un pasillo a la derecha, con su compañero, un hombre mayor que ella con la piel amarillenta y la cara lúgubre, llamado Broderick Bode. Cuando pasó por el que había sido el despacho de Ethan, que estaba antes que el suyo, giró la cara incapaz de mirar hacia la puerta, y ahogó un sollozo. Entró con rapidez a su despacho, inspirando hondo e intentando mantenerse fuerte.

- ¡Andrea! –exclamó su compañero cuando la vio aparecer. La miró unos segundos, analizándola, y pareció comprender que ella no quería hablar del tema, pues no mencionó a Ethan, e hizo como si ella hubiera pasado unos días de vacaciones-. Me alegro que hayas vuelto. Esto ha sido una locura.

- Buenos días, Broderick –saludó ella con una pequeña sonrisa, agradeciendo que él se limitara a darla un apretón en el brazo, pues así podría fingir que era por cualquier otra cosa-. ¿Qué tal ha ido estos días? ¿Mucho lío, dices?

- La sala de los planetas no hace más que dar problemas. No avanzamos en la investigación, pero el idiota de Reggie estuvo toqueteando, y los hechizos se descontrolaron. Lisa se hizo un corte con los anillos de Saturno, y tuvimos que llevarla a San Mungo. Ya te he dicho, una locura.

Así pues, con tanto trabajo, fue más fácil evadir su mente de su dolor, y pudo concentrarse en trabajar con Bode sobre qué demonios le pasaba a esa sala. Cuando levantó la vista de los informes, vio, con asombro, que habían pasado tres horas. Su compañero la dijo que subiría a almorzar, y que no tardaría mucho, y ella se quedó sola en el despacho, sin ningún ruido o conversación que la distrajera de sus propios pensamientos.

Su mente voló a mil recuerdo en los que salía su hermano pequeño. El día que nació, cuando ella tenía siete años. También el día en que ella casi le ahogó en la bañera, después de intentar bañarle para ayudar a su madre, o también cada vez que el niño quería coger galletas y ella se las escondía para hacerle rabiar. El día que murió su madre. Ella apenas llevaba tres meses trabajando cuando sucedió, todo de completa sorpresa, pues el enfermo era su padre. Tuvo que ir a buscar a Ethan a Hogwarts, que en ese momento era un niño de solo catorce años. Recordaba la cara de abandono que puso su hermano, y como todo empeoró al morir su padre apenas unos meses después. También recordó lo orgullosa que se sintió cuando él también fue admitido en la Academia de Inefables, y como pronto se independizó, madurando más, y más rápido de lo que jamás habría creído. Y ahora él estaba enterrado en una tumba junto a sus padres...

Se levantó de golpe, incapaz de seguir pensando en ello. Se estaba ahogando en aquel despacho, por lo que salió corriendo al pasillo, para ir hasta la segunda planta a buscar a Alec. Sin embargo, tuvo otro contratiempo cuando iba por el pasillo, y es que la puerta del despacho de su hermano estaba abierta, y no pudo evitar vislumbrar la mesa que él debía estar ocupando en ese momento. Estaba completamente vacía; ya habían retirado de allí su poster de las Avispas de Wimbourne, la foto de su graduación en Hogwarts, con el tejón de Hufflepuff estampado al pecho y el retrato, bastante mal parecido, que le había hecho Brooke en su último cumpleaños. Ya no quedaba nada de él.

Sintió que las piernas la fallaban, y estuvo a punto de caer de rodillas al suelo, si alguien no la hubiera sostenido.

- ¿Divon? ¿Estás bien?

Reconoció la voz de rasposa de Augustus Rookwood, el compañero de Ethan en el Departamento. Andrea se agarró a las jambas de la puerta, y se mantuvo en pie por sí misma, hasta que el hombre la soltó.

- Sí Rookwood. Gracias –respondió con voz pastosa-.

El hombre pareció dudar en volver a hablar, pero al final Andrea sintió su mano en el hombro.

- Lamento lo de Ethan. Siempre fue un gran muchacho, muy inteligente y predispuesto. Se le echará de menos por aquí.

Al final alguien lo había dicho en voz alta. Andrea sintió que el agujero en su pecho se hacía mayor, y notó como más lágrimas silenciosas caían por sus mojadas mejillas. Asintió torpemente con las palabras, incapaz de responder a aquello. Siguió sintiendo su mano en el hombro, y cuando estuvo preparada, sorbió por la nariz, y le miró a la cara.

Rookwood era un hombre de aspecto algo desagradable, con el pelo graso y manchas de viruela. Sin embargo, Andrea no dudaba de su inteligencia, y Ethan siempre le había alabado. Como inefable, indudablemente, era de los mejores.

- Gracias Rookwood. Estoy segura de eso.

El hombre la tendió un pañuelo, y Andrea lo aceptó con una pequeña sonrisa. Se sintió mejor cuando dio la espalda el despacho, y se secó las mejillas. Una vez recompuesta su expresión, volvió a mirar de nuevo al hombre.

- ¿Todo bien por aquí estos días?

- Sí. Supongo que Bode te habrá contado lo de la sala de los Planetas. Aparte de eso, todo ha ido como siempre. El Ministerio ha estado algo loco con ese ataque en el callejón Diagon, figúrate. No solo por las bajas definitivas, sino porque hay mucho personal que va a pasar una buena temporada en San Mungo. Esto nos dará más trabajo a los demás.

- ¿Tanta gente hay en San Mungo? –preguntó ella, que había estado muy alejada de la realidad-.

Rookwood hizo un sonido exagerado, y una extraña expresión se formó en su rostro, como si fuera a sonreír, aunque el tema no era gracioso en absoluto.

- Los desmemorizadores se han quedado en la mitad. Lance está ingresado para rato. El ataque le pilló paseando con su mujer, y al parecer ha quedado bastante tocado. Ella ha muerto. También Sullivan está herida, aunque hablaban de que igual hoy ya volvía, no lo sé. Y luego Potter, que también sigue en San Mungo, aunque dicen que igual le dan el alta la semana que viene. Y en el departamento de aurores, no sé si sabes que Morrington, Parker y Cooties han estirado la pata. Eso, y que Longbottom está en San Mungo también hasta tiempo indefinido...

Aquello la recordó a Andrea algo que no había recordado desde aquella tarde: Frank. ¿Estaba vivo? Rookwood dijo que en San Mungo, pero no decía cómo. Rogó a Merlín que fuera a recuperarse sin secuelas. Estaba tan ensimismada pensando eso, que no se percató de que su compañero no había dado muestras de lamentar la situación en ningún momento.

- ¿Sabes algo de Longbottom a aparte de que está en San Mungo? –preguntó con algo de ansiedad-.

Rookwood se encogió de hombros.

- Solo que le han dado la baja indefinida –contestó con parsimonia-. Lo siento Divon, pero tengo que volver al trabajo.

Ella tampoco quería quedarse más tiempo charlando con él, por lo que siguió con su primer impulso, y fue hacia el ascensor, para subir a la segunda planta, donde trabajaba Alec. Por el camino recibió más condolencias de compañeros, pero la preocupación por su amiga hizo que el dolor, aunque fortísimo, no fue tan fulminante como al principio. Ahora tenía algo que la entretuviera.

Llegó a la segunda planta, que estaba dividida en multitud de departamentos, y dobló una esquina, atravesando dos grandes puertas de roble, y entró en el Departamento de Aurores. Tenía que atravesarlo para llegar al Departamento de Alec. Quería pedirle a su marido que la acompañara por la tarde a San Mungo, a preocuparse por el estado de su compañero.

Sin embargo, esto no fue necesario, pues de camino, se encontró precisamente con la persona en la que estaba pensando.

- ¡Alice! –la llamó cuando la vio mirando fijamente una pared, con una especie de mapa con fotografías moviéndose de un sitio a otro, y cambiando en haces de luces-.

La más joven se giró al escuchar su nombre, y se encontró cara a cara con ella. Inmediatamente fue a estrecharla en un cariñoso abrazo. Andrea la notó pálida y ojerosa, pero se imaginaba que ella no presentaba mejor aspecto. Alice se echó para atrás, para observarla detenidamente, y la miró a los ojos con su oscura y cálida mirada.

- ¿Cómo has estado? –la preguntó la chica con algo de inseguridad, frotándola con cariño los brazos-.

Andrea hizo un gesto con los hombros, dejando ver lo evidente, pero sin querer entrar en detalles.

- Oí que Frank está en San Mungo. ¿Qué tal está?

Vio que Alice hizo un pequeño mohín con los labios, pero el rostro de la auror inmediatamente se recompuso.

- Estable. Aún no despierta. Los medimagos dicen que es cuestión de días, y que solo entonces podrán hacerle más pruebas. El problema fue que se dio un gran golpe en la cabeza, porque de lo demás ya se han encargado. Hasta que no despierte no sabremos si hay algo más profundo o no.

La mujer se mordió el labio, sin saber muy bien qué contestar.

- Estoy segura que todo irá bien, Alice. Es un hombre fuerte, él puede con cualquier cosa.

La muchacha asintió pensativamente, mirando más allá de su interlocutora, como si estuviera pensando algo lejano. Después suspiró y negó con la cabeza.

- No dejo de culparme. No debí dejarle solo, él estaba cansado.

- Alice, esto no es culpa tuya –insistió Andrea-. Ya lo sabes, ellos son los culpables, no tú, ni yo, ni ninguno de nosotros.

Era una de las primeras reglas que se enseñaban al entrar en la Orden del Fénix. La culpa nunca es del compañero por no proteger suficientemente bien, sino del que manda la maldición asesina. Pero Alice continuó negando con la cabeza.

- Yo sabía que él no estaba al cien por cien, y aún así le dejé ir. Había tenido guardia la noche anterior, apenas había dormido. Y luego, encima, le dejé solo... –suspiró pesadamente-. Sino llega a ser por Dorcas, mi marido no lo cuenta.

Andrea la volvió a abrazar, esta vez consolándola ella, y no al revés. En ese momento, comprendió que, la doliese más o menos, la vida seguía, pues al lado de ella aún había muchas personas que seguían al pie del cañón, y que la necesitaban. Ya no solo era por Brooke y Alec, sino por Alice, Frank, Dorcas, y toda la Orden del Fénix. Por todos los que luchaban incansables, dando su vida, como había hecho su hermano, por intentar encontrar un claro de sol, en medio de la tormenta en que estaban metidos.

O-oOOo-O

Hemos llegado al final. Ha sido un capítulo triste, o al menos a mi me ha dejado muy mal escribir la primera muerte de un personaje. He mezclado también algún tema banal, e incluso cómico para no resultar increíblemente dramática. Además, quería dar esa imagen, que mientras unos lloran, otros ríen. ¿Qué opináis del giro de acontecimientos? ¿He conseguido escribir bien la pelea? ¿Y la"visión" de Sirius? Es para alarmarse, desde luego jeje. También para que veáis, a Sirius le odia su suegro, y a James le adora el suyo. ¡Pobre Black! :( jejeje ¿Y qué os parecen los regalos de Navidad de Remus y Rachel? Creo que esto les hará sentirse mejor. Creo que nuestra "lobita" estaba empezando a volverse algo loca ahí dentro sin nada que hacer.

No se os ocurra abandonarme, por mucho que tarde en actualizar (no serán meses y meses, tranquilos), ¿eh? No puedo poner fecha para la próxima vez, pero os puedo adelantar que, para desintoxicarnos un poco, será más cómico. Los chicos nos vuelven a Hogwarts, y habrá un acontecimiento que yo llevo tiempo esperando, y es que se irán algunos personajes por la Beca Merlín, como Mark, y algún otro que tengo de sorpresa :P y vendrán, ¡personajes nuevos! Darán qué hablar, por supuesto.

También nos espera el reencuentro de Grace y Sirius, que sé que le esperáis como agua de mayo. En el próximo capítulo por fin hablarán, ya véis el obsequio de paz que la ha dado él. No os creáis que estará la cosa aburrida entre James y Lily, o entre Remus y Rachel. Incluso habrá más intentos de Sadie por concienciar a Regulus. Os adelanto algo más. Se llamará: "Los becados". ¿Qué me decís?

Sed buenos y comentarme, que este capítulo doy fe que me lo he currado mucho :P

Por cierto, la idea de que el patronus de Andrea sea una zorra, es idea de mi amiga Cristina, que me pidió que se lo dedicara y lo hago jejeje (es una broma privada, y no un insulto para nadie, insisto :P).

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"TRAVESURA REALIZADA".

Eva.