—Kate —pronunció su nombre por enésima vez—. Necesitaba alejarme de ti.

—¿Cómo?—se rebotó con aspereza, elevando el tono—. ¿Alejarte de mí? ¿A qué viene esto, Castle?

—Sí, alejarme de ti, de lo que estaba pasando. Me moría por dentro y necesitaba desaparecer antes de que fuera demasiado tarde. Me estabas haciendo daño, Kate —declaró sin ápice de reproche—. Pero ya no importa. De todos modos, lo nuestro nunca tuvo que haber ocurrido, no tuve que entrar al trapo.

—Vaya, ¿de qué trapo me hablas ahora? Realmente si no me explicas con claridad a lo que te refieres, no puedo seguirte —sus facciones se endurecieron.

—Kate, no es culpa tuya. En el fondo no lo es. Hubiera tenido que ser sincero conmigo mismo y haberme marchado con normalidad en vez de por la puerta de atrás. Pero no pude, creí que teníamos algo y fui incapaz de asimilar que no era así —explicó encogiendo los hombros, sin saber cómo justificarse, aunque ella había comprendido parcialmente ese montón de frases confusas.

—Traté de encontrarte, ¿lo sabes? —le lanzó, recriminándole con la mirada—. Fue imposible. Desconectaste el teléfono, desapareciste de tu casa y por algún tipo de mandato divino ni siquiera pude encontrar a tu familia —hizo una pausa—. ¡Puf!, te esfumaste —continuó, ahora agitando los brazos, con las palmas abiertas en busca de respuestas.

—Tienes razón. Y lo siento, no debí ser tan cobarde. Fui incapaz de afrontar lo que se me venía encima. La manera más fácil de afrontar era marchándome. Representabas demasiado para mí como para hacerte frente con una mano perdedora —prosiguió con temor en sus palabras, mesándose la cabeza con frustración—. Supongo que por eso estoy aquí, para intentar recuperar una cierta cordialidad entre nosotros.

—Sigo sin entender qué es lo que se te venía encima, Castle. ¿De qué demonios hablas? ¿Sabes lo mucho que me desesperó tu marcha? ¿Tienes idea alguna de lo mucho que te eché de menos? ¡Eres un completo idiota! —le echó en cara, a punto de estallar. Tenía el cuerpo vibrante por la tensión y los ojos humedecidos.

—¿Cómo? —sacudió la cabeza en confusión.

No le dio tiempo a articular palabra cuando Kate se había abalanzado ya sobre él, con los brazos extendidos, atrapándolo por encima de los hombros en un abrazo desesperado. Enganchó la mejilla a su opuesta, elevando la boca hacia su oreja. Ante aquella reacción inesperada él vaciló un instante para recibirla para finalmente rodear la parte media de su espalda, apretándola con ansia.– Yo también te eché de menos, Kate. Eras... Dios, aún eres mi vida.

—¿Dónde estuviste todo este tiempo? —requirió en un susurro, acariciándolo con la mejilla—. ¿Por qué?

—Me marché porque no me querías. Mi corazón me decía lo contrario, que tú también sentías lo mismo. Pero luego comprobé que no era así. No me culpes por eso, Kate —suspiró sobre su cara e intensificó el agarre—. Te sigo queriendo. Por eso estoy aquí, aunque no he venido a importunarte. Lo siento, lo siento mucho —y depositó un beso en el lateral de su cuello, justo en la unión con la mandíbula—. Necesito estar en paz conmigo mismo, que me perdones por haberme marchado estúpidamente —cerró los ojos y sitió cómo le invadía la serenidad.

—Eres un completo idiota —Kate reforzó la unión de sus cuerpos y deslizó su mano derecha hacia su nuca, entreverando sus frágiles dedos por el pelo de Castle, apretando la nariz contra su cuello—. Al verte allí, delante de mí, no me lo podía creer... Me bajó la tensión, aún estoy temblando —confesó sobre su oído y lo besó en la mejilla—. Te he echado tanto de menos... ¿Tienes idea de lo mucho que he llorado por ti? Eres un idiota —repitió por tercera vez y despegó su rostro para mirarle con los ojos vidriosos—. ¿De dónde sacas que no te quería?

—Yo... Esto... Porque... —intentó precipitadamente, con las palabras surgiendo agolpadas—. Porque me enteré de que sabías que te había dicho que...

—Shhh... Cállate —Kate tomó su rostro entre sus manos y lo besó con ternura en los labios, algo que Castle no esperó.

Kate se separó y recobró la confianza. Con determinación agarró la mano de Castle y lo guió hacia el sofá. Se movía por un impulso interior, por una necesidad propia. Hacía mucho tiempo que no lo veía y le necesitaba. Ni siquiera se planteaba su comportamiento, simplemente se dejaba llevar por su instinto emocional. Sentó a Castle sobre el cuero negro y ella se posicionó a su lado, a través, entrelazando sus piernas por entre los muslos de Castle. Se recostó sobre su pecho y acomodó la sien en su clavícula. Agarró su mano, buscando protección y cariño, y cerró los párpados acompañando su acción de un suspiro de profunda tranquilidad.

—Todavía estoy enfadada. Esto no significa que no tenga nada que reprocharte severamente. Ahora... ni siquiera puedo pensar —apaciblemente apagó su voz y permaneció en esa posición durante un rato.

Castle besó su cabello perfumado y la retuvo con su brazo. Esperó a ver si tenía algo más que declarar. —Kate, no sé qué debo decirte, ha pasado mucho tiempo. Te sigo queriendo, pero no he venido a buscar nada que no sea mío. Estoy perdido —ella no contestó—. ¿Estás sola?

Kate subió una mano para tomar el mentón de Castle y guió su cara hacia el pequeño, quien se había dormido sobre el cojín, con las manitas bajo la cabeza, el biberón ya vacío volcado a un lado y la televisión aún encendida. Una vez que estuvo mirando al frente, lo soltó.

—Kate, si no me explicas no voy a entender nada —pidió inseguro—. ¿Cómo...? ¿Cómo se llama?

—Alex. Se llama Alex, como su padre —de aquella respuesta emanaba orgullo infinito, una seguridad pasmosa. Le permitió que siguiera preguntando.

—Vaya —por un momento se tensó. Necesitaba saber de una vez si ella estaba o no con el padre de aquel niño, porque de ser así, no entendería su comportamiento—. También se parece a ti, tiene claros rasgos tuyos —reflejó, recordando parte de la conversación anterior—. ¿Qué edad tiene?

—Casi dos años —se apresuró a responder.

—¿Dos años? —frunció el ceño, pensativo—. Si que rehiciste pronto tu... Espera un momento —sacudió la cabeza y aflojó su expresión, como si acabara de descubrir algo; pero Kate fue rápida y se incorporó, igualando sus rostros.

—¿Quieres café? —inquirió directa, sosteniéndole la mirada unos segundos, evitando que continuara con su interrogatorio—. Voy a hacer café —se echó hacia atrás, tanteó el suelo con sus pies y se levantó de un respingo. Tironeó del perfil del pantalón para recolocárselo y enfiló nuevamente hacia la cocina.

—Kate —sentado ahora en el borde del sofá, Castle estiró raudo el brazo y alcanzó su muñeca derecha, inmovilizándola—. ¿Dos años? —insistió con intención.

—Sí —afirmó sin más—. Dos años —se zafó de su agarre de un tirón—. Es hijo tuyo, Castle. Pero puedes estar tranquilo, no vamos a pedirte nada —sentenció de espaldas, en contradicción con su propio comportamiento, y se alejó con el semblante serio sobre sus pies desnudos.