-La historia es de mi completa autoria más esta ligeramente basada en la segunda temporada de la serie "Kósem La Sultana" producida por Timur Savci y ahora protagonizada por Nurgül Yeşilçay (Sultana Kösem) y Metin Akdülger (Sultan Murad IV). Los personajes son propiedad de Masashi Kishimoto, más su distribución y/o utilización corre absolutamente por mi cuenta para la dramatización de la historia.


Capítulo 18

La advertencia hecha a Naoko era clara, su vida y pasos eran asiduamente vigilados, literalmente no podía confiar en que alguien la encubriera o protegiera, estaba en un limbo invisible, ya fuera fuerte o débil, estaba cerca de la muerte de todas las formas posibles.

-Como usted ordeno, le enviamos su obsequio a la Sultana Naoko—ratifico Ino, caminando en compañía de la Sultana.

Radiante como una auténtica joya, la Sultana Sakura se desplazaba por los pasillos hacia los aposento del Sultan, escoltada por sus doncellas e Ino que le notificada la forma en que todo se había hecho según sus indicaciones, en como sus órdenes siempre eran cumplidas al pie de la letra.

Su largo cabello rosado—plagado de rizos-se encontraba recogido ladinamente, cayendo sobre su hombro derecho, adornado por una corona de oro y esmeraldas que emulaban pequeños capullos de rosas y espinas a juego con un par de pendientes de una de diamante en forma de lagrima con una esmeralda en el centro—idéntico a un collar conformado por siete dijes, siendo el central de mayor tamaño, emulando los pendientes– a la par con sus galas. Vestía unas sencillas galas aguamarina bordadas en hilo gris turquesa para emular flores de cerezo, con transparente mangas de gasa completamente holgadas hasta casi cubrir sus manos y sobre estas una chaqueta superior color jade—enmarcada en hilo de oro en los bordes centrales—y cerrada a la altura del vientre por tres botones de oro.

-Estoy segura de que será maravilloso para ella—sonrió Sakura, feliz o levemente complacida después de tanta espera, ansiosa por escuchar otra buena nueva con respecto a sus enemigos, -es todo Ino y gracias—finalizo Sakura, deteniéndose en el pasillo próximo a los aposentos del Sultan.

Una sonrisa adorno el rostro de la Yamanaka que no podía hacer sino sentirse satisfecha por servir a una Sultana tan noble y que siempre anteponía la felicidad de otros por sobre la propia. El Imperio estaría completamente perdido de no ser por ella, ella y el Sultan habían devuelto la estabilidad al centro del universo, al eje del mundo, verdaderamente eran los gobernantes absolutos del mundo entero.

-Sultana—reverencio Ino.

Asintiendo ante la Yamanaka que se retiró respetuosamente, Sakura se encontró nuevamente a solas con sus pensamientos, ciertamente menos torturada emocionalmente que en días anteriores, tomándose la libertad de avariciar su vientre por sobre la tela del vestido. Daisuke saldría esa misma noche de los Kafer, a la par con la llegada de Aratani, todo estaba dispuesto, solo faltaba planear meticulosamente la ocasión y todo saldría a pedir de boca. De hecho, y no intentando jactarse, Sakura podía decidir que tenía todo absolutamente planeado.

Ante el repentino eco de pasos, la pelirosa levanto su mirada hacia la entrada del pasillo, sonriendo radiante ante la aparición de Sasuke que—pese a estar feliz de verla—no pudo evitar temer que hubiera algo delicado que tratar, más ante el periodo de tristeza por el que ella había atravesado. Por más que debiera actuar estoico, lucir serio e inalcanzable, Sakura no dejaba de enamorarse más cada vez que lo veía, dejándose abrumar por su presencia y doblegándose ante sus designios. Vestía una larga túnica de seda color negro que casi llegaba al suelo, de cuello alto y mangas ajustadas sobre la cual se hallaba una corta chaqueta de cuello en V, cerrada y sin mangas gris plateada, solo lo necesario y más cómodo que le permitiese actuar sin reparo alguno y en efecto se adaptaba perfectamente a él.

-Sakura—saludo Sasuke, besando la frente de su esposa, -¿Ocurre algo?—indago preocupado en el porqué de su presencia.

La pelirosa negó sutilmente, agradecida de que él estuviera tan pendiente de todo cuanto sucedía en el palacio, al igual que ella. Eso le evitaba sentir que todas las cargas emocionales estaban sobre su persona, evitaba que sintiera que solo ella podía lidiar con semejante peso y carga.

-Nada—garantizo la pelirosa, calmando los miedos e inquietudes de su esposo, -solo quise compartir el escaso placer culpable de acompañarte, si no te molesta—recalco esto último, no deseando importunarlo de ninguna forma.

Los asuntos de estado siempre eran muchos, en ocasiones a tal grado que apenas y podían pasar el día juntos y en esas ocasiones ella llegaba a involucrarse en demasía, sentándose a su lado y revisando las peticiones de los Pashas, los edictos y nombramientos, el libro de reuniones del Consejo Real…ella era más que su esposa, más que su amiga confidente, ella era su Ministro, su Embajadora, su todo, su respaldo y apoyo, sin ella estaba perdido, ella era única en su vida, nadie jamás ocuparía su lugar.

-Nunca—tranquilizo Sasuke, entrelazando su mano con la de ella.


Ataviada en unas regias galas granate—de escote cuadrado y estampadas en el centro del corpiño e interior de la falda en hilo cobrizo para emular flores del cerezo y el emblema de los Uchiha, con un cuello alto que formaba un escote en A cerrado al cuello por un botón de diamante—de mangas ajustadas hasta los codos y abiertas como lienzos, la Sultana Mikoto recorría dignamente los pasillos del Palacio en espera de que la reunión del Consejo ya hubiera terminado para poder pasar algo de tiempo junto a su esposo. Una deslumbrante—pero sencilla—corona de oro, rubíes y diamantes en forma de capullos de rosa adornada su largo cabello rosado que caía como una cascada sobre su hombro izquierdo, enseñando un par de pendiente de cuna de oro en forma de lagrima con un rubí en el centro.

En su camino– y de manera repentina—apareció Izumi. Como siempre su cabello castaño se encontraba elegantemente recogido tras su nuca, adornado por una diadema de plata en forma de cuentas con una serie de broches de oro en forma de jazmín decorados por cristales turquesa a juego con un par de largos pendientes. Vestía unas sencillas galas Cardenillo, de escote cuadrado decorado por seis botones de diamante en caída vertical y sobre el vestido una chaqueta corta de mangas ajustadas, pegada al vestido de cuello doble y enmarcado en hilo azul claro, formando una estilizada imagen en V que dividía el centro del vestido con la chaqueta.

-Izumi—saludo Mikoto brevemente, únicamente deseando seguir con su camino.

Pero, leyendo su mente, Izumi se estableció frente a ella de tal modo que moverse hubo resultado imposible, dándole a entender que debían de hablar hasta que ella estimara conveniente. Pensando inevitablemente en la Princesa Koyuki, Mikoto hubo de suponer que iba a confrontarle algo, pero ella no tenía la paciencia ni el interés de escuchar sus sandeces, solo quería ver a su esposo en ese momento, nada más.

-Es un gusto verte, Mikoto—saludo Izumi, fingiendo elocuentemente una sonrisa, -estaba buscando la oportunidad para hablar contigo—admitió con interés.

-Soy toda oídos—dispuso Mikoto.

Ya que no podía escapar, cuando menos escucharía que era aquello tan importante que Izumi tenía que decirle, solo esperaba que valiera su tiempo y que no significara una nueva tontería con respecto a Boruto. Ya estaba harta de ese asunto y de la obsesión de su hermana menor, era Sarada quien merecía tener la oportunidad de ser feliz, no Izumi que no hacía sino aferrarse ante un absurdo capricho, esa ridiculez llamada "amor" por parte de la pelicastaña debía terminar.

-Ha llegado a mis oídos que Boruto y tú se reúnen frecuentemente este último tiempo—menciono la pelicastaña con toda intención posible de hacer sentir incomoda a su hermana que se mantuvo imperturbable, ignorando sus intenciones, frustrándola de forma inmediata, -no intentes hacerme pasar por tonta—sentencio Izumi, sujetando bruscamente el brazo de Mikoto que no cambio ninguna de sus expresiones para ira de su hermana, -estas casada y tienes interés en él—critico sintiendo asco de su hermana y las intenciones que tenía, como parecía ser capaz de olvidar a su esposo para intentar cambiarlo por otro hombre. Solo necesitaba una palabra de ella y lo comprobaría, pero desgraciadamente Mikoto no daba indicio alguno por contestarle, -si es así olvídalo o le diré todo a nuestra madre—amenazo Izumi.

Zafándose bruscamente y sin cuidado alguno del agarre de su hermana, Mikoto no se dejó intimar, no se dejó llevar por la ira y la tempestad que deseaba nacer de ella ante semejante acusación, pero sabía que era mentira, eso—cuando menos—le permitía mantener la calma como sabia habría de hacer su madre de encontrarse en su lugar. No podía olvidar quien era y como debía comportarse…por más que Izumi aparentemente lo hubiera olvidado a causa de su obsesión.

-Anda entonces—alentó Mikoto, no teniendo miedo en lo absoluto por la errónea idea que su hermana estaba conjeturando, -hazlo y veremos qué pasa porque no existe nada entre Boruto y yo—rebelo con una expresión fría y desinteresada.

-Ya te lo advertí—recalco Izumi, prestando oídos sordo ante su aclaración, -lo que sea que pienses es cosa tuya—espeto.

No necesitando o queriendo una respuesta—porque simplemente no iba a creer en las palabras de su hermana—Izumi se sujetó la falda del vestido para no tropezar, pasando junto a su hermana mayor que entorno los ojos al saberse sola, —o de no ser por sus doncellas—había llegado la hora de destruir esta farsa llamada "amor", era el momento de que su madre supiera que es lo que Izumi estaba haciendo.

-Kami dame paciencia—murmuro Mikoto.

Era el momento de que el romance de Izumi saliera a la luz.


Almorzar juntos era una experiencia, cuando menos, poco común para ambos en la actualidad. No porque no disfrutaran de ella, sino porque apenas y tenían tiempo para estar junto de esa manera, por ello la ocasión era aún más agradable, observándose entre sí en esa oportunidad que resultaba tan placentera para ambos, o cuando menos para Sasuke que dejo de comer al ver a su esposa y Sultana completamente alejada de la realidad, claramente manifestando los síntomas más notorios del embarazo, disgustando la comida de su plato sin pensar en nada…o por lo menos hasta sentir la mirada divertida de su esposo sobre ella.

-No me mires así, tengo hambre—justifico Sakura.

El Uchiha se encogió de hombros, con fingido desinterés. En el fondo verla actuar así traía viejos y muy agradables recuerdos a su mente, cuando había llegado al Palacio, cayendo sobre él, aquella primera noche juntos en que lo había mordido…ella era diferente del resto de las personas que lo rodeaban, y lo mejor de todo es que jamás era falsa, su inocencia no había desaparecido del todo, seguía ahí, le servía como un arma mediante la cual fortaleceré así misma, impulsarse a no rendirse sin importar lo que pasara…ella podía superar lo que estuviera en su camino y—a su lado—Sasuke sentía que era capaz de todo, lo que fuera.

-Provecho—alentó Sasuke, divertido al verla perder la compostura, -siempre tendrás a tus pies todo cuanto desees—declaro con absoluta sinceridad.

Dando otro bocado a su almuerzo, Sakura lo observo dudosa de sus aseveraciones. Si pudiera tener todo cuanto desearía podría estar sentada a sus lado en las reuniones del Consejo Real, podría quitarle responsabilidades para pasar más tiempo juntos, no habrían responsabilidades ni deberes que los separaran como siempre sucedía…definitivamente no podía tener todo cuanto deseara porque eso significaría que él no tendría que ser Sultan, y tal vez así nunca lo hubiera conoció. Esa, sin lugar a dudas, era una vida que no quería imaginar siquiera.

-Menos a ti—refunfuño la Sultana.

-¿Y porque estoy casado contigo?—inquirió el Uchiha

La pelirosa entreabrió los labios para debatir sus palabras justo ante de ser silenciada por un beso que le quito el aliento, entregándose a esa sensación, al agradable calor que provocaba en su cuerpo el tacto de él, el sentirse entre sus brazos para olvidar de absolutamente todo, de los problemas, Naoko, Koyuki, los rebeldes, los peligros…todo.

-Touche—murmuro Sakura contra los labios de él.


Volar exactamente era complicado o eso se decía Metal Lee, sosteniendo aquellas alas hechas de madera—la más ligera que había podido encontrar hasta entonces—y unidas a lienzos lo bastante tensos y aerodinámicos para su "vuelo de prueba". Había elegido una planicie relativamente alta desde donde descender a plena carrera, suponiendo que—en la trayectoria pensada—el aire pudiera levantarlo como tenía planeado, y si bien no tenía miedo…sentía nervios de no poder hacer lo que deseaba, solo era una ambición inocente y esperaba no recibir condena celestial por causa de eso.

-Kami, tú me conoces, he hecho muchas cosas malas hasta hoy pero nunca he ofendido a nadie—intento justificar Metal Lee, orando y planeando volar de una sola vez. -Ahora intento volar—menciono, sonriendo a los cielos y esperando que su simple sueño no fuera una ofensa al creador, -no me dejes, no me desampares—pidió finalmente.

-¡Metal Lee!

Entornando los ojos—ya que había sido interrumpido justo cuando se disponía a intentar volar—Metal Lee volteo a ver quién había gritado, encontrándose con su fiel e incondicional amigo Naka que, a toda carrera, lo alcanzo desesperadamente, pidiéndole con la mirada que no volara, o cuando menos no aun. Metal Lee no quería sonar egoísta pero llevaba semanas planeando aquello, esperando poder cumplir con su intento y volar ya que el Sultan le había permitido hacer aquello que estimase conveniente, aprobando su teoría.

-Espera—pidió Naka, frenando su carrera y tomando aire de forma continúa antes de decidirse a hablar. -¿Hoy pensabas intentarlo?, ¿Sin despedirte, sin decir adiós?—cuestiono el pelicastaño, claramente ofendido por la decisión de su amigo.

-Adiós—dijo el pelinegro simplemente.

No creyendo necesario hablar más, Metal Lee volvió su vista al frente, dando dos pasos antes de ser sujetado por el cuello de la chaqueta, forzado a voltear a ver a Naka que lo interrumpía en el momento propicio, cuando tenía todo listo, cuando solo faltaba su intención para volar como tanto deseaba.

-No lo hagas, tonto—pido Naka, no pudiendo evitar evidenciar su temor ante lo que pudiera suceder.

-Naka, ya suéltame—se zafo el pelinegro, harto del tiempo de prueba que estaba perdiendo, quería intentarlo y ver que debía mejorar, que debía mantener y que cambiar. -Apártate y mira—indico Metal Lee, ansioso por la idea de surca los cielos como deseaba.

-¿Estorbo?—cuestiono Naka, divertido ante la expresión de frustración en el rostro de su amigo.

-Me tapas el viento—critico Metal Lee.

Apartándose tal y como creía que no molestaría a su amigo, Naka se cubrió los ojos, esperando no ser partícipe de un suicido cuando menos. Sin otro obstáculo en su camino, Metal Lee retrocedió cinco pasos escasamente antes de—tan rápido como le fue posible—iniciar una carrera frenética en pendientes justo al borde que delimitaba la cima con la caída. El aire que soplo en el ese instante y su afán de velocidad permitieron que—en efecto—el aire envolviera aquellas alas y lo elevara sobre el aire.

-¡Estoy volando, Naka!—grito Metal Lee a pleno pulmón

Descubriéndose los ojos, Naka contemplo anonadado como—en efecto—su amigo era levantado establemente sobre el aire, cual ave, en una estabilidad absolutamente perfecta, increíble, incapaz de asimilar siquiera, pero tal y como se mantenía estable en el aire, su postura comenzó a variar al igual que el aire que lo sostenía y su original impulso que—desapareciendo rápidamente—lo envió en descenso contra el suelo en una caída lenta pero dura que asusto a Naka que no tardo en emprender carrera inmediata hasta donde se encontraba su amigo.

-¡Te dije que ibas a caer!, ¡Te dije que aterrizarías de cara!—grito Naka, no sabiendo si reír o que, corriendo a toda prisa a donde había caído su amigo, apresurándose a más no poder ante la simple idea de que se hubiera quebrado un hueso. -Si algo te pasa, ¿Qué le diré a las mujeres que dejas aquí?—cuestiono Naka, aterrado ante la sola idea. -¡Esas mujeres me mataran!—grito, nervioso, llegando junto a su amigo.

Adolorido por la caída, pero sintiéndose lo bastante bien como para levantarse, Metal Lee que se quitó las alas de la espalda con ayuda de Naka, dejándolas caer sobre el suelo sin demasiado cuidado. Tenía muchas cosas que pensar y lo que había concluido ante su caída era que esas alas no le servían, necesitaba hacer unas nuevas, más ligeras y a su vez maniobrables, necesitaba algo más que solo el impulso para mantenerse en el aire, una forma para gobernar por su cuenta si caer o elevarse todavía más.

-Solo quería volar un poquito—justifico Metal Lee, estirando y escuchando el sonido de las vértebras de su columna al moverse. -Estoy bien, Naka—aclaro el pelinegro, un tanto agotado de solo escuchar los alaridos nerviosos de su amigo.

-Dime, ¿Qué hago si te pasa algo?, ¿Qué le digo a esas mujeres?—repitió la pregunta el pelicastaño, molesto porque su amigo no entendiera la seriedad del asunto y cuanto se había arriesgado.

-Me equivoque—comento Metal Lee en voz alta, perdido en el cielo y tomando apuntes mentales, notas que más tarde habría de pasar al papel, -la distancia y la altura no fue suficiente, la trayectoria debe ser modificada—murmuro para sí mismo.

Naka, parpadeando con incredulidad, negó ante las palabras de su amigo que no lamentaba su caída, su riesgo ni cuan grave o trágicamente hubiera acabado todo de no haber tenido el debido cuidado. Era imposible que alguien cuerdo quisiera emprender vuelo nuevamente, absolutamente absurdo a su entender.

-¿Acaso te rompiste la cabeza?—indago Naka, absolutamente incrédulo de lo que oía decir a su amigo que no parecía afectado, en lo absoluto, por la caída. —Casi mueres, estas completamente loco—critico el pelicastaño, sabiéndose ignorado por su amigo que sonreía y reía como un auténtico tonto, no, un loco. -¿Qué quieres hacer ahora?, ¿Quieres volar otra vez?—cuestiono Naka esperando que, esta vez, su amigo sentara cabeza y pusiera los pies en la tierra.

-No arruines mi felicidad—pidió Metal Lee, perdido en sus pensamientos pero lo bastante concentrado como para escuchar las divagaciones de parte de Naka, -se supone que eres mi amigo—recordó.

Metal Lee, perdido en sus pensamientos, comenzó a caminar de regreso hacia la ciudad, olvidándose por completo de su amigo que—quedándose atrás—cargo sus alas, avanzando apresuradamente hacia él que parecía ajeno a todo, completamente sumido en sus propias divagaciones como para dejarse preocupar por los nervios de su amigo que lo sujeto del hombro, impidiéndole avanzar.

-Oye—zarandeo Naka, deteniendo el andar de su amigo que entorno los ojos, esperando una reprimenda, -lo importante es que estas bien—menciono agradecido.

No iba a conseguir sacarle la idea del vuelo de la cabeza…pero cuando menos seguía vivo.


Sakura observo expectante las puertas de sus aposentos abrirse tras su orden, cerrando el libro que se había encontrado leyendo, de un excelente buen humor como para permitirse ser perturbada por cualquier problema en ese momento, pero la aparición de su hija Mikoto le dio a entender que tal vez no se trataba de un problema precisamente, o eso es lo que Sakura quería creer.

-Madre—reverencio Mikoto respetuosamente.

-Mikoto—saludo Sakura con una sonrisa, viendo maximizado su espléndido buen humor por la presencia de su hija. -¿Ocurre algo?—indago notando algo nerviosa a Mikoto.

No iba a mentir, esta vez iba a ser clara e iba a delatar a Izumi porque ya no soportaba sus aires de egolatría y grandeza, no cuando quien merecía tener la oportunidad de volver a amar no era otra que Sarada. Izumi no necesitaba a alguien como Boruto, más bien—y por más que le sorprendiera admitirlo—necesitaba a alguien como Mitsuki, sereno y tranquilo, alguien que apaciguara sus ánimos. Por el bien de su hermana, tenía que hablar.

-No sé cómo decirlo—titubeo la Sultana pelirosa, muy consciente de lo que iba a decir y porque, para dejarle el camino libre a Sarada y para hacerle entender a Izumi el camino intransitable que estaba siguiendo, -Izumi tiene un romance secreto—rebeló Mikoto causando la impresión y temor de su madre que entendía mucho más del protocolo, incluso que ella, -está enamorada de Boruto—aclaro la Sultana.

La pasividad y dulzura en el rostro de Sakura fue reemplazada, de manera inmediata, por la ira más profunda que hubiera podido sentir…


Las palabras de Mikoto habían sido más que suficientes, un testimonio, una prueba irrefutable que Sakura había dado por hecha antes de abandonar sus aposentos y partir apresuradamente—dejando incluso a su sequito atrás—a los aposentos de su hija menor, abriendo las puertas por su cuenta, sorprendiendo a Izumi que se había encontrado en una prueba de vestuario junto a las modistas. Sakura no pudo evitar observar son desdén tal gesto, ¿Por qué arreglarse más si ya tenía un armario con más de cien vestidos? Al parecer, en efecto, las palabras de Mikoto eran completamente ciertas, Izumi tenía a alguien en su corazón.

-Salgan, déjennos a solas—ordeno Sakura.

De forma inmediata, y ante las órdenes de la Sultana, tanto el sequito de su hija como la modista se hubieron retirado respetuosamente, reverenciándola y no dándole la espalda en ningún momento, pero semejantes pruebas de lealtad no significaron nada para Sakura que únicamente se concentró en su hija menor.

-Madre—reverencio Izumi, dudosa del porque para la repentina aparición de su madre, -¿Qué pasa?—indago ante la iracunda mirada de su madre.

-¿Olvidas el protocolo Izumi, las normas, el comportamiento que una Sultana debiera tener?—cuestiono Sakura, apenas y pudiendo controlar su ira ante lo que acababa de descubrir, viendo a su hija bajar la mirada, no avergonzada sino que temerosa al saberse descubierta. -Tienes trece años, no deberías perseguir a un hombre, ¿Cómo osas comportarte así?—cuestiono Sakura con un tono de voz más fuerte, apretando los puños a causa de la ira, preguntándose en que había errado para que su hija no entendiera las normas a seguir. -¿Cómo osas mancillar la reputación del Imperio con un amor infantil?—critico duramente.

-¡No es infantil!—reprocho Izumi, alzando la voz

Las puertas se abrieron de forma repentina haciendo que la inmediata atención de Izumi y Sakura se dirigiera a ellas, haciendo sentir incomoda a Sarada apenas entro. La Uchiha vestía unas halagadoras galas blancas de escote corazón levemente rebajado y mangas ajustadas hasta los codos—holgadas hasta cubrir las manos—y sobre estas una chaqueta superior color purpura bordada en hilo color negro, cerrada bajo el busto y abierta a la altura del vientre, de mangas hasta los codos, bordada en hilo de oro en los codos, una línea horizontal baja el busto hasta el vientre y los bordes del escote redondo que se cerraba alrededor del cuello. Sobre su largo cabello azabache—que caía sobre sus hombros como una marea de rizos—se encontraba una sencilla corona de oro en forma de flores de jazmín a juego con un par de pequeños pendientes de cristal en forma de lágrima.

-Madre—reverencio Sarada un tanto confundida ante la situación que contemplaba y de la que apenas y entendía que pasaba, -¿Qué sucede?—inquirió la Sultana Uchiha.

-¿Cuánto sabias de esto, Sarada?—exigió saber Sakura, sintiendo que ya no podía confiar ni siquiera en sus propias hijas, era algo simplemente denigrante, ¿Cómo hacían eso a sus espaldas?, -dímelo—ordeno Sakura.

Con solo escuchar el tono exigente en la voz de su madre y la mirada sutilmente suplicante de parte de Izumi, rogándole que guardara silencio, Sarada hubo inferido que su madre por fin sabia del interés de Izumi por Boruto. Hubiera deseado poder decir que Boruto la amaba a ella y que, por ende, Izumi no tenía nada que ver pero…no era tan egoísta, no podía solo anteponer su felicidad por sobre el amor que su hermana creía sentir por el Uzumaki.

-No sé de qué hablas—mintió Sarada, mordiéndose la lengua, odiándose a si misma.

No acostumbraba a mentir a su madre, de hecho, jamás lo había hecho hasta ese momento, pero Izumi no merecía meterse en un problema, no en ese instante, o cuando menos no involucrarla a ella que nada tenía que ver en su obsesión amorosa, pero debía fingir que era ajena todo aquello, que no tenía conocimiento alguno de este interés por parte de su hermana menor.

-Izumi está interesada en Boruto y parece no mostrar reparos en insistir ante algo que no debería ser—juzgo Sakura, observando con decepción a su hija menor que evadía insistentemente su mirada, -no sin el consentimiento del Sultan—espeto con desdén.

La Uchiha volteo a ver a su hermana con tanta sorpresa como le fue posible, dándole una sutil critica con la irada que—afortunadamente—su madre no fue capaz de notar, mas centrada en Izumi que en ella.

-Izumi, ¿Cómo pudiste?—interrogo Sarada, fingiendo tanta incredulidad como le fue posible, hiriéndose así misma por mentirle a su madre.

Sakura aparto su mirada de Izumi antes de centrarla sobre Sarada que, extrañamente, no parecía tener idea alguna de este "amor" de parte de Izumi hacia Boruto, lo calificaba así ya que—conociendo a su hija, y a Boruto—un romance así nunca podría tener lugar, Izumi era una niña a ojos de Boruto, literalmente, nunca podría verla de otra forma, no se lo permitiría su conciencia, no cuando el mismo la había visto crecer en el Palacio a lo largo de los años.

-Entonces, ¿No sabias nada de esto?—indago Sakura, omitiendo su confusión.

-¿Cómo podría?—replico Sarada con un tono suave y respetuoso, inmersa en su actuación. -Tú serias la primera en saberlo, madre—prometió la Sultana.

La pelirosa asintió, conforme ya que, en efecto, Sarada jamás le mentía, no tenía necesidad de hacerlo. Pero Sakura se dio cuenta de que lo hacía, le estaba mintiendo, lo notaba por cómo se sujetaba las manos, no sabía la razón pero sabía que no solo se trataba del romance de Izumi, parecía incluso que se trataba de algo que la implicada a ella, pero prefería no indagar en el tema, la lealtad individual de Sarada hacia ella, el Sultan y el Imperio acabaría por hacerla hablar, lo sabía, y de no ser así se enteraría de todas formas de lo que sea que fuera a suceder más adelante.

-Sea—sentencio Sakura, sabiendo que, como siempre, podría confiar indiscutiblemente en su hija Sarada. Aun profundamente molesta, Sakura giro su rostro hacia Izumi que, dudosa, levanto levemente la mirada. -Escúchame bien Izumi, aun no tienes la edad para decidir sobre tu vida y hasta que tu padre y yo no decidamos algo, tú no tienes derecho a desafiarnos, entiéndelo—dictamino Sakura.

Sarada reverencio debidamente a su madre que, no viendo otro motivo para interrogar a Izumi, se retiró sin más dilación. Ya a solas, Sarada le dirigió un mirada tan iracunda a su hermana que casi fue idéntica a una de las miradas de su padre, haciendo estremecer a Izumi que, sin embargo, -por osadía—no bajo la mirada pese a sentirse intimidada y nerviosa.

-No volveré a mentir por ti—prometió Sarada, más molesta con su hermana de lo que hubiera podido recordar. -Termina con esto—sentencio la Uchiha.

Sujetándose la falda del vestido para no tropezar, Sarada le dio la espalda a su hermana, chocando sus nudillos escuetamente contra las puertas que le fueron abiertas inmediatamente a su orden, permitiéndole marcharse sin voltear ni una sola vez. Se estaba cansando de mentir y ocultar sus sentimientos.

¿Cuánto más habría de esperar?


El Sultan Sasuke se encontraba de un humor excelente, claramente por el radiante aspecto que volvía a tener su esposa tras ese breve periodo de tristeza, aprovechando su breve instante libre aquella tarde para cenar en compañía de Midoriko y sus nietos Sasuke y Mikoto.

Boruto sonrió respetuosamente a la Sultana Midoriko que se detuvo frente a él, inclinando su cabeza a modo de saludo. La Sultana vestía unas sencillas galas blancas de escote redondo y mangas ajustadas al brazo—abiertas cual lienzo—bajo una chaqueta superior celeste grisáceo de aspecto metálico con marcadas hombreras y cerrada bajo el busto. Su largo cabello violáceo caía libremente tras su espalda, adornado por una corona de oro, diamantes y cristales—que sostenía un largo velo blanco que se arremolinaba sobre sus hombros para cubrir su escote—a la par con un par de pendientes en forma de lágrima.

-Sultana—reverencio Boruto, observando enternecido a los pequeños hijos del Príncipe Daisuke, -el Sultan la está esperando—garantizo.

-Gracias, Boruto—sonrió Midoriko, extrayendo un delgado rollo de papel de entre el interior de la chaqueta de su vestido, tendiéndosela a Boruto que la observo confundido. -De la Sultana Sarada—aclaro en un murmullo casi inaudible, por temor a que alguien más escuchara.

Boruto lo recibió apresuradamente, ocultándolo bajo la muñequera de su traje, ansiando la oportunidad de leerlo en privado en sus aposentos, no en un lugar tan publico donde la reputación de su Sultana pudiera ser mancillada. Sonriente, Midoriko volteo a ver a sus hijos.

-Sasuke, Mikoto, vamos—indico Midoriko, avanzando hacia las puertas de los aposentos del Sultan.


La noche acaba de caer hacia solos unos momentos sobre el Palacio, oportunidad que Koyuki había tomado para llamar a la partera que la había revisado meticulosamente, esperando recibir una noticia beneficiosa, alegre y venturosa para su corazón, esperando que lo que sentía por Daisuke desembocara en un fruto, en una vida que ella pudiera amar tanto como lo amaba a él.

-¿Qué sucede?—pregunto Koyuki, ansiosa por escuchar un sí, desesperada por saber si estaba embarazada o si habría de esperar más tiempo, -¿Estoy embarazada?—inquirió, emocionada.

Guardando su instrumental, la partera volteo a ver a la Princesa así como a la Sultana Izumi que, sentada sobre la cama, esperaba igual de ansiosa una respuesta. Puede que la discusión con su madre la hubiera hecho sentir tristeza momentáneamente pero, como siempre, pasar tiempo con Koyuki conseguía animarla en demasía, tanto o más de como planeaba, esperando que la partera diera su veredicto, emocionada ante la idea de tener otro sobrino o sobrina.

-Temo decir que no, Princesa—manifestó la partera en un tono lo más estoico posible gracias a la lealtad que le tenía a la Sultana Sakura. -No sé cómo decirlo pero…- fingió dudar la mujer, actuando tan perfectamente como la Sultana le había indicado, sabiendo la amenaza que era la Princesa, -no podrá tener hijos, parece ser estéril—sentencio la partera.

No sabiendo cómo reaccionar ante aquellas palabras, Izumi atino a buscar paz y calma de donde le fuera posible para mantenerse digna como se suponía que debía actuar una Sultana, pero por más que el diagnostico no fuera para ella, Izumi no consiguió evitar sentirse mal con solo escuchar a la partera.

-Puedes retirarte—indico Izumi en tanto fue capaz de reaccionar

Koyuki bajo la mirada, incrédula, no pudiendo procesar aquellas palabras, no sabiendo si habían ido pronunciadas de aquella forma, no sabiendo si ella las había entendido mal pero…había un error, debía haberlo, era imposible que eso fuera cierto, era imposible que ella fuera estéril, no tenía sentido alguno, ¿Por qué ella?, ¿Qué le diría a Daisuke?

-Tranquila Koyuki, es solo una suposición—dudo la Sultana, sosteniendo una de las manos de la Princesa entre las suyas, -habrá alternativas, aun eres joven—animo Izumi.

-La Sultana Izumi tiene razón—secundo Yugito, sentada junto a la cama donde se encontraba la peliazul, -Princesa, debe haber un error—intento esclarecer la rubia.

Sus periodos, hace semanas atrás, habían sido demasiado largos, no había parado de sangrar hasta tomar un té especialmente preparado por los médicos del Palacio su cuerpo no estaba actuando como siempre y sabía que debió de haber intuido algo, algo que le indicara que no estaba preparada para ser madre, algo que le dijera que nunca podría ser madre, pero apenas ahora venía a enterarse y de esa forma tan dolorosa.

-Nunca podre…- para Koyuki siquiera resulto una tortura decir aquellas palabras, incapaz de imaginar que pasara con ella…Daisuke dejaría de amarla, -tener hijos—concluyo escasamente.

-Aún es pronto—debatió Izumi, insistente en su idea, -solo Kami sabe lo que depara el futuro—espeto la Sultana, intentando, a su vez, creer en ello.

Las voces, las explicaciones, los murmullos, toda palabra dicha o pronunciada no significo nada para Koyuki que hizo todo cuanto estuviera en su poder para mantenerse serena, no consiguiendo creer lo que había dicho la partera pero sabiendo que, en el fondo, era cierto.

-Salgan todos, déjenme sola—pidió Koyuki.

Tragando saliva de forma inaudible, Izumi soltó cuidadosamente la mano de Koyuki, volteando a ver a lady Yugito e indicándole que—como Koyuki había pedido—la dejaran a solas. La Sultan se levantó de la cama y avanzo lentamente hacia las puertas, seguida por el sequito de la Princesa, volteando a ver a Koyuki una vez más. Con la mirada perdida en la nada, Koyuki solo escucho el ruido de la puerta cerrándose antes de enterrar el rostro en la almohada con un grito de dolor que afortunadamente fue sofocado.

Nunca podría ser madre.


Llegar al Palacio de noche era una oportunidad única, la luz de las antorchas y candeleros daban a cada pieza y trozo de mármol un aspecto dorado que Aratani contemplo con auténtica fascinación, añorando ese Palacio en sus sueños desde hacía ya tantos años, soñando con volver a estar ahí y servirle a la Sultana Sakura que era como una madre para ella.

La pelicastaña lucía un sencillo vestido violeta de escote redondo y mangas holgadas hasta casi cubrirle las manos y sobre este una chaqueta del mismo color bordada en hilo de oro para emular flores de cerezo a la par de una diadema de tipo cintillo sobre su largo cabello, pero pese a su encantador y muy agraciado físico, Aratani no reparo jamás en su persona sin en lady Ino que caminaba a su lado, guindola y no habiendo dicho una palabra entre los breves instantes que habían trascurrió tras recibirla en las puertas del Palacio.

-Han pasado muchos años, señorita Aratani—menciono Ino volteando a verla, no pudiendo evitar recorrer de arriba abajo a la joven con su mirada.

-Es un honor volver a pisar este Palacio, lady Ino—comento Aratani, observando las paredes de mármol decoradas con oro, sintiéndose observada por las doncellas, concubinas y guardias en su camino, pero no con envidia sino reconocimiento, -sigue tan hermosa como la última vez que la vi—alago sinceramente la pelicastaña.

Deteniendo su andar, Ino observo conmovida a Aratani que como siempre hacia alarde de su buen corazón y completa honestidad, agradecida en el fondo que la distancia no la hubiera cambiado más allá de lo necesario ya que ahora no era la misma niña que había dejado el Palacio, era una mujer hecha y derecha, hermosa y con el mismo aire de ingenuidad y nobleza de la Sultana Sakura, verdaderamente parecía emular a la Sultana en sus días pasados y eso le granjearía oportunidades simplemente majestuosas.

-Y tú tan radiante como un capullo de rosa que ha florecido—adulo la Yamanaka, simplemente maravillada de contemplar la joven en que Aratani se había convertido. –Acompáñame—indico Ino, reanudando su andar y siendo diligentemente seguida por ella, -la Sultana Sakura ha dispuesto unos aposentos para que pases la noche y mañana te integraras al harem con las demás, teniendo más privilegios, desde luego—menciono suspicaz esto último.

-Eso no me importa, lady Ino—reconoció Aratani, sorprendiendo a la Yamanaka que la observo confundida, -solo deseo volver a ver a la Sultana—añadió con genuina preocupación, -me preocupa su frágil salud ante todos estos problemas—menciono con tristeza.

Haberse enterado por medio de una carta del atentado contra la Sultana y—últimamente—de sus decaimientos y turbulentos periodos de depresión la preocupaba en exceso. Había aprendido medicina en el Palacio de la Sultana Shina y esperaba, cuando menos, poder ser de ayuda para la Sultana, pagando todo cuanto le había dado desde que era niña, sirviéndole de forma devota y diligente.

-Kami mediante, no la perderemos—rogó Ino.

-Amén—secundo Aratani, orando devotamente porque la Sultana Sakura nunca los abandonara, ni al Imperio, ni a ella, ni al Sultan, los Príncipes o Sultanas. -Extrañe este Palacio, lady Ino—comento Aratani, sintiendo las fuerzas necesarias para hacer todo cuanto fuera necesario, para cumplir con las ordenes de su Sultana, -espero no defraudar las esperanzas que el Sultan y la Sultana tienen de mí—murmuro esto para sí misma.

Tal vez su deber fuera enamorar al Príncipe Daisuke pero…no sabía si ella podría enamorarse de él, solo sabía que les debía lealtad al Sultan Sasuke y sobre todo a la Sultana Sakura, ese era su verdadero propósito:

Servir a la Sultana Sakura.


PD: prometí actualizar hoy y lo cumplo :3 Aratani ha llegado al Palacio y próximamente se encontrara con Daisuke, Koyuki no puede ser madre y por otro lado Izumi ya esta bajo la atenta mirada de su madre, ¿Qué sucedera en el proximo capitulo? lo dejo a la imaginación de ustedes, obviamente :3 dedico esta actualización, como siempre a DULCECITO311 (cuyos comentarios adoro, prometiendo actualizar su fic "La Bella & La Bestia" mañana :3) y a Adrit126 (a quien prometo actualizar su fic "El Emperador Sasuke" el jueves o viernes) :3 gracias mis queridos y amados lectores, cariños, besos, abrazos y hasta la próxima :3