-La historia es de mi completa autoria más esta ligeramente basada en la segunda temporada de la serie "Kósem La Sultana" producida por Timur Savci y ahora protagonizada por Nurgül Yeşilçay (Sultana Kösem) y Metin Akdülger (Sultan Murad IV). Los personajes son propiedad de Masashi Kishimoto, más su distribución y/o utilización corre absolutamente por mi cuenta para la dramatización de la historia.
Capítulo 19
La Sultana Sakura espero pacientemente a que tocaran a las puertas de sus aposentos, a que alguien entrara y le dijera que ese tormento que había resultado tan doloroso para ella finalmente hubiera terminado, el tiempo, los segundos, todo pesaba sobre su persona mientras esperaba ansiosamente. Las puertas de sus aposentos se abrieron lentamente con un chirrido haciendo que la Sultana volteara, encontrándose con la llegada de su hijo Daisuke que, visiblemente, parecía mayor de lo que era, asustado, temeroso y manteniendo la mirada baja, casi como si intentara cumplir con las normas de protocolo en todo momento.
-Madre- saludo Daisuke más bien en un murmullo que no pasó desapercibido para Sakura.
Ver a su hijo así de temeroso de todo cuanto lo rodeara, pese a ocultarlo, resulto un puñal dolorosamente hiriente para Sakura que no hizo sino abrazarlo con todas sus fuerzas, haciéndolo reposar su cabeza contra su hombro, arrullándolo en sus brazos como cuando no era sino un niño, sintiéndolo abrazarla a modo de respuesta, impregnándose con el amor que ella se esforzaba en trasmitirle a cada instante.
-Daisuke, mi rayo de sol- arrullo Sakura, besando el costado del cuello de su hijo, rompiendo débilmente el abrazo, pero manteniendo una perfecta cercanía con él, sujetándose de hombros y viéndolo a él buscar serenidad en su presencia. -¿Estás bien?- se preocupó la Sultana.
Una triste sonrisa se pasmo en el rostro de Daisuke ante el interés de su madre. Nunca, jamás, podría olvidar aquellos dos eternos días en que había estado encerrado, escuchando claramente los delirios de los dos locos que habitaban las alas contiguas, sus preocupaciones y temores de ser ejecutados por el Sultan en cualquier momento. Quería creer que su padre no era un hombre cruel, pero comenzaba a dudar de ello, ¿Cómo es que un padre podía hacer algo así contra uno de sus hijos? Ya fuera normal, esperable o lo que fuera, Daisuke estaba determinado a vivir esta vez, a apegarse las normas y fingir estupidez si hacía falta pero sería Sultan, seria digno del amor que su madre le profesaba y la haría Madre Sultana, quería tener la oportunidad de reinar y sacrificaría lo que hiciera falta para ser un buen Sultan.
-Tanto como puedo estarlo, madre- respondió Daisuke únicamente.
Sakura sintió su corazón oprimirse ante estas apalabras. Había intentado intervenir sutilmente, como se esperaba que hiciera una mujer, que no podía cruzar la línea, no cuando era la esposa del Sultan y se esperara que ella fuera la primera en acatar y hacer su voluntad, quien siempre estuviera a su lado y así era…pero resultaba igualmente difícil que eso mantener la paz entre un padre y su hijo, evitar la discordia que reinaba en el Palacio, ninguna carga era más pesada que esa.
-Intente interceder, pero sabes lo difícil que resultaba- intento animar Sakura, sosteniendo las manos de su hijo entre las suyas.
-Lo entiendo- respondió Daisuke, mecánicamente pero valorando de sobremanera el amor de su madre. El Uchiha zafo el agarre de su madre sobre su persona, cosa que preocupo claramente a la Sultana, -lo mejor será que regrese a mis aposentos- justifico.
El tono de voz de Daisuke, su mirada y los desconcertantes pensamientos que rondaban por su mente preocupaban enormemente a Sakura que conocía a su hijo y comprendía inmediatamente que algo estaba mal, que debía hacer algo, que debía evitar que otra catástrofe tuviera lugar. La Sultana sujeto el brazo de su hijo, impidiéndole marcharse, levantando una de sus manos para acariciar su rostro, sintiéndolo vacilar en su mostrar sentimiento o no, claramente asustado de todo cuanto pudiera encontrarse a su paso, marcado por el tiempo que había pasado en los Kafer.
-Hijo, veo el miedo en tus ojos- razono Sakura con voz suave, sintiendo su pecho oprimirse al ver así a su hijo, -el miedo hacia tu padre, pero él solo ha hecho esto por tu bien-añadió Sakura viendo a Daisuke bajar la mirada con vergüenza, sabiéndose descubierto, -sé que no lo comprendes ahora pero, si eres el destinado a ser Sultan tras él…- aludió Sakura siendo que los tiempos de paz podían cambiar, por más que ella no lo deseara: Sasuke podía morir y ella tendría que determinarse a velar por sus hijos, Daisuke debía entender ese punto, los sacrificios que todos deberían hacer, -estas decisiones deben tomarse- señalo viendo asentir a Daisuke que parecía comprender sus palabras, -el Imperio está por encima de todos nosotros, no lo olvides- pidió la Sultana.
En el pasado, no haber pensado en todo cuanto sabia ahora había sido un error, había perdido a dos hijos por causa de ello pero esta vez no sucedería, esta ve antepondría a sus hijos por sobre su propia vida, prefería morir mil muertes horribles antes que permitir que lastimaran a sus hijos, prefería soportar torturas inimaginables pero esta vez seria Madre Sultana, antepondría el Imperio por sobre su propio corazón si hacía falta, pero impediría el derramamiento de sangre y las batallas fútiles.
-Lo sé, madre-aseguro Daisuke, colocando su mano por sobre la de su madre, que se encontraba en su mejilla, -así como sé que el Sultan es el gobernante del mundo antes que mi padre, solo es…- menciono con disgusto, aludiendo a su padre, pero más que nada a sus propias preocupaciones sobre el futuro, -difícil hacerme del todo a la idea- dijo finalmente, resignándose a ser ajeno de muchas cosas.
La Sultana levanto su otra mano, acariciando de igual modo el rostro de su hijo antes de depositar un beso sobre la frente de Daisuke, clavando su mirada en él, recordando al niño que había estado a su lado en tantos momentos, el niño que seguía ahí y que solo se había dejado turbar por Koyuki, pero que-ahora-sería devuelto a la cordura como debía ser. Las cosas no podían ser de otro modo.
-Siempre estaré contigo hijo, no importa lo que pase- prometió Sakura solemnemente, jurándose a sí misma el vivir tanto o más de lo que hiciera falta o fuera necesario, -duerme, descansa y tranquiliza tu mente- pidió la pelirosa con voz suave, deshaciendo sus caricias sobre el rostro de su hijo, tomando las manos de él, y besando sus nudillos, encomendándole de forma omnisciente que fuera fuerte y paciente, -todo será diferente a partir de mañana- prometió.
-Gracias, madre- accedió Daisuke, inclinándose para depositar un beso sobre la mejilla de su madre.
Sakura sonrió radiante ante su gesto, viendo el miedo apenas y destilando en los orbes ónix de su hijo, más sereno por esa conversación, con sus promesas de presencia incólume, dispuesta a ser su soporte, su pilar, su respaldo en todo cuanto el pudiera desear. Era su madre, su deber era estar ahí para él. En cuanto las puertas de sus aposentos se abrieron para permitir la partida de Daisuke, Sakura observo un tanto confundida la aparición de Ino que reverencio respetuosamente al Príncipe antes de detenerse ante la Sultana.
-Sultana- reverencio la Yamanaka con un aire inusualmente animoso y feliz sobre su persona, confundiendo todavía más a la Sultana. -La señorita Aratani ha llegado, esta cómodamente instalada en sus nuevos aposentos- informo Ino.
Todo pensamiento confuso en la mente de Sakura no hizo sino desaparecer ante la simple de mención de Aratani y su llegada al Palacio. Llevaba años extrañando a esa niña que se había vuelto como una de sus hijas, por quien había velado de forma insistente a pesar de la distancia. La había designado para servir a su hija Shina, no solo por su talento, sino porque la valoraba lo suficiente como para interactuar con una Sultan y ser su mano derecha en muchas decisiones, solo así podría aprender del auténtico significado que exigía ser una Sultana.
-Tráela a verme a primera hora mañana- pidió Sakura, sonriendo de solo imaginar volver a ver a la niña, ahora mujer, que había despedido hacía ya tantos años, -la he extrañado mucho- reconoció Sakura, ansiosa de volver a verla. -Dime, ¿Cómo es?- inquirió la Sultana.
Aratani siempre había sido bella, y no solo exteriormente sino también sus modales, su talento y su actuar prolijo. Podía ser una mujer como cualquier otra, pero su inteligencia e inocencia, a su vez, la harían un arma que habría de defender al Imperio, y la mejor prueba de todo ello era su lealtad incuestionable que siempre probaba de manera dinámica, perfecta y elocuente.
-Como una rosa floreciente, Sultana- alago Ino, aun sorprendida de la belleza que había contemplado n la joven, -es casi tan bella como usted- aludió en un intento por no diezmar el encanto de la Sultana.
-Creo que más- reconoció Sakura, no dándose aires de grandeza, ni considerándose tampoco la mujer más bella del mundo, -ella podrá hacer lo que otras no, tengo fe en ello- garantizo Sakura.
Aratani sería una Sultana.
-¿Algo te molesta?- inquirió Kakashi, manteniendo, temporalmente, la distancia física co su esposa.
La Sultana Mikoto, usualmente, era una mujer de lo más serena, su comportamiento siempre era perfecto y adecuado a todo cuanto pudiera esperarse de ella, pero—al igual que su progenitora—podía estallar violentamente en ataques de ira irrefrenable, de hecho, para su esposo Kakashi—que se encontraba terminando de cambiarse de ropa para dormir—resultaba entre divertido y sorprendente que su hermosa y adorable esposa no hiciera sino protestar en voz alta únicamente ya que—en su experiencia—él podía recordar situaciones mucho más "peligrosas". La Sultana, con su larga melena de rizos cayendo elegantemente sobre sus hombros, termino de acomodar la bata de terciopelo ébano sobre su camisón azul claro, de escote en V y ajustado a su cuerpo bajo su cintura, peinándose tan dignamente como le era posible en aquel incandescente torrente de ira que estaba sintiendo.
-Depende, ¿El que mi hermana menor este involucrándose en un amor que no es correspondido o que me acuse de serte infiel?- Mikoto chillo esto último, a punto de estallar de ira, colerizada como jamás recordaba haberse sentido. -Izumi es una tonta- insulto abiertamente.
El Hatake únicamente suspiro, viendo a su esposa y Sultana alejarse del tocador y detenerse ante la ventana observando el sereno cielo nocturno de brazos cruzados, dándole la espalda para no perder la poca paciencia que apenas y tenía. Las normas decían que una Sultana solo necesitaba decir "me divorcio" tres veces y el matrimonio simplemente terminaba, siendo una Sultana de sangre real ella tomaba las decisiones, en sí, Kakashi dependía de su aprobación y voluntad, pero Mikoto lo amaba y él a ella, le sorprendía que alguien rumoreara de algo entre Boruto y ella porque su esposa jamás daba lugar a habladurías. En ese caso tenia razones de sobra para para estar molesta y él lo entendía.
-No sé si sea tonta- menciono Kakashi. En el acto, la Sultana Mikoto volvió su rostro, observándolo como si fuera un traidor por solo emitir esas palabras, -no estoy justificándola- se apresuró a aclarar el Hatake, -pero muchos querrían ver desplazado a Boruto, consideran impropio que un simple jenízaro tenga tanto poder- justifico con obviedad, avanzando lentamente hacia su esposa, tanteando el terreno.
Ya fuera verdad o no, a Mikoto no le hacía gracia que Boruto fuera tan criticado por la sociedad cortesana, ¿Qué importaba el nivel social? Boruto era de confianza y eso era más que suficiente para ella, para su madre y más que nada para el Sultan, nadie debía inferir lo contrario y sin embargo los rumores abundaban. Si Boruto llegaba a poder casarse con Sarada y se volvía-por ende-yerno del Imperio, los problemas se acabarían ya que accedería inmediatamente a una posición noble, incluso pudiendo volverse Visir si la situación lo permitían.
-Pero su poder viene de su lealtad incondicional, no de otra cosa- espeto Mikoto, con raciocinio.
No dándose cuenta de cuando se había cercado tanto, Mikoto tranquilizo su propio ánimo en tanto sintió los brazos de su esposo alrededor de su cintura, abrazándola por la espalda, sintiendo la respiración de él contra su cuello, Mikoto hizo lo mejor posible por mantenerse cuerda.
-Lo sé, y estoy de acuerdo con ello- animo Kakashi, jugando con las pasiones de su Sultan, sintiendo la piel de ella erizarse con su respiración que retozaba contra el costado del cuello de ella. -Olvidémonos de eso, ¿Si?- planteo Kakashi, levantando sus manso para deslizar la bata de terciopelo de los hombros de su esposa que giro su rostro hacia él, con una sonrisa. -Lo único que quiero ahora es tenerte en mis brazos, mi Sultana.
Esas palabras tan tranquilizantes y devotas fueron más que suficientes para Mikoto que unió sus labios con los de su esposo en un beso apasionado que consiguió robarles el aliento. ¿Qué más daban los rumores o lo que Izumi pensara? Ellos sabían la verdad y era suficiente.
Las puertas de los aposentos se Boruto se abrieron permitiendo la entrada de la Sultana Sarada que, como siempre, relució ante sus ojos como la mujer más bella sobre la tierra.
Las palabras que había leído en su carta informaban que la Sultana Sakura estaba informada de todo lo respectivo al enamoramiento de Izumi por su causa, cosa que lo ponía en peligro. La Sultana Izumi no dejaba de ser una Sultana y si quería a alguien por esposo, tenerlo no resultaría un problema en lo absoluto, ella era una Sultana y sus órdenes debían obedecerse. Pero no querían ser separados, ninguno de los dos, Boruto no soportaría estar casado con nadie que no fuera la Sultana Sarada, no podría compartir mesa y cama con nadie salvo ella.
-Sultana- reverencio Boruto a la Uchiha que asintió escuetamente, aun dolida por lo que había tenido que hacer, -¿Es cierto?- inquirió el Uzumaki, preocupado por el semblante de ella.
-Sí, mi madre ya sabe sobre lo que Izumi siente por ti- reconoció Sarada, apretándose las manos con nerviosismo, -pero conseguí disuadirla para que tenga por seguro que no le correspondes y que yo no sabía nada- Boruto asintió más tranquilo, pero igualmente preocupado por la desilusión que ella mostraba en su mirada, una desilusión que no entendía. -Me sentí horrible, nunca le había mentido- rebelo la Uchiha, bajando la mirada.
Boruto apenas y podía expresar del todo cuan molesto estaba consigo mismo, obligándola indirectamente a mentir, a ocultar algo que era falso cuando él no amaba a la Sultana Izumi, sino que a ella. ¿Por qué era tan inalcanzable la oportunidad de ser felices?, ¿Por qué otros podían alcanzar la felicidad pero ellos no?, ¿Por qué la vida se los impedía?
-Es mi culpa, Sultana- se inculpo Boruto, molesto consigo mismo por no haberse dado cuenta del problema mucho antes para impedir que la Sultana Izumi se enamorara de él, -debí decirle a su Majestad y a la Sultana Sakura que la Sultana Izumi estaba teniendo este interés- gruño para sí mismo.
-No cambiarias mucho las cosas-razono Sarada, clavando su mirada en el rosto de él antes de tomar una de sus manos, entrelazándola con la suya, casi rogándole que no se alejara de ella, que pudieran tener la fuerza para aguantar lo que sea que encontraran en su camino, -pero ahora quiero olvidarme de todo esto- menciono la Sultana, acercando su rostro al del Uzumaki que, por instinto, coloco su mano tras la nuca de la Sultana, acariciando cuidadosamente su cuello, -Boruto, hazme olvidar por favor- rogó Sarada, casi rozando sus labios con los del Uzumaki.
Como una petición divina, una orden y suplica de ambos hacia ambo, el Uzumaki estampo sus labios contra los de la Uchiha siendo correspondido de forma inmediata, protagonizando un beso más intenso y demandante. Boruto mordió el labio inferior de ella, sacándole un leve jadeo que le hizo abrir la boca y que permitió a ambos profundizar el beso.
Deseaban que no hubieran tantos problemas.
Un nuevo día iniciaba en el Palacio luego de tantas complicaciones emocionales, luego de momentos de declive y desamor. La Sultana Sakura esperaba el momento en que tocaran a su puerta y pudiera contemplar, tras tantos años, a la niña que había criado con amor y devoción propios de una madre y ese era el cariño que le tenía.
La Uchiha portaba un elegante vestido negro de escote corazón estampado en oro para emular hojas, mangas color negro—ajustadas al brazo y holgadas hasta cubrir sus manos—a juego con un grueso fajín de seda bajo su busto, hasta la altura de sus caderas para resaltar su envidiable figura. Alrededor de su cuello encontraba un exquisito collar de oro con infinitos dijes en forma de lágrima entrelazados con pequeños diamantes. Su largo cabello rosado caía perfectamente tras su espalda, adornado por una corona de oro en forma de jazmines y orquídeas. Leyendo sus pensamientos, tocaron respetuosamente a su puerta, tal y como ella estaba esperando.
-Adelante- indico Sakura.
Las puertas de sus aposentos se abrieron de ipso facto permitiendo la entrada de aquella joven que significaba tanto para ella, que podía llamarse dignamente su orgullo: Aratani
Su largo cabello castaño—plagado de rizos—caía sobre sus hombros, adornado por una diadema en forma de broche para emular una mariposa de oro con diamantes y cristales engarzados, a juego con un sencillo par de pendientes en forma de lágrima. Lucía un sencillo vestido celeste de escote redondo y mangas ajustadas hasta los codos, abiertas en forma de lienzos, y por sobre el vestido una chaqueta superior gris metálico bordada en plata, decorada seis botones de diamante en caída vertical hasta su vientre.
-Sultana Sakura- reverencio Aratani, devotamente, arrodillándose y besando el dobladillo de la falda de la Sultana, levantándose elegantemente, manteniendo un actuar respetuoso en todo momento, -es un placer volver a estar en su bendita presencia- reconoció Aratani con una honesta sonrisa.
-Ven aquí- pidió Sakura, abriendo sus brazos antes de estrechar entre ellos a su pupila, a quien incluso podía llamar hija. El abrazo, de apenas unos instantes, se rompió permitiendo a Sakura contemplar más que satisfecha la belleza de la pelicastaña. -Esplendida, simplemente magnifica- alago Sakura con máxime encanto, -estoy muy orgullosa de ti- reconoció la Sultana.
-Intento ser lo que usted espera Sultana- justifico Aratani humildemente, -vivo para hacerla feliz- ratifico la pelicastaña.
Sakura sonrió, maravillada con ver que, a pesar de los años que habían trascurrido desde su último encuentro, Aratani seguía siendo la misma, no había cambiado en absolutamente nada. La Uchiha retrocedió indicándole que tomaran asientos sobre el diván, ofrecimiento que Aratani no rechazo en lo absoluto, observando atentamente a la Sultana y todo cuanto tuviera a bien decir u ordenar.
-He oído grandes cosas- inicio Sakura observando admirablemente a la pelicastaña que bajo la mirada, levemente avergonzada, -Shina dice que tienes un talento natural para la danza, así como para la música- alabo diligentemente, -tus estudios de política se han vuelto sólidos, así como tus habilidades diplomáticas- se alegró de esto último que había comenzado a inculcarle desde que era una niña.
-Solo he potenciado lo que usted ya me enseño desde que llegue a este Palacio, Sultana- corrigió Aratani, no considerándose tan maravillosa como la Sultana creía que era.
La Sultana observo feliz la humildad de parte de su pupila. Una Sultana no solo era alguien poderosa, alguien con autoridad que pudiera jactarse de todo cuanto poseía, no, debía ser inteligente, astuta, cauta, preocupada, debía velar por los intereses del pueblo, por mantener el orden y ser intermediaria de asuntos de estado. En resumen, una Sultana debía cubrir todas las áreas posibles había y por haber, debía tener ojos y oídos en todas partes, y Aratani podía hacer eso, la había criado para eso.
-No sabes cuánto me enorgulleces- alabo Sakura, acariciando la mejilla de la pelicastaña que sonrió, agradecida por sus palabras. -Pero ahora te tengo una pequeña tarea, una que, espero, cumplas al pie de la letra- Aratani asintió, dispuesta a lo que fuera por su Sultana. Sakura levanto su mirada hacia Ino que asintió, entendiendo el porqué de la mirada de la Sultana. -Ino te llevara a los aposentos de mi hijo en este momento, para servirlo antes de asistir a la reunión del Consejo- explico Sakura, aludiendo al poco tiempo que tendría para estar ante Daisuke, el reto que eso significaba, -cautívalo, que no olvide tu rostro- pidió Sakura.
Escuchando atentamente sus órdenes, más que dispuesta a cumplirlas aunque pusieran en riesgo su propia vida, Aratani se levantó cuidadosamente del diván, encaminada a la que era su labor y deber, lo que la Sultana le había encomendado.
-Sultana- reverencio Aratani.
Cumpliría con las expectativas de la Sultana, al pie de la letra.
Aratani ubico perfectamente los libros que el Príncipe habría de necesitar sobre su escritorio mientras otras dos jóvenes se encargaban de abrir las cortinas y otra de servir el desayuno sobre la mesa. Habiendo cumplido con su deber, Aratani no pudo evitar reconocer uno de los libros que había dejado sobre la mesa "La Divina Comedia" un libro que recordaba haber leído hace años pero que conseguí atraparla por completo. Estaba sorprendida de que ella y el Príncipe tuviera una lectura en común.
Levantando su mirada, saliendo de sus pensamientos, Aratani se dio cuenta de que las otras dos jóvenes presentes se encontraban con la cabeza baja, claramente reverenciando a quien debía ser el Príncipe, pero apenas Aratani se giró, sintió que perdía el equilibro al casi chocar con alguien. Daisuke sostuvo entre sus brazos a la hermosa joven que cai pareció desplomarse de la impresión. No recordaba haber visto a una mujer más hermosa en toda su vida, e inmediatamente lo roturo no saber su nombre.
-Alteza, discúlpeme- pidió Aratani, avergonzada.
Se suponía que debía dar una buena primera impresión, cautivarlo, pero no perder la compostura en el proceso y casi tropezar por un exabrupto. Aratani no recordaba haberse sentido tan avergonzada hasta ese punto de su vida, así como maravillada de volver a ver el Príncipe que, sin lugar a dudas era un hombre sumamente atractivo y con una mirada que podía hacerla estremecer. Pero debía concentrarse en lo importante, el amor estaba luego de todos sus deberes.
-¿Estás bien?- pregunto Daisuke, soltando su agarre alrededor de ella, observándola igual de atento por temor a que le sucediera algo.
No podía pensar en Koyuki, no solo era una orden de parte del Sultan tras haberlo encerrado en los Kafer, sino que además se daba cuenta del error que estaba cometiendo por causa de una mujer que era Princesa y extranjera, pero esta mujer, esta cautivante belleza de cabellos castaños y orbes esmeralda le estaba transmitiendo una serenidad que no podía entender del todo.
-Si, lo lamento alteza- se disculpó Aratani, reverenciándolo y manteniendo la cabeza baja, -fue mi error- reconoció.
¿Quién era ella? Su voz era melodiosa, su actuar era perfecto, su belleza una autentica tentación a la vista. Pero por más que Daisuke deseara sentirse atraído, esta vez, tenía demasiadas cosas en que pensar y muy poco tiempo para penar en las mujeres.
-Pueden retirarse- hablo Daisuke finalmente.
Con la mirada baja, Aratani se retiró junto a las otras dos doncellas sin darle la espalda al príncipe en ningún momento, consciente de que él la siguió con su mirada hasta que las puertas se hubieran cerrado, separándolos.
Había causado una buena primera impresión, estaba segura de ello.
-Que extraño- murmuro Izumi.
Había pensado en hablar con Koyuki aquella mañana, tranquilizar sus inquietudes tras la información brindada por la partera la noche anterior, pero ahora abandonaba los aposentos de la Princesa un tanto confundida por su ausencia. ¿A dónde podría haber ido sin decírselo a nadie? Yugito había abandonado la habitación para ir en busca de su desayuno, pero Koyuki ya no se encontraba al momento de su regreso.
La Sultana lucía un sencillo vestido turquesa de mangas abullonadas a la altura del codo y sobre este una chaqueta aguamarina –hasta la altura de las rodillas—de escote corazón y mangas ajustadas hasta los codos, bordada en diamante, decorada en el frente por cinco botones de diamante en caída vertical. Lucía una sencilla diadema de plata y cristales multicolores en forma de flores de cerezo que adornaba su cabello perfectamente recogido tras su nuca, así como un par de largos pendientes de perlas decorados con oro.
El ineludible eco de pasos tras suyo hizo voltear a Izumi, encontrándose con su hermana Sarada que la observo un tanto molesta, aun dolida por la mentira que había tenido que decir por su causa.
La Uchiha lucía un simple vestido índigo escote invisible y mangas holgadas que casi cubrían su manos, por sobre el vestido una chaqueta gris claro de escote en V—decorado por cuatro botones bajo el busto hasta la altura del vientre—de mangas ajustadas hasta los codos, y estampada en hilo de plata para emular el emblema de los Uchiha a lo largo de la tela. Su largo cabello azabache caía libremente tras su espalda, adornado por una corona de plata con diamantes incrustados para emular orquídeas y pequeños capullo. En un contraste magnifico y sin igual se encontraba una gargantilla alrededor de su cuello, hecha de plata y diamantes con decenas de pequeños cristales en forma de lagrima y un dije central que representaba el emblema de los Uchiha, a juego con un sencillo par de pendientes de cristal en forma de lagrima,
-Izumi- saludo Sarada escuetamente, -¿revoloteando en busca de Boruto, nuevamente?- indago la Uchiha, esperando que la respuesta fuera un no rotundo.
Todo temor había sido despejado por obra de Boruto la noche anterior, quedándose unos momentos más con él luego de es beso que, robándole el aliento, había vuelto a calmar sus miedo a la par que la hacía sentir más necesitada de él. No podría aguantar mucho tiempo ocultando lo que sentía por él, pero debía hacerlo, por ahora cuando menos, ya encontraría oportunidad de hablar con su padre, pero ese momento no era hoy.
-No- critico Izumi de forma inmediata, entendiendo los pensamientos de su hermana, -no puedo encontrar a Koyuki- justifico la pelicastaña, confundida con respecto a donde podía encontrarse su amiga, -vine a sus aposentos para hablar con ella pero no está- informo Izumi.
Sarada no consiguió evitar preocuparse por las palabras de Izumi. Koyuki era un peligro, pero si no estaba en sus aposentos, ¿Dónde más podía encontrarse? Un nombre no tardo en aparecer en la mente de Sarada, una identidad que de solo comprender la hizo perder el color en sus mejillas, aterrada ente la idea de lo que pudiera suceder.
-Midoriko- concluyo Sarada.
No necesitando más información, Sarada se sujetó la falda del vestido y corrió tan rápidamente como él fue posible, siendo seguida por Izumi y lady Yugito, Tenían que llegar a tiempo, antes de Koyuki cometiera la peor de las locuras posibles.
La ira era un sentimiento que gobernaba el corazón y la mente de una persona, no se podía explicar del todo, solo surgía y controlaba todo a su paso. Koyuki había intentado darle sentido a lo que había sucedido pero no podía, no cuando nada tenia justificación posible para que—d la noche a la mañana—se hubiera vuelto estéril. Pero tenia a una persona en mente, alguien que, perfectamente, podía haber evocado tal maldición sobre su persona, alguien que la odiaba lo suficiente como para destruir su felicidad de esa manera tan ruin.
Vistiendo una sencilla bata borgoña por sobre su camisón, con su cabello recogido en una trenza, Koyuki entro en los años privados de las Sultanas donde—y había preguntado a las sirvientas—se encontraba bañándose la Sultana Midoriko.
Bañándose amenamente tras haberse ordenando a su séquito que preparan su ropa para cuando regresase a sus aposentos, Midoriko sintió-de manera inconfundible-que era observada por alguien, volteando y encontrándose sorpresivamente con Koyuki de pie tras suyo.
-¿Qué haces aquí?- exigió Midoriko, sorprendida ante la presencia de Koyuki.
-Tú lo hiciste, ¿No es así?- inquirió Koyuki, enfocando su rabia en esa mujer que la había odiado desde que había pisado la capital, quien tenía motivos para herirla y hacerla sufrir de esa forma de esa forma.
Midoriko entreabrió los labios para protestar ante semejante acusación-que no era del todo falsa-pero Koyuki fue más rápida que ella, sujetándola violentamente de la nuca y hundiendo su cabeza contra el agua, impidiéndole respirar. Debatiéndose ante la acción y sintiendo como el aire desaparecía de sus pulmones, Midoriko sujeto la muñeca de Koyuki por sobre el agua con todas sus fuerzas, viendo inutilizada la posibilidad de salvarse, sintiendo que el aire faltante le quemaba los pulmones. Koyuki elevo la cabeza de Midoriko por sobre el agua, viendo lo dificultoso que le resultaba respirar, apenas y pudiendo mantenerse consiente.
-Tú tienes la culpa de todo esto, tu odio hacia mí es tan grande que no podía permitirme siquiera tener un hijo- acuso Koyuki.
La Princesa volvió a hundir la cabeza de la Sultana en el agua siendo que, esta vez, Midoriko no opuso resistencia, demasiado sobrellevada por causa de la falta de aire en su cuerpo y el efecto que el agua comenzaba a causarle. Por más que alguien le dijera que eso, moralmente, estaba mal, Koyuki no sentía remordimiento alguno sino más bien satisfacción al ver que la Sultana perdía las fuerzas y dejaba de resistirse. Su muerte le parecía pago suficiente por la tortura de hacerle estéril sin motivo. La concentración de Koyuki en su propio deseo fue tal que le impedido escuchar las puertas de os abaño abrirse, solo dándose cuenta de la presencia de las Sultanas Izumi y Sarada en cuanto la Sultana Izumi y lady Yugito la alejaron de la Sultana Midoriko.
-Koyuki, clámate, por favor- rogó Izumi.
Con ayuda de lady Ino, que habían encontrado en su camino, Sarada consiguió sacar a Midoriko de la bañera lo más cuidadosamente posible, envolviéndola con un atolla, golpeándole levemente la mejilla en un intento por hacerla reaccionar, sin resultados concluyentes que pudieran tranquilizarla.
-Midoriko- nombro Sarada, zarandeando levemente el hombro de la pelimorada que, afortunadamente, seguía respirando, pero las continuas protestas de Koyuki no hacían sino que perdiera la paciencia, -saquen a esa mujer de aquí antes de que yo misma le arranque los ojos- ordeno Sarada.
Pese a las protestas, tanto Izumi como Yugito consiguieron sacar a Koyuki del lugar ante la fría mirada de Sarada que no tardo en volver a centrar su atención en Midoriko que poco a poco fue regulando su respiración. Habían estado muy cerca de perder a una Sultana, todo por culpa de Koyuki.
Koyuki tenía que irse.
-¿Algún reparo, Shikamaru?- inquirió Sasuke.
Sentado frente a su escritorio, el Sultan escuchaba el reporte de Shikamaru con respecto a la actividad diaria en el Harem, la contabilidad y el orden. En realidad no le correspondía inmiscuirse en los asuntos de la corte o el Harem, pero muchas veces deseaba poder quitarle responsabilidades a Sakura, hacer más tolerable la rutina que conformaba sus vidas pero lo cierto es que era difícil para ambos. Shikamaru, en cierto modo, era un intermediario, manejaba todas las intrigas y rumores del Palacio, manteniéndolo informado de todo cuanto sucediera, era-por decirlo así-el vínculo del Harem y la sociedad femenina con los niveles burocráticos más altos.
-No, Majestad, la Sultana Sakura se ha encargado de que la Sultana Naoko se quede en un bajo perfil- respondió Shikamaru hábilmente.
Sasuke no podía estar más satisfecho. Sakura había conseguido, co una "sutil advertencia" darle a entender a Naoko cuanto podía perder y la clase de camino que estaba tomando, claro, no esperaban que Naoko recapacitara, pero sí que supiera que ellos no amenazaban sin fundamento. Si uno de esos días aparecía muerta…ellos tendrían sus motivos para haber ordenado su ejecución, ya fuera cual fuera la rencilla que existiera entre ellos.
-Ojala fuera suficiente- menciono Sasuke que deseaba recuperar la paz obtenida en días pasados, -al menos lo es por ahora- añadió más para sí mismo viendo asentir al Nara. -Con la llegada de Aratani, todos nuestros problemas comenzaran a desaparecer.
Shikamaru había llegado para caminarle esa noticia, el regreso de la misma niña que años atrás había sido el mayor exponente de talento en el Palacio, la única persona que-y él estaba de acuerdo-podía asemejarse enormemente a Sakura, la persona indicada para mantener la paz en el Imperio si es que a él y a Sakura les sucedía algo y Daisuke debería volverse Sultan tras su muerte. Necesitaban que personas adecuadas los sucedieran y eso El Sultan aparto su mirada de Shikamaru en tanto tocaron a la puerta.
-Adelante- indico el Uchiha. Las puertas se abrieron con un leve chirrido permitiendo la entrada de lady Ino, la administradora del Harem quien, extrañamente, aprecia agotada y agitada por algo. -Ino, ¿Sucede algo?- indago el Uchiha, curioso ante su llegada.
-La Sultana Midoriko fue atacada en los baños, Majestad- informo Ino, con la mirada baja.
Lejos de parecer sorprendido, Sasuke está complacido al ver realizadas sus aspiraciones, sus planes que había conformado en cooperación con Sakura. Koyuki estaba cavando su propia tumba y, aun cuando Daisuke pudiera protegerla, ella misma acabaría derrocándose y destruyéndose, sus impulsos de agresión eran lo bastante grandes para no necesitar hacer nada más, solo ser espectadores de todo cuanto pudiera ocurrir.
-Por lo visto Koyuki ha reaccionado como esperábamos- sonrío ladinamente el Uchiha, satisfecho, en parte, de que ese atentado hubiera tenido lugar, -Ino, encárgate que cuiden bien de ella, que mis nietos no sepan nada- ordeno Sasuke, recibiendo un asentimiento de parte de la Yamanaka. -En cuanto a Koyuki- aludió Sasuke, levantando su mirada hacia Shikamaru que pareció leer sus pensamientos, -dejemos que ella misma vea como es desplazada y olvidada- menciono con satisfacción de ver que uno de sus mayores problemas comenzaba a desaparecer. -Shikamaru, haz que preparen el salón imperial esta noche, ya es momento de que Daisuke vea a Aratani- señalo Sasuke.
Todo se decidiría esa noche.
La noche había caído en el Palacio con una serenidad y estado de ánimo tan calmo que una festividad no había sido sino la oportunidad perfecta para relajarse. Las puertas del bien llamado salón Imperial se encontraban abiertas de par en par permitiendo la llegada de todo el personal que fuera necesario, sin obstaculizar nada. Almohadones y cojines estaban elegantemente dispuestos en la habitación ante mesas de diferentes tamaños siendo que la de mayor tamaño habría de ser ocupada por el Sultan y su esposa que habrían de permanecer sobre el trono Imperial como dictaba el protocolo.
Sentados ante su propia mesa se encontraban Kagami y Eri que no paraba de sonreírse a cada momento que les era posible, manteniendo entrelazadas su manos. La, ahora, Sultana Eri, portaba un sencillo vestido celeste brillante de escote cuadrado y mangas ajustadas hasta los codos que—holgadas a partir de allí—cubrían sus manos, por sobre el vestido se encontraba una chaqueta azul oscuro—hasta la altura de las rodillas—sin mangas, de escote redondo. Sobre su largo cabello que caía tras su espalda y sobre su hombro izquierdo se encontraba una corona de oro en forma de capullos de rosas conformados por zafiros a juego con un par de pendientes que emulaban el emblema de los Uchiha así como el dije del collar alrededor de su cuello.
Sasuke levanto la mirada hacia las puertas encontrándose con la perfecta visión de su esposa. La ocasión de celebración era la oportunidad perfecta para Sakura de ostentar el emblemático color del Imperio y la familia Uchiha; el rojo. Se trataba de un sencillo vestido de escote corazón y mangas holgadas—abiertas desde los hombros—bajo una chaquete de igual color bordada en diamantes, cerrada bajo en busto para formar un escote en V levemente redondeado. Su largo cabello se encontraba elegantemente recogido para exponer su cuello, adornado por la soberbia corona de los Uchiha de tipo torre de la que pendía un largo velo rojo. Alrededor de su cuello el emblema de los Uchiha a juego con un sencillo par de pendientes de oro y cristal en forma de lagrima.
-Majestad- reverencio Sakura con el respeto que se esperaba que hiciera, no por sinceridad.
Ambos entrelazaron sus manos, aprovechando la oportunidad para abrazarse tan sutilmente como estaba permitido para la ocasión, pero la cercanía que podían tener-al menos en ese momento-era más que suficiente para que pudieran crear la chispa idónea de deseo y amor que vivir esa noche.
-Eres la luna que ilumina al Palacio con tu brillo- murmuro Sasuke contra el cuello de ella.
Una sonrisa no tardo en plasmarse en el rostro de Sakura ante aquellas palabras,.
-Espero ansiosamente poder iluminar y hacer feliz su noche, mi Sultan- correspondió Sakura de igual modo, repitiendo su actuar.
Conforme con esas palabras, Sasuke vio a Sakura ocupar su debido lugar de pie junto a él, en espera de que llegaran todos aquellos que hicieran falta. La ocasión no era ilustremente importante, de hecho, no era sino para realizar el plan que ellos tenían en mente, pero querían aprovechar la ocasión para estar juntos como familia al menos una vez.
Mikoto entro en el salón Imperial junto a su esposo, aun algo agitada emocionalmente por el tema de Izumi y su suposición de amorío entre ella y Boruto, pero esta vez Mikoto estaba determinada a no permitir que nada la afectara.
De una manera sobria y elegante, la Sultana pelirosa portaba un sencillo vestido aguamarina de escote corazón, mangas ajustadas y holgadas hasta casi cubrir sus manos bajo una chaqueta de terciopelo verde profundo de escote en V, cerrada a la altura del vientre. Una sencilla corona de oro y piedras de jade adornada su cabello, —sosteniendo un velo aguamarina– emulando flores de cerezo a juego con el dije del collar alrededor de su cuello que complementaba un par de pequeños pendientes en forma de flor de jazmín.
-Mikoto-Sasuke beso la frente de su hija.
-Padre- sonrió Mikoto.
-Bienvenido como siempre, Kakashi- saludo Sakura, sonriendo.
-Gracias, su majestad- reverencio Kakashi.
Sakura estaba enterada de los rumores y se los había dado a conocer a Sasuke, pero a ambos no podían importarles menos, Mikoto jamás podría tener sentimiento románticos por Boruto ya que había ayudado en su crianza y formación en el Palacio, más bien era como su hermano menor. La posibilidad de un romance era-sin exagerar-una completa locura. La llegada de Midoriko y sus dos pequeños hijos fue más que suficiente como para que Sakura pudiera despreocuparse de todo ante la llegada de sus nietos favoritos.
-Miren, aquí esta nuestro guerreo- celebro Sakura, inclinándose para besar la frente de su nieto, -Sasuke, cariño- la pelirosa no consiguió evitar abrazar a sus dos nietos, besando a mejilla de su nieta, -Mikoto, nuestra hermosa flor- la pequeña pelirosa chillo divertida, abrazando a su abuela. Sakura acaricio la mejilla de nieta, rompiendo el abrazo y levantando la mirada hacia Midoriko que la reverencio respetuosamente. -Midoriko, es un placer que estés aquí, espero que el atentado no haya sido grave- aludió la pelirosa con sincera preocupación.
La peliviolácea lucía un sencillo vestido violeta claro de escote corazón—y mangas ajustadas—decorado por cinco botones de diamante en caída vertical hasta su vientre. Por sobre l vestido una chaqueta de encaje de igual color, cerrada bajo el busto hasta la altura de las caderas. Por sobre su largo cabello—que caía como una marea de risos—se encontraba una elegante corona de amatistas y cristales purpuras para emular flores de cerezo a juego con el dije del collar de plata alrededor de su cuello, adornado por un diamante violeta en el centro, con un par de pequeños pendientes de lagrima a juego.
-Nada es más importante para mí que estar aquí, Sultana- tranquilizo Midoriko.
Le preocupaba la reacción de Daisuke ante la "favorita" que había sido elegida por el Sultan y la Sultana, pero más que nada ansiaba saber que había cambiado durante su reclusión. ¿Volverían a pasar tiempo juntos, como antes? Esa era su mayor preocupación, eso y que Koyuki se fuera del Palacio para siempre, más sabia que debería ser paciente. Con esos pensamientos en su mente, Midoriko tomo asiento en la mesa que habría de corresponderle a ella -y a la Sultana Sarada-en compañía de sus dos hijos.
Sakura sonrió radiante ante la aparición de su hija predilecta, sin lugar a dudas. Aun tenías dudas con respecto a su motivo para mentirle, pero comenzaba a sospechar que la razón no era otra que Boruto, ¿Por qué no? Sarada merecía darse la oportunidad de ser feliz, ¿Por qué no estaría fijándose en alguien? Aún más, su silencio tenía razón ya que Izumi tenía el mismo interés que ella. Pero las motivaciones eran diferentes, Izumi sentía un amor infantil, pero Sarada…no sabía que decir con respecto a eso, necesitaba profundizar más en el tema.
-Sarada, perfecta como siempre- adulo Sasuke, abrazando a su hija.
La Uchiha lucía un soberbio atuendo celeste claro, bordado en pasamanería par dividir los costados del centro del corpiño—decorado por siete botones de diamantes. Mangas ajustadas bajo unas dobles mangas abiertas desde los hombros y que conformaba la chaqueta superior, dividiendo la falda interior de la superior. Alrededor de su cuello se encontraba una gargantilla de plata decorada con cristales y diamantes en forma de lágrima a juego con un par de pendientes. Sobre su largo cabello azabache se encontraba una corona de plata, diamantes y cristales en forma de flores de jazmín que sostenía un velo celeste a la par con su vestido.
-Gracias padre- sonrió Sarada, segura de lo que deseaba esta vez, -hay un asunto que me gustaría comentarte mañana- murmuro Sarada, solo para que su padre la escuchara.
-Espero que sea sobre tu felicidad- respondió Sasuke, esperando que lo que su hija quisiera decirle fuera en pro de ella y no de otros, -eso es todo lo que puede preocuparme- prometió el Uchiha.
Rompiendo el abrazo, Sarada asintió únicamente, dándole a entender que así era. Ya había mantenido la viudez por bastante tiempo, fingir ser una mujer triste y viuda ya no servía para el papel de Sultana que debía ejercer, necesitaba de alguien que pudiera protegerla a ella y a su hijo a la par del amor que sentía por Boruto. Esta vez quería darse la oportunidad de amar y que le correspondieran, quería tener la oportunidad de ser feliz y solo podría serlo junto a Boruto, aunque aún no sabía cómo dárselo a conocer a Izumi in llegar a herirla. Gran problema.
-¿Izumi no asistirá?- inquirió Mikoto, curiosa.
-No, aparentemente Koyuki la preocupa más- aclaro Sarada.
Mikoto podía decirse más tranquila ante esas palabras. Lo que menos deseaba en ese momento era lidiar con la presencia de Izumi, acabaría saltándole encima como una leona furiosa a la menor provocación y eso que apenas y lo estaba pensando, de lo contrario…debía preocuparse de su autocontrol, lo sabía, y pronto antes que de le trajera malas consecuencias.
-Rai, Shisui, puntuales como siempre- felicito Sakura, abrazando a su hijo menor.
Era tranquilizante para Sakura saber que su hijo menor seguía sus consejos, trataba con Rai abiertamente, pasaban tiempo juntos, pero marcaba invisiblemente las distancias como hacía falta. Ya no se podía saber quién era aliado y quién enemigo, pero eso solo se definía con el tiempo y la lealtad que alguien podía mostrar, afortunadamente Shisui ya entendía eso pese a su juventud. Los dos Príncipe tomaron su lugar en la mesa, junto a su hermana Mikoto y Kakashi.
Sakura sostuvo una de las manos de Sasuke entre las suyas al sentirlo tensarse, viendo a Daisuke cruzar el umbral de la puerta, clavando su mirada en los ojos de su padre, ninguno sabiendo cómo responder ante las inquietudes del otro. No habían hablado desde antes de que Daisuke fuera encerrado en los Kafer…¿Cómo volver a tratarse con familiaridad? Sakura observo ligeramente preocupada la frialdad en los ojos de ambos, esperando que la ocasión propicia para intervenir se presentara.
-Daisuke- pronuncio Sasuke.
-Majestad- reverencio Daisuke.
Intercediendo, Sakura abrazo a su hijo impidiendo que el contacto de miradas entre Sasuke y él siguiera por más tiempo. La pelirosa pego su frente a la de su hijo, besando su mejilla y sonriéndole en todo momento, consiguiendo tranquilizarlo y verlo sonreír por su medida de precaución. Daisuke percibió el intento de su madre, y i bien no estaba seguro fuera a cambiar las cosas realmente, Daisuke ocupo su lugar en la mesa que estaba junto a la de Midoriko y sus hijos, inclinando la cabeza a modo de saludo para su hermana Sarada que le sonrió abiertamente, feliz por verlo de regreso a su cordura.
-Por fin, nuestra invitada de honor- alabo Sakura, sonriente.
Daisuke levanto un tanto curioso la mirada, encontrándose con la misma joven de belleza radiante que lo había asistido aquella mañana, aquella joven que lo había cautivado únicamente con un encuentro de miradas entre ambos.
Lucía un espléndido vestido de escote corazón levemente rebajado en un escote sutil pero coqueto a la vez—adornado en el frente por dos hebras de hilo de oro que formaban una X en las inmediaciones de su busto—ajustado exquisitamente a las curvas de su cuerpo y abierto en el costado izquierdo de la falda para exponer sutilmente la piel de uno de sus muslos. Por sobre el vestido se encontraba un bolero de mangas gitanas, únicamente hasta la altura del busto que enmarcaba sugerentemente su escote, bordado en hilo de oro con rubíes y granates engarzados. Su largo cabello castaño—plagado de rizos y adornado por una diadema de oro con decenas de perlas en forma de lágrima—caía sobre su hombro izquierdo, exponiendo su cuello y un par de largos pendientes de oro en forma de lágrima.
-Aratani, es un honor volver a verte- saludo Sasuke, igual de agradecido por su llegada.
Sasuke apenas y podía ocultar sus sorpresa, en verdad Aratani-con su comportamiento y forma de hablar-conseguía asemejarse mucho a Sakura, conseguía provocar ese aire de serenidad que, sin lugar a dudas, cautivaría a cualquier. Podría devolver a Daisuke al buen camino., cumpliría con más expectativas de las que hubieran tenido en mente, Sasuke estaba seguro de ello.
-Gracias, su Majestad, Sultana-reverencio Aratani respetuosamente a la feliz pareja antes de voltear lentamente a donde estaba el Príncipe Daisuke quien no pudo abstenerse de observarla embobado. -Alteza- reverencio la pelicastaña.
Aratani significaba, literalmente, "piedra preciosa" y Daisuke no pudo haber estado más seguro de que era el nombre más perfecto que hubiera podido escuchar, un nombre que representaba a una ninfa de la belleza, a una diosa cautivante que despertaba su anhelo y deseo con solo contemplarla. Dispuesta y recatada a su vez, la pelicastaña tomo asiento frente al Príncipe Daisuke, siendo cuidadosa en su actuar y movimientos, haciendo que la falda de su vestido expusiera la piel de uno de sus muslos, sabiéndose objeto de la atracción de parte del Príncipe.
Ya había dado el primer paso.
PD: se que había prometido actualizar mi fic "El Emperador Sasuke" para Adrit126, pero tengo un temporal corte de inspiración, pero no durara demasiado, así que seguramente actualizare durante esta semana. Esta actualización esta dedicada a: DULCECITO311 (como siempre, adornando sus comentarios y a quien prometo actualizar su fic "La Bella & La Bestia" mañana) y Adrit126 (pidiendo su perdón por no cumplir mi promesa, pidiendo su paciencia y entendimiento :3) para aquellos que estén curiosos, aquí dejo un link de como podrían definir al personaje de Aratani: ( /watch?v=5xqoAu_74tI) inspirado en una de las consortes del Sultan Murad, la Sultana Sanavber :3 gracias por su atención mis queridos lectores :3 cariños, besos, abrazos y hasta la próxima.
